Este año pasará a la historia porque descubrí cuál era el título de la primera película porno que vieron mis padres. Se titulaba: “Las danesas del placer”. Mi padre jura y perjura que aquella película calentorra pertenecía a un programa doble de sesión continua junto a “La fuga de Logan” que era la que mi madre quería ver, pero llegaron tarde. Esa anécdota familiar me parece la mejor manera de describir el 2008: con la mejor de mis intenciones pensaba que estaba haciendo las cosas bien pero, en realidad, estaba llegando tarde. Lo suficientemente tarde como para llevarme una sorpresa, a veces, sórdida. Quizás no tan sórdida como una película que ni siquiera aparece en el imdb.com pero sí lo suficientemente frustrante como para haberme planteado una solución radical: el exilio en otro planeta o la rendición incondicional a la realidad.
Los años son como las bolsas de los cotillones de Nochevieja: los abres ilusionado a ver qué chorradas divertidas te trae y unas veces vienen dos bolsas de confeti, una serpentina y un matasuegras estropeado y otras contiene un gorro de cartón en forma de tricornio, un parche de pirata, un matasuegras intacto y unas gafas de Groucho. O sea, que unas veces dan ganas de volverte a casa sin catar la barra libre y otras veces con muy poquito tienes la diversión asegurada. 2008 ha sido unos dientes de Drácula de plástico y poco más.
¿Lo explico? Vale, hagámoslo en plan Tony Blake: piensa en una desgracia laboral, personal o sentimental ¿Ya? ¿Lo has hecho? Pues me ha pasado. Eso de morirme no, ni que se muera nadie querido pero el resto, lo demás…ha pasado todo. Yo pongo un planeta y me crecen los ewoks, os lo juro.
Prevenido y desinflado para el 2009, y como soy de natural bien pensado, espero el 31 de diciembre con “optimística” imprudencia aunque sólo sea para sacar fuerzas de flaqueza y darle una patada en el culo a este año. Saldré a la calle, recogeré mi cotillón y lo abriré a ver si, por fin, contiene el silbato con plumas o la careta de Bin Laden. Nos vamos a morir de la risa.