Mostrando entradas con la etiqueta Ryan Adams. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ryan Adams. Mostrar todas las entradas

domingo, 27 de diciembre de 2015

De mis tribulaciones con las divas del pop II



Tras unos tiempos en que parecía algo agotado, Ryan Adams ha vuelto a las andadas, a ser uno de los autores más prolíficos del mundo del rock, con lo bueno y malo que eso ello conlleva. Cuando escuché "1989", su último disco, me pareció bueno y comercial, con canciones inspiradas y bonitas que seguro le volverían a colocar tras la pista del éxito masivo. Pero he aquí que una mañana escucho en la radio que este disco es una revisión completa de todas las canciones del disco homónimo de Taylor Swift. 

No pude evitar sentirme algo descolocado, con el culo torcío que decían los de la Muchachada. Como el supuesto experto en vinos al que se la cuelan y se queda con cara de tonto. Acaso será que tantos prejuicios tengo que soy incapaz de apreciar o más bien de reconocer que unas canciones que no deberían gustarme, me gustan.

 

Confieso una actitud, a la que considero ya sin remedio, entre machista y engreída, consistente en que si una tía buena explota demasiado esa condición como reclamo, efectivamente llama mi atención como tal, pero no puedo ir más allá, es decir, a valorar en serio su arte; o dicho de otro modo, todo ese mundo de coreografías y esfuerzo por almibarar o potenciar el poder de una canción. a mí se me antoja vano esfuerzo en pos de la nada.

Bien, escuché un par de canciones en su versión original, y para la tranquilidad del guerrero melómano, pleno de estúpida suficiencia, me parecieron un horror, potenciado por unos terribles videos que a los jóvenes le deben parecer lo más, pero que yo a estas alturas no me puedo tomar en serio. Los cachivaches y giros, supuestas señas de identidad de la moda de hoy, joden de mala manera unas canciones que es evidente que, aunque no sean de gran recorrido, están ahí y  son buenas.

jueves, 28 de febrero de 2013

Ocho


Un ocho es buen punto de partida para volver a comenzar mi aventura universitaria. Un ocho como una estupenda forma de vencer a una primera asignatura compleja y extensa. Un chute de uranio enriquecido para comenzar a elevar un "Kursk" encallado hace años en el fondo del océano. Ni siquiera haber perdido el sobresaliente por falta de agilidad y concentración al comienzo del examen, logra empañar mi alegría.  Ahora sé que hacer exámenes, como estudiar, como entrenar, requiere adaptación y evitar dispersarse. 

Vi la nota el miércoles por la noche antes de acostarme. Inmediatamente después leí que el Madrid había eliminado al Barça en Copa y pensé que ninguno de los blancos estaría tan feliz como yo. Busqué quién era el "ocho" blanco para ilustrar el  artículo y me hizo gracia que fuera KakÁ, que con Prosinecki, probablemente sea el fichaje más ruinoso de la historia del Real Madrid. Siempre a punto de volver, siempre a punto de remontar el vuelo. Espero que no sea mal augurio.

No es más que un escalón de los pocos que me faltan para cerrar una puerta y abrir otra etapa a la que si me lanzaré a saco pero como en el deporte, elegir reto de entidad y ser capaz de prepararlo, encararlo y superarlo, te proporciona una satisfacción mágica y  ya inextinguible. Me basta recordar ese libraco y ese ocho para volver a sonreír. 

Ya lo sabéis, a todos nos gustaría volver atrás para cambiar mucho de nuestra vida pero también es indiscutible que dentro de unos años, seguro que desearemos encontrarnos exactamente aquí, ahora. Este simple ocho me ha servido de máquina del tiempo para regresar a sensaciones de veinte años atrás y a la vez, para sentirme feliz conmigo mismo justo hoy, sin "pero" alguno. Y eso hace casi una vida que no me ocurría

Para celebrarlo, ese miércoles por la noche escuché una pequeña pieza sencilla y escondida, dejada de lado hasta por el propio autor, pero que a mí me chifla.

Ya sabéis cuál es mi frase para terminar las crónicas de las carreras pero hoy sí que la grito más convencido y orgulloso que nunca. Y solo es el comienzo.

"¡¡YO SOY ESPARTACO!!"

miércoles, 12 de mayo de 2010

Mi camiseta

Ahora que empieza el buen tiempo, excepto en el trabajo, me paso cuatro meses en pantalón corto y camiseta. No recuerdo exactamente cuándo mis camisetas se convirtieron en mis prendas favoritas. Supongo que sería alrededor de los quince, dieciséis años, en los tiempos de los pedidos a Discoplay. En aquellos años soñaba con camisetas de Springsteen, Clapton, Lou Reed, Loquillo, que nunca conseguí. Después sí, después fueron llegando muchas que todavía conservo de muchos festivales y conciertos, de nuevas bandas unidas a periodos concretos y diferentes de mi vida, unidas a recuerdos muy especiales: Planetas, Brian Wilson, Belle & Sebastian, Doors, Pearl Jam, Smiths, Beth Gibbons.
Es algo inherente a la adolescencia, el querer revindicarse, expresarse a través del mensaje, de la obra de alguien a quien no conoces pero con quien conectas en la oscuridad de tu habitación, cuyos versos expresan mejor que tú mismo, lo que devora tu interior. En esos complicados años, por un lado quieres diferenciarte, decir "soy distinto a la mayoría" pero por otra parte necesitas formar parte de un grupo, y eso nos lo dio, se lo sigue dando a las nuevas generaciones, la música, el rock and roll. Eran como nuestras pinturas de guerra. Quizá es algo infantil pero me gusta no haber perdido completamente esa actitud romántica, ese vínculo que aún me une a una etapa ya remota en mi vida.

Hace relativamente poco tiempo, si veías a una chica con una camiseta de Johnny Cash , sabías que podía ser interesante. Ahora no significa una mierda. La puede haber comprado en la planta "indie" de unos grandes almacenes -como dice Ironmanu- y no saber que el nombre que lleva escrito en el pecho es el de una persona real. Para muchos, el rock and roll se convirtió en una marca vacía de significado, pero que a ratos mola. Frivolizar con algo que a tantos nos llega tan adentro, no es más que blasfemia. Si alguien se atreve a llevar una camiseta de los Who, sin saber quién es Keith Moon, no es más que otro síntoma de la decadencia de la civilización occidental -ni siquiera el autor sabe si aquí hay rastro de ironía-, un aspecto más de la crónica banalización de esta sociedad. Nada significa nada.
Después llegó el deporte a mi vida y empecé a llevar alguna de las camisetas de mis primeras medias maratones hasta literalmente convertirlas en harapos. Recuerdo la ilusión de mis primeras carreras, ávido de competir donde dieran alguna chula. Con qué orgullo llevaba la de mi primer maratón. Con el tiempo, la torre de mi armario fue creciendo y creciendo. Ahora ya las regalo casi todas, sólo me quedo con "larga distancia" y joyas de la corona. Pero me sigue pasando como con mis bandas favoritas, me sigue gustando lucir mis colores con esa actitud pueril de dagal imberbe. Pertenezco a la secta, soy triatleta, soy "ultrafondista". Ni mucho menos me define pero es algo importante para mí, es parte de mí.

Iba a poner "My Favorite T" de Lemonheads pero no hay versión decente. Dejo a Ryan Adams porque la única maratón cuya camiseta me haría verdadera ilusión vestir, sería la de Nueva York. La canción es "New York, New york". Como curiosidad, en el vídeo se puede ver una de las últimas imágenes de las torres gemelas, cuatro días antes del 11 de Septiembre de 2001. Me quedo con ganas de poner algo más del cantante porque hay unos cuantos vídeos muy buenos. Ya le dedicaré una entrada al prolífico e imbécil niño malo. Dedicado a Joserra, el Ryan Adams de la blogosfera, por lo de prolífico, no por lo de imbécil.

También dejo mi canción favorita de Nada Surf, el grupo neoyorkino, una de cuyas camisetas cacé al vuelo en un concierto, cuando la arrojó al público Daniel Lorca. Esta canción la bailé -más correcto sería decir "la salté- mucho en mis años mozos.