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lunes, 23 de julio de 2018

Léon Morin sacerdote (Léon Morin, prêtre)


La película de Jean-Pierre Melville empieza con una mujer llamada Barny (Emmanuelle Riva) que confiesa estar enamorada de otra mujer (Nicole Mirel), una mujer bella de su trabajo. Barny tiene una hija y es así de rebelde, de fuerte personalidad. Es el tiempo de la ocupación alemana en la segunda guerra mundial, y Melville retrata de manera original a sus personajes. Un americano intenta aprovecharse de Barny, un alemán juega con la hija de Barny, en el camino de esperar lo impredecible, aunque finalmente las cosas toman el orden normal.

Entre lo atrevido está que Barny quiere seducir a un cura, a Léon Morin (Jean-Paul Belmondo), a quien admira y es gran amigo de ella. Barny regularmente va a conversar con él, hablan de filosofía, de religión, de literatura. Barny se considera atea pero mediante los diálogos con Morin se volverá creyente, católica, se rendirá a sus argumentos que le contestan sabiamente siendo ella también inteligente. Barny en un inicio quiere vencerlo –negar a Dios-, cuando es época de renegar incluso de ser judío, para salvar la vida, sabiendo que Jesús fue judío.

Barny en un ataque de audacia conoce a Morin cuando quiere enojarlo, ridiculizarlo con su inteligencia, quiere entrar al confesionario y vencer a éste padre que ha elegido por su condición humilde, por su cercanía al pueblo, ya que Barny rechaza la burguesía. Morin muy austero –como vemos cuando el cuadro se posa sobre el detalle de su ropa- incluso defenderá a la gente con mucho dinero, a todo ser humano frente a la misericordia de Dios.

La gran escalera subiendo al cuarto de Morin es tomada por la cámara como el constante preámbulo de emociones, generando momentos de mucha expresión, dramatismo, temor, pena, curiosidad, entusiasmo. Son mujeres las que visitan a Morin, en tiempo de guerra son las que esperan en casa. Todas quedan enamoradas de él, por su solidez al hablar, e incluso alguna más avispada, más puta, quiere llevarlo a pecar, a que tenga sexo, sin mayor razón.

La curiosidad es que Barny sensibilizada le pide a Dios que le conceda acostarse con Morin, también quiere pasar por alto que es pecado e ir contra el gran temple del cura, aunque hay más entre ellos –respeto y cariño-, mediante una escena muy hermosa donde ella –la toma- mira –sugiere- hacia la cama, a su cuarto, a pasos de ella y Morin. Pide con fervor poder tener sexo con el cura. Morin que es muy religioso y honesto escapa, entre furioso y recio a odiarla.

Morin es noble y tolerante, de mente abierta –como cuando oye de la bisexualidad-, pero tiene carácter también. Se enoja de manera brusca. Es tosco, pero no violento, como cuando tiene un hacha entre las manos. No es para nada delicado en muchos de sus actos. Esto le otorga mucha masculinidad, un toque que mezcla sensualidad, provocación pasiva, y fe muy firme. Son dos grandes personajes en disputa y atracción, pero no solo ellos, el grupo de mujeres del trabajo de Barny también muestran mucha personalidad y proponen interesantes momentos alrededor del antisemitismo, la convivencia, el poder, la admiración y la seducción.

El filme hace mucho hincapié en lo maravilloso que es Morin, puede notarse mucho esto, lucir a ratos algo fácil, pero ese es el eje de la propuesta, la atracción del cura inteligente y auténtico, que contrasta con tantas críticas a la iglesia y a la debilidad y hasta la corrupción del cuerpo. Mientras todo esto sucede tenemos un escenario especial, aunque muy afín al cine de Melville, la segunda guerra mundial que también aporta. Es un filme amable de bellos momentos en la interactuación y que no es cruel ni demasiado sufriente –más es sugerente- a pesar de tremenda guerra o estar uno por conocerse más en profundidad y cometiendo fallas, que es lo que sobrevive cuando la protagonista le agradece finalmente a Dios.

jueves, 13 de diciembre de 2012

Amour

Ésta es una película que por donde va cosecha elogios, y triunfos como la palma de oro en el Festival de cine de Cannes 2012. Michael Haneke nos remite al sufrimiento emotivo y físico en la vejez tras las enfermedad que llega repentina, aquí ante ataques cerebrovasculares.

Una pareja de músicos de avanzada edad que profesan mucho amor entre sí tienen que afrontar el devenir del tiempo y la proximidad de la muerte. Mientras Anne (Emmanuelle Riva) se deteriora hasta no poder ni comunicarse coherentemente ni sostenerse por su propia voluntad, Georges (Jean-Louis Trintignant) no sabe que hacer con aquella dignidad que lentamente va perdiendo su eterna pareja, junto al dolor que presencia padecer y que se incorpora en él desasosegándolo ante la inutilidad de lo poco que puede solucionar frente a lo que ve. Ha hecho la promesa de no dejarla en un asilo de ancianos sino cuidar de ella, lo que lo pone en el meollo del asunto y lo hace vivir fehacientemente el estado de su mujer. Esto lo pone de cara a la dura crueldad de algo que llega intempestivamente sin que uno pueda preverlo o siquiera vislumbrarlo; es una etapa a la que uno no está preparado mentalmente siendo algo muy violento de atravesar. A veces, como vemos, mucho más en quien puede razonar lo que sucede y sentir la presión de ver al ser que más se quiere llorando, susurrando maquinalmente que le duele provocando desestabilidad emocional, cayéndose al suelo sin dominio de sus facultades y un sinfín de momentos que un director como Haneke nos lo deja ver o sugerir sin caer en una pornografía visual, pero haciéndonos entender en su propuesta que de ahora en adelante todo es cuesta abajo a la par que la resistencia ajena se verá afectada lentamente.

George se pone en el lugar de la amada, lo dice en su conversación; se siente impotente, afligido y quiere ayudarle, sostenerla, pero el camino cada vez es más tortuoso, más inevitable, y cada minuto empeora. Anne, una dama autosuficiente tendrá que lidiar con la nueva realidad aun no queriendo verse inválida en su enfermedad, primero consciente de que la tragedia es una bola de nieve, evitando el consuelo y el repercutir en su esposo, sin embargo no sabe lo que será, y más en su noble amor que debe hacerse cargo. El amor en ningún  momento se pone a prueba, éste es muy fuerte y eso lo hace más insufrible para el de afuera. Esa unión en ese mundo pequeño de a dos, se hará una tortura solitaria para Georges ante el ser amado que empieza a desaparecer, aun teniendo el cariño de algunos conocidos, el joven alumno u algunos inquilinos, o el de su hija Eva (Isabel Huppert, accesoria, expresiva, desolada), la que más que calmarlo le infringe desesperación.

El tono es frío, sin dramatismos exagerados pero hirientes, ya que el filme de Haneke duele irremediablemente, hay que atenerse a las consecuencias, no se puede evitar aunque trata de aplacar la flagrante decadencia del ambiente con el deambular sonámbulo y ocupado de las nimiedades caseras del protagonista varón. A ratos vemos lo que encierra la trama y a otros caemos en sentir lo que ocupa desde afuera del conflicto en sí, se mueve la cotidianidad asumida desde la enfermedad, es como un pacto entre dos seres demasiado unidos, el dolor de uno vive en el otro, y en cada rincón se trasluce. Los silencios, las conversaciones rotas, los monólogos pesimistas ante el cambio de la corrupción del cuerpo, las miradas, los recuerdos, los exabruptos discretos, todo van haciendo ceder al corazón ante un final anunciado.

La de Haneke es una película vista en Volcano (2011) del islandés Rúnar Rúnarsson pero enfocándose en el deterioro de la vejez visto desde el amor de una pareja y no desde la individualidad de un hombre que entiende una transformación (en uno se trata de un personaje en evolución y en otro de dos inseparables, pero comparten ideas en distinta intensidad); estamos ésta vez en un callejón sin salida, salvo con un desenlace críptico, artístico, romántico. No obstante principalmente el cineasta alemán quiere que aceptemos lo que representa una parte innegable de la existencia, como Anne diciendo ha sido una larga y bella vida. Y Georges es quien sirve de prisma para la comprensión, mientras al mismo tiempo desde el ecran el arte nos va enseñando sin poesía ni velos engañosos a través de su desarrollo un acontecimiento universal aunque en duras condiciones, pero sin faltarle la estética, ya que Amour en su leit motiv  –ese que oculta el título, la preparación del fin y el dolor en el trayecto, como representación indisoluble de éste último de lo que realmente significa existir- es una propuesta que conmueve y abre nuestra percepción, mientras nos cubre con su hipnótica belleza, como un ineludible Baudelaire buscándola en los espacios menos imaginados.

Dos actuaciones brillantes, Jean-Louis Trintignant en un papel de hombre educado, cariñoso, dócil, entregado, servicial, doméstico, dejando ver su pasado, su sensibilidad, en la ilustración del ser menos preparado para éste acontecimiento, y Emmanuelle Riva, una señora fuerte, dominante, dulce, tranquila, apunto de ver doblegada su esencia.

La realización es un derroche de inteligencia en la sencillez, en la claridad, dándole al público mucha conversación ante las imágenes presenciadas en la vejez, en el tiempo, en el sufrimiento, en el sentimiento. Es un Michael Haneke transportado a su obra, próximo, humano, a pesar de todo afable, sin extremismos pero en un extremo, calmo en el diluvio interno y abstracto como ninguno en la llaneza y poder de las imágenes efervescentes, intelectualizando con el séptimo arte pero para la comprensión amigable del espectador común a quien le entrega por medio de su cine de autor profundidad en la transparencia. No es un filme propiamente atrevido salvo en su honestidad y lucidez, sin regodeos vulgares, y aunque alguna decisión no sea la nuestra, podemos sentirnos satisfechos con su conjunto. Es la cotidianidad de lo que no esperamos ver, el ocaso anti-romántico de un contexto del compartir del amor.

El filme tiene solo tres momentos extraños o particulares, uno en el intermedio con la exhibición de unas pinturas al oleo de unos paisajes, la belleza en el reposo, un aire de neutralidad, de contemplación y de inmovilidad. Luego una paloma en dos oportunidades entra a la casa y Georges bajo un claroscuro se topa con ella, entra a tallar lo imprevisible, lo desconcertante, matar al ave, dejarla en libertad, que es lo que nos implica la acción que debe solucionar, la inocencia, la paz, la naturalidad, el vacío, un simbolismo simple y ciertamente indefinible, una ocurrencia menor a fin de cuentas. Y luego cierra con un único halo explícito de poesía en como nos ha reflejado la historia: No dos almas separadas, sino dos en una, juntas. 

domingo, 20 de mayo de 2012

Hiroshima mon amour

En el 65vo Festival de cine de Cannes hay un autor clásico en competencia, Alain Resnais, integrante de la mítica nouvelle vague. Compite con Vous n'avez encore rien vu (2012). Éste trata de las vicisitudes que genera un dramaturgo junto con sus amigos con relación a la obra Euridice de Jean Anouilh. Para profundizar en el arte de éste famoso cineasta francés, que en menos de 2 semanas cumplirá 90 años, exploraré una de sus máximas obras, que fue su primer largometraje de ficción y una de las mejores representantes del movimiento al que perteneció.

Resnais se apoya en el guion de la escritora Marguerite Duras, creadora de lacónicas frases cargadas de hondo razonamiento algo inexpugnable. El filme se reviste de una elegancia y profundidad en que los diálogos son base de reflexión sobre el romance de una francesa con un japonés en la devastada y vuelta a nacer Hiroshima, espacio geográfico que no piensa olvidar el desenlace de las hostilidades entre Japón y Estados Unidos en la segunda guerra mundial como no logra hacerlo, traumada, Elle (Emmanuelle Riva) que agazapada en un dolor amoroso producto del asesinato de su pareja a solo escasos años de juventud quiere cerrar ese círculo de su memoria al entablar una fugaz aventura con Lui (Eiji Okada), un hombre del que solo sabremos que está casado, muy bien educado y que apasionado insiste en prolongar el affaire.

Bajo la oportunidad de participar en una realización cinematográfica por la paz en la ciudad nipona castigada con la bomba atómica Elle intenta resolver de su mente el inamovible recuerdo de una desgracia acaecida en su ciudad natal de Nevers en Francia, conjugando los dos puntos territoriales en inseparable fusión del lugar y la persona en única humanidad para resolver el pasado pero dejando un pozo en Lui que como factor secundario ayuda y a su vez enfrenta su propio momento decisivo con el que hay que subsistir el resto de la existencia.

Asistimos a conversaciones urbanas, en la intimidad de un cuarto de hotel, por las calles o en un bar. Funcionan para tematizar el seguir adelante sometiéndonos a una especial situación de desgracia que está en pugna para superarse. Hiroshima se vincula con la muerte de un hombre en otra parte del mundo y mientras vemos imágenes derivadas de esa hecatombe que nos sensibiliza sobre la guerra y sus repercusiones acompañamos a esa mujer herida emocionalmente que vive una segunda oportunidad que igual de efímera busca subsanar su corazón y pasar la página. Se lucha con vehemencia, pero no se sabe si podrá lograrlo. Lui pide más que una escapada amorosa, en donde no faltan víctimas que parecen quedar siempre en segundo plano, además de que padecen ellos mismos. Trama de difícil resolución y en las pocas horas que les queda juntos se discute, se rememora, se contextualiza, se usan flashbacks.

Vemos románticas tomas de cuerpos mezclados en las sábanas mientras se repiten frases y se da un tono poético a inquisiciones privadas y vistas detenidamente universales, no exento el producto de fuerte dramatismo, sobre todo en la intensidad visual de lo ocurrido en la ciudad que los alberga actualmente (lleva un comienzo de aclimatación documental a un contexto histórico que puede chocar y desagradar ante su crudeza). Ella dice yo soy Nevers y tú eres Hiroshima, punto central del relato y que articula esa confrontación, esa insistencia de hoy y de ayer, un interminable epilogo que queda en nuestra imaginación rondando luego de tanta cavilación y vacilación, de duda sobre el futuro, para completar como sugiere la trama aunque si vemos a Hiroshima en 1959 (año de la obra de Resnais) hay optimismo, mostrándonos un paisaje bello, próspero y preocupado por la debacle atómica que es un hito de inflexión para sus habitantes y para el resto de los seres humanos como articula Resnais en su tratado cinematográfico. Lleva vaivenes en un hilo que parece espontáneo aunque está bien planificado; es un filme potente y seguro, solo que sin dictaminar respuestas totales sino probas en introspección.

Me resulta infaltable la mención de su relación con la película Casablanca (1942), que podemos ver como denominación de un establecimiento en Hiroshima. En ésta versión un hombre los une y no los separa. La melancolía primero y después el amor de un perfecto romance -aunque pasajero- que hay que vivir para obtener el perdón, el olvido, y cimentarlo finalmente como un recuerdo sano. No obstante es inevitable que tenga de historia triste, ya que todo indica que de igual forma tiene que terminar, desde la que es una experiencia significativa, tanto como concepto intelectual, que es lo que plantea el dúo Duras-Resnais.