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sábado, 5 de enero de 2019

Burning


El coreano Lee Chang-dong hace un filme prodigioso y sutil con ésta adaptación de un cuento de Haruki Murakami, todo es sugerente y ambiguo en el filme. Uno puede tratar de interpretarlo, pero se entiende que puede haber más de lo literal. En general se entiende que un hombre compite con otro por el amor de una mujer; uno de los hombres es común y más pobre en varios sentidos, Lee Jong-su (Yoo Ah-in), mientras el otro es rico y mucho más sofisticado, igual en muchas cosas, Ben (un maravilloso Steven Yeun).

Lee es un tipo un poco lento o, más bien, de los que miran y se guardan sus pensamientos, que tienen dudas, anda achicopalado o es propio de silencios y miradas. Ben es algo perverso, astuto, parece jugar con Lee y con su entorno. Ben suele decir que hace todo por diversión, y puede uno llegar a pensar en American Psycho (2000). Esa es la idea que anida en la mente de Lee, que tiene mucho de sospechoso también. Puede que Ben sea un desdoblamiento, aunque el filme da a entender muchas cosas hechas por Ben y hay correlación con el entorno. Pero cuando Lee quema un invernadero parece un momento tramposo y estar haciendo de Ben sin darse cuenta, aunque puede parecer que trata de incriminarlo a su vez.

Lee tiene obsesión con Ben, hay una fuerte envidia ahí, más allá de los celos por Hae-mi (una entregada y talentosa Jun Jong-seo). Ben se nota que no está tan interesado en Hae-mi; ella en cambio como es una chica voluble y algo fácil, aparte de un poco rara, sí se siente atraída por Ben, pero al mismo tiempo por Lee. Todos estos intercambios entre los tres dan mucha materia para imaginar mil y un cosas, gracias también a que el filme riega montón de lugares ambiguos, como con el gato primeramente invisible o el cuarto sucio y luego limpio. Pero al mismo tiempo el filme es literal, simplemente pudo desaparecer Hae-mi, ya que tenía muchas deudas, además de que con el pozo queda la idea de que puede ser una mentirosa compulsiva.

El filme da pie a que uno lo manipule bastante. También el final visto literalmente es de una brutalidad y fuerza descomunal, verlo así tal cual es impresionante y una expresividad artística. Pero se puede entender como el hartazgo de las frustraciones, aunque algo demencial. Puede ser el sueño recurrente del protagonista, un anhelo oculto y no tan oculto. Ben con el comentario de los invernaderos deja la puerta abierta a la especulación y la imaginación, pero pudo ser simplemente ganas de perturbar a Lee, una maldad, que al final le cobra factura.

Ben es el malo de la película teniendo a Lee por nuestro supuesto héroe, muy entre comillas, ya que queda medio mal desde su rareza, cuando lo vemos masturbándose en el cuarto de Hae-mi, incluso hasta soñarla masturbándolo -lo sensual, tan propio de Murakami-, representación de un ego solitario en movimiento. Lee también tiene de malvado, como termina en el final –en una de las versiones-, o igualmente todo puede ser producto de su escritura, por cuando aparece viviendo en el cuarto de Hae-mi más tarde. Pero ese final también puede ser una catarsis, aunque a un lado salvaje, y en otro, no literal, borrar su fastidio. De todas maneras es un final brutal como novela, y eso puede bastar y sobrar.

Tampoco faltan las escenas domésticas y cotidianas –campo, ciudad- muy bien esparcidas y ejecutadas, los momentos de pasar el rato, que explotan en escenas poderosas como cuando Hae-mi se desnuda del pecho, se híper-sensibiliza, se pone eufórica, luego decae en llanto. Todo es discutible, cada uno de los tres protagonistas puede presentar una versión y hasta más de una, es la libertad de la interpretación en lo plástico de la ambigüedad. Lee o Hae-mi pueden tener problemas de normalidad, ya lo dice las relaciones de familia o la soledad, mientras Ben es sólo un demonio asiático, un pretexto para inquietar el gallinero.

viernes, 2 de diciembre de 2011

Poetry

La última película de Lee Chang-dong es ganadora a mejor guión en el Festival de Cine de Cannes 2010 y es que su relato es de una belleza que mantiene ecuanimidad para con el título, no exenta de inteligencia en un alarde de reflexión constante alrededor de un crimen, la violación reiterativa de una chica de 15 años por seis compañeros de clase, y que relacionan al personaje principal en que su único nieto quien ella sola cría es uno de los responsables. La tragedia se hace más grave aún porque la niña se suicida y es el detonante que da a conocer el infame ultraje al que ha sido sometida. Al provenir de una familia pobre los padres de los indiferentes culpables buscan un arreglo económico que evite que sus benditos retoños vayan a prisión, incluso las autoridades del colegio ayudan en el ocultamiento del caso.

En esa disyuntiva yace Mija (Yun Jeong-hie), una anciana que se siente hermosa y que ostenta una despierta alegría por la vida a parte de una extravagancia moderna decentemente desenvuelta que no roza la estulticia. Una frescura que no recrimina ni exige mucho al destino pero que de cara a la realidad sufrirá cuanto peor embate puede propinarle el inclemente mundo, no solo una enfermedad que degenerará su memoria sino la necesidad de juntar una cantidad grande de dinero que evite el justo castigo de Wook, su rebelde e indolente nieto, que en el filme no se nos presenta como un criminal sino muy natural que lo dibuja desinteresado y ambiguo del rechazo que puede generar al público observador.

El cineasta surcoreano acierta en su forma de manejar tanto la estructura de la realización como la de perfilar a sus personajes, estos son de carne y hueso, no se van a ningún extremo aunque haya ausencia de muchas características e igual siguen tomando sentido.

Caminamos a la par detrás de Mija y conocemos todo su entorno, su rutina, su personalidad y sus relaciones, entre ellas las de empleada del hogar de un anciano adinerado tullido que termina proponiendo un último placer que lo haga sentir viril y todo con una audacia que no chirria en momento alguno, que no parpadea y se mueve con ágil manufactura dando sentido a un recurso que nos vuelve a representar matices. Nuestra protagonista principal es una mujer sencilla, una buena mujer que decide estudiar poesía recordando que alguna vez le dijeron que parecía tener esa inclinación debido a sus cualidades, su gusto por las flores y el uso de palabras complicadas.

Ella traspira transparencia, no pretende ser impoluta a la vera de la santidad y tiende o intenta ignorar la dura controversia pero como toda persona bondadosa por esencia quiere hacer lo correcto y en ese lugar no puede dejar de lado el suceso de la destrucción de la existencia de una indefensa pequeña. Su consciencia, su proximidad con esa desgracia y la actitud de su descendiente harán meditar sin pie a resoluciones fáciles e inmorales, el deber se irgue altivo dentro de su contemplación y su amor solo hace que sus pensamientos se compliquen.

Es rápido el vínculo que fomenta Chang-dong, Mija se hace querer sin sentimentalismos melosos aunque con el artificio sutil desplegado por un director que sabe armar figuras humanas asociándolas y comunicando a través de ellas en una retroalimentación que tiene de pretexto instantes necesarios pero aparentando menor conjetura y sin prolongarlos sino virando como en un mosaico de cortos instantes que representan una mirada a la intrusión de un contexto diario que ostenta importancia sin lejanías ni espectacularidad. Tampoco la predispone a la obviedad aún en la simpleza y en el retrato de su humildad que no impide darle rasgos curiosos o salidas audaces como la del encuentro con la madre de la muchacha violada, un clímax dentro de tantos otros instantes álgidos de filosa expectativa como la espera de aquel poema que tiene que escribir como fin de clase y al que parece no hallarle entendimiento pero que la incita a buscar y a maravillarnos con esa ilusión que enaltece el verdadero fin del arte escapándosele en el arduo sendero de la inspiración que el filme describe, justifica e impulsa en continuo vaivén mediante todo lo que contiene éste relato como con su asistencia e interacción con la cosmovisión literaria de las declamaciones, de las confesiones, de la enseñanza y de la propia fabricación sentimental en el sentido que tenga profundidad y significación uniendo trama con aquello que implica romanticismo que tampoco se hace predecible ni ñoño ya que hay ironía y campechanía hasta la lógica del policía honesto y vulgar que permite la metáfora de las apariencias, en ser sin falsedades, en el optimismo y en que el cariz del planeta en que nos movemos depende de nosotros.

La cotidianidad es otra muestra de maestría, el movimiento de las actividades se mueven variopintas perfectamente ensambladas en compartimentos comprensibles sin sobrantes, cuando parece ir en un sentido menor regresa a otro más trascendente sin agotarnos, con el ritmo y la traslación medida, controlada sin hacerla notar. No solo es coherente sino que no teme permitirse licencias en particularidades y no quiere ser una historia clásica ni manipuladora o extraña pero tiene de todas ellas en dosis imperceptibles para convencernos y guiarnos hasta ese apoteósico cierre en que escuchamos y solucionamos nuestros conflictos internos con la recitación de la lirica del amor y la muerte en honor del sufrimiento de todos los seres humanos colocando en su lugar lo que corresponde. Imprescindible obra maestra de la mejor manifestación de contemporaneidad atípica incluso para su procedencia.