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miércoles, 15 de octubre de 2008

Madrid cojo









Mi madre vestía como Marianne Faithful si Marianne Faithful no hubiera alternado tanto con un alto porcentaje de los Stones. No sé si me explico: hippie pero discreta. Mi padre militaba por su parte en el grupo de progres que imitaban a Jeremías Johnson yendo a misa de 12: pantalón de pana, camisa de leñador, pelliza con interior de borreguito, botas y barba salvaje pero limpia.



Un día le conté al Doctor Iglesias que mis padres eran etarras y que, aprovechando que habíamos comido en El Corte Inglés, habían dejado una bomba allí para que murieran el mayor de personas posible. La culpa fue suya porque todos los días me sacaba algo de la oreja: un llavero en forma de cilindro de motor de SEAT, un kojak rojo con chicle, tres caramelos, una moneda de cincuenta pesetas con la cara de Franco...yo quería corresponderle con algo más que el chiste del señor con chepa y el señor cojo que se contestan en plan Zarzuela (¿Cuantas veces me pidió que se lo contara?).


Si Loquillo me pregunta un día que donde estaba yo en el 77 le tendría que contestar que sembrando la duda y el terror en el Hospital de la Paz. ¿Y tú, Loco? ¿Donde estabas tú?



De pequeño daba mucha pena sin querer porque era cojito de la pierna izquierda. Los niños cojos daban una pena enorme incluso en el Madrid de los años 70 repleto todavía de ex combatientes de la Guerra Civil sin brazos o piernas, falangistas tuertos y ciudadanos afectados por las secuelas de la polio, la tosferina o Dios sabe qué enfermedades atávicas. Johnson y la Faithful me trajeron a Madrid desde un pueblo de Extremadura y me pareció gigantesco y sucio, sin color, yo que había vivido en Palafrugell (Girona)donde campaban los restos de la Gauche Divine y en verano nos sentábamos en la playa al lado de Teresa Gimpera. El cartel de El Expreso de Medianoche colgaba de la fachada del cine Callao, amenazante y los anuncios pintados a mano de todo tipo de espectáculos se apelotonaban alrededor de la Gran Vía. Progres arrastrando un niño cojito por el Metro...una versión dulce de la Barcelona de Marsé. Sin tanta hambre.




Tengo buenos recuerdos de ese Madrid casposo, de los bocatas de calamares insanos (que decía Luis Martín Santos que estaban tan buenos porque en realidad los vendían cuando su interior estaba podrido y el ácido ablandaba la gomosa piel del bicho pero que eran aptos para el consumo), del metro que olía a tabaco y de esas cosas tan entrañables y me imagino tan insufribles y por eso desconfío de el Madrid que están planeando, tan moderno, tan moderno, tan moderno que no puede tener gente tocando música en la calle o hombres anuncio. Una ciudad con bares cerrados a la una y sin vida nocturna, una ciudad para los propietarios, para los señores del perrito. Una ciudad que abre pronto y cierra pronto si es que no hay procesiones o galas operísticas donde acudir.

Madrid quiere olvidar que una vez fue entrañable e imperfecta como dos progres que arrastran a un cojito de cuatro años...yo todavía tengo dos cicatrices que me cruzan la rodilla y que me recuerdan aquellos años pero la ciudad se ha agenciado a un alcalde que quiere esconder los desgarrones con unas cuantas capas de hormigón. Si alguien pregunta por qué Álvarez del Manzano primero y Gallardón después han llenado esta ciudad de túneles y socavones que sepa que no lo hizo por nuestro bien si no porque todavía están buscando el alma de Madrid para apuñalarla y hacerla desaparecer. Los que piensan que perdiendo la memoria mitigarán el dolor están condenados a tener un alma sin piernas, ni brazos que no puede moverse por sí sola, que no puede avanzar, que da mucha pena.