Otra muesca en la culata. Una que buscaba hace bastante tiempo pero que aún no se había terciado. Estuve a los pies del Angliru en Junio, el día después de la Travesera, pero por razones que no vienen al caso de muy ajena índole, el intento se frustró. Ahora me alegro, porque tal y como tenía yo el cuerpo ese día, jamás lo hubiera conseguido.
Lo conocía porque lo había subido algo así como hace diez años en una de las primeras ediciones de la ascensión a pie. Entonces me pareció muy duro pero lo conseguí subir completo corriendo, metiéndome bastante adelante.
Subí el sábado por la tarde tras llegar directamente con el coche, bocata "bacon queso" y café, y sin pensarlo mucho ni darle muchas vueltas, me agarré fuerte a Suzanne y para arriba. Ya sabéis lo que decía Burning: "Es decisión".
La primera parte, la que parece un "puerto normal" me pareció más dura de lo que recordaba. Las pendientes medias alrededor del 9 % son un buen entrante pero vas tan asustado por lo que te espera que casi no les prestas atención. Sólo vas concentrado en ir suave y fluido.
Recordaba de mi ascensión a pie una gran pintada en el asfalto, en la zona de Via Pará, en el descanso que hay antes de lo bueno, donde se leía "Bienvenidos al infierno". El sábado no estaba pero del canguelo que llevaba, fui capaz de leer donde no había letras.
Supongo que a todos los que han subido en bici les ha pasado. LLevas seis kilómetros y te dices que ya no falta tanto. "Cabañes" te despierta del sueño. Es cuando eres consciente de lo que te espera. Rampas por encima del veinte por ciento. ¿En qué se traducen esos números en la práctica? En mi caso en que inmediatamente pongo mi tercer plato -el único triatleta con esta anomlía- y el piñón de 27 que llevo expresamente para este día. Iba a venir con 25 pero Phaeton me convenció de cargar algo más. Agradecido. Creo que sin esos dos dientes no lo hubiera conseguido.

¿Veis la pulcra tortilla? El secreto del éxito.
Trato de no alterarme y tomármemo con calma pero aún no pudiendo ir más despacio, sólo puedo arrastrar la bici montaña arriba en un absurdo e inoperante ritmo de supervivencia. Me pongo de pie, me siento. Al hacerlo, cuando agarro con fuerza el manillar, noto que la rueda delantera se me despega del asfalto por la inclinación.Adelanto a un grupo que andando va un poco más lentos que yo. Ese primer tramo ya me avisa de lo que me espera.
Después de este primer mensaje alto y claro de la montaña, me adentré en la niebla a través de unas pendientes más suaves con un porcentaje medio de alrededor del doce por ciento. Duelen pero no matan y los metros -hablar de kilómetros parece excesivo, dado lo despacio que se descuentan-, van pasando. Cuando quedan poco más de tres kilómetros te dices que no va a ser para tanto, que lo vas a conseguir, que sólo hay que sufrir un poco más. Ay, amigo.
Aquí es cuando viene el menú principal. Picones, Cobayos y sobre todo Cabres. Sólo tiro de fuerza. La verdad es que me da que este entreno no sirva para gran cosa. Respirando como una locomotora, cayéndome chorros de sudor del casco y con el corazón desbocado.De lo mejor que tiene subir el Angliru es que con cualquiera que te cruces a esas alturas, a pie o en coche, siempre te anima.
Cabres es capítulo aparte. La recordaba de la carrera a pie. Aquel día también había niebla y no se veía el final. Es muuuuy larga. Nunca había hecho "eses" subiendo un puerto. Aquí, al final, practiqué una especie de "slalom" que no sé si me sirvió de algo. Con el esfuerzo de apretar y tirar y los bandazos que daba, no sé qué hice que se me salió un pie del pedal. Porque ya estaba en el final de la recta y había algo así como cinco metros de curva más suave con lo que pude volver a encajar la cala. Si no, me da que no soy capaz de volver a montarme.De postre, el Aviru. Estás arriba pero toca aún ganarlo hasta el final. En los últimos kilómetros he notado que llevaba los riñones doloridos de empujar y los músculos de mis piernas también se quejaban. En lugar de bicicleta parece más un trabajo de pesas.Los metros de llano al final están diseñados para sonreír y celebrar que llegaste arriba.
El descenso es muy peligroso. En las zonas más empinadas, hay que echar el culo para atrás, como en montaña, porque da la impresión de que se te va dar la vuelta la bici.
Tardé en torno a 1:25. Qué pena que no tenga anotado mi tiempo de subida a pie pero estoy casi por apostar que tardé menos corriendo.
Conclusión. Santo Tomás. Ayer no me apetecía volver. Hoy, ¿quién sabe? Tal vez algún día, en forma y para acompañar a alguien que le tenga ganas.
Entiendo a los profesionales y a la gente del ciclismo, a los que lo han mamado de verdad que por regla general rechazan este puerto en el recorrido porque no hay ataques ni nada que se le parezca. Se va hasta que se revienta. Subir esta carretera en competición, llegando "tostado" después de una dura etapa sí que debe ser un verdadero calvario.
He estado viendo la altimetría de Zocolán y Mortirolo. El primero es más corto pero creo que algo más duro. El Mortirolo más suave. Algún día que haremos esa excursión a los míticos Dolomitas.
Hasta ahora, el puerto más duro que había subido era La Covatilla. Ni Lagos, ni Alpe D´Huez, ni Tourmalet... Eso sí mis puertos favoritos siguen siendo éstos.
Después de mi fin de semana asturiano os dejo un grupo de Gijón, Dr. Explosion, una de las bandas con las que más me he divertido en un lejano concierto en Potemkin. Jorge "Explosión" además de ser un enamorado de la pop y rock más añejo con toda la estética que conlleva, es uno de los tipos más divertidos e inteligentes de la escena musical española.
"¡¡YO SOY ESPARTACO!!"