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domingo, 26 de enero de 2014

El lobo de Wall Street

Que una película de 3 horas de duración te mantenga atento y viéndole de largo sin ningún problema natural de espera se debe a algo, tiene punto de elogio, y es que es muy entretenida. Sin embargo que la última realización del admirado y querido Martin Scorsese esté nominada a mejor película en los Premios Oscar 2014 le sorprende en buena medida a quien escribe esta crítica, si bien tiene el entusiasmo de muchos en el bolsillo y no es que el evento sea infalible. Y es porque raya mucho en la inmadurez, en lo que alguna vez hemos querido ser e incluso soñamos, gozar la vida al máximo, andar de fiestas con mujeres hermosas, amigos desenfrenados, mucho alcohol y drogas que se traducen en juerga y placer total, pero qué mejor que dentro del despilfarro, ser millonario, poder comprar cualquier cosa, y como se dice, hacer lo que nos plazca, hasta llegar a ser una buena persona, porque el dinero lo puede todo. En resumen es una propuesta con un mensaje franco, ya no edulcorado, lejos de ser apaciguador de frustraciones o generador de humildades y conformismos. 

Se puede ver a un policía honesto vivir esa realidad, ser un ente anónimo, solitario y pobre, transportándose en un medio público deprimente, aun habiendo hecho lo correcto. En cambio, el dejar de ser un don nadie se convierte en una prioridad, algo que no es fácil desechar a la hora de la verdad, y no es solo superficialidad o hedonismo, porque pagar cuentas, cubrir necesidades, dar dignidad y seguridad a una familia, como deja ver un discurso sobre el pasado de un empleado exitoso que ha cambiado su porvenir, también está en juego. El filme recalca y retrata plenamente esa idiosincrasia, poniendo perdedores por antonomasia como gente viviendo una existencia de lujo, privilegiada (aunque en tono ordinario), mucho sexo y alegrías de índole juvenil, puras, despreocupadas, excesivas. El sentido está muy claro; el disfraz o consecuencia de la matemática, en el trabajo de los corredores de bolsa, es sumamente real y contundente en ésta historia de hechos verídicos que nos cuenta Scorsese, que se basa en la obra homónima y autobiográfica de Jordan Belfort.  

A muchos les puede doler y molestar ver que en efecto el dinero es más importante de lo que nos quieren hacer creer en cierto ideal alejado del materialismo y que nada en lo romántico, viendo como los ingresos pueden llegar a provocar mucha felicidad, transformar nuestro panorama, y es que si vemos sin distancia y en total libertad ésta forma de vida, un capitalismo directo y transparente, en éste elogio al american dream, pero bajo una figura salvaje y a través de la deshonestidad, nos encontraremos con una sacudida hacia la realidad. No obstante, el exceso hace que no le tomemos en serio, siendo un poco obvio que tampoco se lo toma a sí misma, primando más en ella una especie de comedia, de irreverencia, de hago lo que me da la gana y no hay mucho debajo, no me importa. Su credibilidad entonces oscila entre su rabia e intensidad de contarnos un estado constante de clímax vivencial, sin medias tintas, sin hipocresías, ni mojigaterías ni parapetos morales, sin mediocridad o religiosidad, y el mandar todo al carajo, tanto que se da que el protagonista y la película te dicen que para que explicarte lo técnico de hacer las inversiones y negocios en Wall Street, que no vas a entender nada, mejor va a la atracción, la juerga, los desnudos y la riqueza. Esto genera adeptos como detractores, polariza y enfrenta radicalismos, es la cantaleta de siempre si lo vemos bien, en sentido de darnos un violento y poderoso golpe de honestidad en un tono rebelde, que es pues, no podemos negarlo, una virtud, duele pero es verdad, no hay más, hay que aceptarlo.

El lobo de Wall Street (201) entretiene y mucho, otro irrefutable don, y es lo que sin duda la hace y la hará eternamente recomendable, sobre todo si no somos exigentes con respecto a la profundidad y la mayoría no lo es. Entretienen sus formas y despreocupación, su solventarse con “poco” –el dinero y lo que provee no lo es- por voluntad propia, por ideología, convencimiento y refracción empática, aunque es idónea en su tipo y lo que cuenta, siendo muy coherente con su historia. Pero también llega a agredir mi paciencia, en la convivencia que esperamos afuera y que nos rige; no diré a agotar que sería lo más evidente de decir en contra y sería mentir, pero sus excesos no pueden evitar el vacío, un regodeo malsano, una enojosa estupidez, ¡eso!, que le va en contra en mi valoración, aun gozando y admirando en el séptimo arte cierta brutalidad, locura y la ruptura de reglas que nos suelen infantilizar, que nos dan todo bonito, formateado, convencional o pura fantasía (y en otro tipo ésta tiene de ilusión).

El exceso termina siendo el bastión que divide las aguas, y en ello hallo elogio y crítica, pero me decanto por anhelar mejoría en su retrato, en sus formas, aunque no sean del todo vulgares, porque les salva la estética y mucho conocimiento cinematográfico, aun siendo un filme que no para de golpearnos con fuerza. Éste me recuerda -seguramente a muchos- algo a Goodfellas (1990) cuando se dice que un broker del tipo de Jordan Belfort (Leonardo DiCaprio) es actualmente peor que un gánster, pero también hay que decir que al sobrepasarlo en cuanto a la desconcertante personalidad sea a todas luces un filme muy inferior a Goodfellas que es una obra maestra.

DiCaprio es un buen actor, tiene altibajos como cualquier otro, pero tiene indudable talento, empezó de muy pequeño, tiene harta experiencia, y se nota incluso cuando comparte las enseñanzas del breve papel -pero capital en el recuerdo de una formación- de Matthew McConaughey que tiene simpatía y no se amilana ante una carrera más sólida, como la de su compañero, y hace algo ejemplar y útil. Sin embargo, no creo por completo que DiCaprio se vea como un aprendiz de él, aunque McConaughey haya crecido mucho ante roles exigentes en el último tiempo, e igual me guardo el veredicto final de mejor actor principal hasta que vea a McConaughey en Dallas Buyers Club (2013).

DiCaprio se viste de lo mismo que el filme, del extremo, por algo es su protagonista y esencia, y da una interpretación con gritos, largos discursos encendidos, una expresión emocional a flor de piel, no teme explotarse en la intensidad, en la lujuria, en la irreflexión, pero siendo inteligente, locuaz, persuasivo, es un ir hacia adelante con una seguridad abrumadora. El actor y el personaje lucen entregados a su profesión, capaces de (casi) todo, y es notable. DiCaprio exhibe que merece mucho respeto como actor. No obstante falla algunas veces porque a cada rato se le pide que sostenga ese comportamiento, que presente una expresión desaforada, que la tiene y es imponente, aunque funciona más o menos dependiendo el momento, y que no le quita que mantiene en general lo que se quiere de su presencia. Pero ciertamente consigue ese gran peso que es ser un iluminado, yacer en la gloria, representarla, que sea el más terrible y el más audaz del clan, y basta verlo drogado y articulando invalidez mientras se arrastra hacia su auto último modelo para que quedemos boca abierta con él.

Jonah Hill a ratos sorprende, intenta generarse un nuevo registro cuando parece algo limitado en un estándar de sujeto gracioso y poco camaleónico, no tiene mucho gesto original o nutrido. Pero aunque logra algo, su conjunto es sólo correcto, termina siendo anodino y bobo como acostumbra. Tiene destellos, en lo inicial, pero no vuela alto, no es completo.  

Hay que destacar el bien logrado mundo de las drogas y la prostitución, tanto que la fiesta luce más importante que Wall Street, que parece un mero pretexto que deja paso a algo más atrayente para el público, aunque tenga su clara necesidad como historia mayor, se requiera de un fundamento serio y valioso, finalmente “corrompido” para deleite del espectador. Es rico (literal), hay que reconocer, ver a tanta mujer despampanante (aunque suene machista), en su tono más primario, en uno solo, lo sexual. Se pueden observar desnudos completos de mujeres impresionantes, rubias curvilíneas como Naomi Lapagliala, la duquesa, esposa de Belfort, encarnada por Margot Robbie, una australiana de suma perfección física, muy bella, además de muy sensual, la que aporta su grano de arena como actriz, da un plus y hace algo bastante digno, teniendo sus momentos dramáticos y efusivos. No es Sharon Stone, pero es bueno ver que Scorsese sigue apostando por sangre nueva.

El filme subyace en el circo, y es que somos muy básicos también, no se puede negar, y nos atrae la vida del llamado lobo de Wall Street (la humillación en la comparación de ingresos durante el yate, aunque manida, más clara que el agua no puede ser), como él mismo lo dice, y puede que perdonemos la sequedad de tantas escenas, o la tontería (que también tiene ironía, ¿no lo es el sobrenombre de Mad Max?; y además sobra el sarcasmo), como imitar a Popeye con la cocaína, mientras nos impacta la recreación de un prominente culo que sirve de recipiente para drogarse, habiendo solo temporalmente rastros de dura reprobación como parte de un paquete, pero que no es la idea tachar sino ver al ser humano hasta en lo deplorable.

Scorsese le da al pueblo norteamericano lo que quiere, lo llena de coraje y orgullo, vitoreando salir de la pobreza y querer ser un ganador, y desde luego que es bueno creerlo, más repitiéndolo como un lema que importa mucho, el resto es disfrutarlo al gusto, es parte de un ideal y motor nacional aunque en un tono novedoso en cierta forma o el propio de la contemporaneidad, el actualizado dentro del libertinaje. Lo hace bajo el motivo del entretenimiento que le excusa de cualquier limitación, de alguna indignación que le exija cuentas, como hacerse cargo de los valores del filme y de su lugar de director. Se ampara, como explica, en la “mala” publicidad, la que enamora y cautiva a la mayoría hoy en día. Es un trabajo cinematográfico que yace libre del juicio tradicional. Son otros tiempos, y se respeta el arte como tal. Si en otros territorios existe La gran belleza (2013), aquí Estados Unidos muestra lo suyo, tienen a El lobo de Wall Street, y aunque menor en alcance artístico (en el interior de un filme potente y de más fácil seducción) son complementarios, son dos caras de la misma moneda. 

sábado, 11 de febrero de 2012

Moneyball

El significado de Moneyball sería -siendo literal- algo como El dinero en la pelota, y se basa en el libro del novelista americano Michael Lewis que lleva el mismo rótulo agregando el subtítulo de El arte de ganar un juego injusto, y de eso va la trama, de lograr superar limitaciones económicas y por ende resultados desfavorables ante la desproporción de elementos que enriquezcan material y profesionalmente a los equipos. Para lograrlo, para salir del escollo, se hace mediante estadísticas o el uso de la inteligencia, como reza una traducción al español: rompiendo las reglas, ya que en el beisbol o en cualquier otro deporte todos los deportistas sabemos que se trata de vísceras o de una espontaneidad que suma a la técnica y está perfecto, quien podría dudarlo, sin embargo qué de tratar de analizar el campo con nuestras propias virtudes y dar soluciones mediante una detallada estrategia que haga que un jugador mayor e importante sea reemplazado por tres menores aunque con alguna cualidad que implique reunir la ventaja que ejerce un único e inalcanzable -por ser costoso y excepcional- deportista, también está bien ¿no es cierto? Tenemos un bonito fundamento, la unión hace la fuerza y todos podemos tener una oportunidad; y si vemos que un grupo técnico lleva a la cabeza a un idealista capaz de ir hacia adelante enfrentándose a todos con su liderazgo y convicción mediante un nuevo método innovador que logra proponer batir un récord de hace casi 60 años, ¿qué tenemos ante nuestros ojos? Tenemos una magnífica película que no solo enseña múltiples destrezas intelectuales puestas en práctica desde el personaje “pequeño” sino que además ayuda a que el resto pueda ser mucho más adaptado al medio, convirtiéndose en ese gigante que invierte 1,4 millones de dólares pero con solo 261 mil dólares. Visto sin atención no parece gran cosa, claro, no obstante si alguien asume que se enfrenta con Goliat siendo David estoy seguro que sentirá que lo que ha hecho es una hazaña y eso es, el logro de 20 triunfos seguidos de un equipo de beisbol cercano a la invisibilidad llamado the Athletics de Oakland en una obra que reivindica el sueño que todos merecemos, y desde la realidad, porque esto ha sucedido.

Billy Beane (Brad Pitt) es el general manager que perpetró esa pequeña locura que no es para nada irrelevante sino un buen incentivo que invita a seguir intentándolo, siendo realmente bastante para quien haya vivido un triunfo difícil que revierta esa falta de ilusión que nos dice que no podemos ganar, entendiendo que esa audacia que se nos puede hacer indiferente por culpa del tramposo escepticismo, al carecer de fastuosidad, hace -para quien lo note- que el mundo se convierta en un lugar más bello, ya que logros como éste, donde no se nos dan con regularidad ni facilidad sino lo ganamos a costa de sacarle la vuelta a esas estadísticas que a primera vista nos parecen enemigas, son enormes para los que se imponen retos.

La ejecución de una teoría experimental traerá como consecuencia la gloria en una nueva marca en la liga americana de uno de los deportes más apasionantes y conocidos del mundo, el beisbol, que quien escribe ésta crítica confiesa haberlo practicado rudimentariamente de niño. Beane, un estratega caza jugadores, que plantea el mapa de ruta anterior a la decisión del entrenador, pone los elementos humanos dentro de la cancha y tiene de mano derecha a un joven economista de Yale dedicado a la asesoría deportiva en cuanto a registros de atletas, Peter Brand (Jonah Hill). Beane sacará a flote la habilidad matemática de éste muchacho, en su segunda chance para brillar tras una mediocre y frustrada carrera como beisbolista; Beane busca la dignidad de aquellos rebeldes que al final del día logran el éxito, bajo la luz de la excepción que alimenta el alma de la humanidad.

Beane vive en el juego, y el juego son tipos como él, pasión y afecto por la pelota, arte por hombres que se asocian a toda prueba, como reza el título. Ésta película no solo lleva un fondo universal, la batalla por las metas a costa de las desventajas contextuales, la identificación con los valores y la camiseta, sino que éste hombre tiene prioridades que se basan en sentimientos más que en cualquier otra gollería –por lo general naturalmente aceptada- como desliza el filme, al rechazar 12, 500,000 dólares en la oferta de gerente general de un equipo famoso, los Red Sox de Boston. Pero Beane quiere mantenerse cerca de su hija que no comparte casa con él al estar divorciado, y quiere seguir con los Athletics que creyeron en él, aún haciendo cambios osados, de cara a lo convencional, y proponer riesgos.

La propuesta cuenta con un guionista de primera en Aaron Sorkin que ganó el Oscar a guion adaptado por el filme La Red social y que el 26 de febrero postula a su segundo trofeo en la misma categoría para los Oscars. Los diálogos y las frases sobresalen abiertamente, con la característica de la precisión, mostrándose altamente notables sin ser oscuros o imposibles, con eso que genera confabulación en el público sensible pero despierto. Junto a Sorkin yace un director con oficio, talentoso, en Bennett Miller que con su segundo largometraje llevó a Philip Seymour Hoffman a ganar la estatuilla dorada por el rol principal en la película Capote en que Hoffman demuestra un despliegue interpretativo memorable mimetizándose como solo los camaleones del séptimo arte logran hacerlo ante la batuta que un buen cineasta indica; cada uno desde su posición profesional. Miller lo consigue relacionando el magma de la mítica novela “A sangre fría” con el acercamiento entre el excéntrico escritor creador de la novela periodística, Truman Capote, y el asesino Perry Smith. Hoffman también actúa en Moneyball como el seco, simple y rudo entrenador del equipo de los A´s de Oakland.

El filme tiene circunstancias débiles en que no trasmite emotividad, no convencen algunas escenas o se respira esa sensación, que caen en que están ahí para dar forma aun siendo en parte indispensables como el reclutamiento de Brand o el intercambio de perfiles en el teléfono, teniendo el aire de verse repetitivas dentro del recorrido que lleva el séptimo arte, como suele pasar en el cine de Hollywood en que se perciben ciertos sitios comunes que parecen propios de una clase de drama en que se enseña el mismo gesto una y otra vez a los alumnos aplicados. La cotidianidad también tiene poco recurso, llevando a favor que no se sale de un ambiente próximo que no básico pero que aunque lleva buena estética no tiene nada de originalidad.

El ritmo se maneja con una decencia que en general evita ser simplista escapándose de acarrear superficialidad, logrando desatar en oposición a algunos fallos antes mencionados el vértigo en otros lugares claves -sobre todo en el partido decisivo de la historia- que residen en la combinación rápida de tomas de detalles, en los zoom, en las panorámicas, en las expresiones, en el cambio del marcador, en el grito del público eufórico y en una tensión dinámica que nos ponga en ese escenario, que hay que hacerlo sino no vibramos pudiendo convertirse en algo soso sin apreciar que la sangre circula por nuestro cuerpo y eso no ha de faltar.

Tenemos a un Brad Pitt en un momento especial y trascendente -ya que a su personaje no solo le importa su carrera sino cimentar una evolución- sacando su vena meditabunda que expresa mucho con una postura facial; un plano de su rostro muestra más sentido que cuanta palabra se pueda pronunciar. Es en su caracterización protagonista de triunfos y derrotas, en sus movimientos, en la amargura o la calma, en el entusiasmo tras bambalinas, que conquista; parece un hombre común y natural en el que puedes confiar tu futuro aunque suene atrevido; la suya es una actuación de emociones a ratos sutiles y a otras explosivas, maneja ese cambio sin perder coherencia, tiene una figura que se involucra con el resto y la aceptamos en toda la complejidad del que fluye próximo en el ecran. Contiene una nominación justa, que pasará desapercibida para algunos espectadores rígidos, pero que debiera haberse ganado el respeto de quien sepa no cegarse con la traba de solo observar una cara agraciada, al tipo de Leyendas de pasión o para muchos el irrevocable cowboy sensual de Thelma y Louise. En ésta oportunidad luce más maduro y mejor artista.

Muchos se han sorprendido –justamente- con la nominación del jovencito voluminoso Jonah Hill que viene de hacer comedias para adolescentes de olvido inmediato, y que le han dado implacablemente, negándole el lugar obtenido. Pero, ciertamente, frente a nombres consolidados como Branagh, Von Sydow o Plummer le generaría a cualquiera un ataque cardiaco si saliera vencedor, no obstante hay algo de sabiduría en elegirlo, ya que es saludable proponer iconos nuevos con los que la gente puede sentirse identificado. Considero que no ganará el premio ni el Oscar lo pretende, aunque con Sandra Bullock o Marisa Tomei se haya hecho tremenda tontería, que no físicamente que son muy guapas y provocativas pero de que sus estatuillas lucen inauditas, estamos seguros. Pero su nominación emitirá voluntad de aspirar a llegar más alto, motiva, y puede que mañana, él u otro actor visto pequeño se convierta en una estrella que en un inicio fue infravalorada; no olvidemos que actores interesantes como Jeff Bridges o Colin Firth han sido subestimados (más si pensamos que todos apuntaban a Hugh Grant como el más vendedor actor inglés) y actualmente nadie osa refutar sus habilidades. Es un estímulo más que una imposición arbitraria. Hill hace una performance mediana, sin nada sobresaliente, incluso no demuestra mucha emoción gestual ni le han concedido parlamentos atrapantes para envolvernos o admirarle, lo que ha hecho es únicamente ser cumplidor, sin embargo en su nominación veo hoy una oportunidad, mañana posiblemente el mérito.

Si apreciamos que una canción puede motivarnos a rechazar una apetitosa y cuantiosa suma de dinero por amar incondicionalmente algo más sustancial como a un ser querido o a un grupo humano que representa nuestra identidad mental y emocional, o que un tipo gordo puede alcanzar cuarta base cuando por su complexión física se espera que solo llegue hasta la primera teniendo “las reglas” que le hacen creer que no puede rendir más, ya tenemos material por el que luchar en nuestras vidas, gracias al arte; el eliminar limites en cuanto a esperanzas puestas a rodar.