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miércoles, 29 de septiembre de 2010

La contradicción de Roy Cohn


Roy Cohn fue un abogado que, en la década de los cincuenta, se hizo famoso por ser la persona encargada de llevar a la cámara de gas al matrimonio Rosenberg.

Lo tenía todo a su favor: el matrimonio era judío y era fácil azuzar levemente el antisemitismo en la sociedad americana de los 50 donde todavía imperaba (de forma más intensa que en la actualidad) la idea de que EEUU es un país construído por y para hombres blancos temerosos de Dios. Los Rosenberg además estaban acusados de ser comunistas y de haber pasado a la URSS toda la información necesaria para construir la bomba atómica con lo que también podía agrandar un poco la cada vez más extendida creencia de que los rojos estaban llevando a cabo una silenciosa pero fructífera invasión que tenía como objetivo destruir el país desde dentro. Cohn jugó bien sus cartas y fue capaz de conseguir, sin demasiado esfuerzo, una condena a muerte. Hizo el trabajo sucio que, se entiende, una democracia no debe hacer: instigó a testigos, forzó testimonios, amenazó a diestro y siniestro y se le permitió excederse en todas y cada una de sus funciones. 

El Gobierno buscaba desesperádamente dar una lección ejemplarizante a los simpatizantes de la otra superpotencia y, sobre todo, encontrar a dos víctimas propiciatorias que maquillaran un poco el hecho de que los dirigentes norteamericanos tenían una deficiente seguridad que les hacía incapaces de mantener sus secretos bajo llave. 

Roy Cohn buscaba desesperádamente hacerse famoso y poderoso (sobre todo lo primero) y no tuvo empacho en interpretar el papel de baluarte de las libertades, un papel incómodo que, a veces, te fuerza a romper las reglas del juego e ir un poco más lejos diciendo eso de "sí, vale, se que lo que estoy haciendo no es muy limpio pero, en todo caso, esto no es más que un mal menor".

La  Guerra Fría fue ideal para Cohn. Es posible que, para entender esta etapa, haya que tirar de la anécdota que se cuenta en el estupendo Los hombres que miraban fíjamente a las cabras (Jon Ronson, Ediciones B) en el que un funcionario de la CIA informa a un superior de que sería bueno comenzar a gastar fondos públicos en el desarrollo de planes que tuvieran como objetivo investigar en el campo de la telequinésis y la telepatía porque los rusos les estaban tomando ventaja en el asunto. Al preguntar el superior sobre cómo los rusos estaban haciendo algo tan raro el funcionario le cuenta que, cosas del destino, fue la propia CIA la que inventó el bulo de que estaba desarrollando este tipo de investigaciones para poner nervioso al rival y que este, se lo había tomado tan en serio, que decidió tirar para adelante. 

¿Era verdad que los rusos estaban llevando a cabo una secreta invasión, una infiltración en la sociedad americana con el objetivo de predisponer a las masas a favor de Stalin o, peor, de instalar alguna vez a un niño educado secretamente como un bolchevique para llegar a la Casa Blanca y abrirle la puerta de par en par a los bolcheviques? ¿Era posible que esto no fuera más que una artimaña propagandística que se les había ido de las manos a todos pero que, había sido tan bien extendida, que ya era imposible discernir entre lo que era verdad y lo que era mentira?

Pues eso parece. El caso es que el pánico era tal que, la administración americana, no tuvo empacho en como dijo Malcolm X sobre el asesinato de Kennedy: "Poner a las zorras a cuidar del gallinero".

Tras el juicio a los Rosenberg Roy Cohn llamó la atención del director del FBI, Edgar Hoover, que se lo recomendó expresamente a Joseph R. McCarthy. 

Los tres fueron las zorras que cuidaban del gallinero: Hoover se hizo famoso por mantener una de las redes de espionaje de ciudadanos más amplias e intensas de Occidente llevando a veces sus métodos a lugares donde ni la STASI se atrevió a llegar convirtiéndose en la oreja de América y centrándose en cualquier personaje que resultara de algún modo incómodo. Gracias a Hoover, que convirtió al FBI en una especie de "Sálvame", conocemos al dedillo la vida sentimental de la familia Kennedy, los devaneos amorosos de Luther King, la lista completa de actores y actrices homosexuales y un sinfín de cotilleos sobre Elvis y otros personajes públicos que, poco a poco, fue filtrando sin demasiada piedad. 

Detrás de ese alegre oreo de los trapos ajenos se esconde, claro está, un denodado intento por controlar al personal pero, también, la necesidad imperiosa de esconder los trapos propios como el hecho de que era gustoso de vestirse de señora (algo que hacía en la estricta intimidad) y de mantener una larga e, imagino, deliciosa relación con  Clyde Tolson, un director adjunto del FBI. Curiosamente a Tolson le fue entregada la bandera que cubría el ataud de Hoover (algo que sólo se hace con la familia o con la viuda) lo que se interpretó como una póstuma salida del armario. Cuando Tolson murió, por cierto, fue enterrado a muy pocos metros de Hoover.

Por su parte Joseph R. McCarthy era un paleto con cierta maestría en el arte de la demagogia que se presentó frente al pueblo americano como un patriota que no tenía miedo en usar las mismas armas que se le intuían al enemigo soviético para ponerlas al servicio de un fin mayor. Esto es, el colmo de la demagogia que consiste en instaurar un reino de Terror para luchar contra el terror. A McCarthy le debemos eso de ser el inventor de la "Caza de brujas" y su lista negra y, como no, de acuñar el término McCarthismo con el que definimos en la actualidad cualquier maniobra política que tenga como objetivo la persecución ideológica de un colectivo concreto utilizando todo tipo de elementos de presión a su alcance.

Las razones de McCarthy para ello hay que buscarlas en un tío bastante poco inteligente que creía, claramente, en lo que predicaba un discurso sencillo (America está invadida por judíos y rojos) que llegaba con claridad cristalina a la masa que, básicamente, pensaba en los mismos términos que él. Huelga decir que el senador tenía también algunos muertos en el armario como una cierta incapacidad a estar sereno más de dos horas al día, un matrimonio de acomodo (de esos de fugaz resolución como los que se vieron en el PP del primer mandato Aznar y que tantas y tantas leyendas han alimentado) y el creerse plenipotenciario e intentar presionar al ejército con una historia de unos contratos y, lo que es peor, iniciar una especie de cruzada personal contra cualquiera al que se le ocurriera criticar su gestión. El caso más sangrante es el que le llevó a enfrentarse directamente contra el periodista de la CBS, Ed Murrow, al que se le ocurrió dedicarle un programa especial en el que denunciaba su gestión. Este asunto estuvo bastante bien retratado en Buenas noches y buena suerte, aquella película de George Clooney donde se recogía este emocionante discursillo de Burrow. Aquí.

El caso es que Cohn deslumbró a Hoover, un hombre con poca tendencia a dejarse impresionar, y al propio McCarthy que fue automáticamente seducido por las buenas formas del siempre bien arreglado Cohn al que le perdonó, incluso, el hecho de ser un señorito bien de New York y judío. 

Ambicioso, y algo torpón con sólo 24 años, Cohn se vio de pronto en medio del lugar donde pasaban las cosas importantes: en la Comisión de Actividades Antiamericanas. Ese aquelarre de confidentes y acusados montado por el Senado Americano para lanzarse a la ávida caza del comunista. ¿Los métodos? Los mismos que le hicieron famoso en el Juicio contra los Rosenberg y, además, las cámaras. El delirio de las cámaras, la atención mediática necesaria para ser querido y aceptado por todos, lo más de lo más. 

De pronto Cohn descubrió que podía poner a Hollywood, a todas esas estrellas que se pavoneaban por los escenarios de medio mundo, bajo su bota. Vamos, el sueño de cualquiera. ¿Se acuerdan de aquella amenaza de Gómez de Liaño en los tiempos en que los jueces eran estrellas mediáticas de "hacer que todos esos hicieran el paseillo" para referirse a políticos y gentes del grupo PRISA confesada a Baltasar Garzón en medio de una comida? Pues la misma satisfacción recorrió el espinazo de Roy en aquellos instantes. 

El problema es que los que había decidido que fueran sus secundarios de lujo, sus vírgenes de camino al sacrificio no parecían estar por la labor de hacerle la pelota y, en un clima cada vez más cargado, comenzaron a aparecer las primeras preguntas sobre la idoneidad de maltratar públicamente a la ciudadanía. 

Es más, comenzaba a dar la sensación, de que todo aquello del Comité se estaba convirtiendo en una pasarela de egos descontrolados que ya no se paraban sólamente en investigar a sujetos (la mayoría de las veces sentados ante la comisión por haber sido delatados por compañeros o, en algunos casos, por haber apoyado al Comité de Ayuda a la República Española) por sus actividades políticas sino que también se les invitaba a declarar sobre su vida privada...y estas son las cosas que, a la gente, comenzaron a no gustarle del joven Cohn porque, bueno, uno podía estar seguro de no ser un cochino comunista pero de lo que no estaba nadie seguro es de que su vida fuera lo suficientemente recta como para no llamar la atención de estos, a priori, defensores de las buenas maneras.

No fue eso, sólamente, lo que hizo patinar a Cohn (el ser un cotilla desmedido) sino algo, curiosamente, que a todo el mundo (Gobierno y Sociedad) le pareció más sangrante: en 1953 Cohn convenció a McCarthy de contratar como asesor a un viejo amigo llamado G. David Schine. 

Schine y Cohn eran amantes. En 1954 Schine fue llamado a filas y Cohn, con ayuda de McCarthy, comenzó a presionar al ejército para que su colaborador no tuviera un destino demasiado duro, para que no hiciera demasiadas guardias y, sobre todo, para que bajo ningún concepto fuera destinado a una base fuera del territorio norteamericano (Japón, Alemania...). La presión de Cohn comenzó con algunas llamadas a los mandos directos de Schine y, al ser despreciado, comenzó a llamar directamente a los que cortaban el bacalao bajo la amenaza de comenzar a dirigir los esfuerzos del Comité que practicamente dirigía hacia las Fuerzas Armadas y liar "enorme petate". 

El caso es que alguien dijo basta, ese alguien fue el secretario de defensa, y se instauró un comité para dirimir cuáles habían sido los métodos utilizados por McCarthy y Cohn contra el ejército. En franca caída McCarthy dejó las cosas correr y Cohn, temeroso de que se supieran las verdaderas razones de semejantes desvelos hacia su compañero de trabajo decidió largarse de nuevo a New York donde comenzó a trabajar como abogado. 

Como suele ocurrir con estas cosas, y es algo de interés, al pueblo americano no le importó que estos tres personajes pisotearan las libertades, hicieran un uso perverso de sus cargos y, más o menos, dejaran tras de sí una forma algo extraña de entender la defensa de las instituciones (ahí está Guantánamo, ahí están las operaciones encubiertas de la CIA en Europa en los años 70, ahí está la Puerta de Alcalá...) pues todo el mundo percibió, como se percibió tras el 11-S, que era necesario perder un poco de terreno y de libertad para combatir una amenaza que, en definitiva, no es otra que perder terreno y libertad pero, eso sí, lo que no le hizo gracia a nadie es que se descubriera que el inmenso poder que aquellas personas habían acumulado y que tenía que estar dirigido a ponerlos a todos a salvaguarda de convertirse en un distrito postal de Minsk fuera malgastado en fruslerías como hacerle la mili más agradable a un noviete. 

Curiosamente, en la práctica privada de la abogacía, Cohn fue defensor de mafiosos y de tíos sin escrúpulos quizás pensando que si había fracasado en su carrera por ser famoso y querido posiblemente tendría la oportunidad de ser famoso y odiado además de devolverle a todos esos gañanes incapaces de entender el fin último de su misión todo el mal y la vergüenza que le habían procurado. No es de extrañar que el siempre volatil y estúpido Roy Cohn fuera investigado por asuntos monetarios y que pese a que pensaba que una vez fue el tío idoneo para decirle a los demás lo que tenían que pensar fuera incapaz de caminar recto y no salirse de los términos de la ley algo que parece una industria imposible para alguien al que se le permitió disfrutar de los placeres de estar por encima de las mismas leyes que juró defender.

No es de extrañar que la penúltima aparición en los círculos políticos de Roy Cohn fuera asesorando a Richard Nixon, uno de esos tipos que como Cohn, Hoover y McCarthy pensaba que siempre es necesario tener una nutrida agenda de fulleros y mangantes sin escrúpulos que hicieran el trabajo sucio ese de bajar a la cloaca. Ni que decir tiene que la leyenda política cuenta que Cohn asesoró, años más tarde, a Reagan que lo llamó a su lado cuando el simpático actor-presidente comenzó a tener pesadillas sobre la amenaza comunista aunque, anteriormente, también se dice que fue uno de los cerebros que desestabilizó a Jimmy Carter negociando con el gobierno iraní la puesta en libertad de los rehenes norteamericanos que el régimen de Jomeini había secuestrado en el asalto de la embajada en Teherán sólamente si Reagan ganaba las elecciones. Qué delicioso sátrapa.

Como todo en la vida de Cohn fue contradicción, en grado sumo, quizás la lucha de un hombre contra sus propias pulsiones (esa lucha que tanto recomienda la Iglesia Católica) el abogado tuvo una intensa y poco precavida vida amorosa que lo llevó a contraer SIDA -lo más grave- y dicen que a gastar una ingente cantidad de dinero en ropa, lujazos, fiestorras y, imagino, dislates de rajá hindú. Murió completamente arruinado (perseguido por Hacienda) y su cuerpo descansa en un cementerio municipal de lo más corriente.

La compleja personalidad de Roy Cohn (un cuadro formado por un judío que alimentó el ansitemitismo, un homosexual que persiguió homosexuales, un delincuente que trabajaba persiguiendo delincuentes...) se ha convertido en obsesión y referencia de escritores tan dispares como Vonnegut o Chabon, su vida fue encarnada por James Woods en Ciudadano Cohn y por Al Pacino en Angels in America amén de que su presencia ha sido determinante para entender los avatares de las políticas llevadas a cabo por las diferentes administraciones que estuvieron en la Casa Blanca durante la Guerra Fría como un ejemplo de sus excesos. 

En el fondo Cohn consiguió su objetivo, ser famoso incluso después de muerto, y su legado político y personal bien podría haber inspirado esta acertadísima frase de esa otra zorra llamado Henry Kissinger: "Hay asesores que es interesante tener cerca para que te den su opinión y hacer justamente lo contrario".  

 Nota del Insustancial: en 1970 Waldo Salt recogía el Oscar al mejor Guión adaptado por su trabajo en "Cowboy de medianoche" (1969, John Schlesinger). Toda la troupe de Hollywood se levantó para aplaudir al guionista que había formado parte de la dichosa lista negra impulsada por el senador McCarthy. Pese a que se nos suele contentar con el pensamiento-caramelo de que la censura, de algún estúpido modo, sirve para que los artistas sean más ingeniosos a la hora de hacernos llegar su mensaje y cosas parecidas lo cierto es que Salt (como Trumbo y como tantos otros) tuvo que malvivir trabajando bajo seudónimo en muchos casos en producciones de segunda categoría. Como ejemplo: Waldo Salt escribió desde su recuperación "Cowboy de medianoche", "Serpico" (1973, Sidney Lumet), "El día de la langosta" (1975, John Schlesinger) y "El regreso" (1978, Hal Ashby) que le supuso otra estatuilla. "Everybody´s talking" era el tema principal de "Cowboy de medianoche" cantado por Harry Nilsson...

miércoles, 30 de diciembre de 2009

El perro loco y el abuelo




Yo hoy quería hablar del perro Andy. Andy era un pastor alemán que mi abuelo recogió de casa de una señora. La señora, dueña de una tienda de alimentación, se había enterado de que el abuelo andaba buscando un perro de las mismas características que Tom.

Tom, un pastor alemán, había sido adoptado para hacer una labor: cuidar de la fábrica de maderas donde trabajaba el abuelo. Zacarías, que así se llama el buen hombre, se dedicó hasta su jubilación a la madera: primero en talleres y luego comprando pinares y haciendo una cosa que siempre me dejaba flipado: abrazaba un árbol de la hectárea que había ido a comprar y sabía el número casi exacto de metros cúbicos de madera útil que podía extraer de ese y de otros árboles de alrededor. Siempre lo acompañaba un perito agrónomo que flipaba con la maestría del hombre. Por cierto, el abuelo nunca se ha vanagloriado de eso de "haber aprendido en la Universidad de la vida" y más de una vez y más de dos lo escuché decirle a esos tíos con carrera lo mucho que le hubiera gustado saber hacer lo mismo pero con una cinta métrica y una calculador. Con un título colgado en el salón, vaya.

La fábrica donde trabajaba el abuelo tenía una curiosa característica y era que mis abuelos ocupaban una casa dentro de las propias instalaciones. Pese a que estaba un poco retirada del pueblo lo cierto es que una infancia en una fábrica de madera tiene muchas ventajas como, por ejemplo, una enorme montaña de serrín con la que jugar y un número ingente de maderos, tablones, palos etc. además de un agradable número de clavos, martillos, sierras y un largo etcétera de cosas que te permitían construírte un fuerte o diseñar una choza. Como siempre he sido bastante inutil y harta la familia de que cada dos por tres acabara descalabrado tras intentar construírme una caseta -no se pueden imaginar la angustia de una familia que ve como el único niño de la misma se empeña una y otra vez en convertirse en la víctima de un desplome de maderos sobre su cabeza- mi abuelo decidió construírme un auténtico chozo donde pude, durante años, hacer el aborigen que es una cosa recomendable.

Tom, el primer pastor alemán, era bastante noblote pero estaba marcado por la tragedia: fue atropellado como dos veces y, finalmente, murió por intentar nadar dentro de una especie de piscina que la fábrica tenía para adecentar la madera. El agua de la misma contenía una sustancia química que, simplemente, le hizo las tripas papilla.

El abuelo, derrotado por la pérdida que todos seguimos recordando como una tragedia, encontró a Andy. Y sin preguntar lo trasladó a la fábrica. La abuela, más desconfiada, pronto comenzó a preguntarse como era posible que alguien se deshiciera de un pastor alemán aparentemente sano con esa alegría y desapego. Cuando quiso enterarse (una abuela no es la CIA, por Alá) ya era tarde porque el perro estaba ya instalado en la caseta: Andy estaba chiflado. Sí, clínicamente loco, de hecho si hubiera habido en esa época un psicólogo de esos para animales hubiera diagnosticado que ese bicho estaba completamente majareta.

Al parecer un febril sentido de la protección se apoderaba de cuando en cuando del bicho que de animal inofensivo pasaba a convertirse en el puto guardián de las puertas del Infierno. La ex dueña del perro lo notó un buen día en el que detectó que todo el mundo compraba con normalidad en la tienda pero que, curiosamente, algo les impedía traspasar el umbral de la puerta y marcharse a sus casas. En plan "El ángel exterminador" la gente era capaz de entrar pero no de salir. La culpa la tenia Andy que, apostado en la entrada del comercio enseñaba las fauces, babeaba y ladraba como un poseso a cualquier persona que intentara sacar ni un solo producto de la misma aunque, previamente, hubiera pasado por caja.

Si mi abuelo se pasó media vida guerreando contra el Tom para que mostrara su lado más fiero durante las noches, en las que se empeñaba en dormir o en hacerse el tonto para quedarse dentro de la casa y no tener que salir a hacer la guardia, con Andy se pasó media vida procurando que estuviera atado por el día cuando los obreros entraban en el perímetro de seguridad y el perro, ese mismo día, pensaba que estábamos siendo atacados por una horda de desarrapados y ladrones. Ahora que lo pienso que bien le hubiera venido ese chucho a la familia Romanov cuando aquello del asalto a los Palacios de Invierno...

Por las noches, cuando mi abuelo lo desataba, y nos íbamos a dormir desde la casa podíamos ver como incansablemente el perro se pasaba las horas haciendo una maratoniana ronda girando y girando alrededor de la casa y de la nave de la fábrica, con la boca llena de babas y escuchando de tanto en tanto el sonido de su respiración. De pesadilla. No era difícil que, tras una noche muy movida, Andy nos presentara orgulloso una montaña de culebras, ratas gordas, ratones de campo, erizos, zapatillas viejas (¿De donde cojones las sacaría?) y de otros animales que, incautos ellos, pensaron que podrían vivir agazapados entre nosotros.

El caso es que, aunque la familia siempre le decía al abuelo que tenía que deshacerse del perro, él siempre se negó a hacerlo. Hacía oídos sordos y se justificaba diciendo que con la familia era cariñoso y que nunca se le había ocurrido morder a nadie que viviera dentro de la casa. Así era. Pese a los comentarios de su dueño Andy tenía un extraño modo de jugar a eso de lánzame la pelotita: Un día intenté jugar con él a aquello y a la tercera vez que le lancé la pelota de tenis me la devolvió completamente reventada tirándomela a los pies. Me miró durante un segundo y luego salió corriendo para volver a hacer la ronda. No se me volvió a ocurrir nada parecido.

Entre aquel chalado y el abuelo había una especie de conexión que intenté desentrañar durante años. No era posible que un tipo normalmente cariñoso y afable quisiera como mascota a un bicho violento e impredecible.

Un día el abuelo se puso muy enfermo. Creo recordar que de los riñones.Una especie de infección o algo peor que lo tuvo postrado en la cama durante cinco días. Tumbado en la cama agarrado al cabecero de metal Zacarías se retorcía de dolor. Cada ocho horas recibía la visita del practicante que le ponía una inyección para mitigarle un poco aquella tortura. El puto perro, que nunca aparecía por la casa, de pronto abandonó sus labores de vigilancia y destrucción para, literalmente, apalancarse en el pasillo, justo a la entrada del dormitorio. El torbellino se apagó y Andy simplemente miraba con ojos tristes hacia la cama del abuelo. La abuela Petra intentó echarlo pero fue incapaz porque, aunque le diera con un periódico en las costillas o el hocico, el animal se empeñaba en hacerse un ovillo y quedarse allí. Aprovechando que, de cuando en cuando, bajaba a mear mi abuela cerró la puerta detrás de él. Cuando después de una hora volvió a abrirla se encontró con que Andy se había agazapado y saltó entre sus piernas para volverse a colar y quedarse en lo que pensaba que era su nuevo puesto.

Cada vez que mi abuelo se dolía de algo o se quejaba Andy daba un aullido que te partía el alma. Ni el practicante se libró de la ira del bicho que, cada vez, que se acercaba al abuelo sufría el gruñido del perro, un gruñido amenazante que, no teníamos duda, significaba "si le haces daño te machaco".

Estuvo cinco días sin comer y apenas bebió. Una mañana que el abuelo se quedó dormido lo encontramos discretamente sentado al lado de la cama lamiéndole la mano como si así quisiera transmitirle algo de su energía, otra vez que se quedó profundamente dormido entró como un rayo en la habitación y ladró hasta que el abuelo se despertó y lo mandó a la mierda. Lejos de enfadarse movió el rabo y se volvió a tumbar en el pasillo. Cuando mi abuelo salió de la habitación por su propio pie se levantó a su paso, andó con él un poco, esperó a que le pasara la mano por la cabeza y se volvió a su caseta. Comió como un puto bestia, se hinchó de agua y aquella misma tarde reventó a dos gatos de la fábrica de al lado me imagino que para demostrarse así mismo que estaba todavía en forma.

El demonio disfrutaba de su status, demasiado diría yo, y sus ataques de cólera se hicieron más constantes hasta que un día, simplemente, no nos dejó salir de casa. Se apostó en el portal y nos ladraba a nosotros para evitar que nos enfrentáramos por nosotros mismos a los peligros del exterior. Aquello fue demasiado y el abuelo decidió, por fin, deshacerse del perro. En el proceso de buscarle una casa o un manicomio Andy tuvo tiempo para su última fechoría. Sin saber por qué atacó a un trabajador de la fábrica, Paco, al que le desgarró el hombro de un bocado. Zacarías lo entregó al veterinario con lágrimas en los ojos.

Hace poco hemos vuelto a recordar al dichoso perro. El abuelo, sentado en el sofá de orejas, me contó que siempre tuvo la impresión de que todas esas ganas de agradarlo se debían a que se había criado sin su madre, por alguna razón el abuelo sigue creyendo que el bicho infernal era así porque su dueña le contó que se lo entregaron siendo menos que un cachorro porque la madre había muerto y que, desde entonces, estuvo buscando una familia a la que contentar. Como nadie se había preocupado por enseñarle que se podía ser igualmente querido por hacer cosas buenas Andy se dedicó a cuidar y nada más que a cuidar del modo extraño en el que él percibía que había que hacerlo: creando una especie de perímetro de protección alrededor de los que quieres sin permitir que nadie los traspasara por miedo a que aquella felicidad desapareciera por completo. Daba igual que la felicidad tuviera el precio terrible de tener que pasarse la noche cazando y masacrando bichos, siendo torturado por la idea de que todo lo que conoces podría desaparecer si no estás todo el tiempo protegiéndolo. Recordó la lealtad a prueba de bombas del perro, la forma en la que le lamía las manos y, sobre todo, la forma en la que Andy se comportaba cada vez que el abuelo se sentaba en algún lado a descansar. El perro estaba allí, silencioso, mirándolo, esperando que Zacarías le pasara la mano por la cabeza y se la acariciara un poco, que le permitiera lamerle la mano. Esa mano a la que le faltan dos dedos volados por una bomba perdida: el abuelo, siendo niño, perdió a sus padres y tuvo que abandonar un hogar cómodo y una vida normal de niño para dedicarse a trabajar como un adulto y a guardar el ganado de otros. Un día, pocos meses después de la Guerra Civil, el abuelo se encontraba con otro niño en el campo. Sintió frío y ambos comenzaron a buscar madera para hacer una hoguera. La hicieron, por desgracia, encima de una granada escondida que estalló con el calor provocando el accidente.

El abuelo había vivido la desintegración de su familia: primero los padres, luego parte de los familiares fusilados en la Guerra, la protección de un hermano fugitivo al que buscaban para darle el paseo y la de una hermana.

Es fácil entender porqué se entendían tan bien o, por qué el abuelo creía entender las motivaciones del chucho. Mi abuela más práctica dijo: "Ese bicho estaba loco y ya está". El abuelo la miró y miró a la ventana sonriendo. Luego cambiamos de tema.

domingo, 25 de octubre de 2009

El "jevi" con más enemigos del mundo...


De todos los misterios de la historia de la música seguramente el más sorprendente sea el de la supervivencia del heavy Metal. Los directores, Sam Dunn y Scot McFayden, estudian el fenómeno de la "lon-heavy-dad" en su documental "Metal: a headbanger´s journey"(2005) haciendo un estudio antropológico de las raices del sonido metalero y de las circunstancias sociales que afectan a un fenómeno musical que emana de los cinturones industriales de las sociedades industriales y que ha acabado convirtiéndose en un fenómeno transversal seguido con el mismo énfasis por un paleto del medio Oeste Americano, un estudiante de Informática sueco o un pijo de La Moraleja. Curiosamente mientras otras tribus urbanas han desaparecido antes de los años 90, los "jevis" han convivido con todas las modas posibles sin apenas sufrir bajas o deserciones.

Excesivo en todas sus formas (heavy, trash, power...) alberga en sus casi cuarenta años de historia (las primeras bandas de rock duro aparecieron a comienzoz de los 70) algunas de las mejores anécdotas de la historia de la música popular y ha lanzado al estrellato a tarugos de todo el planeta. Ozzy Osbourne, King Diamond, Alice Cooper, John Bonham, James Hetfield, Lars Ulrich, Bon Scott, Lemmy Kilmister, Tommy Lee, David Lee Roth, Axl Rose y un largo etcétera de celebrities han llenado páginas y páginas con sus devaneos, chifladuras, peleas, ligoteos...

De todos ellos, sin embargo, me quedo con la historia de Dave Mustaine. Dave Mustaine comenzó su carrera de "Rock Star" en Metallica. Aguantó en dicha banda sólamente un año y, pese a su pequeña militancia, ha sostenido durante toda la vida que él y James Hetfield, cantante y segunda guitarra de Metallica, fueron los verdaderos padres del Trash Metal. Mustaine y Hetfield tenían mucho en común, ambos eran californianos y eran unos mostrencos que se pirraban por las strippers de enormes pechos, el alcoholazo y las drogas. Los dos soñaban con tener una mansión con un garaje enorme para guardar una colección de coches, eran conservadores convencidos y pensaban que las armas de fuego molaban bastante. Ambos eran de baja extracción económica y contaban con una pobre formación académica y pronto se hicieron inseparables. Mustaine comenzó a demostrar que las drogas y el alcohol le sentaban bastante mal y muy pronto, incluso antes de que Metallica se convirtiera en "ese Monstruo", ya daba muestras de no dar pie con bola en los conciertos, a los que asistía chuzo, y de cierta conducta errática.



En cierto modo Mustaine pensó que su amistad con Hetfield estaba construída a prueba de bombas y los dos tenían como objetivo de sus bromas al batería de la banda llamado Lars Ulrich. Ulrich, en realidad, era la némesis de ambos: europeo y nacido en una familia acomodada Lars se trasladó a California cuando su padre lo inscribió en una Academia de Tenis donde, a priori, debería de completar su educación para convertirse en una estrella del deporte de la raqueta y la pelotita. Su padre, Torben Ulrich, era un tenista chiflado amante del arte, la música y del cine que le transmitió esas pasiones y otra más importante: la ambición de ser el mejor hiciera lo que hiciera. Ulrich se enfrentó a su padre para decirle que no volvería a coger una raqueta y que se convertíría en batería y Torben le dijo: "hazlo pero no pierdas el tiempo y conviértete en el mejor".

Ulrich era un empollón (algo no tan poco habitual entre los metaleros) y los otros dos miembros unos descerebrados...pero con lo que no contaba Mustaine era con que Hetfield era aún más ambicioso que Ulrich y que ninguno de los dos tendría empacho en despedirlo de la banda en cuanto su conducta pusiera en peligro el objetivo final de ambos: ser la banda más famosa del mundo.


Mustaine se convirtió en un malrollero constante y en un bromista pésimo: no sólo martirizaba a Ulrich también Don McGovney, el primer bajista que tuvo la formación,  fue objetivo de sus cosejas. La más sonada: estando completamente borracho tuvo la ocurrencia de derramar una lata de cerveza sobre las pastillas de su bajo. Cuando McGovney lo encendió recibió una descarga que, me imagino, le erizaría la melenaza y lo lanzó contra una de las paredes provocándole un shock brutal.

Pese a todo Mustaine viajó con Metallica a Nueva York para grabar el primer disco de la banda pero, dos noches antes de entrar en el estudio, protagonizó una sonada borrachera. Ulrich, muy ladino, convenció a Hetfield para que sustituyera a Mustaine la mañana misma de la gran resaca y así lo hicieron. Para más inri, ambos, que tienen fama de ser algo agarrados, sólo fueron capaces de comprarle un billete de autobús y de empaquetar sus cosas para que se las llevara de vuelta a California.

Al pobre guitarrista, famoso por ser pelirrojo, se le vino el mundo encima e intentó jugar la carta de la amistad con Hetfield pensando que eso le salvaría de la quema pero, ah la ambición, el frontman de Metallica lo largó con cajas destempladas.

El viaje de vuelta a casa fue demoledor...y largo. En él Dave Mustaine pensó todas las venganzas posibles contra el "traidor hijo de puta" de Hetfield y contra el "danés maricón". Pensó en matarlos, eso ha confesado, mientras leía un panfleto político en el que descubrió el término "Megadeath". Dicha palabra es la que el ejército americano utiliza para referirse a un conflicto en el que se ha alcanzado el millón de víctimas. Obviamente inspirado por las imágenes de millones de cadáveres apilados Mustaine decidió tomárselo con calma por primera vez en su vida y dibujar un plan de venganza terrorífico: se conjuraría para fundar la mejor banda de Trash Metal del mundo, la banda más grande de la historia, aquella que borraría a esos hijos de puta de Metallica de la faz de la tierra.


Un año después de aquello Mustaine vio como su antigua banda, sin su permiso, incluía cuatro de sus temas en el disco Kill´em All", ese primer album que nunca llegó a grabar, y juró venganza contra el sustituto Kirk Hammett al que consideraba indigno de tocar su música. Para su desesperación Metallica alcanza un discreto éxito de ventas (300.000 discos...aunque a día de hoy ya van por los casi 4 millones) pero un gran éxito de crítica que se ve refutado al año siguiente con la publicación de "Ride the lightning" que se convierte en la confirmación de la banda y los lanza hacia las grandes giras...el disco incluye, como no, dos canciones co-escritas por él y Hetfield. También se había negado a que aquellas canciones fueran grabadas por nadie.

Mientras sus ex amigos triunfan él funda Megadeth que convierte rápidamente en su propio monstruo. Incapacitado para aceptar que siempre sería considerado un segundón, más que nada porque él mismo se posiciona siempre como un tipo resentido incapaz de olvidar a su primera banda y aceptando por tanto que son mejores que lo que tiene entre manos, Dave Mustaine además compite contra sus propias adicciones y su absoluta y total carencia de habilidades sociales que lo hace enfrentarse con todo el mundo: prensa, discográficas y, sobre todo, compañeros de escenario.


A través de los años 80 Mustaine se pelea con Slayer, Guns & Roses, Anthrax, Pantera...en lo que parece más la rabieta de un tipo más interesado en echar mierda a los demás y en clamar por su propia autenticidad frente a otros grupos competidores a los que, magnánimamente, califica de "putos fraudes" que en disfrutar del propio éxito. Mustaine, conscientemente o no, se enroca en el sonido de su banda que, al finales de la década comienza a recoger los frutos de su trabajo pese a que el consumo de alcohol, drogas y las facturas de los topless más chungos pudieran decir lo contrario. Siempre encabronado e incapaz de no entrar al trapo de cualquier puya lanzada por el malvado Lars Ulrich, un cabrón con pintas, se las ingenia para esconder su evidente talento como guitarrista y aparecer ante los medios como un retrasado o un rencoroso. Sus logros son innegables (Megadeath está considerada con una de las mejores bandas de metal de todos los tiempos junto a Slayer, Anthrax y, como no, Metallica) pero nada hace pensar que Dave haya sido feliz ni un sólo instante de su dilatada carrera profesional.

En 1992 los cucos directivos de MTV le encargan cubrir la Convención demócrata de la que saldría elegido Bill Clinton a sabiendas de que Mustaine es un conservador convencido que cree que el Partido Republicano es demasiado blando y se crea alrededor de sí mismo la imagen de ser un "real american" ("auténtico americano" o, lo que es lo mismo, "chiflado patriota enamorado de las barras y estrellas). Como la fama le gusta entra en una especie de espiral de creación menos ruidosa y más clásica pero, curiosamente, Ulrich declara que le gustaría ver como Megadeath hace un sonido más duro. Mustaine incapaz de aguantar que nadie le diga lo que tiene que hacer vuelve al Trash y se cuelga con el noise...mientras, paradójicamente, Metallica saca entre 1996 y 1997 dos discos clasificados como "Rock alternativo", se cortan las melenas y abandonan el logo que los identifica. Dave, encabronado, tacha el nuevo trabajo de Metallica como de "porquería" e invoca por enésima vez la autencidad de su sonido. Esta vez la deriva de Metallica hacia un sonido aparentemente más comercial es tan grande que la gente le hace caso...


Como se cree sólo en la cumbre o está demasiado ciego para darse cuenta de que está acompañado rápidamente comienza a perder el interés por la música y se dedica a intentar concienciar a la gente para "echar a esos comunistas que ocupan la Casa Blanca". Sí, a finales de los 90, Dave Mustaine que había reconocido haber renunciado a su fe protestante para abrazar los cultos chiflados de la new age (esa brujería moderna) y enredar un poco con el satanismo se embebe de nuevo del significado de la Biblia, vuelve al rebaño conservador, renace como cristiano y comienza a leer sobre todas las conspiraciones posibles que tienen quen ver con un gobierno judío en la sombra que actúa con la connivencia de las poderes ocultos de la masonería y que está, a su vez, dominado por unos extraterrestres reptilóides que viven entre nosotros con forma humana y que están dirigidos por la Reina de Inglaterra. Chiflado, ayuda bastante ser drogadicto y alcohólico para creerse esas cosas, le da por tragarse todas las porquerías que encuentra por internet y a ser un abanderado de esas ideologías conspiratorias que creen que quieren ponernos a todos un chip.

Con los Megadeth de capa caída en 2001, Marty Friedman el guitarra se había marchado para iniciar una carrera como presentador en la televisión japonesa porque estaba harto de aguantar el mal rollo general, reaviva la enemistad con Metallica. Un año antes  habían llevado a juicio a Napster y curiosamente la imagen que Mustaine había intentado transmitir de Metallica era la que aparecía en los medios: Metallica eran unos cabrones codiciosos, unos fríos empresarios con pelo largo que no tenían empacho en revolverse en contra de cualquiera que amenazara sus beneficios, eran unos falsarios, malvados hasta la médula...¡Eran un fraude! ¡Unos vendidos sin talento!


El proceso debilitó hasta límites insospechadoss a Metallica que vio como su fama se esfumaba y las peleas entre sus miembros crecían y crecían. El ideal de Ulrich y Hetfield se tambaleaba y amantes de la lealtad ferrea al proyecto vieron con malos ojos que el bajista Jason Newsted tonteara con un nuevo grupo llamado EchoBrain. Ulrich era de los que opinaba que aquella gilipollez restaba tiempo de ensayo y concentración al bajista y Hetfield obstaculizó cualquier posibilidad de que Newsted publicara un disco con su proyecto paralelo. Harto Newsted decidió largarse justo en el momento en el que Metallica intentaba grabar un nuevo disco. Por si fuera poco las malas relaciones de la banda, reflejadas en el megadocumental "Some kind of monster", terminan con el ingreso de Hetfield en una clínica de desintoxicación. El proceso dura casi un año y, ese momento de debilidad, es aprovechado por Mustaine para intentar darle la estocada mortal a Metallica: anuncia a bombo y platillo (bueno, no tanto, sólo en la revista Kerrang) que va a fichar a Jason Newsted como bajista de Megadeth. Lo curioso es que no se lo ha comunicado al bajista de su banda, David Ellefson, que flipa con la noticia de la que se entera, como si fuera un presidente del Estado Español, por la prensa. Flipa más cuando Newsted dice que en su vida tocaría para un chiflado como Mustaine.

Mustaine acaba de dar la puntilla a su propio grupo y en 2002 anuncia la disolución de Megadeth (está enfermo y quiere desintoxicarse entre otras cosas) mientras que Metallica en 2003 vuelve por la puerta grande con el album "St. Anger" que vende 2 millones de discos.

En 2004 Metallica estrena el documental "Some kind of Monster" en el que se resumen todos los problemas de la banda (y que se mueve muchas veces en la comedia pura...sobre todo en las escenas en las que Ulrich, Hammett y el productor Bob Rock acuden a un concierto de la banda de Newsted para hacer las paces con él y este se despide a la francesa sin querer saludarles). Durante la grabación de dicho documental, que abarca una especie de rpoceso de terapia psicológica Ulrich y Hammett invitan a Mustaine a una de sus reuniones de terapia para que se exprese toda la frustración que le supuso su paso por la banda. Acude de buena fe y es grabado pero, cuando sale de allí, se arrepiente y les informa de que no pueden utilizar ese material. Se lo pasan por el forro y lo montan en la versión final.  Mustaine toma esto como la "última traición" y anuncia la vuelta de Megadeth a los escenarios.

Desde entonces el concurso de Megadeth ha sido decepcionante. Mustaine ha recuperado su faceta de chiflado por la "libertad y la individualidad" y se ha convertido en una caricatura de sí mismo volviendo al ruedo, la mayoría de las veces, para clamar a favor de una mano mucho más dura contra Irak y convertirse en un conspiranóico de libro. Curiosamente sus opiniones políticas, que suelen ser las mismas que las de Hetfield que declaró sentirse muy orgulloso de que su música sirviera para torturar a los presos de Guantánamo, siempre suenan mucho más estridentes y más chungas. Más de coña. Relegado a la categoría de caricatura Mustaine dijo estar convencido de que existía un plan para implantar un chip a todos los americanos y de que Rockefeller (la familia, no el muñeco) estaba detrás de un nuevo plan de dominación mundial que llegaría a su culminación en 2012. Este mismo año, y ante la bajísima repercusión de su nuevo album "End Game" (inspirado en el conspiranóico documental del mismo título firmado por Alex Jones), ha vuelto a las andadas declarando que Barack Obama es una especie de agente doble, un negro resentido y un mal presidente colocado ahí por la malvada ONU que, al parecer, es la institución a la que quiere entregar el control del gobierno norteamericano. Dicha filosofía se recoge en el disco y en esta entrevista concedida al siempre divertido (desde una siniestra perspectiva) Alex Jones.



Sin duda es un testimonio que nos hace dudar sobre si ha abandonado de verdad las drogas.

Por si fuera poco, y en plena promoción, Mustaine concedió otra entrevista a un medio noruego en el que volvió a cargar contra Metallica. La periodista, Kristin Winsent, una reputada metalera, publicó la entrevista íntegra pese a que, desde la promotora de Megadeth, se prohibió cualquier mención al manido tema. El frontman pelirrojo lanzó un comunicado en el que amenazaba a "ese periodista" con mandarlo al hospital por publicar falsedades. El medio, Lydverket, se vio en la obligación de publicar el vídeo con la entrevista íntegra para demostrar que no mentían dejando a Mustaine en muy mal lugar.

El futuro de Megadeth, además, se enfrenta a un episodio mucho más doloroso para su fundador: una gira en la que compartirán cartel con Slayer...banda a la que se enfrentó en el pasado y que convirtió en otro de sus enemigos mortales. Mientras que Mustaine se pelará este año el culo tocando por Canadá y en algunas salas de Europa arrastrando sus malas vibraciones por todo el mundo, Metallica ha vuelto por la puerta grande con su disco Monster Magnet y ha convertido su megagira mundial en un exitoso tour donde no han dejado de recoger todo tipo de elogios...si yo fuera Dave Mustaine también pensaría que todo el mundo se ha vuelto contra mí y que los hilos de mi destino están siendo manejados por un retorcido cabrón, posiblemente ese "europeo maricón" que toca la batería con los que solían ser mis amigos.

viernes, 4 de septiembre de 2009

La historia de Claude Eatherly


El día 6 de agosto de 1945 un bombardero B-29 llamado "Enola Gay", y pilotado por Paul Tibbets, despegó de la base de Tinian. Junto a él volaban dos bombarderos auxiliares más bautizados como "Great Artiste" (cargado con material de medición) y "#91" o "Necessary Evil" (cargado con cámaras fotográficas y de cine).


Las tres naves cumplimentaron la primera parte de su misión alcanzando las costas de Iwo Jima y encontrándose a 2440 metros de altura con otros tres bombarderos: el "Straight Flush" comandado por Claude Eatherly y otras dos aeronaves encargadas de darle cobertura a esta.


Si el "Enola Gay" iba a ser el encargado de culminar la misión expulsando de su vientre a Little boy, el inofensivo nombre con el que se bautizó a la primera bomba atómica que se lanzaría sobre población civil, la del "Straight Flush" no era menos importante: Eatherly era el encargado de seleccionar el objetivo sobre el que caería la bomba atómica. Lo encontró en un claro de nubes de dieciseis kilómetros cuadrados que se abría encima de Hiroshima. El Piloto informó a Tibbets de la velocidad del aire en la zona y de la temperatura para que la bomba no fallara su objetivo designado en la ciudad escogida: El puente Aioi.


Eatherly hizo su trabajo y vio como los tres B-29 se elevaban surcando el aire para alcanzar la ciudad. Un poco antes de las 8.15 de la mañana Enola Gay sobrevuela el área urbana de Hiroshima a 8995 metros de altura y suelta la carga que, sólamente media hora antes, había sido cargada para la misión. En menos de 55 alcanza la altura prevista para su explosión, unos 500 metros sobre el cielo de Hiroshima, y estalla produciendo una bola de fuego que eleva la temperatura hasta el millón de grados centrígrados en menos de un segundo. El hongo nuclear se eleva y se eleva y el artillero de cola Bob Caron registra con su cámara el momento temiendo que Little Boy los arrastre con él hacia ese infierno de fuego y humo violaceo que ha desencadenado allí abajo. Exactamente Little Boy ha fisionado un 1.38% del material con la que va cargado, los suficientes para deflagar 13 kilotones de TNT y destruir unos doce kilómetros del área urbana de la ciudad.


La aeronave está completamente en silencio y solo Robert Lewis, copiloto de la nave, dice: "Dios mío ¿Qué hemos hecho?".


El Enola Gay se aleja del lugar mientras que la Cadena Nacional de Radio japonesa, NHK, ha detectado que la ciudad de Hiroshima ha desaparecido de la emisión. Simplemente se ha esfumado.


Días más tarde ya se saben las brutales cifras: 70.000 muertos y otros 100.000 heridos de diferente gravedad que han emergido de las ruinas como muertos vivientes en medio de un paisaje arrasado y por el que son incapaces de orientarse. Muchos de ellos, los que están mejor, buscan el Hospital de Shima, el más grande de la ciudad, sin saber que Eatherly, ha hecho mal los cálculos de viento y la bomba no ha caído sobre el puente de Aioi si no sobre el edificio del hospital que se encuentra a menos de 300 metros. La mayoría de los médicos y enfermeras destacados en la ciudad han muerto, los que están vivos se enfrentan al caos y la falta de medios que ahoga a Japón en las últimas fechas de la guerra pero también al desconocimiento de la naturaleza a la que se enfrentan: la radioactividad liberada por la bomba.


En la base de Tinian Claude Eatherly, el piloto del "Straight Flush" se siente mal y no puede dormir: Es atendido en la enfermería y se le suministran analgésicos porque se queja de que le duele la cabeza.


El 9 de agosto el B-29 bautizado como "Bocks Car" parte hacia Kokura portando consigo una nueva bomba atómica conocida como "Fat man". Kokura está completamente cubierta por las nubes y hay cierto desconcierto en el aire porque uno de los bombarderos de cobertura se retrasa. Cuando la misión lleva ya dos horas de retraso Charles Sweeny, piloto del aparato principal, decide poner rumbo hacia el segundo objetivo: Nagasaki. Antes de las 11 descubren un hueco entre las nubes y a las 11.01 la bomba cae sobre el centro neurálgico de la ciudad liberando, esta vez, una fuerza de 22 kilotones.


Eatherly, a lo lejos, cree sentir la enorme deflagración y, por primera vez, despierta gritando y pensando que el cerebro se le fríe dentro del cráneo. No lo sabe pero a seiscientos kilómetros de distancia de la zona cero un niño llamado J. G. Ballard,prisionero del campo de prisioneros que está pegado al aeródromo de Lunghua, también cree ver dicho destello, una luz blanca iridiscente que lo estremece. Días después alguien le cuenta que aquella es la bomba atómica que los americanos han lanzado sobre dos ciudades. Las define como "dos pedazos de sol". J.G. Ballard sobrevive a la II Guerra Mundial, a su cautiverio, al ejército japonés como niño y, como adolescente, tiene que sobrevivir a la indiferencia de sus padres y al abandono en una institución escolar inglesa que, cuenta, le hubiera recordado al campo de prisioneros si no fuera porque la comida allí era peor. Después se hace aviador y después escritor de éxito de ciencia ficción. Ballard, en 1984, publicaría "El Imperio del Sol" contando su cautiverio y en 1991 la segunda parte titulada "La bondad de las mujeres". Entre tanto Spielberg lo hizo famoso adaptando su novela al cine.


Pero Eatherly murió seis años antes de que todo eso ocurriera y jamás conoció a Ballard.


Eatherly se hace famoso por su conducta errática y abandona el ejército en 1947 con una condecoración, la Air Medal, colgando del pecho. El abandono es forzoso y se le acusa de haber falsificado una prueba escrita. Algo absurdo porque es licenciado con honores.


Los norteamericanos han ganado la Gran Guerra, la que parece la guerra definitiva demostrando que lidera el Mundo Libre y que puede manejar con una sola mano al mundo que, al otro lado del charco, se está construyendo Stalin. Los episodios gloriosos se han multiplicado desde Normandía a Guam y los veteranos son recibidos y tratados como héroes, cobran pensiones vitalicias, ventajas a la hora de reiniciar sus estudios, se les da prioridad a la hora de ocupar cualquier puesto de trabajo para el que estén cualificados y todas las empresas del país se pegan, literalmente, por contar con algún héroe condecorado por haber saltado sobre un nido de ametralladoras japonesas o que haya pertenecido a la Compañía Easy.


El subconsciente norteamericano intenta pagar con comodidades el complejo de culpa que siente por haber mandado a una generación de jóvenes al matadero. La visión del horror no mutila miembros pero ha dejado a muchos para el arrastre, al mismo ritmo que avanza la cómoda postguerra se multiplican los episodios de veteranos aquejados por stress postraumático o sentimiento de culpa. Es el caso de Claude Eatherly que no consigue calmar sus demonios interiores.


Muchos veteranos han tomado la carretera, comprado coches viejos o motocicletas Harley y vestidos con la ropa de batalla de sus viejos uniformes, a los que convenientemente han arrancado galones e insignias, y se dedican a recorrer un país que defendieron pero que no conocen. Jack Kerouac inmortaliza a algunos de estos personajes en "El camino", la novela que inauguraría a la generación Beat, algunos de ellos constituirían los primeros club de motos, conocidos como el "1%" por ser los peores pendencieros borrachos y forajidos de las carreteras de la Gran América. Años más tarde aquellos clubes cristalizarían con la fundación en Oakland del primer capítulo del club de motos de los Hells Angels capitaneados por un jovenzuelo Sonny Barger.


Eatherly, nacido en Texas, intenta regresar a casa pero se pierde por el camino. Sólo camina erráticamente buscando acomodo. Reside un tiempo con su hermano y le confiesa que pasa las noches despierto por miedo a que vuelvan las pesadillas en las que el cerebro se le fríe dentro del cráneo. Se siente responsable de la muerte de todas y cada una de las víctimas del bombardeo porque, al fin y al cabo, él fue el que eligió Hiroshima, el que erró en el cálculo del viento para que la bomba cayera sobre el hospital (aunque 300 metros más o menos no hubieran evitado la tragedia) y, lo que es pero, le perturba que la segunda ciudad elegida, Nagasaki, fuera el refugio elegido por las autoridades japonesas para albergar a algunos de los supervivientes de Hiroshima que fallecieron o vieron pasar ante sus ojos el terror nuclear por segunda vez como si el Emperador Hiro Hito estuviera pagando una especie de karma instantáneo por las atrocidades cometidas en el Pacífico.


Eatherly, completamente colgado, comienza a remitir parte de los cheques de sus pagas de veterano a la ciudad de Hiroshima acompañadas por lacrimógenas y desesperadas cartas de disculpa que nadie quiere contestar. Las autoridades militares se enteran de que un héroe condecorado está haciendo mucho escándalo y deciden ingresarlo. Es en el manicomio para veteranos donde cuenta que "ve a todas aquellas personas perecer en un cementerio ardiente". Se le diagnostica "sentimiento de culpa extremo" y "stress de combate". Al parecer la conciencia se le ha despertado por completo. Su actitud no gusta porque cuestiona el ideal del "héroe de guerra".


Liberado y diagnosticado como enferme mental el ejército se encarga de hacer que su vida se olvide y de que pase lo más desapercibo posible. Sus cheques de disculpa son interceptados y devueltos a la familia. Contacta con grupos pacifistas yconsigue colar uno de esos cheques entre la correspondencia internacional y es recibido por una asociación de ayuda a los niños de Hiroshima sita en Tokyo.


Deambula por todo el Sur haciendo el papel de forajido. Atraca bancos con pistolas de juguete, coge el botín y lo tira a pocos metros del lugar de los hechos desesperado porque nadie le ha disparado, asalta gasolineras para llevarse algo de comida que devuelve arrepentido y es detenido unas cuantas veces y metido en diferentes celdas de todos los estados del Sur. Paradójicamente su condición de veterano le libera rápidamente de cumplir ni un solo minuto de condena por todos los actos desesperados o chiflados que, nadie tiene duda, son los actos de un pobre loco. Pero la paciencia, incluso la del ejército, tiene un límite y de cuando en cuando lo obliga a pasar unas vacaciones de baños helados y electroshocks a costa de los fondos del Hospital de veteranos de Waco (Texas) donde bien se podría haber desarrollado la acción de "Alguien voló sobre el nido del cuco". Allí se le vuelve a diagnosticar: trastorno ansioso y esquizofrenia.


Ser esquizofrénico y tendente a la ansiedad en unos tiempos como los de la Guerra Fría debió de ser una tortura para Earthley que vio la Guerra de Corea como una nueva señal de un inminete Apocalipsis.


Se lanza de nuevo a la carretera y es pillado por falsificación en Nueva Orleans cuando intenta cobrar un cheque falso muy burdamente manipulado. Le cuesta un año en la cárcel que cumple entre 1954 y 1955. Nada más salir atraca dos tiendas en la zona deprimida de Texas, las tiendas elegidas por Claude son, además, oficinas de correos con lo que su delito se convierte en un delito federal perseguido más duramente por la ley pero su condición clínica de "chiflado" le exime de ir la la cárcel y es declarado culpable en 1957 para volver al hospital de Waco. Sale y sigue dando problemas por lo que en 1961 su mayor aliado, su hermano, lo denuncia ante los tribunales de Texas para que lo inhabiliten y le permitan tener su guardia y custodia pero Eatherly gana de nuevo y se queda en el hospital.


El caso de Eatherly llega a oídos del filósofo austriaco Günther Anders que comienza a cartearse con el ex piloto que le cuenta su caso y le transmite todos su terrores. Anders hace público el caso ante el mundo y, rápidamente, comienza a extenderse por todo Estados Unidos una campaña de descrédito que parece bastante medida: Eatherly es un peligroso elemento, un alcohólico y ludópata que ha enfermado por sus propios vicios. Es más, sus alucinaciones, que son consecuencia de su esquizofrenia tienen su raiz en el rencor que el piloto alimentó contra el ejército después de no ser elegido para pilotar el Enola Gay.


La esquizofrenia de la Guerra Fría se escenifica en el caso de Eatherly, una esquizofrenia dolorosa y grotesca y muy militar que Thomas Pynchon representaría luego en su novela más grande titulada "El Arco Iris de gravedad" y que estuvo a punto de ganar el Pulitzer si no fuera porque todavía en 1973 Estados Unidos era una nación complejosa a la que la obra de Pynchon le pareció demasiado moderna como para convetirse en un clásico. Para limpiar su conciencia le concedieron el otro, el National Book Award. Muy dolido por ese enjuague Pynchon no atracó una tienducha con una pipa de mentira y luego devolvió el botín. No. Contrató a un payaso para ir a recoger su premio.


Eatherly siguio escribiendo cartas respetuosas, pidiendo la atención para explicar por qué detestaba la guerra, procuró mil vces formar parte de algún acto de contricción que le permitiera pedir perdón a los japoneses, a los vecinos de Hiroshima pero siempre se le trató de loco pese a que muchos de los que le conocieron dijeron de él que era "la persona más cuerda y sensible que habían conocido en su vida". Sin embargo el ejército sigue desacreditándole con el testimonio de su primera mujer (que dice que Claude era un bicho raro y vengativo) y con los de algunos ex compañeros de vuelo que sacan pecho diciendo hasta el día de su muerte que ni se arrepienten, ni se arrepentirían jamás de haber lanzado esas bombas y que, si el gobierno se lo pedía, volverían a lanzarlas. Claude Eatherly era un chiflado, un vicioso y ahora, además, un cobarde. Tibbets y Sweeny mantendrían hasta el final de sus vidas la pose de cowboy del cielo que
Slim Pickens, haciendo de Mayor "King" Kong, intepretaba en "Telefono rojo: Volamos hacia Moscú" (1964). Otra obra que reproduce en forma de comedia el terror de morir achicharrado en una guerra nuclear.
Evidentemente nadie mueve un dedo ni pide la liberación de un hombre que es tratado como un preso político y que vive apresado por un sentimiento de culpa enorme, inaprensible, que de liberarse alcanzaría los sesenta o setenta kilotones. Son tiempos dificiles, extraños, de conflagración y la disidencia no está ni siquiera demasiado permitida a la neutral Suiza porque todos los seres humanos, de pronto, tienen que militar en cualquiera de los dos bloques y la guerra soterrada que no se vive en frentes abiertos y que trata de mantener el delicado equilibrio entre dos potencias armadas hasta los dientes con bombas cien veces más potentes que las liberadas en Hiroshima no pueden permitir el crecimiento de disidencias, ni de, claro está, desequilibrados dispuestos a sentir compasión o ser seducidos por algo que no sea el patriotismo y la razón de estado.


Acallado y aún más loco Claude Eatherly, piloto condecorado con la Air Medal, parte de la tripulación de la superfortaleza del aire "Straight Flush", que decidió el lugar exacto en el que cayó la primera bomba atómica lanzada sobre población civil y que pasó toda la vida torturado por esa decisión (que costó cerca de 200.000 vidas) muere en el Hospital para veteranos de Waco (Texas). Recibiendo el castigo de morir sin castigo.


Nota del Insustancial: La foto que acompaña esta entrada fue tomada por Richard Avedon en 1963 al propio Claude Eatherly.

sábado, 15 de agosto de 2009

Echar un clavo


Dicen que la expresión "echar un clavo" se remonta a los tiempos del descubrimiento de América. Cuenta la malsana leyenda negra que, nada más llegar Colón a América, los gallardos marineros españoles se aburrían como las ostras. Bien sabe Alá que nuestro carácter es muy parecido a nuestra gaseosa, es decir, que al igual que esta pierde el gas al poco tiempo de estar abierta la botella nosotros perdemos el interés por cualquier cosa apenas unas fecha después de que esta pueda ser considerada como una novedad.

El caso es que el personal se aburría y que los marineros andaban mascullándose de que aquello era un paraíso en la natural pero que ni el oro florecía en los árboles, ni había rastros de que existiera un sitio llamado Fuente de la Eterna Juventud donde tomar las aguas y quitarse unos años. Para que nos hagamos una idea: los marineros tomaron la misma actitud de hastío y de "he tirado el dinero" que tienen los turistas al tercer día de estar comiendo filetes empanados en el bufet libre del resort vacacional.

Nadie sabe como, es una leyenda, pero alguno de ellos tomó conciencia de que aquellas muchachas autóctonas eran bastante más receptivas al sexo que nuestras paisanas españolas, seguramente porque estas andaban con los pechos al aire y, claro está, desinformadas de la opinión que sobre vestimenta y relaciones prematrimoniales tenía la Iglesia cristiana pre-cismática (no miren el libro de historia porque la opinión sigue inamovible desde entonces y es la misma que ahora: sexo no, dentro del matrimonio sólo para concebir y entre algunas ramas de la misma el sexo sólo está permitido si tiene caracter no consentido y se produce en una pareja en la que uno de los miembros es un menor y la otra una persona que haya sido ordenado sacerdote como puede verse en este interesante documental...ay, las manzanas podridas).

El caso es que sin lugares para el ligoteo tales como verbenas, bailes populares, discosteques, pubes etc. y mucho menos con lugares abiertos donde comprar una fruslería con un "hoy te quiero + que ayer pero - que mañana" los marineros se pusieron a darle al magín para saber qué utilizar en el cortejo de aquellas muchachas.

Lo encontraron en la fascinación que las personas autóctonas tenían por las cosas hechas con hierro, un material desconocido y que pronto descubrieron mejoraba bastante tareas como abrir cocos, calentar baldes de agua más rápidamente y cosas así.

El caso es que a uno de aquellos fogosos descubridores se le ocurrió regalar a una de aquellas muchachas un clavo de la embarcación y descubrió el buen efecto que los regalos que se hacen con el corazón y no por interés (como bien sabe el Presidente Camps) tienen en las personas buenas y también desinteresadas (el caso mismo de Camps).

Así poco a poco los marineros fueron arrancando clavos de las tres carabelas -exactamente de las dos carabelas y de la nao Santa María- hasta el punto de peligrar el encaje de las piezas de madera y convertir el descubrimiento en una clase acelerada para montar muebles de Ikea.

Dice la leyenda que, desde entonces, Colón prohibió que se arrancaran clavos de los barcos y que se restituyeran los robados (que no estaba el presupuesto para bromas) y, claro está, quedo eso de "Echar un clavo" sinónima de "echar un polvo", "casquete" o similar...

Pues nada, que aquí les dejo algo ligero para que se entretengan y, por cierto, ¿Cuál es su teoría al respecto?

lunes, 18 de mayo de 2009

Peligrosas paparruchas


Si voy a ver "Ángeles y Demonios" estoy seguro de que me voy a sentir igual que un neonazi leyendo "El niño del pijama a rayas". Más que nada porque el asunto va de una secta centífica, Los Illuminati, que quieren cargarse el Vaticano lo que me va a poner, irremediablemente, del lado de los malos pese a que tengo reparos arquitectónicos y conservacionistas sobre arte y arquitectura (esta mal cargarse el patrimonio cultural) y la ejecución de personas me parezca una forma algo ruda de llamar la atención (esta mal cargarse a la gente).

Dan Brown, el autor de esta y de "El Código Da Vinci", siempre me ha parecido un bulto sospechoso de muy poco calado intelectual que ha pretendido, y conseguido en parte, que un par de best sellers muy mal escritos pasen por ser obras serias de investigación histórica y, como tales, material perfecto para la controversia y la discusión de otros bultos sospechosos que se dedican a la investigación de "lo oculto".

El asunto de Dan Brown, y sus bien calculados pasos para hacer pasar una obra de ficción por un riguroso estudo, me recuerdan la historia de Maurice Joly. Joly fue un escritor satírico francés que en 1864 publicó "Diálogos en el Infierno entre Maquiavelo y Montesquieu", una obra provocadora en la que criticaba el gobierno de Napoleón III. La obra que enfrentaba el discurso de un liberal (Montesquieu) y un absolutista (Maquiavelo) fue arduamente perseguida en Francia y su autor encarcelado. Se suicidaría en 1871 francamente asqueado...y con razón.

Algún miembro de la Okhrana, la policía secreta zarista, halló este libro de Joly en Suiza, donde se editaba con regularidad, y pensó en utilizarlo para un fin mucho mejor: la creación de uno de los mayores mitos de la historia moderna que, no es otra, que "los Protocolos de los Sabios de Sión".

Publicados en 1903 "Los Protocolos..." son una "veraz" transcipción de las actas de los "Sabios de Sión", una malvada organización judía que tendría como objetivo aniquilar el orden establecido y, por ende, dominar el mundo...sin que faltaran ni las conexiones con los masones ni, claro está, las infiltraciones de los malvados judíos en el peligroso e incipiente movimiento marxista. Ni que decir tiene que la publicación de semejante "revelador documento" le venía como anillo al dedo a su Majestad el Zar que, curiosamente, tenía que justificar los pogromos (o linchamientos) de judíos que se producían por todo el país y, claro está, de paso eliminar a los masones (que por aquellos años detentaban el poder liberal frente a la monarquía) y comunistas (que ya comenzaban a hacerse populares por la madre Rusia).


Poco importó que en 1921 el periodista Philip Graves publicara en el diario The Times que dichos textos eran un plagio de la obra de Joly porque el texto ya se daba como auténtico en todo el mundo e, incluso, fue incorporado por Adolf Hitler algunos años después como argumento principal para justificar el genocidio alemán. Lo triste es que, actualmente, mucha gente sigue creyendo que el texto es cierto.
En 2005, un poco antes de morir, el dibujante Will Eisner (creador de Spirit y de tantas otras obras maestras) publicaba la novela gráfica "La Conspiración. La historia secreta de los Protocolos de los Sabios de Sión" (Norma Editorial) que esperaba sirviera para "acabar con este aterrador fraude vampírico". En él cuenta como se fraguó una de las mentiras más dañinas de la humanidad y una de las que peores efectos ha tenido sobre nuestro devenir contemporáneo en el último siglo. No os perdáis tampoco el emocionante prólogo de Umberto Eco en el que habla de la dificultad para luchar contra la mentira y, mucho más, cuando esta va disfrazada de documento histórica de gran importancia. Como para pedir que torpedeen la Nave del Misterio, vaya.
Y es que la mercanchiflería es un atrayente negocio que deja grandes dividendos (que se lo digan a más de uno que no se llama Dan Brown y que sigue teniendo la cara de presentarse ante la audiencia con la etiqueta de "riguroso investigador", "periodista de lo paranormal" o "resolvedor de misterios varios) pero en la mayoría de los casos sus infinitas dosis de ignorancia suelen salir bastante caras.