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domingo, 14 de mayo de 2023

À vendredi, Robinson

Titulo basado en el conocido libro Robinson Crusoe, que parece aludir a la soledad y el aislamiento. La propuesta trata de cartas virtuales –recibidas los viernes, complementadas con el propio análisis de cada autor y luego el ajeno- entre el mítico Jean Luc Godard y el director iraní Ebrahim Golestan. Dirige la iraní Mitra Farahani. Farahani yace en persona hablando con Golestan, a quien conoce muy bien, han trabajado y trabajan juntos, como en la restauración y promoción del celebrado y legendario corto The house is black (1962), de Forugh Farrokhzad, quien muriera joven, en los tempranos 30.  The house is black muestra una comunidad de leprosos en Irán, es un retrato duro de ver, muy realista, pero que manifiesta humanidad, ya que la lepra está muy vinculada a la pobreza, y no solo es un retrato humanista, sino de cine social. Farahani también yace como voz en off; hace de pequeño tercer puntal en la propuesta hablando mucho de los pensamientos y vida de Beethoven. Godard yace con un camarógrafo en su casa, y así se mueve –en su cotidianidad; o como él diría, en la rutina- mientras va hablando. Godard es extremadamente pesimista, habla del suicidio y su disertación –que haría realidad un setiembre del 2022- es contundente, aun cuando hace del malo de la película, pues a nadie le gusta pegarla de pesimista u aplaudir pesimistas, ni criticar la existencia de manera tan apasionada, tan emotiva, pero también es porque Godard no gusta de su longevidad (tenía como 90 años), se siente ya muy cansado, como quien ya lo ganó y probó todo; ya tuvo hermosas mujeres llenas de personalidad también, cuando parece faltarle el amor, y vérsele solitario. No obstante se menciona que hoy en día tiene una compañera intelectual, pero a él siempre se le ve solo. Godard luce un poco freak, habla mucho de melancolía, de que el mundo no mejora a pesar de que muchos sufren (parafrasea a Canetti). Señala incluso la existencia de un Dios perverso desde la famosa pintura de Goya, de Saturno comiéndose a uno de sus hijos. Golestan es el total opuesto, un tipo lleno de optimismo. Tiene una esposa también que lo mantiene con los pies sobre la tierra, que lo hace humilde, pues está más preocupada de las cosas del hogar que cualquier acto de celebridad y trascendencia. Él dice que ella hace mucho ruido siempre, pero no duda en preguntarle qué opina de las cartas cripticas de Godard y a ella no parece importarle mucho. Golestan es sólido en su optimismo, aun cuando pasa los 90 años y, como es normal, se enferma por la edad en particular. Vive en Inglaterra desde mediados de los 70s y es un hombre que vive bien. Godard se ve sencillo económicamente (por decisión propia), incluso al final del filme vemos una especie de declaración de quien es actualmente, mostrándose, en la escena, rudo y campechano (aunque denota mucho ser bastante culto), al servirse detalladamente un trago y bebérselo frente a la cámara, cómo despedida, que confirma ya muy cansado y en parte gruñón, pues es un tipo difícil, complejo, no demasiado empático, pero siempre coherente consigo mismo. Golestan lo admira, admira su grandeza en el cine, que haya hecho del cine un lugar más bello y una fuente para pensar, sin ser complicado de seguir, pues su mejor cine no es complicado de entender. Godard ahora, el último Godard, es más complicado de comprender en el cine; se ve así en su filme Adiós al lenguaje (2014), y se le parecen sus cartas virtuales. Pero Golestan medio que le entiende, lo compara con el Finnegans Wake, expresando que para pensar y coger ese libro hay que ser poliglota y manejar muchas significaciones, mitología, latín, etc. Godard se ha vuelto más difícil de lo habitual, pero su genio es indiscutible. En la presente obra se le ve más humano, más emotivo, puede que todo hable de un ser muy sensible y por acá particularmente, aunque también inteligente. Golestan es más fácil de sobrellevar en todo sentido, y aunque práctico y a ratos fácil, es un contrincante decente para enfrentar a éste coloso del intelecto que es Godard, aun cuando yace en una etapa de terrible pesimismo existencial. El filme es interesante para cotejar los distintos estados de la edad, de la vejez, y las 2 caras del ser en general. Es el combate intelectual entre pesimismo vs optimismo y enfrentar el mundo; éste mundo que es como Godard dice, pero también como Golestan lo afronta. Frente a la pregunta, ¿cómo vivo entonces si el mundo es como menciona Godard?, Golestan alude la ópera La bohemia y ser millonario en espíritu, en ser fuerte y buscar esos rayos de luz como cuando Godard juega con un gato callejero. Godard es implacable, pero Golestan lo hace bastante bien, no hay una buena pelea sin un buen contrincante y aunque Golestan juega un poco a Rocky, está bastante decente. Godard dice que la gente se consuela con la mentira frente al desamor existencial y alude Johnny Guitar (1954), de Nicholas Ray, que observa en un proyector en su sala, pero vemos muchos huecos en lo práctico, en la vida, de Godard, como su soledad, su aislamiento, que alude muy bien el título. Ambos viven en lo que profesan, Golestan es un hombre feliz a pesar de que la vida suele ser difícil. Culpa él al cristianismo-catolicismo, al vampirismo y canibalismo de beber la sangre y comer la carne de Jesús. Pero aunque esto es en realidad un simbolismo, lo que ha dicho Jesús, un hombre que también fue un notable intelectual, un maestro, Golestan como que quiere justificar los cimientos del pesimismo europeo. Él es quien es igualmente, un hombre amante del mundo, y hoy en día tiene 100 años. Sin embargo aunque uno puede discutir cosas que dice Godard no deja de ser un hombre interesante y excepcional, produciendo un filme rico en debate e ideas, un buen choque intelectual. Uno ve cine para pensar el mundo, a la humanidad, como también para entretenerse, pues como dice Godard el cine no propone preguntas ni da respuestas, sino es más un juego de los distintos intelectos, y es escoger y pensar, recoger (tomar lo que nos hace mejores), filtrar (lo que no compartimos) y amar (ser feliz con el arte), y seguir avanzando. 

miércoles, 22 de febrero de 2023

Alphaville


Una definición que yo diera del ser humano sería que es una fusión entre motivaciones y percepciones. En Alphaville (1965), de Jean Luc Godard, tenemos la versión propia del cine del 1984 de la literatura. Aquí en éste sci fi de bajo presupuesto (que yo llamo cine audaz) el hombre es un robot, un especie de autómata, desprovisto de motivaciones y percepciones. Al hombre que presenta ideas distintas al mundo totalitario -sea capitalista o socialista- del Dr. von Braun en su ciudad de Alphaville lo destruyen, ¿cómo lo destruyen?, lo vuelven inofensivo, inocuo, le quitan la libertad de pensamiento y creatividad, lo convierten en un ente sin motivaciones, entonces en un ser triste, le quitan las percepciones, su propia manera de ver el mundo, y es un ser vacío. Alphaville medio que es la respuesta a la modernidad, refiriéndonos entre otras cosas a la liberalidad sexual, al destruir del amor y de la poesía, así como de la consciencia. El ser humano es de ésta manera que tenderá a lo corrupto o a la perversión, no reflexionará, no amará primero antes de desear tener sexo, no tendrá ideales o moralidad, sino será como un animal, de extremo liberalismo. Es el mundo que no pretende límites morales, y que no se compromete con nada, donde no se tienen responsabilidades, y todo esto se convierte en vacío, nos hace seres autómatas. Los que no sufren del lavado de cerebro masivo, de una futurista corrección política actual, morirán en esa gran secuencia de la piscina, donde Godard hace uso de la natación y el nado artístico para hacer poesía, justamente con la destrucción de la libertad de pensamiento y de los compromisos humanos, exhibe poesía -arte- con la muerte. Las lealtades morirán en un fusilamiento que parece reunión o cena de camaradas de filosofía y dictadura, bajo el yugo del simbólico Alphaville, y del Dr. von Braun. Vemos mujeres ejerciendo la prostitución como domésticas de hotel, mujeres que parecen modelos; también presenciamos bellezas desnudas en sugerentes cubículos de vidrio. Éste filme parece la respuesta al desborde de la libertad sexual de la época que deja de lado lo clásico, lo básico, lo primordial, el amor, el romance, el enamoramiento, así como aflora en Godard el compromiso con sus semejantes. ¿Finalmente que es todo el viaje del agente Lemmy (Eddie Constantine), en éste noir, en éste cine criminal, mezclado con sci-fi de bajo presupuesto?; es el rescate de una autómata (la bella Anna Karina), es aprender la palabra amor, la palabra ahora repudiada, prohibida, porque ya no se quiere proponer poesía, sino que simplemente se disponen de cuerpos al servicio de uno. No hay que ser moralista en exceso, el sexo es junto al comer y el sueño generadores de felicidad y paz, y uno puede disfrutar de la libertad sexual, sobre todo si es joven o sin ataduras, pero no podemos desestimar que lo que nos define como humanidad es esa palabra significativa llamada amor, y eso hace que la vida no sea sórdida y solo carnal, sino que exista poesía, romance, observando que el mundo se embellece mediante sus abstracciones. Tampoco se trata de una sobredimensión de complejidad o, peor, caer en la oscuridad, sino en lo útil y que deriva sin problemas o con cierta facilidad en lo vivencial; de la misma forma también todos podemos aprender, el mundo puede ser siempre mejor. Una vida práctica debe ser sinónimo de una existencia sana, la sencillez arrulla tranquilidad, hay que buscarla, tal cual esas escenas de acción de combate de Lemmy donde Godard hace ingenio aunque con toque arty de goce primario. 

lunes, 19 de septiembre de 2011

Pierrot el loco

Perteneciente al representante más famoso de la nouvelle vague, Jean-Luc Godard, en una realización conocida como una de sus obras maestras perpetrada en el año 1965. Es el viaje desenfrenado de un hombre, Ferdinand Griffon, conocido como Pierrot, en el actor Jean-Paul Belmondo, que un día decide darle una vuelta de tuerca a su existencia y huir con la niñera, una mujer hermosa y rebelde, Marianne Renoir, la musa del director francés, Anna Karina.

Pierrot inducido por esa dama capaz de matar o robar para sobrevivir y que le muestra una vitalidad que produce las satisfacciones que espera obtener de la vida emprende un viaje descarriado lejos de su familia, quebrantando las reglas y siendo perseguido por unos mafiosos que buscan recuperar su dinero, como por la casi inexistente policía.

Godard imbuye el filme de cultura que se adscribe con predominancia al arte, muestra pinturas constantemente mientras suelta algún párrafo en off, dibuja a Pierrot como un aficionado a la literatura y al cine, llega el personaje a aparecer en una sala de exhibición cinematográfica, se hace mención de algún cineasta en la boca del protagonista, se ven las frecuentes alusiones de famosos escritores en relación a las andanzas propias. También presenta un cierto metacine cuando el personaje de Belmondo tiene el grave conflicto interior que lo disgusta con la realidad que ostenta y que provoca su personal epifanía anterior a su despierto periplo por el mediterráneo. A su vez se recrean en bellos paisajes, otorgando espacio al aprecio por la naturaleza. El maestro francés da la sensación de manejarse económicamente, con austeridad, lo cual no desmerece el proyecto por llevar una esencia que desborda espontaneidad a pesar de que los principales no dejan de lucir atributos que aunque cercanos no abandonan las señales de algún rasgo especial.

Ante todo se ha de reconocer que es un filme de entretenimiento no carente de una cierta profundización sobre la libertad humana, de aquella locura que Jack Kerouac llamaba La carretera, el atravesar los límites establecidos por la civilización castrante en pos de una anarquía para bien de la realización emocional individual a toda costa, en ello Pierrot y Marianne deciden dejarse llevar como aves libres sobre el firmamento, no escatiman romper cuanta norma los coarte en sus pretensiones de descarada permisividad aspirando febriles a una romántica leyenda que no quiebra el cariz de condescendencia que aspira para sus personas el filme, en un final que exhiba su amor por el placer de ser entes fugaces que roban hasta el último respiro del aire aprovechando el instante con sorna y efusividad infantil.

Los protagonistas profesan el carpe diem absoluto aunque en ese destino se conviertan en criminales que han de huir a cada rato, en una despreocupación que los aleja del temor por la muerte que incluso llegan a idealizar en varios divagues, y en ese trayecto el filme nos hace involucrarnos con su pasión y se nos presentan como antihéroes tras la fastuosa y escurridiza -o hasta implacable- felicidad, en una circunscripción de empatía frente al espectador que a una suerte de observar unos Bonnie y Clyde de los 60s ambientados en Francia logran un aire de compenetración aún con sus hazañas delictivas que terminan resolviéndose a flor de su ideología, para lo que se desenvuelven con carisma, ella canta rozagante pletórica de alegría y ternura, él es como un gato saltando y jugando como un niño en el campo.

Son muy físicos y no por eso menos pensantes, sin posturas forzadas, pero abiertos a ser juzgados con la benevolencia y el beneplácito masivo, para esto se señalan justificaciones contextuales en su defensa y un lado lúdico que disminuye su rechazo. Ella es mucho más mundana describiendo la naturalidad en su figura intelectual, sin dejar de ser el centro de la trama, siempre activa y entusiasta, despertando sensualidad cotidiana, semejante a un imán visual para el público, la beldad que subyuga al hombre duro, Pierrot lo es, con su cigarrillo a medio lado y su poca comunicación a ratos casi desarraigado del entorno, y tampoco deja de ser un poeta comúnmente expresivo y un ser humano sensible en una ambivalencia que se manifiesta en una personalidad sin un solo rótulo que aún con todo no deja de ser comprensible.

Éste último aspecto se da a conocer perfectamente al redactar las vigorosas vivencias con su amada que solo reside en la plenitud de la experiencia, y además se permite darse en semejanza a la exuberancia de un pequeño disfrutando de su sencillez. Ambos yacen perennes en aplacar su deseo de emociones, de sentir y gozar a totalidad, no dejarse caer en el aburrimiento ni en la monotonía de la normalidad. Y sintomáticamente se percibe ya no como un clásico sino como una expropiación de nuestras almas.