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miércoles, 30 de junio de 2010

Hijos que devoran a sus estúpidos papás




Hoy Fran me ha hecho llegar una noticia bastante interesante: Una estudiante ha demandado a sus padres para que le suban la paga mensual de 600 a 800 euros.

Lo primero que se me ha venido a la cabeza es la inmensa rabia de que, en tiempos de estudiante, no se me ocurriera semejante argucia para sacarle los cuartos a mis padres. Las nuevas generaciones vienen pisando fuerte y saben tocar las teclas necesarias para extorsionar a los progenitores, se acabó ese tiempo de arrumacos, de yo bajo a por el pan, de decir gracias por todo, de ser bueno, de ser pánfilo...¿Os acordáis de esas miradas acusadoras de "Este quiere algo"? ¿Qué padres no han sido avisados por su sexto sentido de que, tanta meliflua palabrería y tanto acto desinteresado, no eran más que una treta para llegar una hora más tarde o para sacarles quinientas pesetillas de más para adquirir alcohol y tabaco?

Se acabó, una demanda a tiempo es una victoria (a medias porque se ha desestimado la demanda), y la próxima vez que vayan a negociar tu paga se lo pensarán dos veces. Recuerden esto: los padres se ablandan con más facilidad si temen que sus vástagos hacen el ridículo o mancillan el buen nombre de la familia. Si llegas con dos copas a casa tus padres no te collejean porque seas un alcohólico en potencia sino porque es muy posible que hayas meado en el rellano, te hayas cruzado con varios vecinos que te han visto potar por el hueco de la escalera etc. Una progenie de chuzos es una cosa pero, cuidado, porque una progenie de demandantes es un nivel de vergüenza pública excesiva. Cualquier padre pagará lo que sea necesario con tal de que los murmullos, los comentarios a sus espaldas difícilmente disimulados y los dedos inquisidores cesen de una vez y puedan bajar al bar para mezclarse con el resto o ponerse en la cola del supermercado sin tener que aguantar un chaparrón de preguntas chungas (¿Qué abogado tiene la niña?) o falsas frases de conmiseración ("Nos hemos enterado, qué pena, con lo buena chica que parecía...). 

En mi familia, cuando alguien saca los pies del tiesto, decimos que "ha dado la campaná". Si alguien dice que has hecho semejante cosa es que has caído realmente bajo (no has asistido a un entierro de un ser querido, le has robado el dinero a la abuela, te has metido a puta, chapero o traficante...). Digamos que la estudiante de Lugo ha dado, efectivamente, una "campaná" bastante sonora. 

Cuando ocurren estas cosas pienso mucho en los hamsters. Esos simpáticos roedores que, cuando tienen camadas excesivas, se comen a parte de la misma para que el resto puedan comer. Cuanta inteligencia demuestran estos roedores. Me imagino que la mamá de la estudiante gallega pensará que hubiera sido mejor comérsela que aguantar a semejante alimaña. Y lo digo desde el cariño y el respeto que me produce una muchacha capaz de llegar a los tribunales para demostrarle a sus padres que son unos roñicas.

Cuando he leído la noticia he pensado, misericordiósamente, que este tipo de cosas son las que hacen felices a personas como Jimenez Losantos, Prada, Vidal y otros observadores de la moral que se lanzarán a decir cosas como que todo es culpa de un sistema educativo nefasto, de la modernidad,  de que se han perdido las buenas costumbres, de que estas cosas no pasaban antes pero, no es cierto, lo cierto es que los enfrentamientos paterno-filiales han sido la salsa de la historia de la humanidad: El Imperio Romano estuvo trufado de ególatras malcriados que asesinaron a su familia por un puñado de sestercios y, sólamente, en la dinastía claudia pueden encontrarse a Calígula o Nerón que, pese a su educación, y de venir de buena familia dieron cuenta de hermanitos, hijitos y otros parientes directos para seguir disfrutando de las cosas buenas de la vida como montar orgías o generar incendios y no digamos la cantidad de hijos enfurruñados que nos encontramos en la historia de las monarquías de todo el mundo...

Es por ello que la noticia de que una estudiante haya demandado a sus padres es una de esas cosas que nos devuelve de una patada en el culo al siglo XIII (día más, día menos) y eso ni está bien ni está mal simplemente es lo que hay. 

El problema, en el fondo, es que hay gente educada para reinar desde los tiempos de Mary Castaña (¿Se escribe así?).  La personita que ha reinado en su hogar lo pasa un poco mal cuando sale a pasear por la vida diaria y se da cuenta de que no todo el mundo está dispuesto a complacer sus caprichos. Lo normal es que el "Rey destronado" se enfurruñe y monte mucho lío y se tire al suelo y patalee por la injusticia pero, sinceramente, este tipo de caprichoso es un caprichoso 2.0 que ha decidido demandar a sus padres. Échale cojones, Meriloles.

En este caso concreto, si yo hubiera sido el juez, le hubiera dado la razón a la muchacha y hubiera obligado a los padres a pagarle no 200 pavos más sino 400 para redondear la cifra en 1000. Tranquilamente hubiera mirado a esos dos progenitores y les hubiera dicho: "He dictado esa sentencia para que recuerden que han educado como el culo a esta niña...lo único que estoy haciendo es ser coherente con ustedes y seguir dándole caprichos a la nena porque ya es tarde para obligarla a renunciar a la fantasía que ustedes le han creado haciéndole pensar durante toda su vida que era un ser especial, un ser maravilloso y único como un copo de nieve al que no se le podía negar nada".

Nota del Insustancial: Allá por 1929 la cantante de cuplés barcelonesa Pepita Ramos, conocida como "La Goyita", cantaba una canción titulada "Madre comprame un negro" en el que demandaba no solo la compra de un ser humano sino que este, como extra, supiera bailar charlestón. La canción, la parte instrumental la llevaba el grupo Crazy Boys, resultó un éxito de enorme calibre. Tanto que en 1930 "La Goyita" grabó "Al Congo" junto al cómico Baldomerito cuya primera estrofa era "Ya me ha comprado/Mi mama un negro" cerrando el círculo. Como la cosa va de gente caprichosa la canción, pese a lo viejuno, me ha parecido óptima.  

sábado, 25 de julio de 2009

Cosas del cine



Nunca entendí muy bien por qué Rodrigo Sopeña y Luis Piedrahita, ambos profesionales de la comedia, se decidieron por dirigir una película como "La habitación de Fermat" (2007) que era un thriller.


No es que la cuestión me desvele por las noches pero, bueno, estoy seguro de que hubieran rendido mucho más haciendo una película para que la gente se riera que una en la que tenían que concentrarse en un misterio de unos matemáticos encerrados en una estancia que se iba estrechando poco a poco -en plan "Cube" (1997, Vincenzo Natali)- a medida que se les pedía que resolvieran un puñado de acertijos.


La comedia ha sido siempre considerada un género menor y, normalmente, no se empieza a tomar en cuenta a un guionista, director o actor hasta que no escribe una historia sobre unos niños refugiados, dirige la historia sobre un hombre que está paralizado de cuello para abajo o interpreta a un pianista sordo que en la infancia sufrió abusos sexuales. Si te dedicas a hacer chistes es mucho más difícil que se fijen en ti y por eso es posible que la dupla Piedrahita-Sopeña se decidiera por una película de género o, a lo mejor, es que sabían de la dificultad de vender en estos tiempos que corren una película cómica.


Vivimos, últimamente, un tufo terrible de películas de terror (un género tremendamente vituperado en nuestro país pese a sus innegables ventajas comerciales en el extranjero), de dramas de todo tipo (predominan los dramas familiares y los conflictos padres-hijos) y de films-espectáculo donde la Tierra se destruye. No negaré que me produce una congoja terrible el nombre de Roland Emerich y su enésima recreación de la aniquilación de la Tierra o que el trailer de Tranformers 2 base todo su punch en las imagenes donde se destruyen las Pirámides o cualquier otra de las joyas arquitectónicas de todo el mundo. Ni que decir tiene que no entiendo el éxito de las películas de catástrofes (desde Titanic hasta El día después) y que no entiendo qué placer hay en ver tanto sufrimiento y tanto volcán rugiente, tantas tormentas perfectas y tantos Cloverfield (A esta animadversión por dicho género se une el hecho de que la cámara no se esté quieta en ningún puto momento).




Otro interesante dato de nuestro cine es por qué películas como "Imago Mortis" (Stefano Bessoni, 2009) o "Paintball" (Daniel Benmayor, 2009) son películas hechas aquí que, curiosamente, se anuncian como películas hechas allí.

Anoche fui a la sesión golfa de Kinépolis a ver "Pagafantas" (2009, Borja Cobeaga) porque se lo debía a su protagonista Gorka Otxoa con el que he trabajado en "Hollywood no existe" y porque las críticas son tan arrolladoramente buenas que era imposible no acabar sentándose en un cine a verla. Borja Cobeaga, su director, llegó a ser nominado por un corto titulado "Éramos pocos" (2005), una comedia, podría haber utilizado sus recursos, pensar en el mercado americano y haber rodado una película seria, incluso me imagino que más gran



de de presupuesto...esto...como se dice eso...más ambiciosa (cuando alguien dice que ha rodado su película más ambiciosa suele querer transmitirnos que es su película "más cara" o "más pretenciosa"). Sin embargo ha preferido mantenerse fiel a su estilo y hacer lo que mejor sabe hacer: comedia.


Una película pequeña, porque este tipo de cine tiene la capacidad de no necesitar demasiados efectos digitales ni sacar un bicho venido de otro planeta zampándose el Guggenheim, que sin embargo es una de las mejores que he visto este año. Entretenida, entrañable, algo tristona pero, sobre todo, bien dirigida y fantásticamente bien interpretada.


Gorka está fantástico (aunque he notado que su buen carácter predispone a todos los que escriben para él a meterlo en las situaciones más embarazosas o dolorosas) y también lo están Oscar Ladoire -tan olvidado, tan grande-, Kiti Manver, Julián López, Sabrina Garciarena...


Que nadie espere grandes revelaciones pero sí la identificación automática del público masculino con la figura principal: un tipo enamorado de una chica que lo considera, sólamente, un buen amigo. Je. Un dolor pequeño instalado en empollones, hombres con mamitis, feos profesionales, gafotas, pusilánimes, delegados de curso y, en general, entre los que, después de ver esta película, francamente me incluyo por haber pasado en distintas etapas de mi vida por situaciones semejantes. En realidad creo que podría haber sido un buen candidato para el puesto de coordinador de la Mesa Nacional de los Pagafantas.


Pues nada gran película...por cierto que he descubierto algunas razones por las que la gente no va al cine,podrían ser estas:


-El personal se comporta como si estuviera en el salón de su casa.


-El personal va acompañado de personas ciegas que coloca a su lado y por eso le va contando los pormenores de la película.


-El personal hace cursos a distancia de adivinación y segundos antes de que vaya a ocurrir algo resulta que lo predice a voz en grito y luego suelta una carcajada.


-El personal acude en verano al cine en chanclas, se las quita y pone los pinreles desnudos en la butaca de delante. Aquí una reflexión: ¿Por qué la gente que va en chanclas se ve en la obligación de quitárselas a la mínima ocasión? ¿Qué pasa que son incómodas? ¿Por qué no se ponen otro calzado entonces?


-El personal sigue utilizando el móvil en la sala para charlar e, incluso, para hacerle fotos a la pantalla de cuando en cuando. Será que estamos perdiendo memoria y necesitan registrar esos momentos inolvidables.


-Pese al sonido THX es imposible que el personal se dedique a comentar desgañitado cada paso de los protagonistas.


-Aviso a las parejas: se me sentaron dos delante anoche y pude comprobar como despellejaban sistemáticamente a una tercera que no había acudido a la cita por tener que atender otros compromisos. Me enteré de que los que faltaban les estropearon las vacaciones a los que estaban porque se tiraban pedos por la mañana y ponían música "del gitano y la cabra" que hacía "tiroriroriro"...al parecer era su manera de definir a The Doors.


-El personal se pone ciego de porros antes de entrar a una película de risa para que le haga más gracia y durante toda el metraje se escucha una risa floja y desacompasada acompañada de un "¿No hay más gominolas? ¿Y nubes? ¡Joder, chico, que hambre me dan los porros!".


Aunque hay muchas y variadas razones pero siempre son muchas más las que me empujan a ir al cine siempre que puedo...¡Id a ver Pagafantas! ¡Que es buenísima!