Imposible concebir hoy día una película como THE YEAR OF LIVING DANGEROUSLY, en la que Peter Weir daba una (otra) clase magistral sobre cómo conciliar géneros, con el objetivo de crear un todo que se siente cohesionado, incluso en un relato que parece intencionadamente destartalado y antipático, pero cuyos ejes brillan en armonía tanto como por separado. La novela de C.J. Koch nos situaba en una Indonesia que en 1965 era una bomba de relojería, con el dictador Sukarno atrincherado en su torre de marfil, y los insurrectos comunistas tomando las calles, lo que dejaba a la mayoría de la población en una situación desesperada de miseria, violencia y enfermedades. Justo allí llega Guy Hamilton, un reportero australiano, joven e idealista, que no se conforma con registrar la realidad, sino que cree poder intervenirla, cuando obtendrá un duro baño de realidad al conocer a Billy Kwan, un curioso personaje, fotógrafo, que se mueve como pez en el agua en el conflicto, precisamente porque no lo idealiza. Rodada en Filipinas (Indonesia la prohibió durante dos décadas), el film, aun con sus licencias e imperfecciones, funciona por la admirable síntesis del guion y la construcción de personajes, apoyada por la improbable química entre un magnífico Mel Gibson, perfecto como "el hombre blanco insertado en un mundo que no es suyo", y una apoteósica Linda Hunt, en una interpretación que por momentos pone la carne de gallina, que ganó merecidísimamente el oscar en 1982, y que de paso dejó en casi anecdótica la historia romántica entre Gibson y una Sigourney Weaver que parecía impuesta para no dar de lado a un melodrama que termina siendo lo menos interesante de este film rescatable y reivindicable, como cualquiera de uno de los cineastas más infravalorados de todos los tiempos. El tiempo nos dará la razón...
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viernes, 11 de abril de 2025
lunes, 28 de junio de 2021
Películas para desengancharse #82
Ya es curioso que un cineasta como el australiano Peter Weir repita en esta controvertida sección bienal, aunque ni explicación proviene de la dualidad de la misma, aceptando en el conglomerado tanto placeres culpables, silos indefendibles o fenómenos populares incontestables. Y yo diría que Weir estaría entre el primero y tercer aserto, y personalmente más en el tercero. Y es que creo que poco puede añadirse a todo lo que significa una película como DEAD POETS SOCIETY, un film que pocos vieron venir entonces (hablamos de un año tan poco memorable como 1989), pero que abandera una especie de tradición no escrita sobre los "años de iniciación y descubrimiento". En este caso, el guion de Tom Schulman (que ganó el oscar) propone una tensión permanente entre un sentimentalismo descarado, incluso desaforado, y la habitual sobriedad de Weir, capaz hasta de minimizar el histrionismo de Robin Williams a apenas una sola escena de lucimiento, cosa que es muy de agradecer. También en este sentido la película es algo tramposilla, y los protagonistas absolutos son ese grupito de alumnos que, inesperadamente, van a experimentar el valor de la poesía, dando un giro de 180º a la rigidez de la prestigiosa escuela a la que han ingresado. Repleta de "momentazos" que han quedado en la retina de toda una generación, nos reveló al gran actor que luego ha sido Ethan Hawke (el único de la camada con verdadera repercusión posterior), y nos hizo creer por unos momentos dos falacias: que la poesía pueda suponer una transformación colectiva (habría sido más factible por lo individual), y que Whitman era un gran poeta... Ahí lo dejo, antes de los tomatazos...
Que sí, que se puede ver, e incluso tiene momentos muy emocionantes, pero parar máquinas aquí carece de todo sentido, aunque sé de buena tinta que luego la han vuelto a ver un montón de veces más.
Saludos.
jueves, 9 de noviembre de 2017
Películas para desengancharse #39
WITNESS fue una película tremendamente popular a mediados de los ochenta, un afortunado compendio de lugares comunes que comprendía a dos personalidades perfectamente complementarias, como eran a mediados de los ochenta el director australiano Peter Weir y Harrison Ford, un sex symbol emergente como Kelly McGillis, un guion que remitía directamente a los clásicos el cine negro y una ambientación de lo más pintoresca, nada menos que una comunidad amish. Sin haber perdido nada de su fuerza de entonces, el film de Weir (un director al que jamás me atreveré a criticar) bordeaba peligrosamente un ridículo que, en su caso, nunca llega, pero que nos ha dejado a cineastas más incapaces intentando emular este salto mortal sin conseguirlo. La historia gira en torno a un chaval amish (un Lukas Haas que con apenas 9 años ya daba muestras de su talento interpretativo) que presencia por accidente el asesinato de un policía a cargo de otros dos compañeros; a partir de ahí, el agente encargado de la investigación se verá obligado a huir para esconder y proteger al chico, ya que todo su entorno policial parece manchado de corrupción y dispuesto a eliminarlos a ambos. ÚNICO TESTIGO es hoy día un título mítico, con escenas inolvidables, actores que tuvieron su primera oportunidad y un final que es todo un homenaje a Gary Cooper y Fred Zinnemann. La advertencia iba para todos los enterados que entonces dijeron "¿Policías corruptos, niños, amish y desnudos frontales?... Eso es pan comido"... Pues eso.
Por cierto, no se pierdan la estupenda y muy "bachiana" banda sonra del maestro Maurice Jarre.
Saludos.
viernes, 3 de abril de 2015
Apocalipsis interior
El cine de catástrofes (también) ha cambiado una barbaridad. Ahora se llevan los cataclismos widescreen con muro de sonido incluido que hace imposible dos cosas: saber qué está pasando y por qué, lo que algunos llaman "efecto discoteca". Así las cosas, uno de los títulos más curiosos en la amplia filmografía del australiano Peter Weir es THE LAST WAVE, que no sólo no utiliza ninguno de los recursos anteriormente mencionados, sino que su ritmo pausado y guion periférico apenas si nos podría dejar alguna pista sobre su género. En un momento dado, es imposible saber si se está acabando el mundo, si estamos ante un ajuste de cuentas con el polémico asunto del racismo aborigen, o si Weir vuelve a jugar deliberadamente con nuestros sentidos, como ya hiciese con la enigmática PICNIC EN HANGING ROCK. El resultado es una cinta a medio camino del thriller con conciencia social y el terror (aunque esto muy entrecomillado) que es capaz de infundirnos una madre naturaleza enfadada y desatada. Contiene imágenes potentísimas, como el inicio, en el que una escuela en pleno desierto recibe una violenta tormenta de granizo, o los "sueños" del protagonista (Richard Chamberlain en su máximo apogeo), que casi parecen más reales que su propia vida, que se va desmantelando imperceptiblemente. Película muy sutil, algo lenta, es cierto, pero poseedora del ingenio y la personalísima visión de su autor, un director al que sigue dando gusto volver.
Saludos.
domingo, 22 de noviembre de 2009
Viento en popa a toda vela
En MASTER AND COMMANDER están todas las constantes de las novelas en las que se basa, las de Patrick O'Brian, un escritor que también fue denostado en su tiempo, acusado de "ligero" precisamente por hacer algo que es muy difícil: entretenimiento de calidad. Porque ésta es una cinta muy entretenida, y a mí esto nunca puede parecerme malo ni mucho menos; aparte de que las escenas de acción (impresionante cómo filma Weir los barcos) rezuman fisicidad de la de antes, dejándose de efectos digitales y llenando la pantalla de hombres, de madera, de humo, de mar. Puede que su punto más flaco esté en algunos diálogos, especialmente en su tramo final, donde Weir pone más énfasis en la ambigua relación entre Russell Crowe, perfecto para este papel, y un excelente Paul Bettany, que parece haber nacido para el suyo.
Es un cine que parece (parecía) extinguido, derrotado por el aburrimiento de trasfondo verde; un cine que trataba, ni más ni menos, de las pasiones humanas, de sus conflictos e intereses, que convertía a los muchachos de entonces en héroes por un día. Una maravilla.
Saludos a estribor.
martes, 9 de septiembre de 2008
Ecos
En el caso del australiano Peter Weir, todo esto se cumple con certera precisión e incluso se magnifica, pues pudiésemos estar hablando de uno de los más reputados y respetados directores de los últimos treinta años sin haberse salido de parámetros estrictamente comerciales. Cine comercial, sí, pero de calidad.
Ya en 1975, con sólo 31 años y en su país natal, Weir abordó un dificilísimo trabajo de adaptación sobre la novela que poco antes había escrito Joan Lindsay y que narraba un misterioso hecho acaecido realmente hacia 1900 en Hanging Rock, un grupo montañoso de Australia. PICNIC AT HANGING ROCK es capaz de transmitir el ambiente insano y surreal de la novela con el mismo pulso que nos muestra bucólicas imágenes de adolescentes disfrutando de su día de picnic. Weir abre diversos frentes y en todos sale más que airoso. Por un lado, asistimos a la disciplina de un colegio de muchachas donde van a parar las hijas de clase alta tanto europea como norteamericana. En contraste, las rudas costumbres locales que repelen y atraen por igual a este numeroso grupo de adolescentes.
Todo va como tiene que ir, plácidamente y sin sobresaltos; y aquí Weir arriesga y acierta notablemente al no dejarse llevar por las prisas propias de su bisoñez, en vez de eso, nos muestra una serie de estampas dignas del mejor Renoir (padre) en las que nuestros sentidos se ven predispuestos para el extraño desenlace. Porque lo que ocurre luego es ciertamente muy extraño. El tiempo se detiene (literalmente), un sopor colectivo se apodera de la expedición y tres de las muchachas mas una profesora desaparecen sin dejar ni rastro. A partir de ahí, un halo de extrañeza invade el film, porque todo son preguntas pero no hay respuestas.
Y esto es, en definitiva, una de las películas menos conocidas de un director conocidísimo, que se puede disfrutar actualmente en DVD y que da toda una lección de cine de misterio casi sin presupuesto y con grandes dosis de imaginación.
Saludos sobre la hierba.
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... ¿Y todo esto lo ha hecho usted solo?...
No, necesité estar rodeado de siete mil millones de personas...
¡Cuidao con mis primos!