Strawberry es una bestia entrañable, viene a cenar a casa de cuando en cuando y se trae una botella de Tequila reposado. Es dado a la "guasa" -una palabra completamente Strawberryana- y a la "dolencia" o sea, que sabe ver las cosas con perspectiva y jamás le he visto quejarse de vicio. Les cuento una anecdotilla: estábamos ambos en un momento crucial de nuestra vida (él se enfrentaba a la disolúción de Def Con Dos y yo curraba con Gurruchaga de guionista) donde es necesario plantearse si vale la pena seguir hacia adelante o si es mejor parar y dedicarse a otras cosas. Esa n
oche hablamos mucho de una idea absurda "Los Hombres Bomba". "¡Se acabaron los pedos y eructos, gordito! ¡Hay que actuar!". Página web de por medio quisimos canalizar todo ese odio llamando a una especie de yihad cultural violenta, ataques a ARCO, soflamas escritas en las paredes contra nuestros escritores más odiados, lanzamiento de pasquines, avisos de bomba en las conferencias más asquerosas. No querían escucharnos pero iban a hacerlo. En la borrachera y el delirio todo tiene una forma nítida y la cosa más absurda cobra sentido. Escribamos un manifiesto, corramos a gorrazos a todos esos cursis. Reventemos como dos pobres infelices haciendo saltar por los aires toda esta patraña...
Joder, qué resaca.
Nuestros caminos se separaron esa misma noche y volvimos a hablar del tema con más serenidad. Seguía valiendo aunque necesitáramos abogados. Un manifiesto y a reventar. Al martirio cultural para que las nuevas generaciones de ciudadanos vivan libres de la opresión mental, de la mala televisión, de la estupidez de serie.
La realidad, al poco tiempo, nos ganó por la mano. Los atentados del 11 de marzo nos hicieron callar y reflexionar sobre la campaña. En realidad nos parecía que, pese a que la cruzada era justa, el momento no era el mejor. Quedaríamos como dos cochinos arribistas y el asunto daría munición suficiente a gente a la que no queríamos ver cerca de una pistola nunca. "Los hombres bomba" se disolvieron sin decir ni "ay" y nos dedicamos a nuestras cosas: Cesar volvió con Def Con Dos y publicó su primera novela y yo amplié mi campo profesional pasando de la tele a la prensa escrita. Corrieron buenos tiempos y todavía nos reímos de aquello. La última vez contándoselo a su chica en un bar de la Calle Pez, contándole eso y aquella vez que Strawberry me mandó su novela aún inédita e intenté cambiársela de arriba a abajo. Su contestación no pudo ser mejor: "Mira gordo, si quieres una novela te la escribes pero no me toques la mía".
Hacía mucho tiempo que no veía a Cesar, demasiado, y en solo dos asaltos me ha devuelto parte de la esperanza perdida. Con amigos así uno no quiere tener enemigos. Con amigos así a uno no le importaría reventar en pedazos.
Por cierto, que después de estar con esta buena persona, me he ido a tomar dos Sin alcohol con Miss Kiddo a la misma Calle Pez (es una calle guay, no se la pierdan), a un bar con grasa en las paredes y hemos estado hablando de todo. También hacía mucho tiempo que no veía a Miss y ha sido una buena reentré profusa en datos y milongas varias de las que teníamos que ponernos al día. Me ha devuelto mi volumen de "Un vestido de domingo" (Mondadori) de David Sedaris. Me lo ha devuelto sin leer y eso que se lo presté porque el escritor americano y la buena muchacha de la katana tienen un humor vitriólico muy parecido. Ya tendrá tiempo de leerlo si la Yakuza deja de perseguirla en algún momento, que ya les vale, que ella sólo quiere cargarse a Bill pero, nada, no hacen más que obstruir a la justicia del frío acero japonés.
Después he vuelto a casa, henchido de gracia, sin rastro de misantropía y acordándome de la señora cuarentona que, completamente cocida, me ha tirado los trastos en el intercambiador de Plaza de Castilla. Lo juro, no me lo invento, esa señora estaba literalmente ciega. Si a algunos el alcohol los pone cariñosos a esa pobre mujer la ingesta de Don Simón le quita completamente el sentido del gusto. Pese al amoroso requiebro -la verdad es que no la he entendido muy bien- me he hecho el Bjorn Bork (o sea el sueco) y se ha ido a intentar liar a un ecuatoriano que, completamente fuera de sí, le ha dicho que no bebiera y que rezara mucho porque era una pecadora. El ser humano no dejará de sorprenderme nunca, como la Calle Pez, como los amigos y como este año de las narices que no me está dando ningún descanso ni siquiera en esos días en que todo parece ir sobre ruedas.