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miércoles, 21 de febrero de 2018

The Post


Ésta es una película sumamente limpia, clara, muy bien explicada sobre un informe de análisis del propio gobierno americano sobre la guerra de Vietnam, denominado los Papeles del Pentágono, que señalan que el Departamento de Defensa sabía que era una guerra perdida y aun así seguían mintiéndole al pueblo americano, además de tener otros intereses anexos no oficiales desde los gobiernos de Harry S. Truman y Dwight D. Eisenhower que propiciaron la intervención americana. Esto se filtra de propia mano de un analista del Pentágono, Daniel Ellsberg, y llega a manos del periodismo, primero al The New York Times y después al Washington Post. El Post estaba dirigido por el legendario periodista Ben Bradlee y le pertenecía a Katharine Graham que también era la editora. Se enfrentaban a comienzos de los 70s con el gobierno de Richard Nixon.

El filme es una exhaustiva exposición del desarrollo de las publicaciones y la reacción del gobierno de Nixon que quiso detener las publicaciones y amenazó con llevar a la cárcel a Graham y a Bradlee por poner en peligro la seguridad nacional. En el filme Katherine Graham, interpretada por una talentosa Meryl Streep, tiene sus dudas de publicar estos papeles porque era amiga cercana del secretario de defensa Robert McNamara que tuvo mucha injerencia en la guerra de Vietnam y a quien le iba a caer gran parte del peso de las críticas sobre éste informe. Pero Bradlee (Tom Hanks), por lo que se ve en el filme, estaba muy decidido y era muy aguerrido e impávido y trataba todo el tiempo de convencer a Graham de publicar.

Katharine Graham luchaba contra un espacio periodístico machista y patriarcal, de hombres de negocios, donde las mujeres solían estar relegadas o prácticamente no existían en las altas esferas del poder, pero tenía carácter y mundo, y un compromiso con demostrar que podía llenar el lugar y sentirse orgullosa de su labor y entrega al pueblo americano. Graham es una mujer de dinero, y reuniones sociales, que estuvo dedicada a su matrimonio e hijos, pero el deber le llamó y en eso se enfoca mucho el filme de Steven Spielberg. Graham tiene dudas y temores en su cargo, pero tiene mucha voluntad y quiere dejar una marca.

En varias oportunidades vemos como la puesta en escena de Spielberg pone a Graham algo achicopala, pequeña, frente a la predominancia masculina, con ellos tratando de minimizarla o dominarla, haciéndole ver todo el tiempo que el Washington Post era una empresa y dependía de inversiones, banqueros y la bolsa, que se espantarían con éstas publicaciones. Graham lentamente sale a la luz y va tomando mayor fuerza y convicción, porque tiene ante todo un deber con el periodismo y la libertad de prensa, y el pueblo requiere la verdad. Vemos como Spielberg la coloca más tarde en la gloria de los reflectores, semejante a un ave fénix, ante un llamado de personalidad, brillando frente a la mayoría masculina.

En una escena Meryl Streep atraviesa un lugar lleno de damas esperando afuera de una entidad gubernamental (las mujeres dejadas en segundo plano), e ingresa a un lugar de puros hombres y ella queda por encima de todos (reubica a las mujeres bajo su representación), tal cual un conglomerado patriarcal que no puede con ella, que no puede sojuzgarla. Es una pequeña revolución feminista, donde una brillante mujer se impone, justificada por un deber mayor, universal e idealista, luchar contra la mentira, y el poder que yace a espaldas de la ciudadanía.

Katharine Graham es la protagonista de la película, es la mujer que tiene que definir su destino y del periodismo americano, o vivir pusilánimemente –frente a los amigos, el dinero y el poder- o brillar con fiereza, pero con razón, ayudada por ese soldado y subalterno valiente que es Ben Bradlee, quien también recapacita, no es un tipo cerrado o unidimensional, como pudo quedar plasmado, teniendo momentos de reflexión y relajo; uno de ellos llega por su esposa (Sarah Paulson), una ama de casa, que aunque está más encargada de llevar y pasar la comida a los periodistas también es inteligente y entiende la situación y puede influir en su marido; la otra lección llega a razón de la amistad con John F. Kennedy y es pensar que el deber está por sobre las relaciones, por sobre los amigos políticos, uno siempre tiene que decidir.

The Post (2017) es una clase maestra de periodismo, una película que es muy entretenida, que no es difícil de seguir y entender, que se explica maravillosamente, cuando pudo faltarle el dinamismo y ampararse en mucha información, ser verborrea. Ésta se halla muy bien distribuida y entregada, tiene ritmo, fuerza y amabilidad, es notable.

martes, 11 de febrero de 2014

August: Osage County

The Company Men (2010), la ópera prima de John Wells, era una película que estaba bien hecha, no era mala (como muchas podríamos decir, que simplemente cumplen), pero generaba poca atracción, aun teniendo como tema central a la última actual crisis económica, y contar con actores como Tommy Lee Jones, Ben Affleck y Chris Cooper como los protagonistas, teniendo a Affleck en el mayor rol, con toda su simplicidad pero con el carisma que conlleva que sea él, y como anexo el olvidado Kevin Costner (quien lo diría, aunque ya nos hemos acostumbrado, y es que el tiempo pasa y muchas veces nos “quita” la gloria), y la bella y escultural Maria Bello, la que tiene escenas donde nos lo deja claro. Y es que no hay nada llamativo y original en la trama, quizá solo que sus personajes representan el sufrimiento y la preocupación tras el desempleo y lo que acarrea en el modo de vida, no poder pagar la universidad de una hija o perder el auto del año, la amplia casa en una buena zona y hasta los juegos electrónicos del vástago, visto desde dentro de la clase media alta. La que se contextualiza en una gigantesca corporación que requiere de recortes para seguir siendo productiva, expulsando a gente calificada que se generaba fuertes ingresos, una existencia acomodada. Sin embargo, aun versando en cierta cara oculta o poco retratada de la población americana (y mundial por reflejo), ya que no nos refiere al que tiene que subsistir, sino al que ostenta mucho más de lo que necesita, se termina repitiendo el patrón general y abundan los clichés, como convertirnos en seres humildes en el corazón al tener que hacer trabajo manual. Después todo bien desplegado, pero insignificante a más no poder, ya que trata de ser simpático con los recursos de siempre, fuera de su historia dramática, de corte ligero, perpetrándose en un buen ritmo, y por ende siendo entretenida, si es que nos conformamos con una historia tan pequeña en su narración.  

Por todo no es que haya sido un comienzo que te aliente mucho como espectador, pero podíamos ver que concebía oficio, y como se constata ha logrado que queden contentos en Hollywood, con la dirección que realizó, ya que ahora el reparto se hace mucho más grande e importante en August: Osage County. De donde hay dos nominadas al Oscar 2014, en las mega-estrellas Meryl Streep y Julia Roberts. Y una buena labor grupal, ya que sus cimientos pertenecen en pantalla al de un equipo que quiere contar la idiosincrasia personal de cada uno, proporcionando descubrimientos penosos y conflictos en todos ellos. Como la sorpresa parcial que es la actuación de la casi desconocida Julianne Nicholson, como Ivy, una apacible solterona enamorada de un perdedor con el que comparte vínculos sanguíneos. A su lado, el siempre fácil de querer Sam Shepard dentro de un rol breve como el padre alcohólico, un poeta e intelectual reconocido y acomodado, pero dejado de lado por su profesión ante sus licencias y relajos e infeliz en su cotidianidad, que hace de motor de reunión y el sacar al aire los múltiples trapitos sucios del hogar. Alguien a quien deberíamos apreciar mucho más, a Dermot Mulroney, que hace pequeños papeles pero sumamente creíbles y contundentes. El novio playboy de una de las hijas Weston. Karen, Juliette Lewis, perfecta en el papel de una hija de pasado libertino, mala reputación, que quiere sentar cabeza, y que la muestra apocada, intimidada y menospreciada por su madre, yaciendo desesperada ante el futuro, por lo que se agarra a la que ve como su única oportunidad. También está el pequeño Charles, en un bastante bueno Benedict Cumberbatch, como el hijo mediocre pero dulce y buena persona, maltratado, constantemente humillado por su progenitora, que le ha sumido en una personalidad insegura y auto-flagelante a la vera de sus culpas. Ella es Mattie Fae Aiken, la actriz Margo Martindale, compleja debajo de ser vista como un estereotipo, la que desborda antipatía, lo cual se hace ver bastante lograda por su propio talento, venciendo la indiferencia natural que genera intrínsecamente. Tiene una actuación pequeña pero interesante. Después, no se le aprovecha a Abigail Breslin que solo yace correcta y poco vista, como Jean Fordham, nieta adolescente de Violet, de la que se le entiende rebelde –fuma marihuana, aunque a quien le descoloca aquello- pero apreciable en que no es tan tonta al uso, gusta de ver El fantasma de la ópera (1925), y pues ¿qué chiquilla común gusta de semejante clásico? ¿O es que infravaloro la capacidad general de esa edad? Con ellos, Ewan McGregor, en el rol de Bill Fordham, el padre infiel, y realmente es poca cosa su intervención aunque es loable que este actor se deje ver más a menudo en un tono serio, dramatizando discusiones álgidas entre gritos, aunque también asoma su portentosa sonrisa. Y por último,  está Chris Cooper como Charlie Aiken, que es el tío relajado y buena onda, y se queda así, sin más, al punto de pasar por un poco bobo, pero que lleva su rato de alteración y rescate, simplona gracia –como en su oración- e intento de sorna luego mandado a callar.

Es atractivo ver que se maneja la imperfección con solvencia en cualquiera de los integrantes de los Weston, no se tiende a ser reduccionista, aunque hay imágenes mentales, no se va a simplemente juzgar y tacharlos de golpe (al menos pretenden intentar salir de sus agujeros, ven la realidad que los describe), aunque no es que sean retratos exuberantes. Pero habría que decir que se abarca mucho en poco espacio ante tantas historias personales, y aunque la propuesta sale bien parada en conjunto, tiene creatividad y su lado de transcendencia por varios frentes, se siente el peso de la ambición colectiva. No resulta tan creíble tanta crisis y caos familiar, se ve que es demasiada problemática, su calidad compacta no es tan verosímil, aunque fluye con su ritmo, entretiene, cumple su cometido de generar atención y novedad, un clímax tras otro, en que parece en un momento que ya todo acabó en un final feliz digamos, de comprensión, pero pasa a uno más y aun mayor, un boom final donde todo explota y se desborda, como suele yacer en la dramaturgia de Tracy Letts -en que se basa esta película; obra teatral merecedora del Pulitzer del 2008- que deja lo peor para la última media hora llevando todo al extremo. Veamos sino Bugs (2006) y Killer Joe (2011), otras piezas dramáticas suyas y sus guiones respectivos convertidos en filmes, ambos por la dirección de William Friedkin.

La paranoia de Bugs llega hasta la revelación apoteósica, rompe todo límite, nos da un violento y brutal golpe a la consciencia, dejando en claro la postura que triunfa, una especie de Take shelter (2011) más segura de sí, con el mismo actor, el magnífico Michael Shannon en la quintaesencia de lo que habitualmente interpreta, junto a Ashley Judd que da la talla, y no es menos ante su coprotagonista, en una conjunción de entrega y gran envergadura. Es una cinta muy curiosa, aunque caiga en la exageración, y algo en la redundancia o sobre explotación, no obstante muy a tener en cuenta. Mientras Killer Joe es convencional en gran parte del metraje –aun con exponer más crudas las palizas en la visión de la sangre y utilizar desnudos completos, como los de Juno Temple y Gina Gershon que hacen estupendas performances, sobre todo la minusvalorada Gershon, vista como actriz menor, que aquí pone todo sobre la sartén, o la pieza de pollo del KFC si se quiere ser más directo, y hay que aplaudirle su valor en un estado de mayor alcance de lo habitual en ella- para darse lujuriosa, con humor negro, salvaje, perversa e impredecible en su último tramo. Una actuación que se engrandece en ese lapso es la del hoy aclamado por la crítica, Matthew McConaughey como un calculador pero extrovertido asesino a sueldo texano –con sombrero de cowboy y botas que como se estila deben ser particulares, ya que hablan de ser o no un ganador en el lenguaje del sur de Estados Unidos que describe Letts, como deja ver un diálogo en August: Osage County- que tiene una personalidad imponente y seductora, hasta que le llega su hora de fracaso. A lo que agregamos que Thomas Haden Church, es un actor con ángel, trasmite sentimiento aun en lo ordinario, y que a pesar de su fisonomía hace de tipos más suaves de lo que aparenta, y tiene mérito no ser condescendiente con la imagen preconcebida. Killer Joe es una muy buena cinta que habría que recomendar más, si cabe, aunque sin sobredimensionarla. Está bien urdida tanto que remonta la sensación de tener un bajo presupuesto, y logra más que cumplir desde la claridad de componer y desnudar la naturaleza de sus criaturas. Paga las expectativas.

Pasando a los pesos pesados, confieso que aunque no se podía eludir la admiración y el aplauso, justificado, hacia Meryl Streep, nunca ha sido de mis favoritas. No había algo que me haya extasiado de ella en su filmografía, salvo que mirándolo desde sus últimos años he apreciado su compromiso, mimetización y fuerza como actriz en El ladrón de orquídeas (Adaptation, 2002) y El diablo viste de Prada (2006), y algo menos en Las horas (2002) y Los puentes de Madison (1995), todas estupendas películas, además. No obstante, su papel como la matriarca Violet Weston ha logrado ese esperado momento, creo que es la actuación más cautivadora que ha acometido dentro de la que podemos concebir como la segunda parte de su carrera, o una de las más altas cotas de su arte. He caído rendido a su fascinación y a su facilidad para generar estados de ánimo, tales como miedos, enternecimiento, sarcasmo, locura, reproches, comparaciones viperinas, traumas o desfogues de agresividad emocional. Estando perpetrada en una figura dual, su deterioro físico que esconde en pelucas –impresiona el aclimatarse a una vejez de muy poco glamour, en plena franqueza- y como se mueve en su rudeza. Envueltos en un toque de ambigüedad –porque tiene ratos de luz aunque son los menos- entre el bien y el mal, con inclinación a lo segundo y a pesar de su carácter corrosivo y envenenado por el cáncer de boca y la adicción a las drogas medicadas. Hasta el desenlace que le hacen ver cruel, que igual implica dolores ocultos y desequilibrios que la desnudan humana. Un acierto porque de no ser así sería algo pobre, unidimensional, y ella es el fuego artificial central del relato que deriva o se complementa en los percances, defectos y frustraciones de su familia.

En el otro lado está Julia Roberts, la que ha sabido explotar, con éxitos y fracasos, claro, dependiendo de cada quien, su gracia y simpatía (yo creo que si bien acostumbra una cuota de talento no ha sacado nada espectacular en esta línea tras la encantadora Pretty Woman (1990), y no importan los juicios morales, la inocencia que despliega la historia, ni las descalificaciones ajenas), en películas ligeras que la han catapultado a la merecida popularidad, pero como que se estaba agotando la fórmula o muchos ya lo tenían por hecho, tras tantos años de repetirse, siendo Erin Brokovich (2000), su lugar más alto, que siendo honesto encuentro el respaldo demasiado entusiasta aun elogiando el filme y a su persona. Y no es que ella haya sido muy exigente, yo diría que ha tenido más bien destellos, aunque debemos tener presente que ser entretenido y gustar también es una virtud que sabe manejar bastante bien. Actualmente en el papel de Barbara Weston, la hija predilecta de la familia, de la que se vislumbraban grandezas y que desilusiona al casarse y ser ama de casa, un trasunto general de lo que es la vida, se luce desmejorada en su apariencia, lo que le exige el rol, siendo sutil en lo externo (un logro aunque tampoco sea para reventar demasiados cohetes, pero sí que es una buena actuación, donde los cambios son discretos, ejerciendo algo “atípico” a su común caracterización, el futuro es elíptico en su personaje a diferencia del tangible de Brokovich, en una nueva promesa, como pasa con sus dones), que se amalgama con la idea de su caída, en lo que es mutua la desazón familiar, compartida incluso en la misma perspectiva. Es valioso ver que brillan -mucho más que el resto- los matices en su concepción, alguien de quien podríamos decir que suena injusto que fracase, que tiene entereza, dignidad. Con quien todos podemos sentirnos más identificados, y eso escoge el filme. Viendo cómo se rearma desde la nada, desde la decisión, a partir sí misma, mientras la mayoría se quiebra, se desmoronan y quedan ahí, aceptan muy poco, ensombrecen el mundo, no obstante Barbara resulta una representación en la trama, es el mensaje entre tanto espectáculo, ya que la película tiene mucho de teatro, no se puede negar. Pero hay que apostillar, logra la transición al cine, y no es porque sea gratuito, se debe a pequeños cambios, a unos pocos detalles realistas, si bien es una adaptación que funciona en pantalla bastante tal cual a su procedencia. Y es que uno se siente cómodo con la obra teatral, aun viendo sus naturales marcas de distinción, en éste otro lenguaje artístico.

Es un filme, como todo aquel que tiene sustancia, que sirve para interiorizar aspectos humanos, aquí desde la grandilocuencia. Este cine alumbra algo mayor que luego asimos a la propia cosmovisión. Sopesando alguna crítica extra del autor, anexa, más directa pero como comentario en los tantos diálogos (viendo que están tan bien desplegados en la trama). La llanura o naturaleza que implica -a contracorriente de la idea general- libertad y posibilidad o eso hay que buscar, seguro que en el esfuerzo más que en lo utópico o etéreo, la tierra y el hogar como lugar de fuerte y capital experiencia, en el caso presente Oklahoma (que como todo lugar que invoca las raíces de alguien se le critica, se le recrimina, se le tolera y se le quiere), lo nativo como origen desencadenante, nuestro magma podemos creer, al que debemos respetar más, darle su espacio, construirlo –si bien la visión angloamericana de la familia suele ser como la que exhibe Letts, pesimista, y nos diga que es cuestión de ver su idiosincrasia, hacer un balance, ser generosos, pero no masoquistas-. Entendiendo que los padres tienen una responsabilidad, crear un ambiente saludable, que funcione, en que se pueda convivir en paz, formando seres humanos con tendencia a lograr ser felices. En lo que es la metáfora de los indios, vista a razón de un núcleo vital en el porvenir de cada existencia aunque no tenga la última palabra. 

martes, 21 de febrero de 2012

La dama de hierro


Todo ser humano promedio a más tiene su propio razonamiento –insípido y molestoso quizás pero suyo- y sus naturales emociones –más exacerbadas en algunos que en otros- dirigidas a su personalidad, empero cuando queremos sobresalir hacemos casi siempre una coraza sobre nuestro cuerpo y nos revestimos de una especie de manual a seguir, mostramos la esencia (procesada) que nos empuja a intentar ser especiales.

Margaret Thatchet es el ejemplo de esa figura, una mujer que de muchacha lucía guapa pero bastante anticuada, provista de una voz chillona, infravalorada por su condición de fémina en un mundo de hombres, de políticos, la órbita de los salvajes lobos o de los mamíferos carnívoros, el espacio de los astutos con todo lo que conlleva ello, tanto lo negativo como lo positivo; sin embargo su talón de Aquiles se convierte en su máximo valor, la dureza, la implacabilidad en el carácter, una dama que quiere ser una líder irrepetible, una nueva voz para su patria. Ella trae nuevas perspectivas como suele suceder en todo germen evolutivo, quiere que su partido se torne firme y ataque con convicción todo flanco débil.

Thatcher tiene un problema, deja de lado su sensibilidad, su corazón, cree que todo amerita ser racional, una idea lleva a otra y a una mejor, hasta la siguiente derivación encumbrada y finaliza en una completa conclusión, empero la película no quiere enseñarnos ese único aspecto bien conocido por todos y que fue el motor de su grandeza aún en su ejecución particular práctica a lo unidimensional, en parte arbitrario, algo intratable e inflexible y exigente forma de gobernar aunque siempre dentro de los parámetros de un gobierno democrático; como si alguien nos leyera al omnipotente Maquiavello diciéndonos que el fin justifica los medios o a un Winston Churchill sentenciando ofrezco sangre, sudor y lágrimas (para el triunfo); sino que quiere sacar a la luz al ser humano detrás del personaje público enseñando el porqué de sus actos, dándole la oportunidad de ser comprendida. Para lo que vemos -paralelamente a su gloria, hegemonía e intensidad administrativa como cabeza del estado- las otras facetas ocultas de la otrora dama de hierro, título ganado por acciones como la pequeña guerra de las Malvinas o las islas Falklands contra un poder menor en el aguerrido y kamikaze Argentina en una lucha de casi dos meses y medio de duración en que el ganador tenía nombre desde un principio, empero de no resolver bien la situación –diplomática o bélicamente- podía terminar siendo una señal de debilidad para el resto del mundo, tanto como perder un territorio aunque de muy poca riqueza y desarrollo económico, importante por pertenecer al país; Thatcher dice además que es una cuestión de principios.

Incluyendo entre sus resoluciones que definen su rígido pero mayoritariamente vigoroso y triunfante régimen -tras la valida autoridad que le dio imponer una nueva economía que llenó de prosperidad a Inglaterra tras la crisis de la postguerra mundial del 45 que trajo una constante secuela en años venideros-, la reticencia a unificar la moneda dentro de la Comunidad Europea, la irrefrenable combatividad para con el terrorismo/crimen cayendo ella misma como blanco de ese círculo sanguinario, la apertura de un mercado más competitivo, la supresión de subsidios o la igualdad en cuanto a los impuestos así seas millonario o de escasos recursos –se escucha decir que todos deben aportar ya que el beneficio es para la nación en conjunto- que desató feroces conflictos sociales en las calles británicas en que se pedía la dimisión de su cargo, viéndose que tuvo infinidad de aciertos invaluables y algunas falencias garrafales que le costaron su puesto.

La línea general del asunto es que Thatcher ponía el dedo sobre la llaga pero sin anestesia ni paños fríos, con mano dura a costa de poner a prueba la lealtad de sus subordinados, la del mismo pueblo inglés y anteponiendo su carrera y dirección política a su familia (vemos que deja a sus hijos atrás en una demostración de su entrega total o predisponiendo a su futuro esposo a entender su rol para con la historia de su país por encima de su función matrimonial).

El filme nos coloca a una mujer que en la actualidad vieja, frágil y pacifica sufre alucinaciones, que está a puertas de la demencia senil o y cae en ella, que se ve rodeada de esas presencias a las que dejó en segundo plano, la de su marido muerto de cáncer y la su distanciado vástago, deambula diariamente con sus fantasmagóricas presencias, irónicamente ignorando a su hija. Se nos hace útil ver un poco más allá de su existencia, en que tiene el respaldo y el afecto desinteresado de unos compañeros de vida que hasta un cierto punto supieron comprenderla; que su felicidad también era la de una mujer simple que reía con el espíritu alegre de su cónyuge dócil y dispuesto a convivir con una hembra fuerte y resuelta a la vera de soslayarlo o reducir su condición tradicional masculina, y que encuentra su pilar secreto en él, que tiembla en soledad al poco rato de arremeter contra sus ministros imponiendo su voluntad férrea, que se siente derrotada y tiene que retirarse con dignidad, que tenía ideas en pos del progreso de su país pero bajo la ideología de colocarlos a prueba sin medias tintas.

Es difícil querer a Margaret Thatcher, por más que éste biopic se empecine en hacerlo, siendo natural abordar desde ésta arista a un personaje mundialmente conocido que merece como todos una revisión en el tiempo. Su carácter es brutal, proclive al desarrollo pero también a la fe ciega y eso hace complejo asumir su liderazgo ya que un guía es solo eso, no un Dios capaz de quitarnos la facultad de aceptar o no, y que incluso hay libre albedrío donde el verdadero amor se nos da sin reservas. Los seres humanos queremos comprender también las decisiones, que no se nos trate como ovejas; estamos todos bajo una batuta pero al fin y al cabo aspiramos a ser un equipo en constante diálogo, a pesar de las diversas posiciones. Thatcher no es completamente de hierro (aunque esa fue su línea existencial), eso está claro pero como cuando se ven imágenes recortadas de su pasado, ahondar en ellas es ver sufrimiento y caos momentáneo, el filme quiere decir que ella puede identificarse con lugares no empíricos tras otras vivencias empero sigue siendo algo distinto, quizás es cuestión de ver su ideología con sus ojos, no obstante lo más sano es el equilibrio en el poder, la democracia y la comunicación, ya que cualquiera puede equivocarse por más dotado que parezca, por lo que se necesita de control (que también de libertad) y evitar la desmedida autoridad teniendo filtros que sopesen otras efectivas alternativas de respuesta.

Se da mucha predominancia en la cinta a su estado último, su fisionomía endeble, con secuencias en el fondo intrascendentes que siguen una empatía algo forzada, no creo que pueda ser tan factible tomar la otra cara de la moneda por la más imponente cuando todo designa que su existencia se rigió por la rotundidad en medio del sacrificio personal y colectivo; hubiera sido más sustancial observar las justificaciones de sus dictados, más que tan superficiales y simplistas amagues, creo que la misma Thatcher hubiera querido algo más acorde con su personalidad, es una cierta incongruencia que se le juzgue lejos del contexto de su filosofía.

La directora británica Phyllida Lloyd en su segundo largometraje de cine nos representa algo de esa inquebrantable voluntad recia pero no llega a enamorarnos de su protagónico, quizás sí a aminorar la carga pesada de su criatura artística, lo cual ya es mucho; lo histórico debió explotarse más para realmente conocer a Thatcher, no ver a una dulce abuelita conversando con su difunta pareja, se hace absurdo seguir una vida tan interesante con fantasías cinematográficas tan planas y fáciles, tan subjetivas como se le atribuye; uno no se acerca a un séptimo arte serio con formas tan poco poderosas y tan escasas, ameritaba mayores cavilaciones. Tiene pasajes muy bien logrados pero los flashbacks tienen tan poca duración que lo atractivo queda relegado por la conmiseración del autor.

Un punto a tener en cuenta es que Lloyd utiliza de lo que tanto adolecía Thatcher para descubrirnos su “intimidad”, pero que falla en convencernos, ya que si habría que recalcar realidad o entusiasmo por ella (de lo que evoca el filme sin quererlo tanto), tendríamos que hablar de virtudes como la dedicación, la seguridad en uno, la abnegación o el deseo de éxito que están en la principal sin necesidad de invocar sugerencias artificiales. La película lleva un enfoque equivocado o de repente solo mal realizado, carencia de quien todavía necesita cuajar como creador.

Meryl Streep está postulando por una estatuilla dorada, es su diecisieteava nominación, hace 28 años que no recibe un Oscar aunque el gremio sabe de su calidad interpretativa, es una actriz amada y admirada, que siempre se ha reinventado y a acometido cuanto reto ha tenido en frente, una señora de apariencia común pero que se ha transformado incontables veces, hoy es una estrella de las que desatan comprensibles celos pero que ha sabido ganarse su lugar creando la ilusión de que el éxito parece natural cuando ella es la versión de la perseverancia, sin perder la humildad; en semejante hazaña a la de Teseo matando al Minotauro, no tanto por un destino que cada quien se traza el propio sino el del valiente guerrero que parece crear la fantasía de que no es uno el ejecutor libre de tan tamaña empresa sino el absurdo discurrir de los astros, él se crea en el camino y luego fabrica el mito minimizado para los incautos, porque ante todo es obra y el resto es solo adorno. Streep por ello, revitaliza su presencia con una performance de antología que nos la da a conocer en todo su esplendor, su protagónico es complejo, aunque las características que la rodean son más condescendientes; articula naturalidad; y en la recreación, la voz se ajusta al patrón, despuntando en los ademanes o con la notoria expresión de la boca con los dientes sobresalidos; se perfila dentro enriqueciendo la foto. Si Close engrandece un pequeño personaje hasta sacarlo de su mínimo encuadre y pierde por tener poco magma entre manos, Streep accede a un gigante latiendo en una nobleza “ficticia” y al mismo tiempo se posesiona del innato liderazgo que exuda su abordaje, no es la precisión sino la fabulación artística que la hace descollar del grupo, que se nos vende “la mentira” del ecran con esa mímica medida que permite dejarse llevar, porque en el fondo sucede, por un rato vemos a una Thatcher en la gran pantalla, un demonio desvalido sin que tampoco se trate de una telenovela que el producto tiene nivel escénico y aspiración cinematográfica. El maquillaje funciona pero a ratos se distancia de la caracterización, y no está mal ya que no estamos viendo una réplica sino una representación desde una actuación.

La realización tiene mucho de familiar, punto relativo en cuanto al gusto del público, los pasajes al pasado son algunos muy destacables como la declaración sincera de una joven y llorosa Thatcher que desde el principio revela su vocación pública o anhelo de servir como lo define ella misma; pequeños fragmentos que generan conocimiento empero también se nos hace muy poco para catapultarnos a esa esencia complicada de la dama de hierro, alguien de quien no podemos olvidar que es la primera ministro de una potencia mundial, que gobernó casi tres periodos en el mismo cargo de jefe de estado, que fue líder del partido conservador por 15 años.

La falta de minuciosidad se hace sentir en el filme, es demasiado evanescente y se nos deja con la miel en los labios, es una mirada muy básica, no se trata de hacer un documental pero se pudo enriquecer mucho más la trama y dejar de lado lo vacuo en los devaneos banales de la vejez, ya que se puede querer a una persona en todo su apogeo si llegamos a ponernos en el lugar de sus decisiones ya que si llevan fruto se hace como la oferta de Churchill que traduzco en la frase en latín de Post tenebras lux, tan igual a las banderitas agitadas al viento tras el triunfo en las Malvinas, sin embargo no se incidió en lo que hubiera enaltecido la obra y se subestimó al espectador por hacer una realización más accesible a la expectativa general. No es en absoluto una mala película pero pudo ser vastamente mejor, ese es el diagnostico definitivo.

Habrá mucho por recordar de la propuesta, y no solo a Streep que hace mérito propio pero que pudo ser un personaje con mayor profundidad en otro guión intelectualmente más apetitoso y eso no lo merma tampoco como para desestimar el filme que puede deparar un buen momento. La iniciación a buscar más de su contenido.