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martes, 19 de marzo de 2013

El Pueblo Nerd vs. Fernando Trueba




Me han sorprendido los comentarios ciertamente airados que ha despertado la declaración de Fernando Trueba sobre James Bond y los superhéroes. Me sorprende que gente bastante bien preparada y que, en teoría, sabe manejar bien el impacto de unas declaraciones públicas haya saltado como un resorte y un ataque personal que, como siempre, se ha resuelto con una serie de chistes muy viejos y no muy buenos sobre el estrabismo del director madrileño.

No seré yo el que se ponga tiquismiquis pero, la verdad, muchachos y muchachas, responder a un tipo que dice que Spiderman y James Bond le parecen una gilipollez con un sonoro “¡CALLA BIZCO!” es una muestra de estupidez que supera, con creces, al hecho de que a Trueba no le gusten las películas de ciertos géneros. Ese dibujo de hombre del viejo régimen, de tipo desconectado de la realidad, del pensamiento general y dominante me hace vomitar. 

Tampoco sere yo el que justifique las palabras de Fernando Trueba, ni se dedique a reinterpretarlas públicamente: dijo lo que dijo. Yo ni siquiera lo entendí como un desprecio hacia la cultura popular, hacia los cómics o hacia el cine de acción. Lo entendí como una crítica hacia el actual sistema de producción de Hollywood (ese que se ha criticado hasta la saciedad, incluso, por los más fanses de las películas de superhéroes) que comparte gente como, por ejemplo, Harvey Weinstein, que hace ya unos años, tachó a estas películas y a la obsesión por producirlas en cadena y casi como opción única de los grandes estudios como “basura”. Como Weinstein lo hicieron también Kevin Smith (poco sospechoso de ser un denostador de la cultura popular) y otro buen número de directores y guionistas que dijeron no entender que se dedicara esa ingente cantidad de dinero y promoción no ya a películas de género si no a películas de género que, muchas veces, carecían de calidad y donde primaban otros aspectos que, por ejemplo, cuidar la calidad del guión.

O simplemente: es que no le gustan. Punto. A lo mejor es verdad que el cine de superhéroes se ha convertido en una "imbecilidad" en su paso al cine. No sé, la gente habla muy bien de "Los Vengadores" y a mi me pareció una idiotez mal contada. 

Creo que tampoco soy sospechoso de que no me guste la cultura popular. Buenos palos me costó, en mis tiempos de estudiante, defender “intelectualmente” mi gusto por la novela negra (un trabajo mío sobre este género recibió un desabrido "vaya pérdida de tiempo" por parte de un profesor), los juegos de rol, los cómics y el cine de terror. Y hablo de los años 90 donde me encontré en una facultad de letras rodeado por una turba de pomposos y arrogantes candidatos al puesto de intelectual orgánico (algunos todavía en ese proceso) que creían que todo aquello en lo que yo encontraba cierto valor y cierto refugio era un montón de basura. Cosas de críos.

Entiendo que muchos de aquellos muchachos y muchachas tienen ahora la coartada intelectual para haberse iniciado en el cómic (cambiándole el nombre por “novela gráfica”) y a apuntarse a todas las falsas “reescrituras” en clave (cualquier clave, da igual, en el fondo esas reescrituras no son más que vueltas al género) que se ha hecho de todo aquello que parecía proscrito intelectualmente, que no llegaba a la categoría de lo medianamente aceptable. No hay que olvidar que ese salto de calidad (si es que alguna vez se necesitó) se ha conseguido gracias a la defensa a ultranza que algunos intelectuales (estos de verdad) hicieron en su momento por el género.

Podríamos hablar de Vargas Llosa, por ejemplo, que con “La tía Julia y el escribidor” defendió la igualdad de los géneros y que, en todos ellos, incluso en los populares, incluso en los tachados de “ínfimos”, existía un trabajo de creación igualito, igualito que el que creemos que existe detrás de las grandes obras maestras. Sin distinción.  Tampoco de Borges o de Bioy Casares que con su Isidro Parodi equipararon a la novela negra, tachada de novelucha, con las novelas de ficción más leídas y, en nuestro país, podríamos hablar de Vázquez Montalbán y su Pepe Carvalho que, usando el género detectivesco, supo ser un fiel reflejo de nuestro país. También de Mendoza, por ejemplo. No sé, hay un montón. Los maestros suelen ir siempre por delante de los alumnos por muy pomposos e idiotas que estos sean. Y esto solo en el campo de la literatura.

En nuestro país el cine de género patrio siempre ha estado denostado. Incluso en los 60 y 70 cuando el cine de consumo (por llamarlo de alguna manera) suponía casi el 100% del cine que se hacía en nuestro país. Tuvo que llegar Alex de la Iglesia (y con él otro montón de directores) que reivindicaran el cine de terror español y su tradición –por cutre que esta pareciera- para que los muchachos y muchachas modernas se partieran la cara por ver una película de Paul Naschy. Habrá que echarle la culpa también a Jordi Costa (al que no le pagaré ese trabajo ni con 1.000.000 de nuggets) de haberle dado a mucha gente las claves necesarias para acercarse a un tipo de películas de las que, un momento antes, hubieran corrido despavoridos.

Como “nerd” de aquí. Como “geek” de aquí (una categoría poco romántica y más bien tristona) diré que siempre pensé que, cuando llegara la gran revelación de que el género podía ser tan bueno como la obra de autor, sabríamos perdonar todas las vilezas acumuladas en nuestro costado y, por lo menos, sentirnos comprensivos a la hora de encajar algún coletazo como el que ha arreado Trueba en la semana pasada. Que siempre habíamos sabido aceptar ese tipo de cosas y, mucho más, cuando ni siquiera la cosa iba dirigida a un grupo de espectadores, cuando ni siquiera se refería a muchas de las cosas que nos dan gustico.
Entiendo, por tanto, ante esta salida en tromba que, de pronto, todo lo que resultaba y “underground” (¡NUESTRO TESSSOOOOROOO!), underground en realidad solo en nuestro país, se ha convertido en un divertimento de masas y, claro está, como masa se ha reaccionado: sin pensar y con mucha mala hostia, con un pobre ataque personal.  ¿Hubiera aplaudido la nueva masa de aficionados que se ha tragado el sapo de que “lo inteligente es sexy” si Trueba hubiera dicho que Sartre era completamente gilipollas? A lo mejor sí o a lo mejor es que nadie hubiera sabido quién coño era Sartre. Lo que está claro es que si Trueba hubiera dicho que le gustaba mucho Superman se le hubiera aplaudido o, a lo mejor tampoco. A lo mejor alguien habría pensado que “se estaba subiendo al carro”. No sé, cosas que pienso.

Me estoy acordando ahora de que Fernando Trueba también sufrió un ataque similar cuando dijo que, cada 25 años, a alguien se le ocurría inventar un nuevo sistema 3D. Já. A la turba le faltó poco tiempo para encender las antorchas e incendiar las plazas públicas de las redes sociales para contraatacar con los consabidos “¡Cállate bizco!” y los “¡Estás anticuado!” y los “¡El 3D es el futuro!”. Sinceramente, desde que se inventó internet he escuchado tantas veces que esto o lo otro era “EL FUTURO” que ya no sé a qué coño atenerme.

Lo curioso es que Trueba quedó mal por decir algo bastante simple, algo que era verdad. Ni siquiera habló de la calidad de las películas que se estrenaban en 3D, simplemente dijo que le parecía que cada cuarto de siglo alguien se inventaba un nuevo 3D y que todos habían resultado ser un fracaso.
Más curioso todavía es que, poco tiempo después de haberse atrevido a hablar MAL del 3D, un informe de la MPAA (el “sindicato” de las grandes productoras americanas) nos contaba que muchas de las películas que se estrenaban en sistema normal y en 3D recaudaban bastante menos en este formato de llevar gafas. Seguramente, y eso nadie lo tuvo en cuenta, sobre el comentario este pesó el hecho de que, en su momento, Trueba también fue exhibidor. Tuvo un cine. Algo de cine y algo de películas, al menos, aunque no sean de género, sabe. Incluso de hacerlas también. No sé, yo es que soy fan (también de James Bond y de los superhéroes, menos de algunas mierdas de películas de superhéroes pero porque son malas, no porque salgan superhéroes). El caso es que se recuerda mucho que Trueba se metió con el 3D y se le tachó de inmovilista (de agente de la SGAE, de titiritero, de bizco que denostaba el 3D porque no podía disfrutar de tamaño avance tecnológico…sí, un avance tecnológico que cambiaría de una vez por todas el mundo del cine, la revolución y su puta madre…como otros inventos tales como el “tomato color” o el “odorama” o cualquiera de las cosas que se sacó de la chistera Mr. Castle) pero no que, aquella vez Trueba acertó y que, actualmente, ha bajado el número de películas que se estrenan en 3D.

Diré también que me gusta el género, que me gusta el cine de…, que me gusta el cómic, que me siguen gustando todas estas cosas pero que, me sorprende, que la gente se vuelque tanto en memorizar listados de hipervillanos y se olvide un poco de Jack London y de Cervantes. Quiero decir: ni una cosa ni la otra.
Me explico: tendemos a leer a Eisner como un clásico, que lo es, pero olvidamos la raíz de donde salió Eisner. Nos empapamos de Stan Lee pero, desgraciadamente, olvidamos la honrosa tradición que arrastra. En cierto modo, corremos el mismo peligro que esos encorsetados y pomposos muchachos que, allá por los 90, pensaban que si no habías visto películas de Cocteau eras un puto mierda. No tenías categoría. Desgraciadamente tendemos el peligro de convertirnos en unos encorsetados y pomposos muchachos que saborean el manga y que echan pestes sobre el que todavía no lo ha descubierto o, peor, atacamos a aquél que por sus gustos no le coge el gustito al manga.

Está muy bien tener 30ytantos y poder seguir leyendo la saga de “Canción de Hielo y Fuego”. Muy bien. Yo lo hago. Pero, la verdad, ahí fuera hay un caudal cultural de cosas tan importantes, interesantes y bien escritas (pintadas, rodadas, esculpidas etc.) que no deberíamos olvidar y con el que deberíamos conectar. Es así, por ejemplo, como no tendríamos políticos que dicen ser marxistas que no han leído a Marx, músicos que dicen ser compositores y no conocen a Rubén Blades y, definitivamente, lectores y espectadores que creen que todo, todo, todo, comenzó con “La Guerra de las galaxias” y que, más allá de eso, hay ahí una cosa gris y aburrida, antigua y como de viejos a la que no hay que prestarle atención.

Alegrémonos de que el género, por fin, es considerado “Alta Cultura”, disfrutemos en la certeza de que ya, entonces, en los tiempos oscuros, teníamos razón pero no olvidemos las otras cosas que también son importantes. No seamos unos mostrencos (¡Gracias Costa!) que no pueden ver más allá de sus narices y, sobre todo, dejemos de llamar “bizco” a Trueba, por favor, que eso sí que no tiene ni puta gracia.  

miércoles, 15 de diciembre de 2010

Un cine como tú en un país como este (Gabriel Velázquez)


Es impresionante, pero así es. Un día comienzas a ver las películas que ponen por la tele, no le das ninguna importancia, ya sabes, lo haces como para entretenerte y poco más. Poco a poco te va gustando ese rollo, comienzas a despertarte el gusto por ese actor o esa actriz, por un tipo de película concreta y, llega un momento, en que vaya, ya empiezas a saber quién es este o aquel director y un día descubres que te has pasado una tarde entera husmeando por las hileras de películas del videoclub del barrio sin encontrar nada que te satisfaga del todo. Ya estás pillado por las pelotas. 

Como transportado por un sueño, zas, un día parece que te despiertas en medio de una sala oscura rodeado de una gente que viste raro y que mira hacia la pantalla con gesto de delectación y veneración. La cinta es en blanco y negro, subtitulada, de nacionalidad francesa y te sabes al dedillo la biografía de su director pese a que es la primera vez que ves una película suya. Son los "400 golpes" de François Truffaut y lo estás flipando. Ni siquiera sabes qué es lo que ha hecho que te saltaras dos clases de la facultad y meterte en la Filmoteca para ver esta película. Lo malo es que sabes que, te gusta tanto, que luego te quedarás al siguiente pase (al de las 18:00 horas) porque ponen otra del mismo director de la que has oído hablar de maravilla, de la que has leído un montón, de hecho la has utilizado en el argumentario típico de las discusiones cinéfilas pese a que no la has visto. 


Ya le has dado la vuelta al calcetín, ya sabes, lo que comenzó como un entretenimiento inofensivo para pasar el rato se ha convertido en otra cosa, en una búsqueda de títulos, de nombres...es ya un aprendizaje, eres oficialmente un cinéfilo y un freak a la vez. Ya nada volverá a ser como antes. 

Anoche vi un documental titulado "Un cine como tú en un país como este". Está dirigido por Gabriel Velázquez, el director de "Sud Express", (¿no ves? Esto es nada más que una acumulación de datos, de hechos inconcretos, de películas que te unen con momentos vitales, de instantes reunidos alrededor de unos cuantos metros de celuloide y plástico) y trata sobre lo que se dio en llamar como "El Grupo del  Yucatán". Esa reunión de directores y currelas del cine entre los que estaba Imanol Uribe, Fernando Trueba, Fernando Colomo, Carmen Maura, Miguel Ángel Díez, Felix Rotaeta, Oscar Ladoire, Carlos Boyero, Joaquín Hinojosa...

Todos ellos, al igual que yo, también le dieron en su momento la vuelta al calcetín. Ya sabes. Se apasionaron tanto por las películas en general que decidieron que ese iba a ser su profesión. El documental es un repaso vital a los comiezos de este grupo y a los primeros cortometrajes y primeras películas que dirigieron y protagonizaron en un ambiente de pobreza absoluta y arrastrando consigo gran parte de la herencia más chunga del Franquismo. Lo bueno es que, escuchándolos hablar, hace más de 30 años llegas a la conclusión de que los males de esa inexistencia llamada "Cine Español" siguen siendo, más o menos, los mismos. 

Sesiones maratonianas de cinco y seis películas diarias seguidas de charlas interminables sobre cine, algo así como la pasión desmedida de estos tipos, una cosa desbocada e insana, una afición que se los zampó dejándolos en los huesos. Muy interesante. Gente reunida alrededor de la idea idiota de hacer películas, de contar historias copiando a sus maestros en un clima de, otra vez, completa desconexión con los gustos del público español en general y con la realidad en particular. ¿Hacer pelis en España? No me jodas. 

El caso es que les funcionó, aunque fuera por casualidad, nunca hasta ayer me pude imaginar que Fernando Colomo contara que "Tigres de papel", su primera película, fuera concebida como una visión rohmeriana de la pujante clase progre (tan tristemente denostada hoy...con lo divertidos e intensos que eran...y lo digo con cero sarcasmo) y que, al comprobar, que en el Festival de Donosti todo el mundo se descojonaba él mismo decidió decirle a la gente que aquello era "una comedia". Y así hasta nuestros días. Siempre pensé que era una anécdota de esas que no se cuenta. Es más, todos ellos, adelantados al DOGMA 98 diciendo que hacían películas con sonido directo, sin iluminación apenas...bueno, lo de la iluminación era porque, básicamente, no tenían dinero para iluminar. 

Para mi son una generación de cineastas brillantes que representan, un poco, los comienzos de cualquiera que ha querido hacer una película en nuestro país. Es posible que hace tiempo que Colomo no me guste pero, sinceramente, sigo viendo de cuando en cuando "Tigres de Papel" y "La línea del cielo" y cosas así aunque solo sea por encontrarme con un tipo de cine que, de algún modo absurdo, me sigue emocionando. De hecho, ayer mismo, recordé lo que me había gustado esa película de episodios titulada "Cuentos eróticos" y, sobre todo, el segmento "KoñenSonaten" un disparate sobre un hombre al que de puro salido le crece un coño en plena frente...rodado en danés. 

Mis mejores palabras sobre el documental quedan para Fernando Trueba que representa todo lo que me gustaría ser de mayor: es divertido y ha conseguido dirigir todas esas pasiones para hacer películas como "Opera Prima" (entre mis diez películas preferidas de todos los tiempos), "El año de las luces"...escucharlo hablar sobre las películas y sobre la vida es toda una joya. No deberían perdérselo. 

domingo, 7 de diciembre de 2008

Lo divino y lo patatero


Los domingos de aperitivo, sobre la mesa del salón nunca falta un bol con patatas fritas de bolsa y una lata de mejillones, con su escabeche y todo, por encima. Es una de esas cosas que uno ha probado en los bares de tapas (En Madrid se le ponen a veces a las patatas de bolsa un par de boquerones en vinagre o una finústica anchoa) y que ha trasladado a la gastronomía familiar. Reconozco que es de esas cosas que está entre lo divino (y el mejillón en escabeche lo es) y lo patatero, entendiendo por ese término a todo aquello más o menos vulgar.

El ser humano se mueve entre lo divino y lo patatero continuamente: Dylan recibió una vez una carta de Johnny Cash. En ella le decía que estaba deseando tocar con él, que admiraba su forma de tocar y le agradecía que hubiera transmitido la música popular, el folk, a las generaciones venideras. La carta estaba escrita en una bolsa para vomitar de un avión en el que viajaba Cash que, en medio de un enorme pedo, sintió la imperiosa necesidad de transmitirle todo su cariño a Dylan.






Ambos coincidieron en el Festival de Newport donde compartieron escenario y comenzaron una larga amistad. Cash era un americano derechista, creyente y conservador, desquiciado por el vicio e incapaz de no mantener esa pose de estrella sobria que deslumbraba a los paletos y que soñaba con convertirse en una gran estrella de la pantalla o de la televisión. A su lado Dylan, delgado y poca cosa, izquierdoso, ejerciendo el papel de bufón para decir verdades como puños, comenzando la carrera en contra de su propio personaje, negándose a aceptar que iba a ser una leyenda. Dicen que Cash ni siquiera sabía que Dylan era judío y que, cuando lo supo, se quedó chocado porque, me imagino, no le encontró ni el rabo ni los cuernos; Dylan se sorprendió cuando se enteró de que el cantante country nunca había pisado, en realidad, la cárcel . Dylan, que sí sabía como era Cash, simplemente lo admiraba. En contra de lo que sus primeros biógrafos la obra de Cash pasó de ser patatera a rayar en lo divino mientras que Dylan que conservaba un alto porcentaje de divinismo ha ido pisando cada vez con menos empacho los terrenos de lo infinitamente patatero (y no me refiero solo a eso de haber tocado una vez para el Papa Juan Pablo II que el hombre también tenía derecho a mover el esqueleto).
En la vida, en general, también se pisan los dos terrenos. Hay que saber mantenerse en medio o, al menos, no ser demasiado cutre pese a que a veces es imposible.


Ocurre en las bodas, que te dejas llevar, comienzas ahí bien plantado con tu traje, tu mejor sonrisa y terminas en un local con barra libre con un de los faldones de la camisa metidos dentro del pantalón y otro por fuera, la corbata deshecha o puesta en la cabeza y gritando contra la autoridad del padrino o, peor, intentando que la única mujer soltera caiga en tus garras acudiendo a esa máxima de la tradición oral que dice eso de "boda llama a boda" y diciendo con voz gangosa: "¿Qué hace una chica como tú en un sitio como este?".

Lo divino está ahí, escondido en lo patatero, o viceversa. Por ejemplo, ves Fama (Cuatro) y te das cuenta de lo cerca que anda una cosa de la otra: los ves jóvenes y bailongos y dices ¡Guay!, los escuchas hablar y dices ¡Arf! Ves a los profesores comportándose como los profesores de la serie americana y dices ¡Horreur!. Te gastas unos cuantos miles de euros en producir un programa de cantantes y resulta que te sale Factor X y Operación Triunfo. Telecinco a convertido la divinidad de la televisión en una rueda de identificación de una comisaria. Sin embargo ves a Elvis, pasado de kilos,vestido como una especie de monstruo, sabiendo que en sus últimas actuaciones en Las Vegas tenía que llevar pañales -la incontinencia provocada por los calmantes- entonando las primeras frases de Suspicious Mind y descubres lo sublime, a un tipo que trabajaba de camionero y hubiera seguido así, seguramente hsta hoy, si no se le hubiera ocurrido grabarle a su madre una canción por su cumpleaños. No lo hizo porque pensara que sabía cantar mejor que nadie, lo hizo por que sólo tenía cuatro dólares en el bolsillo y grabarle un disco costaba justamente eso.

Diego "El Cigala" acudió al estreno de Calle 54 con sus primos, sus hijos y su mujer para ver bailar a Tomasito, amigo del alma, que salía en la película acompañando a Chano Domínguez. Entraron tarde, los críos llevaban en la mano todavía hamburguesas de un burguer cercano. Se sentaron haciendo ruido y El Cigala comentó en alto: "¡Mira el Chano! ¡Qué gordo está!" cuando vio al pianista en la pantalla. Minutos más tarde vio en pantalla a Bebo Valdés y comentó "¡Válgame!" cuando se entero de que Bebo y su hijo llevaban sin verse dos o tres décadas. Después lo escuchó tocar Lágrimas al piano, siguiendo embelesado el ritmo de la canción. Mucho más tarde, en la fiesta que se dio en el Restaurante Hispano se dirigió a Fernando Trueba y le dijo: "¿No ha venido el señor ese mayorcito? Es que me gustaría hacer un disco con él". Diego El Cigala, pese a sus enormes capacidades como cantaor, sólo había grabado un éxito hasta ese momento. Se llamaba "Endevel". Luego, luego ya es otra historia. Patatas fritas con mejillones o mejor.