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miércoles, 6 de junio de 2012

Un buen día


Tras varios días de lucha sin adversario, la fiebre cedió. Por primera vez en una semana, se sintió en paz. Al borde de un principio. Buscó la luz que se filtraba a través de la ventana. El milano alto y libre, eco de su infancia, por un instante le colmó de una tristeza inconsolable. Después el vacío, el descanso. Inundado por el tacto y el olor de las sábanas limpias, suaves, frescas. Y recordó aquel día lejano que hoy no lo parecía tanto.

Aquel día que madrugó  para correr río arriba camino del sol naciente, el corazón galopando arrogante sobre el dolor de unas piernas ahora ya muertas,  el día que le costó abandonar el estudio de una “Divina Comedia” insondable, el día en que marchó a trabajar disfrutando de cada pequeña e ingrata tarea junto a sus compañeros, investidos todos de un compromiso que por unas horas pareció tan lógico , el día en que al sonreír a su anciana madre, ella le devolvió una extraña mirada agradecida, el día en que dijo todo lo que quería decir, el día que  supo ser valiente, pronunciar un no y contar todo aquello que les dolió y renovó, el día en que echados en la hierba, sintió como si la voz de ella junto a la del río envolvieran la noche entera, abrigando todos sus temores y esperanzas, el día en que  antes de dormir, ya de madrugada, creyó entender y escribió el párrafo que explicaba el secreto de nuestro eterno diálogo con la inevitable soledad, el día en que pensó que aquel chico triatleta sin brazo era el hombre más poderoso del planeta, el día en que buscó el bastón de mariscal en su mochila, el día en que persiguió la dignidad que sostiene nuestra condición humana. 
Y entonces, expiró.


P. S. No, no son Planetas. Son Warren Ellis y Nick Cave.