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jueves, 20 de junio de 2013

El Final de "Los Soprano"



Fui con mi tío Julio a ver “Perdita Durango”. Era lunes y fuimos a un cine que ahora es un gimnasio. A ambos nos gustó pero, sin duda,  lo que más nos gustó a los dos fue aquel actor gordinflas, de aspecto sudoroso y eterna cara de angustia y mosqueo.

Durante toda la película Woody Dumas intenta desentrañar el retorcido caso de secuestro de dos adolescentes en medio de un terreno completamente hostil, un territorio fronterizo donde se mezclan dos culturas que se oponen la una a la otra para no ser absorbidas y acaban por fundar una entidad propia. Por ese nuevo “país” fundado en varias religiones, tendencias musicales, literaturas, sociedades etc. pululan ricos despistados que quieren pasarse al lado salvaje, pobres como ratas que quieren saltar al otro lado para llenarse los bolsillos de dólares, mafiosos, criminales sexuales, traficantes (de drogas, de armas, de almas, de fetos) y, en medio de todo aquello, solo Woody Dumas intenta poner algo de orden enfrentándose a la locura colectiva como un policía tan estéticamente horrible como profesionalmente eficaz.

Bien podría Alex de la Iglesia  haber introducido en aquella historia a un policía de una sola pieza, ya saben, a un héroe. Haber invocado la idea de que el Mal absoluto solo puede combatirse con el Bien absoluto. Por suerte, el binomio De la Iglesia-Guerricaechevarría, ya había escrito “El Día de la Bestia” y ya nos había mostrado a otro antihéroe, el Padre Berriartúa, que había llegado a la conclusión de que el Mal absoluto solo puede combatirse con sus mismas armas.

La diferencia, esta vez, estribaba en que Ángel Berriartúa era un ser inocente introducido en un ambiento completamente hostil (El del Madrid de la crisis económica-ideológica de la primera mitad de la década de los 90 del siglo pasado) que inicia con torpeza pero con decisión el camino de convertirse en un socio de Satán (quizás en uno de nosotros) y aquí Woody Dumas es un policía metódico que busca la raíz del mal (A Perdita y Romeo) conociéndolo a la perfección y cuyo mayor inconveniente acaba siendo su propia mala suerte –acaso las interferencias de los “hechizos” del propio Romeo Dolorosa- y una cierta dosis de estupidez de las personas que, en teoría, tienen que ayudarle a completar su misión. Berriartúa se ve incapaz de entender el mal pese a que viene a desatarlo para hacerlo desaparecer y Woody Dumas, sin embargo, lo entiende a la perfección y quiere acabar con él pese a que entiende perfectamente que no será capaz. 


Durante las cañas posteriores el Tío Julio y yo intentamos recordar donde habíamos visto a ese actor. Recordábamos haberlo visto en “Amor a quemarropa”,  “Marea Roja” (ambas de Tony Scott) y en “Como Conquistar Hollywood” de Barry Sonnenfeld. En dos de ellas haciendo de matón y en una haciendo de oficial de un submarino nuclear. Todos aquellos papeles, que en su momento nos habían parecido tan intensos, nos parecieron demasiado pequeños para un actor con tanto talento.
Meses más tarde, leyendo “Durango Perdido” (el diario que Carlos Bardem hizo de “Perdita Durango”), me enteré de que James Gandolfini había conseguido esa cara de angustia y de cabreo continuo poniéndose trocitos de piedras en los zapatos. Un truco tan del “Actor´s Studio” como los de Hoffman en “Marathon Man” (correr toda una noche antes del rodaje de las escenas finales de la película para parecer cansado, sucio y aturdido) que con tanta sorna criticó Sir Laurence Olivier (“No sabía que NO eras actor” le espetó el actor inglés al norteamericano cuando este le explicó su técnica) y quizás tanto como los de Juan Diego (que vivió durante unos meses en una casa completamente vacía) para interpretar a San Juan de la Cruz en “La Noche Oscura” o los de Jorge Sanz que, y esto es verídico pese a estar recogido como ficción en su serie “¿Qué fue de Jorge Sanz?”, reconocía “pellizcarse un huevo” metiéndose la mano en el bolsillo del pantalón cada vez que tenía que llorar en una secuencia.

La anécdota, la de las chinas en los zapatos, nos habla muy bien de James Gandolfini como de un actor tan metódico (más allá de ser un “actor del método”) que preparaba a conciencia sus papeles. Unos papeles que le fueron cayendo a cuenta gotas durante toda su carrera y que, excepto en el caso de “Los Soprano”, no le permitió más que brillar como brillante secundario. Una pena, un déficit del “mercado audiovisual” que venimos arrastrando desde hace ya unas cuantas décadas, porque sin duda se hubiera merecido un poco más. Gandolfini ha sido tan grande que todo lo que ha hecho nos parece grande pero, a la vez, un poco pequeño, un poco injusto, muy poco acorde con su talento tan empequeñecido por una cuestión ridícula:  ese “déficit” de papeles grandes para gente que no entra en los cánones estéticos adecuados o de esos papeles grandes que serían adecuados pero que, desgraciadamente, acaban cayendo en manos de un actor que decide engordar o afearse con complicadas técnicas de maquillaje para poder hacer un papel de estas características. Ejemplos claros de este hecho los tenemos en  Charlize Theron haciendo de Eileen Wournos en “Monster” hasta Leonardo  Di Caprio interpretando a J. Edgard Hoover en “Hoover”. Me pregunto si no hay actores y actrices que pudieran haber hecho esos papeles sin tener que pasar por sesiones maratonianas de maquillaje.

Pese a todo, no hay ni un papel de la carrera de James Gandolfini que, simplemente, no haya bordado y no nos haya permitido retenerlo en la memoria por muy pequeño que fuera. Señal inequívoca de que algo estaría haciendo bien.

Fue la HBO y su papel de Tony Soprano por el que será recordado siempre. De 1999 a 2007 dio vida al jefe de una pequeña familia mafiosa de New Jersey que se pone en manos de una psicoanalista para intentar sobrellevar los avatares de una vida complicada en la que ejerce como “cabeza de familia” de dos familias diferentes: la suya, la que ha formado junto a Carmela, y la otra, el clan mafioso que lidera. Si hay algo interesante de la serie creada por David Chase es que nos encontramos ante un personaje que, durante seis temporadas, aparece completamente partido por la mitad, a veces roto en mil pedazos, un mafioso de poca monta violento y brutal que, a veces, parecía un tierno padre de familia, que, en otras muchas, intentaba recuperar el amor de su mujer, que actuaba según un código moral propio retorcido que, en otras tantas, nos parecía que aceptaba pese a odiar y que, otras, defendía a capa y espada.


Tony había intentado escapar de la herencia mafiosa de su familia, de hecho acudió durante un periodo de tiempo muy corto a la universidad y, sin embargo, como Michael Corleone había tenido que regresar. La cara de Gandolfini/Tony viendo como Silvio Dante (Steve Van Zandt) imita al más joven de los Corleone diciendo eso de “Creí que estaba fuera, y me vuelven a meter dentro” entre los aplausos de los otros mafiosos es, posiblemente, uno de los momentos más duros y a la vez tiernos de toda la serie. En definitiva “Los Soprano” no es otra cosa que una lectura más realista que actualizada de “El Padrino”, una obra cruel con sus personajes y con el desarrollo de la trama donde Shakespeare se da la mano con Hammet, pero también con las portadas de los tabloides y, definitivamente, con la realidad. Nadie duda de que “El Padrino” encierra en su subtexto un discurso completamente inmoral, una especie de traición del subconsciente de Coppola que los propios mafiosos americanos (o gente tan dispar como Gil y Gil, amante de la trilogía hasta el punto de instalar un tríptico de la saga en el centro de negocios de Marbella) leyeron a la perfección: “Somos así porque éramos pobres y tuvimos que hacernos ricos saltándonos el sistema porque este no nos daba ninguna oportunidad”.

Frente a la elegancia y al honor que Coppola le supone a los Corleone, no olvidemos que se inicia una guerra contra ellos porque han prohibido a los otros mafiosos traficar con drogas instalándose a ojos del espectador como unos “mafiosos buenos” o “no tan malos”, David Chase se acerca más a la dolorosa realidad de la biografía de gente como John Gotti y, por encima de eso, dibuja a una mafia menor, arrinconada en un territorio pobretón y dominado por las familias de Nueva York que les aprietan las tuercas cada vez más.



En medio de ese territorio hostil y complejo, violento y brutal, Chase dibujó a un personaje normal, a un mafioso normal, nos deja un regalo a modo de moraleja inquietante: El mafioso no tiene más remedio que ser así no porque tenga honor si no porque tiene miedo de que le corten el cuello. Y, por encima de todo eso, ya no puede dar marcha atrás y dedicarse a algo honrado porque no podría pagarse su tren de vida.
Gandolfini creó a un Tony Soprano completamente humano, tan complejo como todos los seres humanos, un personaje dislocado y continuamente dividido entre lo que le dice su cabeza y su corazón que, muy pocas veces, duda de lo que tiene que hacer. Un mafioso metódico que elimina a los que amenazan su reinado o su supervivencia por cuestiones más humanas que instaladas en la leyenda, la tradición o la ficción.


Con su muerte ha llegado el fin definitivo de “Los Soprano” cuyo final abierto no ha hecho otra cosa que alimentar el debate y la leyenda sobre la propia serie. Unos minutos finales que han sido analizados milímetro a milímetro y donde se han dado todas las hipótesis posibles sobre qué es lo que ocurre en ese larguísimo cierre a negro donde se interrumpe la acción y termina de sonar abruptamente “Don´t Stop believing” de Journey. Una canción melosa que habla de una chica de pueblo y de un chico nacido en el sur de Detroit (pobre como una rata si tenemos en cuenta esa obrera localización) que se conocen en un antro. Y luego la cosa se pone poética y todo parece un tanto hostil como la vida misma y luego se nos dice que hay gente que nació para cantar blues, que todo el mundo quiere emoción, que la gente apuesta por ganar y que hay gente que gana y gente que pierde…y también que, pase lo que pase, la “película nunca termina y que la siguen proyectando una y otra vez” y, claro está, que si somos gente de la calle, que pese a ser gente de la calle, esa gente normal que puede ser obrera de la construcción, policía o mafioso no dejemos de creer ni por un instante. Ese es el consejo: “No dejes de creer”. Da igual en qué. Es decir, intencionadamente, la canción tampoco aporta mucha información sobre qué pasa en esos segundos larguísimos en que la pantalla se viene a negro. O quizás sí y todo lo que viene a decirnos David Chase es que la vida de la familia Soprano, de las dos familias Soprano, seguirá su camino y que no dejarán de creer, es decir, que seguirán haciendo las cosas más o menos como hasta ahora, que la serie podría haberse alargado otras 20 temporadas más.



Ahora ya no, claro, las noticias desde aquel final han contenido la posibilidad de hacer una película definitiva sobre la saga e, incluso, una nueva tanda de seis o siete episodios más. Una especie de final heroico. Siempre quise que ocurriera pero también temí porque lo que viniera después fuera mucho peor o acabara por darme un final épico (que se hubiera cargado el discurso de la serie) con un Tony Soprano asesinado o un final tranquilizador donde este se hubiera entregado al Programa de Protección de Testigos para intentar vivir como una persona normal. Eso último hubiera sonado tan convencional como creer que todas las películas tienen que tener una final feliz, hubiera acercado a Tony Soprano al Henry Hill interpretado por Ray Liotta en “Uno de los nuestros” quejándose de vivir en una zona residencial donde creen que los macarrones con kétchup son una comida decente.

La muerte de James Gandolfini ha impedido cualquier posibilidad de que “The Sopranos” vuelve a rodarse pero, sobre todo, lo imprevisible de su desaparición viene a refutar la teoría de Chase, y la de los Journey, de que la vida sigue y que las cosas pasan y de que no podemos hacer nada por evitarlo, que la vida no se acoge nunca a las leyes de la ficción, del guión o de la literatura y que las cosas buenas y malas se entremezclan de una manera sorpresiva y absurda formando una cadena de acontecimientos que, en forma de guión, nadie se atrevería a rodar por parecer completamente ridícula proyectada en una pantalla.

La muerte prematura de este enorme actor ha acabado, de una vez, con todas las teorías sobre qué pasa en ese negro alargadísimo del final de “Los Soprano”. 

Ese negro es nuestro siguiente paso en la vida, un paso que daremos pero que no sabremos hacia donde nos lleva en realidad, porque, en realidad, el único final posible es este final. Este final es el que ha acabado de verdad con “The Sopranos” y, por desgracia, es un final que no ha gustado a nadie, como casi todos los finales tristes. Un final inquietante e inesperado que nos deja, como todos los finales de la vida, empantanados en medio de un montón de dudas. 

martes, 22 de septiembre de 2009

Yoshito Usui (1958-2009) y otras muertes ridículas.


No sé casi nada de Topanga Lawrence excepto que tiene un blog, que está prendada de Eduardo Galán, que ha sido alumna de un amigo mío y que escribe muy bien. Iba a escribir algo sobre la estúpida muerte de Yoshito Usui , creador de Shin Chan personaje del que soy rendido fan, pero se me ha adelantado y al comprender que no podía superar su texto prefiero poneros el enlace y que lo disfrutéis. Aquí.


La muerte de Mr. Usui me ha recordado aquella vez en que le pedí a un amigo que intentara, por todos los medios, que pudiera morir de una forma ridícula, tipo "desaparecido mientras cogía setas" o en cualquiera de los supuestos de los que habla Def Con Dos en "Pánico a una muerte ridícula".


Si malo es irse para el otro mundo, peor es irse de una manera completamente deshonrosa o absurda. En ese caso, y si tiene que ocurrir (que acostumbrado como estoy a atraer el absurdo a mi alrededor es más que posible) ya he dejado dicho que mis herederos se vean "Los Tenenbaums" (Wes Anderson, 2001) y que actúen como lo hace Gene Hackman que, pese a morir de un ataque al corazón que le sobreviene cuando viaja agarrado a la parte trasera de un camión de basura, escribe en su epitafio: "Amante padre que falleció cuando rescataba a toda su familia de un naufragio". Pues a mi más o menos. De todas maneras he confeccionado una lista de gente que murió de una forma absurda:


1. Keith Moon: El genial batería de The Who, no se si uno de los mejores del mundo pero sí uno de mis preferidos de todos los tiempos, nos abandonó el 7 de septiembre de 1978 mientras dormía. Palmó por una sobredósis de pastillas, esta vez no de pastillas ilegales, si no de unas recetadas por un médico y cuyo tratamiento tenían como objetivo que dejara de beber tanto alcohol.


2. Peter Sellers: El 24 de julio de 1980 abandonaba esta roca el cómico inglés más famoso de todos los tiempos (si exceptuamos a Tony Blair) debido a una estúpida afición: Sellers, desde su infancia, era un conocido amante de todo lo relacionado con las ciencias ocultas y uno de esos ingleses chiflados con el renacimiento de la Golden Dawn. A Sellers se le detectó un cáncer un año antes de que se lanzara al rodaje de "Bienvenido Mr.Chance" (Hal Ashby, 1979) pero decidió no tratárselo por los medios tradicionales ya que uno de sus habituales brujos de cabecera le recomendó no hacerlo y tratarse con piedras captoras de la energía y una dieta a base de vegetales y aguas imantadas (o algo parecido). Como no mejoraba ese mismo brujo, u otro cualquiera, le recomendó que viajara a Filipinas para ser operado por uno de esos santones que dice arrancar tumores sin necesidad de anestesia...fue, se dejó "operar" e, incluso, decidió aceptar un papel en un par de películas que no pudo terminar por razones obvias. ¿Les suena la anécdota? Es porque el cómico americano Andy Kaufman sufrió el mismo timo por parte de otro filipino y la historia quedó documentada en "Man on the Moon" (Milos Forman, 1999).


3. Oliver Reed: El actor inglés se autodenominó así mismo como "Mr. England" pero falleció en La Valetta, capital de Malta. Fue un 2 de mayo de 1999 después de haberse tragado tres botellas de Ron Capitán Morgan, ocho cervezas alemanas y un número indeterminado de chupitos de whisky Famous Grouse. Lo más alucinante es que, pese a todo, Oliver Reed no palmó de la cogorza si no por una apuesta: se jugó el pago de la factura (470 euros) con cinco marineros de la Royal Navy a los que retó a vencerlo en un combate de pulsos. Les ganó pero, poco después, cuando salía del local cayó redondo de un ataque al corazón. ´


4. Tennesse Williams: El dramaturgo norteamericano abandonó este Valle de lágrimas el 25 de febrero de 1983. Intentaba abrir un bote de pastillas con la boca cuando, sin querer, aspiró la tapa del envase que fue a parar a su garganta obstruyéndola y matándolo de asfixia.


5. Shannon Michelle Wilsey (a) "Savannah": La actriz porno que pudo reinar en los 90, o al menor haberle hecho algo de sombra a Jenna Jameson, falleció el 11 de julio de 1994. Fue novia de la también actriz porno Jeanna Fine (única persona que clamaba que la había querído) y del cómico Pauly Shore. La noche de los hechos volvía a casa tras una fiesta conduciendo su deportivo, un Corvette, e iba bastante castaña o, al menos, tan castaña como su acompañante, su novio de aquel entonces, Jason Swing. Cuando sólo les falta una calle para llegar a su casa Savannah pierde el contro del coche y lo estampa contra una verja. Se hace algún corte en la cara y se rompe la nariz pero su novio no es capaz de que vaya al hospital. Ella insiste en volver a casa seguramente con la cara adormecia por la ingesta de farlopa y alcohol y le quita importancia al asunto. Su novio sale a pasear al perro y, cuando vuelve, se encuentra con que su novia se ha intentado volar la tapa de los sesos pero lo ha hecho mal y, pese a la herida, no está muerta todavía. Llama a una ambulancia y se llevan a la actriz a un hospital donde fallece tras permanecer unas diez horas en coma. ¿Qué le ocurrió a Savannah? Pues muy sencillo: la maldita "bajona". Al parecer cuando los efectos de la farlopa y del alcohol fueron disminuyendo se miró a un espejo y pensó que se había desfigurado la cara. Llamó a su ex, Jeanna Fine, histérica y le comunicó que nunca recuperaría su cara, que estaba destrozada...en realidad no es para tanto pero ella se lo cree y cree que se le ha acabado la carrera artística...

domingo, 17 de mayo de 2009

Siempre nos quedará Benedetti...(1921-2009)


Me acuerdo de aquel día en el que un amigo mío se hinchó del valor que son capaces de imprimir dos cubatas y me declamó a una moza un poema de Benedetti. Se lo estaba soplando, en plan Cyrano, otro amigo. Mal comienzo.

La risa tontorrona del whisky no ayudó nada. Tampoco que la escena se desarrollara al lado de una verbena de pueblo donde un conjunto músico-vocal se desgañitaba cantando los éxitos de ayer y hoy. Es posible también que las musas estuvieran a esas horas de la madrugada despatarradas y ausentes en el asiento trasero de algún coche y no pudieran acudir para provocar el efecto que mi amigo esperaba de aquellos versos...la chica se echó a llorar pensando que mi amigo la estaba, en realida, insultando. Desde entonces, no hemos hecho otra cosa que acordarnos de aquello con el mismo desconcierto con el que nos acordaríamos de una aparición mariana o una abducción extraterrestre...¿Cómo iba Benedetti a provocar semejante reacción en una chica?

Ya terminaba la noche y nos marchábamos cada uno a nuestra casa cuando mi amigo con andares de ave herida por un disparo en un ala y uno de los faldones de la camisa fuera del pantalón se giró hacia todos nosotros y dijo: "¡Me cagüen Benedetti!". La frase ha quedado para los anales y para subrayar cualquier acto fallido, cualquier empresa que comienza mal y termina como el culo. Los versos eran estos...


Tiempo después alguien cayó en la cuenta de que eran, en realidad, de Oliverio Girondo...daba igual porque la expresión ya estaba acuñada y quedaba bien. Y no fue obstáculo para descubrir al verdadero Benedetti y separarlo de Juan Gelman o del propio Girondo. Tampoco para, por nuestra cuenta, buscar a aquella que sí entendiera el puñado de versos, que los apreciara y que, de una vez por todas, no terminara muerta de aburrimiento en nuestros brazos suplicándonos un "¿Quieres besarme ya y dejarte de poesía?". Corazón coraza, que diría el uruguayo...

Desde entonces Uruguay y el tango nos han acompañado en el momento exacto en el que la noche se vuelve para los valientes, para los suicidas o para los idiotas, en el momento de levantar la copa y de bajarla. En el momento de la tristeza pero, también en los buenos momentos. Hoy se ha muerto el tío que escribió "Hagamos un trato":

Compañera usted sabe puede contar conmigo
no hasta dos o hasta diez
sino contar conmigo

Si alguna vez advierte que la miro a los ojos
y una veta de amor reconoce en los míos
no alerte sus fusiles
ni piense qué delirio
a pesar de la veta
o tal vez porque existe
usted puede contar conmigo

Si otras veces me encuentra huraño sin motivo
no piense qué flojera
igual puede contar conmigo

Pero hagamos un trato
yo quisiera contar con usted
es tan lindo saber que usted existe
uno se siente vivo

y cuando digo esto quiero decir contar
aunque sea hasta dos
aunque sea hasta cinco
no ya para que acuda presurosa en mi auxilio

Sino para saber a ciencia cierta
que usted sabe
que puede contar conmigo.

Hoy me gustaría decir bien alto "¡Mecagüen Benedetti!" porque se ha largado un grande y, es absurdo, pero me da la sensación de que siempre va a quedar un vaso vacío.

viernes, 11 de julio de 2008

El corazón que hacía pop: Sergio Algora (1969-2008)

Se ha ido Sergio Algora fundador de El Niño Gusano (uno de los mejores grupos que ha salido de Zaragoza, jamás) y La Costa Brava. Con 39 años. Pese a que sus bandas no han sido nunca de las más escuchadas lo cierto es que gracias a El Niño Gusano disfrutamos de la primera entrada del surrealismo en el pop que ahora han recogido grupos como Manos de Topo. Aquí les dejo una versión en directo de una de las canciones que más me han gustado siempre de su primer grupo: "La mujer portuguesa". Valdría la pena que se la descargaran o que corrieran a comprar el disco.



Aquí una de las mejores canciones de La Costa Brava, el extrañísimo proyecto en el que se embarcó con Francisco Fernández (ahora Francisco Nixon) de Australian Blonde: "Adoro a las pijas de mi ciudad".

¡Qué año llevamos, joder!

lunes, 23 de junio de 2008

El Rey ha salido del edificio...George Carlin (1937-2008)


Se ha muerto uno de los mejores cómicos que ha alumbrado Estados Unidos. Me lo acaba de comentar su fan número 1, Edu Galán, que está triste como si se le hubiera muerto un familiar. Aquí.


Carlin es seguramente uno de los pocos humoristas de la contracultura junto a Lenny Bruce, el último superviviente de un modo de entender el humor que representaron revistas como National lampoon o MAD en sus comienzos y el responsable de que hoy, en los Estados Unidos, sea posible producir cosas como South Park o The Simpsons.


Uno ve una actuación de George Carlin y se da cuenta de que es posible reírse de cualquier cosa y que, en realidad, la palabra “tabú” solamente es una invitación a la risa.


Casi desconocido en nuestro país, Carlin era grande en su país de origen aunque su vida desordenada (o sea farlopa, alcohol, canutos, pastillas…) le buscó tantos o más problemas que las opiniones que vertía en sus monólogos. Ni que decir tiene que fue arrestado en muchas –demasiadas- ocasiones.


Sobre lo que esperaba de la vida eterna que sea él el que diga la última palabra.



Televisión y eternidad.








El sábado de madrugada llegué a casa y encendí la tele para amodorrarme definitivamente. Entre tómbolas del 803 y publirreportajes sobre aparatos para convertir cualquier comestible en dados me encontré con Redes, el programa de Punset. Era el famoso programa en el que entrevistaba a su oncólogo y daba un repaso a la enfermedad del cáncer que padece. Se despidió de la audiencia diciendo algo así como “este ha sido un programa sobre el cáncer pero también sobre la vida”.



Punset siempre me ha caído bien, como Senillosa o Calvo Sotelo, que me parecían políticos bastante pachorros...no tengo ni idea de porqué. Me cae bien y me apena que esté tan malito.



¿Se imaginan como sería un programa parecido presentado y dirigido por Iker Jiménez? ¿Esperaría a palmar para emitirlo en plan ouija? ¿Sería Carmen Porter poseída en directo por el espíritu de su marido que nos contaría, en directo, el tiempo que hace en el más allá?



Me ha dado por pensar qué tipo de programa haría yo en caso de que supiera que iba a palmar. Tengo claro el título: “IMPRORROGABLE”. Y tendría un aspecto en plan hortera con una voz en off diciendo..."En directo, desde el Florida Park de Madrid..." (me he empeñado que sea el Florida Park, que es un sitio sin sentido como la existencia).

Tendría una sección en la que entrevistaría a representantes de algunas religiosas donde sólo haría una pregunta: “¿No les da a ustedes vergüenza ajena decir esas cosas que dicen?”.
Después intentaría hacer un repaso de todas las cosas que me han hecho feliz en un par de piezas: la risa de este o de aquel, las piernas de aquella, la forma de ser de este, aquel día, aquella anécdota, esa cena, aquel plato, ese paisaje, unas vacaciones concretas…
Reuniría a algunas personas que han pasado por mi vida para que se conocieran entre ellas y pudieran recordarme mejor de lo que yo sería capaz.

Me gustaría que se intercalaran textos de escritores leídos por los que me descubrieron sus libros. Pondría actuaciones de grupos que han sido determinantes para mi.
Las escenas preferidas de mis películas preferidas…

Los esketches de mis humoristas preferidos…ilustres muertos como Andy Kauffman, Belushi, Gila...

Encendería, a las afueras del plató, una pira donde iría tirando los peores libros que he leído, los peores discos que he escuchado y pasaría una lista de las instituciones y personas que más me han hecho perder el tiempo para advertir a las generaciones futuras, sobre todo…También daría consejos para que la gente no aplazara las cosas que me quedarían por hacer...


Y pondría un ballet de zombies que bailara el Thriller en plan irónica broma . También creo que me gustaría que bailaran el número final de "All that Jazz"...bye-bye life/bye-bye loneliness...



Ya que no creo en la vida eterna (y eso que cojo todos los días la línea 5 de metro y se que la eternidad, al menos la de los traslados en los transportes públicos, existe…) creo que la tecnología es la mejor manera de quedar, más o menos, en la eternidad aunque sea una eternidad retransmitida a las 5 de la mañana cuando ya, ni los más borrachos, aguantan el último ataque de rayos catódicos en la jeta.


De hecho no me extrañaría que dentro de poco alguien emita en plan reality algo así como una especie de programas protagonizados por moribundos…¿Qué, a nadie le mola? ¿Y como sería el suyo?