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lunes, 15 de enero de 2024
Killers of the Flower Moon
Killers of the flower moon (2023), de Martin Scorsese adapta el libro de no ficción de título homónimo con subtitulo Los crímenes en Osage y el nacimiento del FBI, del periodista americano de investigación David Grann, sobre como blancos en Oklahoma mataban a los de la tribu Osage que estaban principalmente establecidos en éste estado de EEUU y quienes se habían hecho millonarios con el descubrimiento en sus tierras de petróleo, pero que necesitaban de tutores blancos por la ley y muchas mujeres indias se casaron con blancos. Pero en el filme de Scorsese que se basa todo en hechos reales vemos como los blancos hacen planes para quedarse con las tierras y los bienes y las herencias, matando directamente a los de la tribu Osage, o envenenando lentamente a las mujeres. El personaje que hace Leonardo DiCaprio, Ernest Burkhart, es en buena parte un ignorante, pero ambicioso y a esa vera totalmente manipulable e inescrupuloso, dependiendo de las ideas de su tío, William Hale (Robert De Niro), que era un terrateniente rico pero quería más dinero y tenía muchos planes para que sus sobrinos lo consiguieran de las herencias y bienes de las indias. William Hale era a la vista de todos como un especie de amigo de las tribus o un consejero muy bien relacionado, pero detrás era en realidad todo un criminal pensando en contratar vaqueros delincuentes para matar indios para obtener riqueza, o tenía amigos doctores que eran capaces de envenenar hasta su propia madre por dinero, aunque también denota cierto racismo, minusvalorar a las tribus. Burkhart se casa por consejo del tío con una india Osage, Mollie (Lily Gladstone), y dice amarla, pero le interesa más hacerse rico y no duda en querer matar a quien sea por conseguirlo. Mollie sabe como son los blancos, sin embargo se casa con Burkhart que a leguas no se ve muy decente. DiCaprio con la mandíbula salida a lo Marlon Brando de El Padrino hace de un ex veterano de la primera guerra mundial que en realidad era cocinero de las tropas que viene sin nada en busca de futuro donde su tío que le da siempre las pautas a seguir, bajo un notorio cinismo, como quien habla con alguien más lento, y éste cinismo a ratos hace ver el filme de Scorsese como una comedia de humor negro, con el constante resalte de la sugerencia escondida en la palabra "inocente". Burkhart como es de cierto aspecto estúpido parece no estar del todo consciente quien es, que clase de persona es, o qué está haciendo. Hay un planteamiento claro para el espectador de que es una persona terrible, pero como éste hombre es lento hay cierta ligera ambigüedad en su personalidad -como quien parece dudar, desorientarse o reflexionar por momentos como con la explosión homicida, pero también luce como quien se queda al poco rato en el vacío, en el limbo mental- que hace que una Mollie, tampoco muy despierta, no lo bote, sin poder alejarse del notorio peligro que él representa para incluso su propia vida. William Hale no duda en matar ningún supuesto amigo perteneciente a la tribu Osage (la que conoce de toda la vida), como en detalle con el indio melancólico suicida. DeNiro hace un memorable papel de un ser flagrantemente despreciable, pero sofisticado y culto dentro del mundo del western -de lo salvaje- con cuota noir -de oscuridad criminal-, mientras DiCaprio se enmienda de haber hecho de un personaje tan débil, pero sobredimensionado, plano, en Gangs of New York (2002), logrando ser ahora un gran personaje con varias dimensiones aunque con el eje de la perversidad. DiCaprio logra estar a la altura de los grandes personajes del cine, de los grandes malvados lacayos. Es una película que se puede definir dentro del cinismo, del blanco matando al indio, para quedarse con sus bienes y es especifico lo que se denuncia, como cierta indiferencia general hacia lo que sucedía con ellos. Todo lo expuesto de los crímenes de la tribu Osage es en la década de los 20s y se ve que Mollie recurre al presidente del país, a Calvin Coolidge, y éste muestra ética y manda al naciente FBI -con unos 12 años de existencia- a investigar con un tipo real, el agente del FBI Thomas White (Jesse Plemons) que sí piensa en ir hasta las últimas consecuencias con su deber. Mollie hace de una damisela en peligro en pos de que la rescaten, pero es su accionar -su activismo- el que le proporciona lo que necesita, incluso salvándola de ella misma. Mollie la mayor parte del tiempo para en cama, lo suyo es realmente deprimente, pero Scorsese se centra en las acciones perversas, en los malos hombres, le da forma a cada criminal contratado, le pone folclore, le pone personalidad y lo hace produciendo entretenimiento con pensamiento social. Todo lleva una construcción plena, un desarrollo sólido, pero con ritmo (puesto además que la película que adapta Scorsese con el célebre guionista Eric Roth dura como 3 horas y media y exige novedad, flotando con éxito, dentro de un cinismo recurrente), para que cada muerte sea significativa y se vea el mecanismo del saqueo, de la apropiación, de un grupo criminal liderado por William Hale.
domingo, 21 de marzo de 2021
Supongamos que New York es una ciudad
Este documental de más de 3 horas de duración lo hallas en Netflix, lo dirige el gran Martin Scorsese, el querido Marty, cinéfilo a prueba de balas. Son entrevistas y todo su quehacer de Fran Lebowitz, quizá muchos no la conozcan, pero ella es super interesante. Fran es escritora de libros sobre la ciudad de New York, de aspecto social, anecdótico y curioso, sobre costumbres, malos hábitos y su gente, tiene 2 bestsellers en su haber. También es comediante y asidua invitada a programas de entrevistas donde se explota su vena cómica, sarcástica y su afilada inteligencia y audacia expresiva. Es una gran lectora y de ahí saca mucha imaginación, tiene también suma personalidad y comentarios atractivos y personales. Suele decir que es antipática, y que detesta a la gente, pero es una persona que en todo éste documental muestra harta empatía para quienes aprecian gente inteligente e interesante, más allá del lugar común. Tiene mucho comentario llamativo; puedes no pensar igual que ella en muchos casos, pero nunca deja de ser atractiva para el oyente, aun cuando no gusta de los deportes o las vacaciones por dar ejemplos. Fran menciona a la música y a la gastronomía como puntos donde la gente más es feliz sobre todo. Fran es lesbiana, pero se habla poco o nada de su sexualidad, es irrelevante, aunque ella bromea incluso algo de los gays. Fran habla de la liberación actual femenina y el empoderamiento de la mujer y contra el abuso y es muy ecuánime. Hay infinidad de opiniones valiosas de ella en el documental; la entrevistada dice hacer lo que siempre ha querido dedicarse y pocos tienen la oportunidad de concretarlo (pagado, claro), ser opinóloga -sin tono despectivo-, una especie de sabia urbana, sobre su hogar especialmente, New York y sus ciudadanos, que refracta en general sobre muchos temas. Vemos que participa de programas de entrevistas con directores y actores famosos de anfitriones, gente de rapidez mental y habilidad para la ironía, con la pregunta afilada al pie de la boca, y Fran sale indemne siempre y hasta gana la partida, siendo muchas veces osada en sus apreciaciones, pero siempre con amabilidad y humor, creando vínculos con ellos, al menos momentáneamente, cosa curiosa, porque no es una persona que diga lo que todos suelen decir, aunque tampoco es que carezca de coherencia o busque lo gratuito, tiene alguna lógica siempre, hay argumentos en sus comentarios audaces. Puede que tenga su ego notorio expuesto y algunas contradicciones, como todo el que piensa por si mismo, pero es una persona interesante, sin lugar a dudas. Marty sale riendo en muchas ocasiones producto de sus comentarios. Estamos ante uno de los grandes documentales y descubrimientos del año. Muchísimo mejor que El Irlandés (2019).
viernes, 24 de marzo de 2017
Silencio
Durante el siglo XVII ante el miedo a la expansión del
catolicismo en Japón, y lo que podía significar, el control colonial europeo,
Japón prohíbe la práctica del catolicismo y se dedica a perseguir, castigar
hasta matar o hacerlos renunciar, a los que profesan ésta fe, sean de su
población o extranjeros. Dos padres jesuitas portugueses Rodrigues (Andrew
Garfield) y Garupe (Adam Driver) escuchan que su maestro, Ferreira (Liam Neeson),
ha apostatado, tiene ahora nombre japonés y propia familia incluida, ellos no
lo creen, saben que Ferreira estaba en un viaje de evangelización, y deciden ir
a averiguar. Garupe y Rodrigues ven la fuerte situación que reina en Japón,
pero practican el cristianismo en la zona, tratan de seguir su misión a
escondidas a contracorriente de que el inquisidor Inoue (Issei Ogata) pone mano
dura en el territorio.
Inoue luce algo ridículo, algo exagerado,
pero también se manifiesta inteligente, su debilidad producto de la edad la
suple con el enorme poder de su cargo, sabe bien el deber que tiene, se le
siente que es para él algo personal, como el japonés que piensa que está
defendiendo la gloria de su nación. La religión es solo el pico del iceberg, lo
que esconde un orden y control político. El filme en manos de los padres
jesuitas es un quehacer más inocente, al menos en lo que creen y profesan Garupe
y Rodrigues, sienten que están propagando una necesaria verdad que atañe a todo
hombre, buscando salvar las almas de los campesinos nipones.
No es casualidad la imagen del primer encuentro con
Kichijiro (Yôsuke Kubozuka) que parece un perro callejero sucio, es el reflejo
de la pobreza reinante y la dejadez del poder. En esa situación la palabra de
Jesús cala profundamente, pero en lugar de solucionar el problema, la
diferencia social, producto de la ideología y la estructura política, monárquica
y feudal, les conviene mejor sólo usar la violencia, torturar, y hacer que renuncien
e insulten al Dios cristiano, hacer que la superficie desaparezca. Por cierto, Kichijiro da cierta risa, con lo
endeble que luce, pero se entiende que es así por la fuerza con la que choca su
fe, el temor a morir. Pero es a un punto increíble ver que a pesar de todo Dios
–y los padres- le perdonan, le dan infinitas oportunidades, y él finalmente digamos
que retribuye. Es la duda absoluta, medio un Judas cómico.
En el filme hay dos líneas de desenlace, que es lo que
finalmente más importa. Una es la aceptación del poder japonés, la negación del
cristianismo en suelo nipón, que va por Ferreira, quien argumenta de forma
interesante (pero aunque lo niegue se debe su apostasía a la tortura fina y estratégica),
aduciendo que Japón es un pantano donde no se podrán sembrar nunca ciertas
plantas. En esa línea hallamos otra adaptación de la novela histórica de Shûsaku
Endô, Chinmoku (1971), de Masahiro Shinoda, que es derrotista con el catolicismo,
y triunfalista del Japón tradicional. La otra línea, la de Martin Scorsese, es la de que Ferreira es como un especie de Satanás, un tentador,
imitando a la biblia, lo que es constante en el filme y más que seguro en el
libro. Y la tortura, el salvar a los campesinos a cambio de la apostasía, los que
le valen muy poco a los monárquicos, es un chantaje brutal, un subterfugio de implacable
debilidad contra la fe, pero ¿qué hace un padre ante esto? El filme de
Scorsese ve el sacrificio, la entrega y sobre todo el perdón de Dios. ¡Dios
habla!, aunque parezca más una alucinación de la tensión.
Otra discusión atractiva de la película es la que dice
que los campesinos no saben bien lo que hacen, sobre entender la trascendencia,
y que incluso no comprenden bien a quien le rezan ni por quien lo hacen (se
dice que le rezan al sol), pero su devoción, martirio y muerte –aun en sus
limitaciones- es acción suficiente para no pretender desestimarlos, porque la
vida es lo más preciado que tiene uno (tenemos a Kichijiro para corroborarlo), como
que todo hombre vale sin importar su humildad, cosa que no se comparte en el
tiempo de la ambientación por los mandos japoneses ni por el renacido Sawano
Chuan (Ferreira), y entregarla por una creencia religiosa es tal cual la
aceptación de aquella visión de Cristo, uno se debe a ellos, a su respeto y
honra. En ese sentido la intervención de Shin'ya Tsukamoto como un campesino
creyente es de una emotividad maravillosa, lo mismo que con el traductor aliado
del poder japonés (Tadanobu Asano), son
contrastes magníficamente definidos, aun tan marcados.
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domingo, 26 de enero de 2014
El lobo de Wall Street
Que una película de 3 horas de duración te mantenga atento y
viéndole de largo sin ningún problema natural
de espera se debe a algo, tiene punto de elogio, y es que es muy entretenida. Sin embargo que la última realización del admirado y querido Martin Scorsese esté
nominada a mejor película en los Premios Oscar 2014 le sorprende en buena medida a quien escribe esta
crítica, si bien tiene el entusiasmo de muchos en el bolsillo y no es que el evento sea infalible. Y es porque raya
mucho en la inmadurez, en lo que alguna vez hemos querido ser e incluso soñamos,
gozar la vida al máximo, andar de fiestas con mujeres hermosas, amigos
desenfrenados, mucho alcohol y drogas que se traducen en juerga y placer total,
pero qué mejor que dentro del despilfarro, ser millonario, poder comprar cualquier
cosa, y como se dice, hacer lo que nos plazca, hasta llegar a ser una buena
persona, porque el dinero lo puede todo. En resumen es una propuesta con un mensaje franco,
ya no edulcorado, lejos de ser apaciguador de frustraciones o generador de
humildades y conformismos.
Se puede ver a un policía honesto vivir esa
realidad, ser un ente anónimo, solitario y pobre, transportándose en un medio público deprimente, aun habiendo hecho lo correcto. En cambio, el dejar de ser un don nadie se
convierte en una prioridad, algo que no es fácil desechar a la hora de la
verdad, y no es solo superficialidad o hedonismo, porque pagar cuentas, cubrir
necesidades, dar dignidad y seguridad a una familia, como deja ver un discurso
sobre el pasado de un empleado exitoso que ha cambiado su porvenir, también está
en juego. El filme recalca y retrata plenamente esa idiosincrasia, poniendo
perdedores por antonomasia como gente viviendo una existencia de
lujo, privilegiada (aunque en tono ordinario), mucho sexo y alegrías de índole juvenil,
puras, despreocupadas, excesivas. El sentido está muy claro; el disfraz o
consecuencia de la matemática, en el trabajo de los corredores de bolsa, es
sumamente real y contundente en ésta historia de hechos verídicos que nos
cuenta Scorsese, que se basa en la obra homónima y autobiográfica de Jordan
Belfort.
A muchos les puede doler y molestar ver que en efecto el
dinero es más importante de lo que nos quieren hacer creer en cierto ideal alejado
del materialismo y que nada en lo romántico, viendo como los ingresos pueden llegar
a provocar mucha felicidad, transformar nuestro panorama, y es que si vemos sin distancia y en total libertad ésta forma de vida, un capitalismo directo y transparente,
en éste elogio al american dream, pero bajo una figura salvaje y a través de la deshonestidad, nos encontraremos con una sacudida hacia la realidad. No
obstante, el exceso hace que no le tomemos en serio, siendo un poco obvio que
tampoco se lo toma a sí misma, primando más en ella una especie de comedia, de
irreverencia, de hago lo que me da la gana y no hay mucho debajo, no me importa.
Su credibilidad entonces oscila entre su rabia e intensidad de contarnos un
estado constante de clímax vivencial, sin medias tintas, sin hipocresías, ni mojigaterías
ni parapetos morales, sin mediocridad o religiosidad, y el mandar todo al carajo,
tanto que se da que el protagonista y la película te dicen que para que
explicarte lo técnico de hacer las inversiones y negocios en Wall Street, que
no vas a entender nada, mejor va a la atracción, la juerga, los desnudos y la
riqueza. Esto genera adeptos como detractores, polariza y enfrenta
radicalismos, es la cantaleta de siempre si lo vemos bien, en sentido de darnos
un violento y poderoso golpe de honestidad en un tono rebelde, que es pues, no
podemos negarlo, una virtud, duele pero es verdad, no hay más, hay que
aceptarlo.
El lobo de Wall Street (201) entretiene y mucho, otro irrefutable don, y es lo que sin duda la hace y la hará eternamente recomendable, sobre todo si no somos exigentes con respecto a la profundidad y la mayoría no lo es. Entretienen sus formas y despreocupación, su solventarse con “poco” –el dinero y lo que provee no lo es- por voluntad propia, por ideología, convencimiento y refracción empática, aunque es idónea en su tipo y lo que cuenta, siendo muy coherente con su historia. Pero también llega a agredir mi paciencia, en la convivencia que esperamos afuera y que nos rige; no diré a agotar que sería lo más evidente de decir en contra y sería mentir, pero sus excesos no pueden evitar el vacío, un regodeo malsano, una enojosa estupidez, ¡eso!, que le va en contra en mi valoración, aun gozando y admirando en el séptimo arte cierta brutalidad, locura y la ruptura de reglas que nos suelen infantilizar, que nos dan todo bonito, formateado, convencional o pura fantasía (y en otro tipo ésta tiene de ilusión).
El lobo de Wall Street (201) entretiene y mucho, otro irrefutable don, y es lo que sin duda la hace y la hará eternamente recomendable, sobre todo si no somos exigentes con respecto a la profundidad y la mayoría no lo es. Entretienen sus formas y despreocupación, su solventarse con “poco” –el dinero y lo que provee no lo es- por voluntad propia, por ideología, convencimiento y refracción empática, aunque es idónea en su tipo y lo que cuenta, siendo muy coherente con su historia. Pero también llega a agredir mi paciencia, en la convivencia que esperamos afuera y que nos rige; no diré a agotar que sería lo más evidente de decir en contra y sería mentir, pero sus excesos no pueden evitar el vacío, un regodeo malsano, una enojosa estupidez, ¡eso!, que le va en contra en mi valoración, aun gozando y admirando en el séptimo arte cierta brutalidad, locura y la ruptura de reglas que nos suelen infantilizar, que nos dan todo bonito, formateado, convencional o pura fantasía (y en otro tipo ésta tiene de ilusión).
El exceso termina siendo el bastión que divide las aguas, y
en ello hallo elogio y crítica, pero me decanto por anhelar mejoría
en su retrato, en sus formas, aunque no sean del todo vulgares, porque les salva la
estética y mucho conocimiento cinematográfico, aun siendo un filme que no para
de golpearnos con fuerza. Éste me recuerda -seguramente a muchos- algo a Goodfellas
(1990) cuando se dice que un broker del tipo de Jordan Belfort (Leonardo
DiCaprio) es actualmente peor que un gánster, pero también hay que decir que
al sobrepasarlo en cuanto a la desconcertante personalidad sea a todas luces un
filme muy inferior a Goodfellas que es una obra maestra.
DiCaprio es un buen actor, tiene altibajos como cualquier otro, pero tiene indudable talento, empezó de muy pequeño, tiene harta experiencia, y se nota incluso cuando comparte las enseñanzas del breve papel -pero capital en el recuerdo de una formación- de Matthew McConaughey que tiene simpatía y no se amilana ante una carrera más sólida, como la de su compañero, y hace algo ejemplar y útil. Sin embargo, no creo por completo que DiCaprio se vea como un aprendiz de él, aunque McConaughey haya crecido mucho ante roles exigentes en el último tiempo, e igual me guardo el veredicto final de mejor actor principal hasta que vea a McConaughey en Dallas Buyers Club (2013).
DiCaprio se viste de lo mismo que el filme, del
extremo, por algo es su protagonista y esencia, y da una interpretación con
gritos, largos discursos encendidos, una expresión emocional a flor de piel, no
teme explotarse en la intensidad, en la lujuria, en la irreflexión, pero siendo
inteligente, locuaz, persuasivo, es un ir hacia adelante con una seguridad
abrumadora. El actor y el personaje lucen entregados a su profesión,
capaces de (casi) todo, y es notable. DiCaprio exhibe que merece mucho respeto como
actor. No obstante falla algunas veces porque a cada rato se le pide que sostenga ese
comportamiento, que presente una expresión desaforada, que la tiene y
es imponente, aunque funciona más o menos dependiendo el momento, y que no le
quita que mantiene en general lo que se quiere de su presencia. Pero ciertamente consigue ese gran peso que es ser un iluminado, yacer en la gloria, representarla, que sea el más terrible y el más audaz del clan, y basta verlo drogado
y articulando invalidez mientras se arrastra hacia su auto último modelo para que quedemos boca abierta con él.
Jonah Hill a ratos sorprende, intenta generarse un nuevo
registro cuando parece algo limitado en un estándar de sujeto gracioso y poco camaleónico, no tiene mucho gesto original o nutrido. Pero aunque logra algo, su conjunto es sólo
correcto, termina siendo anodino y bobo como acostumbra. Tiene destellos, en lo
inicial, pero no vuela alto, no es completo.
Hay que destacar el bien logrado mundo de las drogas y la prostitución, tanto que la fiesta luce más importante que Wall Street, que
parece un mero pretexto que deja paso a algo más atrayente para el público,
aunque tenga su clara necesidad como historia mayor,
se requiera de un fundamento serio y valioso, finalmente “corrompido” para
deleite del espectador. Es rico (literal), hay que reconocer, ver a
tanta mujer despampanante (aunque suene machista), en su tono más primario, en
uno solo, lo sexual. Se pueden observar desnudos completos de mujeres impresionantes, rubias curvilíneas
como Naomi Lapagliala, la duquesa, esposa de Belfort, encarnada por Margot
Robbie, una australiana de suma perfección física, muy bella, además de muy sensual, la
que aporta su grano de arena como actriz, da un plus y hace algo bastante
digno, teniendo sus momentos dramáticos y efusivos. No es Sharon Stone, pero es bueno ver que Scorsese
sigue apostando por sangre nueva.
El filme subyace en el circo, y es que somos muy básicos también,
no se puede negar, y nos atrae la vida del llamado lobo de Wall Street (la
humillación en la comparación de ingresos durante el yate, aunque manida, más
clara que el agua no puede ser), como él mismo lo dice, y puede que perdonemos la sequedad
de tantas escenas, o la tontería (que también tiene ironía, ¿no lo es el
sobrenombre de Mad Max?; y además sobra el sarcasmo), como imitar a
Popeye con la cocaína, mientras nos impacta la recreación de un prominente culo que
sirve de recipiente para drogarse, habiendo solo temporalmente rastros de dura reprobación como parte de un paquete, pero que no es la idea tachar sino ver al
ser humano hasta en lo deplorable.
Scorsese le da al pueblo norteamericano lo que quiere, lo
llena de coraje y orgullo, vitoreando salir de la pobreza y querer ser un ganador, y desde luego que
es bueno creerlo, más repitiéndolo como un lema que importa mucho, el resto es
disfrutarlo al gusto, es parte de un ideal y motor nacional aunque en un tono novedoso en cierta forma o el propio de la contemporaneidad, el actualizado dentro del
libertinaje. Lo hace bajo el motivo del entretenimiento que le excusa de
cualquier limitación, de alguna indignación que le exija cuentas, como hacerse cargo de los
valores del filme y de su lugar de director. Se ampara, como explica, en la “mala” publicidad,
la que enamora y cautiva a la mayoría hoy en día. Es un trabajo cinematográfico que yace libre del juicio tradicional.
Son otros tiempos, y se respeta el arte como tal. Si en otros territorios
existe La gran belleza (2013), aquí Estados Unidos muestra lo suyo, tienen a El lobo
de Wall Street, y aunque menor en alcance artístico (en el interior de un
filme potente y de más fácil seducción) son complementarios, son dos caras de la misma
moneda.
viernes, 3 de febrero de 2012
La invención de Hugo Cabret
Scorsese viene de una larga racha de películas irregulares como La isla siniestra (que también tiene su encanto), Los infiltrados (único Oscar de su carrera que más es producto de su trayectoria que de ésta película), El aviador (a pesar de todo una muy buena película a reivindicar) o Pandillas de New York (inconmensurable Daniel Day Lewis con una actuación antológica e independiente del alcance general del filme), por lo que en realidad sus obras maestras vienen a provenir de hace 16 años. Mientras tanto luce virtudes como promotor en ese nuevo boom en las series del cable, con la producción de la cadena HBO, Boardwalk Empire, sobre la prohibición de alcohol y su manejo en manos de un gánster de Atlantic City llamado Nucky Thompson (un camaleónico e inclasificable Steve Buscemi), y quizás en sus documentales, uno dedicado a la banda de rock británica The Rolling Stones y otro a George Harrison, integrante de esa leyenda denominada The Beatles.
Remitiéndonos con esos antecedentes a ésta oportunidad, Martin Scorsese ha hecho una jugada muy inteligente con éste nuevo largometraje; se aboca a un guion sencillo adaptado de un cuento para niños de la autoría de su compatriota Brian Selznick. El producto no tiene fisuras que se resalten mucho pero no llega a ser una obra maestra por falta de atrevimiento, mayor originalidad y dificultad; quizás se explaya demasiado en su respetable libertad por el pasado de Melies, aunque no tiende a exagerar. Gran parte de los hechos históricos son comprobables, tiene asidero en la realidad, agregando la fantasía del niño que plasma una bella metáfora: "Todos somos como una pieza perfecta e indispensable para el funcionamiento de una máquina, como la de un reloj, todos tenemos un propósito y nuestro deber es buscarlo".
Remitiéndonos con esos antecedentes a ésta oportunidad, Martin Scorsese ha hecho una jugada muy inteligente con éste nuevo largometraje; se aboca a un guion sencillo adaptado de un cuento para niños de la autoría de su compatriota Brian Selznick. El producto no tiene fisuras que se resalten mucho pero no llega a ser una obra maestra por falta de atrevimiento, mayor originalidad y dificultad; quizás se explaya demasiado en su respetable libertad por el pasado de Melies, aunque no tiende a exagerar. Gran parte de los hechos históricos son comprobables, tiene asidero en la realidad, agregando la fantasía del niño que plasma una bella metáfora: "Todos somos como una pieza perfecta e indispensable para el funcionamiento de una máquina, como la de un reloj, todos tenemos un propósito y nuestro deber es buscarlo".
Hugo, un pequeño huérfano que está al cuidado de un indiferente tío alcohólico, es experto en componer objetos mecánicos y vive escabullido en una estación de tren de Gare Montparnasse, en París, detrás de los majestuosos relojes de la terminal francesa, similar en oficio a Melies arreglando juguetes en su tienda, en donde se esconde tras el ingrato olvido de su invalorable aporte al cine, tras la primera guerra mundial que acabó con cierta fe por la inocencia del mundo. Hugo tratando de subsanar sus carencias emocionales para con su difunto progenitor y en razón de su pertenencia al mundo decide investigar qué mensaje oculta el funcionamiento de una máquina que retrata el dibujo de la máxima obra de Melies, Viaje a la luna (1902), en esa legendaria imagen de nuestro mayor satélite que lleva un cohete que ha chocado en su ojo.
Los personajes tejen pequeñas historias, apenas un esbozo sentimental en ellas. Tenemos al vigilante minusválido de una pierna y duro de carácter que junto a su perro doberman entrega a los huérfanos a los orfanatos tras hallarlos deambulando en la estación. Lo interpreta un muy sobresaliente Sacha Baron Cohen, el irreverente y radical comediante inglés, que demuestra que puede hacer más que una película escatológica e infumable como Borat (2006), manifestando que puede ser tierno – gracioso con sus muecas al tratar de hacer una sonrisa- o implacable –persigue con ahincó a los niños vagabundos y solitarios creyendo que necesitan la misma educación que tuvo en una institución pública para pequeños desamparados- y que en su rol yace enamorado de una florista. Tienes también la subtrama de una anciana que tiene una mascota díscola que no permite que ningún pretendiente se le acerque; o a un viejo que siente lastima de Hugo y le abre las puertas a la lectura, con el uso de un desaprovechado Christhoper Lee. Después el director e historiador de cine Rene Tabard funciona como enlace entre Hugo (lo fantástico) y Melies (hechos verídicos).
Los personajes tejen pequeñas historias, apenas un esbozo sentimental en ellas. Tenemos al vigilante minusválido de una pierna y duro de carácter que junto a su perro doberman entrega a los huérfanos a los orfanatos tras hallarlos deambulando en la estación. Lo interpreta un muy sobresaliente Sacha Baron Cohen, el irreverente y radical comediante inglés, que demuestra que puede hacer más que una película escatológica e infumable como Borat (2006), manifestando que puede ser tierno – gracioso con sus muecas al tratar de hacer una sonrisa- o implacable –persigue con ahincó a los niños vagabundos y solitarios creyendo que necesitan la misma educación que tuvo en una institución pública para pequeños desamparados- y que en su rol yace enamorado de una florista. Tienes también la subtrama de una anciana que tiene una mascota díscola que no permite que ningún pretendiente se le acerque; o a un viejo que siente lastima de Hugo y le abre las puertas a la lectura, con el uso de un desaprovechado Christhoper Lee. Después el director e historiador de cine Rene Tabard funciona como enlace entre Hugo (lo fantástico) y Melies (hechos verídicos).
Es curioso notar que The artist (2011) y La invención de Hugo Cabret (2011) tienen varias semejanzas, ambas rinden homenaje al séptimo arte desde sus protagonistas. En Scorsese es alrededor de Melies que fue tal cual un director de orquesta, actuaba, era técnico, escribía y lideraba la película, habiendo creado cerca de 500 películas en una trayectoria impresionante. Hablamos de un artista en toda la palabra. Para Michael Hazanaviucs es a través de la representación del ocaso del cine mudo. Los dos remiten a comienzos del cine, el director americano mucho más explícito que el galo en asumir las referencias fílmicas pasando secuencias de memorables filmes de antes del 30 que es la fecha a la que se adscribe Hugo, pero bajo la misma fantasía, buen gusto, inocencia, cercanía, afecto y optimismo. A su vez, uno rinde tributo al aporte francés y el otro al angloamericano. Esto recuerda la misma coincidencia temática entre El árbol de la vida (2011), de Terrence Malick, y Melancholia (2011), de Lars von Trier, que tenían a la tierra como centro principal, con el génesis y el apocalipsis.
Algo que hay que resaltar es que Scorsese ambienta unos escenarios magníficos, la maquinaria de los relojes, la ciudad de la luz y la estación son de una estética ingeniosa y muy hermosa. También impresiona el descarrilamiento de un tren o la transformación en robot del niño. Otro acierto es poder conjugar literatura (diversidad de libros) y cine; son como amigos que se relacionan y no compiten entre sí. Los pequeños buscan sabiduría cinematográfica en los textos, Melies adapta a Julio Verne, la biblioteca sirve para conocer la evolución del séptimo arte.
Chloe Grace Moretz, ganadora de los People´s Choice Awards 2012, por encima de cuatro integrantes del elenco de Harry Potter. Moretz, quien fue una revelación tras esa sátira audaz de superhéroes llamada Kick Ass (2010), a un año de hacerse notar con 500 Days of Summer (2009), hace de Isabelle, la ahijada del maestro europeo, la que lee mucho, pero nunca ha presenciado una película, y pronto Hugo reparará esa falta mientras ella le inculcará su pasión por los libros.
La corta escena -que no siento sobrevalorada- de los chiquillos de 12 años en la sala de cine imprime amor por el séptimo arte, su fascinación se impregna sobre todo en la última hora del largometraje, esa aura de fiesta hacia el arte se gana mi respaldo, aunque ésta película para quien escribe no sea su favorita a triunfar en mejor película en los Oscars. La pongo detrás de The Artist, Los Descendientes, Medianoche en Paris y Moneyball, pero Scorsese tiene muchas posibilidades como mejor director, aun bajo una primera hora menos potente, dentro de un conjunto con mucho sentido, gracias a su sencillez argumental, proponiendo alto alcance sentimental y hasta reflexivo en no perder la ilusión.
Los actores principales están perfectos, muy bien escogidos, Asa Butterfield es un niño que se gana nuestro cariño sin caer pegajoso o a través del estigma del pobrecito, sino presenta ingenio para subsistir por sus propios medios. La escena cuando llora y suplica que lo deje ir el inspector es muy emotiva, sus expresiones son muy prodigas; sus ojos maravillados con una cinta muda es creíble pensando que un niño contemporáneo no sentiría lo mismo, tan igual a su preocupación por conectar con su entorno. Éste actor inglés ya a su corta edad hace méritos para ser una estrella. Con él vemos a Ben Kingsley que con una carrera destacada merecería que lo despeguen de la figura fija en Gandhi, por la que ganó un merecido Oscar. Su interpretación luce como un triunfo, aunque sin desproporcionarlo. La invención de Hugo Cabret es una cinta valiosa. Todo el que recién descubra el cine lo va a agradecer y quienes ya lo conocen bien sentirán el recordar de la primera sensación.
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