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miércoles, 20 de septiembre de 2017

Mrs. Fang

Leopardo de oro, máximo premio del festival de cine de Locarno 2017, documental dirigido por el cineasta chino Wang Bing. Una mujer de 67 años sufre de Alzheimer hace más de 5 años y ahora está en la peor fase, yace casi inmóvil postrada en una cama, la boca la tiene entreabierta con los dientes a la vista y los ojos se encuentran fijos lagrimeando a ratos, se mueve apenas, no habla, está como en otro mundo, está muy próxima al estado vegetal, su nombre es Fang Xiuying, y el documental de Wang Bing pone la cámara a ver su último trance en el mundo, hacia su cercana muerte. El documental la retrata junto a su amplia familia –en especial con sus 2 hijos, hombre y mujer- que la están cuidando, en un lugar estrecho y humilde en la villa de Maihui, en la provincia de Zhejiang.

El filme simplemente documenta la pasividad de la mujer y el ajetreo y preocupación de los muchos visitantes a su alrededor –quizá también porque es la forma china de hablar-. La cámara se mete en la intimidad y en la tragedia de la enfermedad, Fang no se ve tranquila, su expresión es tensa, el filme la desnuda en un momento muy personal, y uno siente que invade su vida. El documental no apela al sentimentalismo, trata con la dureza y no pretende la ternura, las imágenes son sencillas pero fuertes.

Ver el estado de la señora Fang es incómodo, uno puede sentir como si ella nos dijera con su fija dolida expresión que nos vayamos, que no la miremos. Es como un alegato de sufrimiento, de un lugar sin solución y más bien demora en terminar. La familia discute de temas de sus vidas privadas, poco importa, la imagen de Fang lo abarca todo en este momento.

La señora Fang no necesita hacer nada, pero conmociona al espectador, y no es producto de violencia visual, el filme como máximo solo se fija en el rostro de la mujer, y no en sus necesidades fisiológicas cubiertas por su familia. Pero cuando vemos que le dan agua y ella casi se ahoga sabemos que el filme pudo ser mucho más explícito y mostrar una cara aún mucho más terrible para nuestra observación, aun cuando el filme está muy despojado.  

La propuesta presenta desahogo, en especial con la vista de la búsqueda de alimentación rural de los allegados de la señora Fang, cuando practican la pesca eléctrica y la cámara sigue hasta en tiempo real una larga caminata tras ésta labor. La pesca eléctrica se repite hasta en tres oportunidades ante nuestros ojos y es la misma monotonía que refleja los últimos días de la protagonista, de la que muy poco sabemos, y se ve bastante humilde, aunque lógicamente la muerte y su proximidad es culpable de quitarnos prácticamente todo.

El tema de la muerte que maneja Wang Bing es todo lo opuesto al espectáculo y a contar historias, es algo tan desprovisto de grandilocuencia y fantasía que acabada la película te quedas compartiendo el silencio con aquel cuerpo pasivo que hemos visto por tanto tiempo sin cambio llamativo. Es el tipo de vida que no solemos tener presente y más abunda; es el momento en que no pensamos y al que todos enfrentamos. 

viernes, 23 de septiembre de 2016

Bitter money (Ku Qian)

El documentalista chino Wang Bing ausculta la realidad de su país mostrando la problemática interna del pueblo y del ciudadano y hombre común, en esta oportunidad se trata de lo que se describe de un inasible e ilusorio sueño de hacer mucho dinero tras la idea en toda actualidad de la fertilidad económica china. La gente se mueve de las provincias y de la pobreza a la gran ciudad en pos de enriquecerse, o tan solo vivir bien, pero lo que encuentran es lo que indica el título, dinero amargo, una enorme cantidad de trabajo y muy poca redención económica.

Wang Bing posa la cámara en el lugar clave, oscuro, aunque a través de una cierta engañosa apacibilidad y naturalización, pero que al meternos en profundidad en su narrativa devela exceso de enojo, cansancio y tensión. Su documental atrapa momentos de lastimosa realidad, descubriendo una situación de explotación, de miseria y de frustración. La gente que sigue la cámara ubicua y un Wang Bing que está hasta en el lugar menos pensado muestra cómo viven los trabajadores, en espacios muy pequeños, descuidados y compartidos, entregados por los dueños de las pequeñas manufacturas textiles, el mundo laboral del documental.

El filme se arma encadenando las historias de estos trabajadores, salta de la exhibición de uno al otro relacionándolos desde un punto compartido, como ser compañeros directos de trabajo. La propuesta que dura 2 horas 30 minutos empieza enseñándonos a una chiquilla de 16 años que viene de la provincia de Yunnan por tren a la China próspera del este detrás de un sueño. Pasa a continuación a una compañera que es maltratada por su marido a quien le pide dinero, una violencia que sucede frente a otra gente que no interviene, y que incluye a Wang Bing y su cámara. La humillación, pasividad y terquedad de la mujer es otro vivo retrato de la situación.

Otro caso es el de un hombre de mediana edad que vive alejado de su familia el que yace inmerso en el alcoholismo. Mientras otro trabajador, un muchacho de 19 años, tira la toalla ante la exigencia de un monto demasiado elevado de trabajo, anticipándose a la derrota decide regresar a su pueblo natal. En el filme el alcohólico en un momento bromea con una compañera de trabajo que igual que él tiene a su familia lejos y le propone -nada sutil- que debiera tener un affaire para paliar la pobreza y el exceso de labores, ponerle una historia –aunque reprochable- a esta invisibilidad y reducción de humanidad. El escenario luce propenso para  un melodrama romántico de pobreza. No obstante Wang Bing nos ilustra bajo una frialdad y sequedad observacional, deslindando el filme de la superficialidad y el regodeo de la porno-miseria, poniendo al espectador a cotejar una realidad que lo puede identificar fácilmente y que pide seriedad. Es la fuerza de la gente la que impide que el sufrimiento sea lacrimógeno, pero  el problema está ahí latente, el dinero amargo, el que existe tan solo para subsistir y exige dejar la vida en el trayecto.