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martes, 27 de agosto de 2024

Religión forzosa


 

Otra de las recientes desapariciones que me han parecido destacadas, ha sido la de la actriz Gena Rowlands; siempre a un paso de ser una gran estrella, pero con un talento natural que la hizo brillar justo cuando otras inician la retirada. Rowlands poseía el magnetismo de un rostro insolentemente bello, del que no se podía apartar la mirada, y hasta en apariciones breves era capaz de llenar la pantalla con ese "dulce salvajismo" que transmitía a sus personajes. Conocida sobre todo por las intensas colaboraciones en los films de su marido, John Cassavetes, le costó abrirse un hueco en Hollywood, y no fue hasta ya entrada en la treintena, en 1962, que tuvo un papel en una gran producción, como fue THE SPIRAL ROAD. La paradoja es que la ambiciosa apuesta de la Universal, en realidad un mamotreto pseudo-evangelizador, quedó apenas como vehículo de lucimiento para un Rock Hudson que se revelaba incapaz de sostener por sí solo un film que parece realizado a pegotones, y deja la impresión de un extraño culebrón de dos horas y media, narrando las aventuras y desventuras de un arrogante médico destinado a las selvas de las antiguas Indias Orientales Holandesas, hoy Indonesia. Cierto que, más allá de la anécdota del debut, el papel de Rowlands se ve relegado al de la abnegada esposa de Hudson, angustiada por la obsesiva dedicación de su marido, y es una lástima que se desaprovechara su enorme carisma. Máxime porque en la dirección estaba Robert Mulligan, completamente perdido en una historia que no consigue manejar, y donde tampoco brilla mucho la partitura de un Jerry Goldsmith que intentaba sacudirse los standards televisivos.
Regular film, tirando a malo, pero que nos sirve para iniciar un pequeño homenaje a una actriz a la que sería de justicia reivindicar bastante más de lo que se hace.
Saludos.

viernes, 10 de octubre de 2014

La borrosa córnea de la infancia



La película de hoy no sólo no hay que desengancharla de ninguna parte (por lo que no pertenece al monográfico actual), sino que supone uno de los picos de mayor altura de eso que ahora está tan de moda y se hace tan rematadamente mal: el terror psicológico. Son legión, atestiguo, los films que, escudados en diversos espumillones visuales, intentan atrapar un intangible antojado vital para envarar el mecanismo, tan simple, tan inalcanzable, de la emoción pura, del recuerdo como pátina del presente. THE OTHER es mucho más de lo que cuenta, o de lo que parece querer contarnos, o de lo que nos dejamos contar y nos permitimos comprender; porque no es sólo un acendrado determinismo, ni un garante del lynchiano horror al gameto. Desde ya el primer y sublime fotograma, Robert Mulligan nos pone en situación con el complicado universo de dos gemelos, Holland y Niles, que viven en una granja repleta de recovecos y secretos... Está claro que debo resistirme a desvelar casi nada más, porque en el misterio reside la gran baza de esta obra maestra imperecedera e impermeable al paso del tiempo. Es verdad que su fabuloso guion (libre de toda sospecha de trampa) acumula casi todo el mérito de su macabro encanto, pero yo prefiero, muy por encima, una puesta en escena soberbia, de gótico derretido, casi casual. Mulligan consigue que durante hora y media sintamos ese momento decisivo de nuestras vidas, una infancia tan cálida en lo físico como gélida en lo psicológico. O, una pregunta, un horror, un misterio que parece pasar desapercibido para quienes ven a los niños tan sólo como seres que han de crecer.
Absolutamente magistral.
Saludos.

lunes, 10 de septiembre de 2012

Guiños en Technicolor



A finales de los cincuenta y principios de los sesenta, existe un intervalo temporal en el que las pantallas mascaban chicle y los tupés y las sonrisas eran todo lo que el luminoso sueño americano ofrecía para olvidar las penurias de una guerra que a las nuevas generaciones les sonaba ya un poco lejana. Era el momento de los Kennedy, de los Cadillacs, los Banana Split y la Coca-Cola con vainilla; el tiempo que se reabsorbía a sí mismo en un cinemascope gominolesco con faldas plisadas, chaquetas blancas, cardados imposibles y la sombra del matrimonio como fin último a esos locuelos jovencitos y sus locos cacharros... Así las cosas, no fueron pocos los directores de prestigio que tomaron las de Villadiego para refugiarse en proyectos que, efectivamente, entonces no eran alimenticios, pero que el tiempo ha colocado justamente en sitios menores de sus filmografías. Era el momento de las estrellas juveniles, como la modosita Sandra Dee y el chulo-pero-decente Bobby Darin; el momento de seguir vendiendo a un homosexual integral, Rock Hudson, como el prototipo perfecto de supervarón/megamachote; todo regado con la explosiva presencia sísmica de Gina Lollobrigida y la azul Riviera como telón de fondo. COME SEPTEMBER es incluso más intrascendente de lo que parece, pero hace falta un maestro como Robert Mulligan para manejar un desquiciamiento camp tan evidente; así, casi no nos chirrían los excesos paternalistas del potentado/eterno soltero Robert Talbot al llegar a su lujoso villorrio para encontrarse, como cada verano, con la lúbrica Lisa Fellini; ni que sus criados hayan convertido la mansión en un hotelito para sacarse unas perras mientras al dueño le da por venir; ni que cuatro veinteañeros de Connecticut, conduciendo un Mehari amarillo, terminen por plantarle una tienda de campaña en la puerta. Eso es mérito de Mulligan, sí. El resto son zambombas y chisporroteos, una sola canción (afortunadamente) interpretada por Darin y los dos puntos fuertes (el resto es decididamente prescindible): un impresionante bailoteo entre Hudson y la Lollobrigida (véase foto) y poder ver, aunque escasos minutos, al magnífico secundario Walter Slezak, de quienes pocos saben que, tras su oronda simpatía, se encontraba uno de los fetiches en la época muda de Dreyer y Curtiz en Austria. Ah, la menudencia es que también salía Ron Howard, pero no decía ni mú, aunque ya iba tomando notas, claro.
Saludos con Martini.






sábado, 13 de diciembre de 2008

Las cuatro esquinas

Si hay una película de la que se haya hablado hasta la saciedad, hurgando en cada detalle, descifrando nuevos códigos dentro de su "intrincada sencillez" y alabando prácticamente sin discusión posible sus genialidades y hallazgos, esa es, sin duda, TO KILL A MOCKINGBIRD. Sí, es una obra maestra, así que ¿para qué repetirnos?
Tras haber digerido adecuadamente los numerosos dardos de dignidad impartidos por Mr. finch & Co., ya sólo me queda centrarme en el esoterismo que desprende el circuito cerrado, a lo Peyton Place salvaje, que comienza a intuirse desde la descripción (minuciosa) del principio y que muy finamente va jugando con nosotros a las cuatro esquinas sin que nos demos cuenta, hasta soltarnos algo vapuleados en la inolvidable escena final, donde uno ya no sabe si sentir miedo, alivio o simpatía. Y es que los matices aquí son inaprensibles, se escapan igual que esa cámara que no enfoca, sino que vuela alrededor de los personajes y sus circunstancias, como el ruiseñor del título (¿Les suena todo esto a los incondicionales de BLUE VELVET y su escena final con el simpático pajarito?). TO KILL A MOCKINGBIRD es un fastuoso grand guignol de las miserias humanas y la imposibilidad de combatirlas con honestidad y ¿por qué no decirlo? cierta ingenuidad idealista. Pero nos quedaríamos muy en la superficie si obviamos la simbología sobre el difícil paso hacia la madurez, encarnado en el inolvidable personaje de Scout o la ambigüedad a la que nos vemos sometidos por nuestros repugnantes prejuicios "morales", cuando no simplemente estéticos, con los que Robert Mulligan se permite el intrigarnos con el falso cuento de terror que representa la figura ya mítica de Boo Radley, del cual dudamos de su existencia hasta, como digo, el final. La última esquina, la más importante, la que de verdad separa a este realista cuento de hadas de sus edulcorados clones, se encuentra en la sorprendente actitud de un tal Atticus Finch, un working class hero imperturbable y justo de imposible nombre e impecable traje sureño; un verdadero superhéroe de carne y hueso que no reparte hostias ni vuela sobre los edificios, sino que aguanta estoico que una alimaña le escupa mientras le refriega la superioridad de la maldad y que usa como armas una perspicacia y obstinación a prueba de bombas, cómo no de escupitajos e improperios.
Lecciones de humanidad y lecciones de cine, desprovistas de asfixiada moralina, con una mirada tan moderna que hace palidecer a Soderberghs y similares. Una obra maestra, una más.
Íntegros saludos.
... ¿Y todo esto lo ha hecho usted solo?...
No, necesité estar rodeado de siete mil millones de personas...

¡Cuidao con mis primos!