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miércoles, 4 de enero de 2012
Historia de un muchacho #3
Y veinte años después de la obra maestra de David Lean, la Columbia quiso recuperar la inmortal novela de Dickens pero dándole un giro radicalmente novedoso. En un principio, y con los oscuros precedentes aquí comentados, parecía difícil echar a andar un proyecto fundamentalmente luminoso, optimista y, por añadidura, en clave de musical. OLIVER! no sólo funciona como un reloj, sino que lleva casi medio siglo encaramado en la cumbre de los mejores musicales de todos los tiempos, además de mantener más que dignamente engarzados los momentos dramáticos gracias a un estupendo reparto. Por allí asomó el genial Ron Moody como un desenfadado y menos siniestro Fagin, Oliver Reed dando vida a un atronador Bill Sikes y un muchacho llamado Mark Lester, posiblemente el Oliver Twist más encantador de todos los que se han visto en la gran pantalla. Resulta difícil quedarse sólo con un aspecto de una película que rezuma riqueza compositiva por los cuatro costados y que mantiene un ritmo endiablado durante dos horas y media que nunca se hacen largas. La llegada de Oliver a Londres, a ritmo del "Consider yourself", te deja literalmente pegado a la pantalla y haciendo pasos de baile por debajo. No faltan las coreografías en interiores, como el "Pickpocket" que canta Fagin mientras alecciona a un asombrado Oliver sobre el arte del latrocinio. Pero sin duda, OLIVER! pasará a la historia del séptimo arte por uno de los mejores números de todos los tiempos; "Who will buy this wonderful morning?" es una barbaridad filmada en una plaza que es observada por Oliver desde una ventana, y por la que irán apareciendo cientos de personajes que van sumando canciones independientes entre sí hasta formar un todo en una de las explosiones de color mejor filmadas de todos los tiempos. OLIVER! no sólo se desmarcó del marcado carácter pesimista de la novela, sino que sigue teniendo esa cualidad tan rara que es reunir en torno suyo a espectadores de todas las edades y sin que a ninguno le chirríe lo que está viendo. Lo que yo llamo un clásico de los que hay que ver una vez al año... ¿a qué están esperando?
Saludos adoptados.
miércoles, 4 de agosto de 2010
Un pulso a la historia
Si no se habían dado cuenta en más de dos años de blog, ahora es el momento. Así que al fin me toca hablar sobre THE THIRD MAN, con la de cosas que se habrán dicho a estas alturas sobre una de las cumbres incontestables del séptimo arte, cuyos vericuetos y excelencias me obligan a una pequeña autoexigencia a la hora de abordarla con un mínimo de seso.
Porque ¿de qué manera iba yo a ponerme otra vez a contarles a ustedes, que ya se saben esta apasionante historia de principio a fin? ¿Cómo podría permitirme un simple esbozo en el que cupiera toda la emocionante poesía que Graham Greene extrajo de su propia obra para ponerla al servicio del neoexpresionismo visual de Carol Reed? ¿Acaso no es una verdad a voces que la absorbente trama, con su soterrada historia de espías, su juego politizado y sus laberintos de índole psicológica, no hacen sino responder a un fin mucho más inextricable y sorprendente?... ¿y que el delicado e inteligente desarrollo no desvela su auténtica forma hasta esa mítica parte final, donde el espectador, con su sentido de la percepción definitivamente rendido ante semejante vuelco sensorial, es ya consciente de que está siendo testigo de la consecución de un paso decisivo en pos de la conquista de la modernidad?
¿Cómo entonces? ¿A partir de qué asidero no repetirme para decirles que hablo de un momento único e irrepetible?... Todas esas cosas podría ensayar y aún me quedaría demasiado corto, decididamente sesgado y disminuido; porque THE THIRD MAN marca un antes y un después sobre la manera (y esto incluye cada minucioso estudio hecho sobre el tema) en la que el arte, el arte de contar historias, puede mantener toda su vigencia y potencia por muchos años que pasen. Y, efectivamente, nos quedaríamos muy cortos si nos ciñéramos al pretexto de la historia de espías o suspense de tintes políticos; nada de ello es válido una vez que Orson Welles nos transporta a un nuevo estadio de percepción, donde puede tener cabida cualquier respuesta que hubiésemos preconcebido justo hasta ese momento, ya instalado para siempre en cada imaginario cinéfilo, personal o colectivo, sentimental o filosófico.
Es todo cuanto puedo decir... pero mejor vean la película...
Saludos subterráneos.
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... ¿Y todo esto lo ha hecho usted solo?...
No, necesité estar rodeado de siete mil millones de personas...
¡Cuidao con mis primos!