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martes, 20 de diciembre de 2011

Complejo, no enrevesado



Con la película de la que voy a hablar hoy, espero aclarar las dudas que pudiesen haber surgido respecto a la de ayer, pese a que ni tengan nada que ver una con la otra ni creo que pueda haber alguna duda de por qué aquélla es un galimatías perfectamente olvidable y ésta una obra maestra imperecedera y, sí, drásticamente rompedora. Primero por su complejidad. MONSIEUR VERDOUX descoloca al más pintado; crees estar viendo a un Chaplin maduro evocando sus gags de antaño y ¡zas!, de repente entra la seriedad más absoluta, con cabida para el melodrama, la denuncia política (la crisis económica, omnipresente hoy día, sobrevuela toda la película), el sarcasmo hacia la zafiedad y frivolidad de las clases altas y, en definitiva, la tremenda lucha interior de un personaje al que sólo mueve un único motor: el amor incondicional a su familia y el deseo de que no les falte nada. Para ello, el polifacético Verdoux, antiguo cajero de banco, se convertirá en una especie de Ripley refinado y despiadado, que seduce a insatisfechas ricachonas con el fin de asesinarlas y quedarse con su dinero. Uno de los aspectos clave reside en la habilidad tanto del Chaplin actor como del director para lograr que en todo momento el asesino no nos caiga mal, y, en cambio, el ramillete de "víctimas" (mención especial para la "insoportable" Martha Raye) terminan incluso por justificar los actos de Verdoux. En realidad, Chaplin juega con los tiempos narrativos a las mil maravillas, algo que proviene de su etapa muda y que consigue que nos olvidemos de un asesinato a sangre fría al principio del film (prácticamente el único, exceptuando el que luego comete para zafarse del policía que lo detiene) y empecemos a conocer a ese otro Verdoux, el que toma café en terrazas parisinas, regala toneladas de flores y se apiada de una muchacha que le abre su corazón a la bestia, en una escena con reminiscencias tanto a A WOMAN OF PARIS como a THE KID. Del demoledor final, rodado con una elegancia inusitada, no les digo nada; sólo me gustaría terminar resaltando la vigencia de esta obra extraña, afilada y angulosa, capaz de hacer pasar de la risa desatada a una gélida seriedad en cuestión de segundos; una obra en la que difícilmente podría salir mal algo, teniendo en cuenta que se trataba de una idea original de Orson Welles. Y aun así, MONSIEUR VERDOUX sigue siendo "la película rara" de uno de los grandes genios del séptimo arte; y es que hasta Chaplin tenía sus cosas... Imprescindible.
Saludos desde la floristería.

sábado, 2 de agosto de 2008

El martillazo suave

Y como esto va de cine... ¿cómo nos íbamos a saltar a Chaplin?
Todo Chaplin es impresionante. TODO.
Aquel ingenuo vagabundo, sin oficio ni beneficio, cual bolo equilibrista disfrazado de pingüino es una de las imágenes imborrables que el cine ha legado a la historia. El slapstick en su máxima expresión, las persecuciones masivas que tanto se han copiado posteriormente, aquellos efectos caseros pero descacharrantes. Toda una visión universal del ser humano a través del particular filtro de un intelectual que no quería parecerlo; no como Andy Kaufman, que lo parecía pero no lo era. No hay color.
Y también hubo otro Chaplin, un poquito más alejado de su Charlot, más ácido, más irónico, más afilado, más desencantado de lo que, por aquel entonces, se cocía en todo el mundo.
Astolfo Hynkel, dictador de Tomania. Más claro imposible.
THE GREAT DICTATOR es belleza y podredumbre; risa y llanto; política y lírica; denuncia y entretenimiento. Porque Charles Chaplin era, ante todo, un artista entregado a su público. A él se debía siempre, sin ambages.
Es ésta una obra tan manoseada, tan analizada y elogiada, que ponernos a enumerar sus virtudes (incontables) o esas escenas antológicas sería volver otra vez sobre nuestros pasos. En vez de ello, me gustaría resaltar el tratamiento de desgarro mediante la comicidad implícita incluso en las peores situaciones. Porque a Hitler se le ha retratado de muchas maneras: Propagandísticamente (L. Riefenstahl); accidentalmente, pasaba por allí (Spielberg); hagiográficamente (Sokurov) e incluso detalladamente (creo que Bruno Ganz dejó de ser él mismo durante el rodaje de DER UNTERGANG). Sin embargo, Chaplin no necesita mirar a los ojos a aquel monstruo (recordemos que entonces, 1940, estaba vivito y coleando), sino hacer que la figura, en principio gigantesca, vaya empequeñeciéndose hasta quedar como un ridículo títere manejado por múltiples intereses.
Ahí es donde yo veo el mayor logro del film, en negar el endiosamiento de según qué personajes incluso aunque éstos fueran tratados como malvados. En eso, Chaplin fue un maestro.
No hay que dejarse llevar por el momento en que fue rodada, pues son legión (desgraciadamente) los payasos megalómanos que campan por el mundo, y también a ellos habría que aplicarles esta infalible fórmula ridiculizante, reveladora.
Es un crimen contra la humanidad no verla. Saludos.
... ¿Y todo esto lo ha hecho usted solo?...
No, necesité estar rodeado de siete mil millones de personas...

¡Cuidao con mis primos!