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viernes, 21 de diciembre de 2018

The House That Jack Built


La última película del danés Lars von Trier recuerda a su anterior película, Nymphomaniac (2013), en las citas intelectuales que acompañan la narrativa central, que pueden parecer intrascendentes, pero hacen más divertido el filme, cuando no exagera. Trier intenta hacer de su cine un cine más profundo, aunque nunca deja de ser polémico, y con ello tratar de plasmar un tipo de entretenimiento rebelde, revolucionario no, sino un hedonismo punk.

The House That Jack Built (2018) no es una de las grandes ideas de Trier, como Breaking the Waves (1996), su mejor película, pero sigue teniendo su encanto, su interés. No todo es perfecto, a veces la irreverencia le cobra factura, como con la historia de la familia y la cacería, muy endeble, muy efectista, pero tiene otras escenas que sobresalen. En particular la historia de Simple (Riley Keough, la nieta del mismísimo Elvis) luce la más destacada, con su ironía detrás del lugar común de la mujer hueca, acto irreverente por donde se le mire.

La interrelación de Simple con Jack (Matt Dillon) está en su punto, aquí uno se olvida un poco de tener que hacer de Jack un tipo cruel necesariamente, sabiendo que es un asesino en serie que en la película es quien cuenta de su vida homicida en cinco capítulos, o cinco separaciones de asesinatos. La muy bella Riley Keough hace de una mujer distraída que muy lentamente descubre quien es realmente su novio, un tipo brutal, sádico, sin pizca de misericordia, al que ridículamente le llaman Señor Sofisticación. Jack construye sus asesinatos como si fueran arte, justo lo que hace Trier, haciendo de la sencillez algo más complicado, arduo. 

En el filme hay de donde escoger, hay momentos buenos y otros menos logrados. La interrelación con Uma Thurman, que hace de una mujer antipática y muy inteligente pero paradójicamente descuidada, es otro momento cumbre. Se resuelve de la manera más siniestra, pero antes hay unos diálogos y prolongaciones jugosos. Así Trier no es estricto en sus 5 capítulos, vuela libremente, se expande a su gusto, mete otras cosas, todo formando la imagen de quien es Jack, un tipo que hasta tiene un toc de limpieza extrema y desde luego lo pone en práctica en perturbadora y satírica manera.

Trier muestra que es un tipo muy inteligente y tiene un sentido del humor perverso, y puede que no todo sea genialidad, pero le quedan varias cosas muy a su favor también. Todo tiene un giro de último minuto o más de uno o una estructuración de cierta manera extraordinaria, siempre hay un reto, un lugar en que Jack ha cometido un error y va a ser atrapado, pero aunque esto es divertido es en realidad lo que menos importa, ya que Jack es un monstruo condenado a ese glorioso epilogo del filme, que es muy surreal y hasta el final irónico.

Jack habla con Verge (Bruno Ganz), que puede ser varias cosas, aunque al final se muestra. Pero lo importante es que esto ilustra a Jack como un psicópata absoluto,  y no, no es Verge un demonio o quizá sí, sea un especie de Mefistófeles, como lo es el mismo Jack, aunque un demonio más perverso. Él llama cínicamente salvación a que muera, mientras sigue en pie tras su existencia podrida, sin ley. Valga mencionar la intrépida curiosidad de su infancia, la de amar ver segar la hierba, ver esas enormes hoces en movimiento perfecto, rítmico, un último bastión de inocencia rural -inocencia que el filme intelectualiza-, en medio de una herramienta que simboliza también la muerte. Trier trabaja con mitología y crueldad.

martes, 15 de abril de 2014

Nymphomaniac. Volumen 1 y 2.


El sexo a menudo es polémico, aun en el siglo XXI. De alguna forma llega a provocar histeria a mucha gente, tanto como el ser humano lo busca y lo disfruta, si bien ya es algo normal no sorprenderse demasiado con el tema, ya que el arte lo ha explotado sobremanera. Y es ahí donde encaja un director como el danés Lars von Trier, el que suele estar donde las papas queman, ansiando ser rebelde y mediático, trasgresor e irreverente, no por nada ha sido catalogado como persona non grata en el festival de Cannes, tras unos desafortunados comentarios sobre el nazismo, lo que usa para promocionarse, para atraer ovejas a su rebaño, aunque no podemos negar que su arte tiene atractivo, y que su ingenio ostenta agudeza, originalidad y mucho entretenimiento con su cine de autor.

Sin embargo, todo cansa cuando se malgasta o se vuelve notoriamente artificial, se le notan las costuras, y algo de ello también se puede ver en su última película, dividida en dos partes de dos horas cada una para su exhibición comercial en un trabajo recortado de cinco horas de origen, que versa como reza su título sobre el relato de la vida de una ninfómana llamada Joe (Charlotte Gainsbourg), a partir del descubrimiento de su naturaleza sexual en juegos infantiles de sobarse su parte noble deslizándose con agua, hasta hallarse acogida en el cuarto de un culto, sensible y virgen sujeto maduro de ascendencia judía conocido como Seligman (Stellan Skarsgard, idóneo en su caracterización de inocencia, soledad, apocamiento y calma) que la encuentra en un callejón tirada golpeada. Seligman servirá para acotarle nociones intelectuales a su descaro y brutalidad vivencial, como un complemento de trascendencia de lo llano, de lo impactante, de lo burdo, e incluso de lo vulgar, recurriéndose a la música clásica, al símil de la pesca, a la historia universal, a la matemática, a lo blasfemo, a la botánica o a la religión católica y a la ortodoxa.

En el trayecto vemos distintas prácticas sexuales, muchas de ellas radicales, la promiscuidad en un tren dentro de un concurso entre unas jóvenes amigas por unos caramelos a cambio de superar a la otra en tener encuentros casuales, un trío con dos africanos bajo la dificultad del lenguaje haciendo un sándwich (doble penetración), lesbianismo (aunque más como parte de la continuidad del relato que exhibición, detalle o descripción), sadomasoquismo con “K” (que incluye el fisting a lo que Trier le llama el pato silencioso), y un sinfín de aventuras con variados hombres de distinta complexión física, edad y fetiches, a los que se les maneja con horarios apretados sin ningún tipo de afecto, sólo por puro y duro placer orgásmico, de donde uno de los amantes de la protagonista se enamora de ella y quiere abandonar a sus hijos, para lo que su esposa, interpretada por Uma Thurman como Mrs. "H", hace uso de una toma de consciencia mediante lo sarcástico, lo traumático y el remordimiento, y hasta diríamos que del humor negro.

El sencillo pero talentoso Jamie Bell interpreta a "K", quien por su cuerpo pequeño y su cara amable de niño rubicundo y bonito no pensarías que pudiera encajar con la figura que maneja, no obstante cumple y bien, sin inmutarse, en la imagen que se ciñe al extraño acto de placer y no al ser humano que lo realiza, que sería más fácil en cuanto a contundente, y que al fin y al cabo hablan de una estética de embellecimiento, una arquitectura que a una distancia cuenta con rasgos delicados, que no por ello siempre es lo mejor, aclaro, pero en esta oportunidad funciona en toda la película, disminuyendo la carga ya de por sí violenta y difícil, partiendo desde el título y la temática hacia su desarrollo descarado, en un estilo que aunque a veces grotesco es a todas luces vital, lujurioso, buscando impresionar, como a favor de tantas locuras, o intenta ser mucho menos tajante de lo normal y deja la idiosincrasia y el propio acontecer de las decisiones y resultados de la existencia retratada como juicio discreto. 

Se debe advertir que existe una buena cuota de sexo explícito en el filme, que valga la curiosidad no llega a molestar como para arruinar la visualización del conjunto ni a generar demasiada inquietud, más allá de la necesaria, porque de eso trata la película y sería (un poco) raro no tomarlo desde la realidad que invoca, sin convertirlo en una película pornográfica, que no lo es, más bien como espolvoreando incluye momentos peliagudos por aquí y por allá, pero componiendo una historia mayor al uso que es lo que predomina, y más siendo quien es Lars von Trier. Se ciñe por un lado al cine de autor que es lo que dirige la obra, a pesar de las apariencias, y así se disfruta mejor, está por encima de la carnaza, aunque cumple con lo prometido; y por otro a lo erótico que no es una novedad en Escandinavia que tiene una historia fílmica en el sexploitation. Vemos penetraciones (aunque por tiempos cortos de exposición), exhibición de genitales de forma directa y recurrente, y varias escenas de sexo oral, hasta con eyaculación que cae de la boca en un retrato compuesto (sí) artísticamente, con una estética, aunque lógicamente de desestabilización/excitación del espectador, que hay que decirlo sin tapujos, y es que evoca nuestro lado primario y ordinario, cómplice con nuestra simplicidad, fantasía y erotismo. No obstante, definitivamente no es lo más importante ni lo convierte en un filme trascendente en absoluto, yo diría que hasta todo lo contrario, sino fuera por las lecturas, los argumentos, el soporte imaginario y su trama, que tratan de dirimir la (casi) imposible aceptación de una esencia vapuleada a diestra y siniestra, mitificada por el imaginario sensual, pero repelida con fuerza por la sociedad, empujándola a lo marginal, siendo vista como un vicio de inadaptación, que a veces no nos parece tan real o nos es lejano, pero que en la presente es una declaración de feminismo, aunque bastante extremo, y efectista, no se puede negar. Feminismo paradójicamente concebido mediante la misoginia que se le achaca al autor por la rudeza y compromiso que éste le exige a su actrices en la caracterización de sus personajes, o como recuerda mucho su película Anticristo (2009), que parece a un punto mal entendida ya que en lugar de un drama uno debe ver una cinta de terror, en una posesión del mal, con lo que estoy seguro que la óptica con que se le mira cambiará y verán una muy interesante aunque espeluznante historia de entretenimiento. Trier logra comprometer por completo a su musa, a una muy solvente Charlotte Gainsbourg; tanto como a la novata Stacy Martin que hace de Joe de joven, la que está a la altura de su futura versión, viéndose sucia o dulce, desconcertada o curtida, dependiendo lo requerido, en un empaque pedestre muy efectivo.

Hay que reconocer que todo el genio de Trier no le es favorable, es una mezcla de buena creatividad y otras de fallas garrafales, y eso lo hace carne de cañón, lo expone a ser recriminado, a generar descontento, pero a su vez a sentir admiración por su arte, en ver que tiene personalidad, osadía y seguridad en lo que hace, dando la sensación de que cree en sí, y eso fallido o no siempre es remarcable. Intenta verter su audacia argumentativa como con la pedofilia y la represión personal y “voluntaria” que terminan en una insólita premiación consuelo, y pues hay ratos en que éste no tiene tino, aturde y se vuelve (un poco) estúpido, como con el desenlace final en que por no ser complaciente y digno del “y finalmente todos fueron felices” cae en la sinrazón, en la mala broma, en desbaratar a un personaje, pero también hay que decir que tampoco es muy creativo, solo (algo) correcto, el cierre de “Nymphomaniac. Volumen 1” que termina como el llanto de una telenovela erótica, en un aire manido, aun siendo más tarde muy bien sobrellevado y asumido en la trama.

El meollo del asunto es la proximidad de la frustración, como una sombra perenne, al tiempo del llamado inclemente del abismo, y que tiene una línea más concreta en la relación de Joe con Jerôme (Shia LaBeouf) que valga la anotación y significado es su primer encuentro sexual, en un nexo mental que proviene del acercamiento sólido afectivo con su padre, en la aparición emocional en el papel de un enternecedor y empático aunque ligero Christian Slater (exceptuando los gritos del delirium tremens), que deja en el subconsciente de la protagonista la posibilidad de amar, aun no queriendo hacerlo, de lo que se infiere una lucha, en un momento que no es perfecto sino humillante y que le marca y la define, y de ahí que ella se niegue a aceptarlo al re-encontrarlo, lo rechace en primera instancia como una fuerza en disputa premonitoria. Esa lucha determinará la existencia de nuestra antihéroe que sabe que su naturaleza es mala, aunque su interlocutor asexual trate de apaciguarla mediante una mirada clínica, fría, despersonalizada y condescendiente, sin embargo como dice la frase que se le atribuye a Kurt Cobain y que ella en sus actos parece seguir, con la quema del auto de su consejera psicológica, en una liberación de aspecto juvenil, como con la música de Rammstein que abre el filme, que hacen de Trier un infante terrible. "Es mejor ser odiado por lo que eres que amado por lo que no eres". Pero seamos conscientes y maduros ¿qué tiene que aceptar?, y nuevamente Trier juega con nuestras ideas preconcebidas, derrumba lugares comunes, se recrea con nuestra mente, y no tenemos que compartir su pensamiento, tan sólo hallarle la gracia, mientras agradecemos el entretenimiento.

domingo, 30 de octubre de 2011

Melancholia

Si El árbol de la vida (2011) de Terrence Malick nos refería al hermoso comienzo del universo desarrollando la existencia en la tierra y el acercamiento a lo espiritual, el danés Lars von Trier nos habla del fin de la humanidad y de la ausencia de todo misticismo. Su mirada es descreída por completo cargando grandes dosis de pesimismo, un ir hacia la nada con estoica resignación.

Dos hermanas presentan la cara emocional de los seres humanos según la interpretación mental de éste cineasta. Una como remite el título yace en el dolor existencial, Justine (Kirsten Dunst, ganadora en el festival de Cannes del premio a mejor actriz por esta película) es autodestructiva y vive perturbada por su propia condición de mártir, siendo una desequilibrada que sufre frente a la desolación que representa el planeta para su persona. En medio de un matrimonio perfecto con un novio afectuoso y comprensivo surge su idiosincrasia que la mueve a tirar todo por la borda. Se acuesta de manera absurda con un joven casi desconocido y sufre un descontrol de cara a la felicidad que rehuye por culpa de sus inseguridades y carencias, de su enajenación que aspira al apocalipsis, la celebración silenciosa y soterradamente macabra del último día de nuestras vidas. Su sufrimiento lo empaña todo hasta engullirla salvajemente.

Claire (Charlotte Gainsbourg) es menos ególatra e individualista aún en su condición engañosa de total probidad ya que posee en su haber feroces sentimientos encontrados hacia Justine a la que ama y odia por igual ya que representa una confrontación de su propia debilidad. Caracteriza una mujer no menos endeble -aunque en otro sentido- que padece ante el horror de lo aparentemente inevitable, las circunstancias del destino, el choque de un astro denominado Melancholia que va a destruir la tierra. Sin embargo contiene una justificación tan fuerte como la de Justine y quizás mucho más valida, quiere que su hijo crezca y tenga un futuro, ese es su único motivo que nace en su estado de progenitora que se desespera viendo que no hay salida a la inminente muerte, porque nada importa más que la continuidad que invoca su vástago, siendo la otra cara de la historia, la que ansia subsistir, la esperanza en su peor momento, el temor a desaparecer aunque se mueve en la trasmutación hacia el indefenso e inocente pequeño.

Trier presenta un ambiente cargado de decepción en el primer capítulo del filme bajo el disfraz de la falsedad que produce las apariencias; ni el dinero, la buena educación o la posición de élite ni las convenciones sociales acallan un fondo ennegrecido y dañado. Gaby (Charlotte Rampling) la envejecida, egoísta y brutal madre que no guarda el rencor que siente de su propio devenir insatisfecho trata de maltratar constantemente a su hija como culpándola de su desventura o vislumbrando su triste desenlace aunque a fuerza de otra ruta. Dexter (John Hurt) el padre mujeriego, indiferente y frívolo que pervive ausente como motor de las desgracias de su esposa y de su prole. La ambigüedad del cariño fraterno. Jack (Stellan Skarsgard) el jefe déspota que ve como a un objeto mercantil a Justine y del que se intuye maltratos aunque adscrito a la hipocresía que entre otras reina en esa noche de fiesta que sirve como punto de quiebre y en parte fundamentan esa locura develada lentamente a medida que pasa el tiempo en aquella casa de campo señorial en la que continuamente el cuñado (Kiefer Sutherland) hace hincapié en que hay que guardar las formas producto de la fastuosidad que debería cumplir con todas nuestras expectativas, sólo que Justine decide hundir el barco y arrojarse al abismo sucumbiendo a la degradación psicológica, a la presión del entorno y de su parentela, en la aniquilación del espíritu, al estar forzada por la malsana convivencia, dejándola en la infranqueable soledad y el hermetismo emotivo, a pesar de que intenta dar algunos gritos de auxilio en ese día decisivo y especial, denotando su falta de compenetración con su pareja que no ayuda porque nunca ha sido parte de su verdad, de esa que mantiene al ser humano distante de las caricias, de la bondad, de la seguridad que pueden fomentar los sueños como en la fotografía de los viñedos.

Una raíz dañada que no puede escoger el camino correcto, semejante a Claire corriendo sin sentido alguno que la saque de la implacable tragedia. La impotencia que se percibe en la segunda parte reducida a pequeños movimientos que solo esperan que la ciencia no se equivoque e igual tampoco a ella se puede recurrir sino en la inmovilidad exceptuando el mínimo recurso de Justine en la dignidad de la aceptación, en la mentira para el sobrino, en las lágrimas de Claire como con la calma de los caballos que anticipan el deceso, o en el suicidio como escape inerme y frío. Eso es lo que nos proporciona Trier: un callejón sin salida, la derrota y la resignación, una obra de arte en la adjudicación de una variante del concepto de melancolía.

Una realización lúgubre aún en su sutileza encallada a una sola familia en alusión a toda la población humana, carente de grandilocuencia visual, mostrándose como una recreación de corte sencillo en la mayor cantidad del largometraje y que aún así guarda bastante complejidad intelectual en desarrollar una suerte de desastre contemporáneo interno y exógeno en notable fusión. Una amenaza observada desde unos alambres que miden el tamaño de la aproximación en un vaivén entre la inesperada salvación o a puertas del unísono fuego del impacto.

miércoles, 27 de abril de 2011

Rompiendo las olas

El danés Lars von Trier definitivamente es un creador especial, de esos que uno debe seguir para ver que cartas trae bajo las mangas, se trata de que intenta ser un genio y para ello busca sacudirte siendo irreverente porque quiere ser un gran innovador perteneciendo a la denominación de bicho raro, la película que nos presenta ostenta esa esencia. La trama nos remite a un amor a toda prueba que se distorsiona y anhela cumplir con una misión que se sustenta en ese sentimiento inconmensurable. Bess MacNeill (Emily Watson) es una jovencita dulce, algo lenta mentalmente y con algunos problemas psiquiátricos que la hacen ser muy inocente y frágil, ella se enamora con vehemencia de un hombre, Jan Nyman (Stellan Skarsgard), que en un inicio la colma de lo que tanto espera, el poderoso amor. Parece que todo es perfecto pero pronto como ha de suceder para crear una historia algo sucede que quiebra la paz en esa unión.

Trier presenta la película dividida en capítulos y a manera de un cuento empieza su narración. Una vez que Jan queda cuadripléjico, Bess lo cuida con el mismo desmedido aprecio de siempre pero éste hace notar que para vivir necesita sentir placer sexual, que es la única forma de recuperarse o ansiar la vida; como Bess es una persona como he explicado con una mente disminuida y no tan normal, además de radicar en una zona donde la religión es predominante y está muy enmarcada en su personalidad, lentamente accede a su petición. Lo que quiere Jan es que Bess tenga relaciones sexuales con extraños y que se las cuente; la joven se mete en una carrera que termina prostituyéndola a costa de su reputación, de su naturaleza pura y de sus bases teológicas. Ella suele hablarle a Dios impostando la voz y escuchando las respuestas que a sí misma se otorga.

La jovencita como le han dicho ha asociado mejoría con sexo promiscuo y abundante, lo que de alguna forma denota cambios clínicos que más son coincidencias que producto de un vínculo “mágico” de sanación. Allí nace la pregunta ¿qué le hace pensar que realmente existe esa relación entre cura y sexo?, la palabra de Jan, el hombre que adora con locura. La mejor amiga de Bess y el doctor de su marido que tanto la estiman tratan de ayudarla como pueden mostrando bastante disposición hacia su persona pero la chica no cree más que en lo que su amado le ha hecho pensar. Pronto Jan termina siendo perjudicial para la muchacha, éste no lo niega, acepta que algo está dañado en su cerebro o que puede estar dominado por la maldad producto de su estado precario, sin embargo todo sigue el mismo rumbo y Bess llega a perseguir mayores riesgos sexuales dentro de la prostitución pensando que a mayores sacrificios mejores resultados.

Como es de esperar ese pueblo de aspecto arcaico que aparenta estar en el último confín del mundo la juzga terriblemente, más siendo una comunidad que se mueve en el fanatismo religioso, que no permite que las mujeres participen de las sepulturas, donde se entierran a algunas personas y se les dice que irán al infierno, que asisten regularmente a la iglesia para discutirlo todo y de la que la madre de Bess es muy devota también, que son los que aprueban los matrimonios como el de Bess y Jan aunque con reticencias por ser éste último foráneo para el territorio, como augurando que los extranjeros solo traen problemas y es que con las características de Bess era de vislumbrar algo dramático, se sentía su condición endeble, su personalidad maleable, su amor desmedido, en eso la película va colocando las piezas que preparan el desenlace cayendo algo en lo previsible aunque no se sepa en qué modo se iba a manifestar el conflicto y en ello radica la maestría del cineasta que con hábil mano nos termina envolviendo en su extravagante universo.

El final ya no sorprende y resulta en toda la ley de lo que el relato manifiesta, lo que queda es la manipulación de un concepto humano y la perspicacia de un cierto embaucamiento, un asalto a mano armada que nos ha dejado petrificados algo engañados con justificaciones ingeniosas y una perspectiva que abre las puertas a la originalidad y quizás a la ruptura -dependiendo de uno- de nuestro pensamiento que nos deja metidos en la abnegación mediante la corrupción.

Como se ve es un amor algo perverso pero aunque suene contradictorio el amor más verdadero que puede existir y en ese punto radica la agudeza de Lars von Trier que nos presenta una historia en donde se ponen en duda nuestros paradigmas de amar incondicionalmente, por supuesto con una indiscutible sordidez pero que nos deja sintiendo lastima por Bess y repudiando su amor.