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domingo, 21 de enero de 2018

Mujeres de negro




No soy yo de poner muchas pegas cuando me piden colaboración para cualquier tipo de iniciativa cultural. Suelo asentir, agradecer y pedir condiciones, tema y plazo. Me lo tomo como las redacciones del colegio, implicando a veces un reto el hecho de que se traten de temáticas o formatos que no suelo manejar. Sin embargo, reconozco que hay un encargo que suele llegar siempre a finales de año en forma de correo de mi amigo Javi que me hace especial ilusión, el aportar algún escrito a “La Jañona”, revista cultural de Peñaparda. Y es que aunque especialmente en época de exámenes apenas tenga tiempo, cómo negarme a colaborar con este reconfortante milagro, cómo no contribuir y arrojar un pequeña bola de papel entintada al fuego para que siga ardiendo la precaria llama en que se han convertido hoy nuestros pueblos. 

Mi contribución de este año, un pequeño relato escrito a la carrera durante el amanecer de un sábado, revisado a la misma hora del día siguiente. Un personaje con posibilidades que no tengo tiempo de desarrollar en algo más extenso; tal vez el próximo año.

"MUJERES DE NEGRO"

Si la historia fuera la que diera sentido a la existencia, si fuera una línea de sucesos que condujera hasta un fin que la justificara, a partir del cual se hiciera balance, puede que fuera difícil explicar la vida de todas esas mujeres que fueron algo más que mujeres que cumplieron con su papel con una abnegación y dedicación implacables.
Al menos en una suerte de justicia poética, mucho de lo que son  los pueblos, de su imagen, de cómo se perciben nuestros pueblos para bien y para mal, para reivindicación costumbrista, para burla también, para desprecio de lo que no se entiende, está encarnado en mujeres de negro cuyas estampas cambiaron muy poco durante décadas.

Ahora ya casi nadie recuerda su nombre pero ella fue una más, una que vivió como debía desde niña hasta anciana, como le enseñó su madre, y si todo hubiera marchado como debiera haber sido, como había sido siempre, también debería haber aguardado la muerte serena, como su madre y su abuela.

Mas algo cambió, y en una vida en la que no había nada que contar para el que no sabe ver, al final hubo que contar más de la cuenta, contar que tuvo que salir de un mundo delimitado por unas pocas, claras y acogedoras líneas. 

Línea era la frontera con Portugal, una raya invisible en el suelo que separaba a las gentes de un lado y otro, que ahí tenía que estar aunque no se entendiera muy bien para qué demonios servía. En otros lugares lejanos, las fronteras eran grandes montañas  o ríos; pero aquí la larga frontera con Portugal no era más que una absurda e invisible raya en el suelo, pintada por grandes señores con fusiles en las manos.

Línea era la caída al sur, a Extremadura, a tierra caliente, la que se adivinaba tan extensa, la que había visto aparecer infinita algún amanecer incomparablemente hermoso admirado junto al Jálama. No necesitaba ver más mundo ni conocer más, allí estaba todo lo que buscaba cualquiera para ser feliz, todo lo que se hallaba en ese balcón sobre el que se asentaba su hogar,  y lo que se adivinaba más allá, lo que se intuía como todo lo demás, todo lo que no le concernía.

Alrededor del Jálama se encontraba lo que venía de mucho tiempo antes, que se escondía en su propio nombre pronunciado en una lengua perdida, como todos los nombres, de significado olvidado. Escuchándose desde el inicio de la Historia, refiriéndose a lo que siempre había estado allí, al agua, a los ríos; ríos que eran más líneas, para los que elegimos otros nombres como rivera de Gata, Eljas o Águeda; nombres refiriéndose a la montaña misma, nombres otorgados a un verdadero dios en forma de agua y montaña, a su residencia, casa del mismo Dios.  

Por qué buscar más allá si aquí estaba todo, si hay que saber mirar en otros ojos que el secreto de la vida no es ir a buscar lo que ya se tiene alrededor. Siempre hay más de lo que se ve, eso lo supo desde niña. El espíritu de un lugar así, de una montaña como esa pirámide se sentía con fuerza  en todo momento. Esas pirámides que construyeron en el Egipto antiguo que eran puentes, cuyo vértice era escalera hacia la luz de otro mundo; aquí no fue necesario construir nada porque la pirámide perfecta siempre estuvo ahí.

Y aquellos hombres y mujeres se sirvieron de la montaña, de sus pastos, de su madera, de sus entrañas con las minas, de sus huecos oscuros para engañar a la naturaleza y atesorar hielo en verano. De las fuentes que manaban eternas, antes y después de escucharlas nosotros, marcando el ritmo de los acontecimientos, de la vida imparable, finita e infinita a la vez.
Y las ermitas para rezar a dioses de los que ella había sido siempre devota, pero que ahora, a pesar de ser los mismos, no visitaba en aquella iglesia moderna y sin gracia que no parecía una iglesia y a la que alguna vez la llevaba su hijo, pero donde ella no escuchaba la voz del aquel dios lejano que se había quedado en una oscura iglesia del Rebollar. 

Porque un día maldito ella tuvo que marchar con su hijo a una tierra lejana; y aunque él insistía en que ahora ya no estaba tan lejos como antaño, ella añoraba con la misma intensidad. Una tierra donde su mundo se contrajo de una forma algo misteriosa, reducido casi completamente a las habitaciones de un quinto piso de una gran ciudad y a un balcón que daba a otro gran edificio que parecía espejo del suyo, donde también había una mujer de negro a la que seguro también su nuera sacaba para que le diera el aire. 

Incluso un día vio el pueblo por la tele en un programa de tarde, pero todo lo que a ella le parecía normal cuando vivía allí, era presentado por una chica muy simpática como una cosa rarísima, exótica, digna de ver; hasta bailar hicieron a los vecinos, convirtiéndolos en una especie de payasos de circo para regocijo de la audiencia, aunque ella no acabara de verle la gracia a nada de lo contaban y sobre todo a cómo lo contaban. 

Hasta el final le estuvieron preguntando por qué no salía, recriminándole que no se integrara, y así fueron pasando los últimos años, años que se podrían recordar como siempre el mismo, con una niebla gris que la fue asfixiando de una extraña forma hasta que casi dejó de hablar. 

Hasta que un día, como todos, se murió. Y entonces sí, entonces le hicieron caso y la devolvieron a su tierra, al Rebollar, para enterrarla en el cementerio donde siempre quiso descansar de afanes, pesares y dolores, donde fue feliz, para ser acogida por la misma entraña de la montaña, uniéndose a ella. Y ser una, ser de nuevo, ser todo, ser para siempre.


martes, 15 de marzo de 2016

"Tierra", relato publicado en La Jañona de Peñaparda




Mi aportación al  número 11 de La Jañona, la revista cultural de Peñaparda, uno de esos tercos milagros que, a pesar de tener todo en contra, siguen sucediendo cada año en nuestro pequeño gran mundo rural, más que nada por el empeño de un puñado de románticos, a cuyo frente se encuentra un gran tipo: Javier Ramos.

"TIERRA"

La mirada, en el último instante, siempre es la misma. Tras la sorpresa de lo inesperado, es una mirada callada, perdida pero serena. Lo poco que queda de vida, en tiempo y pulsión, se concentra en los ojos, cuando casi ya todo el cuerpo está muerto, cuando la lucha deja su lugar a una dulce resignación. Son los ojos que había visto en chicos disfrazados de soldados durante la guerra, que siguió viendo a menudo en los del animal cazado, en el cerdo sujeto desangrándose cada invierno sobre el barreño. Hace tiempo que vislumbra esa mirada perdida desde el otro lado del espejo.

Una vez escuchó decir a alguien en la radio que la naturaleza es sabia, que hace que la muerte llegue cuando ya no se quiere vivir. Entonces no era ya joven pero era fuerte y miró  a su padre sentado en la camilla, al padre que desde hacía unos meses vagaba como desaparecido en el fondo de sí mismo.

Siendo niño, un viernes de Cuaresma en una pequeña iglesia junto al ayuntamiento de Ciudad Rodrigo,  presenció una extraña representación, en la que unos monjes encapuchados, con calaveras y tibias en las manos, susurraban una triste letanía al unísono: “Acuérdate, hermano, que has de morir y en esto te has de convertir”.

Cumplió su función la obra porque jamás lo olvidó. Más tarde vio aquella estampa que guardaba su madre en un pequeño libro sobre la vida de San Antonio de Padua. Un cuadro en el que un monje como aquellos otros de Ciudad Rodrigo, San Francisco de Asís, aparecía representado mirando cara a cara a los ojos de una calavera que sostenía entre las manos. Aunque por lo que le había contado el cura en catequesis, sabía que San Francisco era hombre risueño y feliz, su rostro oculto, difuminado en la oscuridad, estaba serio. Estaba serio pero no había rastro de angustia. Era  la calma del que, mirando de frente a la muerte, nada teme.

No sabía  si su padre pensaba en la muerte tras su ensimismamiento frente al fuego de la cocina, acunado por el silencio en que se sepultó sus últimos años. Sin embargo, aun transitando la vida en un estado poco más que latente,  por las noches, como ave o criatura nocturna, antes de madrugada, tras levantarse de la cama, se marchaba de casa sigilosamente, adentrándose en el monte sin que a veces la familia consiguiera encontrarlo hasta bien entrada la mañana,  vagando perdido entre verdiones o aterido de frío sobre el suelo alfombrado de hojas, enroscado cual feto en el vientre de su madre, tal si estuviera dispuesto a partir tal y como llegó.

Una mañana de un avanzado invierno, cuando volvía despacio a casa con el padre del brazo, al ver las hojas muertas en los robles, pensaba si su padre no sería como ellas, sometido a las mismas leyes y orden,  capaces de permanecer, ya muertas, casi el entero invierno en el árbol para, en cierta forma, protegerlo, negándose inútilmente a regresar sin ruido a la tierra.

Pero llegó la primavera, cayeron las hojas y el padre murió volviendo a la tierra de la que nunca salió en vida y a la que, a su manera, amó; en silencio, porque él jamás hubiera dicho algo así, más en el crepúsculo de una vida de pelea y siempre a la sombra del recuerdo de una maldita noche de lluvia de tormenta. Aquella noche de luna en que un chozo de piedra en El Payo se vino abajo y mató al hijo mayor que  por entonces se ocupaba de las cabras. La naturaleza reclamó su precio antes de tiempo, antes de quitar las ganas de vivir. Una punzada que no se acepta, una rebelión en forma de tristeza, la del pequeño nieto, que conociendo apenas un puñado de palabras,  preguntó por su padre durante unos días. Más triste fue aún dejar de escuchar para siempre, poco tiempo después, la estéril llamada del hijo al que se le esfumaba sin remedio la imagen del padre.

Muchos años más tarde, ya mayor, cuando su hija  lo colocaba frente al televisor, una tarde vio una película en la que un jefe indio era abandonado por su familia porque, ya ciego, era demasiado viejo para cargar con él. Lo dejaban en medio de la nieve junto al fuego, con algo de leña y se despedían para siempre, como se había hecho generación tras generación. Una voz cuenta cómo el anciano siente a los lobos acercarse  para devorarlo, lo mismo que había visto alguna vez con otros animales. Admiró su serenidad y valentía, ese saber estar en el momento que se exige, conociendo su propio valor y significado, que apenas se es nada en la naturaleza, una pequeña pieza  que cumplió su función insignificante e importante a la vez, y que debe desaparecer para comenzar de nuevo. Él también ha aceptado que no es más que una carga, que hace demasiado tiempo que solo sirve para vivir estorbando a su hija. 

Se siente pegado a su tierra, de la que, como su padre, tampoco nunca salió más que para ir a la guerra, a pesar de que muchos amigos y familiares marcharon incluso a otros países para rehacer vidas algo deshilachadas por la amenaza de no poder seguir adelante. 

También escuchó contar de pájaros que nunca bajan a tierra, que solo viven en el cielo, que hasta duermen llevados por las corrientes de aire Y se preguntaba qué clase de vida es esa, sin tener un punto fijo al que anclarse. Sin embargo, después lo repensaba y se preguntaba si  su tierra, al fin,  no son los olores y voces de su infancia, los del bosque al alba, los del hogar en invierno, los de la piel de su mujer y sus niños cuando eran pequeños. Y seguro que algo de eso también lo pueden tener los vencejos en su mundo, volando bien alto  allá arriba en su locura sin fin.

Esta noche, aunque ha abandonado el camino y algo le estorban los helechos y escobas, se orienta como los animales, como aquel ciego jefe indio, le gusta pensar.  Ha conseguido subir al cerro de San Pedro por última vez y ve la imponente figura del Jálama recortada contra el oscuro cielo estrellado. No tiene sueño aunque está cansado, pero culpa de ese cansancio a años enteros. Está amaneciendo y ahora que se detiene, siente que hace más frío del que creía, pero ya no quiere moverse y continuar. Es el lugar hasta donde quería llegar, es el tiempo del que se ha querido valer.

Hoy que ya no está, que hace tan poco que nos dejó, sé que algunos creen que  no, que Paco no fue muy feliz. Qué sabrá cada cual. “Vivir fue bueno”, dijo una noche así de pronto, como sin venir a cuento, pero que a mí me pareció como el hermoso fruto de toda una vida, alegrándome sobremanera. Tanto, que decidí pergeñar unas cuartillas para tratar de explicar a mi manera, como mi padre, como mi abuelo, qué es querer una tierra, sentirse agradecido, devolverle lo que siempre fue y será  suyo.