Mostrando entradas con la etiqueta Daniel Bruhl. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Daniel Bruhl. Mostrar todas las entradas

miércoles, 8 de enero de 2014

Rush

Si amas el deporte tanto como yo, sin que suene exagerado, entenderás mi anhelo en el cine, el que se aborden a fondo, sustancialmente, las temáticas deportivas y a sus mejores exponentes; esas personas que lo  entregan todo en un aura de excepción que de conocer su realidad uno no podría creer lo duro que llega a ser que alguien se convierta en campeón del mundo, y es que no todo es ver la última fotografía, el éxito, la celebración y los premios. Entonces, suelo ser tanto curioso como muy crítico con las películas que retratan sus distintas disciplinas, si bien también suelo dejarme llevar por la emoción que transmiten desde la pantalla, y es que son una gran fuente de intensidad y de placer, ese que el séptimo arte siempre ha explotado, en el compromiso que articulan los deportistas y en la complicidad a raíz de ello del espectador, solo que no siempre con los más destacables resultados, aunque en lo primario suelen cumplir por lo general.

Llego a esta película con algo de desconfianza, pero finalmente debo decir que me he rendido a ella, a pesar de que en algunas oportunidades roza los mismos errores que suelen minimizar a este tipo de propuestas, sin embargo logra superarlos. El director es Ron Howard, que aunque es irregular dentro del grupo de los que destacan y ha producido ¡horror!, como con el empalagoso Grinch (2000) o el mediático El código Da Vinci (2006), por mencionar algunos, también es el creador de Un horizonte muy lejano (1992), Apolo 13 (1995), Una mente maravillosa (2001) y El desafío - Frost contra Nixon (2008) que son magníficas películas, por lo tanto cabía creer en él.

Rush es una cinta que no solo posee adrenalina, y te recrea la consabida pasión que envuelve a lo extremo, como la que define el comportamiento de dos rivales del F1 durante el año de 1976, del austriaco Niki Lauda (Daniel Brühl) y el británico James Hunt (Chris Hemsworth), sino que te produce el entendimiento de lo que llega a significar el deporte, del sacrificio que puede aducirse como de irracional, y ahí incluso Lauda, un tipo muy pensante, difícil, controlado, metódico y ordenado, un profesional que juega con probabilidades y la última técnica, puede tomarse apenas un tiempo mínimo de recuperación tras un escalofriante y por poco mortal accidente con quemaduras y desfiguración de por medio, por el potente deseo de volver a las pistas y enfrentar nuevamente el reto de ir al límite en una carrera de autos, de ganar un segundo campeonato del mundo, y vencer a su contendiente más próximo, Hunt, y aunque puede ganarle la reflexión, su acto de inmediato retorno y su ahínco de curarse para reincidir, como el hecho de que marcara en repetidas ocasiones un hito en la Fórmula 1, es impresionante, como lo es la admiración secreta que despierta Hunt en él, un tipo que se le conoce por no escatimar velocidad ni atrevimiento en el volante, un corredor que tiene la personalidad del que le saca el jugo a la vida como un bohemio y un mujeriego al que todos quieren, un tipo despreocupado, fácil,  y por lo general inmaduro, pero que tiene una fijación a costa de todo, incluso de cambiar de actitud, dejar de ser irresponsable, y es ganar la copa del año 1976, derrotar a su máximo rival, al favorito, a Lauda.

Una de las cartas del filme es que los dos protagonistas tienen personalidades muy antagónicas, uno es el típico guapo, no solo de carácter sino físicamente, al otro le dicen que tiene cara de rata y es -dicho a grosso modo- antisocial y antipático. Uno vive siendo muy alocado, el otro en la seriedad de lo convencional, pero comparten una lucha en una profesión, un apasionamiento mayor que cualquiera, el que lo has puesto en el lugar donde están, como el haber sorteado la negativa de que se conviertan en corredores de autos y haber salido de una división inferior de la Fórmula, también el ser egocéntricos, que es el alimento del que quiere ser campeón, que siente seguridad y cree en sí, sin desproporcionarlo, recurriendo Lauda al ingenio y a una fuerte inversión personal para surgir, mientras Hunt a “arrodillarse” ante auspiciadores que quieren que tome una mejor imagen. Ron Howard vence los clichés usándolos como parte de un conjunto, llama nazi a Lauda, pero hace uso de la normalización del idioma alemán, que sirve para su enamoramiento y la difusión de sus logros, y a Hunt lo hace sufrir la banalización de como se ve, pero le da momentos de reflexión como cuando su esposa, la modelo Suzy Miller (una preciosa Olivia Wilde, de rubia) tiene un affaire con Richard Burton, o lo hace meditar sobre su futuro en la F1.  

Tanto Daniel Brühl como Chris Hemsworth lo hacen muy bien, siendo el binomio que forman el que hace un producto superior, se retroalimentan mutuamente en el filme y ambos ganan atributos y superan deficiencias con el compañero, es un juego de a dos dados. El primero trata de salir de su apocamiento interpretativo gracias a concebir riqueza como personaje, anclándose a una personalidad de las que brillan -valga la obviedad- desde adentro, como se duda, no luce como el clásico corredor de Fórmula 1 (otro rasgo de la película, hacer ver al espectador muchas cosas que normalmente pueden pasarle desapercibido, dentro de un buen guion, como se destaca en ello notoriamente Peter Morgan), y sin embargo representa al más grande de su época, mientras por su lado Hemsworth le saca partido a su imagen (es simple como actor pero denota naturalidad y fuerza, sabe explotar su tono fresco, saludable, el de un ideal ligero), pero añadiéndole y redondeándole para mayor valía, aprovechándose, visto desde su rol, una profesión que ilumina los que serían sólo defectos. 

Ron Howard tiene sus ratos de lugar común, recordemos rápidamente alguno, todo el lapso en que se conocen y viajan juntos Marlene (Alexandra Maria Lara, que cae precisa en el sosegado estiramiento y las elegantes formas que implica su papel) y Niki, porque tampoco es que deje de ser un artesano del séptimo arte americano, el que busca lograr un cine amable, reconocible para el público, no obstante es notable ver cómo se las ingenia para no ser predecible o repetitivo en las carreras, sobre todo en la última que guarda tensión hasta el último minuto, pero sin alargamientos excesivos, cansinos o aparatosos. Alberga vitalidad y genera interés sin caer en recreaciones pobres o ya muy vistas, sino más bien hace todo lo contrario. Es plausible como todo el aparato que describe y exhibe el F1 se da sumamente ágil y a la vez contundente, creíble y hasta serio, en lo posible. Su calidad de síntesis es extraordinaria, y no cobra ninguna factura, sino realza la historia y sus pormenores. Aúna el efecto dentro de las competencias mediante la rivalidad, lo emocional, el sentido del filme, y hace una mezcla idónea, capital, donde debajo de un trato con ataques verbales y la naturaleza de sus posiciones confrontadas se oculta respeto, admiración y puede que hasta verdadera amistad, nacida de verse reflejado en el otro, aunque sean distintos, y eso implica hasta una pequeña envidia, o perspectiva de emulación, en su calidad de perseverancia, y entrega, que viene a ser mutua.

El filme aparenta ser el biopic de James Hunt (quizá porque Chris Hemsworth es muy popular), pero la verdad es que Ron Howard ha repartido eficientemente a ambos lados, les ha dado méritos y defectos a los dos, ha oscilado a la vera de uno y luego tras criticar al otro ha volteado la tortilla, ha dado un contexto muy equilibrado, muy maduro. El desenlace pudo ser para cualquiera –si no conocemos los hechos reales- y quedar muy bien el resultado, y eso se debe a que ha creado a dos protagonistas, a dos púgiles en iguales condiciones dentro de un ring, con una meta en común. En realidad parece que se tratara sobre todo de la coincidencia del campeonato del mundo del F1 del año 1976, aunque la historia es de Hunt y Lauda, son los gestores de que el deporte haya sido tan trascendente, los que lo enaltecen. De ellos quedan frases como la espontaneidad que contiene -y necesita para que viva en su grandeza- cada disciplina en su éxito, gracias a lo más importante, la pasión, esa que parafraseando a Hunt trata de burlarse de la muerte. 

viernes, 6 de julio de 2012

Eva


Una película muy novedosa en el cine español es la presente dirigida por el catalán Kike Maíllo siendo su primer largometraje cinematográfico y que ya ha cosechado tres premios Goya éste 2012 por director novel, efectos especiales y actor de reparto para Lluís Homar. La gran curiosidad es que es una cinta de ciencia ficción, una rara avis en el mundo hispano que conlleva una muy buena estética dentro de una discreta trama de amor de dos hermanos por la misma mujer, la esposa de uno de ellos que fue pareja del que ahora es su cuñado pero que la abandonó hace diez años por motivos desconocidos para el espectador y es que el relato guarda mucho misterio deparando una sorpresa final.

En una ciudad invernal donde la robótica es habitual entre los humanos, el inventor Alex Garel (Daniel Bruhl) tiene la encomienda de crear las emociones de un nuevo prototipo, él encuentra como inspiración a una niña locuaz y extrovertida, su sobrina Eva, hija de su cuñada Lana (Marta Etura), con la que sostendrá un vinculo especial.

El pasado es enigmático en el filme –algo que solo podremos imaginar si bien hay sugerencias, debido a la sencillez de la historia- pero parece vital en la tensión del presente y en medio de relaciones afectivas secretas; la trama se mueve bajo silencios entre los vínculos fraternos y en relación a la familia del hermano menor, David Garel (Alberto Ammann), mientras se nos presenta la cotidianidad de la vida de Alex en su regreso a la ciudad ficticia de Santa Irene, un lugar que tiene vehículos actuales a nuestra era y modelos antiguos, una infraestructura común hasta con óxido y deterioro, siendo nada futurista, lo que solo nos deja de extraordinario las máquinas y los robots avanzados de distinta forma que yacen adaptados a nuestro mundo.  

Alex tiene un gato mecánico que imita uno verdadero y que está libre de órdenes, un artefacto visual que sobresale de la realización, también un amo de llaves, el sentimental Max, Lluís Homar en una actuación entre creíble con algunos movimientos y otros tantos que no lo desligan de su persona, le brillan los ojos y tiene el pelo engominado, es algo rígido, intenta ser verídico y a ratos lo aceptamos, sin embargo se hace muy complicado lograrlo durante todo el metraje, la idea es atrevida pero el resultado casi imposible, algo tibio para caliente –no perfecto pero encomiable- para ser razonables.

No hay mucho que contar porque más parece un ejercicio de cine de ciencia ficción y no una película dispuesta a narrarnos algo importante (no lo logra en ninguno de sus intentos, ni siquiera con Eva o el invento en ciernes), donde priman algunos objetos mecánicos, la fotografía de paisajes nevados o la manipulación en el aire de la bella composición cerebral de un autómata, unos efectos especiales a destacar un poco pero nada aún siquiera como se hace en Hollywood al servicio de lo comercial. Resulta casi inexistente la formación de algún contexto o es bastante escueto, lo hay pero éste se mueve muy lento y básico.

Resalta el encanto de la niña Claudia Vega a la que creemos buena fuente de inspiración como se le atribuye, el encanto de Marta Etura, alguien de quien es fácil enamorarse por su carisma y belleza, y un muy entregado meditabundo, sereno y seguro de sí Daniel Bruhl.

Estamos frente a un filme que no se aleja mucho del presente aunque está adelantado, nos muestra como conviven autómatas con seres humanos, de la mano de relaciones afectivas deficientes o en evolución se nos circunscribe a familiarizarnos con la robótica, se ha diseñado un argumento de su composición mental, vemos a Max en la práctica y en sí hay un imaginario al respecto que aprovechar en el ecran, no obstante el prólogo parece anhelar sin éxito suplir un vacío, ¿qué pasa en dicho contexto inicial?, el desmayo de una niña y una caída al abismo, hay una consciencia de llenar la historia, ahí solo queda conocer las razones y el desenlace vuela sin entusiasmo desfalleciendo en el lugar común y en lo que se vislumbra claramente, a favor está que tiene una estructura coherente y bien relacionada.

Peleas familiares por un tercero en discordia tratados sin aportar nada nuevo no son un pretexto para fabricar un filme memorable. El futuro queda como algo secundario bajo algo inferior e insustancial si se quiere apreciar bajo ese drama. Eva (2011) más será recordada por ser una de las primeras hazañas en España de hacer un sci fi y visto bien Roma no se construyó en un solo día, tiene mérito desde luego.