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viernes, 13 de marzo de 2026

Training Day


Día de entrenamiento (2001), de Antoine Fuqua, con guion de David Ayer, se puede decir que es un clásico moderno, una película que pertenece a muchas cinefilias, además es una película que fue un hit comercial, y le dio un Oscar a Denzel Washington por actor protagonista, antes lo había ganado por actor secundario. Es una película cool. Es cierto que todos quieren serlo, pero la cuestión es conseguirlo. Es una película de entretenimiento, pero vaya que tiene mucha habilidad retratando la calle. Mucha gente se siente que es como la vemos en ésta película. El retrato es de los barrios bravos/peligrosos de Los Angeles. En el relato vemos que un policía corrupto, un verdadero demonio, Alonzo Harris (Denzel con 46 años) inicia en la policía anti-narcoticos, en su quehacer práctico, al novato Jake Hoyt (Ethan Hawke, con 31 años, y su primera nominación al Oscar como actor). Alonzo habla bastante, es bastante manipulador con la palabra. Es astuto, falso, perverso. En varias oportunidades se lo gana al novato, pero la recurrente corrupción que genera y el otro demora en procesar, hace que Hoyt llegue a un momento capital donde está apunto de ser asesinado por 3 pandilleros méxico-americanos, donde se luce muy bien Cliff Curtis, como el líder. Incluso uno de sus secuaces (Raymond Cruz) se muestra muy intenso y primitivo y es de tremendo realismo. Esa escena capital contiene mucho suspenso. Tiene que ser una de las grandes escenas del séptimo arte. Ahí lo vemos a Hoyt/Hawke metido en una bañera, doblado, esposado y con una escopeta en la mejilla, rodeado de malas palabras y sus ruegos, violencia/potencia en toda esencia y sin embargo cuidada, dentro de una puesta en escena muy verídica. Éste filme tiene momentos notorios de exageración pero es cine comercial, cine popular, busca despertar emociones. Llega de manera frontal, primaria, lo cual se perdona cuando no todo es perfecto porque es un filme de verdad entretenido, de esos que te sacan sonrisas auténticas y fáciles, que entusiasman, que te dan hedonismo puro y duro, claro. Alonzo es un protagonista que todo el tiempo está hablando y haciendo maldades, es complicado mantener el estándar de perfección, pero en mayoría lo consigue. Él se impone en un barrio bravo, a él lo detestan. Tiene una personalidad avasalladora, que no le importa más que hacer lo que le da la gana, algo imposible de sostener, una personalidad kamikaze, es como se dice en el hip hop, a real dog. Su carro es cool y la cámara ayuda abiertamente a hacerlo notar en varias oportunidades. Así mismo cuando entra a su barrio y sueltan palomas en aviso de que llega. Toda la parafernalia de las miradas de tensión y amenaza que los rodean es sustancial como retrato artístico dentro del entretenimiento, cuando ingresan a esos barrios donde hay mucha droga, repletos de pandillas, y sin embargo entre ellos tenemos familias y niños jugando. Todo el movimiento por esos espacios es notable y se dejará en claro al final que no todos son iguales. Se oye preciso -nunca mejor- de fondo Cypress Hill como banda sonora, así como se luce Snoop Dogg de invalido vendedor de crack y encima le dan una escena donde se ve toda la calle y perversidad de Alonzo. La cara cuando a Hoyt le dicen que acabe con el amigo ex dealer (Scott Glenn) es impagable, y en esa misma línea se percibe toda su recurrente perplejidad. Cada explicación del momento de su sentencia de muerte, cómo pierde su arma, cómo se halla solo, es un despertar argumental muy astuto. Lo mismo toda la preparación con la mafia rusa y tener que juntar mucho dinero. Alonzo dice tener todo planeado y así se va mostrando toda su perversidad, que busca sostener su terrible corrupción. Toda la historia del lobo entrenado para deshacerse de los otros lobos y proteger a las ovejas es de un cinismo mágico como cine. Eso empieza a engordarse desde el arranque. Ver a Eva Mendes desnuda, con 27 años, también es un plus. La cara de Hoyt lo dice todo, no puede creer a ratos qué está sucediendo. Alonzo es sin duda todo un personaje, todo un logro. La escena del policía arreglando la llanta funciona para embaucar, porque en el fondo Hoyt quiere ser un héroe, una estrella del departamento de narcóticos, aunque tiene material para serlo. Es interesante verlo desde la perspectiva de Hoyt, un buen complemento, un novato que resuelve, que se enfrenta a cosas complejas donde anida el miedo, un temor lógico porque remite a sobrevivencia, real, práctica. Cuando Hoyt dice estar incomodo por recibir dinero corrupto, y habla en serio de llevarlo al cuartel, tras lo que está en curso, una intervención policial, donde antes ironizan que está lejos de Starbucks, es de antología. Toda la sorna que se imprime. No queda ahí, le piden ya lo inaudito. Imaginemos ponernos en su lugar. Después está escrito, como dice el policía que hace Dr. Dre. Hay que matarlo. Hoyt sin embargo es el novato idealista, medio inocentón, pero con recursos físicos. Se deja llevar de cierta manera, como cuando queda drogado. Como que no se convence de lo que sucede, si bien todo pasa en corto tiempo y eso hay que tomar en cuenta. Igualmente la perversidad y el cinismo de Alonzo es de no creerse. También es un tipo lleno de abundante atrevimiento. Como se oirá, un oficial muy conocedor, con muchos años de servicio. Por su parte, Hoyt muestra excepcional valentía. Llegará a responder, prefiero ciertamente ir a poner multas a los estacionamientos.  

lunes, 15 de diciembre de 2025

Blue Moon


Richard Linklater hace un filme a su completo estilo, lo hace elevándolo incluso a la potencia. Es una propuesta donde se habla todo el tiempo. El protagonista lanza extensos monólogos durante todo el metraje. Habla sin parar, pero es seductor, manifiesta habilidad con la palabra, tiene muy buena dicción. Implica a un conversador inteligente, culto. Él es Lorenz Hart, un nombre que puede no sonarnos conocido a los que no somos norteamericanos, pero el filme nos dice que fue un pilar de los musicales del Broadway de comienzos del siglo XX, y maestro de unos de los compositores americanos más admirados y populares, Richard Rodgers, con quien formó una sociedad. Lorenz escribía las letras y Rodgers las musicalizaba. El filme de Linklater, con guion de Robert Kaplow, abre con Lorenz tambaleándose por un callejón ebrio a oscuras por la noche para caer muerto al suelo en plena lluvia. Tratamos con una película sentimental, como indica su título, Blue Moon (Luna triste), que remite a la canción más popular de Lorenz, la que habla de soñar con hallar a una persona especial en nuestras vidas. El relato basado en unas cartas reales entre Lorenz de 48 años y una jovencita universitaria de 20 se contextualiza en un conocido restaurante neoyorquino, Sardi´s, donde era habitual que celebraran los artistas participantes de Broadway, y que es famoso por sus paredes repletas de caricaturas profesionales sobre artistas del medio. Tras la introducción del final de Lorenz participamos de un día en particular cuando Lorenz dejaría de asociarse con Rodgers, que iniciaba una nueva sociedad para hacer musicales, con el compositor Oscar Hammerstein II. Ese día celebraban su primera participación conjunta. Lorenz mira lo que (le) sucede inmerso en un constante aislamiento que lo perseguía. Él menciona que era producto de su alcoholismo, que mermaba su trabajo como compositor. Su falta de orden y disciplina. Lorenz aunque buen conversador era un tipo en realidad solitario que vivía con su madre. Era alguien a quien se le dificultaban los afectos humanos. No tenía fácil empatía a pesar de las aparencias de siempre hallarse hablando o parecer muy sociable, sobre todo en el bar, como tanto norteamericano. En el fondo no lo conocían. Lorenz se miraba como un tipo más sofisticado que las letras que componía. El negocio del arte, como a todos con los que quería hacer dinero, te hacia más comercial, más masivo, más popular, más simple y más accesible. Rehuía a esa intelectualidad que Lorenz poseía, aun ostentando un humor distintivo. Lorenz estaba lleno de ideas que le costaban poner en práctica ante el dominio de lo popular y el éxito de obras de espíritu superficial. Rodgers, un elegante Andrew Scott mediante un personaje con facilidad para enamorar a grandes audiencias, es amable con Lorenz. Le agradece el desarrollo de su carrera. Lo considera un factor importante en el prestigio del Broadway del siglo XX. Le reconoce maestría. Le dice que seguirán trabajando juntos. Hablan de nuevos proyectos. Hammerstein también se le acerca a Lorenz y le demuestra admiración. Lo llena de elogios. Lorenz es generoso y humilde con los compañeros, aunque puede bromear criticando a otros, pero él ironiza mucho todo el tiempo, incluso su situación. Así es más fácil con los demás, dar a ver no dar importancia a los golpes de la existencia, aunque el patetismo de Lorenz en el relato es grande, a ratos un poco obsceno. Es un filme triste y sentimental. Muestra muchas deficiencias de Lorenz. Lo dejan de lado sutilmente. En cierta manera es la historia de personajes anónimos chancados existencialmente. Lorenz es irónico en extremo que hasta poetiza su cierta impotencia proponiendo una declaración existencial a su favor. A Lorenz se le define como un homosexual cansado, con 48 años pesados. Por ello no extraña que quiera sucumbir a las convenciones sociales, hasta así querer mejorar su figura profesional, sobre todo para la época donde ni siquiera se podía decir públicamente su verdadera orientación sexual, cosa que Lorenz en confianza y frescura –atípica a los años 40s- lo repite mil veces, como al barman que hace Bobby Cannavale, eficaz en su sencillez y amistad cómplice, que era lo que profesaba Lorenz, parafraseando Casablanca (1942), que uno se ampare en la amistad más que en el amor, así como en el trato amable y no en las pasiones. De ésta manera pretende enamorar a una universitaria veinteañera aspirante a artista (Margaret Qualley haciendo de chica dulce con 31 años), que no le corresponde y se lo dice directamente en el cuarto para guardar ropa, inmersa en un halo de exacerbada sensibilidad (bajo la expresividad facial apenada de Qualley, en un filme a los que no le faltan éstas expresiones, así como momentos de asilamiento, que es la verdadera trama del filme), a la que se le trata de exhibir como una buena persona, auténtica, incluso lenta al caer a consciencia en amores tóxicos, pero ni así. Elizabeth (Qualley) sólo siente estima y admiración intelectual por Lorenz. Hasta le manifiesta que su madre le ha dicho que parece que es homosexual. Ésta conversación intima entre ellos nada en el cliché del mejor amigo gay. Durante todo ese momento se exhibe bastante patetismo forzando una orientación heterosexual en Lorenz. La conversación no parece tampoco digna del intelecto de Lorenz. A Elizabeth se le da más protagonismo del que aguanta su personaje, cuando se le percibe por fuera de las intenciones formales del relato o la abundante palabrería poética de Lorenz sobre su persona (sólo daba para algo abstracto). A Elizabeth se le percibe, en persona, superficial, banal, anodina, en realidad, cuando Lorenz plantea otra cosa dentro de sus prodigiosas palabras, por más inteligente que se le pretenda en el a ratos exagerado patetismo y sentimentalismo del guion, dentro de un oasis de inocencia y extrema bondad (si tomamos en serio al Lorenz heterosexual, ¿acaso mujeres bellísimas no se meten con hombres poco agraciados por querer alcanzar el éxito profesional?, ¿o eran épocas más altruistas e idealistas?). Lorenz Hart me recuerda un poco a Toulouse Lautrec, un artista de baja estatura, alcohólico, propenso a las prostitutas ante sus deficiencias de interrelación afectiva, un tipo intelectualmente interesante y el que murió joven. Ethan Hawke interpreta a Lorenz Hart, con 55 años de edad. Se transforma –cosa que le gusta y premia Hollywood, aun emparentado con rendir culto a la belleza y la atracción que ejerce- en alguien poco agraciado físicamente y con un aire a perdedor –lo que tiene un público masivo cautivo-. Lorenz se muestra extrovertido. Reta a la inseguridad mediante la palabra inteligente. Exhibe gracia. Sostiene sin problemas conversaciones audaces. Éste filme es en mucho un homenaje a la seducción de las palabras, al amor y elogio hacia ellas. Al poder que ejercen y que reinvindican al protagonista.

viernes, 19 de agosto de 2022

The last movie stars

Éste trabajo documental de 6 horas, dividido en 6 partes, dirigido por el actor Ethan Hawke, es una obra magistral. Nos muestra la vida íntima y la carrera cinematográfica de los famosos actores y matrimonio de 50 años, Paul Newman y Joanne Woodward. Newman intentó en vida hacer un diario completo y biografía conjunta de él y su esposa por lo que mandó a entrevistar a todos sus allegados, familiares, amigos, incluso a su ex esposa y primera esposa. Con éste proyecto se grabó montón de información. Todos estos casetes luego el mismo Newman los destruyó cansado quizá de sí mismo, pero quedaron todas las transcripciones de los testimonios que hiciera un especialista. Hawke agrega muchas entrevistas en medios de comunicación de los directores de cine que trabajaron con Newman y Woodward, que llegaron a cimentar amistad con ellos. Para leer las trascripciones de las entrevistas Hawke hizo uso de sus amigos y todos ellos son actores renombrados, que toman la voz de alguien alrededor de la vida de ésta pareja de icónicos actores. Así mismo hacen de las voces de ellos, como George Clooney de Paul Newman y Laura Linney de Joanne Woodward. Hawke ha hecho tremenda gloriosa edición y dirección, le ha puesto a cada episodio sentimiento. En un momento la joven actriz Zoe Kazan le hace una muy buena pregunta a Hawke. El director del filme habla con sus amigos también en pantalla, de manera sencilla, analizando lo que ven o han visto de la pareja protagonista, o de alguna cercanía directa con Newman-Woodward, que también existe (como algunos que fueron sus alumnos o, aun siendo de diferentes generaciones, trabajaron juntos). La pregunta es, ¿qué reflexión sacas de lo que ves? Ésta aparente simple pregunta esconde mucho más, no solo se dirige a Ethan Hawke como actor, que sería lo más obvio y lógico, sino que toda la vida de Newman y Woodward es una lección existencial para quienes observamos el documental, que está cargado de referencias, introspección y empatía para el espectador y cualquier persona, se habla del matrimonio, de los hijos, de crecer, de fallar, de querer tener éxito (en lo que sea), de no perder quien uno es, de no agotarnos y de siempre motivarnos (sobre todo ellos que debían mantener la sanidad mental frente al existir extraordinario), de nuestras luchas, de nuestras frustraciones, de nuestros miedos íntimos, de nuestras carencias, etc. Newman tenía una imagen de hombre con suerte, como él mismo menciona y hace lema personal (La suerte es un arte), como ser caucásico y un hombre guapo, muy atractivo para todo el mundo, pero interiormente, en su cabeza, él no se sentía así, estaba lleno de inseguridades, y siempre luchó por vencerlas todas, porque siempre luchó por triunfar en la vida y trascender, ser más que un adorno o pasar por el mundo simplemente y eso se asume no solo por ser una celebridad sino por vivir al máximo. Lo que marcó a ésta pareja fue su convicción en cualquier cosa que realizaron, no había imposibles para ellos. También mostraron personalidad, lucharon por defender sus ideas. Newman se opuso a la guerra de Vietnam, enfrentó gobiernos, apoyó candidatos, defendió luchas sociales y propicio calidad de vida en la enfermedad de gente común y necesitada, y se ganó mucho rechazo algunas veces, pero nunca desistió de ser él mismo. Se convirtió en un hombre político y esto –medio en elipsis en el filme- lo llevó a ser un poco tachado en Hollywood, y sin embargo siempre halló una salida, porque era un hombre de acciones, de luchar siempre por salir adelante y triunfar, era un ganador porque salía con soluciones bajo la manga, enfrentaba las situaciones. Hizo películas muy políticas, que le sonaron a WTF a muchos. También se tomó la fama y la popularidad con relajo, hizo películas cómicas y que lo mostraban muy despreocupado de su posición de estrella o actor serio. Vemos en el documental como empezaron, hasta el final de sus carreras. Presenciamos como Woodward halló la celebración temprana, ganó el Oscar por Las tres caras de Eva (1957), con una actuación original para entonces, nunca antes vista, sobre una mujer con múltiples personalidades, fue un hito consolidar un personaje así, Woodward se las ingenió para construir algo único y especial. Se habla mucho de lo que es ser actor, es una lección de cómo concebir ésta arte más allá de los obvio, del simple acto de la memorización y fabulación. Vincent D’Onofrio, uno de los amigos invitados por Hawke, lo deja en claro desde lo práctico, sin dilaciones, de manera fácil para él en pantalla (sorprendiendo), mostrando que es buscar la emoción dentro de uno, la verdad o el realismo, y desde ahí luego leer el guion asignado. Todas las películas de Newman y Woodward tenían parte intima de ellos, de quienes son y que han vivido, era una fusión increíble, entre arte y existencia, se trataba de ponerle alma al cine, incluso esto pasaba con películas icónicas, pertenecientes a todos, al patrimonio mundial. En cada episodio vemos un grupo de películas de ambos actores protagonistas, se estudian con entrevistas y aportes de los amigos y los propios implicados directos en sus vidas o familiares y salen respuestas muy inteligentes, que no solo se quedan en la superficie; igualmente sucede cuando escuchamos las trascripciones de los pensamientos y análisis o declaraciones de Newman o Woodward, es como oír manifestarse a maestros Zen o budistas de la vida cotidiana, hablan de una manera impresionante en sabiduría. Se expresan sobre cosas muy personales y también de ser actor o trabajar en el cine y de cómo esto se transporta a cualquier profesión y deseo de éxito. Newman también participó del cine independiente, fue director de cine, nunca se conformó con simplemente obedecer, fue un tipo que reto al mundo, sin tampoco darle la contra gratuitamente, fue muy coherente y sabio siempre, aun cuando se ganó enemistades y remó contra la corriente. Pero también fue muy popular, fue una estrella, cumplió con Hollywood, lo hizo más grande. Aunque Newman se sentía internamente menos talentoso de lo que le señalaban llegó al estatus del legendario y admirado Marlon Brando, logró consolidarse como uno de los mejores, cuando a su esposa, a Joanne, le venía más natural el talento. Woodward sacrificó en parte su carrera por cuidar 6 hijos, 3 de Newman de un anterior matrimonio y 3 suyos. Luego vemos que Woodward asume su papel de madre por completo sin renegar ante perder un poco su carrera, y cambia su filosofía, madura, acepta, crece como ser humano. Newman y Woodward trabajaron en 16 películas juntos. Newman cuando su esposa se “estancó” –por ser madre- la dirigió, y Woodward, súper talentosa, dio la talla. En realidad, nunca se estancaron, como es natural lucharon por ser grandes y siempre hallaron soluciones, salidas. Es muy fuerte el sentimiento de matrimonio entre ellos, algo curioso y donde prima su personalidad, porque en EEUU y en Europa suelen ser ligeros con los matrimonios, con el sentido de amar; no solo es guiarse por una emoción pasajera, sino es todo un trabajo, comprometerse con todo el paquete, y no necesariamente uno tiene que ser idéntico al otro, como se dice directamente. Tuvieron tiempos muy difíciles, pero como se expresa, al final, superarlos, fue su gloria; resistir y avanzar, seguir juntos. Ethan Hawke le pone su impronta al documental, pone su granito de arena de sí mismo dentro de la convivencia con estos íconos, hay parte de su personalidad, se siente verdadera admiración y lo demuestra auténtico dentro del filme, incluso con imágenes del pasado donde está presente, hay una cierta relación e identificación más allá de lo obvio. Cuando Hawke sale en pantalla trasmite sencillez, muestra que es alguien culto, pero desde alguien de trato llano. Newman tenía defectos y el filme los deja ver todos mediante mucho tacto; muestra, pero con respeto. Participa toda la familia de Newman, sus hijos ya grandes, que hablan bien de él, porque efectivamente fue un buen padre, aunque no perfecto. Uno de sus defectos fue trasmitir cierto riesgo en la vida, cierta expresión que su único hijo varón asumió como autodestrucción. Es un filme lleno de vida, poderoso, lleno de cosas valiosas, para reflexionar, y al mismo tiempo sirve para conocer ambas filmografías que están llena de películas interesantes, curiosas, dentro de lo ecléctico; algunas de ellas hasta son hitos del séptimo arte como Hud (1963) o Las tres caras de Eva, o hasta hay películas raras, como se dice, como las de Newman con Robert Altman.

jueves, 18 de agosto de 2022

The black phone

Dirige el americano Scott Derrickson, adapta el cuento homónimo de Joe Hill, hijo de Stephen King. El guion es de Derrickson y de C. Robert Cargill. Es un filme sobre un asesino en serie de niños ubicándose en un barrio en particular, uno que puede ser cualquiera en el típico suburbio americano, similar a donde se contextualiza It (2017) que en conjunto sirve de inspiración. The Grabber (Ethan Hawke) es un secuestrador y asesino de niños, adolescentes. Usa una máscara que hace pensar en las caracterizaciones de seres perversos hechas por el maestro Lon Chaney, y a un demonio burlón que recuerda ligeramente al Joker, también luce como un sátiro. El Grabber que hace Hawke tiene un lado violento y otro algo amanerado o de ese disfuerzo del encantador fingido o que se le hace complicado relacionarse. No obstante, ese ocultamiento de quien es lo transforma en alguien más seguro y desquiciado en la interacción, jugando al mago o embaucador, pero que pronto se descubre como una bestia salvaje, un animal depredador. Yace siempre latente el borde, del cambio de actitud, de un falso amigo a un ser brutal. La suya es una imagen funcional en realidad, una imagen práctica de un monstruo, que con esa frase -y sistema de castigo- del naughty boy puede sugerir pederastia, en todo caso ahí está la posibilidad de interpretación, siendo algo muy delicado de tratar. El filme en sí prefiere un quehacer algo más infantil, más ligero, propio del entretenimiento. Predomina el uso de niños cool con actos de violencia en ellos, el ser alguien intimidador, aun siendo muy joven; asoma el bullying y como los adolescentes enfrentan ésta situación. Todo el filme pasa por ésta lectura y también incluye la de vivir con padres abusivos, es buscar soluciones directas contra el abuso en los colegios (hay que pararse por uno mismo, dice el chico latino karateka), y en los padres es más bien un tipo de miseria general que sirve como reflexión. El protagonista, Finney (Mason Thames), es un muchacho débil, común, que debe aprender a ser físico, a enfrentar en lo práctico la violencia. Para ello cada adolescente desaparecido que ostenta ese aire cool o intimidador centro de la propuesta (o ingenio o independencia) hará de maestro del protagonista para que salga de esa cárcel simbólica que es la violencia, y literalmente, busque salir de la casa del monstruo, donde se despliega el uso de la copia o los siameses, como con esa sutil fusión de la personalidad con el hermano idiota, y luego por la búsqueda de la policía. Un poco en todo es recurrir a lo primitivo y básico, es un filme sencillo y directo al asunto, plagado de cosas simpáticas si se quiere, muy en la onda de Stephen King, con cierto toque ñoño e inocente y también empático, que bien ha aprendido Joe Hill, proponiendo admiración al arte del progenitor y agregando la herencia de la potente imaginación. La hermana menor, Gwen (Madeleine McGraw), tiene bastante injerencia, recuerda un poco a El Resplandor (1980), a Danny Torrance, en su clarividencia o cierta sobrenaturalidad, pero aquí se le pone mucho relajo, como quien no asume mucho con ello (así mismo se puede ver con el padre alcohólico y abusador familiar). La niña se pega a lo práctico también, y es parte de ese conjunto de violencia de la propuesta, intimidación que se confunde con la defensa personal y tratar de impresionar a la manada o al entorno escolar. La adolescente tiene su simpatía, aunque se le sobredimensiona un poco para lo que en realidad aporta. Los últimos 15 minutos del filme son realmente buenos, cuando se pone en práctica todo el ejercicio con el teléfono negro, que pasa de lo fantasmal y macabro a una especie de misión existencial tras trágica muerte, que puede haberse inspirado en la magistral El Sexto Sentido (1999). El filme así mismo posee una secuencia en la unión de varios planos, dimensiones y espaciotemporales que es de una notable maestría. En ésta pasamos del literal teléfono negro, en acción sobrenatural y fantasmal, a recrear el pasado y describir un personaje –uno de los 5 mensajeros- y meter en ese mismo plano, al rato, convertido en una dimensión onírica, a otro importante personaje, justificando su presencia, tras el llamado de una frase que desnuda la esencia de éste mensajero, para volver a la prisión mental y física.

The Northman

El americano Robert Eggers demuestra con ésta, su tercera película, que su cine es sólido y uno de los mejores de su país. Si el cine americano seguirá reinando en el mundo será por películas como The Northman (2022), aun cuando no la rompa en taquilla, pero el prestigio y la búsqueda de arte a la larga son las que en realidad hacen historia, cinematografías y perdurabilidad. Colocan los cines en la palestra. El guion lo escribe Eggers con el islandés Sjón dando fruto a un enriquecimiento mutuo. Eggers hace una película de vikingos, con un especie de relato modernizado para el cine de Hamlet, contextualizado en el pasado salvaje de los pueblos europeos (se dice que es una de la inspiraciones para la obra de Shakespeare), ubicado en la parte nórdica (el filme parte de las leyendas danesas, e Islandia es el lugar de las luchas), solo le cambia un poco el nombre, en el uso del anagrama, lo llama Amleth (el sueco Alexander Skarsgard) a su Hamlet. Éste filme rompe con los esquemas del cine americano o el cine más popular, rompe con el cine del Hollywood tradicional, crea matices y dimensiones en los protagonistas y contrincantes, ambos tienen de bondad y maldad, de perversidad, traición y brutalidad, como de afectos y lealtades, tienen vicios y excesos, incluso los tiene el padre de éste Hamlet que quiere vengarlo, al rey cuervo Aurvandil (Ethan Hawke) a quien se le pone en tela de juicio quien en realidad es, la personalidad y el tipo de liderazgo que tuvo. La madre que hace Nicole Kidman, la reina Gudrún, es despiadada, pero tiene de cierta manera justificación, en éste mundo de esclavos que es The Northman, aun cuando profesa maldad en extremo. Ésta reina otorga tremendo golpe verbal y moral cuando encara el resurgimiento como el ave fénix del Amleth adulto, que sale desde el infierno, surge desde la muerte, a cumplir con su destino, destino que compagina con las propias decisiones y nuestra personal creación de futuro. Se vive un complejo de Edipo bastante fuerte aquí. Existe una parte onírica muy buena, hay un estado de imponer leyenda, vemos como se construyen éstas leyendas, como se crean las historias de fantasmas, demonios y espíritus, viéndolo desde lo real que luego queda sin documentar o sin ninguna o poca comprobación, provocando miedos e imaginación, folclore, aunque así mismo presenciamos magia, brujas –con la participación de la llamativa islandesa Bjork como una adivina- y paganismo mezclado con misticismo y algo de cristianismo y otras religiones. La secuencia de combate con la estatua del gigante guerrero empolvado, para obtener la legendaria espada, es la emocionante y expectante aventura que no vimos en la película, aunque muy buena, rara, The Green knight (2021). Amleth y su antagonista, Fjolnir (el danés Claes Bang), pueden ser muy crueles, aun cuando son familia, matan hermanos sin contemplación, es un mundo salvaje, esto es parte general del filme, el primitivismo, lo animal y la suma violencia y el derramamiento de sangre y vísceras sin cuartel. En el ambiente salvaje de los vikingos se exhibe un libido y corrupción bastante alto, además, pero efectivo a la realidad, el vivir prácticamente sin reglas y bajo excesos. Anya Taylor-Joy como Olga es el “cambio” de la ruta, la humanización del monstruo, pero se adscribe al mismo universo de esclavos, luchas familiares, asesinatos y venganzas eternas que es cíclico. El filme es ese árbol genealógico fantasmagórico, pagano y místico que hay que defender. Se maneja a ratos una colorización en gris que otorga personalidad a ésta narrativa de oscuridad y legados que paradójicamente van a ser anónimos y gaseosos, pero contados bajo la llama del fuego y los contadores de relatos míticos. Se percibe que se manipula el cuento de la Cenicienta donde se juega con la figura del bastardo, del hijo no querido. Es curiosa la creación del sabueso del infierno o perro demoniaco, rabioso, en una propuesta que espolvorea terror (o maneja ese código fusionado); y del oso lobo, o sea del ente fuerte y solitario. Aunque visto como traidor, es el que yace golpeado por todas partes, es decir, un sobreviviente, alguien que tiene que luchar por existir, por ser, aun cuando se reduce a cierta mencionada simplicidad, de violencia.

miércoles, 24 de octubre de 2018

First Reformed


Ethan Hawke interpreta a un pastor protestante que tiene dudas y que se halla en la desesperación (silenciosa), además sufre de una enfermedad terminal y se siente culpable de la muerte de su hijo al convencerlo de ir a la guerra, como de la desintegración de su matrimonio. Esto luce como la mezcla de Diario de un cura rural (1951) y Biutiful (2010), pero con más diafanidad que Robert Bresson y más acertado que Alejandro G. Iñárritu.

El director Paul Schrader se enfoca en que los seres humanos están destruyendo el planeta y, por ésta razón, Dios nos odia. Hawke como el pastor Toller se siente mortificado además por el silencio de Dios,  por tanto mal en el mundo. Esto se pone en la palestra cuando el pastor conoce a una pareja, y el marido de ésta se halla muy desesperado; aquí se enfocan en el cambio climático, cosa que Schrader potencia y le da varios sentidos, lo que pudo sonar tonto. Toller está a puertas del abismo, a puertas de convertirse en Travis Bickle, y como en esa hermosa y perfecta película algo improbable sucede, algo cambia a último minuto.

Schrader juega con el escape, aprieta la vida de Toller, pero al final hace valer la otra mitad que convive con la humanidad, la esperanza. La luz parece imposible de llegar, incluso desarticula la opción que todo lo mejora, el amor, proponiendo que el necesario cambio interno que todo hombre debe manejar desaparezca, por pesimista. El mundo es caos, la humanidad con el cambio climático va hacia la autodestrucción, el hombre es malo, Dios simplemente se cansó, nos detesta. Todo suena muy dramático, trágico y drástico.

No obstante hay momentos en que se respira normalidad, en el quehacer diario del pastor, teniendo a la iglesia de la primera reforma como un lugar histórico, salvador y turístico, como con las historias de la época de la esclavitud, aunque les persigue el miedo, la muerte. El filme también juega a poner en discusión el poder y la necesidad del dinero, con financiamientos dudosos, obligados, y que uno debe callar, pero pasa, como quien pone la situación más desosegante, y es algo que no queremos ver o ya no tenemos fuerza para enfrentar.   

El filme acierta de lleno cuando logra manejar el silencio de Dios, sin que necesariamente el pastor deba negar a Dios u olvidarse de él, pero debe buscar en aquel mundo que tanto dolor le causa, debe enfrentarlo tal cual, y la salida es sencilla, pero efectiva, una de las pocas, o la mejor. La salida es terrenal, sin tener que odiar o renegar de Dios. Es algo que finalmente no se puede comprender del todo, lo mismo con el planeta y la humanidad. El panorama es cruel y duro en el filme, se siente incluso la soledad en las calles y en el trato de la gente, algo muy americano. Pero no obstante hay momentos donde Toller parece estar tranquilo, aunque su mal es interno y en mucho silencioso.

Lo bueno de la película es que es como una montaña rusa de emociones, hay momentos aparentemente apacibles, suaves, y luego surge –se toca- la desesperación, lo intenso. Una de las grandes escenas del filme donde surge paz es un momento a lo Bruno Dumont que toma plena lógica, que tiene de sensual, de atrevido, de místico, de apocalíptico, todo adornado dentro de una pequeña levitación, un momento erótico convertido en algo intelectual. Schrader yace iluminado en ésta propuesta, abundan los diálogos y son todos muy coherentes y aunque muy argumentales no dejan de ser humildes, con esa humildad que evoca la idea del americano promedio que no se toma tan en serio su inteligencia, su facilidad para pensar lo existencial, la trascendencia, porque finalmente todo pasa por lo mundano, por nuestra simplicidad vivencial, frustraciones, carencias y sufrimientos.

miércoles, 1 de octubre de 2014

Boyhood

Como cada año el séptimo arte ofrece algunos encuentros o entusiasmos bastante especiales que nos unen sentimentalmente con el cine, y en ello está escoger la película del año. Fipresci, el premio de la crítica internacional, escogió a Boyhood como la mejor del 2014. Y he de decir desde mi criterio que es una merecida competidora del primer lugar, siendo un trabajo de 12 increíbles largos años –un hito del esfuerzo y la visión personal dentro del arte- donde se filmó el crecimiento de nuestro protagonista en particular, de Ellar Coltrane como Mason, desde los 5 hasta los 18, en que vemos cómo se desarrolla, yace en pos de la madurez, y se va a la universidad y contempla el anhelo del verdadero amor.

Sin embargo, hay que recalcar que si bien es más su historia, una del tiempo, como lo han enfatizado todos, es a su vez la de su familia. Tiene un espacio su padre, interpretado por Ethan Hawke, que no es ningún tipo insulso ni avejentado y se resarcirá formando un sólido nuevo núcleo familiar, mientras ve por sus 2 primeros hijos y enseña el hogar de sus progenitores, típicos ciudadanos del sur americano, viendo que el relato se contextualiza en Houston, Texas, pero no se absorbe en clichés al respecto, sin tampoco faltar a su idiosincrasia como con la exhibición de un lado campechano rural, las armas, la fe cristiana o la música country (y ésta música suena tan bien, incluso mejor que algunas de las canciones escogidas de la OST). En sí hay una banda sonora harto interesante, aunque más hacia lo sensible, donde sobresale el rock de grupos como Arcade Fire, con “Deep Blue”; The hives, con “Hate to Say I Told You So”; Gnarls Barkley con “Crazy”; Gotye, con “Somebody That I Used To Know”; Paul Mccartney, con “Band On The Run”; Coldplay, con “Yellow”; The Black Keys, con “She's long gone”; y sobre todo, Family Of The Year, con “Hero”. Éste padre tiene de inmaduro, de niño viejo, de estar discretamente como perdido,  que aun “caótico” y juvenil a un punto, resulta cálido e inteligente. El director Richard Linklater suele exprimirle mucho talento, sacar lo mejor de él como actor. Lo vemos normal y al mismo tiempo un hombre particular, con sus pequeñas cotidianas grandezas, lleno de aristas, de carisma, nobleza, humanidad y legado.

Otro espacio es el de la madre que justamente debe lidiar con serlo y a conciliarlo con su rol de mujer, de amante, lo que será su talón de Aquiles, desde que se percibe elípticamente porqué falla con el personaje de su primera pareja importante, el de Hawke –conociéndose y embarazándose a los 23- y luego con un novio que le reclama atención, aun siendo responsable. Su aporte también es el de la sabiduría, en múltiples ocasiones. En el filme hay un enriquecimiento de la sociedad, de la gente en general, no se minusvalora el entorno secundario ni se aplica la invisibilidad o se coge y se botan papeles, no solo es funcionalidad, más bien se brindan atributos y experiencias desde afuera, de los demás, existiendo un equilibrio, poniendo en práctica el dicho de que todo ser humano es especial, o puede serlo, habiendo sutiles consejos como que hay que preguntar y escuchar a los demás, conversar los diferentes puntos de vista de una temática respetando al ajeno o que no debemos vivir demasiado de los avances electrónicos, aun con tantos embrollos, malas influencias, limitaciones y conflictos en el trato directo, de ahí que el maestro de fotografía, personas que simplemente parecen pasar, tíos, abuelos –algunos que abruman, en una noción de respeto a evitar caer ser pesado/fastidioso en lo verbal, reto al que se enfrenta la obra-, amigos o incluso un jefe en un trabajo esclavo como atender mesas en un restaurante den señales de consciencia y complicidad vivencial desde sus roles. Ésta madre pasa a ser “distintas” personas, alguien simple que acompaña, o una figura imponente, no solo como catedrática de psicología de esas a lo John Keating, sino véase su consejo determinante a un trabajador manual de ascendencia latina (en la obviedad, y es que Linklater muchas veces acierta girar dicho timón, y en otras inevitablemente se le escapa de las manos o lo deja correr). Un rasgo continuo en ella y el conjunto retratado es la imperfección, pero de la mano de salir de ese escollo, sin subrayar en el trayecto o haciéndolo menos convencional al uso hollywoodense, y sin ser complicado. Se es muy emocional, y con ello en tantas partes visceral, como le pasa a todo ser humano, y de ahí las malas elecciones, pero que luego se resuelven con solvente y juiciosa contundencia, y por supuesto no faltan tampoco los triunfos desde esa apertura interior.

Un tercer puntal familiar es la hermana, en los zapatos de la hija del director, Lorelei Linklater, de niña mucho más lograda que de grande, más rica en performance. Por ese tiempo se roba el show, entre comillas, es decir, es mejor su actuación, aun en su brevedad, mientras en Mason resulta al revés, sin desmerecer la niñez, más predeciblemente inocente, episódica y de trama escueta, pero que como referentes de identificación universal valen los lapsos que se presentan su peso en oro tal cual, que además implican a la historia cultural. Tal es ir a esperar la salida de un nuevo libro de Harry Potter. Por esa época resulta notable la breve conversación sobre Bush, luego balanceada tras el apoyo a Obama con la opinión de la intervención de Irak por el último marido ex militar de la madre protagonista. La hermana de niña es una pequeña antipática de carácter invasivo y posesivo, que no obstante tiene algo de iluminación más tarde, menor, ya que se apaga la luz en ella en buena medida (mientras a la hora y media de metraje, más o menos, brilla bastante Mason, ingresando su rol en una “complejidad” argumental). Ella pasa por la etapa rebelde de querer sentirse in/dentro socialmente, recalcado y argumentado de forma audaz y precisa –hay sitios donde los discursos son de una coherencia, tino, noción colectiva y sabiduría de a pie de muy grata impresión- a través del reproche de su madre de que escoja entre ser una buena persona, sensible y firme o una narcisista egoísta (idea que se repite como búsqueda artística, profesional, e ideal, en el caso de la fotografía, símbolo del cine, que sigue y ama nuestro personaje principal), traducido en ser una chiquilla de cabello rojo desesperada por yacer cool en la temprana edad (para después pasar a aparecer como una chica universitaria liberal y poco más, y esfumarse su protagonismo). En cambio, en Mason lo es sin demasiados esfuerzos, logro que siempre se suele buscar en el cine americano, y no resulta siempre tan natural. Aquí digamos que lo tiene en un porcentaje bastante decente, pero sobre todo eficiente porque es parte de uno de los retratos estudiados en la propuesta, acentuando de que el filme entre manos se trata de los lugares básicos y afines a todo ser humano durante su desarrollo emocional y físico. Se trata de los pilares de la personalidad y la definición del yo en el mundo, puestos por un lado también desde otras edades, pero de forma complementaria, en los padres. El muchacho tiene de freak, como se dice en una conversación, “tolerado” con aretes, cortes de pelo a lo marginal, al estilo de Jimbo de The Simpsons, uñas pintadas de colores oscuros y diálogos existenciales (típicos del autor si recordamos su memorable trilogía, Antes del amanecer, 1995, Antes del atardecer, 2004, y Antes del anochecer, 2013), luego dilucidados con ese tino/encanto que Linklater tiene muy presente y lo deja correr con sus elecciones narrativas.

¿Cuál es el punto de cada alegría y percance de la vida?, inquiere Mason a su padre (y con él el sentido de la película); es la eterna pregunta de la dualidad por excelencia, y se responde bajo el tono amable y contemporáneo dominante del filme, yo qué sé, bajo una zafada y descargo irónico, de frescura. No obstante enseguida se retoma y se arguye una inaguantable respuesta. Éstas siempre están, si bien no pretende ser definitiva ni trascendental para no errar ni molestar a un grueso al que se dirige, viendo que el tema es importante por sí mismo (como el del desencanto, la grandeza de la realidad y la imaginación con los elfos y las ballenas). Es ahí que escuchamos que lo que debería interesarnos entender es sencilla y únicamente que hay que valorar el poder sentir, porque vivir es simbólicamente tener el corazón ilusionado; y no debe haber decepción que nos gane, aprendiendo a amarnos mediante, y junto a ello al mundo, para lo que debemos proclamar nuestras pasiones.

Linklater es todo un libro de sensibilidades, alegrías -que nos hacen sólidos- y optimismos. Pero hay espacio para los lugares dramáticos, los abusos de carácter y el alcoholismo, estos detrás de dos conflictos de la madre, personaje que yace más incluida que el padre que es esporádico, en la piel de Patricia Arquette. Cae en la sensual atracción de lo culto y de lo humanitario, pero aquello no nos impide que seamos seres por naturaleza imperfectos. Nos sugiere, nos hipnotiza, nos seduce. Al comienzo busca adaptarnos, para más tarde implicar naturalidad, ser imperceptible técnicamente, y crear una narrativa fluida. 

Las llamadas de atención sobre el exceso de poesía en nuestras vidas o la ruptura con una chica inteligente pero que se deja llevar por el instinto pueril y salvaje, por cierta contradicción (no del todo negativa), son más que efectismos o la necesidad de balance en la trama, sino lecciones de vida que se acoplan a la estructura y sentido de la ideología que enarbola el trabajo y la esencia de Linklater, en que predomina lo simpático, con su sustancia,  mediante la empatía e identificación en cada trance coyuntural, tanto como conceptual, desde lo aparentemente sencillo y universal. De esto que nos convenza, nos atrape, y nos haga sentir los “Momentos de una vida” (como se le ha llamado en español) a través de la gran pantalla.