"Sabemos que es inmortal. Sabemos que su órbita no puede ser medida por el compás de un carpintero. Sabemos que no se desvanecerá como la espiral de fuego que traza un niño en la noche con un tizón encendido. Sabemos que es majestuoso. Sabemos que las leyes elementales no merecen justificación. No lloriquea con los que lloriquean en todo el mundo. Porque los meses son vacíos y porque la tierra es cieno y porquería. Existe como es, y eso basta.
Brotan de él voces largamente acalladas. Voces de interminables generaciones de prisioneros y esclavos. Voces de los enfermos, de los desesperados, de los ladrones, de los enanos. Voces de ciclos de preparación y crecimiento. De los hilos que unen a los astros, de los úteros y de la simiente paterna. Y de los derechos de aquellos a quienes otros pisotean. De los seres deformes, vulgares, simples, locos, despreciados. Niebla en el aire, escarabajos que arrastran su bola de estiércol. Él no se cubre la boca con la mano." (Walt Whitman)
LLevo unos días de lectura voraz. Es cuando eres más consciente de todo lo bueno que te pierdes. Asignaturas pendientes: "En la cima del mundo" de Norman Mailer. El retrato de, esta vez sí, "El combate del siglo", entre Muhammad Ali y Joe Frazier. Próximamente en esta pantalla.
Uno de los personajes más simbólicos del siglo XX carga sobre sus hombros la lucha y la indignación de toda una raza. Gil Scott Heron cantaba aquello de que "La revolución no iba a ser televisada". Se equivocó.