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miércoles, 21 de febrero de 2018

The Post


Ésta es una película sumamente limpia, clara, muy bien explicada sobre un informe de análisis del propio gobierno americano sobre la guerra de Vietnam, denominado los Papeles del Pentágono, que señalan que el Departamento de Defensa sabía que era una guerra perdida y aun así seguían mintiéndole al pueblo americano, además de tener otros intereses anexos no oficiales desde los gobiernos de Harry S. Truman y Dwight D. Eisenhower que propiciaron la intervención americana. Esto se filtra de propia mano de un analista del Pentágono, Daniel Ellsberg, y llega a manos del periodismo, primero al The New York Times y después al Washington Post. El Post estaba dirigido por el legendario periodista Ben Bradlee y le pertenecía a Katharine Graham que también era la editora. Se enfrentaban a comienzos de los 70s con el gobierno de Richard Nixon.

El filme es una exhaustiva exposición del desarrollo de las publicaciones y la reacción del gobierno de Nixon que quiso detener las publicaciones y amenazó con llevar a la cárcel a Graham y a Bradlee por poner en peligro la seguridad nacional. En el filme Katherine Graham, interpretada por una talentosa Meryl Streep, tiene sus dudas de publicar estos papeles porque era amiga cercana del secretario de defensa Robert McNamara que tuvo mucha injerencia en la guerra de Vietnam y a quien le iba a caer gran parte del peso de las críticas sobre éste informe. Pero Bradlee (Tom Hanks), por lo que se ve en el filme, estaba muy decidido y era muy aguerrido e impávido y trataba todo el tiempo de convencer a Graham de publicar.

Katharine Graham luchaba contra un espacio periodístico machista y patriarcal, de hombres de negocios, donde las mujeres solían estar relegadas o prácticamente no existían en las altas esferas del poder, pero tenía carácter y mundo, y un compromiso con demostrar que podía llenar el lugar y sentirse orgullosa de su labor y entrega al pueblo americano. Graham es una mujer de dinero, y reuniones sociales, que estuvo dedicada a su matrimonio e hijos, pero el deber le llamó y en eso se enfoca mucho el filme de Steven Spielberg. Graham tiene dudas y temores en su cargo, pero tiene mucha voluntad y quiere dejar una marca.

En varias oportunidades vemos como la puesta en escena de Spielberg pone a Graham algo achicopala, pequeña, frente a la predominancia masculina, con ellos tratando de minimizarla o dominarla, haciéndole ver todo el tiempo que el Washington Post era una empresa y dependía de inversiones, banqueros y la bolsa, que se espantarían con éstas publicaciones. Graham lentamente sale a la luz y va tomando mayor fuerza y convicción, porque tiene ante todo un deber con el periodismo y la libertad de prensa, y el pueblo requiere la verdad. Vemos como Spielberg la coloca más tarde en la gloria de los reflectores, semejante a un ave fénix, ante un llamado de personalidad, brillando frente a la mayoría masculina.

En una escena Meryl Streep atraviesa un lugar lleno de damas esperando afuera de una entidad gubernamental (las mujeres dejadas en segundo plano), e ingresa a un lugar de puros hombres y ella queda por encima de todos (reubica a las mujeres bajo su representación), tal cual un conglomerado patriarcal que no puede con ella, que no puede sojuzgarla. Es una pequeña revolución feminista, donde una brillante mujer se impone, justificada por un deber mayor, universal e idealista, luchar contra la mentira, y el poder que yace a espaldas de la ciudadanía.

Katharine Graham es la protagonista de la película, es la mujer que tiene que definir su destino y del periodismo americano, o vivir pusilánimemente –frente a los amigos, el dinero y el poder- o brillar con fiereza, pero con razón, ayudada por ese soldado y subalterno valiente que es Ben Bradlee, quien también recapacita, no es un tipo cerrado o unidimensional, como pudo quedar plasmado, teniendo momentos de reflexión y relajo; uno de ellos llega por su esposa (Sarah Paulson), una ama de casa, que aunque está más encargada de llevar y pasar la comida a los periodistas también es inteligente y entiende la situación y puede influir en su marido; la otra lección llega a razón de la amistad con John F. Kennedy y es pensar que el deber está por sobre las relaciones, por sobre los amigos políticos, uno siempre tiene que decidir.

The Post (2017) es una clase maestra de periodismo, una película que es muy entretenida, que no es difícil de seguir y entender, que se explica maravillosamente, cuando pudo faltarle el dinamismo y ampararse en mucha información, ser verborrea. Ésta se halla muy bien distribuida y entregada, tiene ritmo, fuerza y amabilidad, es notable.

domingo, 11 de diciembre de 2016

Sully

Unas  gaviotas se estrellan contra los dos motores de un avión comercial y los malogran apenas salen del aeropuerto quedando en muy mal estado el vuelo. El piloto Chesley “Sully” Sullenberger (Tom Hanks) que cuenta con 40 años de intachable experiencia, junto a su copiloto, Jeff Skiles (Aaron Eckhart), decide amerizar en el río Hudson, New York, como medida para salir intactos, salvar a sus 155 pasajeros y a la tripulación, rehusando no aterrizar en ninguno de los 2 aeropuertos más cercanos, como le indican por radio. Esto es el filme, Eastwood vuelve con un filme elemental, tras la pésima y propagandística El francotirador (2014). Y lo que hace de buena calidad al filme es su estructura y su forma de exposición, donde mediante varios flashbacks se palpita el momento clave del vuelo de Sully, se discute si fue apropiado su amerizaje o en realidad puso en peligro a los pasajeros con su acción, sabiendo que el Hudson es un río helado además y pudo haber hipotermia o congelación, por lo que la ayuda de los guardacostas y demás grupos de rescate hicieron lo suyo también.

Se pone en duda el profesionalismo y el sentido común del piloto, al que en New York lo creen un héroe, y él humildemente no celebra, lo llama una acción colectiva, apreciándose como situacional, de reacción rápida y de temple, mientras busca tratar de pensar bien que sucedió, y defender con juicio pleno que hizo lo correcto, que un momento de este tipo puede implicar romper con el reglamento, que el factor humano implica una decisión más real, más eficaz, y a pesar de las apariencias mucho más segura, porque ir hasta los aeropuertos significaba por el contrario no llegar ilesos. Esto puede entenderse que es también la premisa de El Francotirador, pero cambia un contexto, añádele otros elementos y el panorama, la decisión, la empatía y la respuesta es totalmente distinta. Partamos de que es inconcebible y muy ligero, no es el mismo peso ni la misma condición, comparar al antihéroe de un western, la fantasía de un entretenimiento puro y duro, con una figura real e histórica, muy fácil de identificar y que hay que asumir y aprobar, el nivel de abstracción y compromiso es distinto, como lo que proporciona una guerra reciente como Irak y sus agentes de acción, el aceptar sacrificar vidas humanas –niños y mujeres, ciudadanos civiles, seres humanos, vistos todos como salvajes- toma otro vuelo cuando tenemos la noción de querer perpetrar una justificación con algo mucho más próximo y tangible, la proyección y el entendimiento asume otro nivel y el espectador lo siente y lo procesa/atiende de otra forma, cuando lo que uno observa ya no es un juego o simple ficción.  

Decir que Eastwood repite la misma esencia  y constantes en sus películas es verdad de alguna forma, pero cuando el nacionalismo y el patriotismo por sobre el resto se desbordan es menester señalar ese extremismo, egoísmo, empobrecimiento humano y unilateralidad, como también el sentido de la ira y la falta de meditación total. En cambio Sully prefiere pensar en lo humano, asumiendo a esos 155 pasajeros como el mundo y no solo como norteamericanos, o es por eso que uno se identifica y ama lo que ve. El filme de Eastwood pone a pensar el incidente llamado “El milagro del Hudson” desde distintos ángulos –que no son muchos- y momentos, es el sistema reclamándole a un agente, distinto a El Francotirador donde el sistema impulsa y justifica ese comportamiento bélico  y ultra defensivo y cerrado de lo nacional y lo premia y lo eleva como héroe oficial. Sully hace un gesto por los demás, se “sacrifica” o desobedece (en realidad solo hace lo que cree lo más razonable para salvar a todos), manteniendo su moral y ética, actúa fuera de la cuadratura para salvar hasta el último pasajero, hace de su experiencia y lucidez una bandera de justificación. Lo inteligente del filme de Eastwood es que no se trata de ir en contra de los reglamentos, de aceptar que cualquier “loco” puede creer que debe reaccionar a su regalado gusto, Sully demuestra que lo que decide es lo más inteligente, y además hace uso de una opción del manual, el amerizaje.  Pende de un hilo su reputación y se juzga su profesionalismo, como se dice toda una intachable carrera puesta en vilo por 208 segundos de reacción, en que Sully demuestra su buen manejo, donde la mayoría hubiera fallado. Es realmente un héroe.

El filme no cansa por más que se articula mediante lo elemental, aun cuando los componentes son muy pocos, el contraste de la decisión –e investigación- como el de la introspección personal –que llega hasta soñarse en la catástrofe, que repiten los simuladores, creando la idea del horror que pudo ser, sin grandilocuencia alguna- y el revuelo y la reacción de cara al público –un taxista, un barman, gente común, que muestran admiración- y a los familiares –que muestran preocupación por el estado emocional de Sully- , no hay mucho que contar, pero el ingenio del director hace que el filme presente momentos interesantes alrededor del vuelo (explican puntos contrarios pero, desde luego, Sully es el protagonista y se entiende a donde apunta la balanza). La película posee una narrativa solvente y delicada, se siente emoción dentro de un tono elaborado (recurriendo a la otra cara de la moneda, el triunfo, no el horror, que por lo general no se estila, sino más bien el espectáculo, la tragedia, y ahí el tribunal también yace muy comedido), que no se agote a pesar de la omnipresencia de esos intensos y decisivos 208 segundos –que sentiremos en todo el metraje de distintas maneras, el vuelo es una constante en nuestra mente- , sin buscar sentimentalismos, ni celebraciones heroicas altisonantes, como en su anterior película, lo cual parece una enmienda a cierto punto, no obstante se puede ver que Eastwood recurre a varios lugares suyos comunes, como un director que tiene una manera de narrar el cine.

Tom Hanks para ello como Sully mantiene mucho el equilibrio, demuestra sosiego y madurez, sencillez, de quien sabe y solo cumple con su trabajo y deber, transportar sanos y salvos a sus pasajeros. Tiene un cariz natural que revela a un hombre coherente, racional, centrado, controlado, aunque pensativo y preocupado dada la situación.  No es –con todo respeto- como Chris Kyle que va por lo extremos (nacionalista, en una misión superior, sufriente hasta la locura, rechazando intenso los honores), donde Eastwood subraya, pone énfasis en su mensaje. Sully puede que sea una versión mucho más light y bastante mejorada de Kyle, pero, claro, lo dicho, es otro contexto para bien o para mal. Este filme es simpático y sencillo, en el estilo de un buen clásico, es más un Eastwood medido y austero, pero genial en su distribución narrativa, en como mueve y expone sus fichas. Ser novedoso y emocional en su punto, sin tragedia ni melodrama, con una historia donde un vuelo no se estrella, no hay muertos y se habla de un triunfo de lo colectivo, es un filme definitivamente valioso, y sobre todo muy maduro e inteligente.  

sábado, 7 de noviembre de 2015

Puente de espías

La nueva propuesta del genio Steven Spielberg, con guion de los hermanos Coen, es una buena película, que en sí es llamativa (la historia verídica de un intercambio de espías en medio de la guerra fría) pero desprovista de aparatosidad y demasiada trascendencia como obra (que no sea la magia de conmover y movilizar que Spielberg mantiene intacta), y que podía ser de tremenda pesadez (como Lincoln, 2012, pero que resulta interesante, dentro de otra introspección del derecho), tratándose de una propuesta seria de espías de más de 2 horas, pero que deviene en una entretenida, amable y sencilla película, muy bien desarrollada, con un Tom Hanks como el probo e intachable abogado James B. Donovan, de lo que la inteligencia de Spielberg se imprime no en crear un protagonista ideal, como muchos pueden creer y hasta criticar amparados en la ambigüedad de los personajes que tanto subyuga y complejiza el panorama de una trama, sino en contrastarlo con lo que piensa la gente de él, y ahí yace la jugada central del filme, a la que hay que prestar atención, de lo que Donovan es visto como un especie de traidor, como tan llanamente hace ver su preocupada esposa (articulándose la idea del verdadero nacionalismo) cuando juzga al espía ruso y cliente de su marido, por más que el abogado americano le explica coherentemente que no es así, que Rudolf Abel (Mark Rylance) no es un traidor, sino un hombre que sirve lealmente a su país, y que es lo mismo que haría un norteamericano, por lo que es mejor no enviarlo a la silla eléctrica y poder tener un aval para el futuro, yendo más allá de la razón humanitaria, que la hay también, ya que Donovan dice muy sabiamente pero sin ínfulas de intelectual que todo ser humano vale, y no solo lo habla, sino lo pone en práctica, con el estudiante americano atrapado tras el muro de Berlín (en ciernes) y pre-visualiza las diferencias de entonces de los gobiernos de las dos potencias, estipuladas sin ser recurrente ni remarcarlo (bien explicado con unos niños que juegan trepando un muro en New York, conjugándose con el intento de traspasar la frontera entre las dos Alemania y ver gente morir en el intento, desde la cotidianidad del metro que sirve como auscultación de complicidades y conflictos).

Se ve la madurez de Spielberg, si se quiere, dentro de pedir lo negociable en su arte y tipo de entretenimiento, en que no existen exageradas diferencias entre el trato de Rusia y EE.UU., en realidad, aunque si mayor perspicacia, nobleza y, por supuesto, participación del lado americano, porque puede que los comunistas tengan más firmeza en sus interrogatorios (como desconfianzas más vulgares), pero ¿el trato luce impactantemente cruel?, parece más bien juego de niños, si hablamos de tortura, como tirar un baldazo de agua fría y no dejar dormir al preso (no hablemos de métodos, lo que se ve es bien ligero).

Queda claro que Spielberg pretende hacer valer lo que más importa en EE.UU. que es dicho en una conversación indicando practicidad, en cuanto qué hace a alguien un norteamericano en medio de su cosmopolitismo y su enorme migración, y es la constitución, por no decir los valores, y el ideal del pueblo, y demostrar que en su país hay respeto por la ley, o existen hombres que lo pretenden así, por más que existan odios en el desconocimiento de los principios, que puede ser una mirada naif a un punto, pero revela una vocación de identidad y orgullo, de verdadero nacionalismo, uno puesto  a prueba, como un mensaje de que el ideal nace en el reto de salvaguardarlo ante una gran exigencia.  Y es que no todo debe ser oscuro, cuando el séptimo arte de Steven Spielberg es conocido, vale, por su luminosidad.

Donovan es odiado por la gente de su país, por defender legalmente a un espía ruso, tras un mandato superior que el asume más de lo esperado, de lo que Spielberg hace ver una noción muy firme e inteligente en las apreciaciones del abogado americano, que lo ve todo fríamente, con alcance real, aunque queda más explícito, y hasta con humor, con el impasible Rudolf Abel que siempre saca algún chascarrillo seco de una situación tensa. Yace en lugar de la mirada lógicamente humilde de las mayorías, esa que ve con alarma una guerra atómica, bien reflejada en las medidas prematuras e infantiles del pequeño hijo de Donovan (como los niños presentando respetos a su nación), con lo que la honestidad del abogado americano es repudiada. Esto sin exageraciones, el sentido principal es otro, claro, mientras Spielberg todo lo muestra con mucha tranquilidad, más recato y delicadeza de lo que uno esperaría, en las miradas serias y atentas de la gente en el metro, y menos en un atentado contra la casa de nuestro héroe, que no tiene verdadera dimensión, que parece estar por cumplir, ya que más prevalece la desmitificación, como de la CIA que se le ve muy normal, sin audacia ni perversidad, como que lo llamen y le pidan directamente que sea un infidente del espía ruso. 

Entra a tallar una cabalidad que muchos no creen que exista, aunque visto el tiempo del filme (fines de los cincuenta, comienzos de los sesenta), es como recuperar un orden perdido. Sin embargo es puesto en duda Donovan, pero como dice el propio protagonista, no importa lo que crean los demás, sino lo que es, lo que ha hecho uno y sabe, y entra a tallar no solo la afirmación condescendiente y por encima del mundo que huele a veces a cuento, la de un Boy Scout, sino el honor, la valentía y la seguridad que respalda a Donovan en la trama y en los hechos reales (siendo un hombre común, ahí vemos que le roban el abrigo sin nada espectacular), como que el piloto norteamericano no es igual de leal que Rudolf Abel, que siendo el enemigo es retratado heroicamente a la par del rol del muy talentoso, tan resuelto y natural, Tom Hanks. Es una historia que verdaderamente apuesta a la bilateralidad, en lo posible, aun bajo un tema de común maniqueísmo (¿no suele ser la URSS el demonio?, pues eso sobrevuela).

Rudolf es esa ambigüedad que le piden a Donovan, aunque intrínseca, ya que prevalece otro sentido hacia su persona, que colinda con la admiración. Pero de lo que se trata su trabajo es permitir sacar información para el desarrollo de una guerra atómica y la posible muerte que implica con ello, de norteamericanos, si bien es más pura táctica y control espacial, como que la mirada del filme llega finiquitada la guerra fría, no pretende anacronismo, y desde luego, tiene como público asiduo a la propia Rusia con la que confraternizar, visto en la relación del abogado norteamericano y el espía ruso, la URSS es el pasado. Donovan es probo pero su gente no lo cree así y se manifiestan los matices en el personaje desde otras formas de expresión. Tampoco es que uno tenga que estar de acuerdo completamente con lo que presenciamos, pero sí que en el transcurso veremos que había coherencia más allá del mensaje simpático, sobre todo que existen justificaciones, como la practicidad de la condena, convertida en una previsión de futuro beneficio de intercambio, una noción de estado de derecho como nación y razones humanitarias con el menos pensado, que terminan generando injerencia en el pensamiento ajeno y como sobrellevar una guerra y con ello evitarla, lo cual a un punto hacen de Donovan un tipo ladino y visionario. Me parece audaz ese pensamiento, cuando uno siempre tiende a creer que en el derecho prima la conveniencia económica de unas aves de rapiña, y aquí el mensaje es otro, es la honra plena de un trabajo, el de defender la constitución, ante todo, en que todo hombre merece una defensa y un juicio justo. Discutible, pero una perspectiva interesante que revalora ciertas acciones. Defender a un criminal, un enemigo de la patria, no es cosa fácil, y menos pedir incluso una apelación, con lo que Donovan se convierte razonablemente en otro enemigo. Esa es la verdadera “hazaña” del filme, que uno haga lo correcto sin importar la imagen, hacer del probo un enemigo, y del enemigo un tipo probo.  El resto es entretenimiento.

viernes, 10 de enero de 2014

Capitán Phillips

A puertas de empezar con el Oscar 2014, la última película de Paul Greengrass se apunta a ser una de las favoritas de este año, teniendo altas dosis de emoción, sabe cómo mantenerte en vilo, ponerte a la expectativa del desenlace. Basado en hechos reales, el director británico se mueve en un terreno que domina, como se puede observar en anteriores películas suyas. Véase Bloody Sunday (2002), un retrato certero sobre la muerte de 14 jóvenes irlandeses en una marcha pacífica por los derechos civiles acaecida en 1972 cuando el ejército inglés disparó contra ellos sin la más mínima contemplación convirtiendo una fiesta por mejoras en el país contra el dominio británico en una masacre inaudita que se recuerda como el llamado domingo sangriento. Greengrass hace gala de un ritmo excepcional, contando esa batalla desigual en medio de las calles del norte de Irlanda donde se mezcla la estupefacción y el miedo de muchachos indefensos bajo el inclemente fuego oficial que parecía estar acometiendo una misión militar de aniquilación, por salvaguardar su supremacía. Para conocer al detalle ese acontecimiento, y sentir en la sangre el dolor de esa ignominia e inhumanidad, que se investigó pero no hallaron culpables directos dentro del ejército inglés que argüía haber sido agredido con armas desde la manifestación, que no se encontraron al final, este filme es preciso, intenso y pormenorizado. Se vive el sentimiento en un estado puro de recreación donde se trata de un realismo seco sin demasiados efectismos que mermen su acción y reflexión seria, con una dramatización milimétrica, sin sobredimensión, solo que sin desestimar el terror y los referentes familiares de la victimas que identifican vínculos con el espectador. Conteniendo los distintos puntos de vista, sobre todo de activistas legales irlandeses contrarios a la violencia, y una contextualización que brilla en una explicación didáctica que cautiva en su visceralidad, profundización y fuerza emotiva, dentro de una fatalidad histórica.

Otra clara propuesta referente que antecede la buena mano de Greengrass en el resultado de Capitán Phillips es Vuelo 93 (2006) que aunque toma la mayor parte de su metraje para ponernos en el lugar de los hechos, en el secuestro de una cuarta avión durante los ataques terroristas a las torres gemelas en que los pasajeros se amotinaron contra los extremistas árabes en la lucha por la supervivencia de un plan de último minuto, retomar el control de la situación y pilotear el avión escapando de una muerte inminente, que los condujo a la inmolación, tiene unos 30 minutos finales que ponen la lágrima a flor de piel, y pues cala muy hondo en su humanidad, albergando mucha fuerza escénica que llega a un desenlace que bien paga toda la paciencia que requiere ver el completo detalle de los acontecimientos recreados de aquel momento terrorífico, único, desgraciado, para las personas de éste vuelo. Ese cúmulo de emociones que despliega esta historia se puede ver más tarde en el mismo Capitán Phillips que se mueve en un constante estado de tensión, a través de idéntico anhelo de supervivencia, de su ansia de reencontrarse con su familia, al tener la voluntad y la expectativa de superar un impase de shock, una dura prueba existencial.

La última película de Greengrass retoma su buen hacer tras el impresionante éxito en el hito de colocar una saga en el agente disidente Jason Bourne que representó una buena bocanada de aire fresco en el cine de acción que seguro hizo temblar a más de una estrella en ese género, o más bien los despertó de su letargo último porque actualmente todos ellos están muy prolíficos, abriéndole la puerta a casi cualquier actor para convertirse en un hombre de armas a tomar y peleas a puño limpio. Y tener un bajón con la complicada, técnica y elusiva Green Zone: Distrito protegido (2010), la que hizo gala de mucho humo, aunque también de atrevimiento.  Capitán Phillips es adrenalina y sorpresa por montón, detrás del abordaje de cuatro piratas somalíes a un barco portacontenedores americano en medio del océano índico, de donde se dan muchos giros gracias a los contraataques de los que se rehúsan a ser solo víctimas, una característica del filme, si bien más tarde hay una muestra de grave desánimo en una carta de despedida escrita impulsivamente en medio de un momento álgido y como consecuencia un accionar suicida. Greengrass aprovecha cada minuto de su propuesta, y pues es una constante sacada de vuelta contra la tranquilidad, qué manera de generar tensión, y buscar aventura, su intensidad al contrario de agotar o disminuir, se va incrementando. Es un estado latente de emociones representadas en el rostro de Tom Hanks en el papel del Capitán Phillips, el que se mueve en el miedo y en su dificultad de inmovilidad ya que tiene cariz de héroe aunque proveniente de un hombre común. Su intrepidez lo lleva a no solo sentarse y esperar que surja un milagro, o que los comandos de la armada americana lo rescaten, sino se lanza a engañar o defenderse de su captores.

El filme salta de una conquista mayor bajo elementos rudimentarios, que no las famosas y temibles AKM, dentro de una ambición y hambre que llena el delito de una extraña pasión, para centrarse en un espacio pequeño que explota con efectividad, de la mano de una cámara que se arma con mucha vitalidad, que se mueve con ritmo y suma convicción, conocimiento. Es un thriller de primera como hacía mucho Hollywood no nos los entregaba.

La biografía de los hechos reales se amolda mínima a lo que se transforma – veloz, y se felicita ser tan directo porque dado el caso entiende cuál es su lugar, el que arma sin escollos de forma sólida con muy poco, entrando de lleno a la situación en el seguimiento de esos dos pequeños botes  a motor, a la vera de apenas una selección y negocio raudo en una playa- en pura acción, entretenimiento puro y duro bajo la impronta de una vida en riesgo, de salvaguardar la existencia de cada ser humano, el que una persona sea tan importante, y es que hay que recordar que todos los somos como bien siempre propone EE.UU con sus ciudadanos (sino pues uno pensaría para que tanto problema, táctica, preocupación y movimiento, si aniquilarlos a costa de desestimar a Phillips podría suceder más rápido de lo que un francotirador hace su trabajo, si bien hacen valer muy bien todo ese entrenamiento y sus ideales brillan en un ejército que efectivamente tiene también mucha razón de ser en pleno siglo XXI), porque en eso se convierte la propuesta, y no es un  demérito en absoluto, como se suele pensar cuando se piensa en arte y hay que tomar nota de ello, sino todo lo contrario, lo decimos como una gran virtud del filme que articula los componentes más primarios de una forma avasalladora y admirable, que vive gracias a que anida en ella sustancia, porque tiene su infaltable cuota de humanidad, como bien sabe exhibirla Greengrass, pone a un ser humano al borde del límite, al quiebre de su fuerzas, y nos entrega un destello de nuestra esencialidad que nos dibuja en nuestro tesón y ánimo de supervivencia.

Otro punto es que los piratas aunque son muy sencillos, la mayoría esquemáticos, se articulan visualmente al máximo para dar una recreación vibrante donde cambian de la mera amenaza o inactividad dentro del peligro que representan a la alevosía y la criminalidad más violenta, como Muse (Barkhad Abdi, loable en un pequeño  pero importante papel lleno de fuerza, que tiene su lado de expresividad y no es exagerado, como requiere su rol) que es el inteligente del grupo, el líder, y el que posee mayor control y que es más osado que el resto, es el que despliega cierta complejidad pero basado en su desenvolvimiento activo, que no en ningún background salvo que es un pescador pobre que no tiene oportunidades en su mundo, como sus compañeros. Siendo alguno débil, producto de una herida en el pie, y otro bastante exaltado e intimidante, más salvaje. Los cuatro cumplen, y favorecen el filme, cosa que suele quitarle a menudo a la mayoría de películas, el contar con lo autóctono, los no-actores. En cambio los cuatro somalíes están estupendos, y demuestran que se puede lograr la ansiada verosimilitud con ellos.

Capitán Phillips es una gran película. Particularmente no hallo punto flaco, y no tengo ganas de buscarle defectos,  porque es sencilla y sabe aprovecharlo, logra sin problemas engrandecerse, no hay exaltaciones innecesarias, no hay más que emociones justificadas. Su desenlace es una clase de actuación que nos recuerda que Hanks es un actor experimentado, sabedor de sus alcances, bastante cuajado y maduro, y es que habíamos olvidado que tiene dos Oscars en su haber, y claro, nos lo acaba de hacer ver, por medio del genio de Paul Greengrass.