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martes, 13 de febrero de 2024

La sociedad de la nieve

Ganadora reciente de 12 premios Goya (2024); actual competidora a mejor película extranjera en los premios Oscar 2024. La dirige, y coescribe el guion, el español Juan Antonio Bayona. Es una película que se ve muy real, de tremenda factura técnica, coproducida por Netflix, dramatizando un gran hecho histórico de 1972 sobre un equipo de rugby del Uruguay que en su viaje hacia Chile cayeron en la Cordillera de los Andes y tuvieron que comer de los cuerpos muertos de sus compañeros para poder sobrevivir. Estuvieron incomunicados por más de 2 meses y se creía todos estaban muertos, aparte de desconocerse su paradero exacto. Unos sobrevivientes lograron una hazaña de alpinismo al cruzar la Cordillera, tras el accidente aéreo, que mató a varios pasajeros y a los 5 tripulantes de las fuerzas armadas, y el posterior enfrentamiento con el clima, el hambre, las heridas y las avalanchas a la vera de la naturaleza de la poderosa cordillera de los Andes. Dos personas en particular fueron trascendentales en la sobrevivencia del grupo, si bien fue un trabajo de equipo. Fueron Roberto Canessa (Matías Recalt) y Nando Parrado (Agustín Pardella), quienes apenas estaban alrededor de los 20 años de edad. El realismo que crea el equipo de producción de Bayona es impresionante, todo es impactante y muy visceral, sin proponer sensacionalismo, pero si tal cual percibir ésta vivencia extraordinaria en toda su gama, donde practicar el canibalismo era la única salida para poder vivir y ese trance a aceptar hacerlo se vive tan determinante en el filme. Ese paso que no solo representaba un esfuerzo del tipo de alimento que era para comerlo, al pensarlo, sino como aspecto o debate ético y hasta, o después, religioso, desde gente quien era intachable. No obstante el filme de Bayona propone una mirada alejada del catolicismo que profesaban los integrantes de ese vuelo, arguyéndose en conversaciones un apego a lo más terrenal y palpable, proponiendo una fe en la misma humanidad, amparada en la misma gente, en sus recursos intelectuales, saberes y sensibilidades, en tener los pies puestos en la tierra y buscar soluciones por ellos mismos, incluso desestimando que los vengan a rescatar, aunque estaban llenos de figuras católicas en sus vestimentas. Es una película que empieza narrando preguntas que se supone responderá lo que veremos, como enfrentarse al mundo por uno mismo, no solo de manera existencial, como complemento; o por lo más marcado, lo más terrenal, sino incluso se puede entender económicamente o desde el cine social. Se siente en ello un humanismo hacia el prójimo y al mismo tiempo proclama el anhelo de autosuperación. El filme hace ver cuan difícil era dar el paso de comer carne humana, pero era un paso indispensable para lograr sobrevivir, aun cuando Nurma Turcatti (Enzo Vogrincic), un eje importante, no quería hacerlo (aunque lo llegó a hacer). No obstante ayudó en todo y proporcionó un estado de ánimo general, un estado positivo al grupo, como de unidad y compañerismo casi de hermanos, de gente que se ama altruistamente, tal como anuncia el título, de una sociedad en que todos se ayudan mutuamente, en que todos juntos salen adelante, apoyados en las distintas propias habilidades, como aquel que arregla la radio o aquel que sabe de electricidad, o de medicina, o se halla en mejores condiciones físicas. Es un filme en el que se vive mucha tensión y a la misma vez mucha fe en la humanidad. Se siente un estado de lucha más que de melodrama, de enfrentar la adversidad, aunque había lógicos bajones anímicos, pero no pasaba mucho y volvían a la carga, a no dejarse rendir. El presente suceso es un canto de éxito, hasta conseguir lo extraordinario, desde gente real. Cada momento, cada pensamiento, toma peso humano, que implica trascender como persona, desde la esencia humana, enfrentar la muerte, que la invoca la poderosa naturaleza; así mismo enfrentar la falta de recursos. Se trasmiten muchas emociones, visualmente. Hay mucha sensibilidad en el ambiente, Bayona logra mucha empatía con su versión. 

miércoles, 16 de febrero de 2022

Mujeres al borde de un ataque de "nervios"


Ésta es la mejor película y comedia de Pedro Almodóvar, perfecta de cabo a rabo, con guion del mismo director, celebrada en todo frente, en los premios Goya, en cartelera española e internacionalmente, es muy famosa y en justo merecimiento. Carmen Maura es Pepa, mujer que hace una semana ha dejado de ser la "amante" de Iván (Fernando Guillén), la han dejado, y yace en pena, preocupación y fastidio, pero irá pasando por cosas, esos ataques de nervios, aventuras, exabruptos y locuras que la mostraran tal cual, una mujer fuerte, sin ser feminista de manual, cliché o etiqueta (o una mujer enojada con el mundo como el personaje de Paulina), sino muy femenina, fuerte, también sensible, y con personalidad. El filme es todo Almodóvar, es habitar en su universo personal, en sus gustos y mente, como con ese taxista que le gusta el mambo y tiene el cabello oxigenado y está a punto de llorar con la tristeza ajena. En el filme de Almodóvar se ama a las mujeres, las hacen pasar por mil cosas, pero triunfan al final, aprenden algo nuevo, aprenden a quererse (más). Iván es de Madrid pero como con esa canción mexicana de apertura tan sugerente parece un típico macho mexicano, como con su presentación, un mujeriego orgulloso de serlo, tan simpático como desleal, pero humano, sin odiarle ni ser antipático. Pepa buscará comunicarse con él, mientras éste planea un viaje con una nueva misteriosa amante y se escurre, no quiere topársela. No obstante ella insistirá y estos son los nervios en punta que arguye el título y presenciamos y son tan divertidos e interesantes, con un guion lleno de nexos perfectos, donde participan terroristas chiitas como amantes mentirosos y aprovechados y meten en problemas a otras mujeres, como Candela (María Barranco), la chica y modelo sensible, que un joven Antonio Banderas, el tartamudo Carlos, no parará de besar sin permiso pero sin tampoco negativa de ella, otro mujeriego en potencia, pero en plena juventud, un seductor en plena gloria. Otra injerencia graciosa y audaz es la del gazpacho con somníferos que provoca mil enredos, aventuras y un panorama colorido muy Almodovariano. La casa de Pepa también se presta para plasmar estos ataques de nervios sublimes, llenos de gozo para el público; se quema una cama en una fogata inspiradora, epifánica, reconstitutiva; vuela por los aires un teléfono rojo, otro elemento para el humor, tal cual el ubicuo color rojo; se habla con las plantas en medio del arca de Noé, montón de gallinas y patos, aunque como dice la protagonista el animal principal se escapa, como quien señala la pareja ideal, aunque siempre hay un roto para un descocido y el amor aparece donde menos lo crees, como con Carlos y Candela, mientras la mujer oficial (Rossy de Palma), con pinta de cascarrabias, pierde la virginidad de manera curiosa. Las mujeres también en el mundo Almodóvar no solo son sensibles, fuertes, con carácter y personalidad sino muchas muy locas; el filme se permite un malvado de cuento con Lucía (Julieta Serrano). Guillermo Montesinos que hace de taxista extravagante pero empático se parece un poco físicamente (y en espíritu) al mismo Pedro, aunque todo el reparto principal, todas las féminas también, son el autor. Hay persecución, hay disparos, hay buena broma como con la graciosa testigo de Jehová que ilustra Chus Lampreave. Carmen Maura incluso con sus 43 es sensual, como cuando se cambia frente a Banderas y trasluce sus tetas, pero es también siempre muy casual, muy libre de encasillamientos de sexualizarla como centro, antes es una persona y qué clase, de esas llenas de cosas, momentos, virtudes, etc. Muy gracioso el comercial que hace de la madre de un asesino en serie y también el uso de diálogos de películas emblemáticas con el doblaje para retratar de manera ingeniosa lo que está pasando. El filme gira alrededor del amor, al estilo de éste exitoso y especial director. 

lunes, 14 de febrero de 2022

El buen patrón


El buen patrón (2021), de Fernando León de Aranoa, ganó 6 premios Goya éste 2022, fue la gran ganadora de la noche, y era lo que se esperaba, pero ciertamente es un muy buen filme. Hacer comedia es algo más complejo de lo que se cree; lo intentan montones de todo pelaje y estilo y fallan muchos; hacer reír, ser original e inteligente no es cosa fácil. España tiene a Luis García Berlanga, uno de sus mejores directores quien hizo mucha comedia y encima muy buena, tiene varias obras maestras. Pedro Almodóvar es otro peso pesado en España y en la comedia. A estos dos sumamos alguien que no suele incursionar en la comedia, pero no ha perdido su lugar de identidad, el cine social, el cine comprometido, pero ésta vez ha dado pie a bromear con ello y salir un poco del lugar seguro, intentar entretener ante todo y hacer cine arte también en el trayecto. España tiene muy buenos actores, hay muchos buenos, y aquí se puede apreciar tranquilamente. De los más talentosos tienen a Javier Bardem que es el patrón y protagonista del filme; con él comparten la máxima popularidad Antonio Banderas y Luis Tosar, pero quizá el más balanceado entre talento y popularidad sea Bardem. Bardem en la presente película luce perfecto, se presta muy bien para distintos registros y la comedia no le va mal, cosa curiosa porque es bueno para el drama. Es un actor completo. Aranoa maneja todo al milímetro, todo se ve muy detallista, pero también denota mucha madurez y experiencia, no exagera, no abruma con exceso de comedia, todo va bien distribuido y no es abundante, se puede contabilizar sin dificultad y no deja de haber montón de cosas por coger en el ambiente -no solo en la interacción de personajes-, como con las frases motivadoras malgastadas por el tiempo en la pared del centro de trabajo, de la empresa Básculas Blanco, que simplemente opta por un nuevo galardón como empresa, símbolo de su rentabilidad, mantenimiento de estatus y éxito. El filme trata de la visita de gente que viene a juzgar el lugar, pero antes el patrón, Julio Blanco, pasará por mil penurias y tendrá que resolver cosas imprevistas, como también cosas que atraviesa por como es él, observando su cinismo en toda magnitud, aunque además tenga de persona con matices, como cierta simpatía y virtud como administrador; mientras Aranoa provoca mucha ironía. La primera mitad del filme maneja humor deadpan, y puede caer en ser un filme exigente, que exige algo de paciencia, pero notablemente forma una estructura y piso para que en la segunda mitad entre el humor negro. Es una propuesta que no inventa la pólvora, hay mucha comedia hecha en el séptimo arte, pero tiene su toque de personalidad. En algunos ratos puede ser un poco chocante, pero también hoy en día es difícil escandalizarse y no va de ese tipo de filme, polémico o efectista, es una película de alguien con madurez; eso no evita que Blanco se vaya de putas a un club, o sea infiel con chiquillas becarias o practicantes, donde entra a tallar la actriz novel y muy prometedora Almudena Amor. La esposa que hace Sonia Almarcha tiene su sofisticación sin ser pedante, es una esposa con forma, otro punto para criticar a Blanco. El filme tiene un grupo de trabajadores que son una maravilla, se prestan a buen humor, como el vigilante Román (Fernando Albizu) y sobre todo el glorioso Fortuna (Celso Bugallo); Bugallo tiene una expresión que lleva toda la ironía del universo en su gesto, qué tal expresividad e inmersión en un pequeño papel. El buen patrón juega con una huelga minimalista, juega con la infidelidad mutua, sabe saltar de la violencia a la ironía de salón sin perder sentido, no llega a ser vulgar nunca, pero tiene los pies sobre el piso. Es una película en el punto de perversidad; va mostrando a un Blanco cada vez más horrible, pero sin perder esa compostura que caracteriza al protagonista, aun cuando puede tener un lapso donde chilla como cerdo. El buen patrón es un tipo humano a fin de cuentas -puede aflojar o ser humillado, puede "perder" alguna batalla-, pero yace plagado de la costumbre de la mentira, para que como indica esa bala la máquina funcione. No obstante no si ahondamos en ello.

sábado, 27 de febrero de 2021

El agente topo

 


Candidata por partida doble al Oscar 2021, ha quedado en la shortlist de documental y película internacional, también está ya nominada a los premios Goya 2021. El agente topo (2020), de la chilena Maite Alberdi, es una película entrañable, gracias a su protagonista, Sergio Chamy, de 83 años, que por un anuncio del periódico se ofrece al trabajo de investigador privado. Ésta premisa hace de éste documental uno de autor, con sus libertades colocando cierta ficción y creando un híbrido, al tiempo que fomenta originalidad. En el fondo es un documental sobre la vejez, sobre no abandonar a la gente mayor, es un llamado de atención a los familiares que se suelen distanciar o desentender de los viejitos dejándolos en asilos. Mientras ésta parte propia de un documental convencional sucede y se trabaja inteligentemente, sin presionar, de manera natural y algo sutil, el filme de Alberdi pega un buen salto de arranque y hace una jugada maestra, haciendo de su propuesta una investigación, un pequeño juego de espía, con un Sergio Chamy en la misión de ver si hay algún tipo de abuso hacia una mujer anciana equis dentro del asilo al que es llevado como uno más. Pero Chamy no es uno más del todo, es un caballero, un hombre coherente que habla muy bien y está lleno de sensibilidad; él lo dice sencillo, dice que es un hombre llorón. Sergio es un tipo con gran carisma y un hombre bien educado, él hace de éste filme uno bastante bueno. Lo de la investigación funciona, pero es más un pretexto, lo que se pone en práctica es la interrelación entre el agente topo y los ancianos del asilo, que Chamy llama las abuelitas, ya que el lugar tiene apenas 4 hombres y cerca de 50 ancianas. Las abuelitas también aportan bastante, hay poetas, algunas románticas, seductoras incluso, otras con algunos problemas propios de la edad, pero el vinculo de amistad que se forma entre el agente y las viejitas es simplemente hermoso. Sergio es auténtico, se le nota algo de carácter, como cuando su jefe de investigación se suele poner en contacto con él. Aunque Sergio siempre mantiene las formas no deja de mostrar lo que le fastidia. Lo bueno en él es que nunca cae mal, siempre es atinado, incluso cuando da su opinión, como con los viejitos postrados. Es un documental que se mueve con mucha agilidad y naturalidad, y a ratos se pone algo serio, levemente, pero es sobre todo atrapante con la interactuación del agente y la gente mayor del recinto de reposo. Sergio siempre sabe manejar a las personas, incluyendo ancianas algo enojonas o poco sociables, o alguna con algún problema de edad; las abuelitas, todas, terminan queriéndolo. Hay una anciana que queda con el corazón roto, y cierto ineludible fastidio, pero todo esto transmite cierta honestidad, aun cuando desde luego hay ficción y las cámaras -mostrando todo tan nítido- son complicadas de ocultar. Sergio está hace tan solo 4 meses de luto, y éste viaje a su edad muestra que el amor aun le corresponde, el de su familia y sus nuevos amigos y compañeros. Es un viaje de sanación también. Se trata de un filme cálido, que te hace sentir bien con la humanidad, y te hace pensar un poquito. 

sábado, 26 de mayo de 2018

El autor


Álvaro (Javier Gutiérrez) es un tipo que tiene un único sueño, quiere escribir una buena novela, una novela que no sea un bestseller sino literatura exigente. Pero hay un problema, no tiene talento para escribir ni imaginación. No obstante gasta mucho dinero yendo a clases de literatura. Un día un profesor egomaniático (Antonio de la Torre) lo motiva con su efusividad y vulgaridad verbal, le dice, anda y mira la realidad, copia la realidad, observa, vive. Le pide que le de existencia a sus protagonistas. Los suyos los considera falsos, carentes de realidad. Y eso es lo que justamente hace Álvaro. Empieza a chismosear alrededor en su edificio.

El filme tiene detalles sencillos pero ingeniosos, como tener de oído el baño de Álvaro que da a la cocina de una pareja de inmigrantes mexicanos, interpretados por Tenoch Huerta y Adriana Paz. En la pared observamos las conversaciones de la pareja, siluetas, sombras, a punto de convertirse en personajes de la obra magna de Álvaro. A medida que sabe más de sus vecinos y lo transcribe empieza a ser felicitado por éste demonio instigador que es el profesor de literatura, que valga la curiosidad tiene cenas opíparas que suelen acompañar éstas tertulias.

El profesor no sabe qué hace en realidad Álvaro, a donde en realidad lo está dirigiendo, pero lo tiene ciego de entusiasmo. Álvaro ha hallado la manera de hacer rica su escritura y está poseído. La moral queda en segundo plano, y poco a poco se va acercando el delito. Para hacer más emocionante su novela, para meterle más drama y novedad, empieza a manipular la realidad. Esto puede sonar un poco tonto, porque si todas las piezas ya están ahí puede simplemente completarlas con la imaginación, pero como si su novela se tratara de un pacto oscuro quiere que esta tenga esa existencia indiscutible y potente de la que le ha hablado el profesor. La única forma de conseguir esta existencia es que primero la vivan.

La respuesta es naif, sin duda, pero se presta para lo lúdico e interesante, quiero que los personajes me enseñen su propio camino, responde el escritor. Es gracioso pero Álvaro tiene un parecido visual a Hannibal Lecter, medio calvo, de cuerpo laxo, pequeño –más Gutiérrez-, siempre acompañado de paredes blancas como de hospital, y una luz que lo rodea. También hay una piscología en juego, ese titiritero que quiere conocer el alma de sus criaturas. Álvaro es un Lecter en sus inicios. Una contratapa. Lecter guiaba a la policía a capturar a un asesino, primero a conocerlo, para descubrirlo. Álvaro en otro sentido, está guiando a sus criaturas hacia un lugar tenebroso, y a todos nosotros hacia su libro, aunque imaginario, y entra a tallar un poco de metacine y metalingüística.

El filme del español Manuel Martín Cuenca es muy español, en un comienzo le pasa algo de factura –como hacer literal un diálogo, inspirarse denudo- pero remonta, además en esa línea tiene tremendo personaje en la actriz Adelfa Calvo como la portera del edificio de Álvaro. Es una mujer segura de sí, que sabe lo que quiere, con carácter y una personalidad que trasciende toda fachada. Tiene una gran frase, qué te crees que soy una chiquilla tonta. A Álvaro le desagrada, pero finge tener atracción por ella. Esto brinda gran dinámica entre estos personajes. Surge una canción cliché de humor pero uno cae redondo.

Ésta propuesta recuerda a Dans la maison (2012), pero tiene su personalidad aunque su aporte es menor. El filme se ampara en la manipulación, en la forma de crear una novela, que los hechos en sí son finalmente secundarios, además yacen bastante explotados antes de llegar a mayores. Se pudo manejar de mil maneras, y la opción de Martín Cuenca es decente, aunque igualmente sencilla. También se marca la corrupción de Álvaro, o quizá siempre fue así, como con su esposa (María León), antes de cualquier acto contra él. Álvaro es una basura de ser humano. Éste personaje no tiene medias tintas, pero es muy cínico, aunque el mundo en gran parte parece serlo también, nos dice el filme. De esto sale una crítica hacia tomarse con mayor tranquilidad la lucha con la página en blanco. 

jueves, 1 de septiembre de 2016

Vivir es fácil con los ojos cerrados

Ganadora de 6 premios Goya el 2014, incluida mejor película y mejor director, como mejor actor protagónico para Javier Cámara y mejor nueva actriz para Natalia de Molina. La película de David Trueba es una película sencilla y simpática, sobre un profesor de inglés y latín llamado Antonio (Javier Cámara) que escucha de que su ídolo John Lennon grabará en Almería una película, How I Won the War (1967), y fan acérrimo de Los Beatles quiere ir a conocerlo. En el trayecto, en su pequeño y humilde auto, recoge a dos autoestopistas, uno, Juanjo (Francesc Colomer), es un chiquillo de unos 16 años molesto con su padre autoritario –mismo reflejo de la época política, como así vemos también en el maltrato de los profesores a los alumnos- que decide tomarse un respiro; y la otra es Belén (Natalia de Molina) que en sus veinte trata de tomar madurez en un embarazo conflictivo. Con estos tres personajes tenemos (en parte) una road movie que termina instalándose temporalmente, por solo unos días, en Almeria, viniendo desde Albacete, ambientada en 1966, y con sus pequeños problemas y su interrelación de amistad y amorosa propia de la aventura (donde Belén deja de exhibirse “inocente”, con la nota sexual de rigor del cine español, pero que es solo un destello) junto a algunos pocos secundarios locales de Almería –el dueño de un restaurante bar y su hijo discapacitado, un recepcionista de motel de acento ininteligible, y un rudo, enorme y abusivo granjero- es toda la película.

Almería, escenario de spaghettis western, se presta para embellecer la historia bajo su llaneza, como pasa con esas pequeñas inserciones de Trueba de hechos históricos en su propuesta, en la creación de la canción Strawberry Fields Forever de Los Beatles, o de que en los álbumes el grupo británico no solía incluir las letras y después lo hiciera poniendo de inflexión lo que nos cuenta la película, e igualmente la aclimatación general de la canción Help! El filme juega a tener de centro el encuentro con Lennon pero va articulando varios conflictos tempranos de la existencia (el sexo, la autoridad o el golpe de la realidad), manejando la idiosincrasia común de vivir, solo que perpetrándose en el optimismo, en afrontar las situaciones, en cómo se llega a decir, en no ahogarse en problemas de chicos, no tomando por demoledoras las ausencias afectivas (supliéndolas con la amistad, con los ídolos), como señala aquella mirada final de conocimiento del hijo con su padre (distintas generaciones y visiones, una de la dictadura de Franco y otra del final de ella), o el caso de la soltería de Antonio que se calma con simplemente decir que es difícil entender a las mujeres, viéndose feliz en ser llamado el quinto Beatle. 

martes, 17 de marzo de 2015

Loreak

Mientras Ocho apellidos vascos (2014) formulaba y conjugaba bromas en base a los lugares comunes de los vascos a manos de un madrileño (la dirige Emilio Martínez Lázaro) sobre los prejuicios y diferencias de los andaluces hacia los vascos como su rápida inclinación a la protesta, haciendo hincapié en la ironía española sobre el temor al terrorismo, las costumbres de la gastronomía, el flequillo de los peinados de sus damas, los muchos aretes y el estilo rockero, o sus expresiones o muletillas regionales, ahora vemos en Loreak (2014) otra cara de ellos. Ésta vez una más sofisticada, pero aun de a pie, invocando nuestra humanidad próxima, en el trato familiar pero dentro de un drama cuidado que repercute por su delicadeza, salvándose del total convencionalismo por su elegante y sutil puesta en escena, sintiéndolo/asumiéndolo como un discreto cine arte, gracias a escapar del melodrama o la exacerbación de sentimientos altisonantes, sobre todo apreciando el tacto y la delgada línea de su composición viendo que se trata mucho de la emotividad humana en las relaciones de pareja y de ella hacia los parientes como hacia el mundo, en cómo nos vemos en él, descubriendo las razones de la frialdad psicológica hacia un ser capital, los muchos silencios, la falta de comunicación, la soledad (estando acompañados), las elipsis, al interiorizar mucho el sufrimiento, manejar el vacío y la frustración de manera sumisa, o propiciar el arrebato ocultando cierto desamor.

Tratamos principalmente con dos mujeres casadas. Primero con Ane (Nagore Aranburu), tímida, observadora, aislada en sí misma pero aun así con cierto carácter, mientras yace abducida “sutil” y simbólicamente descolorida, sumando a un sentimiento de invisibilidad, tratada básicamente (en donde el filme se exime notablemente de sensualidad, y facilismo, tomando forma argumental, como también estar por encima del sexismo), por un oficio rústico de hombres en una constructora donde sorprendentemente se esconde un rayo de luz (habiendo un contraste entre el aspecto rudo de la labor con el aprecio por las flores del autor anónimo que no es incongruente, más bien son complementarios como un especie de mensaje en que el alma fuerte alberga o requiere de sensibilidad). Después con la enérgica Lourder (Itziar Ituño), mujer que pierde a su marido –aunque ya lo tenía perdido y viceversa, se hallaban secretamente muy distanciados; pero había que reconciliarse con su recuerdo- cuando no se lleva bien con la madre de éste que quiere hacer amistad con ella y curar la lejanía, la que es en parte un tercer puntal en la actriz Itziar Aizpuru que en realidad no es un aporte tan interesante ni se presta a logros o auscultaciones mayores, aunque implica varios dramatismos.

A Itziar Aispuru la recuerdo de aquel papel totalmente entregado y atípico en el anterior trabajo de la dupla vasca Jon Garaño y Jose Mari Goenaga, 80 egunean (2010), en que no teme el ridículo, uno que asoma de vez en cuando, teniendo un final muy remarcado, si bien se explota mucho la idea de la infantilización/inmadurez de la tercera edad, siendo una anciana que descubre casada que siente una inclinación lésbica por una mejor amiga de la infancia con quien hubo algún flirteo temprano, que es como un Los puentes de Madison (1995) gay, con mucho menor calado y arte, aunque ésta tiene de cierta comedia, como también no se puede negar a su vez un toque de sensibilidad como obra, desde el descubrimiento tardío de la sexualidad en el concepto de la vejez. Muy bien igual la coprotagonista del affair Mariasun Pagoaga en la plena afirmación a lo Ellen DeGeneres.

En Loreak desde luego no se trata de casualidades, pero esa es la jugada maestra, el pequeño “misterio” refrendado más que suficiente por el cese y la cadena, notando que lo más importante es el analizar una etapa de nuestras vidas, la de las dos protagonistas, más que confirmar un amor oculto. El difunto es mucho la unión/pretexto entre ellas, y la razón de tener entre manos aconteceres existenciales, uno que viene de la decadencia y otro prima en el florecimiento o rescate tras un estado que bien implica la prematura menopausia, por eso la donación del cadáver y la cremación son como un tránsito que superar, y hay una triste secundarización y olvido hacia éste que es el propio leitmotiv del filme, de ahí que se entienda que dejar flores o visitar tumbas sea retribuir, no dejar de lado al ser humano, la eternidad misma.

Las flores que recibe Ane todos los jueves sin remitente como punto de partida de la historia es la representación clara del goce y plenitud mental de un ser humano, los potentes detalles, los destellos de belleza (de cada vida) como dice Jonas Mekas, y la grandeza intelectual de lo que es más trascendental de lo que uno puede entender por lo que simbolizan como acto de amor, de perdón, de auto-superación, de satisfacción o de memoria; que tras el espejo del abandono se convierte en la misma acción, una que sirve para desentrañar la relación de Lourder y su trauma, o dolor a superar, y que ella haga acto de curación, tanto como lo mismo sucede -y se le agrega la gratitud- en Ane que lo confundía con un amor platónico. Los premios Goya 2015 la tuvieron como nominada a mejor película, y junto a La isla mínima (2014) y Magical girl (2014) hacen un grupo valioso. 

sábado, 14 de marzo de 2015

Magical Girl


La gran ganadora del Festival de cine de San Sebastián 2014, Concha de Oro a mejor película y Concha de Plata al mejor director para Carlos Vermut en su segundo largometraje, uno que dejó a la mayoría contenta, tras el humilde tanto como potente éxito de su ópera prima Diamond Flash (2011) que le generó un grupo de fanáticos. Magical girl era la verdadera gran rival (en el espíritu cinéfilo) de La isla mínima (2014), aunque ésta última le duplicaba en nominaciones y era a todas luces la favorita de la Academia española, en los premios Goya, en donde Magical girl sólo se alzó con mejor actriz protagonista para Bárbara Lennie.

Una niña enferma terminal de cáncer de tan solo 12 años hará que su padre, un profesor de literatura desempleado, quiera cumplirle un sueño a toda costa, incluso corrompiéndose, al querer tener el costoso traje de diseño de un anime llamado Magical girl (mención especial de un Luis Bermejo muy natural, y una pequeña debutante Lucía Pollán que trasmite sentimientos y delicadeza sin esfuerzo), que lo llevará a chantajear a Bárbara, una mujer con ciertos desequilibrios mentales y un pasado “oscuro” en unión a un profesor de matemáticas que influenciado por ella termina en la cárcel. Éste filme me recuerda un poco aunque en otra variante a Belle de jour (1967) en una doble vida, cierta locura/fantasía y un silencio que mantener, en éste caso hacia el esposo psiquiatra y adinerado.

No es una trama muy compleja de seguir, pero mantiene la sorpresa, tiene un tono seco, austero, mínimo, en un estilo narrativo que rehuye la emotividad o el dramatismo exacerbado teniendo entre manos mucho de ello intrínseco –pensemos que hay una niña con cáncer como razón de ser y desencadenante- que como dice el propio director, Carlos Vermut, hablamos de víctimas convertidas en verdugos, habiendo una definición de España representada en la corrida de toros, en estar en medio de lo racional y lo apasionado, que no es una idea plus ultra, pero que éste buen thriller tiene muy presente.

En sí no es que el filme sea un lugar de extrema originalidad, aunque tiene virtudes, como que parece una obra en completo control, notando que hay ratos en que roza el ridículo y lo esquiva con seguridad. Contiene en su narrativa general cierto cariz de cómic, de sombra fantástica, algo razonable viendo que hay una fuerte alusión al dibujo japonés, pero que nunca pasa la línea, se mantiene en ésta tierra a fin de cuentas.

El aspecto de Bárbara es sutilmente particular, fuera de aquellas cicatrices en el abdomen, parece signada por la cultura de La India que de la nipona, en la vestimenta y en la marca en la frente, si bien al final luce mucho más como una audacia decorativa que un lenguaje o juego más oculto. Sin embargo puede verse como un contraste interesante en cuanto a lo sagrado frente al desequilibrio mental y la promiscuidad, que recuerda a Rompiendo las olas (1996).

Tampoco es en realidad un filme muy raro como muchos quieren pensar, aunque contiene ciertas extravagancias, hay la mención elíptica y artística de una sexualidad sin límites en la figura de una salamandra negra, un culto secreto al estilo de Eyes Wide Shut (1999), pero no está trabajado en profundidad como si lo hiciera Enemy (2013). Más parece un simple suceso que va empujando a la protagonista, a Bárbara (Bárbara Lennie), en el sacrificio para subsanar un gran error, que sirve de pretexto para manipular la devoción ciega, de esclavitud psicológica, de Damián (José Sacristán), como si estuviera dominado por fuerzas mayores, al estilo del poder mental de un vampiro sobre su siervo. Bárbara Lennie exhibe en su personaje una mezcla de madurez y desequilibrio, al igual que una inocencia enferma que proyecta consecuencias, en el desarrollo de una vulnerabilidad conceptual y posible fuerza en sus actos, como en la prostitución, y en ese trayecto destila fría sensualidad, lo que hace que su papel se consolide, sea tan rico y coherente.

La niña de fuego no luce como ninguna amenaza, son únicamente circunstancias, aunque sobrevuela un espíritu de magia, como el del juego de desaparición de la mano, y es que Magical girl es luminosa, gozosa, no a fin de cuentas macabra ni tan misteriosa, tiene de la esencia infantil y desconcertante de Bárbara (el eje), de lo que brilla el costumbrismo musical y la audacia tranquila como en el encuentro del vómito y la sangre, o que se baile al son de un anime en el Madrid de los despidos, los paros y la crisis. 

jueves, 29 de enero de 2015

Todos están muertos

En el cine español, y en los espectadores por antonomasia de éste suponemos, se podría decir que les gusta perpetrar/observar la extravagancia sexual, diciéndolo de cara a la versatilidad del término, quizá como reflejo de su sociedad o de lo que se espera de ella (un grito, intenso o abrupto por lo general, de igualdad y derecho, si lo vemos dentro de todo en el buen sentido), por algo el máximo representante del cine ibérico es Pedro Almodóvar. Sin embargo hay que decir que dicha omnipresente particularidad muchas veces lastra la apreciación de su arte en general, y no porque no vayamos a tolerar -por dar un caso central- a homosexuales o travestis, adolescentes descubriendo que son gays o el asomo del incesto entre hermanos, aunque en una exhibición platónica, de un sentir de imposibilidad, éstos dos últimos presentes en el filme que nos aboca ahora, sino porque muchas veces yace fuera de lugar en la exploración de un tema, a menudo vulgariza o pauperiza contextos específicos, o los relega a cierto show, te saca de la auscultación o introducción de otras realidades, de cierta profundización, para hacer ver quizá sí un rasgo distintivo o anhelado de perenne factura, simbolización e identificación social, pero también refleja (otro tipo de) incongruencia, el sobresalto, la distracción y hasta empequeñece un sentido conjunto, su importancia, lo vuelve a un punto costumbrista e irreverente de por sí, y puede que esto no sea para nada extraño en España vista su potente liberalidad, pero si se siente mucho afuera, quizá por una parte por defecto de uno en cierta convencionalidad en cuanto a las formas de la narrativa que esperamos encontrar, no de la falta de apertura recalco. No obstante hay argumentos a sopesar, en que uno quiere ver mayor ecuanimidad con la seriedad de los temas, (sobre todo) coordinación, elegancia y estética. Y puede que esté tirando simplemente una piedra al mar, viendo en el horizonte un ruido zambulléndose, a continuación unas bellas ondas y más nada, la calma, el silencio, o siendo optimista una botella con un mensaje a cualquiera que lo recoja, al mundo; y seguramente es pedir mucho a éstas alturas de un reflejo/labor en el cine español, pedir romper con una esencia (sea ésta o no desfavorable), aunque siempre (cualquiera) habrá que adaptarse, total tiene hasta cierta gracia (por ser condescendiente), como señal de un tipo de cine que a pesar de toda su común imperfección es entretenido, e igual pensemos que podría ser mejor, atenderlo con más delicadeza, o más correlación con sus temas.

Hoy ha pasado justamente esto, el filme que nos compete tiene de costumbrista, pero ha sabido darle a ésta perenne extravagancia sexual del cine ibérico un lugar cuidado, a proporcionarle tino, y exponer dicho lugar común como parte de la historia en sí, sin por ello renunciar a abordarlo con fuerza. Invoca a un grupo musical denominado “Groenlandia”, en donde dos hermanos se quieren tanto que llegan hacia la barrera no solo de la dependencia emocional, la hermana con vida sufre de agorafobia producto de su ausencia (aunque no está determinado por completo), sino que asoma también el amor de pareja, que nos remite al rechazo o a la impotencia por cordura, que se pone en paralelo con el primer descubrimiento afectivo de quien uno es, del hijo de dicha protagonista, de Lupe (Elena Anaya).

Hay además un juego muy interesante en el filme, la superstición o la fantasía reinante amplificada por el sugerente día de los muertos, famosa celebración mexicana, habiendo una fuerte contextualización de éste país latinoamericano con el personaje de la madre y abuela en la actriz de carácter y simpatía Angélica Aragón, de esa ascendencia. Fecha que hace que Diego (Nahuel Pérez Biscayart, que es un contundente fluido complemento, imponiendo muy buena mítica en su soltura, y no es poca cosa que lo consiga siendo mayormente un desconocido/anónimo para el gran público), el cantante y hermano mayor muerto en un accidente de auto que le cerceno los pies (sus botas de punta plateada son como su esencia, símbolo sencillo de la vida y la muerte, como del logro, el optimismo, y lo fallido), regrese como fantasma tal cual le recuerdan sus días mozos musicales con esos distintivos grandes ojos saltones/despiertos, su marcada personalidad y su pasajera pero cautivante pequeña fama de pueblo chico, muy propia de la tocada de garaje, que recoge parte del alma de los 90s en la onda grunge que se puede vislumbrar en otra medida detrás de ese sótano ochentero con discos de vinilo viejos, el estilo discoteque con deslumbrantes luces y humo como en el recurrente videoclip de la banda, y melenas abundantes; o como en la bella y dulce Elena Anaya cubriendo medio rostro en medio de la introversión, el silencioso egocentrismo y el engreimiento. Diego nos revela no solo su rebeldía, su común indiferencia y relajo, típico del rock star, sino su oculto apasionamiento hacia la figura de su hermana, también desde lo sugerido y cuidado (la narrativa formal), teniendo muy en cuenta que tratamos con la idea de la excepción, del tipo especial, que incluye lo raro (hay diversificación al respecto, desde el ente popular e idolatrado, hasta el outsider, el que pelea su lugar; o el antisocial como enfermedad), que viene a la mente con la estructura del cantante de rock, pero desde el uso cotidiano, humano, familiar (disfuncional), social; quehacer que suele buscar el cine español, solo que por costumbre con un trabajo cinematográfico no muy trabajado, demasiado directo, y como vemos no se trata más que de un buen guion, sin exagerar con lo estrambótico, más bien hacer uso de discreto ingenio.

Otro destaque de la obra es el aspecto melómano conjunto de la propuesta que va más allá de alguna referencia concebible en la mente, que no faltaran si uno sabe de grupos y su tendencia a la poética (maldita) de leyenda, habiendo no solo un sentir muy cool en el ambiente, sino en el hacerlo desde lo sumamente íntimo, a todas luce personal, bajo el placer más cercano del que ama simplemente la música. Muy bien tratado con el amigo fanático y guitarrista en la performance de Patrick Criado, quien está creíble y agradable en quien no teme la espontaneidad más inocentemente despreocupada, a lo Kurt Cobain en varios sentidos, y que recuerda a un sucedáneo de esa indisoluble dupla de Diego y Lupe que es el leitmotiv del filme; que de ser los Goya lo hubiera nominado como actor, en el abrigo del verdadero arte, del que no espera nada, viendo que es una revelación aun en su brevedad y sencillez que implica cautivante naturalidad actoral, aunque teniendo en cuenta que todo el reparto interactúa y produce un sobresaliente feedback, brillan virtudes en cada papel, mientras se observa una merecida nominación de su rol en conjunto a Elena Anaya –perdonando algunos balbuceos y escapes en su primera parte, que tienen lógica pero remiten a algo primerizo, aunque evoluciona rápido; aquello está bien y mal, pudo ser más fino-. No se ve a la música como algo harto procesado o portentoso, no implica una maquinaria internacional pero si una devoción y entrega anímica/espiritual más valiosa, tocándose canciones a esa vera como con “Corazón automático”, en toda onda ochentera que da verosimilitud y mucha forma a Groenlandia (todos los nombres se pasan de simples, en su notoria proximidad con el relato y el espectador), siendo un grupo ficticio, que trasciende y se pega a un sentir, como a la historia (que puede que sea fácil de describir en unas pocas líneas pero no deja de ser una pequeña gran obra, sin sobredimensionarla), remitir al cariño, a lo que perdura y nos une, en un entendimiento aunque “incestuoso”, muy complejo por cómo se le maneja, y desde la claridad, que no de lo vulgar, simplista o efectista, y esto habla de una sutilidad, pero a su vez de una franqueza muy encomiable para su directora, Beatriz Sanchís, nominada a los premios Goya a dirección novel.

martes, 27 de enero de 2015

La isla mínima

Cuenta con 17 nominaciones en los premios Goya, y hay que decir que la última película de Alberto Rodríguez está muy bien, da siempre en el blanco, superando a la sobrevalorada, redundante, condescendiente consigo misma y básica pero aun así no desechable Grupo 7 (2012). Ha sido de mucho agrado hallarme con ésta película, que encabeza muy bien los posibles merecimientos de la Academia española. Se trata de dos policías, Juan (Javier Gutiérrez) y Pedro (Raúl Arévalo) que van a un pueblito en las marismas del Guadalquivir a resolver un caso de un asesino serial, tras la muerte de bellas jovencitas que terminan descuartizadas siendo antes violadas y torturadas.

Lo primero es auscultar a esa curiosa dupla de detectives protagonistas, lo que es todo un mérito verlos en papeles tan serios, rudos, ásperos, dentro del (por una parte) género de acción, aunque ésta se supedita más a una labor de resolución mental en su persecución del misterio, de seguir pesquisas, toparse con sospechosos, donde cualquiera lo es; y a distintas revelaciones a puertas del diálogo intenso, aunque al final el caso sea más sencillo de lo que aparenta y maneja, y es cosa del ingenio puesto en el suspenso, en los distintos enigmas y en un buen contexto que va alimentando la curiosidad, engrosando detalles, de los que tiene muchos; mientras va desorientándonos un poco como juego. Vemos que destaca la introspección en su investigación, recordando que es fácil asociarlos a ambos con un quehacer cómico, sumamente contrario a lo que nos compete hoy, por lo general polos opuestos tan marcados, y hay que decir que logran superar cualquier prejuicio al respecto, y les creemos, al punto de que Javier Gutiérrez vence su corto tamaño y se muestra bastante agresivo e impredecible a ratos, siempre al borde de la golpiza extrajudicial a sus interrogados, ocultando además un pasado oscuro en el gobierno de Franco, viendo que nos ubicamos en 1980, poco después de la dictadura.

En la presente película lo que abunda es el detallismo, y no sólo en los crímenes, lo cual siempre es algo agradable cuando tiene estilo, como con los pájaros agoreros de la muerte en la enfermedad de uno de los protagonistas al poco de quedar hipnotizado por un halo de superstición (como con la tosca mujer vidente que corta el pescado), o las mismas, una nutrida bandada, despegando del paraje rural del particular espacio geográfico, uno que incrementa la virtud de la obra, que aporta y mucho, viendo que el filme tiene una bella y harto útil fotografía, observando que los lugares utilizados están plagados de estética, más logradas en su naturalidad y agilidad que aquellas panorámicas -obvias en sus intenciones- de la cámara aérea; en un filme que muchas veces resulta eficazmente minimalista. Esto se siente en muchas ocasiones, el proyectarse sustancial y abundantemente con aparentemente poco, pero como una elección más que una imposición o castigo, a diferencia de otra competidora del Goya, El Niño (2014), que siempre da a entender que le suele faltar algo, como que hay poco presupuesto y yace continuamente bajo la sensación de lo trunco por sobre lo literal. Decisiones formales que tienen éxito a un lado y en otro no, donde La isla mínima siempre demuestra contundencia.

La lluvia, el versátil potente campo, la misma oscuridad, las casas macizas aisladas, rodeadas por la árida naturaleza, lo desértico, lo fluvial, lo boscoso, hay una riqueza visual en el paisaje que se trabaja y se asume como parte del movimiento de los personajes, deja de ser costumbristamente gratuito, se brinda más allá de lo elemental, está bastante bien explotado, no solo es atractivo a la vista o por cierta extravagancia de nomenclatura, no se trata de un simple adorno, sino que realmente interactúa con la historia provocando un plus de emoción, de verdadera subyugación en los sentidos y la percepción reflexiva.  

La isla mínima recuerda inmediatamente a Memories of murder (2003), tiene muchos puntos en común o huele por instantes a ciertas transformaciones, pero lo hecho es algo con personalidad, una vez entrados en el metraje. Muestra esencia ibérica bajo una labor refinada, de excepción, con un toque acabado, que no solo materializa una estética propia, sino que –nunca esta demás decirlo- entretiene, y es interesante. Sabe generarse giros, atención, mover hilos históricos, atribuirse background biográfico, más allá de la obligación de complejidad. Sorprende y cautiva a partes iguales. Se reviste de un intrincamiento sólido aunque por debajo implique algo “superfluo” a fin de cuentas. Resuelve con ritmo. No peca del exceso de lugares comunes, mal de muchos, a menudo ineludible. Por todo es una propuesta muy recomendable, y aunque muchos digan que es la versión de España de alguna obra extranjera, ésta vez hay que decir que le sale perfecta la jugada y se “apropia” –es un tema, y a todos les pertenece como intento de arte- de las historias del policial de asesinos seriales. 

jueves, 14 de agosto de 2014

Caídos del cielo

Ésta película tiene una narrativa convencional, sin propulsar ninguna grave originalidad, extravagancia o estridencia, inmerso dentro del realismo social. Le pertenece a Francisco Lombardi, el director más conocido y prolífico del Perú. Internacionalmente la cara visible y más representativa del cine nacional durante mucho tiempo, y a un punto lo sigue siendo de manera general, aunque ya hay nuevas generaciones, otras celebraciones y eclecticismo.

Francisco Lombardi posee una notoria cualidad como narrador de historias, si bien suele ser muy claro, directo y simple; una que palia la limitación de su ortodoxia, redundancia y previsibilidad, con lo que suele agradar a las mayorías, como la identificación de un cine social que es marca distintiva de gran parte de la historia del séptimo arte latinoamericano, y que hasta en la actualidad forma parte de la realidad de éste cine, aunque hay otras tramas que albergan mayor complejidad u ostentan búsquedas más personales, en un cambio que se aleja de todo ello -o hasta lo anula- con continuas audacias, rupturas de origen y temáticas creativas. Lombardi -con guion de Augusto Cabada y Giovanna Pollarolo- se mueve en el mensaje y la ideología de reflejar el realismo autóctono de la pobreza, la diferencia de clases y un cariz socialista, síntomas de una época, un espejo de miserias coyunturales y políticas, pero aunque se asume plenamente en ello, lo hace desde su calidad de ficción.

Éste filme se trata de tres historias muy bien entremezcladas, aunque alguna sea más débil que otra, como la de los ancianos de condición social acomodada venida a menos que hacen todo esfuerzo por construir un imponente mausoleo para su joven hijo difunto, que va a ser compartido con ellos. Con frases que aluden al idealismo se defiende que no todo es dinero, o se deja correr que hay un mundo lleno de mercantilistas de rapiña y vampiros capitalistas.

La representación de lo buena onda y el lugar común, en la presente desde paradójicamente el pesimismo, yace a su vez en otra de las historias. Primero se alude a la autoayuda y luego se le deja ver como vacía, superficial, fría, distante e inefectiva de cara a problemas demasiado duros, aludiendo un estribillo que usa una radio y un locutor del optimismo, más tarde alejado de dicha filosofía de la simplificación, pero que solo es un lema de sencilla motivación, el ser supuestamente responsable de tu destino. A esto se le saca jugo a más no poder, se vuelve novelesco y no lo hace mal el guion, retratando a un hombre con cicatrices en el rostro que se enamora de una mujer a punto de suicidarse, producto de un pasado mortificador y oscuro nunca esclarecido, pretexto para explotar a la muerte –característica que yace en las tres historias- y a la frustración dentro del realismo social y un pequeño poema maldito.

El locutor de las marcas en la cara está interpretado por el actor fetiche de Lombardi, Gustavo Bueno, el que cumple sin demasiada dimensión, pero al que le ayuda su condición de personaje calmado, pasivo, controlado y ordinario, uno que no se da cuenta que su disciplina oculta soledad, complejos y en realidad nada de dónde agarrarse a la vida, más allá de una voz radial que lleva una "discreta" modulación incongruente con tantos lamentos y conflictos escuchados (gran acierto, pequeña audacia formal, simbólica y descriptiva, del director peruano, como lo es el poner un nombre inspirado en el póster de Verónica Castro, y que la protagonista lo haga tan suyo). Éste relato sería el verdadero aporte del guion, ya que el de los viejos de economía decadente es algo insulso y propio de un argumento y mensaje didáctico y primario, mientras el que analizaré después adapta el cuento de Julio Ramón Ribeyro, Los gallinazos sin plumas.

Hay que decir que el conjunto de la película ha sabido coger el sentido, la esencia y sustancia, aunque en menor valía, del famoso cuento del querido escritor peruano, aparte de lo plausible de su literalidad visual. Provoca una relación congruente y general, si bien el usar a una ciega como un ser malvado que sólo quiere engordar a un chancho para su propio interés, a costa de explotar, mal-nutrir y maltratar a sus nietos pequeños, cuando yacen en total pobreza (viven a puertas de un basural, en un terrenal y chiquero), sale de la genialidad y contundencia ajena, de la obra literaria de Ribeyro. Pero también aporta mucho el papel de la abuela cruel y abusiva que hace la actriz de carácter Delfina Paredes, la más sobresaliente del reparto, seguida de un carismático, vital en la edad y expresivo Carlos Gassols como el adinerado venido a menos en lo del mausoleo, muy bien secundado, pero menor, por Élide Brero que hace de su esposa. En cambio, los nietos no lo hacen del todo bien, parece que declamaran, lucen teatrales y existe cierta ausencia de fusión con sus roles, más allá de lo esencial y una cara de asombro o rencor a cada lado, en estado perpetuo.

Las rebeldías infantiles del niño mayor contra la matriarca ciega -las acciones- y el concentrarse -como recurrir al acercamiento- en el enorme chancho brindan visceralidad, malicia y arte. El espacio contextual de la narrativa, desértico, popular o criollo, suma mucho a esa miseria y problemática tan ubicua que logra capturar en plenitud la obra de Lombardi, la que está dotada de sequedad y austeridad, aunque no yace muerta, tiene su toque de intrínseca intensidad, teniendo cortes finales de escenas de aspecto primario, que se pliegan a su tono.

El realismo social yace menos obvio, sin perder sus coordenadas de identidad, en la pareja de los defectos físicos y los rechazos egocéntricos, en seres valga la curiosidad traumatizados. La interacción entre Gustavo Bueno y Marisol Palacios cumple, aunque hay ratos en donde ella luce tan monotemática que agota, aun siendo coherente con su rol, el de eterno duelo, silencio y enojo, con cambios de humor bruscos y vasta exaltación, no todos muy convincentes pero funcionales y efectivos al fin y al cabo.

Estamos frente a uno de los filmes más apreciados del tacneño Francisco Lombardi, ganador del premio Goya a mejor película extranjera en 1991 y mejor película en el festival des films du monde de Montreal del mismo año. Caídos del cielo (1990) es un filme que entretiene a pesar de sus imperfecciones, mediante un estilo formal sencillo, que aporta lo suyo en su tipo. La obra de Francisco Lombardi es parte del legado del cine nacional, de la cinefilia cultural, a quien no se puede obviar su importante labor en nuestra historia, y que incluso sigue activo.  

miércoles, 11 de septiembre de 2013

El muerto y ser feliz

Ganadora del Fipresci, el premio de la crítica, y Concha de Plata a mejor actor para José Sacristán en el Festival de Cine de San Sebastián 2012, y premio Goya 2013 también para Sacristán. Es una película pequeña que ostenta mucho de autor, pero de aquellos que quieren divertirse más que complicarnos la vida, se divierten con sus audacias y ocurrencias, y quieren trasmitir una onda de entretenimiento y complicidad entre autor y espectador mediante el séptimo arte, jugar con su plasticidad, dejar volar la imaginación, la libertad de una trama que parece rehuirle al encasillamiento definitorio de una narrativa, fluyendo en un aura de espontaneidad, de broma, de relajo, sin mermar esa molestia y dificultad de afrontar la existencia, de ahí que una voz en off haga de camino con esa intención, genere esa sensación, mientras las continuas dosis de morfina o drogas mitigan la tortura y el dolor que vuelve una y otra vez impenitente, en el verse el protagonista a puertas de la muerte por múltiples tumores.

El director Javier Rebollo en su tercera película, tras Lo que sé de Lola (2006) y La mujer sin piano (2009) retoma sus formas, de aquellas que parecen ser historias mínimas ensanchadas, como cuentos cortos que albergan y generan un magma novelesco, pero que son apenas unas líneas de historia, todas con una fuerte carga motivacional en la vida de alguien en especial, algo que nos genera una huida o una persecución, o hasta ambas, que en la presente se intensifica en tener el reloj apremiando la salida; es “robarle” el aliento al mundo, hacerle trampa de alguna forma, si bien la felicidad es una constante en toda realidad. 

En Santos (José Sacristán) es una tragedia intrínseca, muy arduo, ya solo le queda rodar sin más. Todos los protagonistas de las películas de éste director español se mueven, pero éste no tiene a donde ir realmente, es solo no quedarse quieto, no pensar, porque León va tras Lola y Rosa va tras otra vida, aunque tienen en común que todos terminan solo experimentando, para doblegar sus heridas y ausencias. Ésta propuesta tiene una diferencia mayor de sus antecesoras, del repertorio de Rebollo, ya no es ni siquiera una lucha que nos regenera o una intromisión silenciosa que nos subyuga y nos entusiasma venciendo lo anodino, nos repone, es la contundencia de ser un hombre muerto que sigue caminando, un asesino que ya no puede matar, que ha olvidado su primera víctima, y aunque suene descabellado como aquel primer amor, aquel destello de intensidad, con un pasado que aun en lo extraordinario vale casi nada o tan poco, en el peso del mucho kilometraje que se pierde en la niebla de la vejez que quiere comerse hasta nuestro último ánimo. 

Nuestro protagonista ya no tiene forma que lo ampare ni camino por fabricar. Sin embargo, se rehúsa a claudicar, a ser un tipo lacrimógeno, sino es un hombre duro, de temple, pero que alberga sutil sensibilidad (y se respira en su entorno), un criminal sentimental, o un criminal que también es un hombre (aunque es un estado endeble el que lo figura y lo conforma actualmente, y ya no su deleznable trabajo), y no importa que esté en un callejón sin escapatoria ni que ya no tenga nada en sí, le queda el anhelo de sobrevivencia tan intrínseco a todos los seres humanos, el movernos a pesar de todo, y aun así sigue experimentando, riendo, gozando de la clara noción de lo efímero, sin agarrarse ya a nada, como ha sido su vida sea dicho, por lo que no es una nueva lección (teniendo en cuenta que la filmografía de Rebollo plantea búsquedas en otros países al propio). 

Es seguir siendo uno sin importar ninguna limitación, nada nuevo en realidad (la terquedad del eterno viajero, a orillas de su último periplo), porque Santos no pide la lastima de nadie, sino como un viejo aventurero sin rumbo echa a seguir su secreta leyenda, en una road movie que brilla en el detalle de lo intrascendente, que a su vez tiene de tan importante; él yace sin reglas, como acostarse con una desconocida, entablar una relación de compañerismo y necesidad sin ataduras, y rodearse del sueño del idilio seco, del tipo cansado, pero aun dispuesto a vibrar por unos instantes, en la seducción y poder de un clímax (de un estado perfecto de atemporalidad y ausencia espacial, en la ilusión de trascender, sin avanzar), embellecer los pocos minutos que nos quedan, vivir el presente y luego seguir picoteándole a la existencia, de donde sea, porque sí, porque no queda otra, porque así uno es, tiene que ser, porque sufren más los cobardes aunque todos vengamos a padecer sufrimiento como parte del existir, por eso ese helado último es tan importante, más que un ataque de absurdo intempestivo, y es que Rebollo siempre está al filo de la tontería, por querer anhelarse cautivante, original, personal, aunque lo pretenda natural, o quizá es una motivación, y oscila entre serlo y sernos indiferente sin llegar a tacharle del todo, nunca, aun fallando varias veces en generar una esperada reacción con sus formas osadas y coladas un poco a la fuerza, o con rasgos de extravagancia disímil con sus conjuntos más convencionales y fáciles de seguir. Suele ser aun siendo creativo, sencillo, quitando algunas aparentes locuras.

El filme aunque se contextualiza en la muerte, que es una constante que se visualiza mucho y que no permite que la olvidemos, tanto que es como una muletilla cargosa (y está bien en parte ya que el tono de la propuesta nos lo hace olvidar), tanto como esa voz en off de los guionistas, de la dupla inseparable y efectiva de Lola Mayo y Javier Rebollo, es un canto de vida, de un optimismo a toda prueba, aun con tantas decepciones, que yacen en fueras de campo asumidos desde la proximidad de la muerte, tras la enfermedad terminal, y el vacío, la soledad, porque Santos es un ser casi sin biografía, nulo y que seguirá siéndolo en vida por el implacable destino, al que solo podemos hurtarle ratos de gloria pasajera, o quizá mitificarnos como un triunfo y fantasía de último momento.

Santos como dice un diálogo de su consciencia se ve reflejado en Érika (Roxana Blanco) que es una mujer frustrada de y para la familia, el amor, y toda esa solidez estructural que conlleva. Hasta ha sido renga, y se siente como tal que incluso lo finge. Ella quedará como congelada en ese jardín, en esa imagen, aunque notando que es algo que se veía venir, y es la osadía del reto de vivir, lo que como a Santos la hace una persona de piel dura, resistente aunque pequeña. El narrador nos dice que no es la típica chica de las películas, y aunque se dice no ser una tipa tonta, cuando no quiere mostrar la tetas, subyace mucho en una torpeza que se mezcla con la fe y rompe estereotipos, la complejiza sin embrollos. Mientras, la carretera nos libera, nos regala un ensueño. Santos oculta y no deja ver su melancolía, un ser que desde afuera conmueve sin que haga el esfuerzo de revelarnos su interior, es un ente de la superficie, un tipo simple aun siendo particular, es un asesino. Lo golpean en un bar (el tiempo), y teme que lo persigan por no cumplir un encargo al ya haber recibido el dinero del pago, viendo al tipo grande que lo contrató como un recordatorio de su frustración, papel chico aunque mostrándose vistoso, que hace Jorge Jellinek (La vida útil, 2010).

Es una road movie por algunas geografías de Argentina, pero sin volverlo costumbrista, sino muy moderno, aunque albergando alguna curiosidad como la playa que tiene de paraíso y de apocalipsis, la dualidad terrenal existencial (y que es el sentido del filme, como el mismo título anuncia), que además juega con una metáfora, la del perro que no es de raza y se escapa de la finca y se reproduce tercamente cuando quieren eliminarlo, algo así como las malas semillas, el mismo Santos, esos seres humanos destinados a ser outsiders de la sociedad, negados para una felicidad “estable” (y que el relato parece decirnos que como esa abundancia de canes callejeros no molestan a nadie), si eso realmente existe.

Éste filme resulta un goce cinéfilo, una historia entretenida, como un cuento de personajes fantásticos que aunque no lúgubres no ostentan demasiado brillo, que lo aparentan o lo intentan, quitando lo banal que siempre nos seduce, pero que ésta vez se justifica, como con la enfermera, su voluptuosidad, apenas vista pero legible, su sensualidad natural, y su imponente sonrisa, interpretada por Valeria Alonso; y que nos masturbe, es como la representación no solo de la fantasía, dentro de lo común, que exuda la historia, sino el goce del consuelo, una salida inteligente al pesimismo y la tragedia, un refugio, un canto de rebeldía. El muerto y ser feliz es como estar dentro de una novela gráfica de la cotidianidad, quebrada con la huida que siempre representa la latente aventura de la carretera. Aunque está muy lejos de ser una obra de arte, se disfruta sin pretensiones, sin que su simplicidad formal con toques de inventiva y soltura/relajo narrativo nos eche en falta ausencias, mayores conflictos, porque como está construida tiene mucha lógica, siendo las verdaderas batallas silenciosas, la violencia va por dentro, y que mejor que sacarles la vuelta que es ahí donde subyace la gloria.

lunes, 9 de septiembre de 2013

Los niños salvajes

Biznaga de oro en el Festival de Cine Español de Málaga 2012 y nominada a 3 premios Goya el 2013, dirigida por Patricia Ferreira. Éste es un filme de muy buena estructura que va como adelantando que va a suceder a través de entrevistas que se confunden en su exactitud – ¿se trata de la psicóloga, de las autoridades del colegio o de la policía?, pensamos- y luego empieza a narrarlo y así sucesivamente, a descubrirnos que oculta y quiénes son todos los implicados y de qué se trata, y aunque al saberlo nos queda la sensación de una desmesura poco asociada con el personaje en cuestión y una inexpresividad insensible poco creíble y tampoco no afín, por el carácter y la construcción interpretativa en especial, no empaña el logro de haber contado con buen pulso y atractivo la historia de tres adolescentes, su relación con sus familias, el colegio y sus locuras. Se basa mucho en la amistad entre ellos.

Es una película que aborda un tema manido en el séptimo arte, pero que logra presentar su natural cuota de intensidad, y como está bien concebida no es para nada como para despreciarla, con actuaciones -las de los chiquillos- logradas, aun siendo algo carente de creatividad en cuanto a lo que es en sí y lo que muestra, que se comprende en una cierta medida porque quiere que lo visto se identifique con facilidad, otorgarle notoria veracidad, hacer un estudio claro de la existencia. No obstante, es elogiable porque se ve que hay mucho control de lo que se hace, que se conoce, o se ha investigado con contundencia, aun siendo un tema muy popular. Se proyecta el tema de la incomprensión, de la libertad, del estar perdidos, de los conflictos internos y de la dificultad de no ser rebeldes en los adolescentes, que lo son sin que se pretendan, sino como una identidad que se está desarrollando y que descubriendo el mundo quieren hacer lo que no se debe hacer, ya que como se sabe atrae tanto lo prohibido, y más cuando se es inmaduro y curioso, es la edad precisa para ello, se está uno recién encontrándose, por eso beben, se drogan, les gusta el grafiti, hacen fechorías, aparte de yacer en batallas intimas, presiones de los padres y de la sociedad misma.

El filme hace bien dándoles un background sólido a cada chico, poniéndoles sus retos y sus contratiempos, sus deberes y sus anhelos. Tenemos el niño que quiere ser un buen peleador de kickboxing para agradar al papá, y que en sí es como una obsesión de éxito y de ser líder, de convertirse en el tipo ejemplar, el más inteligente, el más fuerte, el más astuto; la niña que debe sacar buenas notas en el colegio y ser una chica bien ya que tiene dinero, cumplir con lo que se quiere de ella en sociedad, como con sus bailes de flamenco, llevar una disciplina, comer sanamente o contener buenos modales con amigos de sus padres; y el que es el peor del grupo, la oveja negra, el muchacho descarriado, que simplemente es coger algún rumbo decente, aun siguiendo su estela de outsider, en hacer del grafiti un arte que genere ingresos y reconocimiento, se entre en los parámetros de aceptación general.

Como no pueden ser exitosos, ante sus preocupaciones, hacen malacrianzas, se enervan y quieren ser más trasgresores, en consonancia a sus frustraciones (que suma a sus propias rebeldías de edad), porque aún no entienden lo que es el orden, el mundo de las consecuencias y es en ese lugar donde hay un fuera de campo; se ve el discurrir, pero no llegan a ser juzgados plenamente, la mayoría lo pasan por alto, y es una pregunta abierta de ¿qué hacer con ellos?, y tiene respuesta visible. En Alex, proyectarlo en alguna inquietud, corregirle a través de la auto-superación y la voluntad, que entable un nexo con alguna pasión. Para los otros, simplemente bajar la carga impositiva, ser más un consejero y apoyar su desenvolvimiento, como lo que representa la psicóloga, Júlia (Aina Clotet).

Hay una notoria disonancia que se hace algo chocante, desestabilizadora, y exagerada a raíz de lo que antecede, con lo que llega a hacer un protagonista, pero sirve para ver que nuestro proceder implica decisiones catastróficas, hay un camino que puede arruinarnos, ya no travesuras, sino algo mayor, y el castigo –esta vez sí algo duro, posiblemente una correccional- no llega a verse, pero se intuye tranquilamente, te lo puedes imaginar. Es un final que quiere defender su rótulo, son niños salvajes, aunque antes no hayamos visto nada demasiado extraordinario que lo avale con fuerza, si bien hay  asuntos como el golpe al padre o al hermano pequeño que se toman ligeramente y son algo grave, en cambio a la jovencita ante una cachetada se le cae el mundo. Incongruencias, o falta de balance, pero bueno, la vida tiene distintas reacciones, y cada uno enarbola su perspectiva, hay distintos comportamientos, adultos indulgentes o abusivos, carentes de dimensión o sobredimensionados, chiquillos exagerados o extremos como ampara y defiende el filme, y puede atribuírsele a la visión y hacer de los personajes. Los tres jóvenes como ejes de la película se comen a muchos secundarios que podrían haber tenido mejor repercusión, si bien no es que la trama se pretenda ardua. No obstante, queda el síntoma de la simpatía, de la dulzura que atenúa y cierta pasividad para con el progenitor, como el propio hecho menor y que la jovencita está acostumbrada en su collera al trato ordinario, y lo dejo ahí.

El filme tiene buen ritmo y es una historia -aunque de cierto estado de deja vú- que se supera -y se olvida en parte su minusvalía- por una recreación digna, que se hace muy entretenida, y por supuesto, tiene su buena cuota de reflexión, ya que siempre la adolescencia despierta cierta complicidad y comprensión, que visto desde el profesor amargado o del padre agobiado harto de la infracciones de su hija, dos tipos muy ordinarios en la creación de personajes y canal de comunicación, tienen de lógica y preocupación; tampoco es cosa fácil manejarlos, tanto que la temática merece una atención mayor y un reordenamiento más efectivo, ya que pueden ser pequeños monstruos, en proceso de algo peligroso, como implica el desenlace.

Sobre el filme a uno le viene por recordar Elefante (2003), de Gus Van Sant, un modelo general cinematográfico, tanto en cierta vocación estructural, de romper un poco con lo lineal, como con esa personalidad “pasiva” que se convierte en violenta, aunque se ven sus fechorías, menores, como el alcohol que se esconde en una mochila escolar, en no estudiar sino tontear en la computadora, en llegar tarde de madrugada, en quienes son los amigos, en faltar a las clases de baile o en comer pizza en lugar de lo saludable. En la presente obra se razona contra cierta impunidad o dejadez, que nos hace creer que estos chiquillos no tienen la complicidad de la autora, y que parece ser un llamado de atención para el espectador, en parte, porque lógicamente todos hemos sido adolescentes y uno no puede obviar ese estado de yacer extrovertido, divertido, de enajenación y constante aventura que nace de tirar de límites, ya que hay como una ambición de ser rebelde a los 15 o 16, de que esa figura importa a esa edad; es propio de ese tiempo, de una etapa de crecimiento.

Nadie evita la conmiseración e indulgencia, más de la forma explayada, con un Álex (Álex Monner) que tampoco es de los malos como menciona el profesor amargado, no existe eso con los chiquillos, no es común verlo así, y él también aporta sentimientos, los contiene (el abrazo a la madre, la felicidad de la beca o la afinidad con sus amigos). Todo eso deja ver el filme, se posa en ambos lados, en la crítica y la comprensión, como suele buscar el arte y el entendimiento complejo, aunque pueda haber sus excepciones en otros temas.

El personaje -y la interpretación- de Oki (Marina Comas) se hace querer muy rápidamente, exhibe aun en su indiferencia esa ternura propia de las chicas bonitas, pero carentes de ostentación, la vemos pequeña al fin y al cabo –mucho más que al resto- y exuda aun en su rebeldía un estado de indefensión. Ciertamente es una más del clan, pero sin perder su femineidad tampoco, que verla de otra forma puede no ser convincente, pero esa lucha de sus acciones recriminables –en donde se deja llevar bastante, pero también tiene su cuota de furia; como cuando arroja un objeto en una pelea- y el de su carácter atractivo, dócil, llevadero, amable, deja pase a no encasillar mentalidades gracias a la ambigüedad que aparece de lo atractivo y lo incorrecto (que es una dualidad anti-maniquea esencial en el argumento), solo que habría que haberlo desarrollado un poco más, conformarla como alguien menos simpática, más activa, capaz de, para de ahí entender que puede albergar liderazgo (negativo) en acciones mayores. En fin, faltó justificarla más. En cambio con Álex hubiera sido muy obvio, mientras Gabi (Albert Baró) es casi perfecto, pero este es un rasgo notorio de romper el estereotipo (pero que en un desenlace como el presente no basta sino sería en gran parte arbitrario), sin embargo aun así está manejado con cierta inteligencia, aunque se extraña más audacia, en sentido imaginativo, con respecto a todo el concepto y hechura del personaje. Es una obra que no será de las más originales, pero su buena factura (impecable), y su cariz narrativo e interpretaciones hacen de ella algo disfrutable, aparte de tenerla por una decente cavilación esencial. 

miércoles, 30 de enero de 2013

Lo imposible


La película de Juan Antonio Bayona ha roto récords de taquilla en España, se ha convertido en una de las cintas más rentables de la historia de su cine, lo cual se debe a tres factores desde quien se encarga de ésta crítica, uno a sus actores, a los muy famosos y queridos por el público, Naomi Watts y Ewan McGregor, a los que si les va en serio la broma de que irían a España ante tanto éxito, recordando que McGregor estuvo en el último Festival de San Sebastián (2012) para promocionar el filme y recibir un premio honorífico, el Donostia. Otro a su lado emocional, sentimental, su dramatismo escénico que conlleva el núcleo de la humanidad, la familia, su unión y su desesperación ante el caos que los pone frente a la muerte y a la omnipotencia de la naturaleza, a su salvaje quiebre y destrucción. Y tercero a ser una película muy bien estructurada, dosificada inteligentemente durante sus casi dos horas de duración, una primera parte desde la madre, María (Naomi Watts), junto a su hijo mayor, Lucas (Tom Holland), y la otra desde el padre, Henry (Ewan Mcgregor), y sus dos hijos menores. La cinta se alarga en base a una sencillez temática y no se repite, logra guardar un aire de novedad, asumiendo constante emotividad en una variedad de momentos. La historia es sobre el tsunami que arremetió la costa sur y sureste de Asia el 2004; la familia Bennet, de origen inglés, son participes de ese desastre natural cuando vacacionan en Tailandia.

El primer factor

Son muy bien desplegadas las actuaciones de los protagonistas, llevan una buena carga de tensión y de temor, en esa desesperación que implica el amor más fuerte de un ser humano, el de sus seres más próximos, el de la esposa y el de los hijos. Watts ya ha mostrado antes una clara disposición al drama, a mostrarse sometida por el feroz destino, por lo que a ella no se le hace complicado compenetrarse con un personaje que yace mucho en la congoja, en el dolor, pero también siendo a ratos fuerte como en su nado dentro del maremoto tras violentas sacudidas y heridas. Lo que busca en su aporte interpretativo es la intensificación del drama, no se trata de diálogos sino de trasmitir con lo físico, ya que más anda convaleciente, echada en una camilla, adolorida, golpeada por la inclemencia de algo impremeditado en un país distinto al suyo. Lo logra, funciona, y es una contundente competidora al Oscar 2013, única nominación del filme en dicho certamen pero que en los Premios Goya ostenta 14 nominaciones. Watts prima en lo que conmueve y en lo que genera complicidad visceral en el espectador. 

Así tampoco le va mal a McGregor, que nos tiene acostumbrados a su simpatía, a su seductora y agradable sonrisa, siendo un carismático actor que suele mostrarse en pantalla y fuera de ella como el más normal y feliz de los individuos, su papel no decae y logra asirse convincentemente al mismo registro de Watts, aunque en estado hiperactivo ya que en él recae la natural responsabilidad de su unión familiar, relegada en buena parte a su hijo mayor que toma la posta y se hace cargo de su madre, mostrando aplomo, y madurando en el desastre, recordando que en el avión no se valoraba mucho la tranquilidad que reinaba, había cierta insolencia en no apreciar que la vida puede ser bastante endeble y que estar seguro es una bendición que agradecer, como termina sucediendo en el desenlace, conscientes de haber sido participes de descubrir una realidad que les da un renacimiento existencial. 

Tom Holland es un fenómeno, una joven promesa, su aporte inquieta, enardece, fastidia, entristece, emociona, es muy expresivo y lo hace desde la representación de su edad, desde su inexperiencia en la existencia y desde su fuerza vital, desde mostrarse tal cual, desde sus más abiertos sentimientos, puede ser molesto y a la vez enternecernos, es una buena muestra de la complejidad humana en su lado primario, desde el instinto y lo más interno, lo más simple y a la vez lo más potente y verdadero. Su actuación sobresale y domina el ecran, la preocupación, la fortaleza, se propone desde su rol, en un estado naturalista.

El segundo factor 

La esencia del filme, ya que realmente la trama es muy plana. Vale el filme más por su fondo esencial de poderosos afectos, una familia rota literalmente por un desastre que busca reencontrarse. Ahí Bayona hace gala de todo su ingenio, de su lado más cautivante para el público sensible. Constantemente recurre a escenas donde hay emociones, el niño rubio que ayudan al inicio que está abrazando a su padre, Lucas expresándose gestualmente ante ese momento. Tenemos el creer a la madre muerta cuando no la encuentran en su camilla del hospital. La pelota roja en manos de Henry en el lugar de los acontecimientos, la piscina en donde jugaban sus vástagos. La descripción del incidente desde lo personal en medio de la fraternidad de un grupo de sobrevivientes foráneos. El filme es una mirada occidental con predominancia extranjera desde el espacio asiático pero que pone algunas figuras autóctonas. Esto puede ser incongruente en cierta forma con ese cariz universal en que se basa el filme o es que no lo toma en cuenta el director porque lo cree implícito no viendo ninguna diferencia ni necesidad en las distintas ascendencias implicadas, o es que era una producción destinada al público angloamericano en que gustan de verse retratados mayormente. La zona es exótica y paradisiacamente turística, e incrementa la sensación de unificación de lo que es la vida, el goce y el sufrimiento siempre a puertas uno del otro. 

Abundan los momentos esenciales de afecto. María tratando de darle valor a una damnificada en estado de shock. Lucas siendo diligente y ayudando a hallar personas separadas por el tsunami. El padre explicando a los pequeños hijos que tiene que encontrar a su progenitora. Un sinfín de piezas que articulan el estado de mortificación y entusiasmo ante superar alguna crisis que destruye toda nuestra seguridad y paz. Como es algo fragrante mucho se cae en cierto estado de facilismo en cuanto al dramatismo pero a su vez parece un reto de credibilidad, busca ser convincente y de eso trata pero a veces no convence o es que se nos duerme el sentimiento, caemos algunas veces en la frialdad de la desconfianza, dándose una aclimatación ante la constante reiteración emotiva. Pero es un toma y quita, a ratos nos conmueve, nos moviliza y a otros no deja indiferentes, esto varía en el espectador, pero es inevitable ya que es repetitivo. También parece a ratos algo grandilocuente, solemne, parece una declamación poética con énfasis en sus versos, en sus estados e instantes, algo que entre desmerece ante la exageración y dramatiza eficazmente. Démosle mitad y mitad, ya que sino no apreciaríamos en nada el filme siendo esto lo importante del conjunto. Definitivamente no es banal pero sí que es muy sencillo y comercial el filme. Estoy seguro que Bayona sería un monstruo en Hollywood en cuanto a recaudación y llegada masiva.

El tercer factor

Con esto el tercer factor es sacar provecho de los dos primeros puntos y lo hace bien. Se ve un tecnicismo escondido muy bien pensando, prolonga lo que podría caber en unos minutos, se centra en las consecuencias del tsunami sacando siempre un as bajo la manga y sin amodorrase enfocándose en su continuidad coyuntural dando giros e incrementando la curiosidad, no decae, no deja de crear interés y eso es un don ante la sencillez que trabaja. Tiene la vocación de centrarse en un núcleo que figure el conjunto, de esto que podamos perdonarle una cierta ausencia de conjunto, de ser completo en toda palabra que no lo consigue en ciertas ausencias o quizá no lo busca. A su vez los efectos especiales son perfectos, la recreación de lo que le sucede a María no puede ser más detallista y lo de la piscina basta y sobra para asumir la catástrofe, eso sí.  Bien por Bayona que produce reflexión, algo que pensar de forma directa, simple, como la vida misma es en la práctica, y aun así tan complicada en todas sus aristas desde una raíz elemental.

viernes, 6 de julio de 2012

Eva


Una película muy novedosa en el cine español es la presente dirigida por el catalán Kike Maíllo siendo su primer largometraje cinematográfico y que ya ha cosechado tres premios Goya éste 2012 por director novel, efectos especiales y actor de reparto para Lluís Homar. La gran curiosidad es que es una cinta de ciencia ficción, una rara avis en el mundo hispano que conlleva una muy buena estética dentro de una discreta trama de amor de dos hermanos por la misma mujer, la esposa de uno de ellos que fue pareja del que ahora es su cuñado pero que la abandonó hace diez años por motivos desconocidos para el espectador y es que el relato guarda mucho misterio deparando una sorpresa final.

En una ciudad invernal donde la robótica es habitual entre los humanos, el inventor Alex Garel (Daniel Bruhl) tiene la encomienda de crear las emociones de un nuevo prototipo, él encuentra como inspiración a una niña locuaz y extrovertida, su sobrina Eva, hija de su cuñada Lana (Marta Etura), con la que sostendrá un vinculo especial.

El pasado es enigmático en el filme –algo que solo podremos imaginar si bien hay sugerencias, debido a la sencillez de la historia- pero parece vital en la tensión del presente y en medio de relaciones afectivas secretas; la trama se mueve bajo silencios entre los vínculos fraternos y en relación a la familia del hermano menor, David Garel (Alberto Ammann), mientras se nos presenta la cotidianidad de la vida de Alex en su regreso a la ciudad ficticia de Santa Irene, un lugar que tiene vehículos actuales a nuestra era y modelos antiguos, una infraestructura común hasta con óxido y deterioro, siendo nada futurista, lo que solo nos deja de extraordinario las máquinas y los robots avanzados de distinta forma que yacen adaptados a nuestro mundo.  

Alex tiene un gato mecánico que imita uno verdadero y que está libre de órdenes, un artefacto visual que sobresale de la realización, también un amo de llaves, el sentimental Max, Lluís Homar en una actuación entre creíble con algunos movimientos y otros tantos que no lo desligan de su persona, le brillan los ojos y tiene el pelo engominado, es algo rígido, intenta ser verídico y a ratos lo aceptamos, sin embargo se hace muy complicado lograrlo durante todo el metraje, la idea es atrevida pero el resultado casi imposible, algo tibio para caliente –no perfecto pero encomiable- para ser razonables.

No hay mucho que contar porque más parece un ejercicio de cine de ciencia ficción y no una película dispuesta a narrarnos algo importante (no lo logra en ninguno de sus intentos, ni siquiera con Eva o el invento en ciernes), donde priman algunos objetos mecánicos, la fotografía de paisajes nevados o la manipulación en el aire de la bella composición cerebral de un autómata, unos efectos especiales a destacar un poco pero nada aún siquiera como se hace en Hollywood al servicio de lo comercial. Resulta casi inexistente la formación de algún contexto o es bastante escueto, lo hay pero éste se mueve muy lento y básico.

Resalta el encanto de la niña Claudia Vega a la que creemos buena fuente de inspiración como se le atribuye, el encanto de Marta Etura, alguien de quien es fácil enamorarse por su carisma y belleza, y un muy entregado meditabundo, sereno y seguro de sí Daniel Bruhl.

Estamos frente a un filme que no se aleja mucho del presente aunque está adelantado, nos muestra como conviven autómatas con seres humanos, de la mano de relaciones afectivas deficientes o en evolución se nos circunscribe a familiarizarnos con la robótica, se ha diseñado un argumento de su composición mental, vemos a Max en la práctica y en sí hay un imaginario al respecto que aprovechar en el ecran, no obstante el prólogo parece anhelar sin éxito suplir un vacío, ¿qué pasa en dicho contexto inicial?, el desmayo de una niña y una caída al abismo, hay una consciencia de llenar la historia, ahí solo queda conocer las razones y el desenlace vuela sin entusiasmo desfalleciendo en el lugar común y en lo que se vislumbra claramente, a favor está que tiene una estructura coherente y bien relacionada.

Peleas familiares por un tercero en discordia tratados sin aportar nada nuevo no son un pretexto para fabricar un filme memorable. El futuro queda como algo secundario bajo algo inferior e insustancial si se quiere apreciar bajo ese drama. Eva (2011) más será recordada por ser una de las primeras hazañas en España de hacer un sci fi y visto bien Roma no se construyó en un solo día, tiene mérito desde luego.

lunes, 25 de junio de 2012

No habrá paz para los malvados


La gran ganadora de los Goya 2012 fue el presente filme que se llevó 6 efigies de bronce del mítico pintor español, en los apartados más importantes como actor principal, guión original, película y director, dentro de 14 nominaciones. El director es Enrique Urbizu que ha sabido hacer una realización entretenida de buenos momentos de acción y continua persecución.  De arranque el escenario está dispuesto pero pronto invoca un giro tras otro, seguridad que denota convicción y se maneja bien en las distintas sub-tramas interrelacionadas.

El cineasta vasco que además es co-guionista del filme, junto con el francés Michel Gaztambide en su tercera intervención mutua, ha enredado un poco la trama –para bien en cuanto a que con ello ha creado un filme intenso del que no se siente el tiempo, y complejo en apariencia, con hartos vaivenes y actividades criminales del jefe, ambiguo y oscuro, y los villanos- metiendo musulmanes radicales con narcotraficantes colombianos con lo que saltándonos cierta ausencia  de necesidad de claridad detallista ha sabido darle suspenso y prolongación justificada a su obra, a lo que en resumidas cuentas se ha podido –y dice más, y más rápido- reducir a esa doble interrogante puntual que ha tenido la buena disposición de facilitarle al espectador.  La fiscal Chacón, bella española de mirada firme y rostro frío, su sonrisa más bien nos saca de cuadro (véase cuando habla por teléfono con su hijo), apunta a su detenido, el policía de secuestros Santos Trinidad (José Coronado) y nos lo resuelve todo de golpe.

El título es sumamente preciso que nos hace entender el conjunto una vez que nos percatamos de qué condiciona al ex -comando antinarcóticos destinado anteriormente a la embajada española en Colombia; unimos cabos y listo, todo está resuelto, ya tenemos el leitmotiv de la película, algo que a alguien como Sylvester Stallone dicen le ha entusiasmado mucho con lo que pretende llevar a cabo el remake americano. Imagino lastimosamente desalentado la debacle al manipular una figura central que está en el limbo en cuanto a bandos y aceptación del público, puedo anteceder que se maquillará la brutalidad, los detonantes y el background de nuestro protagónico, auguro una total mutilación salvo que se quiera transformar el perenne estereotipo que impone una superstar del Hollywood más comercial,  lo que resta dejando en pie el misterio que no creo suficiente ya que se resuelve a medio camino, inteligentemente porque hay una segunda cara que potencia lo anterior.

Es un filme europeo muy acorde con esa libertad que ofrece no contar con actores más importantes que el relato en sí, excusando solo el atrevimiento de aquellos interpretes que buscan los papeles más ricos que se pueden abordar en el séptimo arte, esos que no temen volarle la cabeza a un ser humano mientras corre desarmado para salvarse de la muerte o ese que es apuñalado como un perro callejero, un mortal que no tiene estrella ni encanto, un antihéroe salvaje que calculador sí, frío también y bien entrenado además, no tiene amigos ni ética policial o moral pero si un plan personal capaz de burlar a todos a su alrededor y acabar así con sus blancos, ocultos en negocios sucios, coludidos con narcos, regentando clubs nocturnos, poniendo bombas o comerciando con drogas.

Visto atentamente estamos ante una sacada de vuelta de un arquetipo cultural, el personaje de Santos Trinidad deja una esencia audaz y desmitificadora, para lo que un aire explicito y la necesidad de violencia mismo gore se hacen indispensables. A último momento poco importa quién tiene la razón, quizás nadie, que no sea la de la bella toma en la silla y la pistola flotando sobre algún dedo. 

El filme es un Imperfecto mecanismo sabroso que prolonga la trama sin repetirse y dando escarceos, tensión bien movilizada, aunque haya algunos ratos sobrantes de parte de las pesquisas de la fiscal, una antagonista interesante a un rival mucho mejor que se pasa por encima las pruebas que nos lo describen y entregan como en una escena cómplice de Hitchcock con el público; un asesino que brilla más que cualquiera y con abundante realismo.