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domingo, 8 de marzo de 2026

Rincón del freak #685: We Are So Proud


 

Son muchas fechas las que hemos acumulado cada domingo, dando cuenta de las más variadas rarezas, artefactos o anomalías, sorprendiéndonos a medida que íbamos descubriendo esta amalgama de películas que no habrían estado ahí de no haber mediado la cabezonería o la inconsciencia de sus perpetradores. Ese es el espíritu, pero debo reconocer que el caso de hoy es paradigmático, al mismo tiempo que supone un caso único. THE DUNGEONMASTER, de 1984, es una película que no llega a los 90 minutos y acumula... ¡siete directores! Salida de la infame Empire de Charles Band, es imprescindible atender a la sinopsis, en la que un programador de videojuegos de entonces parece que quiere más a su Commodore que a su novia, una especie de Eva Nasarre yanqui. Sin mediar explicación, el tipo aparece en un yermo con antorchas vestido de as de la esgrima, su novia encadenada a una roca, mientras el diablo, que se llama Mestema, le lanza retos del Gran Prix, al tiempo que le regala un brazalete electrónico que habla y lanza rayos y otras cosas. Como si efectivamente estuviésemos en un scrolling de Ocean, nuestro héroe ha de enfrentarse a un museo helado de los horrores, un ídolo gigante, unos asaltantes del desierto y a la pasma del Bronx, para llegar, cómo no, a la pantalla final contra el temible Mestema, que es Richard Moll con peluca. Entonces ¿es tan mala como parece? Sí y no, a ver, porque mala es un rato, pero no lo esconde, y aunque hay pasajes de vergüenza ajena, hay otros (sus ventajas tenía ser semiepisódica) bastante interesantes, básicamente el solvente ídolo en stopmotion y un delirante enfrentamiento entre el prota y... ¡los W.A.S.P.!. Yo no la vería sin un bagaje amplio, ni una cierta tolerancia a la nostalgia videojueguil de aquellos años en los que éramos tan felices a 8 bits por domingo...
Saludos.

domingo, 22 de septiembre de 2013

Rincón del freak #123: Yo juraría que iban todos encocados...



Sale una cheerleader vestida de granjera, siliconada y rodeada de niños; en teoría estamos en un programa infantil y dan paso a un tipo llamado Hambo, que es un tipo con nariz de cerdo y peluca bicolor, pero éste está demasiado ocupado cascándosela con un Playboy y pegándole duro al tequila. Lo despiden, pero antes llama desesperado a su mejor y único amigo, que es un joven negro que acaba de aprobar un duro examen de nosequé y va a celebrarlo inseminando a su novia... pero claro, es mejor ir a escuchar a Hambo... No me pregunten por qué, pero el tipo tiene una colección de figuritas: "el chulo vendedor de crack", "la puta consumidora de crack", "el maricón chapero", "el propio Hambo" y "Ooga Booga", un indígena africano con un hueso en la nariz, una lanza y un pitillo de marihuana en la boca... Hambo le regala este último a su amigo; nunca más veremos a Hambo. En una tienducha entran tres delincuentes y se cargan al dependiente; casualmente, nuestro protagonista está allí, pero se esconde y no le pasa nada; desgraciadamente, después aparece un policía racista y le pega tres o cuatro tiros. Entonces, la máquina de bebidas se cortocircuita y el alma del pobre chaval se trasplanta a Ooga Booga, que se convertirá en un sanguinario asesino de racistas... de un palmo de altura. Luego va al apartamento donde está la desconsolada novia, mediante gruñidos le explica lo que ha pasado y, aprovechando que la muchacha necesitaba una ducha, se masturbará abundantemente. Es curioso, pero los mismos tres tipos que mataron al chaval se encuentran a la chavala en la calle y la violan... muy curioso. Luego sale Stacy Keach haciendo de juez con sombrero de cowboy; el poli malo va a buscar a los tres delincuentes, que parecen los únicos tres delincuentes del globo terráqueo, y los encuentra esnifando coca, comiendo Doritos y bailando con Siri (aquí el verdadero oficio de Siri). Sin solución de continuidad, el policía malo y corrupto llama a la puerta de una señora mayor que está enganchada al Pasapalabra y al irse la deja con muy mal cuerpo. Al final, Ooga Booga, el asesino africano porrero de quince centímetros de altura se carga a todos los malos y les saca los ojos, ensartándolos en su diminuta lancita... Si no iba todo el equipo hasta los cojones de farlopa, que venga dios y lo vea. Yo la vi porque se había muerto Karen Black y me dio pena...
Saludos.


... ¿Y todo esto lo ha hecho usted solo?...
No, necesité estar rodeado de siete mil millones de personas...

¡Cuidao con mis primos!