Mostrando entradas con la etiqueta David Simon. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta David Simon. Mostrar todas las entradas

miércoles, 1 de enero de 2025

El primer día del resto de tu vida


 

Primer día del curso 2025 en El Indéfilo. No se me ocurre nada mejor para inaugurarlo que hablar un poco (tarea nada fácil) de la que es, sin medias tintas ni debates posibles, la mejor serie de televisión de la puñetera historia. Díganme ustedes un nombre, el que sea: Coppola, Scorsese, Kubrick, Welles... incluso Ford, me da igual. THE WIRE es un coloso de proporciones aún por descubrir, un estudio humanista como se han visto pocos, una pincelada de cinco temporadas en las que se desmontan todos los mitos del audiovisual americano, despojándolo de sus mentiras condescendientes y llevándonos directamente al agujero, sin cuñadismos y sin paños calientes. Esto va de polis y ladrones, o mejor traficantes, en Baltimore, que hace que desees comprar un pisito en las Vegas... y no las de Nevada. Tan simple como eso, pero no has visto nada igual en tu vida de espectador adormecido. No has visto a los traficantes exentos de glamour, rompiéndose el coco, atrapados en su misma red para no caer en la de los polis. Los polis son caso aparte, lidiando con incompetentes, corruptos y recién llegados con buenas palabras; pateándose las calles donde la vida no vale nada, a veces ni una dosis. THE WIRE mete la cámara donde nadie lo hace, en los recortes de presupuesto, en las zancadillas administrativas según los intereses políticos, en la camaradería de una borrachera como único punto de escape a otro día de mierda en el culo del mundo. La verdad pisoteada, los valores en la basura, los niños como balas en una recámara esperando a ser disparados. No hay altibajos, no hay tregua, no hay un solo respiro en esta andanada de esa otra América de la que no oirás hablar a Trump, ni a Musk, pero tampoco a la Disney o la Marvel, y esa América existe de una forma más real y dolorosa. Son las escuchas, las horas muertas, las pistas falsas, los culpables en libertad, restregándoles a sus captores que ganan su sueldo en un par de minutos. Es Omar, un Robin Hood mortífero y homosexual, una leyenda, un fantasma; es Stringer Bell, un capo con alma de empresario, frío, implacable, sin emociones aparentes. Pero también es el jefe de policía Daniels, aferrado a un código de valores que podría parecer ingenuo, pero que es lo único que no le permite renunciar; es Lester Freamon, que fabrica muebles en miniatura y sabe que las escuchas son lo único que les llevará a cazar a los malos. Pero sobre todo es Jimmy McNulty, posiblemente el mejor personaje escrito jamás para una serie. McNulty es un bocazas, un borracho, un mujeriego que apenas ve a sus hijos, que desprecia la autoridad, que usa su placa para salir de los problemas que él mismo se crea, o que es capaz de fabricar pruebas falsas para lograr el dinero para seguir investigando que las administraciones deniega sistemáticamente a su departamento. McNulty es la esencia de The Wire, y por eso cuando desaparece siempre parece que falta algo. Falta un borracho hijo de puta, seguramente el mejor policía de todo Baltimore.
Sólo puedo decir gracias, Mr. Simon.
Obra maestra absoluta e intemporal.
Saludos.

lunes, 5 de abril de 2021

New York, New York


 

Me permito recomendarles vivamente THE DEUCE, la serie creada por David Simon para HBO, y que se estrenó hará ahora poco menos de dos años. Pero supongo que ya lo sabían, que ya conocían esta sinfonía agridulce de una esquina de Nueva York, que supone una inmersión en lo pequeño para comprender mejor la maquinaria de una gran ciudad. Estructurada en tres temporadas perfectamente delimitadas entre sí, aunque totalmente inseparables también, lo que Simon propone es una especie de juego de reflectantes, donde la entrada a un mundo, un ámbito, en realidad nos da la inmediata bienvenida a otro. Así, te pueden vender THE DEUCE como un fresco acerca del auge del porno como industria multimillonaria, justo desde las catacumbas de la Gran Manzana, en contraposición al luminoso y lenticular californiano, que sería otra cosa que vendría después, y que aquí también se toca tangencialmente. Hay mucho más en esta serie, y todo se corresponde con su igual, o su contrario. Están los chulos como gerentes de la carne recién llegada en autobuses. Los mafiosos, con un poder tan escueto que tienen que ir ellos mismos a recoger los sobres. Los policías, con una misión más difícil que arrestar a los malos: resistirse a no hacerlo. Los locales, vivos, esplendorosos, con música en directo, palpitantes. Y hay un arco razonablemente extenso desde principios de los setenta, en la T1, pasando por el fin de la década en la T2, y desembocando en una tercera temporada a mediados de los ochenta, escrito como un extraño epitafio de luces, como si todo lo correcto y sano no fuese más que la tumba de un mundo que extraía su razón de existir de esa mugre imperfecta, pero que se nota real. 
Ta sólo tres apuntes para que la vean sin más dilación. La habilidad para mostrar sin juzgar, el empeño en ir desmantelando ese mundo a medida que se va creando, y por supuesto, la música. Las tres cabeceras son perfectas, pero también los insertos, nunca gratuitos, o una espeluznante coda final, que por supuesto no desvelaré. Y también está James Franco, sorprendentemente contenido, porque da vida nada menos que a dos personajes, idénticos por fuera y diametralmente diferentes por dentro. Y Maggie Gyllenhaal, cuyo rostro, de cansada plenitud, podría representar el diagrama de esa ciudad que no duerme. Aunque el elenco es extenso, hay pocos personajes intrascendentes en esta serie, que además creo que supo pararse a tiempo, porque si no todo habría sido menos frívolo y menos encantador...
Espectacular.
Saludos.
... ¿Y todo esto lo ha hecho usted solo?...
No, necesité estar rodeado de siete mil millones de personas...

¡Cuidao con mis primos!