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viernes, 8 de diciembre de 2023

Barbie


Barbie (2023), de Greta Gerwig, ha sido un hit comercial (un hit económico, de público), además de una película muy alabada en su país y que estará en muchas listas americanas de lo mejor del año y más que seguramente será nominada en masa en los premios Oscars 2024. Es un filme que está lleno de ideas alrededor del feminismo y el llamado patriarcado, escrita por la misma Gerwig y su pareja de hace más de 10 años, el también director de cine Noah Baumbach. Es una obra que busca rendirse ante la popular muñeca producida por la empresa de fabricación de juguetes Mattel, pero lo hace con ingenio, aunque no todo acierta, puede subrayar muchos pensamientos, y en tantos de estos, éste bombardeo de audacia, hay una cierta falta de filtro, a ratos hace ausencia mucha contención o mayor meditación, porque puede uno sentir que suena a veces ridículo lo que se manifiesta, o esa facilidad expresiva puede ser atroz de oír, no todo toca el cielo y hay una mezcla donde entra de todo un poco, éxito -ideas notables- y vergüenza ajena -ante querer ser quizá empático o idealista, revelarse como una especie de voz revolucionaria o realmente franca-. El guion del dúo Gerwig-Baumbach aunque pone de lógica estrella a Barbie (Margot Robbie) también da cabida a Ken (Ryan Gosling) en su propio choque con el mundo, donde en el universo de Barbie representa al amigo enamorado y dejado de lado románticamente, incluso menospreciado en sus capacidades, hace de alguien un poco tonto, así como Barbie representa el estereotipo de la chica rubia sin atributos más que estar de moda, ser cool y lucir en todo superficial, si bien hay muchos tipos de Barbie, muchas de ellas capaces de las actividades más exigentes, pero la Barbie principal es una especie de cabecita hueca o calabacita, algunos la creen una bimbo, una chica brutita, fácil y sensual, como la Kelly Bundy (Christina Applegate) de la muy divertida serie Matrimonio con hijos (1987-1997). Pero Barbie descubrirá al pasar al mundo real que es capaz de reflexionar sobre quien puede ser, ser trascendental, más inteligente de lo que se espera de su atractivo físico y habituales anhelos existenciales, tras curiosamente darse cuenta de que existe la muerte o cosas desagradables (frustraciones) en el diario vivir. Barbie querrá ser más profunda, sin dejar de ser fácil de identificar, como la típica heroína salida de la universalidad o de lo ordinario. Ella irá en búsqueda de la niña que la tiene de muñeca, en que hay una cuota latina digamos, en un filme que maneja diversidad racial dentro de la unidad de ser norteamericano, como una presidenta barbie afroamericana o un mejor amigo competitivo y egocéntrico que tanto molesta a Ken, asiático. Barbie, más allá de tener que aguantar y salir a flote pero desde un cine amable, crece hallando frustraciones, y hasta se topa con cosas llamémosles oscuras, o propias del mundo real, donde suele asomar perversidad, corrupción, melancolía, situaciones y emociones poco ubicables en el mundo habitualmente perfecto, rosa, de Barbie. Esto es a raíz de que su dueña, de ella como juguete, yace pensando digámosle raro; así mismo Barbie puede terminar convirtiéndose en la Barbie freak, es decir marginal, la que no puede adaptarse al mundo ideal o de éxito. Barbie pasa al mundo real jugando un poquitito a Matrix (1999) pero a la inversa, como con esa playa -aludiéndose en cierta cuota al surfer californiano- que parece intencionalmente de cartón, saliendo un poco a lo Beau is afraid (2023) de un lugar kitsch, un espacio con una impronta y personalidad propia -con su toque interesante aunque rosa- que aporta la línea de barbie como juguete, aunque Matrix ya es, de lo tan popular, hasta un famoso meme. En el mundo real se indica que los dueños de Mattel o los que inventan estos juguetes son todos hombres, y ahí se critica que debe incluirse más a las mujeres, que eso sería lo más lógico. Así mismo se dice que mucha culpa de que las mujeres estén sojuzgadas digamos, entre comillas, es por esas mujeres que son muy celebratorias o dóciles con los hombres (o que dejan de lado su intelecto), tal si se dijera por una parte que las antipáticas o insoportables hacen más por las féminas en general. Se clama que ocurre por una cierta inocencia femenina (al estar uno ciego de amor) desde un filme que no ofende abiertamente, pero ésta Barbie quiere decir que no necesita de los hombres (Hello, Noah, where are you?) o ella se va a hacer cargo de todo. Aparece el espíritu femenino, una ancianita inventora de Barbie, que hace como de creadora a lo Blade Runner (1982), en que se interactúa sugiriéndose que Barbie como un tipo de replicante debe aprender a convertirse en un ser humano, hasta lo trascendente. En el mundo real mandan los hombres y en el de Barbie, ella. En el universo rosa los Ken yacen minimizados, son como mujeres floreros (sin la sexualización o erotismo de las féminas), son el clásico amigo confidente, únicamente compañero y subalterno. No se sabe si Baumbach como coguionista se siente identificado con esto, no le molesta o no se percato o no quiso hacerse problemas, o está más bien criticando o ironizando un poco, aunque la cosa parece va en serio. Éste Ken es visto propio del Glam Rock o los hombres frágiles, pero que tal como si se estuviera hablando de homosexuales deben aprender a quererse y no depender tanto de las Barbies, es decir, de las mujeres, expresando que deben aprender a volar solos, creer en ellos. Barbie vive en un mundo mágico, donde ella protagoniza a la chica popular dueña del planeta, es así que Ken, menospreciado, se transforma en el villano clásico de muchas propuestas americanas, como de películas familiares, así se puede apuntar Megamente (2010) o Los increíbles (2004). Ken conoce, se entusiasma, y trae el patriarcado a éste mundo de inocencia femenina, un patriarcado que se enfrenta al desnudo/trabajo de los lugares comunes para bien y para mal en tremenda lista que parece en muchos sentidos interminable. Se manifiesta que Barbie no es ninguna bimbo y más bien por el final asume su sexualidad y hasta la naturaleza de la maternidad, que es otra de sus luchas, abriendo la mirada un poco del feminismo acaparador que todo lo ve individualista, narcisista. 

domingo, 17 de diciembre de 2017

Blade Runner 2049

Trabajar alrededor de una película tan aplaudida siempre es un riesgo, más allá de la expectativa que genera. La mayoría falla. Pero Blade Runner 2049 (2017) sale victoriosa. No es una película espectacular, pero es una buena secuela. El director Denis Villeneuve junto a los guionistas Hampton Fancher –guionista de la primera Blade Runner- y Michael Green hacen una historia que respeta la original y la complementa muy bien. Incluso Deckard obtiene más respeto que el que tuvo Han Solo en Star Wars: Episodio VII - El despertar de la fuerza (2015), pensando en las actuaciones más populares y admiradas de Harrison Ford.

Ryan Gosling es K, un blade runner que caza replicantes antiguos, pero pronto él renegará de su trabajo cuando se dé cuenta que él también ansía ser muy humano y que los replicantes, seres que ansían la libertad, atrapados bajo el yugo humano, merecen una mejor existencia. El cambio llega cuando los replicantes ya no son construidos, sino pueden reproducirse por ellos mismos, éste cambio hace que se trate de buscar eliminar al primer replicante nacido. K es enviado por su jefe de la policía (Robin Wright, que hace un personaje sólido, que sólo cumple con su trabajo y el que cree su deber) a desaparecer todo rastro del mesiánico replicante.

El filme de Villeneuve tiene una narrativa lenta, vemos como es la vida de K por buen tiempo, K tiene una pareja virtual, un holograma, en la actriz Ana de Armas. Ella trae un sentir de melancolía, aunque ella es una mujer muy sensible, una mujer que solo busca la felicidad de K. La vida de K está dedicada al trabajo, cazar, pelear y matar replicantes viejos, y volver a su casa y tener una vida sin intensidad, apagada. Pero K en silencio guarda un secreto. Quiere ser también humano, aunque siente amor por Joi (Ana de Armas), que es un dispositivo de manufactura, que lo compras. No obstante se alimenta de las experiencias a su alrededor.  

Esta propuesta no contiene mucha acción, pero es interesante, mantiene la atención por su historia. Todo gira alrededor de un descubrimiento obvio, no del todo corroborado. En esto el filme tiene coherencia, y va alimentando su narrativa. Va otorgando más y más forma, aunque lo conozcamos de manera directa y fácil. Esto no está mal, simplemente es una forma de aparente cine amable, de dar arranque a todo lo que vendrá, que es bastante.

Esta obviedad solo es una parte porque las formas son lentas y la película evita el espectáculo en la mayoría de su metraje, que sólo se presenta por espacios muy cortos y sobre todo al final, con la replicante ultra moderna asesina Luv (Sylvia Hoeks), que aunque es de movimientos veloces y gesticulación normal y muestra una cruel inteligencia en sus diálogos recuerda a la máquina femenina de Terminator 3: Rise of the Machines (2003).

Blade Runner 2049 le da mucha cabida a los personajes femeninos, que están muy bien trabajados y presentan variedad, a un lado sensibilidad y al otro mucha fortaleza, aunque es K el protagonista. Dave Bautista tiene un papel pequeño como el replicante Sapper, pero siempre está en ascenso, mejorando, y no le falta una buena performance y es para tenerlo presente. También nada más memorable que entrar en el pasado de la mano de los hologramas que muestran a Sinatra y a Elvis cantando en un abandonado enorme casino y que en ese mismo lugar el blade runner clásico y el nuevo se tomen unos whiskies al conocerse. 

jueves, 26 de enero de 2017

La La Land

No soy muy afín a los musicales, me he sentido desilusionado y abrumado con varios musicales célebres y queridos, pero, desde luego, no me niego la oportunidad de ser sorprendido. Ha habido también musicales que me lograron entusiasmar. Son los menos, pero existen. Además de que ver bailar a Gene Kelly, Cyd Charisse, Leslie Caron, Ginger Rogers o Fred Astaire es una verdadera delicia. La magnitud de la técnica, fluidez y belleza de las coreografías que manejan enamora hasta al más duro espectador y crítico. Cuando vi Cantando bajo la lluvia (1952) me quedé pensando que una película como ésta no podría superarse fácilmente, y en efecto representa un hito en la historia del séptimo arte. La La Land, de Damien Chazelle, es una película más humilde que las mejores de antaño. Sin embargo, tiene una apertura por toda la puerta grande con una coreografía que refleja la multiculturalidad en un deslumbrante y apabullante baile entre autos producto de un atolladero de tráfico en Los Ángeles, bajo la canción “Another Day of Sun”.

Terminada la magnética e “independiente” introducción pasamos a contemplar la relación entre un pianista amante del jazz más clásico llamado Sebastian (Ryan Gosling) y una aspirante a actriz y barista de nombre Mia (Emma Stone). Sebastian no halla trabajo acorde con sus expectativas. La contemporaneidad exige una música más comercial, ligera y entretenida, como representa el rol de John Legend. Mia es una barista de una cafetería que puede ser Starbucks, cafetería que se encuentra dentro de un estudio de cine. Tómese en cuenta que recién pasada cerca de una hora de película se darán el primer beso, y esto apunta a proclamar la –en parte- inexplicable dificultad de su amor.

La pareja protagonista pasará por una resistencia a complementarse, ¿del destino? En medio yace un poderoso deseo de auto-realización, el típico -y a veces realista- egoísmo que invoca el anhelo-fijación de éxito, y de aquello sale la que para mí es la mejor escena del filme. Mia se reencuentra con Sebastian cuando ya a ella le había interesado y éste la había ofendido con su indiferencia. Él toca covers en una banda de temática ochentera. Ella aprovecha para pedir una canción (I ran, de A Flock of Seagulls) y desquitarse, haciéndolo ver ridículo (lo que suma la ropa que viste); lo describe como un perdedor, y esto se debe principalmente, fuera de lo gestos bobos que ella hace, a la letra de “I ran”, que encaja al milímetro, y describe la situación pasada –su segundo encuentro; el primero en la autopista- como estúpida y a favor de ella. Éste momento es hilarante, Emma Stone recurre a su lado más clown y funciona a la perfección. Éste estado virtuoso mayor –extremo- no se repetirá y se entiende, no es una comedia, el filme busca cierta trascendencia; a Emma Stone se le exige más un lado serio e incluso dramático (no exenta su simpatía; más alturada), que está bien porque la demuestra versátil como actriz, pero que exhibe también un repetido semblante compungido, que resuena en parte a falla.

El filme es una mezcla de lo clásico y lo actual, hace un homenaje con múltiples pequeñas referencias a icónicos musicales del séptimo arte, incluso a los musicales europeos, los coloridos y sensibles de Jacques Demy, pasando por los hollywoodenses. Mientras, se pierde en hacernos creer en una época maravillosa (maneja diferentes tipo de exhibición musical; únicamente baile, cantos breves, sin mucha pompa y a ratos muy tranquilos). Mia y Sebastian se hallan soñando en ésta época, con la música jazz y el cine. Observamos como sufren la contemporaneidad, que se ve en los detalles; alguno innecesario pero audaz, como lo de las tapas y la samba. Padecen la desilusión propia de la brutalidad de los nuevos tiempos. El filme es uno bastante romántico, que llega hasta lo melancólico, y es algo arbitrario, o ligero (producto de la glorificación de Hollywood), para lo que vemos cómo cambia una situación clave sin mucho problema. Está en el escoger un sueño “importante”, no obstante sin criticarlo abiertamente, sino apelando a lo más primario (a un tono, y puede que sea más eficaz para la mayoría que la intelectualización), destacando a la vez la ilusión –fácil- del reconocimiento (que en aquello del café de regalo suena banal y tonto).

Brillan los vínculos musicales. En ello Chazelle hace un hermoso y largo enamoramiento, muy clásico. Se hacen los difíciles -pero siendo ambos indirectamente seductores- en el estacionamiento, se ilusionan y fantasean en el planetario, dejando de lado el anhelo profesional, reflejado en el pare de Rebelde sin causa (1955). Muy discretamente hay una línea divisoria (puede que una crítica velada), donde la canción símbolo de “City of stars” tiene harto encanto, bien trabajado, pero que como refleja el ideal (en aquella formación del último ensueño) implica mayor trabajo, riesgo, desprendimiento y menos individualismo. Duplicar el sueño.

martes, 12 de enero de 2016

La gran apuesta

¿Cuán importante puede llegar a ser el éxito o volvernos ricos?, es una pregunta capital,  y a esa vera ¿cuán importante es ser un tipo moral, preocupado por la decencia y el buen obrar de nuestras acciones?, y yendo hacia un quehacer argumental más complejo ¿cuánto nos costaría sacar provecho del mal colectivo para conseguir ese éxito y opulencia, aunque sea legal? Esto es parte trascendental de lo que encierra La gran apuesta (The Big Short), donde unos outsiders de Wall Street en tres líneas narrativas separadas en sus propias argucias y mirada del mundo hacen justamente eso, sacar beneficio de la futura crisis financiera del 2008, de la burbuja inmobiliaria, de las hipotecas entregadas a diestra y siniestra sin soporte económico coherente, entregadas por los ambiciosos y poco meditativos bancos americanos sueltos en plaza, que cada vez empeoraban la situación sin pensar en ninguna verdadera solución sino mantener un ciclo vicioso con rumbo anunciado a la caída, tan claro como con esa ilustración de ese juego de sacar bloques, extrayendo torpemente los de soporte, tirando abajo la torre, es decir, la economía nacional. Los protagonistas visionaron esa debacle y apostaron en contra del mercado inmobiliario y la estabilidad, haciéndose ricos, a costa de no tener consciencia, ganar con la crisis, esperarla y hasta celebrarla, como no tener remordimientos con la ingente cantidad de desempleo y pérdida de casas del ciudadano y compatriota promedio. 

Es una película harto interesante e inteligente, tomando mucho en cuenta que tiene de protagonistas a tipos que son potentes enemigos de las empatías. El director Adam McKay, experto en comedias (todas con Will Ferrell), adapta el bestseller de no ficción “The Big Short: Inside the Doomsday Machine”, de Michael Lewis, escritor del libro que inspiró la película Moneyball (2011). Hace uso de todo su ingenio para mostrar éstas figuras sin que a uno le provoque mandar al diablo la película, de lo insoportable que puede resultar ver la felicidad y gloria de unos cuantos contados con los dedos tras el mal ajeno masivo, porque toda rata tiene la “salvedad” hasta que es descubierta, hecha pública, y aquí lo vemos con pelos y señales, como iba movilizándose el proceso hacia la crisis y no se decía nada, de lo que el filme arranca enseñándonos a un tipo antisocial, quizá con asperger, que viste casual tipo hawaiano en el trabajo y es aficionado al heavy metal y a tocar la batería, interpretado por Christian Bale como Michael Burry, sujeto que fue el primero en apostar en contra del mercado inmobiliario.

Otra línea narrativa la tiene un segundo avispado en la performance de Ryan Gosling como Jared Vennett quien descubre la inusual apuesta de Burry y se lo comunica a Mark Baum (Steve Carell), líder financiero que entra en el negocio contra la burbuja inmobiliaria tras mandar a su equipo de allegados a averiguar si es verdad lo que informa Vennet. Carrell, la mejor interpretación del filme (seguido de Bale), demuestra que es un actor talentoso, más allá de estereotiparlo en la comedia, tiene en su papel el deseo de demostrar que el sistema abusa del ciudadano ordinario, teniendo un trauma psicológico a cuestas y una cierta deficiencia de sociabilidad; apunta a ser un tipo particular, por lo que es como ganar una causa, hacer valer su pensamiento y exponer digamos que al capitalismo más duro de su país, más que deseo de volverse rico. Esto hace de cierto balance para paliar algo la gran carga negativa de la calidad humana de los protagonistas, como que el  personaje de Brad Pitt, el frío y calculador pero “consiente” Ben Rickertun, un lobo de Wall Street, le haga ver el daño gigante que conlleva su estado de fiesta a la dupla de la tercera línea narrativa y parte algo floja del filme, donde unos inteligentes y afanosos arribistas que empezaron en su garaje y en trabajos humildes quieren seguir creciendo y entrar por la puerta grande a Wall Street y no importa casi el cómo lo logren. Baum tiene dudas morales en escuchar y apoyar a Vennet que es justamente lo contrario a él, un tipo ladino y frívolo que rompe la cuarta pared a cada rato y nos explica abiertamente la podredumbre que lo hará adinerado, siendo el que más se acerca a recordarnos cierta influencia del cine de Martin Scorsese y a The Wolf of Wall Street (2013).

El filme tiene bastantes ratos de respiro y mucha ocurrencia, como con los referentes de averiguar si es cierta o no la burbuja, comercializadores de hipotecas yuppies, una casa abandonada con cocodrilos o mujeres strippers clientes inmobiliarias, cosa que hace de distinción en formas, no hay ese sentido de juerga o fiesta que había en The Wolf of Wall Street, a lo sumo Gosling luce cool dando check con la palma a unas chicas en un gimnasio, pero vemos en realidad como Pitt frena en seco más bien a sus pupilos, los llama al orden y al perfil bajo como él mismo actúa. También se destaca la música hip hop o rock que acompaña irónicamente, como que los protagonistas son extravagantes y con algo de carisma a pesar de todo, siendo, además, claro, muy famosos, con lo cual se crea entretenimiento y mayor curiosidad, que vence un posible fastidio y agotamiento ante la ardua y densa temática.

La propuesta tiene de comedia (un éxito y audacia cuando podría generar incongruencia), pero no en demasiada cantidad, porque el filme es realmente serio y profundo en su análisis, como también resulta un llamado de atención a que haya habido impunidad con los culpables, los bancos, y que solo haya pagado y aguantado el ciudadano común, y puede hasta repetirse otra crisis si se cree en un capitalismo impoluto/perfecto, y no hay fiscalización y ojos abiertos, como bien representa el sentido del personaje de Baum, incrédulo y desconfiado pero trabajando dentro del sistema, en pos de su mejora.

La terminología –como bien dice algún diálogo- y el sentido de conocer a fondo la crisis financiera del 2008 es sumamente complejo y difícil de coger para un espectador y ciudadano común, es una temática de comprensión completa para especialistas, no nos vamos a engañar, si no para los más valientes y tozudos tienen Inside Job (2010). Pero Adam McKay y el magma de su filme, hacen algo realmente entendible, en lo posible, y eso es maravilloso e ingenioso, teniendo figuras como al famoso y carismático chef Anthony Bourdain, a la estrella juvenil Selena Gomez o a la preciosa actriz Margot Robbie (en una bañera) hablándole y explicándole al público de forma fácil y directa de que va toda la burbuja inmobiliaria con ejemplos prácticos y cercanos como un juego de apuestas en el casino o qué se hace con el pescado que no se vende en un restaurante. Es un filme poderoso argumentalmente y llevadero, que tiene la gracia de explicarnos un tema de gran interés en medio del placer cinéfilo y artístico.

martes, 8 de octubre de 2013

Only god forgives

La película de Nicolas Winding Refn fue abucheada, no gustó en el Festival de Cannes de este año, y la prensa en mayoría informó negativamente hacia ella, exceso de violencia hasta lo innecesario clamaban sobre todo, pero era a priori una cinta muy llamativa, creaba muchas expectativas y creo que las mantiene aún para todos los que no la han visto, y es que Refn con Drive (2011) ha saltado a convertirse en un director tipo Quentin Tarantino al que uno está atento a lo que hace, siendo un goce rabioso y natural, un entretenimiento de alto nivel, con intensidad y originalidad, y eso nuevamente está presente, bajo un rasgo notorio, Refn se divierte con lo que hace y es muy honesto con su arte, no trata más que propiciar su esencia y una cinefilia incurable, porque quien haya visto Bronson (2008) y Valhala Rising (2009) se dará cuenta que no sólo cunde cierta extravagancia o brutalidad respectivamente sino que Winding Refn es un cineasta de corazón, por más cliché que suene, y entrega lo que le sale del alma, quien luce querer otorgar la misma creatividad y pasión que lo seduce, y esa fidelidad a las propias creencias de un hedonismo cinematográfico, que enaltecen toda creación, propia tanto de quien se siente espectador como autor, tienen retribución, siempre, aún en ciertos casos a costa de la calidad y estética, que no es el caso, porque la estilización del danés en la presente es notoria, con esas bellas luces de neón rosas o celestes, al puro estilo del genio artístico fino de Wong Kar Wai, combinados con pasadizos oscuros y visiones de la imaginación o la mente, que también lo sabe hacer muy bien como con Fear X (2003), aunque en otras propuestas pueda brillar un aire de cine B o el más salvaje, al que enaltece.

En ésta oportunidad es como claman los thrillers coreanos, una poética del crimen y de la violencia, solo que más discreta. Es cruel y arduo con respecto a brindar concesiones con el propio arte, y de ahí que sea difícil agarrar el romanticismo del que hablamos, que brilla al son de alguna suave canción en tailandés en un ambiente cotidiano o una ceremonia de clásico combate a puño limpio. El filme es una pugna tanto en su trama como en su forma, porque quiere ser contundente en su salvajismo, revelarse al estándar conocido, el que subyace más conforme en general, y puede no gustar pero su transparencia es elogiable.

El filme no quiere mermar su capacidad de realismo, sin que tampoco se vuelva como dictan los detractores, algo vacío y carente de sentido, cuando olvidamos que la vida misma clama cierto sinsentido e injusticia, que no es totalmente el caso ya que Only god forgives (2013) tiene al deber como motor, a la idiosincrasia del asesino, la fuerza del más bestia en aniquilar a sus contrincantes, así sea con una placa policial. Se trata de tipos duros e inmisericordes, trazados con maestría e indudable credibilidad, de lo que proviene de no dar esas criticadas concesiones y triunfar en la maldad, como la espada del jefe de policía Chang (Vithaya Pansringarm), quien es uno de nuestros dos antihéroes de la historia, aunque no lo notemos creyendo que Refn se coloca solo del lado de Julian (Ryan Gosling), un delincuente que trafica con droga dentro de una familia de gánsteres liderada por su madre, por Crystal (Kristin Scott Thomas).

Julian duda del orden que le ha tocado vivir, de ser un animal de caza, no un luchador que lo es de cierto modo pero de otro tiempo o uno que está desapareciendo, sino que no puede ser una máquina eficiente de matar, y como dice la progenitora, es débil, es decir tiene consciencia, y se debate entre vengar a su perverso hermano, acabar con su ejecutor, el que lo tiene perdido en un laberinto mental, en la omnipotencia de su indestructibilidad, o mantener una vida más sana, la que representa esa mujer misteriosa que lo acompaña, Mai (en la deslumbrante belleza de Yayaying Rhatha Phongam), un símbolo de sus anhelos de rehacerse en la tranquilidad. Quizá ella sea una prostituta o una simple fachada, pero sirve para ver que él quiera decirle a la autoritaria y manipuladora madre que ya basta, y no puede, y sufre en silencio en ese encierro, como el que presenciamos alrededor de él, tanto que para Crystal su gimnasio de muay thai es algo de maricones, arguyendo que la verdadera fuerza yace en el dinero, en la droga y en la potencia y convicción de liquidar a los enemigos, ya no de forma clásica y honorable, o deportiva, sino con todo lo que esté al alcance, y en ese lugar está Chang, con su frialdad e impunidad, con su imparable sed de venganza.

Una característica del cineasta danés es que no suele poner muchos diálogos o hace de sus personajes seres mudos, silenciosos en su seriedad y fiereza, porque viven en los actos y no en las palabras de intimidación (además de que Refn suele ser torpe con lo que les hace hablar, vulgarizando el escenario, y para qué arriesgar la mítica donde no somos buenos), y es por eso que el rol de Scott Thomas es efusivo, verbal, histriónico, ya que ella es solo una figura que ordena, que distribuye, que genera, vista como la esencia misma de lo diabólico, la verdadera presencia rival, pero que necesita de intermediarios, y la película se rige al devenir de uno en especial entre otros como es normal. Es otra buena imaginación, romper con lo ya visto, sin perder coordenadas. Estamos ante un filme de acción, solo que las líneas convencionales, entre el héroe, el malo y la dama en peligro, están todos rotos, mezclados o difuminados, no habiendo ninguno que ostente un aura impoluta, todos son corruptos o se mueven en la criminalidad, es como si la obra fuera un juego de ajedrez, entre dos bandos con los mismos derechos y trapos sucios, no obviando su estela de fantasía donde la policía se sitúa en el máximo libre albedrio y en su férrea destructividad.

El filme es vistosamente amoral y eso va a molestar en algún grado, tanto como entusiasma a quienes quieren sensaciones nuevas, lo impredecible, de lo que sorprende que Only god forgives no cuente ya con una buena legión de fanáticos, aunque seguro los tendrá. Refn suele moverse en esas aguas, retratar al delincuente que aunque al fin y al cabo tiene un espíritu de redención no deja de ser reprochable. Como en ese ascensor ya legendario de su anterior película conviven con una brutalidad que debería inquietarnos. No obstante esto se agrava más en la presente porque ya no hay de por medio como en Drive una luz, una mujer inocente metida en un ajusticiamiento de negocios criminales, sino todo está vastamente podrido.

Se quiere vengar a alguien que no vale la pena, a un violador y un homicida. Del otro lado yace el que cree está haciendo cumplir la ley, aunque sea su ley, por lo que el padre vividor o incompetente que en su negligencia permite o procrea la prostitución es castigado aunque en buena parte no lo entendamos y enseguida tachemos al tipo y su justicia, y así se da con todo aquel que quiera quebrar el orden que representa en sí, siendo en adelante como actos reflejos de una mal llamada supervivencia, además. La óptica del filme nos engaña en distintas formas, creemos que Chang está en desventaja frente a una gran banda criminal que lo quiere muerto, pero a su vez intuimos que va a pagar sus crueldades y que es un hombre muy peligroso. Chang es nuestro inclasificable protagonista, junto con Julian, las dos piezas en igual batalla, algo que no suele suceder.  

El tablero gira constantemente, se va al otro extremo y así sucesivamente, confunde lealtades para con el espectador, lo desconcierta a partir de que Julian hace un gesto humano en la casa de Chang (a continuación vienen 20 últimos minutos chocantes). Y uno seguro se disgusta porque siente que la injusticia y sinsentido no puede vivir en el ecran, y olvidamos la cualidad de autor del director danés, que hace del cine de acción un lugar para el drama, el drama existencial de Julian. Las varias aristas del crimen se consumen en la lentitud artística de su metraje, como con fragmentos interpuestos entre sueño y realidad, entre impotencia y destino, en lo correcto y lo que se nos ordena. Chang es el hijo que Crystal quisiera tener, y vaya la ironía de su mundo es a quien debe eliminar para sobrevivir y con el vástago que le queda, pero fallándole porque no le importa en absoluto. Billy es el único atisbo de amor en sus venas, corrompido también como una posible relación incestuosa.  

Only god forgives puede tener pegas en contra, pero aun así sabe generar mucho interés, impresiona aun a costa de la empatía o de algunos pesados espacios muertos, porque de la violencia no seamos demasiado sensibles sino nos perderemos de un goce, con sacrificios que tuercen lo convencional por otro tipo de entretenimiento mayor, menos facilista, pegándose a la injusta verdad de la vida.  

martes, 10 de enero de 2012

Los idus de marzo

George Clooney puede ser un autor muy interesante como demuestra en ésta oportunidad, ejerciendo de guionista, de director y actuando. Logrando mostrar una mirada políticamente incorrecta a la usanza; hace una revisión política bajo unas elecciones primarias imaginarias de un candidato interno a representar un partido a las presidenciales en Estados Unidos. Clooney es el gobernador Mike Morris, un despierto, carismático y locuaz contendor que guarda algunos trapos sucios en su haber pero que promete ser como la mayoría que se postula a un cargo público, un cambio en el gobierno y en la vida de la ciudadanía de su país, lo cual no sabemos realmente si llega a suceder pero que mantiene el esquema de que con muchos ideales en la práctica no se puede subsistir, al menos eso es lo que sugiere la experiencia que atraviesa su asesor que en la portada de la realización anticipa un paralelismo con el candidato a quien sirve.

Ryan Gosling interpreta a Stephen Meyers, un hombre quien cree en el gobernador pero que comete un error por vanidad o por curiosidad que lo pone en peligro con respecto a su carrera y que lo hace despertar de su ensoñación de probidad y ética. Rápidamente aprenderá que hay que jugar sucio en la política y que no puede confiar en nadie, incluso en quienes considera sus amigos. Lo particular es que su juicio será ampliamente discutible y su encumbramiento un camino de probar con la idiosincrasia perspicaz que define el poder en un filme pequeño pero con espíritu y bastante relevante para ver que esconde desenvolverse en ese mundo. Funcionando con unos pocos diálogos, en un contexto que fluye con verosimilitud y reflexión como para exponer la evolución del protagonista a quien se le tilda de no servir para estos menesteres y a contracorriente de esperar su claudicación sacará adelante su vocación y enfrentará la situación.

No hay mucho que decir del filme sin develar la trama que hay que ver para atender a esa deslumbrante transparencia que se nos presenta de manera fácil y directa sin caer en entresijos complicados aunque hay que prestar atención. Vemos que los mejores son los más astutos, quienes evitan la egolatría y se adscriben al método: alianzas, complicidad, pisoteo y encubrimiento, una deformación de la lealtad en beneficio propio y del sistema que no encuentra otra forma de sobrevivir al parecer sin que se acepten las reglas internas.

Parece que Aristóteles se equivocó en decir que somos animales políticos si seguimos la visión de lo contemporáneo que nos revela el filme porque si es así es que todos debemos atenernos a su figura lo cual puede ser sorprendente y desalentador con respecto a la esencia humana; denunciándose en pantalla que hay que creer que los no aptos a comprender que hay que atropellar gente tras bambalinas, desconfiar de todos y ser inmisericordes no saldrán a flote.

Para eso no hay romanticismos de por medio y no significa ineptitud en al trabajo seleccionado que eso no ha sido abordado en la película empero quiere decir que hay que asumir ciertas iniquidades en el ámbito personal y laboral. La conveniencia tiene un rol predominante y hasta a quien vemos con disgusto puede ser un buen aliado a la hora de aspirar a las metas, porque todos los que se suben al barco como refleja el filme tienen que hacer “sacrificios” como en el acercamiento al representante de Ohio, el senador Thompson (Jeffrey Wright) que no le es para nada simpático a Morris y de quien depende mucho para el éxito de su proyección de cabeza en la casa blanca.

Marisa Tomei como una periodista curtida pondrá la noticia por encima de la amistad y puede que esté bien si quiere hacer algo en pos de la fiscalización aunque no queda del todo definido, sin embargo es otra fuente de saber para Meyers en cuanto a donde se está moviendo. Tom Daffi (uno de esos grandes actores secundarios en Paul Giamatti) será el disparador de la transformación del protagónico. Molly Stearns (Evan Rachel Wood) es una pieza que permite ver la ruindad moral del entorno pero que queda en el olvido con esa frase cruda de Paul Zara (Philip Seymor Hoffman) que expresa en el funeral que solo está para cumplir con sus obligaciones para con la familia, es decir deja los sentimientos afuera esperando que la verdad guarde silencio habiendo un hueco en esa honestidad que se quieren prodigar en su equipo y ya lo dice el dicho, no hay muchos seres humanos impolutos en la política. Lección que guiará la ruta de Meyers en el filme valiente que propone George Clooney.

jueves, 5 de enero de 2012

Drive

La última película de Nicolas Winding Refn, ganador en Cannes del premio al mejor director, es entretenimiento del mejor; un filme con la promesa de mucha acción pero con más fondo del que se pueda aguardar. Es la historia de un personaje heroico que se define en una pregunta de la realización, ¿cómo sabes que él es el malo?, le inquiere al niño por quien daría la vida, el pequeño le responde, porque es un tiburón y ellos siempre son malos. Refn nos pone en la piel de enfrentar a la mafia con las reglas del hombre bajo su propia ley. Sin embargo cuando vemos a Ryan Gosling, el actor que lo interpreta, saltan las dudas si podrá convencernos de que es capaz de resolver semejante carga.

El efecto de su carácter ayuda bastante a generar sustento, al mostrarlo silencioso, impávido, seguro y misterioso, induciendo además a la curiosidad sobre su persona, como dando el giro necesario para sacarlo de su fisonomía de niño guapo o de su suave voz poco intimidante, y como se aprecia no todo parece fácil, pero también son esas características las que rompen con el estereotipo, ya que la imagen es poco frente a la esencia.

Al conocer que es doble cinematográfico, corredor de autos, mecánico y chofer en algún robo se va proveyendo de un aura que engrandece la figura de estar detrás de un volante, siendo ingenioso ver que la pieza que en tantas historias es poco valorada en ésta película toma la mayor predominancia, basado en el libro de crimen de James Sallis.

Vemos desde la espera, el conductor sólo otorga 5 minutos a sus compañeros asaltantes, hasta el despistar de la persecución policial. Rápidamente la leyenda se cierne sobre su cabeza, el elemento de fuerza del filme, despertando la inquietud y la expectativa. ¿Cómo resolverá la violencia el protagonista?, ¿es tan temible como promete? Y al llegar el momento adecuado logramos ver que efectivamente el salvajismo y la brutalidad no solo provienen de Bernie Rose (un convincente Albert Brooks en la estela de los Sopranos), el capo carente de escrúpulos para despachar fríamente a sus enemigos e incluso amigos, sino del chico normal de poca palabra.

Los amplios silencios, la constancia de los diálogos sencillos y cortos, la calma en la espera subyugante, la ciudad imponente desprovista de multitud, que circulan en la primera parte del filme colaboran a fabricar el contexto con la idoneidad del caso, la antesala de la hecatombe física. Hay una solemnidad seca que sólo desfigura un cierto mal gusto musical provisto de un sonido de los ochenta, de ese cursi acompañamiento discotequero que busca resaltar el aspecto solitario o redentor del personaje, junto con una radicalidad bestial de mucha agresividad y desprovista de piedad, pero que no destruye la obra, porque esa mezcla aplana y hace digerible el concepto, que me recuerda al Scarface de Brian de Palma, y que en su contraste de seriedad, cursilería y explicites nos creemos lo que vemos, porque estamos frente a la reivindicación del llamado cine B donde cabe el exceso o la desfachatez. Sin embargo no nos confundamos que sólo es la utilidad de una denominación ya que se convierte en una obra maestra que tranquilamente podría ser la envidia del mejor Tarantino.

Una escena define toda la película, en el ascensor vemos esa mezcla atroz, romance con violencia detallada, la luz y sus sombras amplifican el momento, comienza con lentitud y un exabrupto clausura el espectáculo, y sólo queda la puerta cerrándose separando las dos caras del protagonista, su incondicional amor -aún a costa de salvar al esposo de una deuda- y su bárbara e impresionante reacción aunque completamente justificada. No hay más vueltas que darle, es magistral la resolución del conflicto generado a raíz de un robo entre criminales.

Una cachetada a una compinche tramposa o un pequeño gánster a primeras amigable con el mentor del conductor, Shannon (Bryan Cranston), el rengo que busca encumbrarle ante su frustrada carrera, no hubieran concebido ninguna grandeza, por eso Refn juega como ante la evolución de una pieza musical que arranca suave para terminar en la más descollante intensidad respetando el verismo que implica la complejidad del ambiente y los involucrados. Dosifica los quiebres álgidos y prepara el camino para dar la sorpresa en ese desenlace pecaminoso, desprovisto de concesiones y sin marcha atrás. Los juicios de valor quedan fuera. No obstante no falta la conmiseración de un final feliz.

Carey Mulligan destaca haciendo de una chica bastante simple, el director la rodea de un espíritu sin grandes proporciones aunque de una belleza dócil e indefensa sin perder el realismo contemporáneo. La línea con la que responde al cortejo rudimentario de su actual esposo lo expresa casi todo, ella accede con un ¿dónde está la salida? (o sea, vamos al asunto), y lo hace en la mesa de cara a su príncipe azul. De Gosling hay que decir que cumple con tremendo reto y saca adelante otra condecoración para su currículo, un género más en su haber que lo pronuncia hacia el cada vez más próximo Oscar. En esa ruta veo Drive, a Refn, como con Aronofsky, cineastas que desde abajo se ganan un lugar en el cine y del culto llegan al aplauso general, eso es ésta película, la celebración de llegar al reconocimiento público.

jueves, 3 de marzo de 2011

Blue Valentine

Ésta es una pequeña película con una construcción intimista realizada por Derek Cianfrance en su segunda incursión en los largometrajes de ficción, con una historia donde se expone la ruptura de una relación que mientras avanza hacia su clausura mira hacia el inicio de ésta, te muestra como se enamoran Cindy (Michelle Williams) y Dean (Ryan Gosling). Ella se embaraza de otra pareja a la que abandona sin mayores explicaciones, en ese trance por casualidad cuando cuida de su abuela observa a Dean ir a recoger un dinero a casa de un anciano al que por su trabajo ha llevado sus objetos personales a un nuevo hogar. A él ella le impresiona y la sigue pero no llegan a mucho. Por otra acción del destino la encuentra en el ómnibus y la aborda con sus mejores tácticas, halaga su belleza y le hace reír, empiezan a interconectarse y luego de compartir momentos felices se casan. Todo va a la par, mientras se llevan terrible en el presente recuerdan como fue progresando el sentimiento entre ambos hasta oficializar su compromiso.

Dean es un buen hombre, acepta a la hija de Cindy como si fuera suya, es cariñoso y juguetón, también es amoroso con su esposa pero no encuentra reciprocidad de su parte, si tiene un defecto es que no es muy emprendedor, trabaja pintando casas en la mañana y el resto del tiempo lo pasa en su casa. En una de las muchas discusiones que tienen Cindy le saca a relucir que no tiene visión de mejoría, él que se siente muy contento con el tipo de vida que lleva discute sus argumentos con ahínco, tampoco es un tipo que se enfurezca excesivamente, se le ve tranquilo por personalidad, sin embargo él a ella ya no le importa, así como suena, lo ha dejado de querer, sin razón ubicable realmente en la trama, simplemente lo ha hecho y es por eso que no lo soporta. Los celos de Dean que pueden ser justificados la sacan de quicio en un momento y se baja del carro a respirar como quien ya no tiene paciencia para con el otro.

Para tratar de arreglar los problemas que tienen de no llevarse bien, como antes que todo solía ser perfecto, Dean la lleva a un hospedaje temático, hay una fantasía sobre Cupido y otra sobre el futuro, ellos escogen la segunda, en esa discreta metáfora surge una nueva confrontación, él queda borracho tendido en el suelo y ella encerrada en un cuarto luego de no llegar a consumar el acto sexual producto de la pelea, en medio de ésta llega a decirle que le pegue como suele hablarle para exasperarlo y que la tome con fuerza pero por su naturaleza no la quiere tener de esa forma, obviamente están en tremendo conflicto inllevable y ya arraigado en el corazón de la joven, luego temprano se retira al ser llamada para trabajar, Cindy es enfermera. Dean molesto al ver que no está, la busca y arma un alboroto en el hospital, le pega al doctor que se le ha propuesto a su mujer en otra ocasión y que no fue correspondido, y ya sin rodeos se lo dice, todo se acabó, ya no lo quiere, desea el divorcio. Él se va mientras la niña de ambos llora por quien se ha portado como un elogiable padre.

No hay mucho que decir de ésta cinta, los momentos memorables están en el pasado y lo insoportable en el presente, vemos el cambio que ha sufrido su amor, que no expone motivos, se trata de manifestar el quiebre sin nada más. Hay una escena dulce en que Dean toca una guitarra chica muy similar a un charango y Cindy danza vivazmente a su ritmo. Todo eso se pierde en el tiempo. No queda nada en la actualidad. El sacrificio y entrega de Dean en una mala época para su amada en donde incluso lo golpean por su culpa ha dejado de tener valor alguno, y a pesar de que se le ve con mucha disposición de subsanar el romance en su matrimonio no encuentra respuesta en la sensibilidad de Cindy, personaje que no luce como una mala persona pero que experimenta la sequedad de lo que alguna vez sintió por el hombre que la desposo y se hizo cargo de un embarazo ajeno mirado con un afecto verdadero. ¿Ella es fría?, cierto que lo es, pero quien no cuando dejas de amar, ¿Injusto?, puede ser pero los errores, la rutina y la dejadez van mermando lo que una vez fue tan apasionado. La película nos deja muchas preguntas que solo podemos imaginar y tratar de resolver a solas. Por ese lado es un buen tema a analizar.

Las actuaciones son buenas, sin embargo nada espectacular, son muy controladas, Williams y Gosling resultan bastante sencillos, como para que el público se sienta fácilmente identificado, eso no quita que sepan sobrellevar un guión de éste tipo. Ella exuda naturalidad, es el papel que mejor le da a Williams, la típica amiga o vecina simpática pero común. También está el cambio de aspecto físico de Gosling que le otorga compromiso con su performance aún sin que sea de grave esfuerzo, mientras su personificación tiene atributos escénicos. La frescura de Williams no la podemos catalogar tampoco de gratuita sino proviene de su habilidad interpretativa que aprovecha su tipo y la personalidad que parece poseer. Ésta es una cinta melancólica, resaltando a su vez su lado romántico, diseñada para hacernos sufrir, rememorar con Dean y esperar otra oportunidad de Cindy que nos envía el mensaje de que no hay que dormirnos con el amor.