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lunes, 19 de enero de 2026

Naturaleza del stent


 

Te vas a morir, a menos que te coloquen un aparatito insignificante, una especie de tubito que tiende a expandirse, creando un espacio donde no lo había, en el interior de una arteria obstruida. Simple y efectivo, pero artificial. Vivir gracias a lo que no está vivo, o más retorcido aún, ser desechado por quien te mantiene e, inesperadamente, salvado por quien ya no posee los medios para hacerlo. No sé si es enrevesado o directamente absurdo, pero buscarle algo de coherencia a algo como SPY GAME ya es toda una proeza o un acto de fe. La misma fe que le tiene el personaje interpretado por Robert Redford (un veterano espía de la CIA) al que encarna con cara de cobrar el cheque un Brad Pitt insulsísimo. Vale que uno le ha enseñado todo lo que sabe al otro, pero hay que tragarse que en su último día de servicio se dedique a orquestar una complejísima acción de contraespionaje, tan sólo para salvarlo de las horrísonas garras del tenebroso régimen de terror chino, que lo mantiene preso... sí, por espiarles, fíjese usted. Por eso digo que este guion no hay por dónde cogerlo, porque igual te idealiza a un par de superagentes, que en realidad no son más que mentirosos profesionales, te pinta a un país soberano como la encarnación de Mordor en la Tierra, mientras pone a parir a la CIA como un hatajo de incompetentes. Para que no falte de nada, a Tony Scott no le dejaron hacer lo que mejor sabe, que es la exaltación pictórica de la acción, sin entrar en tanto lío; porque esta película es liosa, torpemente tendenciosa y un coñazo de más de dos horas a ritmo de videoclip cutre, que es al cine lo que una intervención coronaria a un tipo que no se cuida.
Saludos

miércoles, 29 de noviembre de 2017

Películas para desengancharse #48



TOP GUN es otra de las películas cuya participación en este monográfico in progress me parecía poco menos que impepinable. Y es que pocas películas ilustran tan certeramente la tendencia del cine comercial norteamericano a mediados de los ochenta como esta imbecilidad bonita. Porque es imbécil y es bonita. Porque sus actores y actrices, pese a que la mayoría tuvieron una estupenda carrera después, están paa matarlos, sin parar de sonreír para enseñar sus bonitas dentaduras, como si estuvieran permanentemente drogados. Porque he sido capaz de contar no menos de 55 minutos (de un total de 110) de "postales fílmicas", planos que no aportan nada al desarrollo de la historia pero que quedan mu bonicos con su fondo musical y sus filtros Kodak. Aunque lo mejor de todo es precisamente que todo lo demás da igual. Da igual que los diálogos sean de parvulario, que Val Kilmer ande como un pavo real mascando chicle o que Tom Cruise parezca un labriego con gorra y que la pobre Kelly McGillis implore con la mirada que la deje en paz, en la que es una de las parejas con menos química de todos los tiempos. Da igual, porque lo mejor de todo esto es que no conozco a nadie que sea capaz de contarte de qué va exactamente la película, aparte de enseñar aviones con voces ininteligibles de fondo. Dirigía el añorado Tony Scott, un tipo capaz de hacer mejor lo peor y viceversa, y que al menos siempre tuvo la decencia de no esconder sus verdaderas intenciones tras pomposas declaraciones de falsa trascendencia. La chica con camiseta blanca, las pegatinas en la chupa de aviador, las Ray-Ban de pera, los machos sudorosos y las motos de 500cc rugiendo; y todo con Faltermeyer de fondo, y todo con las barras y estrellas de fondo... Trump, lo que te perdiste...
Saludos.

sábado, 25 de agosto de 2012

Empezar a volver



A colación de la repentina muerte del director Tony Scott, infinidad de artículos se han derramado a lo largo y ancho del orbe mediático; la mayoría, con un extraño halo de redención, perdón postmortem o qué sé yo, aunque lo cierto es que el "hermanísimo" nunca gozó de una relación cómoda con la crítica, y eso diciéndolo de manera suave. Ahora bien, es probable que casi nadie haya reparado en que el punto de partida de Scott fue diametralmente distinto a todo el concepto de cine-espectáculo que luego desarrolló. Rodada con sólo 27 años, LOVING MEMORY es un extraño mediometraje (apenas una hora) enclavado en una húmeda y lóbrega campiña inglesa; apenas una sinuosa carreterita por la que se desplaza un joven ciclista, ajeno al destino que le espera tras una curva. Un coche le atropella mortalmente. A partir de ahí, Anthony Scott (así aparece en los créditos) realiza una virtuosa narración en off; los involuntarios homicidas, dos hermanos de edad avanzada, deciden llevarse el cuerpo y dejarlo en una apartada habitación de su vieja casa. Mientras el hermano realiza labores de minería, la hermana evoca al tercer hermano, muerto en la guerra, ante el impasible cadáver, al que prepara tazas de té y viste con su uniforme. Con un estilo austero hasta el límite, Scott engarza imágenes bajo el influjo de un monólogo implacable, oscuro como la fotografía de Chris Menges y con toda la fuerza gravitacional del fuera de campo ¡Y quién lo hubiera dicho! Tony Scott, el adalid del exceso y la fruslería ornamental... Lo que viene a demostrar que, pese a no haber nada nuevo bajo el sol, todo lo nuevo sigue bajo las piedras. Por supuesto, Scott ya no rodó nada parecido a un largometraje hasta... ¡1983!... El resto ya se lo saben ustedes solitos.
Recuerdos...







miércoles, 22 de agosto de 2012

Arte sano



Sólo he visto MAN ON FIRE una vez, cuando se estrenó hace ya ocho años, por lo que... Recuerdo un día de calor como el de hoy; recuerdo un comentario inesperado en un programa de cine por la radio (¿Séptimo vicio?); recuerdo no tener nada mejor que hacer esa tarde infernal; recuerdo ir al cine por calles desoladas; recuerdo la sala aún más post-apocalíptica que el exterior; recuerdo un buen arranque, correcto; recuerdo a Denzel Washington esforzándose por crear un personaje con la suficiente ambigüedad; recuerdo un punto de anclaje inteligente que no deja al film salir por los aires; recuerdo que la película salta por los aires justo cuando menos te lo esperas, que es a los tres cuartos de hora; recuerdo que luego se me hizo un poco larga, porque no había visto que duraba dos horas y media; recuerdo que en su salvaje tramo final, Washington me recordó más que nunca a Takeshi Kitano; y recuerdo salir del cine con una extraña sensación, porque lo normal hubiese sido pensar que una película de Tony Scott no era más que un envoltorio bonito y un contenido decepcionante, pero en este caso todo eso es mucho más relativo. Primero porque MAN ON FIRE es una película ambiciosa y que no teme irse de madre, y eso, en el descafeinado cine comercial de lo que llevamos de siglo, no es cualquiera cosa, amigos.
Descanse en paz, señor Scott.
Saludos ardientes.






miércoles, 20 de mayo de 2009

Ansiedad...

En la historia del cine hay casos curiosos, prácticamente anécdotas, y otros casos inclasificables, marcianos e inexplicables. Y si no ¿qué me dicen de la saga de los Scott? Porque una cosa es que don Ridley realizara tres obras maestras al principio de su carrera y luego pasara lo que lleva pasando desde entonces, y otra es que su hermanísimo, Tony, se apuntara al carro, incluso superando la marca.
Y es que lo de Tony Scott no tiene nombre. Autor (es un decir) de lindezas fascistoides como TOP GUN, BEVERLY HILLS COP 2, DAYS OF THUNDER o la maravillosa THE LAST BOY SCOUT... no sé, pero algo tuvo que pasar en la familia Scott entre 1982 y 1983, eso seguro; porque sólo un año después de aquel acontecimiento irrepetible que fue BLADE RUNNER, el hermanísimo decide debutar con una obra francamente notable. Y es que THE HUNGER la podría haber firmado perfectamente Cronenberg. Una excitante vuelta de tuerca al mito vampírico acerca de una coleccionista de arte (impresionante Catherine Deneuve) que posee el Ankh, un amuleto egipcio que le otorga vida eterna a cambio de sorber la sangre a cuanto incauto pille. Pero THE HUNGER ahonda interesantemente en otra clase de vampirismo, el emocional. Porque Deneuve también colecciona amantes, con los que comparte la eternidad hasta que se desenamore de ell@s (sí, bisexualidad a mansalva) y los convierta en decrépitos vegetales que no pueden morir pero tampoco vivir. Todo ello con un hiperestilizado deje de videoclip (eighties, baby) que no rechina entre tanto tótem y baño de sangre; y que completa el perturbador triángulo nada menos que con David Bowie demostrando que actúa mejor que muchos "profesionales" y Susan Sarandon en uno de sus primeros papeles relevantes.
Lo dicho, uno de los debuts más potentes de aquella época y la confirmación, veinticinco años después, de que Tony, igual que Ridley, deben conceder una entrevista a Oprah y desvelar de una puta vez qué pasó a partir de ahí...
Saludos hemoglobínicos.
... ¿Y todo esto lo ha hecho usted solo?...
No, necesité estar rodeado de siete mil millones de personas...

¡Cuidao con mis primos!