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martes, 6 de enero de 2026

This Sporting Life

La relación con la mujer da para mucho diálogo. La relación con Margaret Hammond (Rachel Roberts). La mujer no quiere volver a comprometerse. Amaba mucho a su esposo. Éste hombre estaba sumido en la depresión –no especificada- y terminó suicidándose. Se da a entender que era un hombre débil, frágil. En cambio, el protagonista es un tipo duro, rudo, realmente fuerte. Frank Machin (Richard Harris). El opuesto al marido difunto. Dentro de su fuerza mental a prueba de la realidad, que compagina perfectamente con el rugby o los deportes donde se requiere mucha confianza en uno mismo para enfrentar violencia digamos, está verse un poco primitivo, a ratos bruto, tosco, algo vulgar (que suma al concepto), pero no obstante demuestra querer estar con Margaret, su especie de casera, que yace desprotegida de la vida, con 2 hijos aun pequeños a cuestas. La mujer lo rechaza formalmente. No obstante por su contexto accede a dormir con él en varias oportunidades. Ella menciona que esto le da mala reputación. Pero la realidad es que el protagonista busca una relación afectiva normal, convencional, y Margaret no quiere. Frank no habla directamente de matrimonio, la mujer no se lo permite, es por eso que se ve muy libre y tiene aventuras sexuales ocasionales. Pero nadie le mueve el piso como Margaret. Así mismo lo vemos desechando varias aventuras. Se interpreta que quiere que ella sea su mujer, si bien todos la creen así de cierta manera, sin embargo Margaret no quiere olvidar a su marido difunto. Ahí están los zapatos como ejemplo bastante explícito. Margaret se halla(ba) en el abandono, lo que incluye algo de culpa para la empresa que dirige el equipo de rugby del protagonista. La mujer es terca (aunque en un opuesto autodestructivo a Frank, la oscuridad y la luz frente a la existencia), similar al marido difunto. Margaret es proclive al suicidio, a un idealismo que curiosamente colinda con dejarse derrotar por el mundo, si bien ella ha perdido al amor de su vida. No quiere rehacer su vida. No quiere darse otra oportunidad. Incluso se siente culpable por la muerte del marido, por no llenar sus expectativas, pero la melancolía puede ser muchas veces muy rara de entender o de hallar culpables. Su muerte no es su culpa, a diferencia de ponerle las cosas arduas a Frank. Ella incluso parece haber amado más al marido muerto que a sus propios hijos, y eso continua hasta su presente. Margaret es amable, los cuida, pero a ratos importantes los deja de lado. El protagonista es un luchador neto, de los más bravos. No se doblega con facilidad. Quiere a la mujer, a toda prueba, movilizando un canto de potente motivación existencial que es parte de su personalidad. Frank es un cazador de triunfos, es de la gente que crea éxito, y como bien dice, son pocos como él, aun cuando lo ven como un simio. No obstante, se deja apreciar vanidoso, pero con Margaret puede ser muy humilde, y también duro. Es un personaje complejo de definir. La mujer es una meta, sentimental, real, está enamorado. La mayoría de gente, la gente común y corriente, se deja apabullar por la existencia, aunque todos finalmente crean su camino, cuando el mundo es difícil. El devenir de Frank no trae a colación suerte, ni destino, porque el protagonista jamás deja de avanzar hacia adelante en pos del éxito, en ir a enfrentar las cosas, como en el rugby. Perder 6 dientes no lo amilanan, lo que representa literalmente mucho dolor. Ni cosas mucho peores, como sufrimiento en el alma. Es un filme trágico, triste, pero éste hombre hace gala de una simpleza que le retribuye, aunque por una parte lo juzga negativamente. Llega a presionar demasiado, cuando Margaret es un ser muy frágil, si bien lo hace porque cree que le va a abrir los ojos, hacer superar su duelo y corresponderle afectivamente. Frank Machin no es una mala persona, como para esperar que el mundo haga justicia, aunque la sugerencia de la araña muestra que se siente culpable. Aunque es un retrato sobre la clase obrera, estamos viendo el triunfo del hombre que sale de abajo hacia la gloria (nunca deja de enfrentar el campo de batalla, ese escupitajo señala carácter), que puede leerse de triunfo capitalista. Pocos pueden ser como él, ahí hay una clase de cierta excepcionalidad frente a conquistar las emociones, esas que tiran abajo a todo el mundo. Nadie es de piedra. Uno es pequeño frente al mundo. Richard Harris está magistral, a sus 33 años, perfecto en el papel, incluso físicamente como jugador de rugby. Y gestualmente. Todos sus ademanes imprimen personalidad al filme. Ésta película le da el estatus de leyenda cinematográfica (junto al director, Lindsay Anderson, y al guionista y novelista, quien se adapta a sí mismo, David Storey), esa que Clint Eastwood le roba un poquito, para los entendidos, con Los imperdonables (1992). La película está contada bajo mezcla de tiempos, aunque no tan lejanos entre sí, los cuales se descifran con facilidad, manejando maestría estructural, en ésta obra maestra del free cinema, de principio a fin. Una obra de lo mejor del cine británico. Está bellamente filmada, sobran las grandes escenas, tiene tremendo realismo. En la trama se ve también que el éxito contiene el capricho y el engreimiento de los poderosos. El deporte fuerte igualmente trasuda sensualidad. En pantalla hay dos socios que compiten entre sí y la esposa de uno de ellos además maneja decisiones. Oímos de la visión de cada uno, lo cual rige el futuro del protagonista. Acaso no soy bueno dice, justificando su fichaje millonario, cuando él mismo se vende caro, pero se deja ver que el éxito puede no ser del todo justo muchas veces, pero la lección es que el protagonista conquista el triunfo con la mentalidad del campeón, con la autogestión de la voluntad más grande. No voy a hacerlo siempre (el rugby), quiero algo eterno, menciona, yo soy capaz de amar de verdad, como parte de alguien que intelectualiza situaciones, aun cuando lo creen un simio. Aspira al amor verdadero. Pero puede que su elección haya sido la equivocada y ahí le juega –jugarreta del destino- en contra su perseverancia. El deporte del rubgy para él es un medio de éxito solamente. Hay muchas escenas melodramáticas a lo Un tranvía llamado deseo (1951), una maravilla con la que hay similitudes, dentro de una película que tiene personalidad y originalidad.

martes, 2 de enero de 2024

Rollerball y The blood of heroes

Rollerball (1975)

La dirige el canadiense Norman Jewison. Es la película por esencia de los deportes futuristas expuestos en distopías. Está basada en el cuento de 1973 del americano William Harrison quien se encarga del guion y denota ser fiel a su procedencia literaria, a su austeridad en general. Rolleball es más compleja que las películas de su tipo, no obstante opta por planteamientos simples finalmente, como lo del poder controlador de una empresa fantasma -ubicua pero sin identificarse específicamente- que hace de Gran Hermano, con el deporte como nexo popular conquistador/pacificador de las masas. Un deportista de élite, Jonathan E. (James Caan, en una de sus actuaciones más memorables), ha batido todo récord y se ha convertido en un héroe nacional, la máxima celebridad mundial, y cómo haciendo una lectura de la vida de (y quien fue) Muhammad Ali se sostiene que nadie puede ser más grande que el sistema o el orden establecido. Se señala que el deporte en sí debe pesar más que cualquier individualismo, y sin tanta cháchara, con una ambigüedad y misterio light, se le pide a Jonathan E. que se retire, pero Jonathan E. no quiere, aun cuando el deporte se pondrá más rudo, más especial, con él. En el mundo distópico del filme, el poder busca que la gente esté desprovista de profundidad. El poder se encuentra representado en especies de empresarios, a los que se les ve como millonarios entre engreídos y caprichosos y seres robóticos, repetitivos. Estos empresarios ambicionan controlar todo y a eso se dedican. A esa vera los subyugados (la población) tratan de congraciarse con el poder y es así que la mujer amada de Jonathan E. se va de su lado, donde luce en mucho semejante a una dama de compañía. Ella, igualmente, parece una autómata, curiosamente representada por la modelo y actriz sueca Maud Adams. La presente es una película de ideas sin demasiado desarrollo. Hay una atmósfera típica del mundo distópico, un estilo sobre esto, de cierta inquietud, pero es mínimo. El deporte expuesto es extravagante y tiene escenas violentas bajo esa batuta. Tenemos motos, golpes, balones, un velódromo. Es un mix de prácticas deportivas, pero tiene mucho del hockey. Presenciamos muchas secuencias de éste deporte futurista llamado Rollerball y si bien tiene sus momentos emocionantes carga cierto sinsentido como deporte, falta un poco de mayor credibilidad. A Rollerball parece que le falta más sustancia. Es como una promesa trunca ante cierto estado de ambición conceptual. No deja de ser una propuesta atractiva, pero a todas luces había material como para hacer algo más especial, aunque de todas formas la parte deportiva tiene su destaque, su cuota de originalidad. Se siente que coge de muchas partes sin ahondar, en ello lo hace más decente con Antonioni que con Kubrick. 


The blood of heroes (1989)

Ésta es la única película que ha dirigido el célebre guionista David Webb Peoples, guionista de obras maestras como Blade Runner (1982) y Unforgiven (1992) y de la interesante Twelve Monkeys (1995). The blood of heroes (1989) es sólida en su credibilidad como una combinación entre football americano y gladiadores romanos. En la película de David Webb Peoples el deporte es la puerta hacia pertenecer a la élite, al grupo de los privilegiados, dentro de un mundo postapocalítptico como del tipo de los desiertos de Mad Max. La trama es una historia de sueños y segundas oportunidades. The blood of heroes es una propuesta básica esencialmente, no obstante, tiene varios elementos deportivos reales/reconocibles muy bien expuestos en éste mundo distópico. Es plenamente competente, efectiva y notablemente entretenida (con un protagonista, interpretado por Rutger Hauer, que tiene potente pinta de legendario). The blood of heroes se presenta de manera muy frontal y sencilla donde en ese trayecto está llena de empatía de cara en particular a los que les encantan las películas de acción de los 80s y 90s, de la época dorada de éste cine, y para los que aman el deporte. Maneja muy bien la emotividad, la que yace en su punto, presentando a dos personajes valiosos enfrentados a la fragilidad y a su sensibilidad de cara a la existencia y a sus sueños y metas de ser mejores, como de salir adelante. Sus historias y luchas son una preparación para entender y ser plenos en el mundo. Estos personajes los interpretan con mucho talento Joan Chen y Vincent D'Onofrio. Éste último venía de impactar a todos, de ganarse mucha admiración, con su papel en Full Metal Jacket (1987). Joan Chen es una mujer muy fuerte en varios sentidos, especialmente ruda para destacar en el deporte, en la distopía de un tiempo futuro. Tiene que serlo si quiere tener éxito. Buscar vencer las dudas que suelen presentarse frente a una enorme exigencia, no sólo física, muy competitiva (muchos quieren llegar hasta la cúspide), sino existencial, para cumplir sus sueños, complicados, escurridizos para muchos. Incluso debe ser un poco cruel dentro de una cierta firmeza para conseguir sobresalir. El filme plantea solventar la resistencia corporal y auto-motivacional. Kidda (Chen, la que aunque visualmente bastante rústica mantiene cierto atractivo físico) se exhibe además dentro del papel romántico (compañera pasajera del protagonista), inmersa en una existencia en todo sentido áspera, difícil de disfrutar, muy poco embellecida, como aludiendo cierto cine social. Hauer como el mítico Sallow representa al hombre curtido, pero sin vanagloriarse o pintar de que lo sabe todo porque ha sufrido. Él es un samurái, un verdadero gladiador, un hombre experimentado y humilde, que sabe qué tiene que hacer/potenciar para vencer, que entiende qué ha perdido, qué no tiene y qué quiere y qué va a conseguir (por su mentalidad de campeón). Conoce la gloria máxima y la caída en el olvido, como el poema de Kipling. Sabe cual es el camino para volver a la cima. Es el estratega por antonomasia. Su figura es la de aquellos que hablan poco, pero es un maestro, de los jóvenes que lo admiran en silencio, quienes saben quien es, más allá de las engañosas apariencias. Sallow es el hombre que promete, con acciones, como líder, el futuro. Joan Chen tenía 28 años y Vincent D'Onofrio 30 y señalan justamente juventud. Hauer tenía (preciso para el rol) 45, la edad donde el deporte suele dejarse por lo general de practicarse en alta competitividad, y esto habla de la mediana edad y querer alcanzar de cierta manera lo "imposible" o remar contra las probabilidades. 

lunes, 22 de mayo de 2023

Air

Air (2023), de Ben Affleck, es una buena película, pero una película extraña o particular, ¿por qué?, pues es porque los héroes del filme son literalmente capitalistas, empresarios, el equipo de marketing y análisis de Nike, incluso el dueño de la empresa de zapatillas es protagonista interpretado por el propio Affleck. El filme utiliza toda la clásica construcción del emprendedor o luchador, del héroe que busca triunfar frente a grandes dificultades, el que enfrenta un gran reto y se presenta como un underdog y busca conseguir un gran logro, incluso histórico, pero éste gran logro es que Michael Jordan firme con Nike y le hagan una zapatillas con su impronta y todos puedan hacer mucho... ¿qué cosa?, sí, ¡dinero!, así tal cual, de paso siendo la historia de la creación de regalías para los deportistas que firman con marcas deportivas, es decir, Matt Damon interpreta al analista de basquetbol de Nike, quien escoge con que basquetbolistas, Nike debe firmar para marketear con ellos sus productos, que fue el que facilitó la creación en EEUU de contratos empresariales con regalías para los deportistas, llegando a defender a los deportistas (basquetbolistas) frente incluso al marketeo universitario. El filme es tal cual expreso, pero todo es lógico, es real, pero es capitalismo, competencia empresarial y libre mercado a la vena y, claro, uno dirá, ¿por qué no?, el cine aborda todo tipo de temas y aquí aunque finalmente se trata del vil pero necesario dinero, no habla ni de corrupción ni de inmoralidad, sino simplemente de gente que quiere ser millonaria, exitosa o mucho más adinerados de lo que son y su competitividad los lleva a querer ser la empresa numero uno del negocio, para el caso, de las zapatillas deportivas. Pero pongámonos en contexto, para los 80s, Nike no era aun el monstruo que es hoy en día, en particular en el básquet, primero era Converse y segunda Adidas en la pirámide del negocio del básquet y el trato con deportistas y productos alrededor de la NBA. Nike quería ganarles, ampliar y ser el primero en el negocio de venta de zapatillas de baloncesto, es ahí que entra a tallar la historia de las famosas zapatillas -las Air Jordan- que representan a Michael Jordan y fueron un boom entre los jóvenes y un quehacer superventas (hasta hoy en día, donde el mismo Michael Jordan está super beneficiado y de paso los deportistas que siguieron su ejemplo), el mejor basquetbolista de la historia y uno de los mejores de todos los deportes en general, pero que por entonces aun jugaba en la Universidad y estaba por pasar a la NBA. Pero éste legendario analista que hace Damon, Sonny Vaccaro, que no era deportista pero sabia como nadie de basquetbol, vislumbró que Michael Jordan sería el mejor de todos los tiempos y quería convencerlo de firmar con Nike, cuando tenían menos presupuesto, menos posicionamiento y menos influencia que Converse y Adidas. El filme juega con el marketing -medio que lo homenajea de paso-, lo vemos en toda la contextualización de los 80s, con la música, la comida, las películas, etc, pero se enfoca en el ingenio del analista Vaccaro que quería hacer triunfar su mirada selectiva, su noción empresarial y sobre todo del deporte, como parte del equipo de Nike. El filme es super dinámico, lleno de entretenimiento de principio a fin, es un cine comercial, popular y amable de suma calidad, con autoría, audacia y genialidad, porque para contar éste tipo de historia capitalista hay que tener personalidad y mucho cerebro para que guste a ese público masivo y clasemediero que lo ve en todo el planeta. Que piensen que en efecto Vaccaro quiere triunfar (como cualquier hijo de vecino), quiere tener valía, hacer historia a su manera, y que el underdog Nike pueda lograr vencer a los titanes de Converse y Adidas -con menciones a su procedencia o autores que lleva de verdad, perspicacia, audacia e ironía y que sirven para cotejar la elección en competencia-. Es una película que humaniza a los grandes empresarios -a los llamados en general de monstruos capitalistas, podríamos decir- y al equipo de análisis y marketing de una empresa; si esto no es una genialidad entonces no sé. El dueño de Nike, que como todo el filme es real, Phil Knight, es de carne y hueso, y un tipo con quien Affleck ironiza un poco, quien es medio extravagante -con su budismo y menciones de autoayuda-; todo esto hace del equipo de Nike gente a poder apreciar, cuando parece no ser lo clásico que gente común va a voltear a aplaudir. En un momento Knight (Afleck actuando; e ironizando como director de cine) dice que a él sí lo recordaran en el futuro de la humanidad porque ha hecho algo muy importante, comparándose un poco con Michael Jordan, aludiendo el gran discurso que hace Vaccaro. Otro punto es que el americano ideal y la película celebran el talento, la gente -visionaria- apoya el talento, quieren que triunfe, porque todos ganan al mismo tiempo, la gente ayuda y gana al mismo tiempo con el talento, es decir Vaccaro celebra a Jordan y triunfa por negociar con él, todos ganan dinero, todos enaltecen así su propia genialidad, cuando Jordan como bien dice la madre es el protagonista, el que hará con su imagen que todos esos jóvenes compren zapatillas costosas, que esas zapatillas se vuelvan una mina de oro, que todos las quieran comprar para coger un poco la esencia de Michael Jordan y que reflejan la pasión y admiración humana por el deporte. Es de ésta manera que la elección, anhelo y perseverancia de Vaccaro plantean que se confirme como un gran analista aplaudiendo la grandeza del prometedor Michael Jordan. Su inteligencia está en escogerlo y en poder entablar un vínculo sólido con su madre -buscar convencerla, en la performance de Viola Davis- y luego a esa vera con el mítico Michael Jordan y a quien curiosamente no veremos nunca visualmente-frontalmente en la película, ya que los héroes del filme son otros, visibilizando y celebrando lo que no es habitual o de típico interés general, pero el arte es hacer prácticamente de cualquier cosa, como el carbón, diamantes.  

domingo, 13 de marzo de 2022

King Richard

Dirige Reinaldo Marcus Green y es su tercer largometraje. Nos retrata como el padre de las famosas tenistas Venus y Serena Williams las hizo campeonas, encaminó y construyó sus carreras. Es un retrato sentimental de un hombre humilde pero inteligente que tuvo un plan y fue incluso contra la corriente -tomó varios riesgos- y logró que 2 de sus 5 hijas se convirtieran en legendarias tenistas. Es un filme que muestra todo muy claro y sencillo y muy interesante. Richard Williams (Will Smith) era un simple guardia de seguridad y vivía en un barrio peligroso y pobre, Compton (Los Angeles). Iba a la cancha de tenis publica y tenía que lidiar con los pandilleros habituales, muchas veces fastidiosos y amenazantes. Se llega a ver que había una vecina que paraba denunciándolo; el filme habla de abuso paterno, al haber tanta exigencia de parte de él en son del triunfo deportivo, pero el filme se desliga de ello y hace ver que Richard tenía un plan de éxito deportivo y además quería alejar a sus hijas de lo lamentable y destructivo de las calles. Hay una escena breve pero gloriosa con Will Smith en lágrimas como padre que desnuda su alma y habla de ser un padre protector. Él solía decirles a sus hijas, en la competencias, que se diviertan, ya que ahí habitaba la tensión. Hizo 2 deportistas sólidas, inclusive psicológica y socialmente; hay un trabajo curioso con enfrentar ser estrella y famoso. Es un filme de superación y también de identificación -de los afroamericanos-, que dentro de la historia también están al tanto de esto. No es un filme rompedor, pero es muy bueno emotivamente y se disfruta, es una bella historia que involucra a un hombre luchando contra la frustración y haciendo de sus hijos lo que la vida le negó. Les llega lo material a todos, una vida privilegiada -como era el plan de Richard-, pero esto no es detrimento de ningún tipo, era también un plan familiar, otras hijas pagaban su universidad con el trato a futuro de éxito mutuo con un entrenador de deportistas de élite, con Rick Macci (Jon Bernthal). Maci es un gran personaje y posee una muy buena actuación, como para seguir a Bernthal de ahora en adelante. La famosa campeona española Arantxa Sánchez Vicario es ilustrada un poquito como de mala, como gran rival de Venus, pero luego se pone normal la historia, menos fantasiosa o menos cinematográfica, menos exagerada. Se mencionan muchos tenistas reales talentosos, se juega con sus figuras como argumentación más que algo visual. Es la historia de la primera tenista afroamericana campeona del mundo, la historia de Venus Williams, de la mano del ingenio de su padre (y una madre con carácter, que acompañó y ayudó en todo, interpretada por Aunjanue Ellis). Tenemos un Richard Williams excelentemente actuado por Will Smith que es realmente competitivo como actor. Serena es mucho más secundaria o anexa al plan general deportivo. Es un filme sobre humanidad, sobre emociones, sobre triunfos labrados con personalidad, sobre sueños concretos, pero métodos atípicos y logros excepcionales, y puede sonar un poco ilusorio, aunque también motivador. Sin duda es como dicen todos en la trama, algo especial, hacer de un niño afroamericano salido de un barrio pobre un ícono, hasta internacional, el primero en un deporte de élite, muy costoso y selectivo, y el camino a seguir de muchos otros. Se percibe negocio y dinero, pero la propuesta trabaja mucho lo interno, el espíritu humano, bastante desde el padre que no era en realidad perfecto -sutilmente expresado en sus infidelidades, mencionado únicamente- pero con mucho trabajo duro -aunque no del todo visualizado-, como salir a practicar en la lluvia, pero ahí está el repetir el have fun! que es válvula de escape. Era un padre con complejos también, pero que amaba a sus hijas, no era un explotador, era un soñador con un plan real y que sus hijas lo tuvieran y consiguieran todo, hasta lo excepcional. 

domingo, 19 de diciembre de 2021

The novice


Ganadora de mejor película en la competencia nacional, americana, y mejor actriz para la protagonista, Isabelle Fuhrman, en el festival de cine de Tribeca 2021. Es una de las 5 nominadas a mejor película en los Independent Spirit Awards 2022, premios que han vuelto al cauce eligiendo películas con un tope mucho menor al de las grandes producciones Hollywoodenses, distinguiéndose nuevamente de los Oscars. Es el debut en dirección de cine y guionista de la experimentada editora de sonido Lauren Hadaway. Es una película que tiene personalidad en su estética, tirando para colores azules, turquesas, compaginando con el frio de la zona. También trabaja bajo la estética de la tensión y el nervio, del sudor profuso y constante, del esfuerzo duro y parejo, que llega a sentirse de cercanía de crisis y quiebre, siempre al filo de caer, de explotar, de rendirnos al cansancio, así mismo de perder, de ser finalmente derrotados. La protagonista se llama Alex (Isabelle Fuhrman) y es novata en el equipo de remo de una Universidad, está en su primer año universitario, es una ganadora neta, una chica que ama esforzarse, más que talento es la motivación máxima en persona, casi como comercial de marca deportiva, como Nike, ropa que vemos que llega a usar. Alex quiere ser la mejor del equipo de remo, la vemos luchando dentro de un alto nivel. Ella no cree en los pronósticos -que le tiran para abajo como novata- ni siquiera en ganarse la amistad de sus compañeras, ella es competitiva a mil y quiere ser la número 1, hasta llega a la obsesión, a la fijación (casi) absoluta. El filme es éste retrato de esfuerzo extremo, de atleta excepcional, y lo hace muy bien. Tiene cierta redundancia, pero es sobre todo un éxito de pasión por el deporte, acometido desde la élite. Es un retrato deportivo muy crudo, muy real, muy rudo y duro, puede que un poco incómodo, tiene su impacto, aunque exhibido con mucho dramatismo, el sudor se siente, salpica fuera de la pantalla. Además hay romance lésbico, la chica protagonista es queer. Éste retrato romántico se siente parte solamente, no es lo más importante, pero está decentemente tratado; lo más grande aquí es el deporte y es otro logro del filme, la naturalidad de la elección sexual, aunque tiene un cierto tonteo del día a día en la relación. No obstante hasta se comparte habitación. Ésta propuesta puede sonar a critica hacia la obsesión (destructiva) dentro del deporte, pero al mismo tiempo es contundente con aquello de ten cuidado con lo que aspiras o asume la grandeza de tus sueños, que no va a ser fácil. Es un filme que se siente bastante indie, pero bien ejecutado. Puede quizá exagerar un poco y en algo redundar, pero está lleno de virtudes, un largo sostenimiento que habla de ingenio y solidez general.  

lunes, 23 de noviembre de 2020

Nadia, Butterfly

 


Nadia, Butterfly (2020), del canadiense Pascal Plante, es una película que muestra los problemas existenciales de una nadadora olímpica en plenas Olimpiadas; se ubican en Tokyo 2020, que en la realidad y no en la película fueron aplazados por la pandemia hasta el 2021, pero lo que importa en el filme no son los Juegos Olímpicos, es mero contexto, sino que la protagonista, la nadadora llamada Nadia (Katerine Savard), está cansada de ser una deportista de tan alto nivel, por tanta exigencia y porque siente que se está perdiendo de tantas cosas por su deporte, como de vivir, y se va a retirar joven, éstas serán sus últimas Olimpiadas, cuando practica natación de alto rendimiento desde muy temprana edad. El filme explica todo de manera fácil y muy bien, hay mucha información sobre quién es Nadia, se explota bastante qué le fastidia. No obstante es un filme que deja hasta el cierre la duda de si Nadia se va a retirar finalmente, ya que mucha gente la alienta a no hacerlo. Nadia ya no puede ocultar su fastidio, incluso con sus compañeros, aunque todos la escuchan muy educados y tolerantes. Nadia tiene una mejor amiga, también atleta olímpica del equipo de Canadá aquí en Tokyo, Marie Pierre (Ariane Mainville), una chica muy sexual, muy libre. Marie lleva a Nadia a una fiesta y surge la única escena que se puede ver algo transgresora, el resto es un filme muy para todo público. En dicha escena hay sexo en grupo, todos hacen su faena a vista y paciencia de toda la pequeña reunión. Nadia, Butterfly es una película muy correcta, muy coherente, muy clara. La recreación de la Olimpiadas es bastante decente, sobre todo cuando Nadia sale por las calles de Tokyo y se vive un poco el evento afuera; internamente el filme es un poco austero y astuto, no busca nunca la grandilocuencia. Es interesante ver todo el ciclo competitivo y la realidad olímpica, aun cuando es todo medido. Se ve hermoso cuando las nadadoras se lanzan a nadar. Es atractivo también ver calentando y reposando a Nadia tras bastidores. En esos momentos se siente cierta soledad. Nadia es un personaje con matices, se ve una chica común, pero también inteligente, hay buenas conversaciones en éste estilo. No es un filme como para reventarle muchos cohetes, pero es bueno, se ve bien. 

miércoles, 15 de abril de 2020

Rodar contra todo

El deporte cura o te renace, te motiva y energetiza la vida, quita la depresión, te brinda buenos amigos, así lo ve una de las protagonistas de éste documental del 2015 perteneciente a la peruana Marianela Vega. Es la historia del  primer equipo peruano de rugby formado por cuadripléjicos. En éste vemos como la luchan y se llenan sus participantes de felicidad practicando deporte, un deporte que es rudo, vemos como impactan sus sillas de ruedas entre ellos, y como muchos caen al piso. Los observamos moverse veloces sobre las sillas llevando o pasando la pelota. Viajan a otros países, la cosa es seria, y no cualquiera tampoco puede pertenecer al alto nivel deportivo en que están los protagonistas del documental y hay estudios médicos y preparaciones especiales físicas de por medio. Conocemos varias historias, todos se expresan muy bien, totalmente tranquilos, aunque sus historias pueden ser tristes, pero son todos ellos tremendos luchadores y deportistas en toda la palabra. El documental muestra el deporte del rugby en su condición física, pero también sus vidas personales. Es una historia de amistad también, y de horizontalidad social, no hay diferencias de clases sociales aun cuando son de distintos poderes adquisitivos, los une el deporte, y su condición especial física. Como dice alguien, todos se motivan mutuamente, en ambos campos, el deporte y la vida, porque ambos también yacen bastante unidos y uno nutre al otro y viceversa. Es un documental sencillo, tradicional, pero ágil y atractivo. Cada palabra que sale de la boca de los muchachos de éste primer equipo de rugby es asertiva y muy bien pensada, y sin tanto rollo ni dificultad, pura franqueza, naturalidad, positivismo y simpatía. Es un documental muy educado, pero tampoco demasiado remilgado o engreído en lo que presenciamos. Es notable ver como toda su participación deportiva es muy profesional, y les brinda un gran aliciente para ser felices y motivarse en el mundo, tras la dura existencia que la vida les dio por yacer en silla de ruedas. También hay cabida para bailar, pasarla bien, tomar algo y llevar vidas como todos, como vemos con el matrimonio de uno de ellos, y que otro deportista es padre y sale con su hijo aun chico a llevarlo a montar bicicleta. La familia es lo más importante nos dice éste protagonista que valora bastante a su familia porque dice que ha podido apreciar que lo quieren y cuidan mucho. Es el deporte como camino de sanación espiritual y anímica, es el uso e invención de nuevos recursos, como aprender a usar los brazos en lugar de las piernas para poder ejercer el rugby en su condición. Dice alguien en el documental, es un deporte de contacto y hay que salir a "golpear", que parece se lo está diciendo a la vida. Así son ellos, unos luchadores a tiempo completo, que se han ganado su clasificación al equipo nacional y por entonces buscaban ayuda deportiva y merecen el éxito, pero ante todo valoran cada segundo de entrenamiento, cada momento con el compañero y la cancha.

miércoles, 20 de junio de 2018

La soledad del corredor de fondo


Lo mejor del filme se concentra en una chispa, en la sonrisa de un outsider, del que rechaza el statu quo, la subyugación, por un pequeño, poético y efímero triunfo, contra la fuerza de los poderosos, de los que rigen el mundo. Todo esto parte de algo reprochable, un acto criminal, un joven roba por inmaduro, por querer tener dinero para divertirse con su novia y amigos, y termina en un centro de disciplina.

El protagonista y joven criminal roba una panadería, más que por hambre por querer tener para divertirse. Se llama Colin Smith (Tom Courtenay) y es llevado a una escuela para delincuentes juveniles. En éste lugar descubre que tiene mucho talento para el atletismo, la carrera de larga distancia, y esto lo hace ver con gran favor del director del centro de detención, que pronto pondrá a prueba a sus internos en una competencia inter-escuelas.

Mientras estamos en el presente de la detención presenciamos la vida de Colin poco antes de caer preso, como llegó hasta éste lugar. Colin no es un criminal en toda la palabra, no es un tipo desadaptado ni violento, tampoco un bruto. Por raro que suene Colin es una persona con convicciones aunque un joven aun no del todo maduro. Colin no ambiciona riquezas, ve el dinero como algo útil simplemente, como cuando su padre muere y él muestra un desapego por la gran cantidad de dinero que recibe su madre del seguro paterno.

El padre de Colin fue un burro de carga, un hombre explotado hasta la extenuación, un hombre muy trabajador y pobre, Colin sabe que la vida es pesada y que a los hombres los consumen las necesidades y responsabilidades, el orden de las clases sociales. Colin ve tal cual la situación social del mundo en ese microcosmos de esa competencia de atletismo, en como lo entrenan como caballo de carreras, frente a la mirada de recelo de la manada, que aceptan su condición de cierto privilegio entre comunes, pero con cierto fastidio.

Colin no es un hombre de grandes actos –no hasta cuando reflexiona- ni sublimes palabras aunque se ve alguien inteligente. Tiene también sensibilidad, dentro de cierto hermetismo, machismo y sencillez, como con entender la vida de su progenitor –un obrero de carácter fuerte- con quien guarda distancia en la práctica –es algo más de meditación- y verlo amar a una chica linda y pasear por lugares bonitos con ella, olvidando la realidad del mundo, pero que al final lo llega a alcanzar y lo lleva a la correccional.

El protagonista no es el típico criminal, ensimismado en el mal o perdido en la corrupción, pero sí es característico de su edad, y en algo más esporádico y propio de emociones encontradas, como la falta de empatía con la madre, donde ella está en segundo plano en sus sentimientos por convenciones, contrarias al feminismo que se enarbola hoy en día, y por sumar un reemplazo rápidamente al difunto, el del padrastro autoritario, cuando Colin es rebelde y anhela la absoluta libertad en un mundo típicamente restrictivo.

Es especialmente gracioso cuando finalmente se descubre donde yace el dinero robado, y enternecedor cuando Colin comparte con una chica dulce y muy de a pie sus momentos de ocio, que yacen combinados con el ritmo, simpatía y magia cinematográfica de aquellas escenas en que lo observamos corriendo por lugares rústicos con un poco de libertad, jugándose su participación en el mundo, pasando revista a su existencia, a lo que tiene vivido y aprendido, que hace de punto de meditación de quien quiere ser o sueña ser, y no es un llamado a la criminalidad, sino a algo evolutivo, pero paradójicamente con mucho parecido, expuesto sin romanticismo, sin lo bonito o aparente, sólo es un destello de gloria.

La soledad del corredor de fondo (1962), del británico Tony Richardson, es una película de las más representativas del movimiento free cinema y de la filmografía del mismo director, cine social armado tras una buena ficción, un buen espacio de reflexión con mucho más que lo evidente, un filme con belleza narrativa, estética en los escenarios urbanos y campestres y protagonistas que se ciñen a la clase humilde o trabajadora espléndidamente retratados. Ciertamente es un filme algo convencional –aunque representó una cierta revolución como parte del free cinema-, cine social al fin y al cabo, pero muy valioso hasta la actualidad.

viernes, 19 de febrero de 2016

Creed

Rocky, es un ícono del cine, tiene ganado mucho cariño, ya con la presente son 7 películas, y en ésta oportunidad le deja la posta a un verdadero pupilo, nada más y nada menos que al hijo de su gran rival en el ring y mejor amigo Apollo Creed, en una historia que relanza la saga, con Adonis Johnson (Michael B. Jordan), el hijo nacido después de la muerte de Apollo, hijo nacido fuera del matrimonio, que es recogido por la filantropía de la esposa de Apollo, por Mary Anne Creed (Phylicia Rashad) que lo saca de la correccional, lo cría, lo adopta, en un mundo de privilegio, con lo cual Adonis no es que sea un boxeador salido de la pobreza y tenga el hambre de éxito en el deseo de una mejor vida, pero sí tiene un aliciente particular, sentir que puede llenar el espacio negado como hijo de Apollo (por su muerte), lograr brillar y tener orgullo, generarse un valor y sentir que puede congraciarse con el recuerdo del padre y el legado Creed, si bien el verdadero legado del que se vale en realidad la película es el de Rocky Balboa, que en manos audaces y el temple del director Ryan Coogler no endiosa a Rocky, sino lo hace muy funcional (pero indudablemente respetándolo), para que Adonis manifieste su propia historia y sea el protagonista de Creed.

Creed no es que invente la pólvora, recorre los lugares comunes de éste tipo de películas de boxeo, sobre todo aprovechando lo hecho anteriormente con la saga de Rocky, hay lugares que se revisitan, claro está; mientras existe variedad de referentes (bastante breves, aunque por todas partes, que aportan dimensión, memoria y nostalgia), pero también mucha actualización y no es justamente lo más atractivo, aunque tampoco es defectuoso el aporte, como la relación con Bianca –la bella Tessa Thompson-, de lo que el filme peca de ordinario en buena parte. Coogler sabe sacarle una cierta nueva identidad a la saga de Rocky, aunque algo pequeño y discreto formalmente, pero palpable, afro-americanizando la saga (como el mítico recorrido atlético por las calles, aderezado con motos y cuatrimotos, algo de circo e infantilismo, que trata de llevar el sentido de pueblo a la película). Incluso la banda sonora tiene esa mezcla entre pasado y presente, con lo que se ve que Coogler es un director con personalidad, pero a su vez lo suficientemente inteligente para oler una buena oportunidad de popularidad y reconocimiento –entregando material decente, de paso- en utilizar el máximo logro de Sylvester Stallone, que ésta vez cede a un papel secundario, pero cargado de atributos; potencial dramático, con aquella enfermedad tan familiar en su vida; intensidad y vitalidad, con su cualidad de entrenador (que tiene un estupendo manejo, entretenido y real en lo posible, al igual que con las peleas, que fluyen, son emocionantes a un punto, tienen arte); humanidad, que brota de sí y se ha ganado, ahora solitaria (pero nuevamente llena con ese sentido de familia que crea con el pupilo y su novia); y siempre intachable, como figura y deportista creado en la gran pantalla, que sube las famosas escaleras del Museo de Arte de Filadelfia y optimista dice que desde aquí se puede ver toda su vida, sumando su vinculo con Adonis, y ha sido, es, una gran vida.

sábado, 14 de febrero de 2015

Foxcatcher

El director de ésta película, Bennett Miller, es un habitual de las nominaciones a los Oscars, con lo que ello significa, un arte destacado en el cine americano, y el de un entretenimiento con suma autoría y arte, ese que deja ver una dirección compleja, llena de incómodos silencios y personajes observadores, algunos meditativos, provocando que una reacción, un gesto o un exabrupto emocional sea el que desnude la personalidad velada de las formas, por el respeto que otorga el dinero, o nuestro comportamiento anclado a lo primario, a lo infantil, como le pasa al impetuoso, básico y juvenil Mark Schultz (Channing Tatum) que se mueve como un gorila, siendo un hombre de acción, de un razonamiento precario, pero con un anhelo muy fuerte, excepcional y harto loable, que cunde en el patriotismo y la gloria máxima en el deporte, el ser el mejor atleta del mundo, el mejor exponente de la lucha amateur, y eso implica su independencia, desprenderse de la sombra de su hermano mayor, que lo ha criado y guiado, ha sido siempre su mentor, David Schultz (Mark Ruffalo), que en su sentir competitivo percibe que le opaca, aunque realmente mínimamente (¿no hablamos de dos medallista de oro?), siendo más un sentimiento y un mundo ejercido y sobredimensionado en su mente.

Toda la interacción entre los hermanos Schultz  yace acompañada de pequeños gestos donde se ve que David lo supera, es más hábil y “frío” en todos los aspectos (priorizando a su familia y el cariño a su hermano, tanto como a su conocimiento profesional, no nos equivoquemos), por ser más calculador, más racional, y no del tipo salvaje, muy emotivo, como Mark, al que bien se le define como al hermano pequeño, más allá de lo evidente, y el que requiere de asesoría, a un grado sutil, psicológica, para proyectar esa intensidad, talento y poder que tiene en la lucha (de lo que el alejamiento del dueño de los Foxcatcher resulte lógico, por ser nocivo, como se ve en el uso de drogas, alcohol o perder el tiempo muchas veces; de lo que también esconde la película sentimientos ambiguos de decepción y traición, ya que hay un vínculo real y honesto entre ellos al fin y al cabo, no solo es interés mutuo, como bien resume ese documental de du Pont, aunque sea una falsa glorificación, a diferencia de esa transmutación de la progenitora en el rechazo, simple acomodo e insinceridad de David), bajo algo más metódico y científico, más disciplinado, todo lo que Bennett Miller deja ver discretamente, con delicadeza, argucia e inteligencia, con mucha elipsis, en un entretenimiento –no lo olvidemos- que deja trabajo al público, aunque da buenos indicios y es a gusto de uno.

No se puede negar tampoco que hay momentos en los que se remarcan mucho las ideas, o se abre toda la ventana para que divisemos ángulos de como se mueven sus tres figuras protagónicas. Véase un acercamiento ya no solo paternal, sino a un punto homoerótico (leve, breve, pero sugerente, que deja libre el germen de la imaginación con dicha jugada, en que se manipula cierto prejuicio o sensacionalismo del que no conoce el deporte, que es como echarle carne a los perros; sin embargo es solo un juego de la ambigüedad, ya que hay mucho trato de los hermanos que se le parece, dando a proponer, que hay un acercamiento similar con du Pont, es decir, fraternal, de mucha confianza y cariño, de acciones justificadas, lo que se interpreta que es como un enfrentamiento silente por ganarse a Mark, por varios motivos. Y ese punto es la habilidad de la dirección de Bennett Miller que nunca deja de jugar con nuestra mente, no da una sola lectura, más bien se trata de distintas posibilidades, y de muy buenas combinaciones), en aquel encuentro nocturno de wrestling entre entrenador y pupilo, o cuando John du Pont (Steve Carell), autodenominado el águila dorada (sobrenombre al que muy bien le ayuda la nariz aguileña, o que sea ornitólogo, más no como se da a entender claramente, su cualidad de instructor), realiza un match de lucha y se ve que gana pero por detrás pagan a su contendor, pequeños deslices de autor, quizá hasta subterfugios bajos, como por su lado requerimientos para formar un cuadro general, ya que hay que reconocer que la mayor parte del conjunto trabaja con puntos a completar por el espectador, o en el coger de algún detalle preciso al vuelo, como el manejo deportivo, el entrenamiento olímpico que se requiere y que es de un nivel que pocos pueden proveer/sostener, de du Pont sobre su protegido, a quien lo ilumina con su generosidad; o con el mismo desencadénate de la historia, donde por cultura general se conoce la reacción mortal de una paranoia, pero el filme trabaja con otra cosa, con el sentir del respeto y la admiración, el menosprecio, el reconocimiento obsesivo de la gloria, y cierta obstrucción que significa uno de los puntales protagónicos para los otros dos que comparten necesidades mutuas, un intercambio de dinero por satisfacción e identidad propia, pero también una personalidad y un anhelo igualitario, frente a la soledad y la superación de un escollo mayúsculo en nuestra psiquis, representado en David Schultz, ser un mentor, o proveernos de un camino, el más grande por uno mismo.

En ese hueco/disposición de introspección entra a tañer la madre humilladora, castradora, omnipotente en la oscuridad de la memoria, como una imagen subyugadora que nos persigue (y uno quiere superar, dejar ir, como con aquellos caballos de raza, una reacción entre el dolor, la dependencia y una pequeña liberación), la que nos infantiliza, y nos demoniza o nos vuelve perversos con el resto, con el mundo, aunque nos sobreproteja en su caudal económico y una descendencia noble (viendo que más que actos contra uno, se implora respeto de ese pilar mental en nuestra vidas, ese que no nos tienen, y nos quita el lugar de soporte formal emocional y como seres humanos, lo que hace ver a un du Pont vacío, ridículo, aniñado, débil, poca cosa, y por último peligroso, aun intentando con ahínco ser algo importante, trascendental, con actos intelectuales, filantropía, o nacionalismos de orgullo familiar), y es que du Pont se esfuerza, como en aquella reunión con los atletas para darles instrucciones y darse principalmente a notar, orquestada ante la mirada y juicio de la madre curiosa pero minimizadora, pasivamente destructiva y desconfiada (hacia lo que llama un deporte inferior, que trae trofeos que ella hace espacio como por caridad, sin creer en ello, porque se trata de su hijo, lo que retrata una cruel lucha perdida, desde el inicio, por una actitud firme de desprecio hacia éste como hombre, donde la redención no parece existir, provocando entonces solamente patear el tablero, la tragedia y la autodestrucción del juego de la derrota interior, como un grito frente a lo patético, que bien dibuja un previo silencio melancólico, y la frase de “hemos terminado”, que complejiza lo que muchos llaman simple locura), en la poderosa imagen de la breve aparición de Vanessa Redgrave.

Como reflejo deportivo de la lucha tiene una gran seducción extra, se visualiza muy bien la técnica y los encuentros son en un tiempo justo, no dilatado, fluido, y son instantes emocionantes, indicativos, sin darles ningún efectismo especial, brindando naturalidad, convenciendo y proveyéndose de una cuota de impacto y confabulación. En ello hay que decir que Bennett Miller supera mucha predictibilidad, en que el meollo del asunto se rige a ciertas cautivantes condiciones, a una explicación tras la gloria, una que puede que se alcance e igual escapa a lo esperado, se convierte en secundaria frente a una (otra) prioridad psicológica; y una que se frustra de alguna forma o se nos revela y duele, y se convierte en una consecuencia. Tanto así que el deporte es en realidad –como toda buena película lo aspira- un pretexto para analizar nuestra “sencilla” pero definitoria humanidad, a priori de, factor de o por sobre cualquier excepcionalidad. En donde Miller genera un drama universal de suma profundidad con material deportivo destinado por lo general a la superficialidad y la fácil empatía. Un logro. Tras una cierta engañosa sencillez y austeridad en buena parte del conjunto (la suntuosidad se deja  muy en claro, el poder del dinero, si bien la “necesidad” flirtea con otros ámbitos, como en aquella elipsis o medio punto negro de ¿qué convence a David Schultz de pertenecer al grupo Foxcatcher si Mark dice que no se le puede comprar?, el miedo, la obligación, la lealtad, o, solo es un simple engaño, retórica, recurso de la lograda amable ambigüedad del filme), dentro de una calma (de “temer”) que enseña de forma  no demasiado convencional, pero aun así piensa/llega sin ningún problema hacia muchos, con lo que al desenlace más que esperarlo, vislumbrarlo, o yacer uno impaciente o inquieto por tanta observación, mutismo y escape en medio de circunstancias de tensión (yo creo que hasta lo reduces al punto de partida de una tesis), se deja entender argumentalmente de forma prominente, como todo objeto de arte; por encima de cierta parte de la ilustración, como el cariz de neanderthal de Mark Schultz, logrado cuando golpea furioso su cabeza contra un espejo, o yace impotente ante la técnica superior y quiere agredir a su hermano en el entrenamiento, y en la escena podemos ver hasta su sudor. Pero que no tiene solo una performance realista convincente en una marcada expresión de brutalidad, sino tiene de lugar común, de quehacer simplista, que en algunos casos es muy obvio manteniendo la rudeza, lo primitivo y lo típico que se cree del luchador, aunque en general se llega a conseguir y a suavizar con el pasar del tiempo, lo mismo que pasa con la cualidad visual gestual de raro o lento de du Pont, en dos performances que a pesar de cierta dosis de crítica son de lo mejor de la película, lo que provee una gran loa a Channing Tatum y Steve Carell, actores muchas veces infravalorados –yo mismo lo he hecho, y hago un mea culpa- o encasillados que demuestran mucho talento y entusiasman con su esfuerzo y entrega, al igual que bien aunque menos, se espera eso de él, y creo que es porque más se rige al desarrollo de los otros dos aun siendo el talón de Aquiles de ambos, Mark Ruffalo. Como curiosidad apunto que nunca reconozco a Sienna Miller, que ya creo que habría de respetarla más, en su cualidad de camaleón, antes estilizada pero de a pie en American sniper (2014), y ahora de apariencia más ordinaria, desapercibida. Frente a una obra que no invoca el reduccionismo, porque fuera del mundo de machos que se cursa en la dura lucha libre olímpica, se trata del ser humano en toda esencia, a través de la complicada radiografía psicológica de un desenlace desconcertante. 

miércoles, 8 de enero de 2014

Rush

Si amas el deporte tanto como yo, sin que suene exagerado, entenderás mi anhelo en el cine, el que se aborden a fondo, sustancialmente, las temáticas deportivas y a sus mejores exponentes; esas personas que lo  entregan todo en un aura de excepción que de conocer su realidad uno no podría creer lo duro que llega a ser que alguien se convierta en campeón del mundo, y es que no todo es ver la última fotografía, el éxito, la celebración y los premios. Entonces, suelo ser tanto curioso como muy crítico con las películas que retratan sus distintas disciplinas, si bien también suelo dejarme llevar por la emoción que transmiten desde la pantalla, y es que son una gran fuente de intensidad y de placer, ese que el séptimo arte siempre ha explotado, en el compromiso que articulan los deportistas y en la complicidad a raíz de ello del espectador, solo que no siempre con los más destacables resultados, aunque en lo primario suelen cumplir por lo general.

Llego a esta película con algo de desconfianza, pero finalmente debo decir que me he rendido a ella, a pesar de que en algunas oportunidades roza los mismos errores que suelen minimizar a este tipo de propuestas, sin embargo logra superarlos. El director es Ron Howard, que aunque es irregular dentro del grupo de los que destacan y ha producido ¡horror!, como con el empalagoso Grinch (2000) o el mediático El código Da Vinci (2006), por mencionar algunos, también es el creador de Un horizonte muy lejano (1992), Apolo 13 (1995), Una mente maravillosa (2001) y El desafío - Frost contra Nixon (2008) que son magníficas películas, por lo tanto cabía creer en él.

Rush es una cinta que no solo posee adrenalina, y te recrea la consabida pasión que envuelve a lo extremo, como la que define el comportamiento de dos rivales del F1 durante el año de 1976, del austriaco Niki Lauda (Daniel Brühl) y el británico James Hunt (Chris Hemsworth), sino que te produce el entendimiento de lo que llega a significar el deporte, del sacrificio que puede aducirse como de irracional, y ahí incluso Lauda, un tipo muy pensante, difícil, controlado, metódico y ordenado, un profesional que juega con probabilidades y la última técnica, puede tomarse apenas un tiempo mínimo de recuperación tras un escalofriante y por poco mortal accidente con quemaduras y desfiguración de por medio, por el potente deseo de volver a las pistas y enfrentar nuevamente el reto de ir al límite en una carrera de autos, de ganar un segundo campeonato del mundo, y vencer a su contendiente más próximo, Hunt, y aunque puede ganarle la reflexión, su acto de inmediato retorno y su ahínco de curarse para reincidir, como el hecho de que marcara en repetidas ocasiones un hito en la Fórmula 1, es impresionante, como lo es la admiración secreta que despierta Hunt en él, un tipo que se le conoce por no escatimar velocidad ni atrevimiento en el volante, un corredor que tiene la personalidad del que le saca el jugo a la vida como un bohemio y un mujeriego al que todos quieren, un tipo despreocupado, fácil,  y por lo general inmaduro, pero que tiene una fijación a costa de todo, incluso de cambiar de actitud, dejar de ser irresponsable, y es ganar la copa del año 1976, derrotar a su máximo rival, al favorito, a Lauda.

Una de las cartas del filme es que los dos protagonistas tienen personalidades muy antagónicas, uno es el típico guapo, no solo de carácter sino físicamente, al otro le dicen que tiene cara de rata y es -dicho a grosso modo- antisocial y antipático. Uno vive siendo muy alocado, el otro en la seriedad de lo convencional, pero comparten una lucha en una profesión, un apasionamiento mayor que cualquiera, el que lo has puesto en el lugar donde están, como el haber sorteado la negativa de que se conviertan en corredores de autos y haber salido de una división inferior de la Fórmula, también el ser egocéntricos, que es el alimento del que quiere ser campeón, que siente seguridad y cree en sí, sin desproporcionarlo, recurriendo Lauda al ingenio y a una fuerte inversión personal para surgir, mientras Hunt a “arrodillarse” ante auspiciadores que quieren que tome una mejor imagen. Ron Howard vence los clichés usándolos como parte de un conjunto, llama nazi a Lauda, pero hace uso de la normalización del idioma alemán, que sirve para su enamoramiento y la difusión de sus logros, y a Hunt lo hace sufrir la banalización de como se ve, pero le da momentos de reflexión como cuando su esposa, la modelo Suzy Miller (una preciosa Olivia Wilde, de rubia) tiene un affaire con Richard Burton, o lo hace meditar sobre su futuro en la F1.  

Tanto Daniel Brühl como Chris Hemsworth lo hacen muy bien, siendo el binomio que forman el que hace un producto superior, se retroalimentan mutuamente en el filme y ambos ganan atributos y superan deficiencias con el compañero, es un juego de a dos dados. El primero trata de salir de su apocamiento interpretativo gracias a concebir riqueza como personaje, anclándose a una personalidad de las que brillan -valga la obviedad- desde adentro, como se duda, no luce como el clásico corredor de Fórmula 1 (otro rasgo de la película, hacer ver al espectador muchas cosas que normalmente pueden pasarle desapercibido, dentro de un buen guion, como se destaca en ello notoriamente Peter Morgan), y sin embargo representa al más grande de su época, mientras por su lado Hemsworth le saca partido a su imagen (es simple como actor pero denota naturalidad y fuerza, sabe explotar su tono fresco, saludable, el de un ideal ligero), pero añadiéndole y redondeándole para mayor valía, aprovechándose, visto desde su rol, una profesión que ilumina los que serían sólo defectos. 

Ron Howard tiene sus ratos de lugar común, recordemos rápidamente alguno, todo el lapso en que se conocen y viajan juntos Marlene (Alexandra Maria Lara, que cae precisa en el sosegado estiramiento y las elegantes formas que implica su papel) y Niki, porque tampoco es que deje de ser un artesano del séptimo arte americano, el que busca lograr un cine amable, reconocible para el público, no obstante es notable ver cómo se las ingenia para no ser predecible o repetitivo en las carreras, sobre todo en la última que guarda tensión hasta el último minuto, pero sin alargamientos excesivos, cansinos o aparatosos. Alberga vitalidad y genera interés sin caer en recreaciones pobres o ya muy vistas, sino más bien hace todo lo contrario. Es plausible como todo el aparato que describe y exhibe el F1 se da sumamente ágil y a la vez contundente, creíble y hasta serio, en lo posible. Su calidad de síntesis es extraordinaria, y no cobra ninguna factura, sino realza la historia y sus pormenores. Aúna el efecto dentro de las competencias mediante la rivalidad, lo emocional, el sentido del filme, y hace una mezcla idónea, capital, donde debajo de un trato con ataques verbales y la naturaleza de sus posiciones confrontadas se oculta respeto, admiración y puede que hasta verdadera amistad, nacida de verse reflejado en el otro, aunque sean distintos, y eso implica hasta una pequeña envidia, o perspectiva de emulación, en su calidad de perseverancia, y entrega, que viene a ser mutua.

El filme aparenta ser el biopic de James Hunt (quizá porque Chris Hemsworth es muy popular), pero la verdad es que Ron Howard ha repartido eficientemente a ambos lados, les ha dado méritos y defectos a los dos, ha oscilado a la vera de uno y luego tras criticar al otro ha volteado la tortilla, ha dado un contexto muy equilibrado, muy maduro. El desenlace pudo ser para cualquiera –si no conocemos los hechos reales- y quedar muy bien el resultado, y eso se debe a que ha creado a dos protagonistas, a dos púgiles en iguales condiciones dentro de un ring, con una meta en común. En realidad parece que se tratara sobre todo de la coincidencia del campeonato del mundo del F1 del año 1976, aunque la historia es de Hunt y Lauda, son los gestores de que el deporte haya sido tan trascendente, los que lo enaltecen. De ellos quedan frases como la espontaneidad que contiene -y necesita para que viva en su grandeza- cada disciplina en su éxito, gracias a lo más importante, la pasión, esa que parafraseando a Hunt trata de burlarse de la muerte. 

sábado, 11 de febrero de 2012

Moneyball

El significado de Moneyball sería -siendo literal- algo como El dinero en la pelota, y se basa en el libro del novelista americano Michael Lewis que lleva el mismo rótulo agregando el subtítulo de El arte de ganar un juego injusto, y de eso va la trama, de lograr superar limitaciones económicas y por ende resultados desfavorables ante la desproporción de elementos que enriquezcan material y profesionalmente a los equipos. Para lograrlo, para salir del escollo, se hace mediante estadísticas o el uso de la inteligencia, como reza una traducción al español: rompiendo las reglas, ya que en el beisbol o en cualquier otro deporte todos los deportistas sabemos que se trata de vísceras o de una espontaneidad que suma a la técnica y está perfecto, quien podría dudarlo, sin embargo qué de tratar de analizar el campo con nuestras propias virtudes y dar soluciones mediante una detallada estrategia que haga que un jugador mayor e importante sea reemplazado por tres menores aunque con alguna cualidad que implique reunir la ventaja que ejerce un único e inalcanzable -por ser costoso y excepcional- deportista, también está bien ¿no es cierto? Tenemos un bonito fundamento, la unión hace la fuerza y todos podemos tener una oportunidad; y si vemos que un grupo técnico lleva a la cabeza a un idealista capaz de ir hacia adelante enfrentándose a todos con su liderazgo y convicción mediante un nuevo método innovador que logra proponer batir un récord de hace casi 60 años, ¿qué tenemos ante nuestros ojos? Tenemos una magnífica película que no solo enseña múltiples destrezas intelectuales puestas en práctica desde el personaje “pequeño” sino que además ayuda a que el resto pueda ser mucho más adaptado al medio, convirtiéndose en ese gigante que invierte 1,4 millones de dólares pero con solo 261 mil dólares. Visto sin atención no parece gran cosa, claro, no obstante si alguien asume que se enfrenta con Goliat siendo David estoy seguro que sentirá que lo que ha hecho es una hazaña y eso es, el logro de 20 triunfos seguidos de un equipo de beisbol cercano a la invisibilidad llamado the Athletics de Oakland en una obra que reivindica el sueño que todos merecemos, y desde la realidad, porque esto ha sucedido.

Billy Beane (Brad Pitt) es el general manager que perpetró esa pequeña locura que no es para nada irrelevante sino un buen incentivo que invita a seguir intentándolo, siendo realmente bastante para quien haya vivido un triunfo difícil que revierta esa falta de ilusión que nos dice que no podemos ganar, entendiendo que esa audacia que se nos puede hacer indiferente por culpa del tramposo escepticismo, al carecer de fastuosidad, hace -para quien lo note- que el mundo se convierta en un lugar más bello, ya que logros como éste, donde no se nos dan con regularidad ni facilidad sino lo ganamos a costa de sacarle la vuelta a esas estadísticas que a primera vista nos parecen enemigas, son enormes para los que se imponen retos.

La ejecución de una teoría experimental traerá como consecuencia la gloria en una nueva marca en la liga americana de uno de los deportes más apasionantes y conocidos del mundo, el beisbol, que quien escribe ésta crítica confiesa haberlo practicado rudimentariamente de niño. Beane, un estratega caza jugadores, que plantea el mapa de ruta anterior a la decisión del entrenador, pone los elementos humanos dentro de la cancha y tiene de mano derecha a un joven economista de Yale dedicado a la asesoría deportiva en cuanto a registros de atletas, Peter Brand (Jonah Hill). Beane sacará a flote la habilidad matemática de éste muchacho, en su segunda chance para brillar tras una mediocre y frustrada carrera como beisbolista; Beane busca la dignidad de aquellos rebeldes que al final del día logran el éxito, bajo la luz de la excepción que alimenta el alma de la humanidad.

Beane vive en el juego, y el juego son tipos como él, pasión y afecto por la pelota, arte por hombres que se asocian a toda prueba, como reza el título. Ésta película no solo lleva un fondo universal, la batalla por las metas a costa de las desventajas contextuales, la identificación con los valores y la camiseta, sino que éste hombre tiene prioridades que se basan en sentimientos más que en cualquier otra gollería –por lo general naturalmente aceptada- como desliza el filme, al rechazar 12, 500,000 dólares en la oferta de gerente general de un equipo famoso, los Red Sox de Boston. Pero Beane quiere mantenerse cerca de su hija que no comparte casa con él al estar divorciado, y quiere seguir con los Athletics que creyeron en él, aún haciendo cambios osados, de cara a lo convencional, y proponer riesgos.

La propuesta cuenta con un guionista de primera en Aaron Sorkin que ganó el Oscar a guion adaptado por el filme La Red social y que el 26 de febrero postula a su segundo trofeo en la misma categoría para los Oscars. Los diálogos y las frases sobresalen abiertamente, con la característica de la precisión, mostrándose altamente notables sin ser oscuros o imposibles, con eso que genera confabulación en el público sensible pero despierto. Junto a Sorkin yace un director con oficio, talentoso, en Bennett Miller que con su segundo largometraje llevó a Philip Seymour Hoffman a ganar la estatuilla dorada por el rol principal en la película Capote en que Hoffman demuestra un despliegue interpretativo memorable mimetizándose como solo los camaleones del séptimo arte logran hacerlo ante la batuta que un buen cineasta indica; cada uno desde su posición profesional. Miller lo consigue relacionando el magma de la mítica novela “A sangre fría” con el acercamiento entre el excéntrico escritor creador de la novela periodística, Truman Capote, y el asesino Perry Smith. Hoffman también actúa en Moneyball como el seco, simple y rudo entrenador del equipo de los A´s de Oakland.

El filme tiene circunstancias débiles en que no trasmite emotividad, no convencen algunas escenas o se respira esa sensación, que caen en que están ahí para dar forma aun siendo en parte indispensables como el reclutamiento de Brand o el intercambio de perfiles en el teléfono, teniendo el aire de verse repetitivas dentro del recorrido que lleva el séptimo arte, como suele pasar en el cine de Hollywood en que se perciben ciertos sitios comunes que parecen propios de una clase de drama en que se enseña el mismo gesto una y otra vez a los alumnos aplicados. La cotidianidad también tiene poco recurso, llevando a favor que no se sale de un ambiente próximo que no básico pero que aunque lleva buena estética no tiene nada de originalidad.

El ritmo se maneja con una decencia que en general evita ser simplista escapándose de acarrear superficialidad, logrando desatar en oposición a algunos fallos antes mencionados el vértigo en otros lugares claves -sobre todo en el partido decisivo de la historia- que residen en la combinación rápida de tomas de detalles, en los zoom, en las panorámicas, en las expresiones, en el cambio del marcador, en el grito del público eufórico y en una tensión dinámica que nos ponga en ese escenario, que hay que hacerlo sino no vibramos pudiendo convertirse en algo soso sin apreciar que la sangre circula por nuestro cuerpo y eso no ha de faltar.

Tenemos a un Brad Pitt en un momento especial y trascendente -ya que a su personaje no solo le importa su carrera sino cimentar una evolución- sacando su vena meditabunda que expresa mucho con una postura facial; un plano de su rostro muestra más sentido que cuanta palabra se pueda pronunciar. Es en su caracterización protagonista de triunfos y derrotas, en sus movimientos, en la amargura o la calma, en el entusiasmo tras bambalinas, que conquista; parece un hombre común y natural en el que puedes confiar tu futuro aunque suene atrevido; la suya es una actuación de emociones a ratos sutiles y a otras explosivas, maneja ese cambio sin perder coherencia, tiene una figura que se involucra con el resto y la aceptamos en toda la complejidad del que fluye próximo en el ecran. Contiene una nominación justa, que pasará desapercibida para algunos espectadores rígidos, pero que debiera haberse ganado el respeto de quien sepa no cegarse con la traba de solo observar una cara agraciada, al tipo de Leyendas de pasión o para muchos el irrevocable cowboy sensual de Thelma y Louise. En ésta oportunidad luce más maduro y mejor artista.

Muchos se han sorprendido –justamente- con la nominación del jovencito voluminoso Jonah Hill que viene de hacer comedias para adolescentes de olvido inmediato, y que le han dado implacablemente, negándole el lugar obtenido. Pero, ciertamente, frente a nombres consolidados como Branagh, Von Sydow o Plummer le generaría a cualquiera un ataque cardiaco si saliera vencedor, no obstante hay algo de sabiduría en elegirlo, ya que es saludable proponer iconos nuevos con los que la gente puede sentirse identificado. Considero que no ganará el premio ni el Oscar lo pretende, aunque con Sandra Bullock o Marisa Tomei se haya hecho tremenda tontería, que no físicamente que son muy guapas y provocativas pero de que sus estatuillas lucen inauditas, estamos seguros. Pero su nominación emitirá voluntad de aspirar a llegar más alto, motiva, y puede que mañana, él u otro actor visto pequeño se convierta en una estrella que en un inicio fue infravalorada; no olvidemos que actores interesantes como Jeff Bridges o Colin Firth han sido subestimados (más si pensamos que todos apuntaban a Hugh Grant como el más vendedor actor inglés) y actualmente nadie osa refutar sus habilidades. Es un estímulo más que una imposición arbitraria. Hill hace una performance mediana, sin nada sobresaliente, incluso no demuestra mucha emoción gestual ni le han concedido parlamentos atrapantes para envolvernos o admirarle, lo que ha hecho es únicamente ser cumplidor, sin embargo en su nominación veo hoy una oportunidad, mañana posiblemente el mérito.

Si apreciamos que una canción puede motivarnos a rechazar una apetitosa y cuantiosa suma de dinero por amar incondicionalmente algo más sustancial como a un ser querido o a un grupo humano que representa nuestra identidad mental y emocional, o que un tipo gordo puede alcanzar cuarta base cuando por su complexión física se espera que solo llegue hasta la primera teniendo “las reglas” que le hacen creer que no puede rendir más, ya tenemos material por el que luchar en nuestras vidas, gracias al arte; el eliminar limites en cuanto a esperanzas puestas a rodar.

martes, 22 de febrero de 2011

The fighter

Es la historia de dos hermanos, que comparten la pasión por el mismo deporte, uno tuvo su gran momento del cual se siente muy orgulloso, noqueó al legendario Sugar Ray Leonard aunque esa pelea la perdió por decisión, en el presente vive el entusiasmo de ese combate que lo ha convertido en un héroe para su familia y en su barrio, hoy es un personaje caótico, adicto al crack, su nombre Richard Eklund conocido como Dicky, es el entrenador de su hermano menor, Micky Ward alias el irlandés, un tipo correcto y estable pero que atraviesa un mal momento en el boxeo, lleva cuatro combates perdidos y se toma un tiempo para meditar sobre su futuro. Ward tiene un problema, su propia familia, su manager es su madre, Alice Ward (Melissa Leo) una mujer con poco conocimiento efectivo en el deporte, poca audacia para escogerle luchas y es una incondicional de su hijo Dicky a quien le soporta su conducta errática y del que desconoce su adicción, la otra carga sobre su espalda es su hermano, no es riguroso con los entrenamientos, es un tipo abandonado, inconstante y lo retrae.

La película es sobre ambos púgiles, Ward (Mark Whalberg) es un tipo normal con ansias de surgir, no hay mucho que decir de él, no es una interpretación que abarque mucha complicación, se enamora de una mujer bastante hermosa que trabaja en la barra de un bar, Charlene Fleming (Amy Adams) que lo impulsará a seguir una carrera mejor proyectada sin su familia. Ella demuestra ser una chica con carácter para enfrentarse a ellos y no es que sus parientes no quieran a Micky sino que son desastrosos, en ese cuadro sobresale Dicky (Christian Bale) el alma de la cinta y la mejor parte del conjunto. Su actuación de un perdedor otrora futuro campeón es subyugante, con el físico necesario para recrear a un adicto, reflejando la personalidad de quien conoce la calle. Su personaje no es una mala persona, sino que no lleva un rumbo positivo; en cierto modo el filme quiere dejar dicho que es un factor desestabilizador en la vida de su hermano pero también es quien le ha enseñado el arte de los puños, como se ve en la pelea que lo devuelve al camino del triunfo a Micky, una técnica que Dicky le enseñó.

La madre tiene 9 hijos, siete mujeres que solo sirven para vociferar y seguir a su progenitora, están nulificadas en la trama, no muestran ningún aspecto relevante para lo que se cuenta. Alice es ordinaria y ama a sus vástagos con despreocupación y descuido, la suya es una presencia entrometida, tiene fuerza aunque puede ser reflexiva y sentimental como cuando Micky le dice que piense en él también o cuando llora frente a Dicky y cantan juntos.

Dicky tiene un tiempo en que cae lo más bajo en el abismo, sale en un documental mostrando su peor cara, se descubre frente a sus seres queridos, su madre prácticamente estaba ciega ante su adorado hijo, va a la cárcel tras prostituir a una compañera drogadicta y engañar a un cliente para robarle su dinero, termina golpeando a los policías que lo persiguen, sin embargo pasa por la abstinencia al estar encerrado y extraña la separación de su hijo lo que lo hace cambiar. Se entera que su hermano ya no lo quiere como entrenador cuando éste lo visita, no obstante no pierde las esperanzas de volver a su lado, más tarde sale de prisión y quiere reanudar sus prácticas pugilísticas como instructor siendo lo único en que se ha destacado empero aparece el conflicto, Micky ha dejado en claro que no va a trabajar más con él y le ha ido muy bien desde que lo tuvo lejos de sus entrenamientos, ha reanudado una carrera que ahora se halla en auge.

La historia le da una tregua a Dicky, que desde el principio si bien desordenado y perdido comparte una personalidad simpática, mucha gracia, tontería y soltura aunque no deja de ser penoso y proclive a una mala conducta que jala muchos inconvenientes para quienes lo rodean y para sí mismo, además tiene buen trato con su progenitora a pesar de que se repita la escena -a manera de broma del director- en que trata de escaparse de ella saltando por la ventana del segundo piso de su casa a la basura. También con Micky con quien se muestra desde siempre muy cercano y cariñoso, dejando ver que hay una complicidad entre los dos al compartir la misma práctica deportiva y una admiración del chico al grande que habita habitualmente entre la misma sangre. Para redimirse necesita recuperar el consentimiento del hermano y para lograrlo tiene que ganarse la amistad de su decidida novia, la que años atrás dejó la universidad por falta de dinero y que ve una oportunidad de progreso en su pareja, confiando en que lo puede lograr pero sin la interferencia de ningún consanguíneo. De un diálogo que busca una segunda oportunidad para el ex drogadicto nos movemos hacia el final en una disputa de Micky por el título del mundo en Inglaterra. Para sorpresa del espectador Dicky vuelve a entrenarlo, como dije la película no busca lapidarlo sino desnudar su verdad y además la realidad no se puede tergiversar, es como ha sucedido si bien hay un endulce de la trama para hacerla más asimilable.

La película se ampara en la existencia venida a menos de Dicky, no cabe duda de que su decadencia es el gancho del relato, Micky es solo el niño bonito que anhela triunfar, no hay atractivo en su papel tan rígido y de pocas capas, si fuera solamente describirlo a él no tendríamos mucho en la pantalla por como se ha narrado poniendo énfasis en la actuación lograda de Bale. Micky pasa vergüenza con sus derrotas pero en ningún momento reniega de su entorno, no genera apertura de pensamientos elaborados ni sentimentalismo, aprecia a su familia y tiene tantas buenas cualidades que su biografía no parece demasiado requerida para divulgarse por no tener elementos fuera de lo cotidiano y ser algo insípido, que ese es el trato que le da el director que no toca al hombre ni al campeón con determinación, por ese lado hay una flaqueza notoria, incluso las peleas son funcionales, no ejercen esplendor ni se han abordado con efusividad en la eterna exageración de su ejecución, tampoco es que pidamos ese tipo de teatro porque la historia se halla fuera del cuadrilátero aunque la razón de que se encuentren en el écran esté dentro de su perímetro, por eso es decisivo valorar la trascendencia que brinda Bale en el deseo del observador por conocer al ser humano detrás de la figura y como se entiende en lo visto incluso puede venir de afuera de la leyenda y aunque juega a dos bandas como mostrar lo bueno y lo malo en ésta cinta el personaje de Dicky Eklund se roba el espectáculo, sin su comparecencia no tendríamos mucha película, sin embargo todo representa parte de un engranaje mayor, pensando que Adams y Leo han mejorado la interpretación de un Whalberg más pequeño pero que también deja su cuota, que ayuda a destacar a Bale por contraste. De eso va el mundo, de los matices de lo blanco y lo negro pero están más unidos de lo que creemos, como en el filme.