Un extraño resplandor es motivo para que envíen expediciones
a investigarlo. Finalmente una psicóloga (Jennifer Jason Leigh) lidera un grupo
de mujeres hacia allá, cansada de ver que quienes envían no suelen regresar,
excepto un militar (Oscar Isaac) en mal estado. La protagonista, una bióloga,
Lena (Natalie Portman), la psicóloga y 3 mujeres más van tras el misterio, y eso es lo
mejor del filme, ir rumbo hacia lo raro y desconocido, hacia un faro. Mejor
saber poco del filme para disfrutarlo mucho más. Lo mejor de éste es ir a
ciegas hacia algo novedoso. La trama se mueve en base a estudios de biología,
mutaciones y la naturaleza de la autodestrucción. En ese sentido es una
propuesta científica más una muy buena imaginación, no deja de ser un sci-fi,
pero de argumentación sólida, intelectual. El director Alex Garland viene
demostrando tras la dirección y guion de sus 2 películas, tras Ex Machina
(2014) y la presente, que es un tipo muy creativo, muy talentoso. Annihilation
es además feminista, con un reparto femenino, y muy entretenida. Recuerda lo
mejor de la saga Alien, la que pudo fácilmente dirigir. Es también dura de ver,
tiene imágenes brutales. Es siniestra y oscura por momentos. Y en un inicio
suena paranoica. El filme vuela alto. Tiene también un background anclado a la
realidad, con la enfermedad, la tragedia y la deslealtad que mueven a pensar en
la autodestrucción. Annihilation cumple perfectamente con la expectativa que
crea, que es algo grande y siempre difícil de manejar. Tiene momentos
terroríficos. Es un filme serio en lo mejor de la palabra, pero guarda
sensibilidades maduras. Annihilation fue estrenada en streaming, en Netflix, y
es el primer gran éxito de éste tipo de exhibición, es una muy buena película.
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domingo, 3 de junio de 2018
viernes, 10 de febrero de 2017
Jackie
El 22 de noviembre de 1963 es asesinado el presidente americano John F. Kennedy, y el
filme se enfoca mayormente a partir de
ese momento, en la reacción de su esposa, Jacqueline Kennedy (Natalie Portman), en cómo afronta la situación Jackie.
Pablo Larraín pega el salto a Hollywood, pero aunque es un filme destinado a
mucho público, Larraín sorprende haciendo un filme harto personal, con un estilo
de cine arte exigente que se deja apreciar en considerable medida. La propuesta del director chileno ralentiza el
tiempo y vemos como Jackie-Portman pasea por los cuartos de la casa blanca, con
una lentitud que hace pensar en su sufrimiento y constante meditación. Jackie aparece
como una mujer culta y más sofisticada de lo que uno cree. No solo la esposa
florero, refinada, bella, familiar, la esposa ideal para complementar al
presidente exitoso, idolatrado, comprometido y capaz.
La esposa de JFK aparece -en su elemento- el 14 de febrero
de 1962 enseñándole a la cadena de tv CBS la renovación exquisita de su casa,
la casa presidencial, en un especial llamado “Tour of the White House”. Es otro
espacio que se conjuga con el asesinato de JFK y los momentos a continuación de
ese lamentable hecho histórico donde llegamos incluso a ver como Jacqueline se limpia
la sangre del rostro que le ha salpicado la muerte de su marido (en un lapso incómodo
e intrépido). El filme de Larraín trabaja con unos cuantos momentos históricos importantes
a los que vuelve, fragmenta, repite, fusiona y luego desarrolla.
Jackie, la mujer del momento, como ella misma expresa que le
atribuyen, afronta todo con memorable disposición, bajo una honda tristeza que
nunca desaparece, quedando como un tono general, construyendo con su maestra y
dedicada intervención la leyenda de su marido, eso que llamaba, a su círculo y a
su gobierno, Camelot, una idea que se cimentaría y perduraría. Otro momento
clave y que es la línea narrativa central de interrelación del filme es una
entrevista que daría una semana después de la muerte de JFK, al querido periodista,
amigo de su familia, Theodore H. White, para la revista Life, que lo publicó el
6 de diciembre de 1963, en una entrevista que llevó el título de “President
Kennedy: An Epilogue”. Ésta labor periodística marcaría cómo quedaría en la
memoria ella y su marido. Jackie, además, propuso un cortejo fúnebre célebre y
muy emotivo, el 25 de noviembre de 1963, caminando al aire libre al lado de un féretro
tirado por caballos detrás de un velo negro que dejaba ver su dolida expresión,
poniéndose en peligro –por un posible nuevo tiroteo- para mostrar llaneza,
entrega y valentía a la población americana y a la leyenda de JFK. Estos cuatro
momentos históricos son los pilares del filme.
En la película queda de lado la parte libertina, débil y
ambigua del presidente, mostrando la visión de Jackie, la “fantasía” que
fomentó -de felicidad e idealismo- de Camelot. A su vez es un filme que es mucho un tono, un
estado de ánimo, el de un dolor tremendo, que incita a lo trunco, a la derrota
y a la frustración, quizá incluso al suicidio. Sin embargo, nuevamente Larraín
pone temple, confrontación y reflexión en ver como Jackie va rearmando los
pedazos que la conforman. En esto entra a tallar los diálogos que tiene con un
cura católico irlandés interpretado por John Hurt. Este cura presenta mucha
libertad filosófica –mientras trata de encantar a cierto público- y es un punto
medio endeble del filme, salido de la imaginación y de la búsqueda de estilo. No todo es perfecto, y en sí el filme tiene de difícil; muchas veces se permite
ser contemplativo, y es irregular. Hurt, desde luego, actúa muy bien, pese a todo ayuda a consolidar el estado existencial de Jackie, de melancolía y caída, el del camino a la reposición. Ellos se preguntan por las
mismas preguntas que nos hacemos todos cuando el mundo resulta tan incomprensible
y violento.
Las dudas de Jackie nadan en el dolor, pero como esa actitud
que vemos –muy cinematográfica- frente al dibujo antipático que hacen de Theodore
H. White muestra como quien está en una misión con el legado familiar. El contraste
se presenta interesante, a un lado debilidad emocional en la intimidad frente
al dolor intenso de la pérdida, que pregunta (duda, experimenta vacío) hasta
por su fe; en otro temple frente a la obligación pública como primera dama en
relación al amor a su marido. Todos sabemos que Jackie es una celebridad, pero
pocos saben de la dimensión de inteligencia que presenta el filme. Por una
parte es creíble e interesante, en otra se siente sobredimensionada. El filme es
algo redundante. La actuación de Portman es sobresaliente. Larraín es un
director ambicioso, un talento, y eso se deja ver a pesar de lo negativo. Se
nota que está buscando, experimentando, y eso hace de Jackie una propuesta
valiosa aun más.
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Natalie Portman,
Pablo Larraín,
séptimo arte
domingo, 30 de enero de 2011
El cisne negro
Llega un momento en que una obsesión se transforma en una enfermedad psicológica, un trastorno de la mente, en la cabeza de Nina Sayers esa fijación es convertirse en el cisne negro, aflorar del cuerpo el lado maligno de su ser, lugar donde su sexualidad debe abrirse a flor de piel. Ella va a interpretar a la reina cisne, que cuenta con la dualidad de ambas aves, la blanca que naturalmente todos ven en su persona, ya que la reconocen virginal y sensible pero rígida como para experimentar lujuria, y la negra que tanta dificultad le trae. Su instructor de ballet Thomas Leroy (Vincent Cassel) la presiona para que se transforme en el cisne negro, la seduce y la intranquiliza, la persigue con una performance que la destaque, que la lleve a la perfección.
También la madre de Nina alimenta su encumbramiento, ya que Erica Sayers (Barbara Hershey) nunca pudo brillar y coloca su derrota profesional en las manos de su hija, le exige tener el éxito que le fue esquivo. De esa manera Nina (Natalie Portman) vive sojuzgada a una vida que la enloquece, nutriéndose del mundo del ballet a extremos de verse alterada. Tiene alucinaciones, sufre de paranoia, se ve a sí misma desdoblada constantemente, observa auto flagelos, se estremece con monstruos, tiene fantasías lésbicas. Está emocionalmente quebrada, se muestra bastante frágil, y se siente culpable por reemplazar a Beth Macintyre (Wynona Ryder), otrora estrella de danza que ha sido despojada de su puesto por haber pasado su tiempo, llegando Nina a robar sus objetos personales en un especie de fetiche y que ahora siente le pertenecen por el lugar que a conseguido.
En esas circunstancias se encuentra con Lily (Mila Kunis) que tiene la sexualidad despierta, es desenfrenada, erótica y consume drogas, es fresca, libertina e impudorosa, justo lo que le falta para completar la otra cara de su representación. En esa fijación Nina introduce a la chica en sus pensamientos, en su inconsciente, en su locura; y todo empeora, Lily es colocada como posible reemplazo de su puesto, lo que le hace creer que le quiere quitar su lugar.
El cisne negro es Natalie Portman gesticulando en toda oportunidad, saltando de las lágrimas a la inestabilidad, de la alegría a la pesadilla, en una interpretación corporal más que de palabras; es el uso del lenguaje de su entidad física bajo una magistral actuación sufrida, dramática, en un mundo terrorífico, por ratos irreal e imaginario, tan cercano a las historias tétricas, de donde la muerte parece la única escapatoria. La perfección consiste en matar al cisne blanco, deshacerse de sí misma, surgir en otra alma distinta, renacer, volver a surgir pero en el fuego, en el ardor de la exudación de su libido, como le recomendó su maestro. "Llega a tu casa y tócate, mastúrbate, le dice, y así lo hace. Su misión es despertar a la hembra fogosa que lleva dentro, para consumar el papel que tanta dificultad y desquiciamiento le produce y le martiriza.
Es un viaje por el infierno de una desequilibrada, la que cada vez se aleja de la realidad, la que se introduce en su meta a ritmo brutal (de la mano de una pesadilla), y que ya no vive más entre nosotros sino en un espacio alterno poblado por sus miedos, sus aflicciones, su búsqueda incesante, su patología psicológica. Lo único que importa es cumplir con ambas performances, ser en el escenario, sucumbir a la representación. La aventura es trepidante, oscura, compleja, intrincada, críptica, de pocas explicaciones, de vivir cuestionando lo que vemos, a que pertenece lo que ve Nina y a sus acciones, a que se adscribe su percepción, mientras el bien y el mal bailan la misma canción. La una vez dulce bailarina puede ser fatal y mortal, puede ser más de una sola personalidad, moldear una nueva figura, todo por alcanzar su sueño, la perfección aún en la putrefacción y el asesinato.
Esplendidas las escenas lésbicas entre Kunis y Portman, los arrebatos sexuales con Cassel, los estados de su enfermedad mental, mezcla de terror, sexo, drama; Darren Aronofsky construye una película excepcional, vuelve a hacer cine maravilloso que nos recuerda que ya tiene en su haber dos obras maestras, Réquiem por un sueño (2000) y El luchador (2008).
Las actuaciones son gloriosas, cada uno hace su rol con dominio y belleza escénica, en el punto que Portman puede brillar en lo más alto ya que ella es el centro de la obra. Kunis es toda una revelación, naturalmente sensual y desprovista de inseguridades para representar una mujer tan carnal y ardiente. Cassel yace siempre rudo, seductor, apasionado, exigente, apretando y movilizando las emociones del personaje de Portman. La madre, Hershey, otra versión del desdén por el ser humano, es la participe de la incomunicación, de la frustración personal, del deseo de ser a través de su hija, de llevarla al extremo sin darse cuenta del daño que le ocasiona, como cuando le deja la cajita de música con la bailarina que gira sobre su cómoda, cuando le tapa las heridas con maquillaje, cuando corta sus uñas con violencia, cuando le sirve una dieta austera, cuando trae la torta para celebrar y al sentirse rechazada quiere arrebatada arrojarla a la basura, porque su pasión se vive en el ballet de su hija, es ella reviviendo y siento parte de la gloria ajena. Nina se percata de que su madre está generando una atmósfera caótica en su mente como todo lo que hay a su alrededor, pero no hay quien la salve del abismo, todos su allegados participan de su caída interior porque solo importa la danza del lago de los cisnes de Chaikovski. En reacción trata mal a su progenitora cada vez que se pide mucho más de sí, pero a su maestro, quien solo la utiliza para hacer un portento de la obra a su cargo, lo ve como a un genio; es el único que la puede llevar a donde quiere y no le importa el sufrimiento que le acarrea porque la meta es todo lo que cuenta.
Ésta cinta le da cabida a varias lecturas, sumergidos en un aire grotesco y enrarecido. En una escena Nina llega a quebrar sus piernas hacia atrás y en otra a transformar su tórax en el de un cisne negro como síntoma de haber logrado la posesión del personaje. El filme se muestra siniestro y lúgubre, chocante por ratos, siempre ágil en demostrar algo novedoso que te mantenga vigilante como cuando un viejo hace gestos obscenos en el metro o cuando Nina ve salir del transporte público a Beth. Tenemos la confrontación con ella en la reunión que la lanza como danzarina principal mientras la otra cesa, sus visitas al hospital para verla, las apariciones intempestivas de Lily entre muchas otras sorpresas. El filme no es en absoluto nada obvio sino totalmente perturbador, es un drama esquizofrénico ambientado en una escuela de ballet de New York donde yace la prioridad de dar siempre más de lo que puedes, hasta llegar a la deshumanización, e irónicamente para transmitir lo contrario y admitir solo la magnificencia, la rotunda vehemencia y el triunfo primero y siempre, en donde se lleva al ser humano a lo más elevado pagando el precio de un caro anhelo, el que está por encima de cualquier excusa. No da rincón al débil. Lo único que vale es eso que buscan los más grandes, la perfección; ¿existe?, claro que sí, pero está destinado a muy pocos, pero para eso hay que morir en el intento. Nina lo logra, y nosotros nos enamoramos de Natalie Portman que es segura para un Premio Óscar. Le agradecemos su admirable destreza artística que incluso es capaz de transmitir sensaciones y estados de ánimo mientras danza. Impresiona con el cine, el que a través de ella es arte en todo el esplendor de la palabra.
También la madre de Nina alimenta su encumbramiento, ya que Erica Sayers (Barbara Hershey) nunca pudo brillar y coloca su derrota profesional en las manos de su hija, le exige tener el éxito que le fue esquivo. De esa manera Nina (Natalie Portman) vive sojuzgada a una vida que la enloquece, nutriéndose del mundo del ballet a extremos de verse alterada. Tiene alucinaciones, sufre de paranoia, se ve a sí misma desdoblada constantemente, observa auto flagelos, se estremece con monstruos, tiene fantasías lésbicas. Está emocionalmente quebrada, se muestra bastante frágil, y se siente culpable por reemplazar a Beth Macintyre (Wynona Ryder), otrora estrella de danza que ha sido despojada de su puesto por haber pasado su tiempo, llegando Nina a robar sus objetos personales en un especie de fetiche y que ahora siente le pertenecen por el lugar que a conseguido.
En esas circunstancias se encuentra con Lily (Mila Kunis) que tiene la sexualidad despierta, es desenfrenada, erótica y consume drogas, es fresca, libertina e impudorosa, justo lo que le falta para completar la otra cara de su representación. En esa fijación Nina introduce a la chica en sus pensamientos, en su inconsciente, en su locura; y todo empeora, Lily es colocada como posible reemplazo de su puesto, lo que le hace creer que le quiere quitar su lugar.
El cisne negro es Natalie Portman gesticulando en toda oportunidad, saltando de las lágrimas a la inestabilidad, de la alegría a la pesadilla, en una interpretación corporal más que de palabras; es el uso del lenguaje de su entidad física bajo una magistral actuación sufrida, dramática, en un mundo terrorífico, por ratos irreal e imaginario, tan cercano a las historias tétricas, de donde la muerte parece la única escapatoria. La perfección consiste en matar al cisne blanco, deshacerse de sí misma, surgir en otra alma distinta, renacer, volver a surgir pero en el fuego, en el ardor de la exudación de su libido, como le recomendó su maestro. "Llega a tu casa y tócate, mastúrbate, le dice, y así lo hace. Su misión es despertar a la hembra fogosa que lleva dentro, para consumar el papel que tanta dificultad y desquiciamiento le produce y le martiriza.
Es un viaje por el infierno de una desequilibrada, la que cada vez se aleja de la realidad, la que se introduce en su meta a ritmo brutal (de la mano de una pesadilla), y que ya no vive más entre nosotros sino en un espacio alterno poblado por sus miedos, sus aflicciones, su búsqueda incesante, su patología psicológica. Lo único que importa es cumplir con ambas performances, ser en el escenario, sucumbir a la representación. La aventura es trepidante, oscura, compleja, intrincada, críptica, de pocas explicaciones, de vivir cuestionando lo que vemos, a que pertenece lo que ve Nina y a sus acciones, a que se adscribe su percepción, mientras el bien y el mal bailan la misma canción. La una vez dulce bailarina puede ser fatal y mortal, puede ser más de una sola personalidad, moldear una nueva figura, todo por alcanzar su sueño, la perfección aún en la putrefacción y el asesinato.
Esplendidas las escenas lésbicas entre Kunis y Portman, los arrebatos sexuales con Cassel, los estados de su enfermedad mental, mezcla de terror, sexo, drama; Darren Aronofsky construye una película excepcional, vuelve a hacer cine maravilloso que nos recuerda que ya tiene en su haber dos obras maestras, Réquiem por un sueño (2000) y El luchador (2008).
Las actuaciones son gloriosas, cada uno hace su rol con dominio y belleza escénica, en el punto que Portman puede brillar en lo más alto ya que ella es el centro de la obra. Kunis es toda una revelación, naturalmente sensual y desprovista de inseguridades para representar una mujer tan carnal y ardiente. Cassel yace siempre rudo, seductor, apasionado, exigente, apretando y movilizando las emociones del personaje de Portman. La madre, Hershey, otra versión del desdén por el ser humano, es la participe de la incomunicación, de la frustración personal, del deseo de ser a través de su hija, de llevarla al extremo sin darse cuenta del daño que le ocasiona, como cuando le deja la cajita de música con la bailarina que gira sobre su cómoda, cuando le tapa las heridas con maquillaje, cuando corta sus uñas con violencia, cuando le sirve una dieta austera, cuando trae la torta para celebrar y al sentirse rechazada quiere arrebatada arrojarla a la basura, porque su pasión se vive en el ballet de su hija, es ella reviviendo y siento parte de la gloria ajena. Nina se percata de que su madre está generando una atmósfera caótica en su mente como todo lo que hay a su alrededor, pero no hay quien la salve del abismo, todos su allegados participan de su caída interior porque solo importa la danza del lago de los cisnes de Chaikovski. En reacción trata mal a su progenitora cada vez que se pide mucho más de sí, pero a su maestro, quien solo la utiliza para hacer un portento de la obra a su cargo, lo ve como a un genio; es el único que la puede llevar a donde quiere y no le importa el sufrimiento que le acarrea porque la meta es todo lo que cuenta.
Ésta cinta le da cabida a varias lecturas, sumergidos en un aire grotesco y enrarecido. En una escena Nina llega a quebrar sus piernas hacia atrás y en otra a transformar su tórax en el de un cisne negro como síntoma de haber logrado la posesión del personaje. El filme se muestra siniestro y lúgubre, chocante por ratos, siempre ágil en demostrar algo novedoso que te mantenga vigilante como cuando un viejo hace gestos obscenos en el metro o cuando Nina ve salir del transporte público a Beth. Tenemos la confrontación con ella en la reunión que la lanza como danzarina principal mientras la otra cesa, sus visitas al hospital para verla, las apariciones intempestivas de Lily entre muchas otras sorpresas. El filme no es en absoluto nada obvio sino totalmente perturbador, es un drama esquizofrénico ambientado en una escuela de ballet de New York donde yace la prioridad de dar siempre más de lo que puedes, hasta llegar a la deshumanización, e irónicamente para transmitir lo contrario y admitir solo la magnificencia, la rotunda vehemencia y el triunfo primero y siempre, en donde se lleva al ser humano a lo más elevado pagando el precio de un caro anhelo, el que está por encima de cualquier excusa. No da rincón al débil. Lo único que vale es eso que buscan los más grandes, la perfección; ¿existe?, claro que sí, pero está destinado a muy pocos, pero para eso hay que morir en el intento. Nina lo logra, y nosotros nos enamoramos de Natalie Portman que es segura para un Premio Óscar. Le agradecemos su admirable destreza artística que incluso es capaz de transmitir sensaciones y estados de ánimo mientras danza. Impresiona con el cine, el que a través de ella es arte en todo el esplendor de la palabra.
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