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sábado, 28 de enero de 2017

Animales nocturnos (Nocturnal Animals)

Esta película junta dos mundos diferentes y los une detrás de una lectura simbólica. Uno de los universos –el contextual en primera instancia - es el del director de ésta película, Tom Ford, famoso diseñador de modas, hombre de dinero y alta sociedad, que en su primera película tocó un tema sensible para él, su sexualidad, Ford es gay, y le resultó un filme poético y melancólico, en la adaptación de una novela de Christopher Isherwood, Un hombre soltero (2009), que fue un muy buen debut cinematográfico, y como todos sabemos/presenciamos Colin Firth estuvo más que iluminado y de esto saltó como actor a la fama. El mundo del dinero, la elegancia y la superficialidad es también el universo de Susan Morrow (Amy Adams), una famosa galerista, que presenta performances artísticas también, las que por lo general van en busca de lo distintivo o extravagante y muchas veces el arte moderno resulta esperpéntico en cuanto a significación. En pocas palabras, Susan es una mujer algo antipática (aminorado por la simpatía que exuda Amy Adams), como en buena parte se siente así igualmente su mundo.

Cuando vemos como disfruta Susan con sus amigos y familiares esnobs, y su marido guapo y físicamente perfecto (Armie Hammer), del que se bromea orgullosamente a ese respecto, uno puede sentir cierta desidia como espectador, pero el filme no se queda ahí, por supuesto; Ford criticará -aprovechará más bien- su propio mundo, en otra buena elección de adaptación de una novela, “Tony y Susan”, de Austin Wright. La desidia se emparenta con la desilusión que siente Susan de su vida, producto de un marido infiel y distante, un trabajo en etapa de baja –y mediocre- inspiración, y de esa superficialidad que decidió escoger por sobre un amor romántico, poético, para quedarse con su alto nivel social y su dinero. En esto hay una gran escena con la actriz Laura Linney detrás de repetir/aceptar el lugar que uno tiene en el mundo, y del que se desprenderá tristeza, pesimismo e inmovilidad.

El filme coloca al romanticismo de las mano con la pobreza pero sin esa entrega, sacrificio y nobleza que suele acompañar como ideal de aceptación, la pobreza se dice que es producto de la debilidad de carácter, la del aspirante a escritor y primer marido de Susan, un sujeto noble y con un sueño –escribir- pero que a los ojos de la familia de Susan luce mediocre, Edward Sheffield (Jake Gyllenhaal). No se le recrimina a Susan –en primer lugar- la debilidad por no querer apoyarlo ni creer en él. El filme termina exhibiendo en ese otro mundo más atrapante (aquí cinematográficamente más entretenido), el de un sur americano rural, pobre, medio primitivo y muy violento, el golpe de vuelta a la crueldad de Susan.

Edward Sheffield le envía una novela llamada “Animales Nocturnos”, escrito bajo la esencia que le señalaban faltante a Edward, lo que significaría que Susan lo inspira pero erra al mismo tiempo, de lo que se suceden múltiples lecturas con el manuscrito -que le dedica- por medio de la reflexión de su pasado en común. Hay solvencia en las similitudes libro-pasado, un lugar intermedio entre difícil y fácil de coger, pero hay más que suficiente genialidad en su interrelación. Ayuda mucho también en qué situación última se hallan los ex.

Jake Gyllenhaal interpreta también al protagonista de la obra literaria, y presenta una actuación magnifica, la mejor del filme, intensa y al filo de lo emocional. Mientras va leyendo Susan vivimos/presenciamos el libro, en un buen thriller, del que surge una propuesta emocionante y extrema, con dos puntales en estado de gracia, el rustico villano salido de la carretera, que hace Aaron Taylor-Johnson (que sorprende y bien mereció un Globo de Oro), y el oficial a cargo que no tiene nada que perder, del querido y talentoso Michael Shannon.

Lo entretenido que nos resulta la parte del thriller es la comprobación además (realista) del futuro éxito de Edward, que en la trama impacta y admira a Susan; como que el mundo de Susan tiene su salvedad, tal que Ford nos parece estar diciendo, es malo este universo porque Susan lo es, aunque se deja aflorar un lado humano en ella, claro que desde donde ahora tira menos la cuerda en esa especie de competencia en que se convierte el divorcio. No obstante, la melancolía inunda todo el filme, y lo torna más complejo, estando plagado de sucesos tristes, y ni que decir de la novela, que hace del filme uno bastante brutal, demostrando que Ford piensa/escoge muy bien qué adaptar, dando a entender compromiso artístico, identidad. 

martes, 29 de noviembre de 2016

La llegada (Arrival)

El canadiense Denis Villeneuve es uno de los grandes directores de la actualidad, no solo únicamente en Hollywood y por la enorme repercusión que esto significa en los cines del mundo, sus películas exceden el rotulo de simple entretenimiento, es audaz, interesante y personal. Su última película es una maravilla, tiene suma inteligencia en como armar una narrativa plena, perfecta y de relevancia, y sorprender al espectador por completo con su redondez final. Hablamos de llevar una sonrisa –y lágrimas- al final de su visionado, y esto se debe a que el filme está interrelacionado con algo muy humano; lo grande y posiblemente espectacular –a lo Independence Day (1996)- con lo familiar y muy sensible.

La llegada (2016) puede ser vista como una historia de posible invasión y guerra con extraterrestres, en donde 12 naves yacen a pocos metros de altura en los cielos de distintos países de nuestro planeta, sin que conozcamos sus intenciones, con lo que ciertas potencias mundiales como China en especial, y EE.UU. por su parte también se halla en tensión y desconfianza, sienten que pueden ser un peligro para la humanidad, y están dispuestos a atacar a las naves, mientras los alienígenas, que parecen calamares o pulpos de buen tamaño, votan tinta para generar símbolos como palabras tal cual el idioma japonés o jeroglificos, y hay un trabajo de comunicación y de descifrado por lograr, para lo que se le pide a una experta lingüista, Louise Banks (Amy Adams), que se encargue. La otra parte del filme es que Louise supone ha perdido a su hija, y debe superarlo (antes o después, no importa), lo cual es enorme, pero la historia no se queda ahí y juega con nuestro entendimiento inicial, al dar un gran vuelco al final.

Los extraterrestres vienen a hacernos ver el lenguaje universal, en una unión trascendental de evolución como en 2001: Una odisea del espacio (1968), articulando un lenguaje que significa devoción al ser humano –tocando nuestra entrañas y vínculos más poderosos- a pesar de cualquier desenlace, mediante lo gigantescamente complejo  y  extremo de padecer;  o aquel que trata de comprender lo que le es distinto y lejano, al otro, al foráneo, uniendo las distancias, como puede ser a través de los puntos de conexión como el amor y la entrega más honesta.

Todo el filme tiene una lectura sentimental escondida en una película de ciencia ficción, de las mejores de la historia del séptimo arte, agrego. Es parcialmente una película de género, que se escurre de las convenciones y de lo más fantástico (incluso las naves y los extraterrestres son algo muy básico visualmente, las naves parecen monolitos, otra conexión con la película de Kubrick), que en realidad es más un drama velado, fuera de las tantas intervenciones de la lingüista y de su equipo que cuenta con el matemático Ian Donnelly (Jeremy Renner) que será parte importante dentro del rompecabezas general. La llegada, aclaro, no es una película difícil de entender, como la interesante pero críptica Enemy (2013), es cercana y amable, la que será más que seguro una película de alta competitividad en los próximos premios Oscar. También será bastante curioso ver que hace Villenueve con la secuela de Blade Runner (1982). 

lunes, 3 de febrero de 2014

American Hustle

Es notorio que David O. Russell divide a la gente, tiene el respaldo de los Premios Oscar que por tercera vez le concede abundantes nominaciones, The fighter (2010) le dio 7 y obtuvo 2 triunfos, en El lado bueno de las cosas (Silver Linings Playbook, 2012) fueron 8 y ganó una estatuilla dorada, y en ésta oportunidad American Hustle le da 10, y hace nuevamente pleno en la categoría de nominados a actores. Con lo que se denota que tiene el aliento de un importante sector del público que es lo que define la mayoría de candidaturas de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas Americanas. Pero también hay una corriente que cree que está sobrevalorado. Y yo en lo personal me ubico dentro de los que lo apoyan, porque sin ser espectacular, alguien extremadamente original, disfruto de sus filmes.

American Hustle puede verse como que tiene un aire o parece intentar emular (algo) al idolatrado Martin Scorsese, mucho teniendo bastante fresco su último ataque de genialidad, El lobo de Wall Street (2013), de quien no discutimos su mención y la seducción que emana, ya que se debe a su talento fuera de resultados discutibles, sin embargo creo que en conjunto es totalmente distinta ésta película a cualquiera preexistente, por el estilo propio que impone finalmente O. Russell, además de que no pienso que sea restrictivo a un solo autor hacer un tipo de cine.

El tema de los gánsteres, los fraudes, policías en pos de la celebridad y la corrupción política lo maneja muy bien ésta propuesta, con un toque –que no completo porque fluye, tiene ritmo y vida- de idónea sequedad, cierta impuesta ligereza y su infaltable ironía, no dejarse tomar muy a pecho en lo que exhibe, que se da como subterfugio para permitir no ajustarse a una trama cuadriculada, aburrida digamos, sino moderna, y poder moldear al gusto el juego personal, una autoría. Porque no se trata de retomar en absoluto lo clásico, aun manipulado séptimo arte precedente, como una falsa fachada de otra década, los 70´s (que invoca referentes de esa época, como el cine de denuncia o policial, el arte de Sidney Lumet), entendiendo que también depende de hechos verídicos y detalles que “obligan” un retrato. No obstante, se observa sin dificultad, que David O. Russell pretende yacer en su libertad de director, y vemos que se caricaturiza intencionalmente un poco a los personajes, pero sin borrarlos de una película seria, de un drama de criminales, ya que no es para nada una comedia, sino que quiere destilar una capa de consabido relajo en cómo nos lo cuenta.

De ahí que todos tengan peinados ridículos, Irving Rosenfeld (el siempre sacrificado, comprometido hasta la médula y vastamente versátil Christian Bale) una calvicie mal escondida, aparte de una voluminosa barriga, congruente con lo que representa, un estafador de suma inteligencia aunque de pequeños movimientos de engaño. El alcalde de New Jersey Carmine Polito (Jeremy Renner) un peinado a lo Elvis en medio de una elíptica pesada vida familiar –tiene 5 hijos y una esposa que nos recuerda a la de los típicos gánsteres italoamericanos que nos ha dado siempre el cine contemporáneo, mujeres de barrio- y un mal disimulado pésimo gusto, siendo un hombre capaz de ensuciarse en el desarrollo de su ciudad, como él mismo dice, hacer todo por ella, en un mandato que conjuga avance a costa de algunas licencias, poder tratar con mafiosos dueños de casinos en pos de trabajos e ingresos para su estado. Y por último, el oficial federal Richie DiMaso (Bradley Cooper, que se esconde en varias capas, siendo hilarante, un poco tonto o imponente dependiendo las circunstancias) que ostenta una permanente, rulos, como la cabellera abundante de la compañera de estafas Sydney Prosser (en una sensual –mención especial de sus escotes- y compleja en sus emociones Amy Adams); luciendo un aire a sex symbol latino de música disco, mientras hace todo lo que puede por consagrarse en su profesión de policía encubierto, hasta manipular los hilos para que congresistas, senadores, criminales y alcaldes caigan en su red, en un plan sustentado predominantemente por el anhelo de notoriedad, atraparlos infraganti, aun incitándolos más que descubriendo y desbaratando negocios ilegales. Algo que juega con la audacia de quien se desnuda como fabulador y desmitificador, en caso de O. Russell, un generador de artificios que crea un universo creíble, solvente en sí, lo que hace todo cineasta. Y nos invita a observar y desentrañar como se fabrica arte, en una especie de alter-ego en la piel de DiMaso conjugado con Rosenfeld al que se le instiga para que perpetre un fraude que enmarañe a criminales, aunque no todos los son pero se verán tentados a ello, y que puede ser visto como un sutil meta-cine. Una película que mirada detenidamente es bastante inteligente siendo fácil de entender aunque sacrifique una parte de la cotidiana ilusión y pueda molestar, como quien nos da la sensación de revelarnos que quiere tomarnos el pelo o enseñarnos una verdad que no atendemos y nos mantiene “inocentes”, fieles a nuestra calidad de espectadores.

No obstante, si bien juega a concretar un contexto de forma discretamente atípica, rompiendo la narración convencional pero como quien pretende normalidad, provocando el conflicto “arbitrariamente” para luego decirlo, por si pasaba desapercibido su pequeño toque particular, y hacer una última jugada en que se sigue explotando la capacidad de fraude, ya como historia lineal y ordinaria, no deja de asumirse como entretenimiento, es su basa, pero con su infaltable impronta, y es que David O. Russell puede ser bastante extravagante, a diferencia de lo que creemos de su séptimo arte, como se puede ver en I Heart Huckabees (2004).

Es como lanzar al ruedo una chispa de ingenio o algo poco manipulado, dentro de una trama, más que visto como defecto, un cariz anodino o una tonta ocurrencia, en donde se falsifica a un jeque árabe para que caigan los ratones a la trampa, con el que se les llama y entusiasma a los criminales y a los potenciales delincuentes (lo cual no es que suene descabellado), aunque incluye meterse con algún peligroso gánster (la historia crece con sus pormenores, que le catapultan y nos centran para seguir atentos un hilo), el ejecutor Victor Tellegio (Robert De Niro, en una figura que le persigue eternamente dado el talento en ello, que domina, aun en una breve caracterización y ya habiendo hasta bromeado con esos roles) pero sin que por ello atrofie el conjunto, o sea la historia, más bien la alimenta desde coordenadas personales.

Al final se ve que son pequeños pretextos lo que hacen una estructura, algo notable en el papel de Rosalyn Rosenfeld (la prodigiosa Jennifer Lawrence, a la que se le exige roles exigentes de engañosa simplicidad, maduros pero imperfectos, y siempre da la talla, iluminando un personaje rico en arrebatos, mucha emotividad, e incongruencias a flor de una personalidad de vulgar sapiencia que termina ganándose nuestra empatía bajo su carisma todoterreno), una joven hermosa pero chabacana, voluble y con falta de autoconsciencia.

Puede que American Hustle no sea una gran historia como tal, no sea tan cautivante en bruto, siendo relatos ya muy gastados, una vez visto de que se trata el embrollo en sí (engrandecido por sus artificios, véase su banda sonora que imprime fuerza  y personalidad a las secuencias, con Tom Jones y la nostálgica Delilah, la estupenda Live and let die de Wings, o las icónicas I feel love de Donna Summer y -la a su vez dulce- How can you mend a broken heart de los Bee Gees, entre otras, que imponen una atmósfera en toda plenitud; o sus escenarios familiares, bendecidos por el aura de lo vintage, donde se citan los personajes modelados dentro de un curioso glamour, el setentero, que no pelea con lo austero por ser propio de su tiempo), sin embargo no desfallece nunca, genera mucha atención, entretiene mucho más que suficiente, y maneja perfectamente la temática del fraude, la hace suya, teniendo atributos innegables de valía, como explotar a sus personajes, revestirlos de disfraces, matizarlos y hacerlos interactuar con verdadera intensidad, tales son sus dos protagonistas Irving y Sidney que tienen vidas apasionantes gracias a su rabia interior (lo dejan ver sus voces en off,  cuando describen quienes son, y el flashback que termina regresando a esa sala privada con el jeque y Polito, que los justifica de alguna forma, aunque sobrellevarlo canse o intimide), por sobre el orden de la derrota y la frustración que les ofrece a ellos la cotidianidad, dándose controlados como ameritan sus farsas –hasta en el acento británico de Sidney que es muy significativo para cambiar su biografía, su pasado de desnudista, que como dicen uno quiere creer lo quiere, todos mentimos o lo hacemos con nosotros mismos- en una oculta vehemencia que los motiva. O. Russell es, sin duda, un director que sabe sacarle sustancia a sus actores, no es banal tanta nominación al respecto, generando vínculos y panoramas portentosos con ellos, más allá de lo concreto. Continuos cambios de ánimo o en apariencia, en un buen manejo variado de conflictos, entre lealtades y deshonestidades. Lo que hacen del filme una especie de juego de cartas lleno de intenciones y adivinanzas con sus roles, y a nosotros observadores de ese intercambio de movidas maestras, siendo las mejores, las más importantes las de torpeza dentro de la atracción del argumento.