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sábado, 1 de junio de 2024
Get Carter
Get Carter (1971) es una de las mejores películas de gángsters no solo de Inglaterra sino de la historia del séptimo arte en general, es una película un poco intrincada pero compresible y honesta, como las mejores clásicas. Tenemos a un gángster llamado Jack Carter (interpretado por el gran Michael Caine) que es un sicario culto, hasta pasa por amable y educado y a ratos simpático (no teme sonreír), pero que es frío y muy cruel cuando quiere serlo, y él tiene una misión. Su hermano ha muerto y hay indicios de que lo han asesinado y Carter quiere descubrir todo el asunto, aun cuando trabaja en Londres y no quieren que investigue nada en Newcastle, pero Carter ama demasiado a su hermano y no tiene miedo a nada ni a nadie y no hace caso. La propuesta del británico Mike Hodges, en su debut como director de cine, trabaja con un thriller de investigación y al mismo tiempo va poniendo mucha acción en pantalla, pero no propia de hoy en día donde cualquier hijo de vecino con efectos especiales puede convertirse en arma mortal como salido de Matrix sino con sustancia, con inteligencia, con una narrativa notable, donde más que saber agarrarse a golpes de manera vistosa y veloz con un millón de contrincantes violentos, es hacer uso de si se quiere un apego con lo real, no obstante con cierta libertad para que el cine entusiasme, pero en sí es un filme que es progresivo y todo siempre muy justificado, que recurre a poderosas puestas de escena de cierta manera intelectuales, donde el cine se ampara en la creatividad narrativa sin tampoco despegarse de lo cool. El filme también tiene una escenificación muy británica, muy de cine social, muy campechana y nacionalista, que le otorga esa cierta suciedad que pega perfecta con un asesino a sueldo como Carter. Éste Carter es una joyita, se mete con todo el mundo, él mismo incluso se autodefine como una mala persona en una conversación, pero como todo personaje que no es unidimensional tiene sus afectos y muchas veces es difícil de clasificar. Siempre ha creído que su hermano ha sido una buena persona, y así lo dicen igual quienes se lo topan. Carter va sólo contra el mundo, se deshace de todos, no perdona a nadie en pantalla. En ese sentido el filme es muy nutrido, su mundo de la mafia es amplio y de esa manera aparecen muchos personajes muy bien construidos, dándose tiempo para otorgarles personalidad e identidad. Los filmes de acción de nuestra contemporaneidad, de artes marciales o combates a puño limpio, a grosso modo son entretenidos, pero efímeros e intercambiables entre sí, fáciles de olvidar. Siempre tratando de impresionarte con peleas cada vez más grandilocuentes, pero nada como una buena historia, así mismo dentro del género de la acción. Carter se ve real, Michael Caine no parece sobrenatural, no luce como un superhéroe, pero enfrenta a la mafia de Newcastle (y más) con total aplomo y efectividad. Uno contra todos, sí, pero con realidad si se quiere. Carter muestra mucha inteligencia, al mismo tiempo que es implacable, matando. Hay varias muertes que lo muestran tal cual se ha definido, no duda en hacer justicia por su mano. En un momento algo grave le impacta, llora y eso lo vuelve más firme con su misión, vengar a su hermano. Eso muestra una gran historia encima, más complicada de lo que empieza, y eso habla de la calidad de película que tratamos y cómo un filme de gángsters, de venganzas, de ojo por ojo, de acción puede ser grande, tal como un filme arty. No sólo es matar, que desde luego de eso va en cierta manera, sino de preparar el momento, de preámbulos, de cortejos, de engrandecer la situación, sin que sea literalmente acabar con alguien. Ahí yace la maestría del filme, no sólo de adrenalina y velocidad que la tiene, pero es un filme impredecible. Es una película de gángsters, pero se siente como una visita al barrio, que justamente eso hace Carter, ir al lugar donde creció y hacerse cargo de quienes han olvidado quien es o han querido pasar por encima suyo, aun cuando eso es lo que hace él, no respetar a absolutamente nadie, pero ésta gente realmente es peligrosa, pero de aspecto real. El filme trabaja también muy bien la sexualidad y lo sórdido, la mafia de Newcastle está implicada en muchos negocios sucios y uno de ellos que se ve desde el inicio es la prostitución y la pornografía. En cierto momento Get Carter se siente como una película de espías, con una antiheroína jugosa con la apetitosa y ágil Glenda (Geraldine Moffat). Ella misma se autodefine como encubierta bajo la apariencia de una mujer tonta, pero aunque es una fémina adorno de los mafiosos, tiene dimensión, tiene muchas capas, de corrupción. Igualmente la participación de la casera (Rosamarie Dunham) en la trama es otra delicia, con escenas a lo cine social incluidas, a lo romance melodramático indie o low cost británico. Se puede ver algo de inspiración hacia los noir de Adolfo Aristarain.
lunes, 30 de noviembre de 2015
Youth
La gran belleza (2013) fue tremenda película, un tope muy
grande para Paolo Sorrentino en su filmografía y carrera, como para el séptimo
arte reciente, más allá del reconocimiento en los premios Oscar a mejor
película extranjera, por lo que esperar su siguiente propuesta era de una expectación
mayúscula, y para éste director italiano un gran reto tras el éxito y el gran alcance
artístico que logró con dicha obra. Youth (2015) se posiciona entre el odio
y el amor hacia ella, genera polarizaciones y bandos enfrentados, que en lo personal me
satisface con ciertas reticencias, como que su estructura lleve pequeños
intersticios, chispazos o instantes donde haya alguna ironía, ocurrencia u
absurdo que le da un tono efectista al conjunto tras esas breves intromisiones,
como que se le noten además las costuras de cierta irreverencia general y exhibir
el deseo de tomarse libertades, mostrar relajo y seguridad frente a cualquier antecedente,
presión o vanagloria, acotando que no llegan a descalificar la cualidad
narrativa del filme ni su coherencia como historia, habiendo una fuerte
connotación en el exceso y lo barroco, valorando que más tarde las mayores extravagancias se entenderán.
Una transformación en Hitler empieza en el desconcierto, pero es la aspiración a una exigencia interpretativa, en el rol que hace el talentoso Paul Dano, como un famoso actor de Hollywood entre engreído, dandy, sensible e inteligente, que quiere sacarse el estigma de superficial ante una actuación popular pero banal que lo persigue y ser reconocido de trascendente en el cine. Una ocurrencia que se entiende perfectamente es ver a una leyenda del fútbol de ideología marxista, zurdo, tan fácil de reconocer sin nombrarlo (Maradona), cuando pasaba por un prominente sobrepeso, y se le pone avejentado y con una válvula de oxígeno al lado, pero aun así es capaz de dominar con excepcionalidad una pelota de tenis con los pies (un homenaje realista, irreverente y de voluntad narrativa; es así, un hombre exagerado).
Entra en juego el tiempo que claramente es el motivo general del filme, en que la vida pasa, está llegando a su fin y viene el análisis de lo que hemos atravesado, de la autoconsciencia, de lo que hemos perdido y añoramos, de lo que queremos dejar, habiendo memorias y mil olvidos, como tantos errores, dibujados en diálogos casuales, caminatas, cenas, masajes, baños, interacciones profesionales y afectivas, como algunos surrealismos, en que el más llamativo yace en la sub-trama con el videoclip de una cantante pop -Paloma Faith- que me recuerda a Madonna, y que remite a una broma y lugar común dentro de una metáfora de la sexualidad, esa que ronda y se deja ver sugerente, artística y hasta a veces arty (sentir que sobrevuela, pero que la plena consciencia de ello logra superar y ser un filme amable finalmente).
Una transformación en Hitler empieza en el desconcierto, pero es la aspiración a una exigencia interpretativa, en el rol que hace el talentoso Paul Dano, como un famoso actor de Hollywood entre engreído, dandy, sensible e inteligente, que quiere sacarse el estigma de superficial ante una actuación popular pero banal que lo persigue y ser reconocido de trascendente en el cine. Una ocurrencia que se entiende perfectamente es ver a una leyenda del fútbol de ideología marxista, zurdo, tan fácil de reconocer sin nombrarlo (Maradona), cuando pasaba por un prominente sobrepeso, y se le pone avejentado y con una válvula de oxígeno al lado, pero aun así es capaz de dominar con excepcionalidad una pelota de tenis con los pies (un homenaje realista, irreverente y de voluntad narrativa; es así, un hombre exagerado).
Entra en juego el tiempo que claramente es el motivo general del filme, en que la vida pasa, está llegando a su fin y viene el análisis de lo que hemos atravesado, de la autoconsciencia, de lo que hemos perdido y añoramos, de lo que queremos dejar, habiendo memorias y mil olvidos, como tantos errores, dibujados en diálogos casuales, caminatas, cenas, masajes, baños, interacciones profesionales y afectivas, como algunos surrealismos, en que el más llamativo yace en la sub-trama con el videoclip de una cantante pop -Paloma Faith- que me recuerda a Madonna, y que remite a una broma y lugar común dentro de una metáfora de la sexualidad, esa que ronda y se deja ver sugerente, artística y hasta a veces arty (sentir que sobrevuela, pero que la plena consciencia de ello logra superar y ser un filme amable finalmente).
El director de orquesta clásica Fred
Ballinger (Michael Caine, en una de sus mejores actuaciones) y el director de
cine Mick Boyle (el querido y admirado Harvey Keitel que yace bastante bien) se
enfrentan digamos que a sus últimos retos profesionales. A Fred se le
exige que toque una vez más, para la reina Isabel II, sus llamadas canciones simples, que no quiere compartir tras un nexo afectivo secreto, estando enfrascado
en la revelación tardía de haber desperdiciado el amor de su mujer y estar a la
orden de resarcirse con su hija Lena (una Rachel Weisz que sorprende exigiéndose
emotiva e histriónica, aunque no del todo lograda) que pasa por un mal trance, uno que incide en la libertad (habiendo
una simbología sobre el miedo en el montañismo que es de Kindergarten). El filme se enfoca por una parte en el amor y en la sensualidad, de ahí que
veamos desnuda a una belleza escultural, a Madalina Diana Ghenea, que hace de
Miss Universo, quien rompe con obviedad algunos clichés sobre la inteligencia para
luego lucir su matiz central en su despampanante juventud en la piscina de éste
Spa de lujo en los Alpes Suizos donde se contextualiza Youth.
En cuanto a Mick, quiere dejar su testamento fílmico, una obra mayor, con la intervención de su actriz principal de años, en el rol de Jane Fonda que hace un alarde de diva. Todo detrás de cierto cine dentro de cine, donde participa el proceso creativo de construcción de un filme, con sus guionistas en pos de las escenas más productivas, bajo líneas precisas, audaces, emotivas o cáusticas, bien inmerso y práctico en la trama, implicando la búsqueda del arte -de la profundidad- por sobre lo comercial, en el sentido de sentir pasión por el cine, que como dice un diálogo no está detrás de lo intelectual, pero si siendo capaz el hombre común de coger lo culto y hacerlo suyo con llaneza, viendo que el resultado es irrelevante, se trata del anhelo, como que todo en Youth es el convencimiento de hacer lo correcto, pero también lo mejor para uno, aprovechando a su vez el placer, sin otorgarse demasiada importancia ni a la propia existencia, esto bascula en todos sus motivos, tanto en obligaciones, como en los propios sueños, muchos frustrados, dando a entender que la imperfección es lo natural, pero habiendo también espacio para lo imposible (un monje flota en el aire), en el retrato de nuestra complejidad.
Youth es un viaje con muchas vueltas, razonamientos, intrepidez, como tonterías o banalidad pretendiéndose audaz, como también momentos para cumplir (el erotismo de la masajista con brackets, la pareja anciana vigilada en la cena o todo el aspecto del suicidio en un empaque a lo Rápidos y furiosos), frases hechas y ternuras prefabricadas/vacías (alrededor de los afectos de Fred) y una vocación notoria de querer ser inclasificable y original, que le funciona, sin duda, pero le juega un poco en contra, teniendo un cierto olor a pop rancio, uno que enfrenta sarcásticamente pero también llega a supurar. Youth como propuesta tiene su encanto, sobre todo gracias a dos guías magníficos que salen de lo común en plena contemporaneidad, y a su mayor materia y festividad, a una buena noción narrativa y a una estética.
En cuanto a Mick, quiere dejar su testamento fílmico, una obra mayor, con la intervención de su actriz principal de años, en el rol de Jane Fonda que hace un alarde de diva. Todo detrás de cierto cine dentro de cine, donde participa el proceso creativo de construcción de un filme, con sus guionistas en pos de las escenas más productivas, bajo líneas precisas, audaces, emotivas o cáusticas, bien inmerso y práctico en la trama, implicando la búsqueda del arte -de la profundidad- por sobre lo comercial, en el sentido de sentir pasión por el cine, que como dice un diálogo no está detrás de lo intelectual, pero si siendo capaz el hombre común de coger lo culto y hacerlo suyo con llaneza, viendo que el resultado es irrelevante, se trata del anhelo, como que todo en Youth es el convencimiento de hacer lo correcto, pero también lo mejor para uno, aprovechando a su vez el placer, sin otorgarse demasiada importancia ni a la propia existencia, esto bascula en todos sus motivos, tanto en obligaciones, como en los propios sueños, muchos frustrados, dando a entender que la imperfección es lo natural, pero habiendo también espacio para lo imposible (un monje flota en el aire), en el retrato de nuestra complejidad.
Youth es un viaje con muchas vueltas, razonamientos, intrepidez, como tonterías o banalidad pretendiéndose audaz, como también momentos para cumplir (el erotismo de la masajista con brackets, la pareja anciana vigilada en la cena o todo el aspecto del suicidio en un empaque a lo Rápidos y furiosos), frases hechas y ternuras prefabricadas/vacías (alrededor de los afectos de Fred) y una vocación notoria de querer ser inclasificable y original, que le funciona, sin duda, pero le juega un poco en contra, teniendo un cierto olor a pop rancio, uno que enfrenta sarcásticamente pero también llega a supurar. Youth como propuesta tiene su encanto, sobre todo gracias a dos guías magníficos que salen de lo común en plena contemporaneidad, y a su mayor materia y festividad, a una buena noción narrativa y a una estética.
viernes, 3 de agosto de 2012
The dark knight rises
El mes de julio nos ha deparado la última película de Batman
de la trilogía de Christopher Nolan, finalmente ha llegado y ha sido algo épico
como se esperaba, casi tres horas de acción. Nuevamente el sentimiento de la primera
vez ha regresado para dar rienda a poder concretar la imagen global que la obra
de Nolan ha plasmado desde hace 8 años. La experiencia ha sido distinta pero la
magia perdura en otro tipo de producto, Batman sigue imponiendo su magnetismo
en aquellos que aun guardamos estima por el superhéroe de nuestra infancia.
Ésta vez tras su retiro el hombre murciélago descansa en el
recuerdo como el asesino de Harvey Dent; a los ojos de la gente fue el probo
fiscal de distrito que representaba la esperanza de la justicia en la ciudad
caótica y siempre proclive a la anarquía de Gotham city. Sin embargo la verdad
es que en la oscuridad se corrompió como Dos Caras, gracias al plan macabro del Joker quien aplica la idea de que nada es impoluto de acuerdo a ciertas
condiciones, por ello la imagen de Dent debe ser salvada para crear esos
ideales que mueven a los seres humanos, algo muy claro en el contexto americano
donde sin bases no hay unidad ni destino en común.
Surge un nuevo enemigo para Gótica, que puede ser visto como un sobrenombre para New York o alguna ciudad cosmopolita de Estados
Unidos, ya que Nolan aplica a su obra abundante realismo que le da verosimilitud
y sustancia a esta ficción que proviene de la –en general- superficialidad de
un cómic, incluso se hace alguna broma sobre el disfraz de Batman que luego se
justifica con que es una forma de crear miedo y misterio, a lo que el
superhéroe desprovisto de máscara revela que se trata de encubrir su relación
con sus seres queridos y crear la sensación de que cualquiera puede ser el protector
de la libertad y la tranquilidad de la sociedad, para el caso vencer la
criminalidad que gobierna alrededor y hace peligrar esa condición.
Surge un nuevo componente que hace retornar la propia fe en ser un
vigilante nocturno, repudiado en un inicio por la policía salvo por el comisionado James Gordon (Gary
Oldman) que conoce del esfuerzo de ese entregado salvador, de ese envejecido, desilusionado,
oculto y renco Bruce Wayne (Christian Bale). Éste componente se llama Bane, un mercenario que
sigue el camino que fue impartido por la locura y maldad del Joker
(inconmensurable Heath Ledger en el papel que dio el fruto de un merecido Oscar
póstumo por actor secundario). Se trata de imponer la anarquía, ésta vez de
toda la población inducida a la rebelión al aprovechar la debilidad de los
agentes de ley ante una bomba de grandes dimensiones. Sin embargo Batman
desliga de las mayorías la teoría de esa aproximación natural humana a la
supuesta libertad absoluta engendrada en la utópica anarquía diciendo que la
responsabilidad y el deber son inamovibles del compromiso con la sociedad (ante
el reino del caos la ausencia de figuras también depara silencio, espera e
inmovilidad de las masas). Esto último es algo aceptado que demuestra una
necesidad que hay que adoptar sin fantasías, para ello en este caso la paradoja
resulta en que el motor de ello es la intromisión de un superhéroe imaginario,
ajustado a un especial contexto pero que puesto a cumplir con el realismo del
que se adhiere constantemente se defiende arguyendo que el orden es intrínseco
a nuestra evolución y convivencia, una segunda piel que nos realiza, por ende
la lucha es de todos, para lo que se sostiene no solo de sí mismo sino de un
colectivo. Batman es uno más, aún no siéndolo definitivamente, al igual que
Bane. Sin embargo son solo líderes y símbolos de algo más grande y masivo, la
perenne lucha entre el bien y el mal ajustado a la estructura de la sociedad,
lo prodigo y lo destructivo. Por eso ahí vemos a los agentes policiales
chocando frontalmente contra los terroristas o al joven oficial John Blake (Joseph
Gordon-Levitt), Robin, que lleva una audaz argumentación sobre su persona, en
un magma que surge de la relación de admiración que le produce la figura de
Batman, el que se convierte en propulsor de heroísmo, de identificación. Wayne
representa además un huérfano inspirador, su sufrimiento ampara su lucha y su
lugar tiene solidez en clave de epifanía, un llamado para el compañero que ve
en el mentor y superhéroe su camino, esa voluntad de paz contundente que quiere
prodigar. Gordon sigue siendo indispensable para no salirnos de cánones
normales, de no perder la fe en el orden público que es complementario,
recordemos que es la historia de Batman pero que Nolan quiere veracidad, por lo
que Batman desaparece y se entiende en ese final pausado, no sobre-exaltado
aunque valiente y sobre todo afín.
El querido mayordomo Alfred (Michael Caine) temiendo por la
vida de su señor al que ha criado desea un devenir ordinario para él y sueña
con encontrarlo con la mirada sentado en un café en Florencia con una pareja. Wayne en su condición de soltero y solitario no posee el afecto estable de ninguna mujer, encima vive con el recuerdo de la que perdió, pero nunca le faltan parejas. En el filme tiene dos
relaciones. Alfred tiene en la historia una participación bastante menor, muy parecida a la de Lucius Fox, Morgan Freeman, aunque son básicos en el
relato. Yace en una sub-trama poco engordada pero que da algo de matiz a la
carencia de mundo del personaje de Wayne, poco desarrollado realmente. Caine da
realce a un personaje muy pequeño aunque reconocible, en contraste a otro
secundario que más bien no funciona tan bien, se trata de Marion Cotillard como
la magnate filántropa Miranda Tate, y a pesar de que toma importancia y resulta
coherente parece algo muy hollywoodense, que hay que anotar que es muy parte
del universo Nolan que mezcla el aparato comercial con ese cariz profundo que
emerge de su imaginación y la de su hermano Jonathan Nolan que participa en el
guion de éste definido como entretenimiento inteligente.
Un detalle a recalcar son las vueltas y resonancias que toma
aquel niño que logra escapar de una prisión inexpugnable a la que hay que salir
por arriba escalando sin arneses, se hace alusión de que la desesperanza llama a la fe, y para ello huir
parece posible si bien la muerte siempre se manifiesta ante la tentativa. Ésta es una
atractiva incorporación, parte del entretenimiento y que
reporta un reto para el hombre detrás de la máscara, el que tendrá la
oportunidad de intentarlo poco después de la derrota tras un combate a puño limpio muy bien articulado,
espectacular, que despliega una simpática coreografía de artes marciales.
Se unen cabos, no solo dentro de ésta realización sino con
las anteriores; las tres representan un tríptico, una continuación que puede
ser vista independientemente pero que son más que un rótulo de unidad. Resurge la presencia de Ra´s Al Ghul (Liam Neeson) y la liga de las sombras,
Bane hace hincapié en que es su sucesor, aunque hijo "ilegitimo", una vez que se descubre mucho más que un peón de causas ajenas al
servicio de un inescrupuloso empresario John Daggett (Ben Meldensohn, el
recordado Pope de Animal Kingdom) y que termina teniendo una causa afectiva
-que tiene mucho de literal- a la cual seguir, el reverso/reflejo de Batman. La
oscuridad que ha mantenido toda su existencia lo ha construido, lo ha vuelto
cruel y lleno de venganza, algo superficial que recalca su fortaleza y su
característica de rival difícil de vencer, y es que la historia requiere un
poco de resonancia y simple vitalidad.
Se puede ver a Jonathan Crane (Cillian Murphy), El Espantapájaros, como juez de los ciudadanos a los que se quiere despachar; muerte o exilio clama y obliga a cruzar el hielo quebradizo. Toda la obra y
creatividad de Nolan retorna, se asimila como una cosmovisión que predomina como una singular propuesta de un nuevo Batman,
único y a la vez verificable en la esencia de su padre Bob Kane que estaría
orgulloso de la transformación a la que al día de hoy asistimos. Distinta a lo
que hizo Tim Burton, pero que vivirán paralelas como dos opciones destacables. Una
más pegada al carnaval, a la extravagancia, a lo puramente fantástico y a lo
freak y gótico -valga la redundancia- del estilo Burtoniano; y otra a una
resolución mucho más verificable, que admite menos la inocencia y la
dramatización de corte infantil, una más adulta, pero ambas divertidas a su modo. El comienzo no tiene nada que envidiar a una cinta del género de acción, en
cualquier circunstancia impresionante y trepidante donde la precisión, los
adelantos científicos, la CIA y terroristas se dan espacio, y eso gobierna la
película, combinando la fantasía y lo que hay en el mundo actual, mercenarios
escondidos en lo desagües o un táctico robo armado a la bolsa de valores.
Junto a Bane, un musculoso y calvo Tom
Hardy escondido detrás de lo que parece un bozal y con la voz distorsionada,
magnifico en lo que será un escalón más al estrellato en Hollywood, está Catwoman, Selina Kyle (Anne Hathaway). Se veía complicado que superara la
actuación de Michell Pfeiffer y no lo ha hecho. Sin embargo ha dejado una buena
sensación, mucho pensando que ella se suele presentar algo cómica e
intrascendente y requería de sensualidad y algo de oscuridad; en el filme de
Nolan levanta las piernas en incontables situaciones misma danzarina de ballet
o animadora en un partido de básquetbol, usa ropa apretada, se reviste de
seducción, lo que aunado a su rostro hermoso puesto a la seriedad toma
razonable contundencia. Se ha hecho loable su interpretación como una ladrona
de guante blanco; su disfraz parecía innecesario ya que se podía deducir quien
era por lo que más ha sido lucirla lo más apetitosa posible como asumir el
personaje, poco ha sido el esfuerzo de no dar a conocer su identidad. Pero el
guion justifica esa elección, ella busca limpiarse de un historial delictivo y
esa es su motivación principal, y ya que se sabe que es una delincuente menor conocida
dentro de los archivos policiales poco implica saber o no quien es a vista de
los demás. Otro punto es su ambigüedad en cuanto a sus acciones, termina
jugando en ambos bandos pero algo reparable es que Wayne desde siempre le
brinda el beneficio de la duda al extremo de caer en desgracia, interesante ya
que de arranque ella muestra su verdadera inclinación robándole un collar
familiar, comprensible solo porque Wayne descubre que ella quiere algo más,
tiene alguna secreta intención que la mueve a tratar con criminales, agregando
la atracción que ella despierta y como se sabe el amor perdona hasta lo
imposible. Nunca antes Hathaway ha estado más hermosa y eso se aprecia porque
asume un papel menos cotidiano a su frescura y ligereza, un acierto de un
“osado” Nolan que ha confiado en la que parecía su carta más ardua de superar
en cuanto a elegancia y complejidad; con ésta actriz se da otra de su marcas de
autor, articular componentes de lo minoritario con figuras populares (la trama tiene cierta dosis de
intrincamiento y veracidad, pero visto bien tampoco es demasiado, nunca pierde de vista al público).
Sobre el mismo Batman hay que aplaudir que no cae en lo
ridículo esperando de él una versión madura, asunto peliagudo sabiendo de que
va el cómic, usar el calzoncillo encima de una malla es algo que puede ser muy
risible si aspiramos a la credibilidad o estamos acostumbrados a los dramas
relevantes, pero el hombre murciélago revestido de su aura todo el tiempo es
rudo, parco, activo y oscuro. Se moviliza bajo el uso de la alta tecnología, usa motos
modernas que sirven para posturas sensuales, como las fantasías de Joel
Schumacher, si me permiten la ironía, pero respaldadas por el público; un aparato de vuelo impresionante y un
vehículo de guerra que parece un tanque, prototipos que se ven bajo la lupa de
la ingeniería militar de avanzada. Puesto en el traje, la voz cambiada de Bale y su semblante se imponen haciendo que
esta película vibre en la pantalla, se sienta consistente y no nos hace creer
en algo kitsch. Estamos ante un filme mayor salido de un cómic y que no deja de serlo,
teniendo una perspectiva elogiable que alimenta nuestro lado más efímero con
algo mejor y aun así seguirá siendo solo una opción a escoger, notando que no
es la banalización de la complejidad sino la complicación de lo menor sin que
tampoco lo sobredimensionemos y salga de su lugar de entretenimiento, además de fabricar sustancia en arquetipos con aire de outsiders y
con ello estamos ante una gran parte de lo que significa hacer cine, un buen
séptimo arte masivo.
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