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domingo, 31 de octubre de 2021

Annette

 


Annette (2021), de Leos Carax, es un filme bastante triste, aun cuando no es que uno pueda ser ligero con el asesinato, que no puede tomarse sin importancia, pero la autocondena, la tragedia y la autodestrucción también existen, aparte de la perversidad de arrebatar una vida, encima de gente buena, por no controlar las pasiones internas, partiendo de algo banal como la competencia y ambición profesional, y otra velada en la infidelidad y cierto machismo, también por la corrupción, la apetencia incontrolable del deseo sexual y la sexualización continua de la mujer, incluyendo el maltrato hacia ellas, y para más inri ser un alcohólico, y no poder tener la consciencia en su sitio para frenar nuestro ímpetu, nuestra ira, nuestras frustraciones. Carax y los guionistas y compositores del filme la banda Sparks lucen super freaks en su historia, pero el cine también busca abarcarlo todo, y por qué no meterse en la existencia de un asesino, y darle matices, aun teniendo mucha oscuridad, en la piel del talentoso y arriesgado y todoterreno Adam Driver como Henry, un cómico que de arranque busca la polémica y poco a poco va hinchándose como un globo hasta reventar y destruir todo a su paso, incluido algo tan preciado y bello como un hijo, una bebé, Annette, que tiene la curiosidad de ser literalmente en pantalla una marioneta. Marion Cotillard es la musa, Ann, un ser de cierta inocencia, y aunque hay en ella un poco de culpa (un mínimo) es Henry el gestor de su destino finalmente, que va dejándose llevar por el mal, aun cuando tenía algo de buen padre, e inicialmente había un romance de cierta belleza con Ann, compartían hasta una canción de amor. La banda Sparks hace un musical interesante, pero a la vez incomodo, sus canciones son extrañas, no se puede evitar sentirse uno raro con su historia, cuesta tenerle empatía, punto que le otorga personalidad y riesgo a aplaudir, pero también le quita inevitablemente distancia. Es una obra super freak indiscutiblemente, la imagen del final de como se ve Driver es impactante, sumamente realista, es otra persona, atrás queda el ego inflado y el aire ganador de los movimientos boxísticos y el relajo combinado de los vicios aun en ciernes. Es un filme triste porque Annette, una bebé inocente, sufrirá mucho, aun cuando en parte hay que notarlo elípticamente. También es triste por el devenir de Henry, quien hace de Ann ese demonio de ultratumba que lo acompañará luego. Notable la emotividad que trasmite el actor por lo general cómico Simon Helberg, aunque Driver está gigantesco. Este es un filme propio de nuestra época, una donde se busca mucho inquietar, descolocar y hasta herir al espectador, pero el cine no deja de buscar novedad, de ser intenso, lo cual es algo a fin de cuentas positivo, la cosa sería reflexionar un poquito más en nuestras búsquedas, sin tampoco dejar de notar que las capas son más finas.

lunes, 30 de diciembre de 2019

Historia de un matrimonio

Ésta película empieza cuando una pareja están en el proceso por separarse, aunque él aun no está tan al tanto o no lo cree del todo, mientras ella está muy segura de querer estar separada. Ella inicialmente luce como una bitch resentida, producto del machismo y liderazgo de su futuro ex marido, hombre que no logró ver su egoísmo y egocentrismo, poder dejar que otros brillen y no sólo él, quien permitía que su mujer sea actriz de teatro, pero bajo su control, genio y mando. Ella señala en una apertura de sus frustraciones matrimoniales que Charlie (Adam Driver), su ahora ex marido, no la dejaba liderar nada. Por ello un acto simbólico es aquel de querer mudarse a LA, y fastidiarle por completo la vida a Charlie, acostumbrado a controlarlo todo. El hijo está en el medio, pero el niño está muy tranquilo, no se apela al sentimentalismo a través de su persona, aun cuando es lo que más duele, el alejamiento, y por lo que el hombre, siempre punto débil aquí, debe luchar. Esto hace que el filme sea más suave de lo imaginado y bien por esto. A medida que avanza el filme de Noah Baumbach, ella, Nicole (Scarlett Johansson), se va volviendo más tranquila, más simpática, ahora es él quien se exalta, quien queda mal, como en la pelea en la sala. Luego la cosa se suaviza nuevamente con Charlie, es ahí donde Driver brilla en grande, se gana toda nominación que vendrá, incluida seguramente la del Oscar. Driver canta una canción sensible e inteligente, se desahoga con sus amigos y compañeros de trabajo. En otro brillante momento Charlie no sabe como ocultar que ve que las cosas están en su contra, tiene miedo, fabrica un solo de performance -a lo cine mudo, pero con su añadido toque moderno- donde termina cortándose y desmayándose. El filme también es una notable exhibición del mundo sucio y despiadado de los abogados, gente que no tiene corazón ni escrúpulos para ganar un caso. Brillan en estos papeles Laura Dern y Ray Liotta, ella una sofisticada arpía, él su par masculino (Alan Alda será el abogado soft, también notable, aunque Dern es la estrella). Es una película que por su parte se da el tiempo para imponer moda y personalidad, como cuando Nicole se disfraza de David Bowie en halloween. Muchos hallan el filme lacrimógeno, les produce pena dicen, en lo personal no lo hallé mucho así, creo que a los dos personajes se les da temple y no se manipula al niño, con lo que el filme huye quebrar o aplastar al espectador. Charlie también tiene una salvedad, no sabia que oprimía a su mujer, no estaba del todo al tanto de esto, ella también pecó siempre de tímida y dócil. Nicole finalmente logra una revancha haciéndolo sufrir, quitándole el poder, pero a medida que se percata que Charlie no era un abusivo ni una mala persona, solo alguien distraído y vanidoso (aunque talentoso), se sensibiliza con él, de esto vemos la escena hermosa de atarle los zapatos, o presenciar como él llora con unos halagos escritos de ella. Solo aquí Baumbach hace sentir pena por Charlie, mientras Nicole siempre ha sido el llamado del feminismo y la libertad de éxito. Al final parece que se separan por una tontería, aunque todo se centra en la falta de comunicación, culpa de ella también. Lo que pide la mujer luce ligero, pero esto imprime un relajo a favor del filme -aunque en la realidad suene horrible-, en una propuesta que no es pesada ni cómica por ninguna parte, ni siquiera en el ingenioso gag de Driver cortándose. Baumbach recuerda a Woody Allen, pero es más estilizado que Allen, más high and fresh life, o lo actualiza, y así gusta y disgusta, aunque mayormente se le celebra. Ésta puede ser la oportunidad de que Baumbach sea finalmente apreciado por los representantes del Oscar, tiene todo lo que les gusta, respaldo de publico, sofisticación de filme inteligente y sencillez de visionado entretenido.

miércoles, 21 de noviembre de 2018

El infiltrado del KKKlan (BlacKkKlansman)


Éste filme de Spike Lee se ubica en el pasado, es una historia de mediados de los 70s, una historia real, pero se emparenta con el presente, con el gobierno de Donald Trump, que incluso al final vemos en imágenes reales cómo neonazis americanos generan disturbios y no son rechazados firmemente por el presidente del país. Una línea de diálogo señala que no cree que un presidente como Trump fuera a existir, hablando en general, pero el filme de Spike Lee pone la mano sobre la llaga, ironiza un poco también a ese respecto.

En el filme hay un trabajo conjunto, entre dos héroes, uno judío, Flip Zimmerman (Adam Driver), que no es muy practicante de su fe, pero con la investigación se sentirá identificado; y un afroamericano, Ron Stallworth (John David Washington), el primer policía negro de Colorado Springs. Ambos logran infiltrarse en el moderno Ku Klux Klan. Stallworth es la voz en el teléfono y en las negociaciones y tratos; y Zimmerman es el cuerpo, la figura en el lugar. El filme habla del abuso policial que también remite a la época y gobierno de Trump, pero Spike Lee como su personaje aún guardan fe, distinguen, entre los buenos policías y los corruptos y violentos, que asesinan afroamericanos, por estereotipos o por racismo. En ello Harry Belafonte, en su labor de activista, describirá al mínimo un brutal asesinato de éste tipo.

La propuesta de Spike Lee presenta varias aristas y puntos de vista alrededor del racismo. Esto admite discutir la mirada del resentimiento y la violencia como respuesta a los supremasistas, que deja en claro la presencia y el discurso de un joven intelectual al estilo de Malcolm X,  Kwame Ture (Corey Hawkins), dirigiéndose a los estudiantes de color que están que se debaten en qué hacer, en cómo reaccionar ante la discriminación. A la cabeza de los estudiantes está una activista y bella mujer, Patrice (Laura Harrier), que aparte de ser la sección romántica del protagonista, será el punto medio o decisivo finalmente de cómo piensa el director. Ahí entra a tallar Ron Stallworth que enfrenta al racismo, no es un ente pasivo, pero tiene la mente abierta y es tolerante, sabe separar el grano de la paja, como policía y como ser humano, está abierto a llevarse pacíficamente con los blancos, pero luchando contra los racistas, por eso su intervención en el KKK es capital, cosa que sucede producto de su iniciativa, porque también es un policía emprendedor.

Por un lado tenemos a un extremista y estudioso afroamericano en Kwame Ture, y por el otro a un doctor racista interpretado por Alec Baldwin, ambos exponen sus discursos brutos, peligrosos y oscuros o agresivos. En la práctica el líder, la mano dura, del KKK, la representa Felix Kendrickson (un magnifico Jasper Pääkkönen), ya que Walter Breachway (Ryan Eggold), el líder formal de Colorado Springs, es un tipo suave, de poco carácter, y quien es el que le abre la oportunidad de integrarse a Ron Stallworth en la figura de Adam Driver, pero con la personalidad de la interpretación de John David Washington, lo que genera una gran ironía cuando el máximo líder, David Duke (Topher Grace), es engañado, burlado, por Ron con quien suele tener conversaciones racistas sin percatarse Duke que sólo sabe de estereotipos, y que Stallworth representa un afroamericano inteligente, educado, sano y ganador.

Lo interesante del filme también es que Spike Lee recurre a gente común, no a grandes estructuraciones de protagonistas, en esa línea tenemos a la esposa robusta de Kendrickson, una sencilla ama de casa, pero una extrema racista, producto también del amor e influencia que siente por su marido, aun cuando éste es un salvaje, un criminal. Ella es Connie (Ashlie Atkinson), que es determinante en la conclusión del filme, uno que tiene un final abierto porque ésta situación racista sigue en pie gracias a un gobierno como el de Trump, según nos indica el director, ya que Spike Lee es muy notorio en dejar ver sus ideas políticas y sociales.

Aunque el grupo político estudiantil tiene mucha ira y se le percibe propenso a entusiasmarse con figuras como la de Kwame Ture, a ser manipulados hacia la violencia, el policía afro Ron es más abierto a trabajar con blancos, a integrarse, a generar inclusión y compañerismo mutuo. En la policía hay un mal elemento, un tipo racista y abusivo, un tipo con poder manejado negativamente, el filme de Spike Lee lo distingue, y hace que el enfrentamiento sea lógico, sea especifico, y no generalizado, esa es la influencia saludable de un héroe como Ron. Éste agente y mal elemento, Andy Landers (Frederick Weller), no es un estereotipo, es más bien del tipo que uno no lo percibe extremista, sino naturalizado, fresco, como muy seguro de sí. Es lo instituido que viene a derrumbar la película, mirando siempre hacia el presente, no tanto en la obviedad del asunto que ya cae por conocimiento, por ello Felix Kendrickson más que discurso y efectismo representa primitivismo y furia, aunque su criminalidad tiene poco de exageración.

El filme no genera demasiado humor, no es que sea especialmente gracioso, pero es bastante entretenido, muy ágil, muy relajado, muy ligero. John David Washington es un policía efectivo, valiente, pero de esa consistencia –tal cual sus movimientos de karate, cuando se fastidia-, igualmente Adam Driver, que como actor representa el relajo por antonomasia, y que va meditando su judaísmo de manera ciertamente inocente –muy opuesto a la inteligencia de un Philip Roth-, quizá hasta lleve una leve ironía muy contemporánea. Topher Grace sí produce gracia intrínsecamente, como líder máximo del KKK, aun articulándose seriamente, de manera ofensiva o sofisticada. Laura Harrier también es una gran pareja, forma con David Washington un dúo perfecto, redondo. Sus diálogos sobre Blaxploitation son cool e interesantes, así mismo su percepción de dos filmes indicados de racistas, El nacimiento de una nación (1915), que es una mención clásica, y Lo que el viento se llevó (1939), que es más discutible.

viernes, 24 de marzo de 2017

Silencio

Durante el siglo XVII ante el miedo a la expansión del catolicismo en Japón, y lo que podía significar, el control colonial europeo, Japón prohíbe la práctica del catolicismo y se dedica a perseguir, castigar hasta matar o hacerlos renunciar, a los que profesan ésta fe, sean de su población o extranjeros. Dos padres jesuitas portugueses Rodrigues (Andrew Garfield) y Garupe (Adam Driver) escuchan que su maestro, Ferreira (Liam Neeson), ha apostatado, tiene ahora nombre japonés y propia familia incluida, ellos no lo creen, saben que Ferreira estaba en un viaje de evangelización, y deciden ir a averiguar. Garupe y Rodrigues ven la fuerte situación que reina en Japón, pero practican el cristianismo en la zona, tratan de seguir su misión a escondidas a contracorriente de que el inquisidor Inoue (Issei Ogata) pone mano dura en el territorio.

Inoue luce algo ridículo, algo exagerado, pero también se manifiesta inteligente, su debilidad producto de la edad la suple con el enorme poder de su cargo, sabe bien el deber que tiene, se le siente que es para él algo personal, como el japonés que piensa que está defendiendo la gloria de su nación. La religión es solo el pico del iceberg, lo que esconde un orden y control político. El filme en manos de los padres jesuitas es un quehacer más inocente, al menos en lo que creen y profesan Garupe y Rodrigues, sienten que están propagando una necesaria verdad que atañe a todo hombre, buscando salvar las almas de los campesinos nipones.

No es casualidad la imagen del primer encuentro con Kichijiro (Yôsuke Kubozuka) que parece un perro callejero sucio, es el reflejo de la pobreza reinante y la dejadez del poder. En esa situación la palabra de Jesús cala profundamente, pero en lugar de solucionar el problema, la diferencia social, producto de la ideología y la estructura política, monárquica y feudal, les conviene mejor sólo usar la violencia, torturar, y hacer que renuncien e insulten al Dios cristiano, hacer que la superficie desaparezca.  Por cierto, Kichijiro da cierta risa, con lo endeble que luce, pero se entiende que es así por la fuerza con la que choca su fe, el temor a morir. Pero es a un punto increíble ver que a pesar de todo Dios –y los padres- le perdonan, le dan infinitas oportunidades, y él finalmente digamos que retribuye. Es la duda absoluta, medio un Judas cómico.

En el filme hay dos líneas de desenlace, que es lo que finalmente más importa. Una es la aceptación del poder japonés, la negación del cristianismo en suelo nipón, que va por Ferreira, quien argumenta de forma interesante (pero aunque lo niegue se debe su apostasía a la tortura fina y estratégica), aduciendo que Japón es un pantano donde no se podrán sembrar nunca ciertas plantas. En esa línea hallamos otra adaptación de la novela histórica de Shûsaku Endô, Chinmoku (1971), de Masahiro Shinoda, que es derrotista con el catolicismo, y triunfalista del Japón tradicional. La otra línea, la de Martin Scorsese, es la de que Ferreira es como un especie de Satanás, un tentador, imitando a la biblia, lo que es constante en el filme y más que seguro en el libro. Y la tortura, el salvar a los campesinos a cambio de la apostasía, los que le valen muy poco a los monárquicos, es un chantaje brutal, un subterfugio de implacable debilidad contra la fe, pero ¿qué hace un padre ante esto? El filme de Scorsese ve el sacrificio, la entrega y sobre todo el perdón de Dios. ¡Dios habla!, aunque parezca más una alucinación de la tensión. 

Otra discusión atractiva de la película es la que dice que los campesinos no saben bien lo que hacen, sobre entender la trascendencia, y que incluso no comprenden bien a quien le rezan ni por quien lo hacen (se dice que le rezan al sol), pero su devoción, martirio y muerte –aun en sus limitaciones- es acción suficiente para no pretender desestimarlos, porque la vida es lo más preciado que tiene uno (tenemos a Kichijiro para corroborarlo), como que todo hombre vale sin importar su humildad, cosa que no se comparte en el tiempo de la ambientación por los mandos japoneses ni por el renacido Sawano Chuan (Ferreira), y entregarla por una creencia religiosa es tal cual la aceptación de aquella visión de Cristo, uno se debe a ellos, a su respeto y honra. En ese sentido la intervención de Shin'ya Tsukamoto como un campesino creyente es de una emotividad maravillosa, lo mismo que con el traductor aliado del poder japonés (Tadanobu Asano), son contrastes magníficamente definidos, aun tan marcados.                                                                                                                      

martes, 7 de marzo de 2017

Paterson

El último largometraje de ficción de Jim Jarmusch nos muestra la vida de un conductor de ómnibus vista durante una semana, Paterson (Adam Driver), que en su tiempo libre es poeta, aunque aún inédito, tomando en cuenta que de alguna forma todos en la ciudad, Paterson, New Jersey, son poetas. Sobrevuela la filosofía y figura poética de William Carlos Williams, tan compenetrada con la ciudad, a quien el protagonista admira, es su poeta favorito.

Paterson vive con su esposa Laura (Golshifteh Farahani) y su perro bulldog Marvin. Ella quiere convertirse en algún tipo de artista, ser una mujer exitosa y popular, para eso trata de aprender a tocar guitarra, o todo lo quiere transformar en arte en su casa, todo lo pinta o lo adorna a su gusto, un tanto impresentable. Quiere tener un negocio de postres también. Laura es una mujer simpática como persona, una buena pareja, su deseo de arreglarlo todo no es molesto, es tierno, como su sueño de éxito es expuesto de manera naif, y Paterson lo vive y siente así, por lo que nunca discuten por su mal gusto, o su deseo de rediseñarlo todo, ni por algún pedido costoso.

Paterson tiene una vida monótona, pero feliz, se levanta de la cama, come cereal, habla con su mujer, escribe algo en tono muy natural (en cuanto puede, y vemos las letras en pantalla), camina hacia el trabajo, otro empleado le anota la salida del vehículo que tiene a cargo (uno de origen indio siempre quejumbroso de su vida), sale con el ómnibus público a las calles, y en el trabajo escucha algo al vuelo de los pasajeros, donde no hay vulgaridad, sino siempre gente de a pie inteligente y noble, como el mismo Paterson, que bien lo llegan a describir en un comentario como un chofer de ómnibus muy instruido, una curiosidad quizá. A la noche saca al perro y va a tomarse una cerveza a un bar cercano donde el viejo cantinero es un coleccionista de fotos de celebridades de Paterson y aficionado al ajedrez. Regresa a su casa, y comparte conversaciones con su mujer, los sueños y los muchos entusiasmos de ella, cuando él es más tímido y discreto.

Paterson es un filme simpático, que nunca aburre, por más que exhibe suma sencillez en todo sentido, y hay una construcción argumental y narrativa de repetición, que varía en su exposición detallista, mostrando otros ángulos de lo mismo. La idea general está muy clara, es la vida apacible y común de un hombre cualquiera (aun cuando su relación amorosa contrasta con los amores problemáticos de afuera y señala una química especial, sin ser irreal), que con una vida humilde es pleno, la de la sencillez que tiene belleza en sí, y que no es sólo un simple chofer, su mundo tiene la misma hermosura que sus poemas, están hermanados, describen su existencia.

Cuando Paterson recibe el regalo del turista japonés es como decir, tu vida es poesía, no dejes que tus problemas –u otros- te hagan cambiar de pensamiento u olvidarlo, aunque el filme suene romántico, idílico e idealista en general, y recibe un regalo aparentemente muy simple, pero cargado de simbolismo (lo mismo que trasmite que aquel nipón viaje en pos de Paterson New Jersey y William Carlos Williams), éste le dice (sin hablarlo directamente, Jarmusch tan sólo sugiere por varios elementos), haz poesía, escribe sobre tu vida, y no es una ilusión complaciente ni conformista, únicamente una forma positiva y optimista de ver y fomentar el mundo, celebrar a nuestros congéneres, igual a las cosas pequeñas, apreciar donde otros minimizan, agradecer el amor, el hogar, el arte, los sueños, querer y poder vivir tranquilo con uno mismo, porque creer en la poesía de nuestro mundo siempre será saludable, y los límites los pone uno. 

miércoles, 23 de diciembre de 2015

Star Wars: Episodio VII - El despertar de la fuerza

Se trata de una de las sagas más queridas (si no la mayor) del séptimo arte, siendo parte de la cultura popular del mundo, que despierta admiración y fanatismo en todo el planeta, con lo que era una de las películas más esperadas del año y que ha obtenido el respaldo de la crítica y del público, pero que tal recibimiento (me) sorprende en buena parte, fuera del goce cinéfilo que significa volver a un lugar reverenciado, que aunque menos original, argumental y atrevida que la trilogía de los Episodios I, II, y III de George Lucas (una innecesariamente completista de background) es paradójicamente apreciada como más lograda y mejor por mucho, y en lo personal la veo muy próxima en alcance a la nueva trilogía de Lucas, salvo que El despertar de la fuerza (2015) posee mayor entretenimiento, fluidez y algunos aciertos discutibles, como que Kylo Ren (Adam Driver) es novedoso a un punto como tipo de enemigo, aunque sea bastante pobre en combate a fin de cuentas fuera de las falsas apariencias, mientras luce engreído y tan dubitativo, que exageradamente humanizado merecía la dignidad de desbarrancarse y desaparecer, o más bien enfrentar a Luke Skywalker, que ser agredido por Chewbacca, o lucharla contra un stormtrooper renegado que antes fue vencido -en, sea dicho, una pelea interesante- por otro stormtrooper con una especie de tonfa.

Lo que se dice que engrandece el producto es la llamada nostalgia que imprime en el esqueleto y las acciones determinantes del filme, más allá de lo evidente, de los nombres consagrados, el director y guionista J.J. Abrams, con la ayuda de Lawrence Kasdan en el guion (que se encargó de la escritura de El imperio contraataca, 1980, y El retorno del Jedi , 1983), que es cierto que está trabajada con potencia en sus tantos supuestos especies de homenaje o mayoritarias repeticiones fáciles de identificar, que hasta Yoda se esconde tras Maz Kanata (Lupita Nyong'o), una especie de Edna Moda alienígena, guía y guardiana más pedestre que antes. Se ve que parte de lo bueno del filme se debe al grato entretenimiento de sus combates aéreos, a sus aventuras espaciales con monstruos y caza-recompensas (donde observamos a los protagonistas marciales centrales de The Raid, 2011, Iko Uwais y Yayan Ruhian) o en el desierto del planeta Jakku (similar a Tatooine), a las persecuciones, luchas y contundente y trepidante acción, apreciando nuevamente al halcón milenario, los TIE Fighters y a los X-wing fighters mejorados, que junto con la banda sonora del referencial y famoso John Williams genera varios ratos de suma emoción. No obstante la lucha cuerpo a cuerpo o con los sables rayan en lo básico, a un gran punto lo arbitrario y absurdo, y a todas luces se siente menor que antaño.

Sorprende tanta celebración porque el filme está plagado de errores, incongruencias, destrucción de cierta mítica y obvia explotación negativa para su leyenda, como por un lado el propio Han Solo (Harrison Ford) representa en su presencia, que tiene bastante participación, donando su legado en un quehacer lento como narrativa, típico de su edad, pero con éxito de héroe joven, que solo por sentimiento funciona aunque se ve endeble, anexado a un sacrificio que luce todo menos glorioso, a cierto punto banal, si bien ayuda a definir ambigüedad y tiene su gracia. También abundan los facilismos y hasta cierta ociosidad y autolimitación lógica vista la elección de repetición de lugares determinantes de la trilogía original, evitando imaginar verdaderas novedades, teniendo trabas al volver a lugares del pasado tratados antes laboriosamente, con lo cual se esquiva la recreación detallista, al igual que la construcción de un background lógico consigo misma (aun en una fantasía) durante momentos claves en la historia (la destrucción de la “nueva” arma destructora de planetas, y el legado del gran Akira Kurosawa en la trilogía original, el camino del samurái transformado en la fuerza y el entrenamiento jedi), y es que todo apunta a un remake notorio y en parte reboot, donde todo se repite, en el regreso sin mayores precisiones del imperio con la ahora llamada primera orden tras la base y poderosa arma the star killer (antes la Estrella de la Muerte), mientras un mapa (como en la trilogía original) con el paradero de Luke Skywalker tiene que llegar a la resistencia en el nuevo R2D2, BB8 (que realmente es igual de simpático y quizá más que el anterior). El Líder supremo Snoke no tiene la más mínima originalidad física ni argumental, como si lo tiene su predecesor el emperador y canciller Palpatine, y luce como un simple holograma de un extraterrestre del montón, como aquellos salidos de la cantina de Maz Kanata o antes de la similar cantina de Mos Eisley.

En la lucha interior de un Kylo Ren que teme no ser tan grande como Darth Vader, en la moralidad y parentesco familiar de la luz contra la oscuridad, aunque viéndose pusilánime, un cry baby, hay novedad y encanto, pero también le pesa mucho la debilidad que asoma de distintas maneras, como con el combate con la heroína que se ata a la empatía del feminismo por sobre la lógica, al hallarse sin entrenamiento, pero con un legado en la fuerza, y sin embargo yace a la altura de las circunstancias, contentando al público más básico, aun haciendo imaginar la obviedad de otra de esas ya típicas revelaciones de Star Wars, de: ¡yo soy tu padre!, con lo que crear coherencia, cosa que le falta en estos momentos a la película en general y se espera tome justificación en las próximas obras de ésta tercera trilogía, que supuestamente se inscriben como secuelas tras 30 años que han pasado, pero más huele a remake por todas partes, con solo algunos cambios menores con tres nuevos héroes que combinan las habilidades y aventuras de antaño en la princesa Leia, Han Solo y Luke Skywalker, en las características de piloto, jedi y fiera feminista, independiente y de armas a tomar, dentro del nuevo trío heroico, un stormtrooper denominado como FN-2187, llamado más tarde Finn (John Boyega), a poco de decidir su libertad, individualidad y distinción “gratuita” (o revelación de su humanidad); la chatarrera Rey (Daisy Ridley) que se hace sola ante el abandono y le sigue su destino, tan semejante a la historia de Luke Skywalker; y el más secundario del trío en Poe Dameron (Oscar Isaac) como el mejor piloto de la resistencia. Mientras la Princesa Leia y el famoso actor Max von Sydow hacen de ornamento, en una película llena de puntos en contra, pero divirtiendo a costa de todos ellos, aunque mañana no nos acordemos con tanto entusiasmo de Star Wars: El despertar de la fuerza, tan fagocitadora de sus orígenes.