Mostrando entradas con la etiqueta Relatos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Relatos. Mostrar todas las entradas

domingo, 21 de enero de 2018

Mujeres de negro




No soy yo de poner muchas pegas cuando me piden colaboración para cualquier tipo de iniciativa cultural. Suelo asentir, agradecer y pedir condiciones, tema y plazo. Me lo tomo como las redacciones del colegio, implicando a veces un reto el hecho de que se traten de temáticas o formatos que no suelo manejar. Sin embargo, reconozco que hay un encargo que suele llegar siempre a finales de año en forma de correo de mi amigo Javi que me hace especial ilusión, el aportar algún escrito a “La Jañona”, revista cultural de Peñaparda. Y es que aunque especialmente en época de exámenes apenas tenga tiempo, cómo negarme a colaborar con este reconfortante milagro, cómo no contribuir y arrojar un pequeña bola de papel entintada al fuego para que siga ardiendo la precaria llama en que se han convertido hoy nuestros pueblos. 

Mi contribución de este año, un pequeño relato escrito a la carrera durante el amanecer de un sábado, revisado a la misma hora del día siguiente. Un personaje con posibilidades que no tengo tiempo de desarrollar en algo más extenso; tal vez el próximo año.

"MUJERES DE NEGRO"

Si la historia fuera la que diera sentido a la existencia, si fuera una línea de sucesos que condujera hasta un fin que la justificara, a partir del cual se hiciera balance, puede que fuera difícil explicar la vida de todas esas mujeres que fueron algo más que mujeres que cumplieron con su papel con una abnegación y dedicación implacables.
Al menos en una suerte de justicia poética, mucho de lo que son  los pueblos, de su imagen, de cómo se perciben nuestros pueblos para bien y para mal, para reivindicación costumbrista, para burla también, para desprecio de lo que no se entiende, está encarnado en mujeres de negro cuyas estampas cambiaron muy poco durante décadas.

Ahora ya casi nadie recuerda su nombre pero ella fue una más, una que vivió como debía desde niña hasta anciana, como le enseñó su madre, y si todo hubiera marchado como debiera haber sido, como había sido siempre, también debería haber aguardado la muerte serena, como su madre y su abuela.

Mas algo cambió, y en una vida en la que no había nada que contar para el que no sabe ver, al final hubo que contar más de la cuenta, contar que tuvo que salir de un mundo delimitado por unas pocas, claras y acogedoras líneas. 

Línea era la frontera con Portugal, una raya invisible en el suelo que separaba a las gentes de un lado y otro, que ahí tenía que estar aunque no se entendiera muy bien para qué demonios servía. En otros lugares lejanos, las fronteras eran grandes montañas  o ríos; pero aquí la larga frontera con Portugal no era más que una absurda e invisible raya en el suelo, pintada por grandes señores con fusiles en las manos.

Línea era la caída al sur, a Extremadura, a tierra caliente, la que se adivinaba tan extensa, la que había visto aparecer infinita algún amanecer incomparablemente hermoso admirado junto al Jálama. No necesitaba ver más mundo ni conocer más, allí estaba todo lo que buscaba cualquiera para ser feliz, todo lo que se hallaba en ese balcón sobre el que se asentaba su hogar,  y lo que se adivinaba más allá, lo que se intuía como todo lo demás, todo lo que no le concernía.

Alrededor del Jálama se encontraba lo que venía de mucho tiempo antes, que se escondía en su propio nombre pronunciado en una lengua perdida, como todos los nombres, de significado olvidado. Escuchándose desde el inicio de la Historia, refiriéndose a lo que siempre había estado allí, al agua, a los ríos; ríos que eran más líneas, para los que elegimos otros nombres como rivera de Gata, Eljas o Águeda; nombres refiriéndose a la montaña misma, nombres otorgados a un verdadero dios en forma de agua y montaña, a su residencia, casa del mismo Dios.  

Por qué buscar más allá si aquí estaba todo, si hay que saber mirar en otros ojos que el secreto de la vida no es ir a buscar lo que ya se tiene alrededor. Siempre hay más de lo que se ve, eso lo supo desde niña. El espíritu de un lugar así, de una montaña como esa pirámide se sentía con fuerza  en todo momento. Esas pirámides que construyeron en el Egipto antiguo que eran puentes, cuyo vértice era escalera hacia la luz de otro mundo; aquí no fue necesario construir nada porque la pirámide perfecta siempre estuvo ahí.

Y aquellos hombres y mujeres se sirvieron de la montaña, de sus pastos, de su madera, de sus entrañas con las minas, de sus huecos oscuros para engañar a la naturaleza y atesorar hielo en verano. De las fuentes que manaban eternas, antes y después de escucharlas nosotros, marcando el ritmo de los acontecimientos, de la vida imparable, finita e infinita a la vez.
Y las ermitas para rezar a dioses de los que ella había sido siempre devota, pero que ahora, a pesar de ser los mismos, no visitaba en aquella iglesia moderna y sin gracia que no parecía una iglesia y a la que alguna vez la llevaba su hijo, pero donde ella no escuchaba la voz del aquel dios lejano que se había quedado en una oscura iglesia del Rebollar. 

Porque un día maldito ella tuvo que marchar con su hijo a una tierra lejana; y aunque él insistía en que ahora ya no estaba tan lejos como antaño, ella añoraba con la misma intensidad. Una tierra donde su mundo se contrajo de una forma algo misteriosa, reducido casi completamente a las habitaciones de un quinto piso de una gran ciudad y a un balcón que daba a otro gran edificio que parecía espejo del suyo, donde también había una mujer de negro a la que seguro también su nuera sacaba para que le diera el aire. 

Incluso un día vio el pueblo por la tele en un programa de tarde, pero todo lo que a ella le parecía normal cuando vivía allí, era presentado por una chica muy simpática como una cosa rarísima, exótica, digna de ver; hasta bailar hicieron a los vecinos, convirtiéndolos en una especie de payasos de circo para regocijo de la audiencia, aunque ella no acabara de verle la gracia a nada de lo contaban y sobre todo a cómo lo contaban. 

Hasta el final le estuvieron preguntando por qué no salía, recriminándole que no se integrara, y así fueron pasando los últimos años, años que se podrían recordar como siempre el mismo, con una niebla gris que la fue asfixiando de una extraña forma hasta que casi dejó de hablar. 

Hasta que un día, como todos, se murió. Y entonces sí, entonces le hicieron caso y la devolvieron a su tierra, al Rebollar, para enterrarla en el cementerio donde siempre quiso descansar de afanes, pesares y dolores, donde fue feliz, para ser acogida por la misma entraña de la montaña, uniéndose a ella. Y ser una, ser de nuevo, ser todo, ser para siempre.


martes, 15 de marzo de 2016

"Tierra", relato publicado en La Jañona de Peñaparda




Mi aportación al  número 11 de La Jañona, la revista cultural de Peñaparda, uno de esos tercos milagros que, a pesar de tener todo en contra, siguen sucediendo cada año en nuestro pequeño gran mundo rural, más que nada por el empeño de un puñado de románticos, a cuyo frente se encuentra un gran tipo: Javier Ramos.

"TIERRA"

La mirada, en el último instante, siempre es la misma. Tras la sorpresa de lo inesperado, es una mirada callada, perdida pero serena. Lo poco que queda de vida, en tiempo y pulsión, se concentra en los ojos, cuando casi ya todo el cuerpo está muerto, cuando la lucha deja su lugar a una dulce resignación. Son los ojos que había visto en chicos disfrazados de soldados durante la guerra, que siguió viendo a menudo en los del animal cazado, en el cerdo sujeto desangrándose cada invierno sobre el barreño. Hace tiempo que vislumbra esa mirada perdida desde el otro lado del espejo.

Una vez escuchó decir a alguien en la radio que la naturaleza es sabia, que hace que la muerte llegue cuando ya no se quiere vivir. Entonces no era ya joven pero era fuerte y miró  a su padre sentado en la camilla, al padre que desde hacía unos meses vagaba como desaparecido en el fondo de sí mismo.

Siendo niño, un viernes de Cuaresma en una pequeña iglesia junto al ayuntamiento de Ciudad Rodrigo,  presenció una extraña representación, en la que unos monjes encapuchados, con calaveras y tibias en las manos, susurraban una triste letanía al unísono: “Acuérdate, hermano, que has de morir y en esto te has de convertir”.

Cumplió su función la obra porque jamás lo olvidó. Más tarde vio aquella estampa que guardaba su madre en un pequeño libro sobre la vida de San Antonio de Padua. Un cuadro en el que un monje como aquellos otros de Ciudad Rodrigo, San Francisco de Asís, aparecía representado mirando cara a cara a los ojos de una calavera que sostenía entre las manos. Aunque por lo que le había contado el cura en catequesis, sabía que San Francisco era hombre risueño y feliz, su rostro oculto, difuminado en la oscuridad, estaba serio. Estaba serio pero no había rastro de angustia. Era  la calma del que, mirando de frente a la muerte, nada teme.

No sabía  si su padre pensaba en la muerte tras su ensimismamiento frente al fuego de la cocina, acunado por el silencio en que se sepultó sus últimos años. Sin embargo, aun transitando la vida en un estado poco más que latente,  por las noches, como ave o criatura nocturna, antes de madrugada, tras levantarse de la cama, se marchaba de casa sigilosamente, adentrándose en el monte sin que a veces la familia consiguiera encontrarlo hasta bien entrada la mañana,  vagando perdido entre verdiones o aterido de frío sobre el suelo alfombrado de hojas, enroscado cual feto en el vientre de su madre, tal si estuviera dispuesto a partir tal y como llegó.

Una mañana de un avanzado invierno, cuando volvía despacio a casa con el padre del brazo, al ver las hojas muertas en los robles, pensaba si su padre no sería como ellas, sometido a las mismas leyes y orden,  capaces de permanecer, ya muertas, casi el entero invierno en el árbol para, en cierta forma, protegerlo, negándose inútilmente a regresar sin ruido a la tierra.

Pero llegó la primavera, cayeron las hojas y el padre murió volviendo a la tierra de la que nunca salió en vida y a la que, a su manera, amó; en silencio, porque él jamás hubiera dicho algo así, más en el crepúsculo de una vida de pelea y siempre a la sombra del recuerdo de una maldita noche de lluvia de tormenta. Aquella noche de luna en que un chozo de piedra en El Payo se vino abajo y mató al hijo mayor que  por entonces se ocupaba de las cabras. La naturaleza reclamó su precio antes de tiempo, antes de quitar las ganas de vivir. Una punzada que no se acepta, una rebelión en forma de tristeza, la del pequeño nieto, que conociendo apenas un puñado de palabras,  preguntó por su padre durante unos días. Más triste fue aún dejar de escuchar para siempre, poco tiempo después, la estéril llamada del hijo al que se le esfumaba sin remedio la imagen del padre.

Muchos años más tarde, ya mayor, cuando su hija  lo colocaba frente al televisor, una tarde vio una película en la que un jefe indio era abandonado por su familia porque, ya ciego, era demasiado viejo para cargar con él. Lo dejaban en medio de la nieve junto al fuego, con algo de leña y se despedían para siempre, como se había hecho generación tras generación. Una voz cuenta cómo el anciano siente a los lobos acercarse  para devorarlo, lo mismo que había visto alguna vez con otros animales. Admiró su serenidad y valentía, ese saber estar en el momento que se exige, conociendo su propio valor y significado, que apenas se es nada en la naturaleza, una pequeña pieza  que cumplió su función insignificante e importante a la vez, y que debe desaparecer para comenzar de nuevo. Él también ha aceptado que no es más que una carga, que hace demasiado tiempo que solo sirve para vivir estorbando a su hija. 

Se siente pegado a su tierra, de la que, como su padre, tampoco nunca salió más que para ir a la guerra, a pesar de que muchos amigos y familiares marcharon incluso a otros países para rehacer vidas algo deshilachadas por la amenaza de no poder seguir adelante. 

También escuchó contar de pájaros que nunca bajan a tierra, que solo viven en el cielo, que hasta duermen llevados por las corrientes de aire Y se preguntaba qué clase de vida es esa, sin tener un punto fijo al que anclarse. Sin embargo, después lo repensaba y se preguntaba si  su tierra, al fin,  no son los olores y voces de su infancia, los del bosque al alba, los del hogar en invierno, los de la piel de su mujer y sus niños cuando eran pequeños. Y seguro que algo de eso también lo pueden tener los vencejos en su mundo, volando bien alto  allá arriba en su locura sin fin.

Esta noche, aunque ha abandonado el camino y algo le estorban los helechos y escobas, se orienta como los animales, como aquel ciego jefe indio, le gusta pensar.  Ha conseguido subir al cerro de San Pedro por última vez y ve la imponente figura del Jálama recortada contra el oscuro cielo estrellado. No tiene sueño aunque está cansado, pero culpa de ese cansancio a años enteros. Está amaneciendo y ahora que se detiene, siente que hace más frío del que creía, pero ya no quiere moverse y continuar. Es el lugar hasta donde quería llegar, es el tiempo del que se ha querido valer.

Hoy que ya no está, que hace tan poco que nos dejó, sé que algunos creen que  no, que Paco no fue muy feliz. Qué sabrá cada cual. “Vivir fue bueno”, dijo una noche así de pronto, como sin venir a cuento, pero que a mí me pareció como el hermoso fruto de toda una vida, alegrándome sobremanera. Tanto, que decidí pergeñar unas cuartillas para tratar de explicar a mi manera, como mi padre, como mi abuelo, qué es querer una tierra, sentirse agradecido, devolverle lo que siempre fue y será  suyo.

jueves, 15 de agosto de 2013

Gracias por estar ahí


Escribir tiene una recompensa rápida, inmediata: el texto. Darlo por bueno es acercarte un poco más a ese lugar que buscas y que sabes nunca alcanzarás, es aliviar esa comezón que todos tenemos. Me gusta una frase de Juan José Millas: "Escribo por las mismas razones por las que leo, porque no me encuentro bien".  Empecé de forma tímida, contando de deporte, pero a estas altura escribir forma parte de mí, es algo de lo que ya no puedo prescindir. El tema o la forma no importan demasiado. Escribir, escribir lo que sea, todo tiene posibilidades. Al tiempo una accesible y costosa vía de escape en situaciones difíciles, que me ayuda a conocerme y entender todo lo que me rodea. Esa es recompensa suficiente.

Hoy que todo son prisas, que no hay tiempo para profundizar en nada, que haya un puñado de personas que tengan diez, quince minutos para leer algo mío, para mí no puede ser más que un privilegio. Me bastaría el milagro de una sola persona al otro lado, en su habitación. Esa sería recompensa suficiente.

Una de las acepciones de "recompensar" de la RAE es "premiar un mérito". Si lo que para mí ya estaba de sobra pagado, se le une una recompensa de libro, no puedo más que sentirme sinceramente honrado. Aunque estoy a acostumbrado a que la gente me diga que le gusta lo que escribo -algo que nunca cansa y siempre reconforta-, el hecho de recibir un premio, leer tu relato en público y recibir la limpia y sincera enhorabuena de personas que sientes disfrutaron con tus palabras, te hace sentir extraño, te hace sonreír feliz.


Gracias a la Asociación Cultural Los Boliches de la Torre y al pueblo de Aldea del Obispo, un pueblo que para mí ya tendrá siempre un valor especial. Gracias a todos los demás por seguir ahí.

P.S. Susana, mi norte, no es un lector que digamos imparcial ya que todo lo que escribo, le parece extraordinario; cuando leyó el relato, me dijo que iba a ganar seguro. Francamente nunca lo creí pero en secreto albergaba esa íntima esperanza que me hizo decidir, en la forma en la que imaginas qué harías si te tocara la lotería, que si ganaba, con los 300 euros de premio,  me apuntaría al Iberman el 5 de octubre, mi regreso a la malograda aventura Ironman, otra de esas deudas pendientes con las que durante 2013, voy ajustando cuentas. El relato lo incluiré en un libro que presentaré en menos de un mes y que anunciaré a su tiempo.

Vale.

Un título que resume lo que viene siendo 2013

viernes, 19 de abril de 2013

Demasiado, demasiado pronto.


1988. Una de mis asignaturas de Primero de Carrera es "Historia del Derecho". Mi profesor: Javier Infante. Veinticinco años después, Javier Infante imparte una charla  sobre la Constitución de la Segunda República en Ciudad Rodrigo. A mí lógico interés por el tema, se añade una razón sentimental difícil de describir, puede que reducible a una impresión, la de que yo he cambiado más que él, por dentro y por fuera, lo que es bueno y malo.

Un regreso al pasado. Otro lujo de clase que en tiempos no apreciamos como debimos, para acercarnos a un texto que debió ser billete para engancharnos al futuro, audaz en nuestro entorno, adelantado a su tiempo, con una importante parte dogmática de derechos y libertades -al fin se reconoce el sufragio femenino-,  que sin embargo, gran parte de la sociedad española percibió como una amenaza.

Demasiado, demasiado pronto. Bajarla a la realidad no podía ser más que delicado, agravado el proceso por tempos erróneos o radicalismos utópicos y cortos de vista que jamás pueden justificar el uso de la fuerza más extrema, la de romper la baraja, la de un golpe de estado contra la legalidad constitucional dando cobertura  a la reticencia de los de siempre, salvaguardando los intereses del poder real.  Finalmente España perdió la oportunidad de unir nuestro destino al de las democracias europeas.

Afirmaciones como que el Estado español tenía un carácter laico -algo que pareciendo tan de sentido común, aún hoy no se ha conseguido-  o privar a la Iglesia de su capacidad para enseñar y adoctrinar, fueron demasiado extremas para aquellos tiempos. 

La enseñanza pública es uno de esos grandes logros que ni cuidamos ni valoramos como debiéramos. Escribo desde el punto de vista de una persona que no reniega de su formación cristiana pero entiendo que son campos de juego distintos.  Los mismo que me considero cristiano,  no puedo identificarme con el mensaje de unos jerarcas disfrazados de carnaval, pertenecientes a un cuerpo que se alza putrefacto desde hace siglos y que para sanar solo deja orear las heridas, que  se empecina en el disparate o la injusticia, en advertirme sobre la enfermedad de los homosexuales o en negar derecho alguno a la mujer dentro de la institución. Tal y como yo interioricé los valores que me transmitieron, se me escapa coherencia alguna en su discurso.

Los que me conocen saben que no soy ningún radical. Lo mejor de envejecer es cuestionarse las convicciones que arrastras ya que solo de la autocrítica, puede comenzar el buen camino.

Cambiar la forma política del Estado llegará, tarde diez o cien años. La Monarquía es una institución muerta que no soportará una análisis racional en una sociedad democrática moderna. Tampoco creo que per se, el cambio signifique gran cosa. Son fases. Debería ser un paso más en la buena dirección, en el de la regeneración, mas no solo política sino sobre todo de una sociedad.

En mi opinión, el modelo de sociedad al que se habría de tender y a lo que se supone que lo hacíamos prácticamente hasta ayer mismo, es a las sociedades nórdicas con un Estado Social fuerte frente al espejo de una sociedad implicada y responsable.

Hoy por hoy, eso lo veo imposible. No solo se trata de divagar sobre politica y banca. Es tan fácil... Tal vez creáis que no tiene mucho que ver pero yo solo detecto síntomas para el diagnóstico. Estos días veía abochornado las imágenes de la salida del juicio de Isabel Pantoja y verdaderamente sentía vergüenza ajena. ¿Quién es toda esa gente? No soy capaz de imaginar escenas similares en Suecia o Finlandia.


A última hora me enteré de un concurso de microrrelatos que organizaba Izquierda Unida. Segundo premio que me recogió Moli -corría al día siguiente en Béjar-. No me gustan los microrrelatos. Los redacto en un ratillo pero yo, por principio, tiendo más a la dispersión y después de escribirlo, no hago más que mutilar matices  para ajustarlo al límite de palabras. Nunca me convencen.

Ahí lo dejo.

“LA FRONTERA”

El frío de las montañas te parte en dos. Aunque el desenlace de la guerra fue largamente esperado, el dolor no era menor. Miguel apretaba fuerte el peso de su hija. A su lado le  oprimía el peso del silencio de su mujer. El silencio que misteriosamente la inundó tras la noticia de la muerte del hijo en el frente. El silencio del reproche por haber sembrado locas ideas de justicia y libertad en su mente.

Le aterraba sentirse culpable porque significaba desmontar cada día de su vida, privar de sentido a toda su lucha. Cruzar la frontera era rendirse, pero la derrota completa sería perder sus razones.

Persiguiendo vida para su pueblo, dieron con la muerte.  Receloso, al borde de un no elegido camino de odio y fuego, siempre sintió poderosa la esperanza de una tierra prometida con las mismas oportunidades para hombres y mujeres.

Fronteras y derrotas aguardan. Recuerdos que serán mortero para los mismos sueños diáfanos que un día avivarán la vida de la pequeña que ahora se agita febril entre sus brazos."



Anteayer os dejé unos galeses. Hoy otros: Manic Street Preachers con una canción con nuestra Guerra Civil de fondo.

Vale.

viernes, 7 de diciembre de 2012

Honor obliga


Un relato escrito hace unos meses y más bien dirigido a la gente del pueblo ya que toma como punto de partida sucedidos en Ciudad Rodrigo durante la Guerra de la Independencia. El problema de ajustarse a diez folios en que debes prescindir de descripciones y diálogos.  Si algún foráneo se anima a leerlo y todavía no conoce uno de los pueblos más bonitos de España, me presto servirle de guía para enseñarle los lugares donde se desarrolla la historia. A propósito, ya mismo marchamos a otro sitio especial, el que ya muchos sabéis que es mi ciudad favorita, al oeste del oeste. Nos vemos.

"HONOR OBLIGA"


Al sentir  frescor en los labios, abrió los ojos. Por un momento pensó que fuera su madre la que le ofrecía agua, aquella que ahora añoraba de igual forma que tantos otros cuya muerte había presenciado durante los últimos días. La muerte nos iguala a todos. La guerra como su brutal antesala también.  Cuentan que en la guerra los dolores desaparecen. Obrando cual bálsamo, el pánico durante el combate, el pundonor por seguir existiendo sana muelas y lumbagos. Hace milagros, el cojo corre, el hueso funde, el ciego ve. De la misma forma, el comportamiento de  muchos moribundos sigue un mismo patrón, esa llamada desesperada a la madre intentando buscar el amor innegociable y absoluto, la fuente de vida más pura a las puertas de la muerte.

Pero no era ella la que sostenía el cuenco. Le costó reconocer los ojos del edecán francés. Sin su caballo le parecía fuera de lugar. Habían pasado más de dos años  desde aquellos días de Junio de 1808 posteriores a la espoleta del levantamiento de Madrid. A las puertas del Palacio Episcopal una multitud inquieta aguardaba entonces la salida de los emisarios del Ejército de Napoleón. Un jefe del Estado Mayor y dos oficiales traían cartas para Ciudad Rodrigo del General Loisson solicitando el paso de su ejército por la ciudad en su camino a Salamanca con un ultimátum amenazante: “Desdichado pueblo si obliga al ejército francés y le pone en la dura necesidad de pisar su suelo como enemigo”.

Recordó el rumor del pueblo agolpado esperando la salida de “los franchutes”. En los ojos, en las palabras sin voz, la  locura incubando, esa que debía resultarnos extraña y asustar y que sin embargo, aquellos días parecía tan normal y esperada. Rostros serios, crispados, llenos de la furia contenida previa al banquete de sangre y horror que se avecinaba. Las noticias eran demandadas con urgencia al viajero que llegaba desde cualquier punto de España, contando lo que todos temían y al mismo tiempo querían escuchar.

Historias reales o fabuladas durante los últimos meses  habían secado la yesca, presta para prender un incendio. Sólo faltaba un golpe sobre el pedernal para que un país entero ardiera en el infierno.  Los tres oficiales franceses montaron a caballo. A la dignidad inherente al militar de carrera, se unía el orgullo consciente del uniforme que había conquistado Europa. Ni los gritos aislados de los integrantes  más exaltados del gentío que atestaba la pequeña plaza, consiguieron alterar el porte de los soldados.

Enrique, después de varios años viviendo apartado y dedicado al estudio en Salamanca,  había vuelto a vestir el uniforme militar acudiendo al llamamiento de los últimos reclutamientos de la plaza. Aquel día las tropas españolas respondían de la seguridad de los mensajeros. Sin pensarlo demasiado, sujetó las riendas del caballo del francés y los acompañó calle abajo  fuera de las murallas por la Puerta de la Colada.  En su corta despedida, no solo sus palabras, sobre todo los ojos del francés expresaron agradecimiento y respeto. Hoy, dos años después, el respeto seguía siendo el mismo, junto a la compasión y  la aceptación del absurdo destino que envuelve al hombre y al soldado. Precaria existencia del soldado vencedor que se sabe  fútil, a cada paso más cerca de su derrota y muerte.

Cuando aquel día el edecán galopaba junto a sus compañeros con su respuesta al encuentro de sus tropas,  aún escuchaba  los gritos y el clamor de Ciudad Rodrigo. La carta de la Junta de Gobierno y la serenidad de los ojos de Enrique le convencieron de la determinación real de entregar a las águilas imperiales únicamente “cadáveres, cenizas y ruinas”. Aquel fatal augurio se consuma hoy, 10 de Julio de 1810. Esta hermosa ciudad no es más que montones de cascotes sepultando cadáveres y cuerpos aún con vida entre innumerables llamas incontroladas.

Soldados. Extraño sino el de personas atrapadas en un deber que sabían el más poderoso e incuestionable y que probablemente les llevaría a una muerte prematura en algún campo de nombre impronunciable,  frente a murallas lejanas o hundiéndose en el fondo de un oscuro océano implacable. El honor impedía a un oficial otra alternativa que la de morir por una patria, una religión, un rey que bien podía ser, que probablemente siempre fuera un rico hijo de la gran puta.

Durante el cautiverio de Tolón  Enrique convivió con soldados realistas y  guardias revolucionarios que defendían otras ideas. No es que los soldados entendieran demasiado los motivos por los que les enviaban al matadero. Aparte del poder y la ambición, nunca fue capaz de comprender razones de más peso. Eso era asunto de los peces gordos. Aquellos extranjeros le transmitieron la imagen de una España ignorante y valiente dominada por un clero fanático. Enrique se acabó cuestionando sus propios principios y ya de vuelta, acabó leyendo y contactando con los ambientes ilustrados de Salamanca, tan extraños y marginales. No era mala gente aquella. Los tachaban de peligrosos,  subversivos y traidores pero él bien sabía que aquellos débiles y locuaces maestros o escritores pretendían lo mejor para esta España ingrata.

Cuando las banderas francesas penetraron en España como aliados en su camino a Portugal, una secreta esperanza se albergó en su interior, la de que España, por una vez y sin la sangre que pagó el país vecino, se subiera al tren de esas ideas que nos contaban revolucionarias pero que parecían tan humanas; ideas  perseguidas por la iglesia y que paradójicamente se antojaban tan cristianas. La Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, ¿acaso no podía traer más que bien al ser humano?

Poco duraron sus esperanzas. Ya era difícil casar que ilusiones como la soberanía nacional, los derechos del hombre o la separación de poderes  se sembraran por Europa al ritmo que marcaban los cascos del caballo de un emperador ególatra.  Pronto los rumores, las historias y  noticias  se extendieron por doquier. El ejército francés era de ocupación y se comportaba como tal, esquilmaba y mataba como cualquier otra tropa del pasado, tenía el mismo rostro del horror que mana desde nuestras fuentes de tiempo más lejanas, indiferente a uniformes o idiomas, representando una vez más ese drama atávico que para el hombre es la guerra.

Cuando el 2 de Mayo todo estalló en Madrid, a nadie extrañó. Enrique llegó a pensar que esos conatos de sublevación, esas revueltas del pueblo podrían emplearse en conseguir una forma de gobierno más justa, en la que todos los españoles pasáramos a ser ciudadanos en lugar de súbditos. Incluso quiso ver en la elección de la Junta de Gobierno de Ciudad Rodrigo, creada para hacer frente “al francés” y compuesta de hombres de toda clase y condición, una pequeña recreación de unas cortes que encarnaran la soberanía del pueblo, con verdadera legitimación para el ejercicio del poder. Por qué no un primer paso para un futuro mejor y más justo.

Sin embargo, poco después una forma de hastío comenzó a turbar su espíritu. Aquel día de Junio de 1808 una cantidad ingente de personas abarrotaba las calles de la ciudad. Los bandos  de reclutamiento habían llenado  Ciudad Rodrigo de personas de los arrabales y los pueblos de alrededor. Esa tarde pareció que el asfixiante calor fundió a  los que atestaban las calles en un todo informe y monstruoso, despojándoles de su cualidad de individuos responsables y cristianos, convirtiéndoles en una masa irracional y justiciera, cuando la justicia sólo se identifica con el derramamiento de sangre, con un sacrificio ancestral purificador.

Eran las cuatro de la tarde cuando Enrique llegó abriéndose paso a empujones entre la multitud enloquecida, justo en el instante en que mostraban la cabeza del gobernador  en el balcón del palacio. Que se sepa que el pueblo español descuartiza al contemporizador, al sospechoso de patriotismo tibio. No fue  la única mirada horrorizada la suya. Se frenó en seco ante el golpe de lo ya irreparable, apartó la vista y  recordó las cabezas de los gallos arrojadas en la puerta del comerciante francés unas noches antes, presagio de lo que estaba por suceder, de la que probablemente hubiera significado también su muerte a esas horas. No, aquello no era camino de nada bueno. La naturaleza humana sin freno, empeñada en la autodestrucción, siglo a siglo.

La sangre vertida siempre exige más sangre para redimirse, para pagar precios. Y los precios siempre se acaban pagando. Hoy, casi dos años después, puede que hayamos comenzado a saldar nuestras deudas. Las calles que ya no son calles, manan sangre y fuego para aplacar el odio que se alimenta de sí mismo y entonces,  poder volver a encarnarse y crecer en ejércitos y proclamas distintas. Nunca hay batalla con las suficientes bajas para que no se pueda volver a recomponer otro ejército a cuyo frente siempre cabalga la carcajada de la muerte.
Tras el asesinato del Gobernador Ariza, Enrique se encargaba de la formación acelerada de las milicias urbanas. Les enseñaba a todos aquellos hombres inflamados de afán de venganza y arrojo, que la infantería en la guerra lucha con serenidad y disciplina, que todo eso que ardía en su interior no les serviría de nada frente a un ejército bien entrenado como el francés, que eso probablemente les llevaría antes de lo previsto, a una  muerte segura. Debían confiar en la profesionalidad y sentido de  organización de sus mandos. Sin embargo, ¿por qué él no podía confiar en el buen juicio de sus superiores, en aquellos  que regían tan desacertadamente el destino de una España atolondrada, fuera de camino e intolerante durante tanto tiempo?

 La naturaleza del hombre es la de la metamorfosis continua. No hay principios ni valores inamovibles porque todos deben ceder ante lo único que tiene un verdadero hombre como cierto, su honor. La única base sólida, el índice de la dignidad en cada revuelta de la vida.  Ello te proporciona un suelo firme sobre el que asentar los pies pero también muy a menudo,  resquemor y amargura. Es hora de reconocerlo, a veces jode pelear sin razones. Tiempos en que la artillería es trascendental, el trueno que apaga la voz de molestos pensamientos y dudas,  la resignación del infante avanzando al paso mientras el campo es barrido por balas y metralla, rogando por un día más de suerte, los gritos dementes de la alocada carga de caballería. El truco consiste en aturdir y ensordecer para no preguntarse por qué nuestra naturaleza se encuentra a tanta distancia de nuestra existencia.

Entre las llamas y el humo, hoy veía carreras atropelladas y sin rumbo, escuchaba hablar  francés y  muchos gritos, estos sin seña de identidad ni patria. El castellano había desparecido de las calles. Estos gritos de clemencia u horror, apenas hace tres meses eran  de alegría, tan inflamados de furia y fervor. Las guerras. Todos los ejércitos marchan a cada guerra alegres y con brío, henchidos de esas palabras sagradas: Dios, Patria, Rey. Esas palabras que maldice, siempre puertas adentro, el que ha participado en una batalla y tiene la suerte de regresar.
De pronto vio pasar la bandera francesa y volvió a pensar en  lo que hace bien poco significó para él. Pensó en el día en que soñó que aquella bandera traería para el mundo el final de esos gritos, los del horror y la guerra. Que incluso sería el principio del final de todas las guerras. Miró el elegante uniforme del oficial francés, mientras oía una frase tiernamente mentirosa que le animaba y mentía, contándole su fortuna, que salvaría la vida.  Sonrió y no contestó, era consciente de que si no le había matado la metralla, el aire enrarecido y enfermo del hospital lo haría. Ningún soldado quería marchar allí, de sobra sabía que no era en la propia batalla sino en la repugnante acumulación insana de sus salas, donde se producían las mayores bajas del ejército.

Sabía que había llegado más lejos que con otras heridas, que estaba más cerca que nunca del otro lado porque no le importaba gran cosa cruzar.  El dolor había cedido. Francisca, la razón que le había arrastrado hasta Ciudad Rodrigo, ya no estaba allí. Recordó  esos días de antaño en que todavía bajaban al río, y en cómo sentía el milagro de que, echados en la hierba, tan solo su voz en la oscuridad  fuera capaz de abrazarlo por completo, con todos sus temores y esperanzas. Más tarde, ya  solo bajó al río a talar los árboles de la alameda que servirían para el reforzamiento de las defensas.

Con el tiempo, sus sueños junto a ella comenzaron a tornar en solo miedo. Hasta que todo acabó durante los cuatro días  de pertinaz  bombardeo  que asoló la ciudad. No solo los soldados y voluntarios de la milicia, también la población  se afanaba en apagar los fragmentos de las terribles bombas incendiarias que estallaban por las calles, incluidos esos niños que para siempre perderían su mirada infantil. Mala suerte vivir en el filo. Su cara, esa cara que solo podía tener la nariz respingona que casara con su risa desbocada y contagiosa, había desaparecido para siempre entre las ruinas.

 Una pena no por esperada, deja de ser menos pena. Ahí  llegó la sed. La sed implacable  que le había acompañado hasta hoy,  la física y sorprendente por desconocida, que provocan las lágrimas continuas. La otra sed, la más íntima y profunda, la de un parte de ti que ya marchó y que nunca volvería.

Sobre el papel, con Francisca había desaparecido el vínculo que le unía a  la ciudad y sin embargo, sentía que nuevos lazos habían nacido para  ya nunca separarlo de Ciudad Rodrigo, ese pequeño fuerte que  por unos días,  retaba a Napoleón para tratar de influir en la suerte de países enteros. Cuentan cuentos y hazañas en guerras, de victorias en Austerlitz o Marengo. Apenas ayer eran los mirobrigenses los que tenían la llave, precisamente frente a Massena, artífice de una de esas grandes victorias.  Eres el protagonista de la Historia de los libros y después de más de dos meses de asedio,  todos eran conscientes de que esa gloria ganada en el campo de batalla es una gran mentira.  Brno no era nada más que un nombre extraño, ajeno, sonoro  que seguro habitaba tanta gente inocente como en Ciudad Rodrigo, una ciudad preñada de palacios y pasado, ahora calcinado. Pero, ¿quién es inocente? Mejor, ¿quién es el culpable cuando a veces a todos les ciega el empeño en combatir y morir como poseídos?

Sintió que ya se había convertido en mirobrigense, y sintió como un mirobrigense al entender que todo estaba a punto de finalizar cuando unos días antes, en uno de los carros con cadáveres, se adivinaban los cuerpos sin vida de uno de los símbolos de la resistencia, el del entrañable ciego “Tío José” y  su inseparable perrillo Sabino, cazados en las afueras cuando llevaban a cabo alguna de sus arriesgadas tareas de enlaces e información.  

También fue un duro golpe ver marchar otra noche a Don Julián con sus lanceros, los cascos de los caballos cubiertos por telas para aprovechar la sorpresa en su tentativa de romper el ya asfixiante cerco francés. Una tarea a la altura de un personaje valiente y de talla real. Por una vez, esos tintes legendarios que fue adquiriendo su figura, quizá fueran merecidos.  Aunque nadie las sabe ciertas, gustamos de esas historias de seres indestructibles, de alguien en quién confiar y ampararnos. Por eso fue tan triste verlos abandonar la ciudad para no volver a escuchar sus locos relatos de emboscadas y encuentros con los dragones franceses.

Cuando el alrededor se desmorona, cuando el equilibrio de todo es tan precario, comienzas a interiorizar las cosas triviales como las esenciales en la vida, las únicas importantes. Los mandos arengaban, la Iglesia martilleaba sermones para que no se olvidara la justificación de nuestra lucha, para no flaquear.  Esas mayúsculas que no te pueden hacer olvidar que una rendición jamás es gloriosa, pero cuando apesta el olor a hierro de la sangre, percibes que lo único que importa son las minúsculas  de tu vida. Cuando se aproximaba la batalla, te hacen valorar cada día como si fuera un gran regalo y sientes que cada beso o cada risa podrían hacerte reventar de gusto. Todo, hasta el hecho más menudo y absurdo, el simple y precioso silencio, adquiere un significado tan pleno que asusta. Asusta porque sientes morir, quieres vivir y te duele dudar. Piensas en los días que no vivirás y esa suerte de nostalgia del futuro duele más que la verdadera.

Los días previos al ataque definitivo Enrique se asomaba con vistas a poniente,  a Portugal y disfrutaba la maravillosa puesta de sol entre nubes amoratadas.  Veía las baterías ocultas en el Teso de San Francisco y cómo las tropas se movían  cada día más cerca.  Habían pasado más de setenta días de asedio y sabía que restaba poco para el final. Nuestros cañones hacía tiempo que no conseguían mantener la respuesta frente al poderoso tren de artillería francés.  Se habían acercado demasiado. Trincheras, galerías, hoyos, minas. Las dos brechas eran prácticamente indefendibles y el temor de la población al saqueo a sangre y fuego se palpaba en cada palabra, en cada mirada.

Las esquivas palabras de los despachos de Welington ya no significaban nada. Hace días que todos los mirobrigenses sabían que se había condenado esa puerta. Era tiempo de cumplir con nuestro destino, que no era otro que el de la inmolación completa.

A veces Enrique, cuando estaba apostado, conseguía abstraerse de lo que le rodeaba, fijándose en los detalles de un mundo que continuaba su curso natural, ajeno a la batalla. Y miraba las flores que poblaban aquí y allá las partes del glacis aún no calcinadas o la infinita llanura de campos al frente,  las malvas, los pimpájaros, el hinojo que hace tanto tiempo le era imposible oler. Algún loco vencejo que  aún volaba entre las balas de cañón, los indestructibles insectos, esos pequeños zapateros anaranjados tan bonitos que  subían entre sus dedos cuando estaba recostado sobre el parapeto. Su vida era la de cualquier inicio de verano, tan ajena a la tragedia de los hombres. Esas pequeñas criaturas no son la imagen y semejanza de Dios. Tal vez esta mancha es la condena de los hombres. Su capacidad para razonar de poco les sirvió para vivir, quizá sí para morir. Puede que el sentido del honor sea lo único que les diferencia de los animales y en algún punto del camino el hombre debió entender mal su deber, empleándose con furor en luchar por causas ajenas y absurdas.

Hoy por la mañana vio desde el frente de la catedral, entre alivio y pena, aparecer a los primeros granaderos franceses a través de la brecha y  cómo el Gobernador Herrasti les estaba esperando para capitular. Percibió la figura del Mariscal Massena, -¿o sería Ney?-, como insólitamente cercana, casi tanto como la del oficial que ahora se encontraba postrado junto a Enrique. Esa primera imagen que formas de alguien por lo que te cuentan o lees, es poderosa, difícil que retroceda; más aún la del Mariscal, un ser de libros y grabados, y sin embargo, le pareció un simple hombre. Le hubiera gustado poder ver algún día al mismísimo Emperador en persona y humanizarlo,  preguntarle sobre sus razones y remordimientos. Puede que fuera como todos, condenados desde nacimiento con la marca de los iguales y hermanos, a golpearnos hasta el no existir.

De pronto, todo se volvió negro. Si tenía los ojos abiertos,  ¿por qué  parecía que los había cerrado? Un instante después el edecán sí que le cerró los ojos preguntándose si él también tendría el temple para morir cómo se le exige una oficial cuando le llegase su hora.