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sábado, 2 de enero de 2010

Propósitos y fiestas de Nochevieja



En estos primeros días del año son en los que suelen fracasar todos los planes dos semanas antes para llevar a cabo en el siguiente curso. La culpa es de la Fiesta de Nochevieja, la de después de las uvas, que nos coloca de nuevo en nuestro lugar: Lo de no beber o beber menos se lo lleva por delante la barra libre, lo de no hacer el tontaina se lo lleva por delante la conga que iniciamos en plena calle, lo de aprender idiomas se torna una misión imposible y estúpida tras haber intentado sin éxito comunicarle al gorila de la puerta de diversos locales que teníamos que entrar porque nos estaban esperando dentro y, finalmente, lo único que vamos a cumplir es eso de comer más fruta, exactamente doce uvas que, año sí, año también amenazan con llevarnos con el creador después de varios intentos frustrados de nuestros familiares por hacernos la maniobra Heimlich esa.

Yo este año lo he pasado en el infierno. Quiero decir que todo estaba bien hasta que alguien arrancó una bandera de España de la recepción del hotel y la introdujo en el salón de baile llevándola como si se tratara de un tuno o un hincha de la selección (¿Este año la llamamos la Roja o la seguiremos llamando la Furia como lo hemos hecho de toda la vida de Thor?) provocando un efecto dominó que llevó a muchos de los fiesteros a irrumpir en "Vivaspañas" desaforados y dolorosos, Tarareos del himno nacional (Lelo-lelo-lolelolelolelo...) y finalmente acabar en una vorágine de brazos levantados y chuscas interpretaciones del "Cara al sol" a sotto voce.

La muchachada, más o menos insultada, no tanto por la presencia de la bandera nacional como por la demostración de que con un par de anisetes en el cuerpo cualquier idiota se convierte en nuestro país en un soldado dispuesto a defender Perejil hasta la última gota de sangre tuvo que salir de allí escopetada con la copita a medio tomar por diversas razones que van desde "Hostias, a lo mejor nos dan dos leches al ver nuestra falta de ardor patrio" a la de "me largo no vaya a ser que se crean que hemos venido con ellos".

¿Lo ven? Un par de malas elecciones al combinar dos bebidas espirituosas y todo nuestro disfraz de rancios demócratas y defensores y garantes de las libertades se va al garete porque, no se confundan, la ciudad es pequeña y todos sabemos que muchos bracitos levantados son los mismos que, en las fiestas de guardar, son los que depositan un voto pepero en la urna. Parafraseando a nuestra Reina Sofía, a la que Alá guarde muchos años, "que los llamen lo que sea pero si levantan el brazo y cantan el himno de la Falange, que no los llamen demócratas".

Y es que, aunque pasemos de año, los malos hábitos no suelen quedarse atrás y seguimos repitiendo los mismos errores. Incluso aumentando un día nuestra estupidez si el año es bisiesto.

Por lo demás espero mucho de este año: espero dejarme una barba como la del cantante de Eels y aprender a tocar la guitarra, sacarme el carnet de moto/coche/camión y, claro está, llevar una vida más sana.  Ustedes sigan bien, disfruten, pasen la postresaca con paciencia tibetana y sean buenos hasta el día cinco por la noche porque el seis los Reyes Magos les sorprenderán trayéndoles el último libro de Pérez Reverte si son niños y el último de la Etxeberría si son niñas...y entonces será cuando pueden tener una justificación para ser malos, más que malos.

domingo, 27 de diciembre de 2009

¡QUE ES NAVIDAD! (Como si fuera algo bueno)




"¿Tengo pinta de tener un plan?
Sólo soy un perro que corre detrás de los coches...si atrapara a uno no sabría que hacer con él"
(Joker en El Caballero Oscuro)

Me uno al coro de personas que no le gustan las navidades. Yo, encima, tengo más delito porque he intentado por todos los medios que me gusten. Siempre está bien ponerse en el curriculum alguna rareza absurda como que te gustan las navidades. Lo siento, no puedo con ellas. Desde pequeño las asocio con la tristeza, nada tiene que ver que un año, por estas fechas, mi padre y yo tuviéramos un paradójico accidente de coche: chocamos contra un automóvil de una autoescuela conducido por un profesor de la misma que se había despistado en una rotonda cercana a mi colegio. Acababa de recoger las notas y mi padre me había ido a recoger antes de tiempo para que pudiéramos irnos al pueblo sin pillar caravana. Paradoja.

Aquel incidente no hizo nada por arrancarme el poco espíritu navideño que siempre he arrastrado. Más que nada me colocó en una precisa posición filosófica que he abandonado en algunos momentos de mi vida: Kubrick debería de haber sustituído el monolito de las narices por una máquina tragaperras gigante.

Todos los días tiramos de la palanca de esa tragaperras y, la mayoría de las cosas que nos pasan, simplemente ocurren porque has tenido suerte y te han salido tres cerezas o has tenido mala suerte y no has rascado bola.

Miren si no a toda esa gente que le toca la lotería, la alegría de sus caras, la cantidad de cava barato que se tira al suelo celebrando un dinero que, joder, siempre resulta que va a tapar agujeros. A toda la gente que dice que usará ese dinero para "tapar agujeros" lo mejor hubiera sido que les hubiera tocado un tapón de corcho o un alcornoque entero para que pudieran sacar de la corteza unos cuantos dichosos tapones. Respetaría mucho más a un tipo/tipa que dijera "me voy a hacer un traje de oro" o "voy a contratar a la banda municipal para que me acompañe hasta el banco", incluso algo así como "voy a gastarme este dinero en ser un poco feliz y en olvidarme de que un cabrón me estafó para que me comprara una casa con una hipoteca que no voy a poder pagar ni aunque viva esta vida y tres mas".

¿Parezco ya Mister Scrooge? ¿Digo ya eso de "paparruchas"?. No. No le voy a quitar el puesto a nuestro Grinch patrio. Me refiero a García Ferrán que ha dejado sin navidades a unas cuantas almas en pena. Me imagino que este año en su mesa no faltará un poco de langosta carísima que se ha podido comprar gracias a que no compró ni un solo billete para volar en su desaparecida compañía. Se llamaba Air Comet y, al parecer, era de poco fiar.

El caso es que no les quería amargar el turrón, ya digo, soy de la gente que se ha esforzado porque las navidades le sienten bien aunque uno sepa que las navidades son turrón de coco. Sí, joder, turrón de coco, esa cosa blanca que se queda en todas las bandejas y que nadie se come pero que se sigue comprando por tradición y porque, me imagino, queda bien que todas las visitas sepan que en tu casa "en estas fechas tan señaladas" se derrocha en comprar una parida que nadie se va a querer comer. Si no hay turrón de coco es como si se rompiera la escala cromática. Al menos esa será la justificación que tengan en las casas de los diseñadores para comprar semejante aborto.

Pero, de verdad, he intentado que me gusten las navidades. Ya saben, hago todo lo que me dicen: acudo a las cenas familiares, pongo buena cara, como lo que me ponen y trasiego Codorniu/Freixenet y del de marca blanca como si fuera una prostituta intentando que suba la cuenta de los clientes de la barra americana. Es más no paro de trasegar hasta que no veo que el último paje de los Reyes Magos ha cerrado la puerta de casa. En algo hay que entretenerse cuando uno no le sale el espíritu navideño y la religiosidad se le ha quedado corta para acudir a misas del gallo, misas en contra de Zapatero, belenes vivientes...de hecho un año intenté comprarme un abrigo de visón para que me dejaran asistir a una de esas mesas petitorias que se montan las señoras de alcurnia. Ni por esas. Compré panderetas y zambombas y las toqué hasta que me abrí las muñecas y la marabunta de vecinos llamó a la puerta de mi casa armada con polvorones del año pasado y antorchas. Ni siquiera eso hizo efecto.

Lo que no he hecho nunca ha sido comprarme un simpático gorro de Papa Noel o una de esas ingeniosas diademas decoradas con unos cuernos de reno. No he tenido huevos para salir así a la calle en mi vida y eso que he salido a la calle llevando guardapolvos, uno horrible con hombreras que me empeñé en comprarme en los años 80 cuando intenté ser "new romantic" durante una semana...parecía E.T. vestido con gabardina. Lo mío es un drama. Lo biológico y lo otro, lo de que no me gusten las navidades.

Y el caso es que no me afecta el consumismo, ni el garrafón con el que nos regalan en todas las barras libres, ni los abrazos, ni las comidas de empresa, ni esa falsísima fraternidad que nos invade y que intenta zanjar cada pelea a puñetazos con un "¡Hombreeeeee, que es navidad!". Pues por eso, justamente por eso es por lo que la gente se lía a puñetazos.

No es que quiera ir de auténtico, de super natural, de postmoderno, de nada de nada...es que a mi estas fiestas me sumen en una modorra tremenda, en una tristeza profunda y en un "madrecita de mi vida que me quede como estoy y que el año que viene podamos seguir viendo a todos estos memos vestidos de Papa Noel y comprando arrrrrtiiiiculos de coña y no se nos lleve un ERE". Y es que la gente es así, pero yo no, qué le voy a hacer. Ya me gustaría a mi meterme en la masa y rebozarme con esos sprays de nieve tóxica, ponerme tangas rojos en Nochevieja y zampar mantecados de La Estepa a dos carrillos, como si no hubiera mañana, hasta que las arterias se me atascaran. Felices los que cantan desgañitándose eso de "Ande, ande, ande, la marimorena" y lo de "He comido pavo todas las vecinas me tocan el..." y tal. De ellos es el Reino de los Cielos, las tiendas del Xanadú y, me imagino, la cuesta de enero.

Pues lo dicho, que me congratula felicitarles en estas fechas tan señaladas, en las que las familias se reúnen alrededor del hogar, somos mejores con los ancianos, magnánimos con los niños, felices de celebrar una tradición simpar en el mundo entero y otro montón de tópicos más. Si son tan amables despiertenme allá por agosto porque benditos los osos que pueden hibernar.

sábado, 3 de enero de 2009

Los superjuguetes duran todas las navidades


No soy de navidades, desde chiquillo. Ahora menos porque en el pueblo no tengo internet y me tengo que dar al entretenimiento analógico: leer "El Arco Iris de gravedad" de Thomas Pynchon (un Himalaya literario de 1200 páginas de lo más recomendable), ver pelis y "españolear" mucho.


Se que estamos en navidades porque en la tele ponen muchas pelis infantiles y puedo ver por enésima vez esa cosa loquísima llamada "Los fantasmas atacan al jefe". Una requeteversión del cuento de Navidad de Dickens dirigida por Richar Donner (me temo que puesto de muchos estupefacientes de alta calidad) y protagonizada por ese genio incomprendido llamado Bill Murray. Bill Murray es uno de esos actores que siempre quiso ser un tipo serio. Después de el éxito de los Cazafantasmas se negó a rodar una secuela y se largó a París para estudiar francés prometiendo que sólo comprometería su nombre en películas de alta calidad. Rodó una adaptación de "El filo de la navaja" de Somerset Maughan y se arruinó teniendo que volver a la comedia, cosa que, al parecer, le resulta harto dolorosa. Wes Anderson y Sofia Coppola lo recuperaron para una comedia más inteligente (más rarita, más moderna, más estilizada, más guay...) e, incluso, Tim Burton le dio en Ed Wood uno de esos papeles que vienen ni al pelo para un actor que quiere convertirse en el nuevo Buster Keaton a costa de poner cara seria en cada plano mientras que a su alrededor se desencadena la debacle.


Bill suele renunciar a hablar de sus películas comerciales y tampoco suele ser muy dado a comentar muchos aspectos de su paso por Saturday Night Live donde el elenco original (Chase, Aykroyd, Radner, Belushi, Martin, Kaufman...) le dio bastante mala vida. SNL es otro de esos programas que he podido disfrutar estas navidades encontrándome con la paradoja de pensar que, joder, esta nueva generación de cómicos americanos es bastante inferior a la de temporadas anteriores...una pena, pero es lo que ocurre cuando tienes algo idealizado.


En España tenemos un caso parecido con dos actores de comedia que también se aparecen por estas fechas: Josema Yuste y José Mota.


Ambos siempre se han querido reivindicar como actores serios echándole la culpa al vulgo de su permanencia en sus respectivos dúos cómicos (Martes y 13 & Cruz y Raya) que, en realidad, parecen haberles hecho disfrutar muy poco. Por desgracia, el camino hacia el drama -el que ha hecho Resines, por ejemplo- es difícil en un país donde tendemos a querer siempre mucho más de lo mismo lo que explicaría el por qué los buffets libres de nuestros hoteles presentan esas montañas de patatas fritas precongeladas que son la envidia del mundo civilizado y esclerotizado.


Josema se ha vuelto a la pareja cómica junto a Flo y Mota ha iniciado una carrera en solitario con un humor amable y conservador al que no le faltan los números musicales de musicales de Broadway del pelo de Hair, Cabaret etc. que me imagino que dejarán a nuestros abuelitos con el culo completamente torcido.


La pareja cómica es la gran incógnita de nuestro show bussiness: ¿Por qué cazan nuestros cómicos en pareja? ¿Por qué se rompen en la cima esparciendo un tufillo a mal rollo insoportable? ¿Será que soportamos mal el éxito propio pero mucho peor el éxito ajeno? Haced cuentas, insustanciales, y os daréis cuenta de que el mal rollismo más acojonante se encuentra en las historias de nuestros duets cómicos desde tiempos inmemoriales y que abarca a Lusson y Codeso; Santos y Zori, Juanito Navarro y Doña Cocreta; Esteso y Pajares, Manolo Cal y Eloy Arenas y un largo etcétera que te lleva hasta las puertas mismas del infierno.


Los superjuguetes cómicos son para las navidades, etapa donde los aullidos de alegría y las puñaladas se dan la mano amablemente y donde en cada casa se vive una especie de tragicomedia que va del 24 o el 25 (sea Castilla, sea Cataluña) y se repite en su segundo acto del día 31 donde como el cava y la sidra corren con más alegría pues se espera que llegue el perdón de todos los pecados del año.


No había más que ver el resumen que hizo Está pasando de sus momentos estelares (Paqui Peña destruyendo cosas adrede por toda España para mendigar un zapping, gente abofeteando reporteros, personitas humanas corriendo delante de una cámara de TV, gestos largos, malas caras) para saber que hay cosas que no cambian.


Sin duda, la alegría del año me la ha dado José María Carrascal con este artículo publicado el día 29 en el diario ABC donde confundía a Harry el Sucio con Larry el Sucio. En serio, no era una simpática inocentada del periodista español, no, es que simplemente le falta mazo el riego o algo. Ahí está José María sonriente escribiendo su columnita a una pastufla de vellón por palabra incurriendo en uno de esos errores que también te aseguran que las cosas no cambian. Enhorabuena a ABC (que es el periódico que compra uno de mis abuelos y que devoro en estas fechas) por mantener a semejante momia entre sus firmas.


Como nada podía ser malo del todo en medio de la vorágine del cotillón de Nochevieja (en que me vestí, como mandan los cánones, de comisario de la Brigada Social con una corbata estrecha estilo Kennedy del abuelo) acuñé un nuevo término al ir a saludar a una personita: "Gente patata frita". Así me asaltan a mi los grandes pensamientos filosóficos, en medio del bullicio...y con un Johnny Walker aguado en la mano, claro. Me explico:


Te compras una bolsa de patatas fritas de esas de churrería, que vienen en una bolsa de papel que se va haciendo transparente al ritmo que se pringa de aceite. Llegas a tu casa, te las pones en un bol, te pones a ver la tele tranquilamente, sacas una sin mirar te la metes en la boca y...¡Asco! has cogido la típica papa frita a la que se le ha hecho una especie de verruga rellena de aceitazo y, cuando la muerdes la boca se te llena de ese líquido viscosillo y a duras penas llegas al water para escupirla. Coges el bol de patatas fritas y lo tiras por miedo a que una de esas cabronas esté allí agazapada. Pues hay gente que es así. Parecen patatas fritas normales, agradables y, sin embargo, le crecen las verrugas repletas de aceite por dentro y te dan como cosica.


Quizás Carrascal y la "gente patata frita" hayan sido de las mayores revelaciones de todo este tiempo vacacional excesivamente largo donde, como no, también he visto a las viejas amistades que me han alegrado estas dichosas fechas.


Pronto vuelvo a Madrid, a mi conexión de internet 24 horas, a mis cosas, al día a día...menos mal, el exilio me sienta entre fatal y medio bien. ¡Que voy a contaros! ¡Feliz año nuevo, personas!


Nota del Insustancial: El título de la entrada está fusilado del muy recomendable "Los superjuguetes duran todo el verano", cuento de Brian Aldiss que inspiró a Spielberg y a Kubrick la película "Inteligencia artificial".