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domingo, 20 de mayo de 2018

Zama


El mexicano Daniel Giménez Cacho es Don Diego de Zama, un corregidor español que espera ser trasladado de una colonia salvaje a otra colonia más moderna donde le espera su esposa e hijos. El filme de la argentina Lucrecia Martel adapta una novela de las llamadas imposibles, de su compatriota Antonio Di Benedetto.

Zama es una película de aire enrarecido, fantasmal y a ratos surreal. Su atmósfera va yendo y viniendo presentando estos estadios. La banda sonora, las extrañas acciones y las tomas de la cámara van creando estas puestas de escenas tan virtuosas, tan atmosféricas. Todo Zama es un juego de estéticas. A esto se le suma una historia que parece un poco episodios, como si no hubiera demasiada trama entre manos en realidad.  

Lo mejor de Zama es esto, su carácter de presentar poca narrativa, pero envuelta en un trabajo cinematográfico minucioso, donde cada detalle visual otorga la complementariedad que engorda su trama. Las acciones de los esclavos negros es todo un repertorio si sabemos prestar atención, recurriendo a lo histórico y a la imaginación, mensajeros semi-desnudos, amantes a lo Cleopatra, simples abanicadores, cargadores o burros de carga, prostitutas u objetos sexuales, mucamas castigadas por su color. Esto es curioso y puede pasar por políticamente incorrecto.

Diego de Zama es un héroe ordinario, un tipo simple, pero cuajado, quien tiene la mala suerte de estar bajo el yugo de un gobernador que no pretende ser su amigo, un gobernador engreído y todopoderoso que lo sabe y le es indiferente Diego de Zama. Ya sabemos que vive impaciente por irse, pero siempre lo detienen. Su desesperación lo lleva al arrojo de perseguir a un famoso delincuente brasileño, y la mala suerte nunca lo abandonará. Zama descenderá al infierno, un infierno indígena, donde la muerte pende de un hilo.

Diego de Zama tiene un poder ultrasensonrial, ve a un niño indígena fantasma perseguirle por donde va, ve también a unas mujeres virreinales asecharle, yace entre la pesadilla y la realidad. Ese niño a veces es material, es real, es su hijo, otro es como un ángel, algo que debe descifrar. Zama está enfermo, y “extrañamente” ha venido al mundo a ser castigado, aunque nuestro protagonista es un buen hombre.

El filme parece obrar sobre la calidad de autor de los artistas, agobiados por la burocracia, la apatía e indiferencia, la monotonía, la derrota. Pero sin esperanza, lo suyo es sólo una acción autómata, buscar a la familia, un poco de seguridad y calidez. Ya las putas que engolosinaban al hombre de guerra no le llenan la vida, ni siquiera tiene fuerzas y encantos para una del poder de seducción y sofisticación de Luciana Piñares de Luenga (Lola Dueñas).

Lo curioso es que Diego de Zama no es un revolucionario ni un hombre que quiere ser intrépido como el asistente que escribe contra la corona y enoja al gobernador, a Zama le da todo igual, es un hombre agotado, sensato, pero listo para ser aplastado, aun cayendo en la desesperación y ser un traidor en varias ocasiones, un traidor para todo el mundo.

¿Quieres vivir?, es la pregunta capital del filme, Zama es un muerto en vida, sólo quiere irse. Es valiente e inteligente, es racional, es justo y hasta tiene de noble, es humilde, pero el mundo es de los gobernadores, del poder, y de los tipos serviles, básicos y poco reflexivos como el Capitán Hipólito Parrilla (Rafael Spregelburd).

Zama es un hombre de las orillas como algunos peces suicidas, pero finalmente tampoco se complica, traiciona, mientras pierde aquella figura gallarda del inicio. Y es un enemigo –hasta para sí mismo- al perder la esperanza, porque todo requiere de fe, de sueños, de cierta necedad, como la de los criminales que siguen a Vicuña Porto en la ilusión folclórica de aquellos cocos que llevan riquezas dentro. El resto por ende es pesadilla para Zama, una aventura a la selva, al corazón de lo salvaje, de lo primitivo, sin romanticismos, puro cuerpo.

domingo, 6 de julio de 2014

La ciénaga

Echo la mirada sobre la ópera prima de la argentina Lucrecia Martel, propuesta que entusiasma a la crítica de su país, y que puede ser considerada como su mejor obra, una que nos enseña los temas que abordará más tarde. El misticismo, la ignorancia, la ambigüedad y oscuridad del proceder y de la atracción del ser humano, el descubrimiento sensual y la tentación natural de lo prohibido en La niña santa (2004). Y la muerte, la culpa, la tensión existencial, tras un accidente fatal que la condición social trata de ocultar en La mujer sin cabeza (2008), que puede ser vista como una metáfora complementaria del planteamiento de la película anterior.

Algo que a uno le atrae inmediatamente del séptimo arte que hace Lucrecia Martel, fuera de quienes tengan que asimilarlo, es que ostenta un estilo personal, una cosmovisión propia, y aunque muchos lo crean fácil de lograr, muchos carecen de ello, aunque no todos plantean ser raros. Estamos ante algo que intenta o, más bien, le nace, ser novedoso, y considero que lo logra, superando las limitaciones del cine de bajo presupuesto, usando las mejores armas del arte: la inteligencia, la osadía, la imaginación y un sentir auténtico en lo hecho.

Lucrecia Martel invoca ligeramente a David Lynch en su extrañeza (de quien ha confesado admirar, como a Ingmar Bergman y David Cronenberg), en un ambiente que da la sensación un poco de irrealidad. Esto me recuerda a Post tenebrax lux (2012), de Carlos Reygadas, especialmente la escena de la piscina estancada/sucia rodeada de asistentes de clase acomodada alcoholizados y ensimismados en sí mismos y en la nada, síntoma univoco de decadencia. Es estar en lucha velada contra el estado de lo pacífico, la supuesta normalidad, desde valga la curiosidad un tono de calma en su narrativa, roto por la intensidad juvenil y los niños (los tantos primos). Tenemos también erotismo incestuoso (llámese si se quiere perversidad, a partir del juego “inocente”, el llamado de la piel y lo animal). 

Están las alegrías casuales, y los conflictos intempestivos producidos como siempre mayormente por la inconsciencia y la falta de respeto. Presenciamos un breve y discreto –como que no va a mucho- pero sugerente choque social y de clases -si bien todos están como mezclados por el territorio- con El Perro y la empleada y novia, en medio de una fiesta de cumbia, hegemonía del pueblo; y la violencia intrínseca en medio de la naturaleza salvaje, como denotan los niños en el campo –arbolada, ciénaga- siendo complejos, fuera del lugar de la inocencia propia de su edad, que añado que para Martel como ha expresado son de por si tales, más elaborados de lo que creemos. Le doy crédito, pero como ella misma expone en el filme sólo en una parte. Yo creo que se minimiza su pensar bajo su naturaleza de espontáneo relajo, aunque todo ser humano lleva algo interior, y por ende su propia complejidad. Algunos chiquillos lucen duros, por mencionar una cualidad palpable en el relato (atribuida mucho más a los adultos). Se observa en la firmeza de sus incursiones de caza.

Se entiende lo implacable del mundo, la proclividad y el poder de la sombra perenne de la muerte, ante la escena con la res torpe o vieja muriendo en el fango, en la ciénaga, como parece ser simbólicamente lo que le pasará a Mecha y Tali, de ahí la tensión y frustración individual de éstas dos amigas/primas; una por un marido alcohólico e inútil, como lo califica la propia Mecha (Graciela Borges), y la otra con uno muy simple, dedicado a sus hijos, que tampoco le llena ni le hace feliz. Mecha, sobrenombre coloquial de Mercedes, contiene una sub-trama y lectura de envidias, enojos ocultos y alternativas argumentales de un estar dentro y fuera de la provincia de Salta, contexto de la historia. En José, el hijo mayor, se trata de un escape, regresar a la finca familiar, lejos de su amante que es mayor que él y lo mantiene, de otra Mercedes, en una vuelta al pasado, a la nostalgia, la que parece invocar la autobiografía sentimental de la directora, sobre su ciudad natal, Salta, aunque en gran parte ella sea dura, o pretenda ser imparcial.

En todo lo antes dicho entra a tallar el hijo pequeño de Tali (Mercedes Morán) subiéndose en la escalera, siendo algo bastante previsible, como también a razón de esperar algo tras la tensión implícita y la sutil exposición; véase cuando se prende la luz de una habitación en tinieblas y está Tali sorpresivamente fumando, o en la insistencia de su viaje a Bolivia que es como un grito de ayuda. Éste es un punto de inflexión, de decisión, que como vemos se da sin respuesta narrativa, salvo como mensaje general de justificación de comportamiento.

Lo de Tali y Mecha son dos historias de una misma lectura. Lo de Mercedes tampoco parece un estado ideal, pero al menos como se dice y se desprende es autosuficiente y yace lejos de esa cárcel que parece ser la provincia de Salta, lo cual no es una idea espectacular, más bien humilde. Se trata de ponerle atención, aunque no necesariamente a los diálogos que dicen poco, sino como bien ha comentado Martel, a lo que yace detrás. No exageremos tampoco el entusiasmo de una buena narrativa sobre lo cotidiano.

El contexto familiar, el contexto base, resulta identificable. Así mismo más que parecer costumbrista –que un poco lo es ya que retrata la provincia- lo de Martel es meterse con la esencia complicada del ser humano, a razón de lo visualmente leve, y que incluye a los niños. Pero también observamos el atrevimiento lésbico decidido de Momi con su empleada heterosexual, Isabel; o los juegos, roces, celos y desnudos de José con Vero (entre hermanos). Es un enfoque femenino (visto el protagonismo de Mecha y Tali, el primero que desciende y el otro que aumenta), apreciando que el atractivo, haragán, mujeriego y pecaminoso José, el muerto de Gregorio (el doble y el futuro de José, su progenitor), el escueto y funcional esposo de Tali o el ordinario Perro sirven al cometido de desentrañar los deseos y conflictos ajenos, de alguna mujer, aunque en general la ilustración de los personajes apunte a los detalles, a poca información, en donde el retrato coral es el verdadero protagonista.