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domingo, 19 de abril de 2026

Vienen por las islas (1493)

                        I

Los carniceros desolaron las islas.
Guanahaní fue la primera
en esta historia de martirios.
Los hijos de la arcilla vieron rota
su sonrisa, golpeada
su frágil estatura de venados,
y aun en la muerte no entendían.
Fueron amarrados y heridos,
fueron quemados y abrasados,
fueron mordidos y enterrados.
Y cuando el tiempo dio su vuelta de vals
bailando en las palmeras,
el salón verde estaba vacío.


        Sólo quedaban huesos
        rígidamente colocados
        en forma de cruz, para mayor
        gloria de Dios y de los hombres.

        De las gredas mayorales
        y el ramaje de Sotavento
        hasta las agrupadas coralinas
        fue cortando el cuchillo de Narváez.
        Aquí la cruz, aquí el rosario,
        aquí la Virgen del Garrote.
        La alhaja de Colón, Cuba fosfórica,
        recibió el estandarte y las rodillas
        en su arena mojada.

Pablo Neruda: III. Los Conquistadores. Canto General (1950)

Versións:

Mario Lorca e Aparcoa: Españoles 1: Melodía de la conquista 1; Canto General. Obra poético musical; 1971; Pista 13

miércoles, 10 de septiembre de 2025

Valdivia (1544)

                XXI

Pero volvieron.
                          (Pedro se llamaba.)
Valdivia, el capitán intruso,
cortó mi tierra con la espada
entre ladrones: «Esto es tuyo,
esto es tuyo, Valdés, Montero,
esto es tuyo, Inés, este sitio
es el cabildo».
Dividieron mi patria
como si fuera un asno muerto.
«Llévate
este trozo de luna y arboleda,
devórate este río con crepúsculo»,
mientras la gran cordillera
elevaba bronce y blancura.

Asomó Arauco. Adobes, torres,
calles, el silencioso
dueño de casa levantó sonriendo.
Trabajó con las manos empapadas
por su agua y su barro, trajo
la greda y vertió el agua andina:
pero no pudo ser esclavo.
Entonces Valdivia, el verdugo,
atacó a fuego y a muerte.
Así empezó la sangre,
la sangre de tres siglos, la sangre océano,
la sangre atmósfera que cubrió mi tierra
y el tiempo inmenso, como ninguna guerra.

Salió el buitre iracundo
de la armadura enlutada
y mordió al promauca, rompió
el pacto escrito en el silencio
de Huelén, en el aire andino.
Arauco comenzó a hervir su plato
de sangre y piedras.
                                Siete príncipes
vinieron a parlamentar.
                                      Fueron encerrados.
Frente a los ojos de la Araucanía,
cortaron las cabezas cacicales.
Se daban ánimo los verdugos. Toda
empapada de vísceras, aullando,
Inés de Suárez, la soldadera,
sujetaba los cuellos imperiales
con sus rodillas de infernal harpía.
Y las tiró sobre la empalizada,
bañándose de sangre noble,
cubriéndose de barro escarlata.
Así creyeron dominar Arauco.
Pero aquí la unidad sombría
de árbol y piedra, lanza y rostro,
transmitió el crimen en el viento.
Lo supo el árbol fronterizo,
el pescador, el rey, el mago,
lo supo el labrador antártico,
lo supieron las aguas madres
del Bío Bío.
                    Así nació la guerra patria.
Valdivia entró la lanza goteante
en las entrañas pedregosas
de Arauco, hundió la mano
en el latido, apretó los dedos
sobre el corazón araucano,
derramó las venas silvestres
de los labriegos,
                          exterminó
el amanecer pastoril,
                                  mandó martirio
al reino del bosque, incendió
la casa del dueño del bosque,
cortó las manos del cacique,
devolvió a los prisioneros
con narices y orejas cortadas,
empaló al Toqui, asesinó
a la muchacha guerrillera
y con su guante ensangrentado
marcó las piedras de la patria,
dejándola llena de muertos,
y soledad y cicatrices

Pablo Neruda: III. Los Conquistadores. Canto General (1950)

Versións:

Aparcoa e Mario Lorca: Resistencia de Arauco: melodía araucana*; Canto General; 1971; LP1, Lado 2, Corte 6



*[O recitativo deste fragmento do poema, na voz de Mario Lorca, remata co primeiro verso do poema Avanzando en las tierras de Chile, da obra de Pablo Neruda: Los Libertadores. Canto General, do ano 1950; na voz do mesmo intérprete.]

viernes, 5 de noviembre de 2021

Entonces en la escala de la tierra he subido

                    VI                
   
Entonces en la escala de la tierra he subido
entre la atroz maraña de las selvas perdidas
hasta ti, Macchu Picchu.
               
   
Alta ciudad de piedras escalares,
por fin morada del que lo terrestre
no escondió en las dormidas vestiduras.
En ti, como dos líneas paralelas,
la cuna del relámpago y del hombre
se mecían en un viento de espinas.
               
   
Madre de piedra, espuma de los cóndores.                
   
Alto arrecife de la aurora humana.                
   
Pala perdida en la primera arena.                
   
Ésta fue la morada, éste es el sitio:
aquí los anchos granos del maíz ascendieron
y bajaron de nuevo como granizo rojo.
               
   
Aquí la hebra dorada salió de la vicuña
a vestir los amores, los túmulos, las madres,
el rey, las oraciones, los guerreros.
               
   
Aquí los pies del hombre descansaron de noche
junto a los pies del águila, en las altas guaridas
carniceras, y en la aurora
pisaron con los pies del trueno la niebla enrarecida,
y tocaron las tierras y las piedras
hasta reconocerlas en la noche o la muerte.
               
   
Miro las vestiduras y las manos,
el vestigio del agua en la oquedad sonora,
la pared suavizada por el tacto de un rostro
que miró con mis ojos las lámparas terrestres,
que aceitó con mis manos las desaparecidas
maderas: porque todo, ropaje, piel, vasijas,
palabras, vino, panes,
se fue, cayó a la tierra.
               
   
Y el aire entró con dedos
de azahar sobre todos los dormidos:
mil años de aire, meses, semanas de aire,
de viento azul, de cordillera férrea,
que fueron como suaves huracanes de pasos
lustrando el solitario recinto de la piedra.
               

Pablo Neruda: II. Alturas de Macchu Picchu. Canto General (1950)

Versións:

Aparcoa e Mario Lorca: Nativos americanos 2: tropa de pusiquillas; Canto General; 1971; LP1, Lado 2, Corte 1




Aparcoa e Mario Lorca: Nativos americanos 3: melodía andina 2*; Canto General; 1971; LP1, Lado 2, Corte 3




Los Jaivas: La poderosa muerte**; Alturas de Macchu Picchu; 1981; Lado A, Corte 2



*[O recitativo dun fragmento deste poema, na voz de Mario Lorca está seguido polo recitativo doutro fragmento do poema Águila sideral, viña de bruma, da obra de Pablo Neruda: Alturas de Machu Pichu. Canto General, do ano 1950.]
**[A versión musical do grupo Los Jaivas comeza coa parte final da derradeira estrofa do poema Si la flor a la flor entrega el alto germen, segue coa parte final do poema El ser como el maíz se desgranaba en el inacabable, e remata coa estrofa final do poema Muertos de un solo abismo, sombras de una hondonada; todos eles pertencentes á composición Alturas de Macchu Picchu, da obra de Pablo Neruda: Canto General, do ano 1950.]

lunes, 26 de abril de 2021

Los hombres

Como la copa de la arcilla era
la raza mineral, el hombre
hecho de piedras y de atmósfera,
limpio como los cántaros, sonoro.
La luna amasó a los caribes,
extrajo oxígeno sagrado,
machacó flores y raíces.

Anduvo el hombre de las islas
tejiendo ramos y guirnaldas
de polymitas azufradas,
y soplando el tritón marino
en la orilla de las espumas.

El tarahurnara se vistió de aguijones
y en la extensión del Noroeste
con sangre y pedernales creó el fuego,
mientras el universo iba naciendo
otra vez en la arcilla del tarasco:
los mitos de las tierras amorosas,
la exuberancia húmeda de donde
lodo sexual y frutas derretidas
iban a ser actitud de los dioses
o pálidas paredes de vasijas.

Como faisanes deslumbrantes
descendían los sacerdotes
de las escaleras aztecas.
Los escalones triangulares
sostenían el innumerable
relámpago de las vestiduras.
Y la pirámide augusta,
piedra y piedra, agonía y aire,
en su estructura dominadora
guardaba como una almendra
un corazón sacrificado.
En un trueno como un aullido
caía la sangre por
las escalinatas sagradas.
Pero muchedumbres de pueblos
tejían la fibra, guardaban
el porvenir de las cosechas,
trenzaban el fulgor de la pluma,
convencían a la turquesa,
y en enredaderas textiles
expresaban la luz del mundo.


Mayas, habíais derribado
el árbol del conocimiento.
Con olor de razas graneras
se elevaban las estructuras
del examen y de la muerte,
y escrutabais en los cenotes,
arrojándoles novias de oro,
la permanencia de los gérmenes.

Chichén, tus rumores crecían
en el amanecer de la selva.
Los trabajos iban haciendo
la simetría del panal
en tu ciudadela amarilla,
y el pensamiento amenazaba
la sangre de los pedestales,
desmontaba el cielo en la sombra,
conducía la medicina,
escribía sobre las piedras.

Era el Sur un asombro dorado.
Las altas soledades
de Macchu Picchu en la puerta del cielo
estaban llenas de aceites y cantos,
el hombre había roto las moradas
de grandes aves en la altura,
y en el nuevo dominio entre las cumbres
el labrador tocaba la semilla
con sus dedos heridos por la nieve.


El Cuzco amanecía como un
trono de torreones y graneros
y era la flor pensativa del mundo
aquella raza de pálida sombra
en cuyas manos abiertas temblaban
diademas de imperiales amatistas.
Germinaba en las terrazas
el maíz de las altas tierras
y en los volcánicos senderos
iban los vasos y los dioses.
La agricultura perfumaba
el reino de las cocinas
y extendía sobre los techos
un manto de sol desgranado.


(Dulce raza, hija de sierras,
estirpe de torre y turquesa,
ciérrame los ojos ahora,
antes de irnos al mar
de donde vienen los dolores.)

Aquella selva azul era una gruta
y en el misterio de árbol y tiniebla
el guaraní cantaba como
el humo que sube en la tarde,
el agua sobre los follajes,
la lluvia en un día de amor,
la tristeza junto a los ríos.

En el fondo de América sin nombre
estaba Arauco entre las aguas
vertiginosas, apartado
por todo el frío del planeta.
Mirad el gran Sur solitario.
No se ve humo en la altura.
Sólo se ven los ventisqueros
y el vendaval rechazado
por las ásperas araucarias.
No busques bajo el verde espeso
el canto de la alfarería.


Todo es silencio de agua y viento.

Pero en las hojas mira el guerrero.
Entre los alerces un grito.
Unos ojos de tigre en medio
de las alturas de la nieve.


Mira las lanzas descansando.
Escucha el susurro del aire
atravesado por las flechas.
Mira los pechos y las piernas
y las cabelleras sombrías
brillando a la luz de la luna.


Mira el vacío de los guerreros.

No hay nadie. Trina la diuca
como el agua en la noche pura.


Cruza el cóndor su vuelo negro.

No hay nadie. Escuchas? Es el paso
del puma en el aire y las hojas.


No hay nadie. Escucha. Escucha el árbol,
escucha el árbol araucano.


No hay nadie. Mira las piedras.

Mira las piedras de Arauco.

No hay nadie, sólo son los árboles.

Sólo son las piedras, Arauco.

Pablo Neruda: I. La lámpara en la tierra. Canto General (1950)

Versións:

Aparcoa e Mario Lorca: Culturas andinas: melodía andina 1; Canto General; 1971; LP1, Lado 1, Corte 2




Mario Lorca e Aparcoa: Arauco: Aire araucano para trompe; Canto General; 1971; LP1, Lado 1, Corte 3

miércoles, 21 de abril de 2021

Llegan al Mar de México (1493)

                              III

          A Veracruz va el viento asesino.
          En Veracruz desembarcan los caballos.
          Las barcas van apretadas de garras
          y barbas rojas de Castilla.
          Son Arias, Reyes, Rojas, Maldonados,
          hijos del desamparo castellano,
          conocedores del hambre en invierno
          y de los piojos en los mesones.

          Qué miran acodados al navío?
          Cuánto de lo que viene y del perdido
          pasado, del errante
          viento feudal en la patria azotada?

          No salieron de los puertos del Sur
          a poner las manos del pueblo
          en el saqueo y en la muerte:
          ellos ven verdes tierras, libertades,
          cadenas rotas, construcciones,
          y desde el barco, las olas que se extinguen
          sobre las costas de compacto misterio.

     Irían a morir o revivir detrás
     de las palmeras, en el aire caliente
     que, como en horno extraño, la total bocanada
     hacia ellos dirigen las tierras quemadoras?
     Eran pueblo, cabezas hirsutas de Montiel,
     manos duras y rotas de Ocaña y Piedrahíta,
     brazos de herreros, ojos de niños
     que miraban el sol terrible y las palmeras.

El hambre antigua de Europa, hambre como la cola
de un planeta mortal, poblaba el buque,
el hambre está allí, desmantelada,
errabunda hacha fría, madrastra
de los pueblos, el hambre echa los dados
en la navegación, sopla las velas:
«Más allá que te como, más allá,
que regresas
ala madre, al hermano, al juez y al cura,
a los inquisidores, al infierno, a la peste.
Más allá, más allá, lejos del piojo,
del látigo feudal, del calabozo,
de las galeras llenas de excremento».

     Y los ojos de Núñez y Bernales
     clavaban en la ilimitada
     luz el reposo,
     una vida, otra vida,
     la innumerable y castigada
     familia de los pobres del mundo.

Pablo Neruda: III. Los Conquistadores. Canto General (1950)

Versións:

Aparcoa: Veracruz; Canto General; 1971; LP1, Lado 1, Corte 6

martes, 20 de abril de 2021

Las haciendas

                    XV
            Intermedio 2

La tierra andaba entre los mayorazgos
de doblón en doblón, desconocida,
pasta de apariciones y conventos,
hasta que toda la azul geografía
se dividió en haciendas y encomiendas.
Por el espacio muerto iba la llaga
del mestizo y el látigo
del chapetón y del negrero.
El criollo era un espectro desangrado
que recogía las migajas,
hasta que con ellas reunidas
adquiría un pequeño título
pintado con letras doradas.


Y en el carnaval tenebroso
salía vestido de conde,
orgulloso entre otros mendigos,
con bastoncito de plata.


Pablo Neruda: IV. Los Libertadores. Canto General (1950)

Versións:

Mario Lorca e Aparcoa: Aristocracia colonial chilena; Canto General; 1971; LP1, Lado 2, Corte 9

viernes, 9 de abril de 2021

Las agonías

                    XIV

En Cajamarca empezó la agonía.

El joven Atahualpa, estambre azul,
árbol insigne, escuchó al viento
traer rumor de acero.
Era un confuso
brillo y temblor desde la costa,
un galope increíble
—piafar y poderío—
de hierro y hierro entre la hierba.

Llegaron los adelantados.
El Inca salió de la música
rodeado por los señores.

Las visitas
de otro planeta, sudadas y barbudas,
iban a hacer la reverencia.

El capellán
Valverde, corazón traidor, chacal podrido,
adelanta un extraño objeto, un trozo
de cesto, un fruto
tal vez de aquel planeta
de donde vienen los caballos.
Atahualpa lo toma. No conoce
de qué se trata: no brilla, no suena,
y lo deja caer sonriendo.

«Muerte,
venganza, matad, que os absuelvo»,
grita el chacal de la cruz asesina.
El trueno acude hacia los bandoleros.
Nuestra sangre en su cuna es derramada.
Los príncipes rodean como un coro
al Inca, en la hora agonizante.

Diez mil peruanos caen
bajo cruces y espadas, la sangre
moja las vestiduras de Atahualpa.
Pizarro, el cerdo cruel de Extremadura
hace amarrar los delicados brazos
del Inca. La noche ha descendido
sobre el Perú como una brasa negra.


Pablo Neruda: III. Los Conquistadores. Canto General (1950)

Versións:

Mario Lorca e Aparcoa: Muerte de Atahualpa; Canto General; 1971; LP1, Lado 2, Corte 4

domingo, 7 de marzo de 2021

La colonia cubre nuestras tierras

                    XIV
                Intermedio 1

Cuando la espada descansó y los hijos
de España dura, como espectros,
desde reinos y selvas, hacia el trono,
montañas de papel con aullidos
enviaron al monarca ensimismado:
después que en la calleja de Toledo
o del Guadalquivir en el recodo,
toda la historia pasó de mano en mano,
y por la boca de los puertos anduvo
el ramal harapiento
de los conquistadores espectrales,
y los últimos muertos fueron, puestos
dentro del ataúd, con procesiones,
en las iglesias construidas a sangre,
llegó la ley al mundo de los ríos
y vino el mercader con su bolsita.


     Se oscureció la. extensión matutina,
     trajes y telarañas propagaron
     la oscuridad, la tentación, el fuego
     del diablo en las habitaciones.
     Una vela alumbró la vasta América
     llena de ventisqueros y panales,
     y por siglos al hombre habló en voz baja,
     tosió trotando por las callejuelas
     se persignó persiguiendo centavos.
     Llegó el criollo a las calles del mundo,
     esmirriado, lavando las acequias,
     suspirando de amor entre las cruces,
     buscando el escondido
     sendero de la vida
     bajo la mesa de la sacristía.
     La ciudad en la esperma del cerote
     fermentó, bajo los paños negros,
     y de las raspaduras de la cera
     elaboró manzanas infernales.

América, la copa de caoba
entonces fue un crepúsculo de llagas,
un lazareto anegado de sombras
y en la antigua extensión de la frescura
creció la reverencia del gusano,
El oro levantó sobre las pústulas
macizas flores, hiedras silenciosas,
edificios de sombra sumergida.

Una mujer recolectaba pus,
y el vaso de substancia
bebió en honor del cielo cada día,
mientras el hambre bailaba en las minas
de México dorado,
y el corazón andino del Perú
lloraba dulcemente
de frío bajo los harapos.


     En las sombras del día tenebroso
     el mercader hizo su reino
     apenas alumbrado por la hoguera
     en que el hereje, retorcido,
     hecho pavesa, recibía
     su cucharadita de Cristo.
     Al día siguiente las señoras
     arreglando las crinolinas,
     recordaban el cuerpo enloquecido,
     golpeado y devorado por el fuego,
     mientras el alguacil examinaba
     la minúscula mancha del quemado,
     grasa, ceniza, sangre,
     que lamían los perros.

Pablo Neruda: IV. Los Libertadores. Canto General (1950)

Versións:

Aparcoa: La colonia cubre nuestras tierras; Canto General; 1971; LP1, Lado 2, Corte 7




Mario Lorca e Aparcoa: Sierra peruana: Los jilgueros; Canto General; 1971; LP2, Lado 1, Cortes 1 e 2

miércoles, 6 de mayo de 2020

Cholula

En Cholula los jóvenes visten
su mejor tela, oro y plumajes,
calzados para el festival
interrogan al invasor.

La muerte les ha respondido.

Miles de muertos allí están.
Corazones asesinados
que palpitan allí tendidos
y que, en la húmeda sima que abrieron,
guardan el hilo de aquel día.
(Entraron matando a caballo,
cortaron la mano que daba
el homenaje de oro y flores,
cerraron la plaza, cansaron
los brazos hasta agarrotarse,
matando la flor del reinado,
hundiendo hasta el codo en la sangre
de mis hermanos sorprendidos.)

Pablo Neruda: III. Los Conquistadores. Canto General (1950)

Versións:
Aparcoa e Mario Lorca: Españoles 2: Melodía de la conquista 2; Canto General; 1971; LP1, Lado 2, Corte 2

viernes, 1 de mayo de 2020

Bernardo O'Higgins Riquelme (1810)

                    XX

   O´Higgins, para celebrarte
   a media luz hay que alumbrar la sala.
   A media luz del sur en otoño
   con temblor infinito de álamos.

   Eres Chile, entre patriarca y huaso,
   eres un poncho de provincia, un niño
   que no sabe su nombre todavía,
   un niño férreo y tímido en la escuela,
   un jovencito triste de provincia.
   En Santiago te sientes mal, te miran
   el traje negro que te queda largo,
   y al cruzarte la banda, la bandera
   de la patria que nos hiciste,
   tenía olor de yuyo matutino
   para tu pecho de estatua campestre.

Joven, tu profesor Invierno
te acostumbró a la lluvia
y en la Universidad de las calles de Londres,
la niebla y la pobreza te otorgaron sus títulos
y un elegante pobre, errante incendio
de nuestra libertad,
te dio consejos de águila prudente
y te embarcó en la Historia.

   «Cómo se llama usted?» reían
   los "caballeros" de Santiago:
   hijo de amor, de una noche de invierno,
   tu condición de abandonado
   te construyó con argamasa agreste,
   con seriedad de casa o de madera
   trabajada en su Sur, definitiva.
   Todo lo cambia el tiempo, todo menos tu rostro.

   Eres, O'Higgins, reloj invariable
   con una sola hora en tu cándida esfera:
   la hora de Chile, el único minuto
   que permanece en el horario rojo
   de la dignidad combatiente.

Así estarás igual entre los muebles
de palisandro y las hijas de Santiago,
que rodeado en Rancagua por la muerte y la pólvora.

   Eres el mismo sólido retrato
   de quien no tiene padre sino patria,
   de quien no tiene novia sino aquella
   tierra con azahares
   que te conquistará la artillería.

   Te veo en el Perú escribiendo cartas.
   No hay desterrado igual, mayor exilio.
   Es toda la provincia desterrada.

   Chile se iluminó como un salón
   cuando no estabas. En derroche,
   un rigodón de ricos substituye
   tu disciplina de soldado ascético,
   y la patria ganada por tu sangre
   sin ti fue gobernada como un baile
   que mira el pueblo hambriento desde fuera.

   Ya no podías entrar en la fiesta
   con sudor, sangre y polvo de Rancagua.
   Hubiera sido de mal tono
   para los caballeros capitales.
   Hubiera entrado contigo el camino,
   un olor de sudor y de caballos,
   el olor de la patria en primavera.
   No podías estar en este baile.
   Tu fiesta fue un castillo de explosiones.
   Tu baile desgreñado es la contienda.
   Tu fin de fiesta fue la sacudida
   de la derrota, el porvenir aciago
   hacia Mendoza, con la patria en brazos.

   Ahora mira en el mapa hacia abajo,
   hacia el delgado cinturón de Chile
   y coloca en la nieve soldaditos,
   jóvenes pensativos en la arena,
   zapadores que brillan y se apagan.

Cierra los ojos, duerme, sueña un poco,
tu único sueño, el único que vuelve
hacia tu corazón: una bandera
de tres colores en el Sur, cayendo
la lluvia, el sol rural sobre tu tierra,
los disparos del pueblo en rebeldía
y dos o tres palabras tuyas cuando
fueran estrictamente necesarias.
Si sueñas, hoy tu sueño está cumplido.
Suéñalo, por lo menos, en la tumba.
No sepas nada más porque, como antes,
después de las batallas victoriosas,
bailan los señoritos en palacio
y el mismo rostro hambriento
mira desde la sombra de las calles.

Pero hemos heredado tu firmeza,
tu inalterable corazón callado,
tu indestructible posición paterna,
y tú, entre la avalancha cegadora
de húsares del pasado, entre los ágiles
uniformes azules y dorados,
estás hoy con nosotros, eres nuestro,
padre del pueblo, inmutable soldado.

Pablo Neruda: IV. Los Libertadores. Canto General (1950)

Versións:
Mario Lorca e Aparcoa: Norte de Chile: cachimbo; Canto General; 1971; LP2, Lado 1, Cortes 5 e 6

viernes, 24 de abril de 2020

Avanzando en las tierras de Chile

                                III

   España entró hasta el Sur del Mundo. Agobiados
   exploraron la nieve los altos españoles.
   El Bío Bío, grave río,
   le dijo a España: «Detente».
   El bosque de maitenes cuyos hilos
   verdes cuelgan como temblor de lluvia
   dijo a España: «No sigas». El alerce,
   titán de las fronteras silenciosas,
   dijo en un trueno su palabra.
   Pero hasta el fondo de la patria mía,
   puño y puñal, el invasor llegaba.
   Hacia el río Imperial, en cuya orilla
   mi corazón amaneció en el trébol,
   entraba el huracán en la mañana.
   El ancho cauce de las garzas iba
   desde las islas hacia el mar furioso,
   lleno como una copa interminable,
   entre las márgenes de cristal sombrío.
   En sus orillas erizaba el polen
   una alfombra de estambres turbulentos
   y desde el mar el aire conmovía
   todas las sílabas de la primavera.
   El avellano de la Araucanía
   enarbolaba hogueras y racimos
   hacia donde la lluvia resbalaba
   sobre la agrupación de la pureza.
   Todo estaba enredado de fragancias,
   empapado de luz verde y lluviosa
   y cada matorral de olor amargo
   era un ramo profundo del invierno
   o una extraviada formación marina
   aún llena de oceánico rocío.

De los barrancos se elevaban
torres de pájaros y plumas
y un ventarrón de soledad sonora,
mientras en la mojada intimidad,
entre las cabelleras encrespadas
del helecho gigante, era la topa-topa florecida
un rosario de besos amarillos.

Pablo Neruda: IV. Los Libertadores. Canto General (1950)

Versións:

Mario Lorca: Conquista de Chile*; Canto General; 1971; LP1, Lado 1, Corte 5




Aparcoa e Mario Lorca: Resistencia de Arauco: melodía araucana**; Canto General; 1971; LP1, Lado 2, Corte 6



*[O recitativo do primeiro verso deste poema, na voz de Mario Lorca, está seguido polo recitativo dun fragmento do poema La tierra combatiente, da obra de Pablo Neruda: Los Conquistadores. Canto General, do ano 1950; polo mesmo intérprete.]
**[O recitativo do primeiro verso deste poema, na voz de Mario Lorca, está precedido polo recitativo dun fragmento do poema Valdivia (1544), da obra de Pablo Neruda: Los Conquistadores. Canto General, do ano 1950; polo mesmo intérprete.]

lunes, 20 de abril de 2020

Amor América (1400)

Antes de la peluca y la casaca
fueron los ríos, ríos arteriales:
fueron las cordilleras, en cuya onda raída
el cóndor o la nieve parecían inmóviles:
fue la humedad y la espesura, el trueno
sin nombre todavía, las pampas planetarias.

El hombre tierra fue, vasija, párpado
del barro trémulo, forma de la arcilla,
fue cántaro caribe, piedra chibcha,
copa imperial o sílice araucana.
Tierno y sangriento fue, pero en la empuñadura
de su arma de cristal humedecido,
las iniciales de la tierra estaban
escritas.
              Nadie pudo
recordarlas después: el viento
las olvidó, el idioma del agua
fue enterrado, las claves se perdieron
o se inundaron de silencio o sangre.

No se perdió la vida, hermanos pastorales.
Pero como una rosa salvaje
cayó una gota roja en la espesura
y se apagó una lámpara de tierra.

Yo estoy aquí para contar la historia.
Desde la paz del búfalo
hasta las azotadas arenas
de la tierra final, en las espumas
acumuladas de la luz antártica,
y por las madrigueras despeñadas
de la sombría paz venezolana,
te busqué, padre mío,
joven guerrero de tiniebla y cobre
oh tú, planta nupcial, cabellera indomable,
madre caimán, metálica paloma.

Yo, incásico del légamo,
toqué la piedra y dije:
Quién
me espera? Y apreté la mano
sobre un puñado de cristal vacío.
Pero anduve entre flores zapotecas
y dulce era la luz como un venado,
y era la sombra como un párpado verde.

Tierra mía sin nombre, sin América,
estambre equinoccial, lanza de púrpura,
tu aroma me trepó por las raíces
hasta la copa que bebía, hasta la más delgada
palabra aún no nacida de mi boca.

Pablo Neruda: I. La lámpara en la tierra. Canto General (1950)

Versións:
Pablo Neruda e Aparcoa: Introducción: Melodía Azteca. México precolombino. Canción Caribe; Canto General; 1971; LP1, Lado 1, Corte 1

martes, 14 de abril de 2020

A pesar de la ira

                    XXV

Roídos yelmos, herraduras muertas!

Pero a través del fuego y la herradura
como de un manantial iluminado
por la sangre sombría,
con el metal hundido en el tormento
se derramó una luz sobre la tierra:
número, nombre, línea y estructura.

   Páginas de agua, claro poderío
   de idiomas rumorosos, dulces gotas
   elaboradas como los racimos,
   sílabas de platino en la ternura
   de unos aljofarados pechos puros,
   y una clásica boca de diamantes
   dio su fulgor nevado al territorio.

   Allá lejos la estatua deponía
   su mármol muerto,
                                 y en la primavera
   del mundo, amaneció la maquinaria.

      La técnica elevaba su dominio
      y el tiempo fue velocidad y ráfaga
      en la bandera de los mercaderes.

   Luna de geografía
   que descubrió la planta y el planeta
   extendiendo geométrica hermosura
   en su desarrollado movimiento.
   Asia entregó su virginal aroma.
   La inteligencia con un hilo helado
   fue detrás de la sangre hilando el día.
   El papel repartió la miel desnuda
   guardada en las tinieblas.

   Un vuelo
   de palomar salió de la pintura
   con arrebol y azul ultramarino.
   Y las lenguas del hombre se juntaron
   en la primera ira, antes del canto.
 
   Así, con el sangriento
   titán de piedra,
   halcón encarnizado,
   no sólo llegó sangre sino trigo.

   La luz vino a pesar de los puñales.

Pablo Neruda: III. Los Conquistadores. Canto General (1950)

Versións:
Mario Lorca e Aparcoa: Altiplano: Urpi Wiwas Kaytan; Canto General; 1971; LP2, Lado 1, Cortes 3 e 4

jueves, 18 de octubre de 2018

Piedra en la piedra, el hombre, dónde estuvo?

                                    X

Piedra en la piedra, el hombre, dónde estuvo?
Aire en el aire, el hombre, dónde estuvo?
Tiempo en el tiempo, el hombre, dónde estuvo?
           
Fuiste también el pedacito roto
de hombre inconcluso, de águila vacía
que por las calles de hoy, que por las huellas,
que por las hojas del otoño muerto
va machacando el alma hasta la tumba?
La pobre mano, el pie, la pobre vida…
Los días de la luz deshilachada
en ti, como la lluvia
sobre las banderillas de la fiesta,
dieron pétalo a pétalo de su alimento oscuro
en la boca vacía?
                        Hambre, coral del hombre,
hambre, planta secreta, raíz de los leñadores,
hambre, subió tu raya de arrecife
hasta estas altas torres desprendidas?
           
 
Yo te interrogo, sal de los caminos,
muéstrame la cuchara, déjame, arquitectura,
roer con un palito los estambres de piedra,
subir todos los escalones del aire hasta el vacío,
rascar la entraña hasta tocar el hombre.
           
Macchu Picchu, pusiste
piedra en la piedra, y en la base, harapos?
Carbón sobre carbón, y en el fondo la lágrima?
Fuego en el oro, y en él, temblando el rojo
goterón de la sangre?
           
Devuélveme el esclavo que enterraste!
Sacude de las tierras el pan duro
del miserable, muéstrame los vestidos
del siervo y su ventana.
Dime como durmió cuando vivía.
Dime si fue su sueño
ronco, entreabierto, como un hoyo negro
hecho por la fatiga sobre el muro.
El muro, el muro! Si sobre su sueño
gravitó cada piso de piedra, y si cayó bajo ella
como bajo una luna, con el sueño!
Antigua América, novia sumergida,
también tus dedos,
al salir de la selva hacia el alto vacío de los dioses,
bajo los estandartes nupciales de la luz y el decoro,
mezclándose al trueno de los tambores y de las lanzas,
también, también tus dedos,
los que la rosa abstracta y la línea del frío, los
que el pecho sangriento del nuevo cereal trasladaron
hasta la tela de materia radiante, hasta las duras cavidades,
también, también, América enterrada, guardaste en lo más bajo,
en el amargo intestino, como un águila, el hambre?
           

Pablo Neruda: II. Alturas de Macchu Picchu. Canto General (1950)

Versións:
Aparcoa e Mario Lorca: Nativos americanos 1: baile de los danzantes; Canto General; 1971; LP1, Lado 1, Corte 5



Los Jaivas: Antigua América; Alturas de Macchu Picchu; 1981; Cara B, Corte 2

miércoles, 1 de noviembre de 2017

Águila sideral, viña de bruma

                  IX

Águila sideral, viña de bruma.
Bastión perdido, cimitarra ciega.
Cinturón estrellado, pan solemne.
           
Escala torrencial, párpado inmenso.
Túnica triangular, polen de piedra.
Lámpara de granito, pan de piedra.
           
Serpiente mineral, rosa de piedra.            
Nave enterrada, manantial de piedra.
Caballo de la luna, luz de piedra.
Escuadra equinoccial, vapor de piedra.
Geometría final, libro de piedra.
Témpano entre las ráfagas labrado.
Madrépora del tiempo sumergido.
Muralla por los dedos suavizada.
Techumbre por las plumas combatida.
Ramos de espejo, bases de tormenta.
Tronos volcados por la enredadera.
Régimen de la garra encarnizada.
Vendaval sostenido en la vertiente.
Inmóvil catarata de turquesa.
Campana patriarcal de los dormidos.
Argolla de las nieves dormidas.
Hierro acostado sobre sus estatuas.
           
Inaccesible temporal cerrado.
Manos de puma, roca sanguinaria.
Torre sombrera, discusión de nieve.
Noche elevada en dedos y raíces.
Ventana de las nieblas, paloma endurecida.
Planta nocturna, estatua de los truenos.
           
Cordillera esencial, techo marino.            
Arquitectura de águilas perdidas.            
Cuerda del cielo, abeja de la altura.
Nivel sangriento, estrella construida.
           
Burbuja mineral, luna de cuarzo.
Serpiente andina, frente de amaranto.
Cúpula del silencio, patria pura.
           
Novia del mar, árbol de catedrales.            
Ramo de sal, cerezo de alas negras.            
Dentadura nevada, trueno frío.
Luna arañada, piedra amenazante.
Cabellera del frío, acción del aire.
           
Volcán de manos, catarata oscura.            
Ola de plata, dirección del tiempo.            

Pablo Neruda: II. Alturas de Macchu Picchu. Canto General (1950)

Versións:
Aparcoa e Mario Lorca: Nativos americanos 3: malodía andina 2*; Canto General; 1971; LP1, Lado 2, Corte 3



Los Jaivas: Águila sideral; Alturas de Macchu Picchu; 1981; Lado B, Corte 1



*[O recitativo deste poema está precedido do recitativo dun fragmento do poema Entonces en la escala de la tierra he subido, da obra de Pablo Neruda: Alturas de Macchu Picchu. Canto General, do ano 1950.]