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sábado, 23 de noviembre de 2024

my old ass


Todos en Hollywood apuestan por su inversión, los productores no vienen a jugar, vienen a hacer dinero, quieren apostar a ganador, pero por una parte quieren justificar el éxito, generar algo parecido al arte o quizá sí un poco de arte, pero pensando en llegar a mucha gente, ganar dinero y ganar prestigio, merecer el triunfo digamos, aun cuando lo más importante es que el negocio del cine sea lucrativo. Los guionistas así como los directores de cine de ese mundo, aspirantes al Hollywood puro y duro, tratan de pensar películas que lleguen a conquistar a mucho público con algo interesante, entretenido y amable en general. Muchos fallan y hacen películas de fórmula que calman solo a los cinéfilos más casuales o básicos, pero hay películas que efectivamente son amables, entretenidas y al mismo tiempo artísticas e interesantes. Una de esas justamente es la presente, de la canadiense Megan Park que además escribe el guion en solitario. Empieza como la típica película de los nuevos tiempos, aspirantes a ser cool en ésta modernidad, apuntando a la chica locuaz, de esas que quieren ser populares y lo son y se creen por encima del mundo portándose como eternas adolescentes irresponsables e irónicas. Pero pronto probar una extravagante droga de aquellas que te hacen alucinar, ver visiones y padecer misticismo hace que Elliot (Maisy Stella) dialogue con su yo del futuro, su yo de 39 años de edad. Ella (Aubrey Plaza) sólo le dirá que evite a alguien (como si fuera el demonio). Éste es un super gancho, un sci-fi de conocer el futuro de una muchacha entrando a la mayoría de edad. Incluso antes de ver la película el quehacer fantástico hará que muchos -como yo- sientan curiosidad por el filme, un filme que a priori sin esto no parece llamar demasiado la atención, pero Megan Park es audaz y con únicamente un pequeño aviso pone en juego una película -pero no esperen nada firma Shyamalan-, logrando algo más intrépido que llenar la película de lugares comunes sobre el futuro. El misterio se resolverá y completará un relato donde lo que vendrá se anticipa en los diálogos, pero de manera algo oculta. Es una narrativa sobre crecimiento, madurez, de empezar a dejar de ser el ombligo del mundo o un ser en buena parte insoportable y pasar a mirar nuestra humanidad, lo que damos por normal. Empezar a decirle te amo a lo que amamos, a lo incondicional. Se produce crecimiento emocional e intelectual no con el sufrimiento sino con los afectos. Ya los que no quieren enternecerse la desestimaran fácilmente, por no catalogarse de inocentes, pero es un filme que es pleno en lo que hace. Megan Park pasa del eterno modernismo liberal a un filme cálido, que no por un poco ñoño, no hermoso. No teme pasar de lo contemporáneamente omnipresente a lo suave. Hace que el estilo de Hollywood inspire su trabajo, brille en sus reglas, con una historia sólida y original por simplemente algunas pequeñas cosas, como quien reformula una obra con un ingrediente secreto o especial generador de un placer por encima del resto al postre que todo el mundo suele preparar regularmente. La película no hace uso solo de la madurez, sino que se ampara también en esa vitalidad juvenil capaz de vencer o saltarse toda dificultad, que está hecha de titanio y que está lista para brincar al vacío y volver de éste. Ese rasgo de fuerza. Es valorar el futuro, pero también mucho el presente, la sabiduría y la fortaleza física. Otro punto bastante virtuoso es hacer que Chad se le meta en las venas a Elliot a toda costa y no se trata de un acto de idiotez -aunque el amor siempre tiene de salto al vacío-, sino un acto de notable seducción. Muy bien el flaco Percy Hynes White, y aun más, una muy prometedora Maisy Stella, junto con una Aubrey Plaza que aquí le hace nombre a su popularidad. 

sábado, 17 de marzo de 2018

Ingrid Goes West


Una chica que no sabe adaptarse socialmente y yace hambrienta de popularidad, suele seguir a gente cool y éstas la terminan marginando, socialmente es una perdedora, llora todo el tiempo su situación, hasta que descubre a una exitosa fotógrafa y social media de instagram, a Taylor Sloane (Elizabeth Olsen), y quiere volver a las andadas, ser su mejor amiga y llenarse de su halo de éxito social, para lo que Ingrid Thorburn (Aubrey Plaza) tendrá la suerte de recibir una herencia y poner en práctica su acercamiento, lo cual suena un poco tonto de arranque, pensando que el dinero solamente ya le podría servir para vivir bien. No obstante ella ansía ser parte del círculo de los más populares.

De aquí se saca la notoria mención de las redes sociales y las nuevas tecnologías como espacio cruel de aceptación o marginación, que no es nada del otro mundo porque es lo que la sociedad y el tiempo viene haciendo, en especial en EE.UU. donde les quita el sueño ser considerados unos losers. También en Taylor asoma la idea de las falsas apariencias y el cambio rotundo producto de la invención, de ciertas mentiras y de la impostura. En ese sentido Ingrid Goes west (2017) no aporta mucha novedad al séptimo arte que ha reflejado mucho lo de la aceptación y los perdedores, aunque toma la tecnología, como estar pegados al smartphone, como pretexto o, siendo indulgentes, actualización.

Sin embargo la película de Matt Spicer tiene otras virtudes, es muy entretenida y tiene ratos graciosos, y Aubrey Plaza es muy buena en el papel de una cierta locura, ella siempre está preocupada por agradar a los demás, especialmente a los más exitosos socialmente y ese cálculo y tensión aportan bastante gracia al producto, que contrasta con el enorme ego y la soltura de Taylor, su pareja, amigos, ese círculo.

El filme también deja ver que la gente cool puede ser insoportable, como el gran papel de Billy Magnussen como Nicky, un tipo guapo y muy expresivo que hace y dice lo que le da la gana, quien de arranque detesta a Ingrid y termina revelándola como la perdedora del inicio. Ella trata de defenderse, pero su falta de autoestima la trae a la misma situación de siempre. Esta propuesta es predecible y cambia rápidamente a ésta situación y termina con un remate también muy obvio, pero el filme ya ha cumplido con brindar entretenimiento.

El mensaje del filme puede ser –que no lo anuncia- que todo lo bueno ya lo tenemos en nuestras vidas, si sabemos ser observadores, porque lo bueno ya está en la vida de Ingrid antes de ganarse a Taylor y forzarse; como hacer que su casero, Dan Pinto (O'Shea Jackson Jr.), se haga su amigo, y luego se fije como pareja en ella, aunque ella lo haga bajo el mismo fin de su locura, que la acepten los populares. Con Dan hay buena química y los momentos que provocan son atractivos. Dan no es el típico afroamericano pendiente de su color, aunque es un tipo cool también –con un lado naif, ama a Batman, y muchos estamos en la misma situación, aunque él lo vive cada minuto-, pero Ingrid está más preocupada en los otros, que en lo que tiene enfrente, igual que con su herencia que aparece fácil para poner en marcha la película y nada más. Esto es bueno en sentido de que el filme fluye, pero en la mayoría de asuntos se extraña mayor introspección. El filme muestra despreocupación, no quiere ser profundo, más es entretenimiento con su mensajillo light. Pero igualmente se deja ver bien.