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miércoles, 1 de mayo de 2024

Late Night with the Devil

Late night with the devil (2023) de los hermanos australianos Cameron y Colin Cairnes es una película curiosa, exhibida como metraje encontrado, sobre el último programa de un late show de los 70s, y que hace de un mockumentary, pero que no es tan preciso o fiel al cien por ciento al estilo de realismo que requeriría como documental porque se toma ciertas libertades como mostrar detrás de cámaras demasiado íntimos o donde la cámara no es lógico que esté y hace además uso de un complemento narrativo que implica meterse en la psiquis. El anfitrión, Jack Delroy (David Dastmalchian), quiere firmar un jugoso contrato para una nueva temporada, pero se mantiene segundo en el rating y ha preparado un super programa, donde quiere demostrar la existencia del demonio. Para esto tal cual un programa nocturno de entrevistas planea un debate y tratar de impresionar a su público y a los televidentes. Cada cosa del late show está perpetrada al mínimo detalle de realismo que en mucho se siente que estamos viendo el programa en la tv, con toda esa ambientación de los 70s que además otorga un plus a la propuesta. Van saliendo los invitados, la película se cuece lentamente, dedica un buen tiempo a crearse credibilidad como programa. Inicialmente se hace una presentación de quien es Jack Delroy y se le asocia, típico del sensacionalismo farandulero, con una secta satánica. Ésta misma secta puede ser vinculada con una de las invitadas, en sí el filme se divide en varios frentes del terror y se les puede unir si prestamos atención y vencemos su cierta ambigüedad. Una de las invitadas es muy llamativa, se dice que está poseída por un demonio y una terapeuta paranormal la viene cuidando y es la que puede hacer contacto con ese monstruo que lleva en su interior. El filme se adereza más con la existencia de un ilusionista que se dedica a desmentir toda prueba sobrenatural. Cada uno, como es habitual en los programas nocturnos, va mostrando sus habilidades y la razón de yacer invitados, de proponer una noche especial. Es un filme que se avala mucho de su fuerza/realismo como programa nocturno y cada invitado es un espectáculo en sí mismo. Hay tremenda secuencia que pretende fundamentarse en el ilusionismo y el hipnotismo que genera un buen momento de tensión. Pero el plato fuerte llega para el final, donde la recreación de El Exorcista (1973) hasta hace uso de lo cósmico. Es una película realmente sencilla, pero no deja de ser atractiva, sobre todo por el final, o a partir más o menos del momento sucio de la exhibición de la posesión. Es una historia sobrenatural, pero que justifica todo su universo. El anfitrión también alude ser un personaje cínico y sin escrúpulos, demasiado ambicioso para su propia seguridad, pero como es una celebridad y un notable showman es alguien que se gana al público con facilidad. También el relato tiene una fuerte relación con sacrificios humanos y el demonio se escabulle en cada rincón, apreciando que es el real invitado más importante de la noche. Finalmente es un programa que consigue lo que se ha propuesto, pero como así mismo es habitual en el cine de terror nadie vivirá para celebrarlo, sino será la crónica de un despelote anunciado. En ese sentido es más coherente que muchas otras películas del género en cuanto al caos como espectáculo en sí pero al mismo tiempo obteniendo consecuencia. 

domingo, 24 de diciembre de 2023

Talk to me y Vinil verde

Talk to me (2022)

Éste es el debut de los hermanos gemelos australianos Danny y Michael Philippou. Es una película que versa sobre la ouija pero tiene la personalidad de hacerlo con un antebrazo embalsamado que es la puerta para que el cuerpo se posesione por los muertos -no sólo entablar simple comunicación- y se hace como juego, rato de juerga, como diversión juvenil, pero -como es común en el terror, la inconsciencia o la torpeza- no saben -o no piensan- que los cuerpos pueden quedar dominados por fuerzas oscuras y homicidas que no se irán hasta cumplir su misión -acabar contigo y tus seres queridos-, donde entra a tallar el buen terror de estos hermanos directores que propician muy buenas secuencias como 2 en particular con el adolescente Riley (Joe Bird) donde se perpetran brutales ataques autoinducidos. La protagonista es la morena Mia (Sophie Wilde), la que tiene la carga que superar de que no sabe si su madre se suicidó o murió por accidente y esto engendrará momentos muy macabros y perversos. Traer a los muertos es jugársela con poder haber llamado a alguien quien murió de manera siniestra y su alma esté podrida por lo que simplemente quiera soltar la furia que carga en su haber. Es un filme que esto lo explica bastante bien a través de su relato. En un rato de visibilidad de lo que esconden las posesiones -en otra dimensión, una velada- se ve una especie de orgía sobre un cuerpo dominado por lo oscuro. También es atractivo ver que el mal es tramposo, se hace pasar por soluciones, como la que genera superar el trauma de Mia, o acabar con el sufrimiento de un ser moribundo que se repite como falsa segunda oportunidad o falsa lección. Aparte de la ouija se puede ver como cierta adicción, a hablar con los muertos, sobre todo si hay algo detrás en especial en ese espacio que queremos conocer, como le pasa a Mia. El mundo terrenal con la mano psíquica abre la puerta a que semejante a un estado de alucinación propia del desequilibrio mental se generen sucesos terribles o los induce a suceder. Como los hermanos Philippou son jóvenes y seguramente divertidos han colocado parte de su esencia en una propuesta que intenta ser cool, generar empatía hacia un público objetivo juvenil, con ellos de protagonistas. Es una obra que no es que invente mucho, sino que sabe manejar lo que bien es conocido y darle una impronta de cierta novedad o buena articulación generando destacar como película de terror. Muchas de las alucinaciones, la interacción con muertos putrefactos, son notables y tiene momentos donde a lo El Exorcista (1973) se trabaja con el impudor, la vergüenza y lo sacrílego. 


Vinil verde (2005)

Éste es el 8vo cortometraje del brasileño Kleber Mendoza Filho y se puede ver como película de terror más fantasía cuando una niña traviesa y curiosa no puede cumplir con una simple promesa, no poner y oír un disco de vinilo verde, cuando la mamá sale y la pequeña se queda sola, y aunque esto trae sorpresas macabras, impactantes y desagradables no puede dejar la niña de seguir oyendo el vinilo verde. Ésta simple premisa genera mucha curiosidad, por saber que va a pasar ahora, pero al filme se le puede atribuir un lado intelectual más bien, aludiendo el día a día, y nuestro comportamiento natural y más tarde nuestra manera de ver el mundo. El corto tiene también un estilo, se exhibe como fotonovela, captura y narración a través de fotografías. Es una propuesta que nos dice que no hay que temerle a la vida y hay que tomar nuestras propias decisiones, como afrontarlas. Cada padre enseña su propia forma de vida, pero uno cuando va creciendo debe redondear su propia mirada. Uno debe escoger su camino, por donde seguir. Es la lección de un padre que no es autoritario, pero tampoco se puede ser tan permisivo, flojo, indiferente o despreocupado, de aquí que nazca el terror en la película y, así, en la vida misma, manifestar un exceso de libertad, o no contener reflexión. Igualmente se trata de dejar vivir, y de entender que los niños son un poco como los gatos, muy curiosos, y les gusta hacer travesuras. Ese final que puede desconcertar, sobre todo ante querer subir la apuesta, es más bien un acto de profundidad, con un detalle que aparentemente rompe con el hilo, como una sutil ironía, de paso, pero lo hace para trascender, aun a riesgo de sacrificar el entretenimiento que viene de atrás perverso y lúdico con el suspenso del ¿y ahora que va a pasar? 

sábado, 5 de marzo de 2022

Not Quite Hollywood: The Wild, Untold Story of Ozploitation!


Éste documental del 2008 de Mark Hartley nos refiere al cine de explotación de Australia que tuvo su nacimiento y época de gloria a comienzos de los 70s hasta fines de los 80s, al lado de la llamada nueva ola australiana encabezada por la aclamada Picnic at Hanging rock (1975). El Ozploitation, cómo se le conoce a éste cine de explotación, llegó a su máxima gloria con Mad Max (1979) sobresaliendo su impresionante trabajo con los autos, con sus poderosos choques, acrobacias y velocidad extrema. Pero lo más divertido es lo que forma el grueso, la base y esencia de éste cine trash australiano que James Wan -nacionalizado australiano- le rinde homenaje, lo lleva al paroxismo, con la reciente Malignant (2021). Wan cuenta que se inspiró en una escena de Mad Max para Saw (2004), la de la sierra manual. Tarantino sale hablando bastante y lo hace desde el fanático y apasionado de éste cine, con lenguaje bien de a pie, super directo, con expresiones que se perciben auténticas de entusiasmo, con sus frases cinéfilas poderosas; lo dice todo a boca de jarro y pega saltos en el asiento y ríe y celebra como un loco extasiado. Dice que Kill Bill (2003-2004) le rinde homenaje a uno de sus héroes cinéfilos que pertenece al Ozploitation, a Brian Trenchard Smith, que actualmente vive en EEUU y se dedica a hacer cine pero para video. Trenchard también es entrevistado; él es uno de los grandes nombres del ozploitation. Tiene hitos australianos como Los Bicivoladores (BMX Bandits, 1983; una de las películas claves para la carrera de Nicole Kidman). Todos los gestores de éste cine salen hablando y lo hacen con entusiasmo que se siente en la piel, con mucha felicidad y contento, entre el desenfado y el orgullo, porque por más trash que haya sido el ozploitation lo sienten original, innovador, honesto y que profesaba identificación cultural, identificación y creación propia, muy personal, hacían un cine neta y poderosamente australiano. Se llega a mencionar que el vomito brutal en El Exorcista (1973) fácil se lo copiaron de ellos -aunque pudo ser ironía decirlo-. Por otro lado el cine italiano tan imaginativo y popular los calcaba en varias producciones. El Ozploitation pasó por la explotación sobre todo del sexo, el terror, la comedia y la acción. Hubo mucha trasgresión, se solían retar cada vez más, romper limites con mayor extremismo que hasta se decían que qué estaban viendo, que qué estaban haciendo y ríen todos los entrevistados cuando lo recuerdan; muchos de estos entrevistados son productores, la mayoría de espíritu jovial y muchos de ellos taquilleros, aunque alguno dice que se trataba de ganar para esto invertirlo en la próxima locura; otro dice que lo comercial puro y duro es complicado de vender, la gente prefiere cierto estándar, de ahí el título del documental. Los críticos odiaban el ozploitation, algunos son entrevistados pero lo toman frescos, como quien tenía la lógica de su parte. Había un productor en particular que lo llamaban el Roger Corman australiano y es otro habitual entrevistado de ésta obra. Una vez que se venció a la censura (y hay sarcasmo con la mención de un censor manco y la masturbación cinéfila, expresión que también usa Tarantino), el resto fue hacer lo que la imaginación quisiera, y ahí también anida inventar vicios y perversiones pero desde el acto de querer entretener. Hubo identificación cinéfila dentro y fuera del filme con la irreverencia extrema, aunque también se apuntaban algunos malos elementos que no entendían de la sátira que se trabajaba. Se dan respuestas de esto -hay descargos de criticismo- con bastante ironía y relajo. Éste cine de explotación estaba plagado de incorreción política, habían bromas gruesas de todo tipo. Eran épocas muy osadas y, como manifiestan, muy divertidas, pero también peligrosas, porque se retaban mucho con el cine de acción; ahí entran a tallar dobles míticos que hasta Jamie Lee Curtis celebra a alguno de acá muy en particular (se habla también de un imitador de Bruce Lee que trajeron de Asia a Australia y era bastante antipático). Jamie es entrevistada porque también participó del ozploitation durante su apogeo como scream queen y final girl tras la icónica Halloween (1978). Kill Bill también rinde homenaje a otro grande de éste cine que es Richard Franklin con su película Patrick (1978) y estar en coma; Franklin murió joven, a los 58.  El filme de Hartley también le dedica ésta propuesta a Franklin. Australia es más que coalas y canguros dicen los autores del ozploitation, si bien explotaron al máximo el desierto como lugar común nacional. Éste filme está  lleno de anécdotas, e historias de primera mano, de los artífices absolutos (están todos), entrevistados de lujo y muy francos, es un documental muy completo, hasta hay chismes. Hablan inclusive cantidad de las chicas bellas y sensuales que se  desnudaban como pan de cada día y que curiosamente muchas no son efímeras actrices; vemos ahí -también de joven se desnudó- a Jacki Weaver. Es un documental visualmente muy bueno, presenta una gran edición, es cool, bastante entretenido, sin abrumar con demasiada información pero dando una mirada panorámica y representativa que sacia el tema y al buen cinéfilo.

sábado, 11 de diciembre de 2021

Nitram


Nitram (2021) es una película que se despliega en la temática de la venganza y en la criminalidad, temas que domina el talentoso director australiano Justin Kurzel. Ésta venganza es contra algo gaseoso, la venganza es contra el mundo, contra nuestra vida y nuestras frustraciones y los tantos golpes y humillaciones de la existencia. El filme analiza el por qué de la masacre de Port Arthur, Tasmania, Australia. Al protagonista se le llama despectivamente Nitram (Caleb Landry Jones), es un chico con problemas de adaptación, extraño y quizá un poco loco, pero intenta ser algo decente, pero es el mundo y la gente que lo rodea que con tanto golpe lo empuja hacia abajo medio sin querer; la realidad es así de dura para todos, vivir es complicado y decepcionante muchas veces, hay que lidiar con esto para sobrevivir e intentar ser feliz, pero Nitram es visto como un retardado y cómo a veces se comporta de manera absurda y desequilibrara la caída le llama con fuerza. La historia también es como éste peso recae en especial en la madre (una estupenda Judy Davis), que comete el error de no tolerar ni comprender a su hijo complicado, cree incluso que se burla del dolor ajeno. Nitram es más cercano a su padre (un gordo y carismático Anthony LaPlagia), quien es dócil con él y lo trata con sensibilidad y mucha paciencia, paciencia de santo. No obstante el padre es un hombre muy frágil y hará que Nitram más bien pierda el equilibrio con su debilidad e hiper sensibilidad. Nitram en el fondo tiene buenos sentimientos, necesita rumbo y mentores más sabios. Pero Nitram yace un poco abandonado a su suerte, a sus defectos y a malas interrelaciones personales. No obstante conocerá a una mujer interesante, aunque un poco freak, interpretada por una virtuosa y mayor Essie Davis. Caleb Landry Jones ganó mejor actor en el festival de Cannes 2021 por ésta película y es muy merecido. Nitram en sus manos luce infantil, con continuos exabruptos y reacciones desconcertantes, pero no luce violento. En todo esto entra a tallar una denuncia, la facilidad y hasta la corrupción para conseguir armas para la época en Australia, mediados de los 90s, algo que se dice asoma nuevamente en la actualidad. La desadaptación de Nitram empieza a tomar peor forma cuando descubre las armas, su descontento existencial toma un hobby peligroso. El resto, entonces, es cuestión de tiempo, Kurzel no recrea mucho la masacre (evitando lo más fácil y llamativo), apenas lo mínimo y muy acomodado, porque ya dejó en claro lo que busca razonar, de dónde proviene, cómo llega a suceder, el incidente, todo el cúmulo de errores alrededor de Nitram y además deficiencias de la ley. Vemos como todo golpea a la madre en una toma super sugerente y poderosa, que concentra mucha tristeza silenciosa y puede que hasta culpa. Nitram es también una víctima del mundo. Reducir todo a la locura es no ver el panorama completo, no ir más allá de la superficie, de una parte del problema, mal llevada, incluso se ven médicos negligentes, como gente abusiva, soledad y malos guías. Es un filme notable para pensar en la criminalidad, en argumentar causas sólidas. De paso es atrapante.

martes, 29 de septiembre de 2020

The plastic house


The plastic house (2019), de Allison Chhorn, es un documental de cine experimental, es un tributo a los padres -recientemente muertos- de la directora que tenía 27 años durante el estreno de la película. El filme pone a Allison a cuidar de un enorme vivero familiar, vemos como vive en el mismo lugar, su casa es continua al vivero. El espacio es un territorio emocional, un territorio íntimo. El lugar donde vivieron y trabajaron los padres sirve para exponer cómo se siente la protagonista, Allison, australiana de rasgos orientales. Hay grietas en la casa donde el filme pone el lente, los pone en primer plano en repetidas ocasiones, son como heridas por curar, cicatrices, como la etapa que vive Allison actualmente, de quiebre, de dolor, de luto. Es una historia sobre el tiempo además. El filme muestra la soledad de la protagonista, como cuando escucha música en un rincón, como cuando espera por dormirse y los ojos los tiene pensativos, tristes, en el silencio y la inmovilidad, en esa pasividad que arde en el cuerpo y si no sana destruye. El vivero pasa por ciclos, como el ser humano o la humanidad, nacimiento, maduración y deceso. Hay momentos donde todo es árido, desértico, se ve como abandonado, destruido por el viento y la lluvia, contra lo que luchaba el padre de Allison para embellecer su vivero. En otros momentos la semilla pega, la vegetación crece, el lugar se ve verde y hermoso, frondoso, luminoso. El filme se llama la casa de plástico por el plástico que está en el techo sobre el vivero. Este plástico también se rompe, se agita y se destruye con el viento y la lluvia, también brilla el sol a través de éste y protege el lugar. El lugar simboliza, yace como un elemento vivo, que late, como parece suceder con las grietas de la pared por donde la cámara recorre. A ratos se oye una banda sonora como salida de una película de David Lynch, hay algo surreal en todo esto. Pero el filme en buena parte luce muy natural, como cuando Allison duerme en el carro y se levanta con la pala para cubrir el pasado, y mirar hacia el futuro, hacia tender la semilla y volver al ciclo de la vida, del vivero en esplendor. Allison no muestra mucho su rostro, el pelo le suele tapar la cara, se le ve ponerse la ropa de espaldas. Ella yace como escondida en este lugar que lo abarca todo, que la dibuja de cuerpo entero, que habla por ella, que muestra sus sentimientos más poderosos y personales, también desde lo muy claro, seguir con la labor de los padres, seguir con el lugar que ellos amaban y compartieron con ella, es una muestra de amor y continuidad, el lugar es eso también, un  templo, donde padres e hijos compartieron afectos y experiencias. El vivero es un lugar donde las voces de los padres siguen oyéndose, incluso literalmente, con las grabaciones familiares que va mostrando Allison con una cámara de mano. 

domingo, 6 de septiembre de 2020

Relic


Relic (2020), debut de Natalie Erika James, no es una gran película, pero tiene sus cosas interesantes y entretiene, no es tampoco mala. El filme en mucho parece un drama de extrañezas, enfocado en la abuela de la familia, que empieza a sufrir de demencia senil. Éste filme australiano celebrado en el festival de Sundance centra su terror en Edna (Robyn Nevin). En ello tiene su virtud, enfocarse en un sólo elemento en lugar de disparar un caos de elementos buscando sorprender al espectador de forma barata, rápida y fácil. El filme en mucho tiene una temática seria, la vejez, dentro del horror que la complementa y que nunca exagera. Aun así hay un momento en que el filme explota en terror, pero se calma al rato y vuelve a ser digamos introspectivo. Esto puede no gustar a los que buscan emociones fuertes en el género, pero igualmente por lo mismo puede enamorar al público, como ha pasado en Sundance. La historia es sólida y en cierta forma minimalista para pensar. Edna dice una frase melancólica y terrible a un punto, ¿dónde están todos?, lo dice en un lapso de suma debilidad, apuntando a la vejez. La trama presenta a tres generaciones de mujeres en una familia, las relaciones son realistas, tienen un comportamiento donde exhiben amor y cuidado, pero con sus fastidios, enojos y egoísmos. Edna a ratos es difícil. Aunque Emily Mortimer es el rostro más fácil de identificar es realmente Robyn Nevin la que tiene más carne en la película. Mortimer es la madre de Sam (Bella Heathcote) e hija de Edna. Sam tiene su buena y extraña escena de terror atrapada en la casa. Éste filme también va de casas encantadas y maldiciones. Ésta lectura recubre el realismo de la vejez y la demencia senil. 

sábado, 5 de enero de 2019

Dark City


Película del director australiano Alex Proyas que con The Crow (1994) y Yo, robot (2004) son sus mejores películas; The Crow y Dark City (1998) son películas de culto. Dark City parece un cómic llevado a la pantalla grande. Su ciudad en tinieblas, sus extraterrestres de hielo, movilizado dentro del código del cine negro y la novela gráfica es todo lo genial  que uno puede esperar de un sci-fi. La historia es rocambolesca, parte de algo demencial, pero entretiene bastante en el relajo de sus formas. Maravilla lo fantástico, su visualidad, como con la bañera en un lugar lúgubre y sucio y el señalamiento de asesino en serie del protagonista y mesías, John Murdoch (Rufus Sewell), que se niega estoico a creerlo y termina enfrentando la manipulación de su ciudad, que recuerda a una mezcla entre The Truman Show  (1998) y, la muy popular en la misma temática, aunque viene después, Matrix (1999). Los contextos cambian constantemente –como con el espectáculo de la arquitectura y el espacio, la sala de experimentación-, la gente duerme como títeres al sonido del reloj, de las doce, se implantan memorias, nuevas existencias al gusto, como ratas de laboratorio, asunto por el que discurre todo el filme, en tratar de coger el alma humana, entender a la humanidad y emularla, con una humanidad que aquí tiene una imagen positiva y valiosa a diferencia de como suelen retratarla por lo general, autodestructiva, poco meditativa, violenta. En el filme la humanidad es noble y sólo busca liberarse, ser autónoma, a través del elegido. Por el final el filme se vuelve una lucha frontal de fuegos artificiales, cae de lleno en la ciencia ficción más pirotécnica, pero con su detective de policía (William Hurt) y su cantante sexy (Jennifer Connelly) es el noir en todo su esplendor también, con pesquisas de misterio –hasta existenciales- aunque propias de un estado de locura. Kiefer Sutherland está sobresaliente en los dos polos de acción -el bien y el mal-, y lo hace de manera de que nunca pierde su verosimilitud.

domingo, 23 de diciembre de 2018

Dulce país (Sweet Country)


Western australiano perteneciente a Warwick Thornton, ganador del Premio Especial del Jurado en el festival de Venecia 2017, que resalta por la inclusión en la historia de negros aborígenes como servidumbre explotada y maltratada. Cuenta la historia de un hombre de color que en defensa propia mata a un caucásico. El filme utiliza la elipsis en varias oportunidades y hasta algunos flashforwards como destellos. Hay un hombre blanco que sufre de problemas psicológicos, lo vemos sufrir a solas, preparando su arma y disparando a campo abierto, cuando se encapricha con la sobrina de un empleado negro. A Sam Kelly (Hamilton Morris) entonces no le queda otra que disparar y matarlo en una escena potente, visualmente hermosa. El filme no cuenta con muchas escenas de acción, portentosos tiroteos o grandes duelos, pero sí una buena aventura en el escape, donde la película se hace totalmente impredecible, con una llanura de especial estética, salina. La personificación del niño Philomac (interpretado por los gemelos Trevon y Tremayne Doolan) es impresionante, aun cuando su aporte a la narrativa es menor, pero sus mataperradas, su fuerte carácter y su sencillez formal deslumbran en la entrega al rol. En el filme se vive una atmósfera de injusticia hacia los aborígenes negros, pero éste niño no presenta un cariz melancólico, sino una recia y astuta sobrevivencia. Igualmente otro aborigen, Archie (Gibson John), es una personificación magistral, un viejo lobo o, mejor dicho, un dingo. Hay tremenda naturalidad. Bryan Brown es el sargento Fletcher, el tipo rudo, duro, pero finalmente honesto y justo; es un sujeto con mucho carácter, pero no un superhombre. En el filme se da la expectativa de que se enfrenten Fletcher y Kelly. Kelly aunque es un hombre humilde maneja muy bien el arma larga, es de lo más básico, pero aun así imponente. Es un western con todas las de la ley, muy bien plasmado en suelo australiano, de manera esencial y efectiva. Sweet Country (2017) habla de lugares oscuros del pasado y de un futuro incierto. No obstante el levantamiento de una iglesia es la puerta a la esperanza.

lunes, 20 de abril de 2015

Snowtown

Ya se sabe la alineación de las competidoras por la palma de oro 2015, y uno de ellos es el australiano Justin Kurzel, de quien hablaré de su ópera prima, estando su segundo filme Macbeth en la disputa en Cannes de éste año.

Snowtown retrata hechos reales, sobre los asesinatos de Adelaida, una ciudad de Australia, en los suburbios, a manos de John Bunting que fue ayudado por otras personas, y una de ellas es el protagonista del filme, Jamie Vlassakis (Lucas Pittaway), que es un adolescente de 16 años que sufre de un abuso de pedofilia por parte de un vecino y pareja de su madre, y una violación a manos de un hermano, con lo que su relación con Bunting (Daniel Henshall) se hace muy “acorde” con lo que está padeciendo, en que éste asesino serial se había propuesto limpiar las calles de ese tipo de gente, en un asunto perturbador que involucra la tortura y la desaparición que pasó de apasionadas discusiones caseras entre amistades del barrio hasta deshacerse de homosexuales, retardados y drogadictos, incluso familiares próximos.

Es un filme oscuro donde Bunting con esa sonrisa de chico perverso manipula a todos a su alrededor con su fuerte personalidad y carisma que arrastra a los demás hacia la violencia, que se siente más que lógicamente oculta, viendo que el filme recurre a momentos puntuales, que hablan de algo tras bastidores en medio de la carencia material, el peligro de la zona y la disfuncionalidad familiar. Bunting tiene una presencia imponente y llena un hueco, se presenta como una necesidad; ésta parte de actos de venganza contra el vecino pedófilo instigándolo a que se retire del lugar, en un intensidad seca que se decide en la frialdad de alguna estética cromática, con golpizas atroces en una bañera, luego escondidas en mensajes de despedida planeados por los criminales.

Jamie Vlassakis es una pieza de las circunstancias, él queda doblegado y luego atrapado en un acto de (extrema) defensa que se torna demencial. Ahí lo vemos sufrir frente a lo que está desbordado, atemorizándolo y horrorizándolo, en un limbo de iniquidades y crueldades que aparentan una justificación pero que se enciende de locura, donde la ausencia de la previsibilidad de la ley y el abuso contra el débil se convierte en una paradoja de eliminación sistemática. Es un filme donde hay poco respiro. No obstante aparenta calma, una que vistos los sucesos se hace mucho más dolorosa que abiertamente, en donde se ve el quiebre emocional del muchacho, en el uso de drogas, como en aquella pesadilla que abre el relato y que dictamina un rumbo hacia el abismo, en un quehacer que involucra la determinación del abandono general, en una obra sumamente pesimista, terrible, donde los suburbios desbordan de suciedad.

El filme toma una posición de suma observación, como en los ojos atentos, que hacen de reflejo, de Jamie, y sus lágrimas furtivas, que involucran constantemente al miedo, muy bien retratado en aquella llamada dubitativa a la policía. Éste filme tiene una mirada de cierto parecido pero con otra dirección o quiebre a Prisioneros (2013). La presente propuesta describe perfectamente estar encerrado en un interminable ciclo de salvajismo. La zona y sus carencias no dan tregua; primero en la pasividad y luego en la brutalidad que ensimisma un callejón sin salida.  

lunes, 6 de abril de 2015

The Babadook

Película de terror y ópera prima de la australiana Jennifer Kent, que nos cuenta como una madre debe lidiar con su hijo pequeño problemático, que está obsesionado con los monstruos, para lo que fabrica armas rudimentarias, trampas y defensas contra ellos, pero que en realidad significa, alberga, un dolor y un rencor secreto de madre hacia hijo, una distancia/conflicto interior que el Babadook permite verlo y enfrentarlo, aunque el accionar e intención de éste luzca mortal, terrorífico, tan peligroso, en una enajenación fuera de sí, parecido a El resplandor (1980) donde algo se apodera de Jack Torrance teniendo antecedentes de alcoholismo y abuso familiar que anuncian el despertar de esa locura que le provee la invasión del lugar, y se convierte en un asesino desquiciado, como lo deja ver el cuento hallado en el hogar que implica a una bestia fantasmal llamada Babadook, en un llamado gutural, pero que más es una psicología, y una interiorización, una expurgación de nuestros demonios, a razón de que Amelia (Essie Davis) cuando iba a dar a luz sufrió un accidente en auto por el apuro, donde murió su amado esposo, culpando silenciosamente desde ahí a su hijo de esa pérdida que no logra superar en 7 años, como cuando dice el niño que no celebran su cumpleaños, y que poco a poco se va desentrañando en un trato que muta hacia la violencia más descarnada, enferma, como con el perro y el cuchillo en la mano, surgiendo primero un deterioro y alucinaciones premonitorias, uno que insufla el niño con su mala integración al colegio o con los propios familiares, viendo como hiere a uno ante la rabia, y es que todo gira en base a una determinante ausencia, como lo representa ese sótano donde un ente demoniaco pide le entreguen/castiguen al niño, y es la mentalidad oscurecida en la intimidad del corazón, que se proyecta y se desarrolla en lo paranormal, en dicha simbolización, en una sentencia de muerte, como recuerda aquel mítico redrum (asesinato en inglés escrito al revés).

En medio de ese contexto es interesante ver como el rostro de la actriz Essie Davis, que demuestra mucho talento para la ocasión (cuando el niño Noah Wiseman no lo hace mal, pero a veces lucen sobreactuadas sus rabietas, si bien sus ratos inteligentes se concretan muy bien), alberga todo ese sentir interno y el que vive alrededor, de corrupción, depresión (palabra clave para entender el germen desencadenante de locura), cansancio, abandono, envejecimiento prematuro, soledad, carencia de su sexualidad/sensualidad –como con el vibrador y la intromisión de los temores del hijo, un sentido de culpa también, habiendo un quiebre latente abrupto de mujer carnal a madre- y cierta pasividad al comienzo, frente a un niño que grita constantemente, es hiperactivo y causa tantas molestias producto de su fijación, una justificada, en un reflejo del trato que viene teniendo velado en pantalla, hasta desentrañarlo en la demencia que invoca el Babadook, siendo antes algo cotidiano, mínimo y disimulado, en esa madre que parece dócil y amorosa, pero que en realidad no perdona a su hijo por algo involuntario, y lo maltrata tras bambalinas, pero esa es la domesticación que buscan una vez que explota el dolor, teniendo que buscar manejar a ese monstruo, que llega a lo literal, en lo que tiene buenos efectos como con el adelanto de la noche al día que habla de pesadez y fatiga, o alguna visión fantasmal. 

The Babadook es una buena historia de terror que a muchos ha emocionado, que articula la lectura del sentir de la madre absorbida por la maternidad, incluso de ella sola, y como debe manejarse con la tensión y sus responsabilidades, exacerbadas para fabricar un buen susto. En ello hay que decir que el Babadook cumple a perfección, que siendo propio de un cuento infantil también hace de las suyas produciendo algo mucho más tenebroso, sin provocar hilaridad, sino es contundente, apreciando que lo llegaremos a ver, aunque en claros oscuros, como en cierto expresionismo, siempre entre las sombras, como digno de esas pesadillas que atormentan a Amelia desde el principio. 

martes, 22 de julio de 2014

Mary and Max

Película australiana ganadora del festival de cine de animación de Annecy 2009, es una historia de lucha contra la adversidad de ser excluido, por tener una grave dificultad de adaptación social, o ser considerados perdedores,  en el caso de Mary por su apariencia física aun siendo una niña de 8 años al inicio del filme, por lo que lo único que los protagonistas quieren es tener un amigo de verdad, y de eso trata, lógicamente con conflictos de por medio (desde el inicio, y a razón de la entrega y la fe), cuando Mary envía una carta curiosa. Y toda la película lo es, cargada de sorpresas, ocurrencias, audacias, inocencia –que me recuerda un poco, junto con el uso de un estribillo de sonido musical, a Peanuts- mezclada con temas espinosos o conceptos adultos, como de tipo sexual o enfermedades mentales (otro punto muy bien trabajado, como el asperger y los trastornos de ansiedad de Max, o la agorafobia de Len).

Ésta propuesta tiene descripciones biográficas o del mundo plenas de imaginación, ironía, nobleza y sobre todo mucho ingenio, con lo que la correspondencia constante que se envían Max (la voz es de Philip Seymour Hoffman) y Mary (voz de Toni Collette) es parte central de ir conociéndolos y compatibilizando con sus problemas y quienes son, como se comportan, sus aficiones de coleccionistas que los muestran nerds o freaks, el desmedido apetito que trae comer comidas impensadas cargadas de dulces, o como sufren siendo buenas personas, indispuestas por la gente, la familia, sus tantas propias imperfecciones -la mayoría dadas sin escoger- y en general por la sociedad (aunque también da oportunidades cómo se las quita, véase la lotería o la comprensión para bien y mal de cierto retardo ante una muerte accidental).

Mary and Max es una animación en stop motion que hace hincapié en el detalle, preciso, representativo y sugerente, en la cotidianidad, en lo ordinario, en nuestra contemporaneidad (la del aislamiento, la soledad y la incomunicación, tanto de la urbe sobrepoblada como de la frase pueblo chico infierno grande), si bien parte de los 70s bajo vidas sencillas fuera de la moda y lo mediático, que otorga consciencia de un contexto que aporta mucho a las personalidades, no siendo poca cosa porque se mueven en la misma base de todo el conjunto, la descripción pormenorizada y harto efectiva de sus criaturas.

En Australia donde vive Mary predominan los marrones, los ocres,  y en New York donde Max los grises, el blanco y negro. Brilla el rojo para señalar la felicidad, pequeños destellos detenidos eternamente para acogerse al cambio y la iluminación de la existencia como esas estrellas que deslumbran al envejecido protagonista; radicar en el sueño de la amistad y el optimismo. Véase el pompón -que yace en un sombrero- que obsequia la niña poco agraciada al cuarentón sumamente obeso lleno de manías y desequilibrio emocional. En la niña está la continua presencia de la caca como símbolo de su sociabilización, un especie de estigma, incluso durante un tiempo bajo algo visual en una mancha de nacimiento. Y es que el retrato puede ser bastante duro, dramático y triste debajo de todo su manejo cómico y bello. Ya lo define el manejo literal de un anillo de juguete de la pequeña, que implica estados de ánimo y realización personal. El color y la pasión anidada en la fraternización.

Hay mucha empatía y seducción para con el espectador, pero en ese trayecto el director y guionista Adam Elliot demuestra complejidad, laboriosidad y honestidad con el arte y con su serias y actuales temáticas, que nos tocan, directa o indirectamente, a todos por algún momento de nuestras existencias, bajo la sensibilidad. El martirio está algo velado en toda su crudeza y frialdad, ya que no dejan de ser dibujos destinados a la familia, tanto como al adulto, pero dentro de lo más que suficiente para entender bien que retrata. Las deficiencias yacen en tono “alegre”, discreto a un punto, aunque se trate la idea del suicidio y la grandilocuencia de la decepción. El filme presenta buena onda, naturalidad, humor, simpatía y relajo. Hay gran equilibrio al respecto.

Max es judío pero ateo, tiene un amigo imaginario y nunca ha tenido una relación sexual teniendo 44 años de edad aunque alguna de sus palabras favoritas sea de esa índole sin que por ello pretenda nada. La pedofilia se descarta de inmediato en la trama, hay noción y exhibición de esto y sirve para revelar/diferenciar el alma diáfana y sana, de la ignominiosa y repudiable que se hace justamente de lo sentimental, regalos, el ser desconocidos y la facilidad/disponibilidad emocional.

No solo yace la estupidez o lo atípico, sino la frustración, la monotonía y el conformarse con esto. Los animales, las mascotas, también tienen injerencia en los protagonistas, en su humanidad y tipo de personalidad; uno tiene un gato tuerto, desagradable y lastimero a la vista, que sufre de halitosis y que ha recogido de la calle; mata continuamente sin querer a sus peces y sigue la senda de la dinastía numérica ante una nueva compra; la muchachita tiene por mascota a un gallo que cayó de un camión cuando iba hacia un destino anunciado.

La derrota es invocada desde el inicio, por ambas familias; Mary tiene una madre alcohólica, descuidada, fumadora empedernida y ocasional ladrona de necesidades del hogar; el padre es un aficionado taxidermista de pájaros y un obrero, un tipo algo freak, vaciado, silencioso, apagado y robotizado sin ser mal ser humano. Y hacia ahí va Mary, pero es este canto de amistad de un continente a otro, a la distancia, el que le da un sentir de triunfo, de realización personal, más allá de consumar el reconocimiento y lo profesional, en que el tema es una esencia de nuestra humanidad, concretar un anhelo central, algo tan simple como compartir con un verdadero ser querido, y no es un mensaje ñoño, gracias a como se sobrelleva todo, con calidez pero con suma inteligencia. ¡Qué bonita historia!, una para recomendar infatigablemente.

sábado, 12 de julio de 2014

The Rocket


Éste filme australiano ganó el reconocimiento de mejor ópera prima en el festival de Berlín 2013, como el de mejor actor para el pequeño Sitthiphon Disamoe, junto al premio de la audiencia, en el festival de Tribeca del mismo año, lo cual al respecto de éste último galardón resulta bastante lógico, siendo uno de aquellos que priorizan enternecer, y empatizar emocionalmente –tocar la fibra del corazón- con el espectador, pero sin llegar a cuotas donde la autoría, el relato entre manos y el arte desaparecen frente a las ansias comerciales.

Se nos cuenta las desgracias de un niño que carga con una supuesta maldición, de acuerdo a la tradición y el folclore de la tribu a la que pertenece, donde los gemelos son señal de mala suerte, de penurias a su alrededor, como contra cualquiera de sus vínculos, lo que genera miedo e ira, incluso entre la propia sangre, que en la fuerte creencia en la superstición –entendiéndolo desde el siglo moderno, con un manejo voluble, flexible y redimible, en una historia que tampoco exagera el uso de ese lugar común, si bien es el leitmotiv del filme- y las tantas carencias, como el dolor de la nación, implican un arduo ser y existir para Ahlo, Sitthiphon Disamoe (en dos planos que agreden al pequeño protagonista, juntos y separados, ante la desconfianza y el descargo ajeno), para lo que él debe enfrentarse con la pobreza y cambio de hogar de sus padres y abuela, que son obligados a trasladarse por su cuenta producto de una construcción de desarrollo (hay en conjunto una sosegada crítica social, a un costado de lo implícito, algo muy leve sobre el quehacer del estado y de ciertos privilegiados, pero también sobre lo cultural, lo cual genera equilibrio, dándose el predominio a la capacidad de narrador de cuentos que tiene el director Kim Mordaunt), estando contextualizados en los remanentes de los bombardeos americanos contra el país, ante la repercusión de la guerra de Vietnam.

En el camino familiar cada calamidad es achacada a Ahlo, un niño como cualquiera, juguetón y sumamente despierto, que además tiene talento para lo científico y lo manual, lo que le abrirá la oportunidad de sacarse de encima la idea de ser pájaro de mal agüero; ensalzado ese sentir por casualidades, travesuras, errores, y las circunstancias siempre extrañas e impredecibles del yacer en el mundo, como alguna defunción importante en su núcleo familiar ante la distracción y el cansancio, asunto que sobrevolará de distintas maneras sobre la trama, que se ubica en Laos, la muerte, en un pueblo que vive de ceremonias fúnebres y demostraciones de devoción y recuerdo latente tras una realidad de amplia mortalidad post-coyuntural, a razón de la guerra, sumado el accidente, por la precariedad social, y la enfermedad a esa vera. Es entonces que Ahlo tendrá en sus manos una gran responsabilidad, darle una mejor vida a su familia, rebatiendo el “designio” de su nacimiento.

El filme es relajado, todo al fin y al cabo se lo toma con ligereza, sin demasiada preocupación, hasta con lo místico puede presentar un toque irrespetuoso, una mirada contemporánea, desde un sentido, claro, la inocencia en el acto, salvo dramatizar para empatizar con el niño, siendo a veces muy obvio, en el rechazo, y en parte simplista. Pero es que se trata de una propuesta amable, familiar si se quiere. Sin embargo debo decir que tiene cualidad en ello, armando muy bien el clima y los antecedentes, para ir al título que preciso se ha dado, el de “El cohete”, haciendo nuevamente manejo de la tradición y lo folclórico, lo cual invoca el mismo equilibrio antes mencionado. Si esto sirve para limitar o lucir ignorante, también funciona para unir a la gente, ser feliz con tu cultura y hallar un sentido positivo y optimista a la existencia. La lluvia invoca todo ello, como también juego, ingenio, esfuerzo y broma, entretenimiento. El filme no engaña a ese respecto, no pretende demasiado.  

Señala el pasado pero desde la neutralidad del historiador sin nacionalidad ni crítica, sin compromiso que no sea la superación, el olvido, pasar la página (léase como una lectura sencilla, facilista, algo lejana, buena onda, en una especie de misticismo positivo, o lo que es, entretenimiento puro), haciendo gala más bien de su uso como cuento, transpolar los bombardeos angloamericanos a la sustancia ficcional del cohete específicamente, como leyenda, en el tigre que duerme, dejando de ser bombas, sino fuegos artificiales, algo esperanzador y hermoso.  Como se dice, que manía de recordar los momentos dolorosos; en un canto de mirar al frente.

El relámpago en el cielo es el lenguaje que el filme atribuye a lo que los otros se lo dan a la cabeza de toro macabra, lo diáfano por sobre lo oscuro, un intercambio, ver distinta la realidad, como quien se compromete con la felicidad, esa que destruye toda señal de arcaísmo, lo reinventa, lo hace saludable. Acalla la preocupación con la risa, de ahí las alusiones inocuas, simples, a falos con los cohetes, o al acto sexual y la micción en la costumbre indígena de hacer llover. Ni qué decir del tío raro, vestido de púrpura, un vago y alcohólico, que imita a James Brown, el toque curioso, en quien prima el desenfado controlado, y al que se le trata de dar dentro de toda su imperfección, una pizca de respeto, una luz de inteligencia, de conocimiento, que sirve para ayudar al cometido de la construcción del cohete. Es un personaje simple acorde con lo que indica, que va en la ruta de lo creíble dentro de su cariz efectista, mientras que por otro lado redunda, se hace demasiado notorio, el cariz de alegría infantil. No obstante sí que surte el efecto anhelado. Aparte del logro de tener escenas bellas tanto Alho como Kia se ganan nuestra indudable simpatía (mucho más él, claro, un héroe humilde, que depende también como niño de su tantas veces difícil familia, como de su audacia y personalidad temprana), de ahí que los rodeos del desenlace también lleguen a puerto con el espectador, perdonándole algunos recursos manidos, tantas veces inevitables, habiendo tanta agua bajo el río. Quiere el filme llegar a la gente, que como cometido le decimos, misión cumplida (decentemente), y a ver otra película. 

sábado, 12 de marzo de 2011

Animal Kingdom

Ésta película australiana dirigida por David Michod en su primer largometraje es sobre una familia criminal. Todo empieza para Joshua “J” Cody cuando encuentra a su madre muerta por sobredosis; durante 17 años ha vivido alejado de sus parientes y pronto descubrirá cual es el motivo de la medida de su progenitora. Esto sucede cuando decide llamar a su abuela Janine (Jacki Weaver) para que le ayude con el funeral ya que la vio encargarse del de su abuelo. Entonces, desde ese momento ella lo adopta en su hogar, lo lleva a su casa. En ese lugar conoce a sus cuatro tíos, Craig, Barry, Darren y Andrew; todos ellos son criminales, asaltantes de banco o comercializadores de droga, cada uno tiene una personalidad distinta y sus propias metas. Craig es el que maneja más dinero de ellos estando metido en las drogas y le ha comprado el apartamento a su madre, Darren el más joven de los hermanos le ayuda pero es el más pacífico del grupo, Barry espera retirarse de los actos delincuenciales porque tiene un buen dinero invertido en la bolsa y ya tiene su propia familia mientras que Andrew conocido como Pope es el diablo en persona, es un psicótico que ha puesto en peligro a todos porque la policía quiere atraparlo a toda costa infraganti. En base a ese eje arranca la película y los problemas mientras Pope de ahora en adelante será el leitmotiv que dibuje la ruta por la que transite el filme.

Irán siendo perseguidos uno por uno producto de sus actos de violencia y venganza, en un juego que explica perfectamente uno de los diálogos del policía encargado del caso de la muerte de dos compañeros, en la voz del oficial Lecky (Guy Pearce) que dice que existen dos clases de hombres metidos en el submundo, los viejos árboles robustos y ancestrales y los insectos que viven a su cobijo. Y Joshua inmiscuido por sus familiares en sus actos delictivos deberá aprender esa dura lección que bien ha definido el policía. Su abuela Janice está al tanto de los negocios sucios de sus vástagos y los defenderá a capa y espada, es una mujer cínica, inmoral, de temer y de gran fortaleza anímica; suele tener la costumbre de besar en la boca a sus muchachos. Es una actuación digna de celebrarse, nominada al Óscar como mejor actriz de reparto, siendo ella un verdadero encanto diabólico y crucial en el hampa. Y a la par junto con los Cody está un policía corrupto y un abogado mafioso, ellos les ayudaran a librar sus batallas.

Joshua tiene una novia de nombre Nicky que es una chica rebelde y liberal que en pocas palabras hace lo que quiere con la venia de sus padres que son permisivos, con ella comparte largas siestas y comidas en su casa, la chica también se relaciona con los tíos de “J”, es una muchacha temeraria, que suele drogarse y que está enamorada de Joshua. Lentamente el peso que genera Pope hace que policías corruptos usen sus peores tretas para castigarlo, el contraataca y empeora la situación. Joshua es parte de todo eso porque se encarga de conseguir el auto para la trampa que le colocan a unos policías. La investigación del caso hace que sea interrogado desatando lo que ronda toda la película y también es explicado, el miedo que hace moverse desesperadamente a ésta clase de personas que metidos hasta el cogote en el lado contrario a la ley recurren a sus más bajos instintos. Pope es el peor, el que moviliza al resto, el que no tiene escrúpulos ni respeta a su propia sangre, en un momento no contiene su atracción por la novia de Joshua y la lleva cargada a otra habitación luego de contemplarla lascivamente; molesta sin razón alguna a Darren con preguntas inoportunas y descaradas sobre si es homosexual y lo trata de cobarde cuando son arrestados; desconfía de su hermano Craig quien en cierto momento muestra inestabilidad y le refuta a su madre que porque lo defiende, habla mal de él a sus espaldas como se ve desde el principio en la conversación que sostiene con Barry durante su estancia en el supermercado antes de que la policía haga su acto sangriento, también de su sobrino por quien no siente la mínima misericordia y llega a causarle un grave perjuicio que lo trastoca para siempre al decidir si ser un insecto o un milenario árbol que es un concepto que está en toda la película, incluso quiere deshacerse de él como también en otra escena lo intenta la abuela despiadada tratando de convencer al policía corrupto relacionado con los Cody de la necesidad de eliminar al nieto porque representa un riesgo para la organización y en donde luce toda su putrefacción moral en una demostración magistral de matriarca protectora. Jacki Weaver deja la sólida impresión de que debió llevarse la estatuilla dorada luego de semejante cátedra de actuación, como cuando se topa con el oficial Lecky y sonriente le pregunta por su investigación expresando que espera que encuentre a los culpables, el policía le dice que pronto se desmoronaran y ella le responde sin el menor rubor que no siente remordimientos.

Una de las redadas tras uno de los Cody se materializa predecible y excesivamente teatral que demuestra falta de contención en el entusiasmo colocado en la dirección, yace demasiado preparada para impresionar y se nota el efecto, con la excusa de que el delincuente se encuentra fuera de sí porque lo tienen por sospechoso. El desenlace de la cinta es enredado, no se decide por una firme resolución de las que se dejan ver, da muchas vueltas y finalmente opta por algo más inesperado pero justo lo que la película necesita.