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domingo, 1 de octubre de 2017

¡Madre! (Mother!)

Una mujer hacendosa, una mujer dedicada a su hogar y a su marido, interpretada por Jennifer Lawrence, desea tener un hijo y reparar la vieja y enorme casa que tienen; su marido (Javier Bardem) es un escritor sin inspiración hace buen tiempo y se siente decaído. Un día un fanático (Ed Harris) llega sin invitación a su casa y el personaje de Bardem –que no tiene nombre en la película- hambriento de celebridad y reconocimiento lo hace su huésped. El invitado incomoda a la madre –así solamente se le conoce al personaje de Lawrence- y esto irá en aumento, y se desbordará –hasta lo inimaginable, fantasioso y artístico- en un estado de frenesí y locura propio de una pesadilla; llegará más tarde su esposa (Michelle Pfeiffer) y sus 2 hijos adultos. La madre –Lawrence- sólo quiere una vida apacible, humilde y familiar, y la gente le mortifica, pero su marido es un hombre que ansía lo público y su deseo invadirá a su mujer que sufrirá la fama y popularidad del escritor que vuelve a saltar a la palestra.

En un inicio el filme es sutil, la pareja de huéspedes generan pequeños fastidios, son conchudos/frescos, mientras tanto ella toma algo para controlarse, siempre está a punto de caer en una crisis (el filme maneja mucha tensión). Esto, desde luego, no es nada, para lo que nos tiene preparado más adelante el director, Darren Aronofsky. Tras un incidente de violencia fortuito, en realidad todo sucede como una explosión, lleno de absurdo, vuelve la calma. Pero esto dura muy poco tiempo, Aronofsky vuelve a encender la llama de la intranquilidad de Lawrence. Regresan a la casa los huéspedes. En la segunda parte del filme Aronofsky se dice, vamos por más, vamos con todo, y estalla el pandemónium.

El filme se transforma en una invasión absoluta, en una muchedumbre destruyendo la casa, la que literalmente sangra y late (y representa a la madre naturaleza, maltrecha por el hombre); también en una fiesta tipo rave o como en una intervención de la policía especial contra secuestradores, en un saqueo, en un culto de fanáticos paganos enardecidos. Esto entretiene, todo resulta muy loco. Pero Lawrence con lo que sucede yace pasando las de Caín, todo se concentra en su emotividad, frustración, en su desesperación. El filme a ésta altura genera reacciones distintas, por un lado todo ese desborde tiene hasta de gracioso, pero la histeria que rodea al personaje de Lawrence encrespa, fastidia. 

La propuesta de Aronofsky se vuelve muy cruel y sádica con la madre, pero si uno conoce la filmografía de éste director sabe que no es nada nuevo en su tipo de cine (Aronofsky suele apretar sin pena ni contemplaciones). La madre pasa por tremendo, intenso y largo tormento, es todo un tour de force para su actriz protagonista y pareja (para generar un pequeño cristal, una ofrenda surgida en el sacrificio, malagradecido), producto de ser dejada de lado por su marido, el que se aboca a su egocentrismo y tiene de muy básico.

Se da una crítica a la popularidad, hacia el creador obnubilado –que deja de lado a su familia y a la paz e intimidad de su existencia- y hacia el fan ciego de pasión animalizado, intrusivo e inclusive peligroso. Lo que vemos es sólo la exageración de éstos patrones (el terror, digamos); el resto, que muera gente sin mayores justificaciones (una editora disparándole a la gente, Kristen Wiig), o que el contexto parezca como el de una turba enloquecida por un día de suculentas ofertas es sólo la montaña rusa cayendo hacia el precipicio, diversión pura y dura.  

martes, 12 de septiembre de 2017

Pi

La ópera prima de Darren Aronofsky es una película de bajo presupuesto hecha en blanco y negro, tiene una premisa interesante y extraña. El matemático Max Cohen (Sean Gullette) quiere hallar los patrones universales del planeta a través de los números y poder predecir cualquier asunto por medio de ellos.

Max Cohen toma pastillas como caramelos y tiene una jaqueca brutal, pero no detiene su búsqueda. La propuesta combina surrealismo, onirismo, locura y realidad. Nunca estamos al tanto donde realmente nos encontramos.

El matemático se topa con una secta de judíos por medio de Lenny Meyer (Ben Shenkman), un amigo que parece perseguirlo, y es que muchos están enterados de la búsqueda de Max; hay que apuntar que el filme se mueve en gran parte por la mente del protagonista. Esta secta cree que los patrones universales están en la Torah –la biblia hebrea- y quieren que Max lo trabaje, pero lo de Max es una obsesión solitaria sin la especificación de su ambición.

Max tiene un mentor, Sol Robeson (Mark Margolis), que renunció a la misma búsqueda; ellos juegan Go –juego chino de hace más de 2 milenios de existencia-. Sol cree que el Go contiene los patrones universales. Además hay una empresa de analistas de Wall Street que tratan de acorralar a Max y asociarlo a su empresa.

Sol le dice a Max que está más cerca de la numerología que de la ciencia, y así se percibe la narrativa y tono del filme, con un aire hacia algo terrorífico u oscuro in crescendo. El filme es mucho una pesadilla, sentir la presión -y las alucinaciones- del protagonista, arrastrado hacia la imagen psicótica de un taladro perforando un cráneo.

La propuesta indie de Aronofsky mezcla lo místico con las computadoras. Max no luce inteligente, pero supone alguien excepcional, aunque más parece un demente. El filme es una ilusión y puro suspenso, lo que es su mayor virtud o quehacer torturador, inquietante, perturbador, aunque tiene de ridículo también. 

domingo, 30 de enero de 2011

El cisne negro


Llega un momento en que una obsesión se transforma en una enfermedad psicológica, un trastorno de la mente, en la cabeza de Nina Sayers esa fijación es convertirse en el cisne negro, aflorar del cuerpo el lado maligno de su ser, lugar donde su sexualidad debe abrirse a flor de piel. Ella va a interpretar a la reina cisne, que cuenta con la dualidad de ambas aves, la blanca que naturalmente todos ven en su persona, ya que la reconocen virginal y sensible pero rígida como para experimentar lujuria, y la negra que tanta dificultad le trae. Su instructor de ballet Thomas Leroy (Vincent Cassel) la presiona para que se transforme en el cisne negro, la seduce y la intranquiliza, la persigue con una performance que la destaque, que la lleve a la perfección.

También la madre de Nina alimenta su encumbramiento, ya que Erica Sayers (Barbara Hershey) nunca pudo brillar y coloca su derrota profesional en las manos de su hija, le exige tener el éxito que le fue esquivo. De esa manera Nina (Natalie Portman) vive sojuzgada a una vida que la enloquece, nutriéndose del mundo del ballet a extremos de verse alterada. Tiene alucinaciones, sufre de paranoia, se ve a sí misma desdoblada constantemente, observa auto flagelos, se estremece con monstruos, tiene fantasías lésbicas. Está emocionalmente quebrada, se muestra bastante frágil, y se siente culpable por reemplazar a Beth Macintyre (Wynona Ryder), otrora estrella de danza que ha sido despojada de su puesto por haber pasado su tiempo, llegando Nina a robar sus objetos personales en un especie de fetiche y que ahora siente le pertenecen por el lugar que a conseguido.

En esas circunstancias se encuentra con Lily (Mila Kunis) que tiene la sexualidad despierta, es desenfrenada, erótica y consume drogas, es fresca, libertina e impudorosa, justo lo que le falta para completar la otra cara de su representación. En esa fijación Nina introduce a la chica en sus pensamientos, en su inconsciente, en su locura; y todo empeora, Lily es colocada como posible reemplazo de su puesto, lo que le hace creer que le quiere quitar su lugar.

El cisne negro es Natalie Portman gesticulando en toda oportunidad, saltando de las lágrimas a la inestabilidad, de la alegría a la pesadilla, en una interpretación corporal más que de palabras; es el uso del lenguaje de su entidad física bajo una magistral actuación sufrida, dramática, en un mundo terrorífico, por ratos irreal e imaginario, tan cercano a las historias tétricas, de donde la muerte parece la única escapatoria. La perfección consiste en matar al cisne blanco, deshacerse de sí misma, surgir en otra alma distinta, renacer, volver a surgir pero en el fuego, en el ardor de la exudación de su libido, como le recomendó su maestro. "Llega a tu casa y tócate, mastúrbate, le dice, y así lo hace. Su misión es despertar a la hembra fogosa que lleva dentro, para consumar el papel que tanta dificultad y desquiciamiento le produce y le martiriza.

Es un viaje por el infierno de una desequilibrada, la que cada vez se aleja de la realidad, la que se introduce en su meta a ritmo brutal (de la mano de una pesadilla), y que ya no vive más entre nosotros sino en un espacio alterno poblado por sus miedos, sus aflicciones, su búsqueda incesante, su patología psicológica. Lo único que importa es cumplir con ambas performances, ser en el escenario, sucumbir a la representación. La aventura es trepidante, oscura, compleja, intrincada, críptica, de pocas explicaciones, de vivir cuestionando lo que vemos, a que pertenece lo que ve Nina y a sus acciones, a que se adscribe su percepción, mientras el bien y el mal bailan la misma canción. La una vez dulce bailarina puede ser fatal y mortal, puede ser más de una sola personalidad, moldear una nueva figura, todo por alcanzar su sueño, la perfección aún en la putrefacción y el asesinato.

Esplendidas las escenas lésbicas entre Kunis y Portman, los arrebatos sexuales con Cassel, los estados de su enfermedad mental, mezcla de terror, sexo, drama; Darren Aronofsky construye una película excepcional, vuelve a hacer cine maravilloso que nos recuerda que ya tiene en su haber dos obras maestras, Réquiem por un sueño (2000) y El luchador (2008).

Las actuaciones son gloriosas, cada uno hace su rol con dominio y belleza escénica, en el punto que Portman puede brillar en lo más alto ya que ella es el centro de la obra. Kunis es toda una revelación, naturalmente sensual y desprovista de inseguridades para representar una mujer tan carnal y ardiente. Cassel yace siempre rudo, seductor, apasionado, exigente, apretando y movilizando las emociones del personaje de Portman. La madre, Hershey, otra versión del desdén por el ser humano, es la participe de la incomunicación, de la frustración personal, del deseo de ser a través de su hija, de llevarla al extremo sin darse cuenta del daño que le ocasiona, como cuando le deja la cajita de música con la bailarina que gira sobre su cómoda, cuando le tapa las heridas con maquillaje, cuando corta sus uñas con violencia, cuando le sirve una dieta austera, cuando trae la torta para celebrar y al sentirse rechazada quiere arrebatada arrojarla a la basura, porque su pasión se vive en el ballet de su hija, es ella reviviendo y siento parte de la gloria ajena. Nina se percata de que su madre está generando una atmósfera caótica en su mente como todo lo que hay a su alrededor, pero no hay quien la salve del abismo, todos su allegados participan de su caída interior porque solo importa la danza del lago de los cisnes de Chaikovski. En reacción trata mal a su progenitora cada vez que se pide mucho más de sí, pero a su maestro, quien solo la utiliza para hacer un portento de la obra a su cargo, lo ve como a un genio; es el único que la puede llevar a donde quiere y no le importa el sufrimiento que le acarrea porque la meta es todo lo que cuenta.

Ésta cinta le da cabida a varias lecturas, sumergidos en un aire grotesco y enrarecido. En una escena Nina llega a quebrar sus piernas hacia atrás y en otra a transformar su tórax en el de un cisne negro como síntoma de haber logrado la posesión del personaje. El filme se muestra siniestro y lúgubre, chocante por ratos, siempre ágil en demostrar algo novedoso que te mantenga vigilante como cuando un viejo hace gestos obscenos en el metro o cuando Nina ve salir del transporte público a Beth. Tenemos la confrontación con ella en la reunión que la lanza como danzarina principal mientras la otra cesa, sus visitas al hospital para verla, las apariciones intempestivas de Lily entre muchas otras sorpresas. El filme no es en absoluto nada obvio sino totalmente perturbador, es un drama esquizofrénico ambientado en una escuela de ballet de New York donde yace la prioridad de dar siempre más de lo que puedes, hasta llegar a la deshumanización, e irónicamente para transmitir lo contrario y admitir solo la magnificencia, la rotunda vehemencia y el triunfo primero y siempre, en donde se lleva al ser humano a lo más elevado pagando el precio de un caro anhelo, el que está por encima de cualquier excusa. No da rincón al débil. Lo único que vale es eso que buscan los más grandes, la perfección; ¿existe?, claro que sí, pero está destinado a muy pocos, pero para eso hay que morir en el intento. Nina lo logra, y nosotros nos enamoramos de Natalie Portman que es segura para un Premio Óscar. Le agradecemos su admirable destreza artística que incluso es capaz de transmitir sensaciones y estados de ánimo mientras danza. Impresiona con el cine, el que a través de ella es arte en todo el esplendor de la palabra.