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lunes, 29 de enero de 2018

El conde con sus amigos


A un locutor de radio lo de Bill Basie le parecía nombre de poco glamour, por lo que justo antes de entrevistarlo le dijo que lo iba presentar como Count Basie, por aquello de jugar en la misma liga de orquestas que el duque, Duke Ellington. Y Count Basie se quedó.

Aquí momentos estelares con alguno de los muchos ilustres amigos que le acompañaron a lo largo de su carrera. Muchos quilates.


domingo, 5 de noviembre de 2017

Y Coleman Hawkins inventó el saxo

Parece ser que esta espontánea grabación de 1939, en una toma y sin ensayos previos, ni siquiera estaba prevista, pero cambió la historia del jazz. De ser un instrumento menor, de escasa relevancia en las orquestas de swing, el saxofón pasaría a convertirse en quizás el más emblemático de esta música mágica.

Aquel lenguaje, aquellas posibilidades y versatilidad que se anunciaban en "Body and Soul", puestas de manifiesto en otra grabación de casi diez años después: "Picasso", esta sí muy trabajada. Un espectacular solo solo de saxofón, una cosa bárbara que pone los pelos de punta, donde se entiende tanto que no se puede explicar. Una forma de conexión.


jueves, 19 de febrero de 2015

44 años para llegar a cinco "canciones"


Una de las preguntas de una entrevista que me pasó Alfredo "Furacán" era que eligiera cinco canciones. Complicado, muy complicado.  O tal vez no tanto.

A.A: Como con mucha gracia explica Nick Hornby en su novela“Alta Fidelidad” plantearle una pregunta de este tipo a un apasionado por  la música es una puñalada trapera, porque te pasarás varios días pensando si deberías haber elegido alguna otra diferente. Confieso que, de primeras, descarté elegir cinco canciones porque me parecían demasiado pocas, que elegiría diez o quince, pero al final me dije que eran las reglas y punto, así que allá van, un reflejo de mi momento musical actual, o de a dónde me han llevado tantas horas de música. Como las encuestas, está “cocinada”, tratando de que queden representados los estilos que más escucho a día de hoy.

“Racing in the Street” (Versión incluida en “The Promise”) de Bruce Springsteen. Ya lo he escrito muchas veces, aunque ahora me pasa lo mismo que con De Niro y sus películas, que prefiero que no publique más discos, para no seguir dilapidando el prestigio que le otorgaron unas canciones maravillosas, es obligado ponerlo, porque gracias a él descubrí la música siendo un chaval y por ejemplo, esta canción me sigue pareciendo perfecta, tanto la música como la triste historia que cuenta, quintaesencia del imaginario springtiniano. Al boss lo considero más  amigo que estrella; ha estado junto a mí siempre, y con sus mejores canciones, seguirá estando ahí hasta el final. Solo él me hace sentir de esa manera, la misma que cuando era un desorientado adolescente.

“Transatlanticism” de Death Cab for Cutie. Quería escoger algo de pop, y probablemente a alguien le parezca raro que no tire de algo más viejo o clásico, pero este disco de principios de siglo, de título homónimo, me parece una maravilla, o tal vez fue que lo descubrí en un momento en que me encontraba algo vulnerable, llegándome especialmente su mensaje. Esta canción está engarzada a la anterior y a la siguiente en una trilogía excepcionalmente afortunada. Le hizo justicia su memorable elección en un capítulo de “A dos metros bajo tierra”, una de mis series favoritas. Nunca volvieron o volverán a grabar algo así.

“Wanted Man”, de Nick Cave. Si lo lista hubiera sido algo más larga, seguro hubiera puesto algo de hardcore, porque como hace unas semanas escribía, a veces quiero o necesito romper cosas y no puedo o no me dejan. El rock and roll, el ruido, tiene que estar ahí y la mejor forma es utilizar a uno de mis cantantes favoritos, Nick Cave –hoy bastante más tranquilo que antaño, aunque igual de inspirado-, tirando de la tradición americana representada por los compositores de la canción, Bob Dylan y Johnny Cash, tronco que así también aparece retratado en  mi lista, y de cierta conexión envenenada con el blues, muchas veces punto de partida del genio australiano.

“Agnus Dei” de Samuel Barber. Últimamente escucho tanta música clásica o jazz como pop o rock. Por ejemplo, de camino al trabajo, ya no sintonizo las tertulias que hay en casi todas las emisoras  y me quedo aparcado en Radio Clásica. Me ha sido difícil elegir una pieza porque hay muchísimas que me matan. Al final tiro de un compositor “moderno” del que todos conocéis el emparentado adagio tantas veces utilizado en cine. Si Nick Cave podía ser el diablo, mucho de lo oscuro que albergamos en nuestro interior, esto podría ser Dios, en la forma en que cada uno entienda el concepto, o mejor aún, la música que podía sonar entre las cuatro paredes de una habitación como la del final de “Odisea 2001”

“Round Midnight” de Miles Davis.  Siguiendo con la analogía, el jazz podría ser el hombre jugando a ser Dios. Me pasa como con la clásica, aunque antes la escuchaba esporádicamente, ahora siento que  hay un mundo ahí detrás que me conecta con todo lo que me apasiona del arte, los libros que actualmente me interesan o la cultura en general. Atrapar la esencia de la vida es algo imposible, pero con el jazz a veces me ocurre tal que  si algo estuviera a punto de sueceder, de subirse un telón o derrumbarse una pared y mostrarme otro mundo, o simplemente la vida  tal y como es en realidad. Hay veces incluso, que escuchando el lenguaje salvaje de Coltrane o Charlie Parker, se puede llegar a sentir algo de vértigo. Elijo “Round Midnight” por considerarlo accesible y lleno de esa misma magia difícil de definir.

Desde que empecé a escuchar música, aun con altibajos, no he dejado de sentir ganas por descubrir y entender, y hoy ese ansia la siento más viva que nunca. Al final, escuchar música, digamos “en serio”, durante una vida entera, también es un camino durante el que se aprende y también se pierde mucho –la mitad de los discos que me entusiasmaban de  joven, ahora no los escucharía ni borracho-, pero no es algo a lo que renuncio, forma parte de mi viaje y bagaje. Sin embargo, siento que hoy no tengo tiempo para, según mi criterio, naderías. Creo que todas las composiciones elegidas, cada una en su estilo, denotan la intensidad que hoy persigo.
     

domingo, 7 de septiembre de 2014

La fortuna de Thelonius Monk




El prestigio que otorga la altura de una obra, recubre al autor de una pátina de irrealidad, lo convierte en un personaje bendecido por una especial gracia sobrenatural, que parece ocultar sus rasgos más humanos, situarlo un escalón por encima de los demás mortales.

Sin embargo, el sino de muchos de estos hombres, es el de vagar por una vida que no entienden, encerrados en su propio mundo, en un lento viaje a la incomprensión y el fracaso. Thelonius tuvo la suerte de descubrir la música como vehículo de expresión de sus sentimientos -siempre a la primera toma- y vía de escape de unos demonios que, tramposos, lo guiaban entre la depresión y la euforia. De no haber sido así, aún más, de no haber tenido a su esposa Nellie siempre pegada a su lado, seguro hubiera terminado su camino antes de tiempo tras dormir demasiadas noches  bajo la triste luz de salas de hospital; y solo, terriblemente solo. Sin embargo, tuvo suerte, tuvimos suerte.

Si te interesa el tema, apunta este documental producido por Clint Eastwood.


viernes, 16 de noviembre de 2012

"Some of These Days" según Sartre


"En seguida, vendrá el estribillo: es lo que más me gusta, sobre todo la manera brusca de arrojarse hacia adelante, como un acantilado contra el mar. Por el momento, suena el jazz; no hay melodía, solo notas, una miríada de breves sacudidas. No conocen reposo; un orden inflexible las genera y destruye, sin dejarles nunca tiempo para recobrarse, para existir por sí. Corren, se apiñan, me dan al pasar un golpe seco y se aniquilan. Me gustaría retenerlas, pero sé que si llegara detener una, solo quedaría entre mis dedos un sonido canallesco y languideciente. Tengo que aceptar su muerte; hasta debo querer esta muerte; conozco pocas impresiones más ásperas o más fuertes.

(...)

Unos segundos más y cantará la negra. Parece inevitable, tan fuerte es la necesidad de esta música; nada puede interrumpirla, nada que venga del tiempo donde está varado el mundo; cesará sola, por orden. Esta hermosa voz me gusta sobre todo, no por su amplitud ni por su tristeza, sino porque es el acontecimiento que tantas notas han preparado desde lejos, muriendo para que ella nazca. Y sin embargo, estoy inquieto; bastaría tan poco para que el disco se detuviera: un resorte roto, un capricho del primo Adolphe. Qué extraño, qué conmovedor que esta duración sea tan frágil. Nada puede interrumpirla y todo puede quebrantarla. 

El último acorde se ha aniquilado. En el breve silencio que sigue siento fuertemente que ya está, que algo ha sucedido.

Silencio

"Some of these days
You´ll miss me honey"

Lo que acaba de suceder es que la Náusea ha desaparecido. Cuando la voz se elevó en el silencio, sentí que mi cuerpo se endurecía; y la Náusea se desvaneció. De golpe; era casi penoso ponerse así de duro; de rutilante. Al mismo tiempo la duración de la música se dilataba, se hinchaba como una bomba. LLenaba la sala con su transparencia metálica, aplastando contra las paredes nuestro tiempo miserable. Estoy en la música. En los espejos ruedan globos de fuego; anillos de humo los circundan, y giran, velando y descubriendo la dura sonrisa de la luz. Mi vaso de cerveza se ha empequeñecido, se aplasta contra la mesa; parece denso, indispensable. Quiero cogerlo y sopesarlo, extiendo la mano... ¡Dios mío! Esto es sobre todo, lo que ha cambiado: mis ademanes. Este movimiento de mi brazo se ha desarrollado como un tema majestuoso, se ha deslizado a lo largo del canto de la negra; me pareció que yo bailaba.

El rostro de Adolphe está ahí, apoyado contra la pared chocolate; parece muy próximo. En el momento en que mi mano se cerraba, vi su cabeza; tenía la evidencia, la necesidad de una conclusión. Oprimo mis dedos contra el vidrio, miro a Adolphe: soy feliz".

(De "La náusea" de Sartre)

La versión es más moderna, de Ella Fitzgerald. Aparte del texto que es brutal, me gusta el vídeo, ese crear magia casi en zapatillas de estar en casa. Es Ella, es ella.

domingo, 14 de noviembre de 2010

Las piernas más bonitas del jazz

Así se conocía a Anita O´ Day, superviviente de la era dorada de las big bands y única cantante de jazz blanca comparable a las más grandes, Ella Fitzgerald, Billie Holliday o Sara Vaughan.
Formó parte de la orquesta del batería Gene Krupa y el trompetista Roy Eldridge. Aparte de su talento innato, Anita destacaba por su energía desbordante y su espíritu rebelde, incómodo para la encorsetada sociedad americana de los años cuarenta. Su pertenencia a bandas de músicos negros desafiaba el sistema de apartaheid imperante y además era criticada por su forma de vestir, con frecuencia exenta del glamour que se le exigía a la voz de una gran orquesta de jazz. Con ello quería desafiar al público que juzgaba a las cantantes por su apariencia. Una especie de hippy adelantada.
Como en el mundo del rock, en el jazz las historias de degradación no son extrañas. Anita soportó una vida de adicciones a las drogas y el alcohol, mezclado con varios matrimonios, abortos y divorcios. Finalmente, con coraje, consiguió rehabilitarse.
En el vídeo se ve a un animal de escenario. Esa seguridad, esa voz, esa desenvoltura y el descaro de su mirada la hace más sexy que todas las jamonas de la MTV juntas.

martes, 22 de junio de 2010

El fondo según Murakami


Ya leí el libro del que más se ha hablado en los mentideros deportivos en general, fondistas en particular, "De que hablo cuando hablo de correr" -gracias, Michel-. Ya había leído anteriormente "Tokio Blues" de este autor sin conocer nada de éste ni por supuesto que era uno de tantos japoneses chalados por el fondo. Este último me gustó mucho, me pareció especial, poético y extraño, dotado de un especial magnetismo. Cuando me enteré que iba a publicar libro sobre la figura del corredor, me ilusioné. Seguro que era algo especial que a mí, dada mi condición deportista, me llegaría dentro.
Bien, me equivoqué. El libro en general me ha decepcionado. Cuando un escritor se consagra a nivel internacional como Murakami, es claro que independientemente de la entidad de la próxima publicación, cuentas con miles de lectores potenciales que se harán con tu nueva obra y la empresa saldrá rentable (algo similar a lo que hizo Nick Hornby al publicar un libro con simples críticas de canciones en "31 canciones"). Estoy seguro que si Murakami no fuera Murakami, ninguna editorial le publicaría esto. Él compara entrenar con escribir, actividades exigentes que requieren de concentración y constancia. Pues no me creo que este libro le haya supuesto un gran esfuerzo. No le otorgo gran valor a esa serie de pensamientos inspirados en su práctica deportiva -recopilación, por momentos deslavazada- o semblanzas de alguna carrera. Sí hay algún párrafo o alguna idea que me ha podido inspirar pero en general todo me ha producido una sensación de "déjà vu".

Tal vez una persona que no conozca desde dentro este mundillo, se sorprenda con la visión del protagonista sobre este extraño deporte pero francamente a mí, acostumbrado a escribir y leer sobre el tema, no me convenció. Estoy seguro de que si confeccionáramos un pequeño volumen con unos cuantos textos sobre carreras, entrenamientos o pensamientos de algunos de los blogueros deportistas que escriben bien y con criterio, se haría un libro bastante más interesante sobre la mística de la larga distancia... si es que existe.

Alquien decía que no hay libro tan malo que no tenga cosas buenas. Algunos puntos de vista o visiones que me han gustado, son éstos:

Ese extraño concepto del "Runner´s Blue", la tristeza del corredor, esa desgana que a veces, sin saber de dónde llega, te inunda y simplemente no tienes ganas de entrenar aunque no eres capaz de encontrar el motivo. Sin duda, 2010 es mi año "Runner´s Blue".

Entender el fondo y el deporte como algo que forma parte de tu naturaleza, que realizarás mientras te sea posible físicamente, por muy avanzada que sea tu edad , desafiando la incomprensión de la gente que estima que "no vives como es debido" pero que tú entiendes como uno de los aspectos esenciales para vivir plenamente.

Ese sentimiento de pertenencia a una rara secta con una extraña forma de vida. La futilidad de nuestro esfuerzo, cómo consideramos valiosos logros que a la vista de la "gente normal" no se entienden porque no son evaluables materialmente, ya que la mayoría nunca ganaremos ni un trofeo, ni un euro.

Sí me ha hecho gracia que su primer maratón se tratara de una "jaramugada" en toda regla, de Atenas a Maratón por una carretera atestada de peligrosos conductores griegos durante un abrasador día de verano.

Y otro punto en común: la insana afición por la música. Melómano militante, se reconoce compulsivo comprador de vinilos. Muchos no lo entenderéis pero son pasiones muy, muy cercanas.

Quizá lo que más me ha gustado es ese tono tristón y resignado que sobrevuela todo el libro, esa épica del perdedor que tan bien cuadra para muchos de los que pasáis por aquí. Ese correr para lograr el vacío, esa mirada perdida del corredor. Esa sensación nos es familiar, ese momento en que pasas la frontera y no sabes muy bien donde te encuentras, en que estás cerca de todo y de nada. Difícil de explicar.
Después de escribir estas líneas, estoy por pensar que quizá me gustó más de lo que creía. Puede que esperara más. Las grandes expectativas nunca son buenas.

De música dejo el "Roadrunner" de los Modern Lovers. Hace tiempo que pienso en un post con canciones sobre "correr". Ésta sería una de ellas. Jonathan Richmann es un tipo curioso. Aunque no lo creáis, la mayoría lo conocéis. Es el individuo que va relatando sus canciones a lo largo del metraje de "Algo pasa con Mary". Jonathan es como un chaval; si lo ves en un concierto, cuando le escuchas contar anecdotas, cuando ves como se troncha, lo sientes muy cercano, como alguien que ha decidido hacer lo que le gusta sin preocuparse demasiado por los demás -¿como un corredor?-. Podrías decir finamente que gasta ideología naif, podrías decir que está un poco tonto, pero se le nota feliz. Este disco es de 1976, está producido por nada menos que John Cale, de The Velvet Underground y es un disco muy cachondo, muy espontáneo, muy rockero. Tiene el "deje" y la alegría del verdadero rock and roll.





Aparte os dejo una pieza a la que se hace referencia en el libro al relacionarla con el "Maratón de Nueva York". Es "Autumn in New York" de Vernon Duke. Dos monstruos del jazz clásico, Louis Armstrong y Ella Fitzgerald, recrean el estándar.

domingo, 4 de abril de 2010

Semana Santa en negro

La Semana Santa más tranquila de mi vida. Horas de estudio, de entrenos, de lecturas, tres buenas películas, "En busca del fuego" de Jean Jacques Anaud, "Primera plana" de Billy Wilder y "La dolce vita" de Fellini y sobre todo mucho jazz.

Aunque tengo bastante discos y cada vez escucho más, me faltan muchas horas de vuelo. El jazz clásico le entra a cualquiera porque es más lineal y fácil. Cuando comienzan los desvaríos del Be Bop de Charlie Parker y Dizzy Gillespie, el tema torna más complicado y como le ocurre a la clásica, requiere trabajar y educar el oído para ser capaz de degustar el manjar. En el buen camino estoy porque, cada vez más a menudo, me quedo embobado escuchando algún pasaje, como a punto de encontrar algo maravilloso que antes no sentía, algo que también me ocurre con la clásica. Todavía no tengo las palabras adecuadas pero, por momentos, te sientes rodeado por una música más fluida, carnal, excesiva, lacerante, donde a veces puedes sentir el dolor, con todo un trasfondo lleno de vida y realidad.

Al igual que me pasa con el rock, me chifla la intrahistoria de la música. Leer, conocer las biografías de los músicos, las anécdotas subyacentes tras un concierto, tras una composición. Ya le dedicaré entradas pero muchos de estos genios llevaban un estilo de vida más autodestructivo, bohemio o novelesco que muchos de las estrellas más salvajes del rock and roll.

Estos días sobre todo he escuchado a Miles Davis y John Coltrane. Aquí os dejo un pequeño fragmento de "Ascensor para el cadalso", la película de Louis Malle cuya banda sonora compuso Miles Davis. La leyenda dice que los músicos improvisaron mientras veían las imágenes. Parece que realmente no fue así ya que Miles ya llevaba partes escritas a la grabación. El mundo de la música y el jazz en particular arrastran muchas "medias verdades" o sencillamente mentiras pero...¡qué demonios!... ya lo decía John Ford en "El hombre que mató a Liberty Valance", "Print the legend". Seguro que a todos nos gusta más.

La búsqueda de Jeanne Moreau acompañada por la música de Miles Davis es belleza absoluta.



Además os dejo "So What", un tema de quizás el disco más mítico de las historia del jazz, "Kind of Blue". Atentos a la actuación, es como estar en el interior de una catedral. El peso de la HISTORIA. Miles a la trompeta, John Coltrane al saxo tenor. Embriaga el ambiente, entre bohemio y maldito, entre intelectual y mágico.




Iba a poner algo más de Coltrane pero con esto hay suficiente. Ya le dedicaré algún post. Cualquiera de estos genios da mucho juego. Al final todos tienen en común esa "pasión por lo suyo" (Muchachada dixit), ese amor por su música que a veces literalmente los devora, se llame Charlie Parker, Brian Wilson o Mozart.