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viernes, 9 de noviembre de 2018
La medida del hombre
En 1994, Alexander Sokurov hizo una muy libre adaptación de "Crimen y castigo", tan libre que es prácticamente irreconocible si se compara literalmente con la obra maestra de Dostoievski, pero que en su fuero interno logra atrapar la esencia y el alma de la obra, como deben ser las buenas versiones. TIKHIYE STRANITSY (PÁGINAS SUSURRANTES) reporta la errática deriva de su protagonista, un hombre asolado por la culpa, y que sin embargo intenta remediar la vida de quienes se cruzan con él, en un San Petersburgo fantasmal, envuelto en una niebla constante y compuesto por monstruosas construcciones que empequeñecen a los hombres hasta reducirlos a una simple anécdota. Sokurov filma puertos que parecen retorcerse, galerías de eco sordo y habitaciones cuyas puertas no dan a ninguna parte, adelantando más de dos décadas su Fausto y ensayando su insoslayable puesta en escena y sus desencajados ritmos de diálogo. Una experiencia complicada de asumir si no se está al día de la obra del director ruso, pero que constituye una experiencia, sobre todo en lo visual, absolutamente fascinante, con escenas tremendas, como los millares de zapatos colgados de un techo infinito o los apocalípticos bajos del muelle, donde las sirenas de los barcos parecen una llamada a la muerte. Desconozco si Sokurov habrá tenido en mente retomar este trabajo y ampliarlo (apenas dura una hora), pero podría ser un trabajo de madurez simplemente imponente, aunque ¿a quién diablos le importa Dostievski a estas alturas de la broma?...
Saludos.
lunes, 22 de mayo de 2017
La medida humana
Nos equivocaríamos de cabo a rabo si comparáramos en manera alguna FRANCOFONIA con EL ARCA RUSA. Ambas, dirigidas por el mismo director, indagan en las vísceras de un museo y también ambas se sirven de ello para elevar una plegaria humanista en favor de la humanidad como creadora de arte, pero también como observadora de ese mismo arte, por el que puede redimir sus pecados y temores. Sin idealismos ni arrogancia, Alexander Sokurov dispersa su complejo discurso en varias direcciones y vías temporales. Por un lado está la carta de amor inacabable al Louvre, más inmenso, hermoso y apabullante de lo que jamás ha sido mostrado en una pantalla; por otro, Europa, un continente en guerra, que sufre la devastación del nazismo y que se convulsiona ante su incierto futuro. Las obras contenidas en los museos, más vulnerables que nunca, son objeto de deseo de los invasores, pero también refrenan sus impulsos destructivos. Sobre esto reflexiona Sokurov con su habitual estilo, entre fantasmagórico y elegíaco, invocando a dos hombres en extremos separados pero que confluyen en la necesidad de preservar las obras tanto como los museos. El director del Louvre, Jacques Jaujard, y el oficial y noble Franz Wolff-Metternich, simbolizan el imposible, la concordia por el arte, quizá una vieja e inalcanzable aspiración del viejo continente; sin embargo, a miles de kilómetros, en San Petersburgo, los cadáveres se hacinan en el inacabable asedio alemán, y esto sirve a Sokurov para relativizar la importancia de los objetos, ambicionar la auténtica medida humana. El director, que se filma a sí mismo en su pequeño estudio, es el hilo y la voz conductora de este impresionante paseo por nosotros mismos, lo que hemos sido sin saberlo, y por ello adopta el mismo tono trágico e irremediable para hablar del holocausto nazi o de un carguero (un arca) que está a punto de hundirse en mitad de una tormenta. Su carga: cientos de obras de arte...
Sólo Sokurov.
Saludos.
sábado, 12 de enero de 2013
El mito de Fausto 11
Me imagino a Goethe traspasado a nuestro caótico tiempo, estupefacto ante el expresionismo de Murnau u horrorizado tras observar una incomprensible asepsia a la hora de representar un tiempo de barro, miseria y lágrimas. Veo a Goethe pidiendo por favor volver a su tiempo, lejos de las tentaciones de la imagen mentirosa y embaucadora. Pero no sé qué haría Goethe ante el FAUST con el que Alexander Sokurov logró, entre otros reconocimientos, el León de Oro en Venecia. Sokurov es uno de los directores de cine vivos que más me interesan, lo he repetido montones de veces aquí; por su intensidad, extrañamente meliflua; por su insólita construcción de personajes; por el aparente desprecio que suele mostrar ante la narración clásica, que hacen de sus films verdaderos torrentes de incontrolable avance. Pero sobre todo le reconozco a Sokurov su tenacidad para abrirle paso a un tipo de cine que no es que lleve el paso cambiado, sino que su dificultad técnica ofrece pocos resquicios a posibles imitadores, por lo que termina siendo un objeto único en su propio tiempo, y puede que incluso Goethe fuese capaz de respetar esta filosofía de cineasta puro. FAUST no es su mejor película, pero es una de las mejores que se vieron a lo largo del año pasado (que fue cuando se estrenó aquí). No es poco. Apoyado en la indescriptible fotografía de Bruno Delbonnel y Bernhard Nicolics-Jahn, Sokurov vuelve, como ya hiciera en EL ARCA RUSA (aunque esto sea una constante de su cine), a un pictorismo recargado, metamórfico, asfixiante; cercano a Rembrandt, Rubens y, en mayor medida, a Brueghel; pero nunca con el calco dispuesto, sino con su insobornable mirada siempre atenta. Y como en la antes mencionada, FAUST se revela como un largo y tortuoso paseo guiado, esta vez alrededor de las iniquidades y miserias humanas; me resisto a contar nada más de su brillante guion, repleto de chanza y pesadumbre, y que presenta a ese ser intocable, el Diablo, más grotesco y menos solemne, conduciendo al pobre Fausto por unas calles llenas de moribundos, mendigos, putas y ladrones; pero mientras cree haber dado al fin con la posibilidad de ayudar a sus congéneres, a lo que terminará sucumbiendo es al egoísmo inherente de los placeres terrenales. Y de ahí al infierno hay pocos pasos; y Sokurov nos muestra esta transición lenta pero inevitablemente, casi como un destierro que ocurre sin que el espectador sea consciente de ello... ¡De nuevo la magia!...
Saludos.
jueves, 28 de julio de 2011
La guerra deconstruida
La obra de Alexander Sokurov se compone de una transfiguración rigurosa del elemento representado, lo que dota a sus películas de un extraño aura que tiene algo de fantasmagoría huidiza. Sus personajes, en continua búsqueda, hablando casi siempre entre dientes; sus argumentos, nunca suficientemente desvelados; su fotografía, más cercanas a postales del XIX que a un autor cinematográfico moderno... Todos y cada uno de los distintivos del director ruso le confieren esa textura única, difícil de digerir si pretendemos encontrarle alguna referencia, pero que convierte cada trabajo suyo en una experiencia inolvidable. En este sentido, ALEKSANDRA supone casi un salto invertido si atendemos a su obra anterior, aunque recoja gran parte de sus constantes fundamentales y más reconocibles. ALEKSANDRA es lo que Sokurov entiende por cine fantástico (lo que casi nadie cataloga como fantástico, claro), la inserción de un cuerpo absolutamente extraño en un marco ignoto pero mil veces representado; en este caso una unidad militar rusa posicionada en territorio checheno a la que llega Aleksandra Nikolaeva (excepcional Galina Vishnevskaya), una octogenaria en busca de su nieto, que es un importante oficial. Aleksandra vagará sin rumbo entre los tanques, los fusiles, las tiendas de campaña; asistirá consternada a la impotencia y desolación de unos soldados-niños que conviven cada día con un destino incierto. Es difícil explicar cada pequeño detalle de esta magistral película, más una experiencia visual que (a pesar de lo que llevo leído en muchos sitios) un tratado antibélico, lo que aclara el propio Sokurov valientemente, indicando cómo diablos iba él a ponerse del lado checheno si era ruso. Alexandra, la abuela comprensiva, consoladora, sabia, que reprende a su nieto, que ha de enviar cientos de hombres diariamente a la muerte; su mirada, la mirada extrañada de quien ha vivido guerras para no comprenderlas, que es la mirada asimismo de un autor incatalogable, artífice de algunos de los títulos más rabiosamente personales de los últimos tiempos. Regálensela, es una de las mejores cosas que pueden hacer este verano después de tostarse como churruscos al sol.
Saludos antibélicos.
viernes, 4 de septiembre de 2009
El sueño de la razón
Puede que cobre algo de relevancia como parte de la serie, vista por separado más bien parece un divertimento impresionista.
Saludos de un Tauro.
jueves, 19 de marzo de 2009
Preparando el final
Con esta breve aclaración, me gustaría dar parte aquí de una cinta del maestro Aleksandr Sokurov que es padeciente de una tremenda criba: la ha visto muy poca gente; de ahí, la mayoría se ha aburrido y, finalmente, ha quedado sepultada por dos factores que me parecen decisivos. Primero, la absurda similitud que se suele hacer entre Tarkovski y Sokurov; después, la incomprensible aversión de una buena parte de la crítica, encargada de dar lanzamiento a productos más modestos, a títulos que son considerados "carne de festivales".
La película en cuestión es MAT I SYN (MADRE E HIJO), o cómo el sentido pictórico de Turner puede llevarse a la pantalla; o cómo se puede narrar la enfermedad y la muerte casi sin palabras, apenas algunos susurros íntimos; o cómo el director deja todo un campo abierto para que el espectador cree su propia historia anterior de los dos únicos personajes de esta extraña fábula sobre la fugacidad de la existencia, lo vacuo de la misma ¿Y por qué, aún con esas imágenes repletas de ternura, con el hijo cuidando a la madre en una maravillosa inversión de roles, aun así nos invade la sensación de que algo terrible ha sucedido antes? Porque Sokurov no quiere mostrar nada más que ese último tramo antes de la desaparición, pero no por ello tendríamos que renunciar a una posible intranarración, más que nada por dotar de lógica interna a esos interminables minutos con el director recreándose en las hojas azotadas por el viento o en el rumor de un tren que se divisa en la lejanía. Sólo un último apunte: resulta muy complicado (y actualmente mucho más) filmar la muerte. En MAT I SYN, Sokurov realiza una preciosa y delicada labor poética acerca de ese último aliento. La mano yerma y acartonada de la madre se abre al fin, una mariposa estaba oculta en ella, quizá la presión de esa mano antes de morir la haya matado a ella también... La mariposa cae...
Bellos saludos.
viernes, 25 de abril de 2008
Sólo la cultura podrá salvarnos
Me refiero a los aventajados (mejor ventajistas) que, al ser absolutamente planos en su concepción del cine, miden a éste como si tuvieran que votarle en unas elecciones, es decir: ¡por su supuesta ideología!
Me permito recordarles, por lo tanto, que algunas de las imágenes más fascinantes en toda la historia del cine pertenecen, por ejemplo, a los retratos propagandísticos que Hitler encargó a una tal Leni Riefenstahl; pero claro, lo más sencillo sería politizarlo absolutamente todo, negar que la cultura es mucho más que un impass que los dirigentes permiten al pueblo para solaz de la indigencia militante.
Aleksander Sokurov propone en EL ARCA RUSA la redención mediante el arte, no sólo por las obras expuestas en el Hermitage, que también, sino por una curiosa paradoja: ¿no es cierto que cuanto mayores han sido las diferencias sociales, mayor relevancia ha tenido la cultura?
La cultura no como objeto de consumo sino de comprensión profunda y, posteriormente, adoración. En este siglo (y por supuesto el anterior) hemos creado una grotesca atalaya desde la que, cual Sauron diagnosticador, poder verlo todo, criticarlo todo, comprenderlo todo. Imposible. Jamás desde la inmovilidad se ha podido llegar a la comprensión. Es un concepto viciado desde el principio.
Sinceramente, en el primer visionado de esta película, es cierto que el plano de 95 minutos que la compone me dejó literalmente sin respiración, pero no es menos verdad que en una NECESARIA posterior revisión, más calma y reflexiva, la idea básica que Sokurov pretende mostrar es el rechazo a la mercantilización del arte y la desesperada búsqueda del mismo como única tabla de salvación.
Termino esta modesta reseña indéfila invitando a la comparación, también para poder entender por qué es ésta una magnífica película, entre el arrollador baile final (con cientos de personas vestidas de época danzando y la cámara con ellos) y la última secuencia de MADRE E HIJO, paradigma de la morosidad de efectos y la austeridad de composición.
Entérense, sabelotodos, sí, son del mismo director.
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... ¿Y todo esto lo ha hecho usted solo?...
No, necesité estar rodeado de siete mil millones de personas...
¡Cuidao con mis primos!