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miércoles, 16 de junio de 2010

En el punto de mira

Es imposible sustraerse a la epidemia. Algo había que escribir de fútbol. Cuando esta tarde recorría la ciudad con el coche durante el partido, no puedes dejar de asombrarte ante el estado semidesierto de las calles en un día laboral, las cada vez más numerosas banderas en los balcones entre los que se incluye el del imbécil de mi vecino, los gritos de mi vecina -ésta sí, ésta muy maja-cuando llego a casa; normalmente son las voces de sus cuatro hijos los que atraviesan las paredes, sin embargo esta tarde es ella la que suelta tacos cada vez que los nuestros rondan la portería.
No sé si es una impresión personal pero me parece que esta locura colectiva tiende a más con los años. La cobertura de los medios, a todos luces desmedida, contribuye a un estado de alucinación colectiva que a veces me parece hasta preocupante. Según en que lugares, no podrías manifestar ciertas opiniones, porque en las circunstancias propicias, hasta te podrías llevar una hostia. En algunos aspectos, se asemeja a los retratos novelescos de ambientes prebélicos.
Después de este lugar común tan previsible en un blog de estas características, cuento lo que realmente quería. Me pregunto cómo soportan los futbolistas, los protagonistas al fin y al cabo del espectáculo, toda esa presión. A estas alturas, a nadie le puede parecer un disparate afirmar que las victorias de un equipo de fútbol, proporcionan una extraña felicidad a miles de seguidores. Digno de estudio sociológico -los habrá a cientos- es la identificación de los intereses de una persona con la de un grupo de deportistas, en principio completamente ajenos. Sé de que hablo porque yo tuve una etapa de mi juventud muy ultra en la que no me perdía ni un partido... ¡del Real Madrid!... no te lo pierdas. Cada vez más a menudo se comprueba que los jugadores deben cuidarse de algunas declaraciones o actitudes, que son muy cautos respecto a cierto tipo de expresiones sobre su compromiso con la bandera o con el país. Ya sé que muchos me vais a contar que a ellos le da lo mismo, que todos son profesionales multimillonarios y les importa una higa ganar o perder. Bien, no me lo creo. Para llegar a jugar un mundial, aparte de tener talento innato, debes ser extremadamente competitivo. Ganar lo debe ser todo. Si a ello le unes el grado de vinculación emocional de millones de personas, se debe hacer duro no hacer bien tu trabajo, no cumplir con lo que se espera de ti. Todos sueñan con jugar la final de un mundial. Pero.... ¿y si ese día cometes el fallo más increíble de tu vida? Tu existencia quedará marcada para siempre. Nunca te podrás desprender de aquel segundo en el que defraudaste a tu país. Cuando el domingo vi la cantada del portero inglés, me dio pena. Me dije: Dios, como los elimimen por ese gol, a éste se lo cargan. La gente con algo de sentido común deberíamos ser mayoría pero empiezo a dudarlo.

El colombiano Escobar perdió su vida por meterse un gol en propia puerta.


Porteros ingleses, la estirpe maldita. Mal de muchos... ¿Quién teme a los hooligans?


El gol de Cardeñosa, "el gol que nunca fue" más famoso de nuestra Historia.

Salinas frente a Italia. Tuvo la oportunidad de pasar a la Historia... pero falló.

Ya sabéis que yo soy más de otros deportes. Veré los partidos más seriamente si pasamos la primera fase pero con poca pasión, la verdad. El deportista que más admiro -y no precisamente por ser un "élite"- y al que un día dedicaré una entrada es éste, un tipo nada "fashion".

"Recuerdo un amanecer en el Mont Blanc, con el sol iluminando la montaña. Una sensación bellísima, pero no sé si exactamente era poesía. Tal vez era sólo alivio. Si había corrido durante doce horas, quería decir que quedaban apenas nueve para el final" (Marco Olmo)

Yo conozco esa sensación, la de ver amanecer en el Valle de los Glaciares. Verdaderamente no se puede explicar.
Como he escrito sobre el mundial, de música dejo algo africano, el senegalés Ismaël Lô - iba a poner el "Tajabone" que usó Almodóvar en "Todo sobre mi madre" pero elijo algo más animado- y el anuncio tan bueno de la Visa que seguro habéis visto mil veces, el que usa la música de los Pixies más desatados y absurdos. Me recordó mis años también más desatados y absurdos de piso universitario.