Mostrando entradas con la etiqueta Joan Fontaine. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Joan Fontaine. Mostrar todas las entradas

sábado, 15 de junio de 2019

Carta de una desconocida


Una película muy celebrada, perteneciente a Max Ophüls, de poética maldita, de tragedia romántica, con una mujer que se enamora perdidamente de un hombre, su vecino, y muere amándolo, dejando una carta confesándole todo su amor. Lisa (Joan Fontaine) desde chiquilla queda prendada de un famoso pianista mujeriego, Stefan Brand (Louis Jourdan), y llega a conquistarlo, pero el hombre mujeriego como es la olvida y hasta redunda en ese olvido. En una estación de tren él dice que la buscará a su regreso de un concierto suyo, pero no lo hace. Ella firme en no incomodarlo –en no prestarle obligaciones- termina poniéndose a un lado –tontamente-, llevando un hijo de Stefan, a quien en vida no le confiesa de la existencia del muchacho –error aún más grande-. Es una película triste, con un hombre que se autodestruye inconscientemente al dejar pasar el amor verdadero, porque él ama a Lisa pero ha fallado por equis motivo en cumplir con ésta mujer. Ahí yace un pequeño misterio, ¿qué lleva a Stefan a dejarle entender a ella de que es su otra mitad en la vida, con aquello de lo que siempre ha sentido le ha faltado y necesitado, pero termina olvidándola o no reconociéndola varias veces?, esto puede sonar a un defecto de la propuesta, pero también plantea que el filme sea romántico, poético y trágico mediante éste olvido inexplicable y leitmotiv. Al final el hombre quien ha cometido el gran error de su vida recordará en su mente todos sus encuentros, identificándola, desde pequeña, mucho gracias a la carta sentida que ella le deja. Stefan no es un mal hombre, solo alguien que ha dejado escapar al amor. Simplemente es un hombre torpe, ejecutor de tantos fracasos, mientras Lisa representa a la mujer abnegada, una tragedia andando con su enamoramiento apasionado. El filme tiene muchas escenas dulces, todo no es llanto o drama. Pero el fin es ese, echar unas lágrimas con una historia triste.

martes, 18 de octubre de 2011

Sospecha

Un director que supo hacer continuamente una obra maestra tras otra fue Alfred Hitchcock y ésta no es la excepción aún con algunas pocas imperfecciones y un aire a ratos naif que es parte de ese pasado glorioso. En ésta oportunidad gracias a ésta película y a su actuación la actriz principal Joan Fontaine ganó el único Oscar de su carrera. Entre las filas de los protagónicos está el carismático Cary Grant que hace un papel destacado como un seductor y vago oportunista que enamora a una mujer esperando arreglar su existencia –o será que el afecto cura todas las limitaciones personales- debido quizás a una herencia y a su buena condición social, lo cual está por verse. Ella, Lina, a quien cariñosamente le llama carita de mono, se debate entre la desconfianza y el amor que le provoca su pareja, siendo una dama de poco mundo, una solterona bien educada e intelectual con dotes de amazona que producto de un menosprecio y por la atracción física que siente se envuelve con un caballero que parece siempre estar al acecho de la trampa y del engaño para su beneficio, un pillo capaz de cegar a una señorita sin que ésta pueda advertir su verdadera jugada o que la conmueve a últimas instancias ante el inminente peligro. Sin embargo Lina vive en completa tensión imaginando no solo a un embaucador sino hasta a un asesino aficionado a las novelas de criminales, y continuamente se debate entre confiar o no.

Es una cinta que nos moviliza constantemente en el suspenso de manos de uno de sus mejores artífices. Lina se enfrenta a una verdadera prueba de supervivencia creyendo que su marido quiere eliminarla para cobrar un cuantioso y suculento seguro; sus emociones se mezclan y no sabe si huir o seguir al lado del hombre que ama perdidamente aunque otorgándole el sentimiento de duda sobre su comportamiento.

Cary Grant no sólo es guapo sino despliega un encanto y una verborrea prodigiosa, es en su personalidad que logra cautivar al espectador sosteniendo un personaje muy simpático tanto que esa característica suya tan propia y bien ganada nos confabula con él para presenciar por ratos momentos muy graciosos producto del temor que genera en su esposa que trata de descubrir su esencia, su auténtico yo. Eso no significa que todo sea leve sino es una mirada fresca de una posibilidad que guarda el misterio de quien es realmente Johnnie, hasta qué punto puede llegar su ambición y su falta de escrúpulos, ¿es todo una invención o existen pruebas que indican un futuro homicidio?

La sonrisa acompaña ésta película y la curiosidad, Hitchcock nos involucra con su magia y nos brinda la tensión que nos mueve a pensar que algo grave va a suceder y luego nos tranquiliza ante la resolución de ese clímax momentáneo, es un ir hacia adelante pensando en hallar la carta que esconde el encantador de serpientes. El misterio es el plato fuerte del maestro y de ésta realización que discurre en el romance y en su compenetración o en su falsedad, con una ambientación bien dispuesta, metódica y acompasada como ya es marca de la casa, con un reparto de secundarios idóneos como el gracioso, inocente y chismoso Beaky, compañero alcohólico que pretende invertir su dinero en una empresa con Johnny, otra circunstancia que desencadena los temores de Lina.

Joan Fontaine no sólo es pequeña, delgada, rubia y bonita sino una actriz histriónica muy verosímil que se hace querer tanto como Grant, el galán que mantiene el equilibrio en la ambigüedad que ha de proveer su presencia. Ella en un alarde de dominio escénico se desmaya, se enferma, se enturbia, vigila y produce inquietud con respecto a un calmado, ladino y escurridizo Johnny que cambia de piel y se guarda de ser hallado culpable de la pesquisas que va montando Lina, una Fontanie que hay que decir que cuando sonríe ilumina el cielo y cuando se ensombrece nos hace temblar, con su habilidad nos tiene al borde del infarto, de la locura. No escatima esfuerzos para hacernos creer que Johnny, un agraciado, distinguido y amable aunque ocioso Cary Grant, ese amigo entrañable, ese ser humano listo que supo atrapar al ratón y conquistar su corazón, es un temible homicida.

Hitchcock es un despliegue completo de asertividad, de un derroche de proyección creativa que se impregna en el público bajo la dócil empatía, como con la escena de una entristecida Lina escuchando a su padre hablar a sus espaldas en la mesa junto con su madre y luego voltear en toma abierta con un rápido galán a la mano para acallar aquellas críticas. En otro de esos ratos destacables de la cámara los forcejeos en la cima nos sobresaltan del asiento mientras la frase precisa es la dirección que toma la realización en toda la trama, el amor y la contracara de si existe o solo es un pretexto para otros intereses menos encomiables.

Hay que agradecer la pulida destreza de aquellos planos tan llenos de estética y provistos de giros imprevistos que no hacen más que enriquecer el filme. Es el favor de una estructura que nos ha brindando una inolvidable satisfacción que en ningún instante decae, aunque disculpando una efectiva conclusión aunque algo precipitada que ya no daba para más porque ha sido demasiado explotada. Ésta es otra incursión cinematográfica de la cual hay que puntualizar que es un clásico de aquellos que no se puede dejar pasar.