Desde que de dagal conocí el término y sus connotaciones, siempre simpatícé con los afrancesados. Personas que comprendían los males de una tierra rancia y oscura, mezquina y ceporra, de sotana y muleta, que buscaban que el país avanzara, se abriera a otras ideas, a esa nueva y a veces tramposa luz de la razón que ellos entendían no podía traer más que bien a nuestra siniestra España. Entiendo lo difícil que debió ser para unos cuantos lúcidos personajes, comprobar que los derechos y la ilustración cruzaban los pirineos no en libros sino a los lomos de caballos del ejército de un emperador egomaníaco, hambriento de gloria que en poco se diferenciaba de todos los grandes tiranos de la historia. Triste destino enfrentarte a la verdad y a la incomprensión de un pueblo que irracional y estúpidamente sólo anhelaba la vuelta de nuestro gobernante más hi de puta e incompetente, "el deseado" Fernando VII, al que poco tiempo le faltó para enterrar la "La Pepa" y dedicarse a sus fechorías.
Ahora bien, nunca creí que participaría en una suerte de homenaje a una batalla de la Guerra de la Independencia en la que vencieron precisamente los franceses, se trata de la Batalla de Somosierra, la única en la península ibérica en que Napoléon ejerció el mando directo sobre las tropas. Acto heroico de la caballería polaca, su mayor éxito a lo largo de la historia. En una carga suicida, ciento veinte húsares consiguieron tomar las baterías españolas que custodiaban el puerto.
Un carga suicida es lo que nos planteó unos meses ha, Spanjaard, la Napoleonienne. ¿Y por qué no? No podía faltar un jaramugo. Allá que nos plantamos la mañana del sábado, 13 de Marzo, cual soldadesca imperial, cinco aguerridos jinetes para recorrer el camino que a Napoleón le llevó tres dias, desde el Puerto de Somosierra hasta el Cuartel de Chamartín.
Mientras mis cuatro compañeros ejercían de soldados regulares de la Grande Armée, amigos curtidos en otras batallas de semejante jaez, yo asumía el papel de mercenario polaco, ya que los conocí personalmente aquella mañana. A fe mía, peculiar forma de encuentro.
Tras inclemente invierno, esa mañana lucía el sol y un espléndido día acogía nuestra temeraria empresa. Los temibles seis grados bajo cero previstos tornaron en unos "cálidos" tres bajo cero a las siete y media de la mañana, hora de comienzo de la expedición. Y algo fundamental, una delicia de aire de espaldas, una bendición que sabíamos nos acompañaría hasta el final del trayecto.
Por la correspondencia previa, confirmado ya en el breve trayecto en coche hasta el puerto, ya sospechaba que estas gentes gustaban de extraño sentido del humor, brillante y pedestre, donde se mezcla lo culto con lo soez con magistral naturalidad, la que se adivina conseguida tras muchas horas de ejercicio. Entre tanta puya y disparate, no puedo más que decir que pocas veces habré reído más a lo largo de un día.
Comenzamos con buen humor y animados, tras las huellas de nuestro Emperador Luis Spanjaard, dando vivas a la France y entonando la Marsellesa, mientras Andrés acomete la que después tornará familiar letanía: "Shoo no estoy bien" (léase con acento argentino...vos sabés). Es lo normal, no hay problema. Al mismo tiempo, Guille se apresta a leernos unos legajos que nos relatan el desarrollo de la campaña además de la correspondencia entre Napoleón y su hermano José. Atención, dato de interés: el tatarabuelo de Guillermo tuvo un destacado papel en el levantamiento popular que originó el Guerra de la Independencia, aunque después salió trasquilado por nuestro amigo Fernando. Si hasta tiene una estación de metro dedicada... aunque es de la línea 6, de la circular.
Guishe casi no habla....la tropa acelera para hacerlo callar. Primera parada, Buitrago (Km. 20).Aquí hizo noche el Bonaparte, aquí desayunamos caliente en un bar del pueblo.
Recomenzamos la marcha con algún que otro problema de orientación por parte de Luis que soporta con entereza los escarnios de sus subordinados que ya amenezan motín. Sin embargo seguimos adelante hasta Pedrezuela donde ya, con cuarenta kilómetros en las piernas, comemos unas buenas lonchas de jamón con cerveza. Hasta ahora hemos marchado de acuerdo a lo previsto. Trote continuo excepto en las cuestas arriba donde se camina a buen paso -primer mandamiento del ultrafondista-.
Continuamos por caminos y carreteras, marchando con dignidad ya con el objetivo de San Agustín de Guadalix en el punto de mira (Km. 62), donde a Guille le espera Sofía, su esposa, en una concurrida merendola que invita a sentarse, comer plácidamente el chuletón con el que hace horas nos atormenta Guillermo y echarse al coleto un gin tonic. Resistimos la tentación. A mí hace rato que los cuadriceps me arden. No tengo hecho el cuerpo a tiradas largas y cuando comienzo a caminar o correr, veo las estrellas, pero sé que esos dolores no son de los malos. Se pasan corriendo. A la prevista baja de Guillermo se nos une la de Andrés que el anterior domingo ha corrido el Maratón de Barcelona y que aunque ha marchado tocado los últimos kms., le ha echado un coraje tremendo para continuar con el ritmo. Por los servicios prestados, no fusilamos a los desertores y seguimos adelante.
Ya sólo somos tres, Eduardo, Bonaparte y yo. Sabemos que debido algún que otro error de cálculo y alguna rectificación, nos vamos a ir a unos cuantos kilómetros más de los 92 inicialmente previstos. La tarde está estupenda. Corremos por caminos de los "100 kms. del Corricolari" a buen ritmo sin parar de charlar, hasta llegar, ya de noche, a SAn Sebastián de los Reyes y Alcobendas, donde hacemos la última parada en el coche de Eduardo para comer y cambiarnos de ropa. Hace unas horas, nos tentaba la idea de terminar nuestra aventura aquí pero en estos momentos, a cerca de diez kilómetros del final, la moral está alta y ni se plantea la rendición. Después de ya haber pasado por alguna de las urbanizaciones más "in" de Madrid, acometemos la última, la "Moraleja". Yo ya me siento justito y con dolores por todos lados pero la meta y la charla me animan.

Hace tiempo que vemos cerca las "cuatro poyas" de Madrid, referencia cercana a nuestra meta. Después de alrededor de 97 kms -la batería del Garmin feneció- y catorce horas y diez minutos, llegamos a Madrid, bien jodidos pero contentos. Olvido importante fue no llevar bandera gala para la histórica foto. En fin, para la próxima. Y me pregunto yo, ¿cómo acabando tan roto, puedes terminar tan satisfecho y tener un recuerdo tan bonito de esta extraña experiencia? Los misterios de la larga distancia.

No suelo hacer largas crónicas de carreras pero esta aventurilla lo merecía, sobre todo porque he conocido a esta enorme gente a la que seguro pronto volveré a encontrar -al loro, todos responsables padres de familia-. Por lo pronto, ya estáis contando conmigo para "la peor maratón del mundo" (42 kms. por los barrios y las zonas más "arrastraíllas" de Madrid). Bendita internet.
Ale, me voy a la cama. Para mañana, la crónica del día después o cómo ir de cultureta un domingo entero por Madrid sin que haya una parte de tu cuerpo que no te duela.
Un carga suicida es lo que nos planteó unos meses ha, Spanjaard, la Napoleonienne. ¿Y por qué no? No podía faltar un jaramugo. Allá que nos plantamos la mañana del sábado, 13 de Marzo, cual soldadesca imperial, cinco aguerridos jinetes para recorrer el camino que a Napoleón le llevó tres dias, desde el Puerto de Somosierra hasta el Cuartel de Chamartín.
Tras inclemente invierno, esa mañana lucía el sol y un espléndido día acogía nuestra temeraria empresa. Los temibles seis grados bajo cero previstos tornaron en unos "cálidos" tres bajo cero a las siete y media de la mañana, hora de comienzo de la expedición. Y algo fundamental, una delicia de aire de espaldas, una bendición que sabíamos nos acompañaría hasta el final del trayecto.
Por la correspondencia previa, confirmado ya en el breve trayecto en coche hasta el puerto, ya sospechaba que estas gentes gustaban de extraño sentido del humor, brillante y pedestre, donde se mezcla lo culto con lo soez con magistral naturalidad, la que se adivina conseguida tras muchas horas de ejercicio. Entre tanta puya y disparate, no puedo más que decir que pocas veces habré reído más a lo largo de un día.
Comenzamos con buen humor y animados, tras las huellas de nuestro Emperador Luis Spanjaard, dando vivas a la France y entonando la Marsellesa, mientras Andrés acomete la que después tornará familiar letanía: "Shoo no estoy bien" (léase con acento argentino...vos sabés). Es lo normal, no hay problema. Al mismo tiempo, Guille se apresta a leernos unos legajos que nos relatan el desarrollo de la campaña además de la correspondencia entre Napoleón y su hermano José. Atención, dato de interés: el tatarabuelo de Guillermo tuvo un destacado papel en el levantamiento popular que originó el Guerra de la Independencia, aunque después salió trasquilado por nuestro amigo Fernando. Si hasta tiene una estación de metro dedicada... aunque es de la línea 6, de la circular.
Ya sólo somos tres, Eduardo, Bonaparte y yo. Sabemos que debido algún que otro error de cálculo y alguna rectificación, nos vamos a ir a unos cuantos kilómetros más de los 92 inicialmente previstos. La tarde está estupenda. Corremos por caminos de los "100 kms. del Corricolari" a buen ritmo sin parar de charlar, hasta llegar, ya de noche, a SAn Sebastián de los Reyes y Alcobendas, donde hacemos la última parada en el coche de Eduardo para comer y cambiarnos de ropa. Hace unas horas, nos tentaba la idea de terminar nuestra aventura aquí pero en estos momentos, a cerca de diez kilómetros del final, la moral está alta y ni se plantea la rendición. Después de ya haber pasado por alguna de las urbanizaciones más "in" de Madrid, acometemos la última, la "Moraleja". Yo ya me siento justito y con dolores por todos lados pero la meta y la charla me animan.
Hace tiempo que vemos cerca las "cuatro poyas" de Madrid, referencia cercana a nuestra meta. Después de alrededor de 97 kms -la batería del Garmin feneció- y catorce horas y diez minutos, llegamos a Madrid, bien jodidos pero contentos. Olvido importante fue no llevar bandera gala para la histórica foto. En fin, para la próxima. Y me pregunto yo, ¿cómo acabando tan roto, puedes terminar tan satisfecho y tener un recuerdo tan bonito de esta extraña experiencia? Los misterios de la larga distancia.
No suelo hacer largas crónicas de carreras pero esta aventurilla lo merecía, sobre todo porque he conocido a esta enorme gente a la que seguro pronto volveré a encontrar -al loro, todos responsables padres de familia-. Por lo pronto, ya estáis contando conmigo para "la peor maratón del mundo" (42 kms. por los barrios y las zonas más "arrastraíllas" de Madrid). Bendita internet.
Ale, me voy a la cama. Para mañana, la crónica del día después o cómo ir de cultureta un domingo entero por Madrid sin que haya una parte de tu cuerpo que no te duela.