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sábado, 12 de abril de 2025

La princesa boba


 

Subyace un gran conflicto de fondo, al menos por lo que a mí respecta, en SU MAJESTAD, la miniserie en la que Borja Cobeaga y Diego San José pretenden satirizar a la familia real española, para acabar en un incomprensible blanqueamiento de la misma, autoimponiéndose unas líneas rojas que tampoco parecían tan inevitables. No sé si me creo demasiado a Anna Castillo como la princesa Pilar, que con casi treinta años vive en su mundo idílico de fiestas y lujos, mientras su padre, Alfonso XIV, se "marcha" al extranjero para desviar la atención sobre un escándalo financiero. Nos suena demasiado, y por ello su premisa parece un anzuelo teledirigido para espectadores de plataformas, acostumbrados a la escasez de matices y algún que otro toque de ingenio. Valga como ejemplo el personaje interpretado por Ernesto Alterio, una especie de "cuidador", encomendado a la difícil tarea de elevar la imagen de quien se ve obligada a asumir labores de jefe de estado. Intentar encontrar dignidad en una vorágine de lameculismos y puñaladas por la espalda no parece lo más adecuado para obtener un retrato ácido sobre una institución apolillada y anacrónica; en lugar de eso, y pese a algunos destellos de humor negro, el desenlace nos confirma lo ya sabido: ni con agua caliente.
Saludos.

sábado, 2 de abril de 2016

Valle-Inclán, nire maitasuna



Significativo. La mejor película española del curso pasado no sólo es que estuviera hecha un año antes y nadie se había enterado de su paso por salas, sino que en un acto de deliberada maldad la Academia Española la incluye de estranjis en el palmarés de los recientes Goya (¡en 2016!?) en el apartado de mejor guion original, que finalmente ganó el "original" guion de TRUMAN... Todo esto no es más que un ejemplo del azaroso devenir que ha tenido NEGOCIADOR desde su gestación, y por extensión el destinado en este país tan "plural" a cualquier obra que intente salirse de las tangentes dictadas por el mongólico mercado televisivo, que es el que maneja los hilos para asegurar una cuota inamovible al tiempo que se obtiene el beneplácito satisfecho de una clase política que se ha apresurado a infestarlo todo de folletines históricos. El lavado de cerebro sutil, invisible, implacable...
Así, NEGOCIADOR es un reto, porque yo no he visto antes que nadie mirara al interior de España de una manera tan descarnada en tiempo real, pero eso es sólo porque yo no vivía cuando Berlanga rodó, por ejemplo, EL VERDUGO. Lo que Cobeaga propone es usar las negociaciones para el alto el fuego definitivo de ETA y redefinir sin alardes ni dogmatismos inútiles el porqué de un país incapaz de ponerse de acuerdo en nada. Y de paso despliega un muestrario de personajes irrepetible e impagable, encabezados por Manu Aranguren, improbable mediador en un ignoto hotel francés, que luego se tornará una especie de hogar improvisado, que es inmediatamente confundido como de la parte etarra por su desaliño, que no se corresponde aparentemente con un político. Cobeaga maneja el gag con naturalidad, sin forzarlo, esperando a que las situaciones se desplieguen por sí solas; y aunque es posible que para alguien que no sea español se le escapen muchos matices, supone una estupenda explicación de esta amalgama de caracteres. Aranguren es un desastre, pero es humano y contagia su imperfecta humanidad, y no entiende cómo no se puede llegar a un acuerdo por simples terminologías de manual, aunque está a punto de entenderse con su contrario de la manera más simple: prescindiendo de intermediarios que no entienden nada y con unas cervezas del minibar... Resulta imposible desgranar todas las virtudes de este estupendo tratado valleinclanesco de usos y costumbres, pero merece la pena señalar alguno, como los significativos y sutiles arranque y final, idénticamente planteados pero con un cambio imperceptible capaz de trazar el cambio de toda una sociedad. Como antológico es el momentazo en el que el personaje genialmente interpretado por Carlos Areces, y que remite al sanguinario López Peña "Thierry", es confundido en un restaurante... ¡con un escolta!... Esa era la cualidad de Valle-Inclán, insertar la sonrisa en medio del horror y el disgusto, y Borja Cobeaga lo ha comprendido a la perfección y ha facturado una película absolutamente necesaria y que, de ridiculizar algo, quizá sólo lo haga con la frivolidad de unos "apellidos" que han contribuido una vez más al lavado de cerebro... Como si no hubiese pasado nada.
Magnífica.
Saludos.


... ¿Y todo esto lo ha hecho usted solo?...
No, necesité estar rodeado de siete mil millones de personas...

¡Cuidao con mis primos!